Like always, renuncia: El Sherlock BBC le pertenece a su creadores, Mark Gatiss y Steven Moffat.


Tres minutos para el infierno


..

7 de enero de 1941

Querida señora H:

Lo tormenta de nieve paró esta tarde, después de cuatro días de su inclemencia. Greg apareció al rato para decirnos que temprano en la madrugada partiremos de inmediato. Dunkerque no esperará por siempre por nosotros, y si no llegamos a tiempo tenemos que prepararnos para pudrirnos en este lugar o inclinar la rodilla ante los nazis. No sé qué me asusta más, señora H. Si la muerte o la derrota. Hoy le confesé a Sherlock que no quería morir, no quiero morir. ¿No es absurdo, después de todo? ¿No es absurdo que un asesino como yo, un fracaso de padre y de médico quiera vivir? ¿Tenga esperanza por vivir? ¿No es la esperanza una tortura espantosa? Le preocupó mi fiebre, a Greg. Sherlock se llevó un buen susto, también. Estaba un poco místico, después de todo. Ahora estoy mejor, no se preocupe. Yo ya sabía que no era nada más que una fiebre pasajera. Y según nos informó Greg, al parecer no soy el único con fiebre. No hay nada que podamos hacer, ¿sabe? Más que continuar. Seguir o morir. O rendirse. No creo que nadie acepte ninguna de las dos últimas opciones.

Hoy pasó algo, señora H. Mientras… lo admito, deliraba de fiebre. Un poco. Hoy, por la mañana, Sherlock estuvo a punto de preguntarme por qué confío tan ciegamente en él. Es una suerte que no lo hiciera. No hubiera podido darle una respuesta, ¿sabe? Porque no tengo la menor idea. Ya no creo que sea un espía. No lo es. Hay… algo inexplicable sobre él. ¿Sinceridad en sus ojos? ¿En sus gestos? ¿En la forma en la que habla su cuerpo? Cristo, me estoy volviendo todo un poeta. Algo que me impulsa a confiar en él sin más, ¡a mí, el señor-tengo-problemas-con-la-confianza! Nunca pude volver a confiar en Mary después de ese desliz con David, ¿recuerda? Me duele, me duele haber sido tan injusto con ella, pero jamás pude otorgarle mi confianza. Lo irónico es que Sherlock no hizo nada especial para que se la otorgara. Nada. Es solo… él. Es él. ¿Cómo mierda iba a explicarle una cosa así sin parece un chiflado? ¿O algo peor, un jodido enamorado?

Estoy tan cansado. Tan, tan cansado. Solo quiero volver a casa, a Baker Street, a mis libros de medicina, a la aburrida e insípida clínica, a usted, a sus muffins de arándanos, a los chismorreos con la señora Turner, a Molly y sus estudios, a Rosie, a mi pequeña Rosie y su olor a bebé, a rayos de sol en verano, a miel, a leche azucarada, sus rizos dorados contra mi mejilla, sus manitos sobre las mías, quiero… joder… quiero que este infierno termine, llegue a su fin de una vez por todas… quiero tantas cosas. Nunca pensé que iba a desear tanto, que un cuerpo podía contener todo lo que tengo dentro, palpitando, esperando salir, explotar, deseos que me burbujean. Hace una semana estaba muerto por dentro y hoy, ahora, al amparo de la noche, al amparo de Sherlock y sus cuidados, me siento más vivo que nunca. Deseando. Queriendo. Amando…

Quiero conocer más de él, señora Hudson. Quiero conocerlo, saber qué hace aquí, de dónde viene, qué terrores le mantenían despierto de niño, que lo pone feliz, que sueños quiere cumplir. Todo. Quiero saberlo todo de él. Quiero que salgamos vivos de esta y llevarlo a Baker Street…

Quiero volver a casa. Al hogar...

Con amor,

John.

..

Crip-crack. El ruido esporádico, una ametralladora plagando sus pesadillas, unos huesos partirse en agonías cóncavas, una tierra pintada en colores fluorescentes, una manito, pequeña, deditos, uñitas que acarician el más allá de las paredes lloronas. Por qué volver, por qué huir, fue la pregunta, fue la acusación, en el límite del sueño, una botella de whisky vacía, en el límite de una realidad que se entumecía como los dedos de sus manos expuestos al frío, a la lluvia, a la nieve, dedos demasiado pequeños para abarcar un dolor, un suspiro, una pausa demasiado grande. Por qué huir, John, fue la pregunta de la señora Hudson junto a la chimenea, una canasta con ropa recién lavada, el olor a los muffins de arándonos -los últimos- y té de frutilla, Rosie jugando en el medio de ellos sobre la alfombra, un espacio muerto, con uno de los muñecos de madera que John guarda de su infancia. Un soldado, un caballero, un guerrero. ¿Lancelot, tal vez? ¿O el Rey Arturo? Por qué huir, John, la pregunta hecha palabras, hecha carne, pero no lo que siguió en su mirada, en sus ojos, en su ademán tenso con la canasta sostenida en el espacio y Rosie haciendo sonidos burbujeantes con su boca, sonidos de bebé: que vas a hacer con Rosie, John, ¿planeas dejarla sola? ¿sola? Acaba de perder a su madre ¿y quieres que pierda a su padre también?

No, no, no, no. A todas las respuestas: no. Y entonces, le diría, entonces, ¿por qué huir?

Por qué volver. Esa es la pregunta. Esa es la pregunta que le hizo a Mary el día que la Luftwaffe voló en pedazos el hospital donde estaba trabajando en el turno noche, atendiendo soldados, atendiendo civiles, atiendo a todo aquel que viniera con la guerra en los ojos; borrando su existencia del mapa, volando su esencia de la tierra que tanto amaba. Mary amaba tanto los días soleados como los días lluviosos. Y explotó en pedazos, entre sangre y tripas y doctores y enfermeras, entre el mundo que tanto amaba. Ni el cuerpo recuperaron, ni el cuerpo. ¡Por qué tienes que volver a ese maldito hospital!, con la furia, con la ira, con el miedo hirviendo en lo profundo de su centro, el corazón bombeando sangre trayendo miedomiedomiedo, desesperación enganchada como un clavo oxidado al hueso amputado, a la herida abierta con sal, la horrible premonición, presentimiento, del infierno en las calles y no poder detenerlo, nada, nada, impotencia, la pregunta escapando, la pregunta a la que ya sabe la respuesta. Mary, en muchos aspectos, era como él. En muchos aspectos esenciales era tan asquerosamente parecida a él que John sentía ganas de agarrar sus cosas, empacarlas tan rápido como pudiera y largarse, largarse para siempre, porque no podía, simplemente no podía enfrentarse a su propio reflejo. Éramos un espejo, hasta que se partió. Por qué volver. Oh, John, ¿cómo no hacerlo?

¿Por qué huir, John? La pregunta de la señora Hudson, aun sosteniendo el aire. Y sus labios, sus labios que se abren y parten, despegan como esos aviones de la Luftwaffe aquella noche, parten, y explotan, bombardean sin piedad, sin miramientos, sin que el pulso tiemble o vacile o se quiebre, las compuertas se abren y las bombas caen por la fuerza de la gravedad, vuelan, y las palabras, la voz de su espejo crepita entre el espacio muerto que es Rosie, su juguete de madera en el aire, el agarre fuerte sobre su cabeza, Lacelot o el Rey Arturo o todos los Caballeros de la Mesa Redonda en su grito de guerra, al unísono, sus labios captando el eco de una verdad ondulante como en un estanque de agua podrida y ahí en el fondo levantando la mano para acariciar su mejilla el reflejo, el espejo. Por fin habla, por fin responde, y el alma se le quiebra en el instante que retumban: Señora H, ¿cómo no hacerlo?

La fatalidad de la vida con la que tanto luchó contra Harry, cinismo personificado, cinismo tatuado en piel, tan profundo que la había transformado en una larga sarta de cinismos, el Cinismo hablando a través de ella, moviéndose a través de ella, respirando a través de ella, viviendo como un parásito hasta poseer a su hermana por completo, botella en mano y una habitación miserable en el piso de algún edificio destartalado a las afueras de Londres, fatalidad contra la que luchó y que en los ecos de su garganta hace su amiga. Fatalidad a la que le había atribuido las características del pecado, el pecado de no apreciar la vida, ¡un puto regalo, Harry, eso es lo que es la vida y tú lo estás desperdiciando tirada en ese sofá de mierda alcoholizandote hasta desfallecer! El pecado más pecado de todos los pecados, el de la macha primera, el de la mancha última, el de la mancha que empieza como una gotera y se transforma en una catarata, un océano, que sujeta tu alma con sus brazos-tentáculos y no te suelta hasta chuparte toda, hasta escupirte en trozos irreconocibles, a ti, a tu ser, a tu propia alma. El pecado. La fatalidad que tiñó su voz, sus acciones, su mirada después de la muerte de Mary, al mirar a Rosie, al cenar con la señora Hudson, al dar un paso cada día, al tomar un poquito de whisky en la mañana, un poquito de whisky por la tarde, un poquito de whisky a la noche, al vivir.

(¿qué has hecho, hermanito?)

Crip-crack. Abre los ojos, el trance hundiendo su cuerpo, fundiéndolo a la cama. Es el techo de la casa, lo que ve, del cuarto, el techo de un fantasma dejado atrás por los horrores de la guerra, abandonado, tirado a un lado del camino dejado a su suerte; que los cuervos se lo coman, que los cuervos coman la carne de esos nazis asquerosos. Así de brutal vuelve sin volver. ¿Cómo pasa de un estado a otro? Es algo relacionado con la materia, si no se equivoca. Clases de física en la universidad, tal vez. La energía. ¿Cómo pasa de estar relajado, espalda sobre el colchón, mirando un simple techo de madera, a cerrar los ojos y abrir su infierno? La llave en la cerradura y click. ¿Qué lo llevó, que lo compelió a cerrar los malditos ojos? La mancha, tal vez, la macha entre las maderas. Una mancha negra, seca, arrugada, que bien podría ser humedad o bien podría ser sangre. O bien podría ser su desesperación materializándose, absorbiendo la madera para tener un cuerpo y darle el beso de la muerte, consumirlo todo.

Crip-crack; y hay movimiento a su lado. No se atreve, por unos largos segundos, largos sostenimientos de respiración, como la espera antes de que levanten el telón en el teatro, por largos segundos no se atreve a girar su cuerpo, a despegar su espalda de la pesadilla que lo está tragando. Un miedo horrible, irracional, la desesperación reptando, le susurra al oído que si se voltea verá en carne y hueso el cadáver de Mary, sus pedazos, acusándolo. Hasta que crip-crack otra vez, menos silencio, y el movimiento a su lado se vuelve a sentir. Y escucha una voz, un barítono profundo, algo reseco aún, expandirse hasta las paredes y reptar por el techo y espantar la mancha ahí arriba. ¡Fuera!, le dice, sin piedad, ¡fuera!

—¿John?

Sólo ahí, solo en ese momento se atreve a girar su cuerpo, a despegar la espalda de la pesadilla y la llave que vuelve a hacer click sobre la cerradura, sellando. Se choca de lleno con una tempestad. Los ojos de Sherlock lo miran, de lleno, de prepo, de golpe tiene toda la fuerza de su mirada concentrada en su persona, en su esencia, y John siente que le taladra hasta más allá del cartel PERMITIDO y se hunde, hunde, hunde, entierra sus esferas congeladas en su alma, dentro, dentro, tan adentro que lo siente moverse, buscando, a Sherlock, rozar su infierno, sus demonios, y tiene que pensar rápido, rápido en sacar un tema, alejar a Sherlock de la carne calcinada, las quemaduras, la fatalidad que se expande como el pecado por todos lados y te chupa hasta dejarte sin nada. No puede exponerlo a una cosa así. Jamás. Jamás. Jamás, jura en sangre, sea cual sea la maldición que haya conjurado, Harry, jamás tocará a este hombre.

—Estaba pensando en lo que dijo Greg esta mañana.

Es la mentira más descara que ha dicho en su vida. Es la mentira más descara, vil, y repugnante que ha dicho en su vida, y aún así le sale sin culpas, sin vacilaciones. (protegerprotegerproteger). Sherlock lo mide, espera, su mirada congelada intentando escarbar, oliendo la mentira. Sherlock sabe que le está mintiendo. John sabe que lo sabe; y lo desafía a desafiarlo. Anda, le dice sin hablar, dime que estoy mintiendo, seguro, palpitando, seguro que Sherlock va a tomar la oportunidad de un reto, un puzzle, la energía y la sangre zumbándole en los oídos.

—¿Sobre Dunkerque y la Operación Dinamo?

Crip-crack. No lo hace. Crip-crack. No lo hace. No toma el reto en bandeja, en la oportunidad de apartar de un empujón salvaje el aburrimiento, de alejar sus propios infiernos, no lo hace y John solo puede mirarlo con la boca semiabierta, un esfuerzo titánico por aparentar que nada ocurre, que sólo están charlando del inminente viaje que harán en unas horas hasta la muerte o hasta la salvación. Sherlock no quiere robar las llaves ni espiar por la cerradura ni tirar con fuerza del picaporte para ver si cede. Solo quiere… ¿qué es lo que quiere exactamente? ¿Alejar a John de la llave? ¿Arrancarle la futilidad y el pecado y la desesperación de cuajo? ¿Así nada más? ¿Así como así? ¿Matarle los demonios? ¿A base de qué planea hacerlo? Quiere reírse, con cinismo, con sarcasmo, con todo el veneno del que es capaz. ¿Planea salvarlo solo con esa pasividad que ha adoptado, ese respeto por límites imaginarios, su cuerpo inclinado hacia él, la cama caliente, caliente, llena de promesas, llena de tensión húmeda, la mirada, con esos ojos que le recuerdan-?

El mundo y él. Un paraíso, el jardín del Edén, una utopía.

Delira. La fiebre le bajó, le sigue bajando, baja, baja, pero delira. Tiene que creer que delira; tiene que aguantar la mentira con la misma fuerza que un cocodrilo cierra su poderosa mandíbula contra su presa y la hace trizas. Toneladas de fuerza. Así tiene que sostener el mantra. Deliro, deliro de fiebre. Debe repetirlo. Delira. Delira. Eso es todo lo que tiene, todo lo que le queda; no hay otra explicación, simplemente no puede haber otra explicación a por qué, por qué recuerda tan nitidamente los colores del lago congelado cerca de la casa de tía Vivian, en las afueras de Edimburgo. Todas las Navidades iban a quedarse en lo de tía Vivian, y si Harry y John tenían suerte -es decir, si papá se ponía tan borracho que luego no podía deshacer sus pobres promesas- se quedaban hasta Año Nuevo. A John le encantaba ir a ese lago, ese pequeño lago sin nombre a unos cuantos metros de la casa. Era su territorio, su mundo, su ocaso. Harry detestaba ir afuera con el frío y tía Vivian con su bastón y su cadera no salía muy a menudo. Siempre le quedaba para él solo, en las tardes interminables antes de que la voz danzarina de su tía anunciando el té lo sacara de la ilusión: estar solo sobre la faz de la tierra, entre la nieve y el lago congelado, entre las montañas y el cielo, entre el viento cortante y los árboles pelados. Entre las entrañas del tiempo.

Tiene que delirar para pensar que los ojos de Sherlock, su retina, sus irises, sus colores danzando sobre la pupila, magníficos, se asemejen al lago congelado. Al lago de su infancia y su mundo feliz. ¿Qué otra explicación absurda podría nacer? Ninguna, ninguna. Todas las demás son demasiado peligrosas, demasiado tentadoras, demasiado oníricas. Implicarían demasiado. Es la guerra, supone. Sí, es la guerra, se repite, es la guerra lo que está impulsando su espíritu por los caudales que creyó cerrados. Es la guerra que lo devora y abre la puerta a sus infiernos y lo hace delirar. Caudales que cerró ante ella, que encerró en el foso de una cárcel enterrada en su vientre.

(es que la sangre, la sangre, la sangre y las promesas, John

se caen, se derraman, y mientras se desangraba le diste la espalda)

—¿Sabías de la Operación Dinamo? —la siente temblar, a su voz, y espera que Sherlock crea que es por la sorpresa, y no por el pensamiento repentino, abrasador, de comparar sus ojos con el lago congelado de su infancia; donde fue feliz. Tan feliz.

—Todos los involucrados en las tropas británicas sabemos de la Operación Dinamo, John.

La exasperación en su voz le causa risa. Se ríe, se ríe de los nervios, se ríe porque Sherlock en toda su brillantes, es definitivamente un idiota.

—Dios, ¿ves?

—¿Ver qué?

—Dijiste tropas británicas y sabemos. Te incluiste en ellas. ¿Lo ves? No eres ningún espía, y si lo eres, juegas para nuestro lado. Apuesto a que esos documentos en alemán son robados de los propios alemanes para ser llevados a Churchill en persona o algún otro alto rango ¿mmm?

Sherlock no hace ningún movimiento de confirmación, no agita la cabeza ni habla ni mueve un músculo; lo que es suficiente para convencerlo. Esos dos imbéciles, Wilkes y Anderson, entendieron todo mal, como de costumbre. John se remueve en la cama y queda totalmente de costado, igual que Sherlock, abriendo una ventana, no sabe de qué, no sabe por qué, los dos mirándose, el silencio de la noche interrumpido aquí y allá por el crepitar de las estufas de hierro. Crip-crack. No hay más luz que las velas que se van consumiendo en las mesitas al costado de la cama, pintando sombras en sus rostros y sus cuerpos, dibujando imposibles formas sobre sus facciones. Oscilando el aire, el calor, la humedad acumulada, la compañía. Y el estúpido lago congelado cerca de la casa de tía Vivian, desplazando todo, todo lo demás (whiskymaryfutilidadharrypecadorosiedesesperaciónseñorah). ¿Cómo, cómo con tanta oscuridad, con tanta humedad y calor y sofocación puede pensar en semejante cosa? Es absurdo que piense en esa comparación. Delira, entonces. Delira de fiebre. Debe rozar los cincuenta grados. Tal vez los sesenta.

Se toca la frente, en un impulso incontrolable, y se da cuenta que es un error demasiado tarde. Los ojos de Sherlock, tan fruncidos en concentración, tan lago congelado, navegan, zarpan, parten de la realidad de su mente y sus secretos y se tiñen de preocupación, caen dando vueltas a la realidad, esa, la de la cama, la de la casa, la de la guerra. La de la posibilidad de que John muera de fiebre en el medio de Francia. John siente unos asquerosos retorcijones en el estómago ante esa mirada y la culpa se lo traga entero.

—¿John? —su voz es baja, un murmullo—. ¿Todo en orden? La fiebre… —dejando, dejando las posibilidades sobre la cama, entre ellos, en el espacio muerto.

Y si, quiere decirle, no hay nada de malo, nada de qué preocuparse; solo que tus ojos me recuerdan a un lugar donde fui muy feliz y que debo estar delirando por eso. Pero se calla, asiente con la cabeza, con vehemencia, y tiene el atrevimiento de tomar una de las manos de Sherlock y colocarla sobre su frente. ¿Ves? Se comunican con la mirada, no palabras, no voces, no necesidad de expresarse con nada más, ¿ves? Estoy perfectamente sano, quizá un poco afiebrado, nada preocupante; no estoy del todo convencido, pero confío en tu palabra. Confío. John traga saliva. Confío. Confiar, joder, confiar en él no es un movimiento muy sabio. Ni para las damas, ni para el ajedrez, ni para nada. Confío. ¿Es acaso una especie de ping-pong con ellos ahora? ¿Yo confío y a cambio recibo tu confianza? El nudo de pronto está tan ajustado que hasta le cuesta tragar; no se atreve ni a exhalar.

—¿John? —insiste Sherlock, presintiendo que algo no está del todo bien.

(las mentiras, las mentiras no están del todo bien)

Y otra vez sus ojos hablan, ¿qué ocurre? Las sombras danzan, danzan, y las pupilas acompañan el movimiento. Delira, trata de recordarse con fuerza, evitando cerrar los párpados. Deliras, John. La fuerza del momento, del espectáculo, un cuadro renacentista, un cuadro de la época dónde se admiraba la belleza oculta entre las sombras, donde los detalles eran la clave que componían al todo, Sherlock a su lado y sus ojos de lago congelado le recuerdan a uno de esos cuadros. Más no sabe la razón. ¿por qué por qué por qué? ¿por qué esa vorágine, sus ojos, que tragan todo a su paso? La tensión se acumula, capa sobre capa, como la nieve afuera sobre la tierra, blancura sobre lo negro, blando sobre duro, la tensión en los hombros y en las piernas y en la mirada y John sabe que no va a soportar ese escrutinio por mucho tiempo más. ¿qué ocurre? En el eco de un pecho que sube y baja con tranquilidad, con ritmo constante, pasividad hecha carne, un pecho vendado y que guarda un par de pulmones en recuperación, un pecho con dos costillas rotas y varios hematomas.

—¿John? —la mano entonces suelta su frente y flota entre ambos por unos segundos, unos segundos que oscilan junto a la escasa luz de las velas y la indecisión, segundos que se reflejan en los irises, y luego, como si nada, como si no hubiera pasado una eternidad transcendental encerrada en un envase de unos pocos segundos, la mano se apoya en la cama, entre ambos, entre los cuerpos calientes, en el espacio muerto, cerca, tan cerca de John que siente la piel rozar el aire y el aire que le roza a su vez con reminiscencias de piel.

Es absurdo que se sientan tan a gusto, tan cómodos, el uno con el otro, en tan poco tiempo. Es absurdo que a Sherlock le haya tomado unos segundos pensar, decidir que el mejor lugar para su brazo sea entre ambos, pero tan, tan, tan cerca del cuerpo de John que su presencia genere burbujas de aire invisibles y comience a quemar. Revienten. Porque quema. Arde. Es absurdo. Y sin embargo eso es lo que ocurre.

Y bang, como un puñetazo al esternón, como un baldazo de agua fría en una tarde de verano llega la epifanía. Eso es lo que ocurre. No es un delirio provocado por la fiebre ni los aires de la guerra y la realidad que trepa entre los recovecos de sus respiraciones. Tampoco es que la locura lo devoró o alguna de esas patrañas que le hicieron tragar de niño. (el pecado es para aquellos que comen carne en viernes santo, bah). El foso de la cárcel en sus entrañas parece aclararse, poco a poco, la profunda y tortuosa oscuridad va corriendo su velo y el foso deja de serlo, deja de ser la cárcel que pretendió ser todos estos años. Se aclara, comienza a ocurrir. Hay un quiebre en todas esos infiernos. En el olor a whisky, en la sonrisa de Mary, en las manitos de Rosie, en el sillón destartalado de Harry, en la ropa lavada y planchada de la señora H. Un quiebre. Crip-crack. El brazo, el brazo de Sherlock. De pronto, una necesidad que le quema las retinas, quiere tocarlo. ¿Así como así? Sí, así como así. Con esa fuerza arrasan las epifanías. Así como así. Eso es lo que ocurre. Las toneladas de fuerza de la mandíbula de un cocodrilo cerrándose sobre su presa. No tiene nada de absurdo que se sientan a gusto el uno con el otro. No tiene nada de delirante que recuerde el lago congelado tras la casa de tía Vivian, el lugar donde fue feliz, feliz, al mirar directo en los ojos de Sherlock.

(¿Volvemos a los lugares donde fuimos felices?)

Así como así John suelta la tensión, exhalando. Sherlock siente el cambio al instante.

—No es nada en realidad —y esta vez no es una mentira.

Sherlock duda unos instantes, sus ojos moviéndose de un lado a otro, buscando las palabras. John se relaja, apoyando toda su tensión sobre las sábanas, hombros, piernas, brazos, el colchón revotando, el rostro sobre la almohada, sus propios cabellos rozando su piel. No había notado lo cómoda que es la cama. El colchón y las sábanas y las almohadas y las frazadas. Sus cuerpos comenzado a amoldarse uno junto al otro. Una ola liberadora. Purgando los demonios o algo así. Admirar ese rostro pensando, esos ojos reflexionando en la oscuridad, en la luz escasa de las velas durante la madrugada es el espectáculo más maravilloso que ha visto jamás.

(¿será absurdo que quiera verlo toda la vida?)

—¿Estas seguro? —habla por fin—. No lo parecía hace un segundo.

—Recuerdos de viejo.

—Por favor, John, difícilmente eres un viejo.

—Sherlock Holmes —John le roza el brazo en un ademán juguetón, sus labios estirándose sobre el rostro, los dientes sucios de tantos días sin lavarse mostrándose sin que le importe un carajo, la piel echando chispas—. ¿Estás siendo considerado conmigo? ¡Oh por Dios!

Sherlock rueda los ojos e intenta la seriedad que no puede contener. Estallan en carcajadas, ambos, a la vez, y la poca tensión, la poca extrañeza del momento pasa por debajo de ellos, la tragan las carcajadas, y su eco se expande por la oscuridad de la habitación, hacia las paredes, hacia el techo, hacia la mancha.

Sí, sí hay algo absurdo en todo eso, piensa John entre las lágrimas que le caen por las mejillas. Lo absurdo es que tenía que ocurrir una guerra, que estuvieran en el medio de una, sangre, y dolor, y horror, y sacrificio, para encontrarse, para estar tan a gusto uno con el otro. ¿Será uno de esos pecados imperdonables por los que los padres en las iglesias y en los templos están siempre pregonando el fin de los días? ¿Será que sus almas pecadoras se irán derecho al infierno? ¡Reírse en el medio de una guerra! ¡A carcajadas! ¡En la madrugada! ¡Absurdo! Eso sí que es absurdo. Lo peor, supone, es que no le importa una mierda; como tampoco le importaba imaginar que era el único ser sobre la tierra al mirar el lago congelado. Era feliz. Es feliz, ahora, ahí, en ese instante, en ese momento, al pasarse la mano para limpiar las lágrimas de las carcajadas y sostener su estómago doloroso de risa y mirar directo a los irises de Sherlock. Es feliz.

Nada más parece importar.

(ni las consecuencias)

—Tus ojos —suelta antes de arrepentirse, antes de pensar, antes de nada—. Tus ojos me recuerdan a un lugar donde fui muy feliz.

—Eso es… —Sherlock no continúa, intentando sin éxito mantener su rostro estoico. Se resbala, la sorpresa, se resbala, lo que parece ser horror. Incredulidad. Las palabras se mueren en sus labios.

Y ocurre algo, algo que John no llega a atrapar a tiempo, otro cambio tan repentino que le vuelve a dar una bofetada. Se desliza de sus dedos. La calidez se desvanece, el polo norte entrando por la ventana o por las rendijas o por algún lugar que no se encuentra visible; tarda, tarda en darse cuenta que ese frío no es porque el calor bajó, no es porque de pronto se haya abierto una ventana u otra parte del techo sobre sus cabezas hubiera cedido. Es la mancha en el techo, que ataca, ataca, salta cerca de la yugular. La yugular de Sherlock. La falta de calidez es una ilusión, una ilusión creada por su compañero, y alimentada por la desesperación, el repentino distanciamiento de su presencia. Retrotraerse en su mente es una de las cosas que Sherlock domina a la perfección. No es tanto el cuerpo, que mantiene alineado con el de John, quizá un poco tenso, un poco más recto en su posición, es su mirada, de pronto esquivando a la de John a toda costa, es sus temores, sus monstruos, su infierno que comienza a asomar por debajo de los colores tan relampagueantes, tan poco identificables.

Sus dudas. El siempre seguro y orgulloso Sherlock Holmes, con sus dudas tiránicas.

Ese es el momento, se da cuenta John, de tocar. No quiere que Sherlock se aleje millas y millas de donde están. No quiere que sus demonios lo consuman, sea cuales sean. No quiere que fantasmas despiadados lo despedacen. No quiere que se refugie; no tiene nada que temer. El refugio es ese. Es nosotros. Ese es el momento. De permitirse el querer.

Es tentativo, al principio, dolorosamente despacio acerca su mano al brazo de Sherlock; de a poco avanza, de a poco va ganando terreno entre las sábanas, tan escaso el espacio muerto que los separa, tan abismal en la espera, de a poco va comiendo el camino, atento a cualquier reacción de rechazo. Su mano avanza, avanza, y no se da cuenta que ambos están sosteniendo la respiración hasta que sus pieles se tocan y se escucha en el silencio dos suspiros a la par, dos respiraciones prisioneras que ven la libertad por primera vez. El espacio muerto revive. Palpita. La piel de Sherlock, su carne, es suave, manos de músico. Violinista. Sí, tiene manos de violinista. Manos que conocen la delicadeza, cómo acariciar con ella, con cariño. Sus dedos trazan el pulgar, suben, hacen círculos, y recorren cada dedo por separado. Calientes. Húmedos. La piel de gallina que va apareciendo, concentración en ese punto donde la luz apenas llega, donde solo pueden sentir. Los ojos son inútiles ahí, entre sus cuerpos, entre sus manos.

Sherlock se acerca a él, de a poco, con cada roce, con cada respiración, con cada pequeña caricia que John se atreve a pintar, Sherlock se va acercando, el calor subiendo, la ilusión, la mancha, resquebrajándose; y no sabe exactamente qué decir para romper ese silencio, para mirarse a los ojos otra vez. No sabe, así que dice lo primero que se le cruza por la cabeza.

—Siento si lo que dije-

—No.

Su mano se para abruptamente, quedando suspendida. Solo la yema de los dedos roza la mano de Sherlock.

—No tienes que pedirme disculpas por nada —es Sherlock quien vuelve a unirlos, alzando los dedos y enredándolos, palma con palma, caliente, humedad, oscuridad absoluta. Voz temblando:—. Es solo que las circunstancias se presentan a confusión y… es imperativo que sepas que… esto sonará estúpido y no sé… no sé… no sé…

—Sherlock —la voz le sale ronca.

John lo siente, el vértigo, la aceleración, la suspensión en el espacio único, infinito, expandido con cada palpitación, cada respiración, cada negación de la realidad construida sobre capas y capaz de concreto, John siente quemarse las manos sobre la nieve en el borde del lago congelado tras la casa de tía Vivian, entre el cielo y el infierno, entre las entrañas del tiempo que se quedan quietas, para él, sólo para él, un agudo en un coro de gospel, un aplauso en medio del espectáculo, fuego, fuego, y a la vez hielo, hielo, calor y frío apareándose, penetrándose, el mundo que se queda vacío de cualquier cosa, de humanos, de animales, de vegetales, de todo, todo, incluso del mundo mismo, sólo para él, el ocaso del lago sobre el sol, las ramas que se agitan y se quedan ahí, ahí, permanentes, contra su mejilla, John siente la absoluta felicidad de estar solo en el mundo, sólo que esta vez no está solo, sólo que esta vez todo eso que siente y que está ocurriendo no ocurre para que sus ojos solos lo vean, lo palpiten, ahora también todo ese parar de la energía y la continuación de los átomos es también para Sherlock. Juntos. Juntos. Juntos. Su felicidad quiere que lo hagan juntos. El amanecer y el atardecer es para que estén juntos. Y exploren y vayan más allá de las manos, de la conexión frágil de uñas enterrándose en palmas, de palmas sudando, de la sangre que comienza a perder el circuito, que deja de a poco, blancura, blancura, de correr suelta por las interminables estepas de sus cuerpos. Es para que estén juntos.

Aprieta, aprieta sus manos, juntos, los dedos de ambos poniéndose blancos; en el borde, justo en el borde, todavía hay una vacilación.

(¡extirpa! ¡extirpa!, y acepta el pecado y a la mierda las consecuencias)

—Sherlock —vuelve a repetir, como un mantra, como un hechizo, como si su nombre tuviera propiedades sagradas—. Nadie sabe nada.

Nadie sabe nada. Crip-crack.

Es una verdad que él tiene que tragar también, tiene que creer en algún momento. Pero se contenta, por ahora, con que ambos la sepan, con que esté expuesta para que puedan examinarla cuando gusten. Se contenta, por ahora, cuando ha logrado arrancarle a Sherlock una pequeña sonrisa, una sonrisa toda frágil y ángulos pequeños, una sonrisa que no se atreve a tanto, todavía, pero ahí está, naciendo, dándole luz a su felicidad. No sabe, no sabe qué clase de demonios, que infierno es el que tiene Sherlock sobre el pecho, en los hombros, dentro, tan dentro que le haga dudar a cada paso de contacto humano. Venas sobre venas. No lo sabe. Como tampoco Sherlock sabe qué clase de monstruosidades navegan sus mares, su interior todo machucado y feo. Pero. Pero ahora, ahí, en las entrañas del tiempo, en el intervalo, John quiere saber nada. Quiere creer que nadie sabe nada, ni él, ni Sherlock, ni las personas más allá de los confines de esa cama, ni las personas más allá de los confines de Francia, ni las personas más allá de los confines de la guerra.

Hay lugares de la tierra donde nada está ocurriendo en ese momento, y eso es suficiente por ahora. Alguna orilla de río, alguna marea acariciando la arena, alguna montaña en la lejanía, una selva y sus músicos sigilosos, alguna ciudad que duerme. El calor, la humedad acumulada, las respiraciones… John quiere tocar, y ahora que tiene permiso, toca. Más. Más.

—John —exhala Sherlock, cerca, tan, tan cerca de todo, el espacio muerto reviviendo, su nombre un poema—. John.

Y pide, pide, pero ¿qué es lo que pide? ¿qué es lo que quiere? Pide, pide, y John no puede aguantar más eso cerca, tan cerca, pero no del todo cerca aún.

—Dímelo —las manos duelen, joder, la sangre no circula—. Dímelo, Sherlock.

—Nunca… nunca he… somos, los dos somos… la guerra…

Dímelo —insiste; y su voz, su voz que no es su voz porque no son sus labios los que hablan, son sus ojos, su mirada, sus irises, que quiere, desea, con cada fibra de su ser, desea que infunda la confianza que le llena el estómago, la confianza que le regalaron un par de ojos congelados, sus ojos son los que comunican: yo también me voy a volver histérico por el miedo.

Crip-crack.

Sherlock se acerca, se acerca hasta que es físicamente imposible que se acerquen más.

Y lo besa. Lo besa en la frente, lo besa en los párpados -en cada uno de ellos-, lo besa en las mejillas, lo besa en la punta de la nariz. Lo besa con tanta, tanta delicadeza. Y para. Y espera. Espera, porque ese otro beso, el otro, el último en la lista, a ese no se atreve. Espera. Espera. John le pidió que se lo diga. Y se lo dice, le dice, ondulando, temblando, claro como el agua, como el estanque donde nadan los pecesitos koi, claro como el cielo un día de verano por la mañana, claro como la ventana de una vieja casona al borde las montañas, claro con su voz que rompe infiernos, le dice: —Besame, John, besame. Como una confesión imperdonable. Como un deseo del inframundo. Como un pecado. Sí, sí, así. ¡Sí, mierda! Como un pecado; que John está dispuesto a compartir. Lo asume, a la mierda las consecuencias. Sí. Y John lo besa en los labios. Al principio de los tiempos es todo tentativo, cuidadoso, frágil. Sabores de planetas inexistentes, o simplemente no descubiertos. Al final de las eras se están besando en los labios con fiereza, con descuido, sueltos, dejados a lo que suceda. Se besan y se besan y se besan. Y las manos no se sueltan. Y se besan. Tanto que duelen los labios, tanto que no es nada sensual, tanto que se detiene el tiempo.

(¿Volvemos a los lugares donde fuimos felices?)

Crip-crack.

Se siguen besando.

8 de enero de 1941.

Querida señora H:

Nunca le hablé de James, ¿cierto? No, nunca lo he hablado con nadie. Jamás. ¿No es asombrosamente terrorífico las cosas que nos guardamos? ¿Los secretos que enterramos como si fueran cadáveres que asesinamos? Oh, espere. Sí le conté a alguien. A Rosie. Fue esa madrugada, a los días del bombardeo que borró del mapa el hospital de Mary y a ella junto con él. Intentaba arrullarla para que se durmiera, una tarea que parecía imposible. Hacia horas y horas y horas que no paraba de llorar. Seguro lo recuerda, sé que estaba despierta, señora H. Estaba desesperado, angustiado, Mary acababa de morir y no podía ver nada más que oscuridad y Rosie seguía llorando en mis brazos como si el mundo acabara de extinguirse. Y entonces… entonces simplemente comencé a hablar, no recuerdo al principio de qué, creo que intentaba tararear una canción, y una cosa llevó a la otra y terminé hablando de James. De lo mucho que lo lastimé, de lo mucho que él me lastimó, de lo mucho que nos lastimamos entre nosotros. Sólo queríamos lo mejor ¿sabe? Intentamos, intentamos con cada fibra de nuestro cuerpo no hacernos daño, pero al final fue todo lo que logramos.

Nos conocimos en la Academia. Él venía de una larga tradición de padres y abuelos y visabuelos y bla militares, así que le tocaba su turno. Nunca estuvo hecho para ser militar, a decir verdad. Era… ¿cómo decirlo? Demasiado idealista. Era unos años mayor que yo, y no era un mero soldado cuando nos conocimos. El Mayor Sholto. Pero nos hicimos amigos enseguida. Tan rápido que estoy seguro ninguno se dio cuenta de lo que en realidad ocurría entre nosotros. Hasta que fue demasiado tarde. ¿Cree que es inmoral, señora H? ¿Cree que me iré al infierno? ¿Que soy un asqueroso sodomita? Creame, no la culparé si piensa eso. Yo lo pensé, lo pensé durante tanto tiempo... Nunca hubo nada físico entre nosotros, no realmente. ¿Tomarse de las manos cuenta? James se tomaba demasiado en serio su papel de superior y yo estaba completamente paralizado por el temor, por lo que sentía, por las horribles contradicciones que me burbujeaban sobre el borde de la piel. Al final… al final nos dijimos cosas espantosas que jamás olvidaré, cosas que debieron quedarse selladas en nuestras bocas, cosas que en realidad no pensábamos, ni sentíamos, cosas que solo dijimos para… lastimar.

¿Por qué uno es tan viseralmente cruel con las personas que quiere?

¿Amé a James? Quizá. Quizá también amé a Mary, ¿pero cómo mierda estar seguro que uno ama a una persona? ¿aparecen carteles con luces? ¿te lo anuncian a los cuatro vientos con megáfono? ¿te aparecen murciélagos asesinos en el estómago? ¿el mundo se desvanece en un placentero silencio blanco? ¿cómo te das cuentas que estás enamorado, señora H? ¿cuánto tiempo lleva? ¿hay una regla, una lista a seguir, unos trucos? Sé que la amo a Rosie, sé que la amo a usted, señora H, ¿es distinto? ¿este amor que siento por ustedes? ¿es distinto a lo que sentí con James y con Mary? ¿Se parece lo que sentí? ¿es igual? Me estoy ahogando y solo quiero refugiarme y llorar. Carajo, carajo, carajo, quiero volver a casa. Quiero…

por dioscreoqueestoyenamoradodesherlock

con amor

john

...

John.

¿Mmmh?

¿Alguna vez me dejarás leer tus cartas?

Algún día, Sherlock, algún día. Te lo prometo.

...

Las botas, las botas se hunden hasta la rodilla. La nieve que succiona hacia adentro al levantar el pie, sschuupp, un sonido que roza lo obsceno; algunos de los soldados hacen bromas al respecto —¡hey, Knight, sabes a lo que se parece ese ruido! ¡cierra la boca, Dimmock! ¡a tu novia-! ¡que te calles!— y las risas las arrastra el aire congelado que asesina cualquier mota de calor sin piedad. Sherlock siente las mejillas hirviendo del frío, rojas, rojas, deben estar, rojas como dos faroles de Navidad en el árbol, alumbrando kilómetros a la redonda. Raro que ningún nazi los haya descubierto. Aún con los abrigos de cuero preparados para esta clase de temperatura, aun con los guantes, aun con las bufandas, aun con los gorros forrados, aun con las botas, aun con todo eso la tormenta no ha dejado más que su brutalidad detrás.

El frío y las carcajadas.

(la guerra, la guerra que hace más inclemente el clima

la guerra que contamina todo lo que roza)

Sherlock suspira, largo, tendido, su aliento pintando el aire con un vaho fantasma. Los otros, los fantasmas de la aldea, se quedaron a resguardar su guarida. Esos fantasmas que eran mejor compañía que estos soldados. Los imbéciles no pueden pensar en otra cosa más que en sus penes. ¡Por todos los infiernos, están detrás de las líneas enemigas, jugándose la última carta, la última, al borde de la muerte, tirando los dados con dioses despiadados, caminando entre una temperatura que no debe superar los quince grados bajo cero, y todo lo que llena sus huecas cabezas es el sonido de las botas al levantarlas de la tumba de nieve y lo mucho que se asemeja a cuando se la chupan a sus novias! O a las putas. O lo mucho que se asemeja el sonido cuando una buena puta se las chupa. Bromas de putas es lo que abunda con esos cavernícolas. Putas esto, putas lo otro, putas aquellas. Como si las mujeres no fueran nada más que eso: objetos para satisfacer sus necesidades más primarias. Con razón el asqueroso mundo está en guerra. ¿Qué le espera a una raza de animales que degrada con una carcajada a la otra mitad de su propia especie?

—¿Tu qué opinas, Holmes? ¿Nunca dejaste que ninguna te la chupara, eh? —Y Anderson. Sherlock cierra los ojos, aprieta los puños; debe tener más cuidado con sus expresiones si Anderson lo está jodiendo—. ¿O eras el que chupaba?

—Anderson —gruñe el Teniente Lestrade, los hombros tensos. John, a su lado, hace un calco de su movimiento.

¿Por qué presiente que las cosas se van a ir al carajo de pronto?

—Claro que no estoy hablando de putas. Me refiero a que te debe encantar chupar vergas —y un gruñido disimulado.

—¡Anderson!

Sherlock se niega a abrir los ojos, se niega a reconocer a Anderson, se niega a darle cualquier clase de poder, algún indicio que pueda usar en su contra, cualquier cosa, se niega a darle la satisfacción de una reacción. Ya es suficiente con las miradas de reojo, con los murmullos del pelotón, las palabras que viajan a través de la dulce bruma del hielo y hablan y hablan de él y de John como si no estuvieran presentes, la letanía entre dientes, sin salir del todo, al borde, masticada: sodomitas; hablan y hablan y todo lo que sale de sus bocas no son más que acusaciones y conjeturas mal intencionadas y se niega, por los dioses, se niega a manchar lo que transpiró con John, lo que transpira, palpita, ahí, ahí contra su esternón cada vez que se cruzan en el aire sus irises, esos besos calientes y deliciosos y demoledores y esas caricias y ese tambaleo del infierno y los ojos azules del color de la atmósfera, color de miles de rayos de luz traspasando las partículas del aire y. John. No va a poner en peligro a John. Se niega.

—¿Qué? Relájese, Teniente —Anderson sonríe, el fusil danzando entre sus brazos—. Ya sabe, solo estoy haciendo una observación en base a lo que veo—y murmura, por lo bajo, clavando mil agujas de hierro caliente sobre la herida—. Asqueroso sodomita.

—¡Por di-!

Sherlock sabe lo que va a pasar antes de que pase, una de esas premoniciones que siempre tuvo, desde niño, una intuición primitiva, casi animal, su cerebro trabajando tan rápido, demasiado rápido, que no puede alcanzarlo, antes de que siquiera el Teniente Lestrade abra la boca y se quede a medio camino su maldición; ahí, en ese instante, abre los ojos solo para darle la bienvenida a su predicción: el puño de John, compacto, que viaja sobre el espacio muerto, la blancura contrastando con el verde militar, y encaja de lleno en el centro del rostro de Anderson, un gigante crack apagando cualquier sonido, carcajadas, el schup de las botas, el viento ligero aullante, las ramas de lo árboles, nada, solo queda el crack que hace ecos interminables y la mirada de todo el pelotón prendiéndose al espectáculo, los alientos cortados.

El Teniente Lestrade está horrorizado, sin saber qué hacer. John no tuvo suficiente sangre.

—Repite lo que dijiste, Anderson —John se para eterno, enorme, sobre Anderson, sus botas rozando las otras botas, la voz un iceberg que esconde su verdadero tamaño, la sangre chorreando de la nariz, de la boca, de los nudillos, la nieve manchándose otra vez.

(¿cuánta más derramaremos? ¿tal vez hasta hacer un océano?)

—¿Quieres que lo repita, Watson? —es veneno, es veneno puro la voz de Anderson, ácido, su mirada, sus palabras, su voz, su postura.

—Repítelo —y John, que es la calma, que es el Gigante, el Cíclope, la Justicia con su Balanza y su Espada y sus Ojos Vendados—. Repítelo.

John, que es la tormenta; la tormenta que está a punto de enfrentarse a Poseidón.

Es el silencio, el silencio eterno que crepita entre todos ellos, el silencio de las casas abandonadas alrededor del bosque, el silencio de los fantasmas, el silencio de una guerra comenzada sobre los cimientos del odio más puro que puede expresar un ser humano. El odio al Otro. El odio a lo Diferente. Ese odio que ahora se revela en la corteza de la piel de Anderson, en sus ojos, en su nariz fruncida, en su rostro, en su cuerpo, en su tensión al límite. En su sangre que es derramada sobre la nieve. Rojo sobre blanco. Nadie se mueve, nadie respira, nadie hace nada más que observar lo que está frente a sus narices, lo que Sherlock presintió desde el momento en el que él y John salieron de la casa y a todos les bastó una ojeada de refilón para saberlo, para creer que lo sabían. ¿Qué mierda saben todos ellos? Es lo que creen saber, es lo que creen comprender con sus viejas concepciones del bien y del mal: que ambos no son más que un par de pecadores, de maricas, de muerde-almohadas.

¡Sodomitas!

Y ya, no debería sorprenderle. No debería sorprenderle volver a formar parte de los fenómenos desde la mirada ajena, ser el circo, ser el desviado de los actos de Dios. Ser parte de la raza Diferente, la equivocada, la que merece ser metida en guettos, la que merece ser marcada, ser ignorada y exterminada al final del pasillo con unas ametralladoras ante las que se guarda silencio. ¿Qué era lo que decía Padre, sentado tras su escritorio cual muralla impenetrable? Sherlock, Sherlock, Sherlock, y movía la cabeza de un lado a otro, negando su existencia, despreciándola, los papeles de la Compañía más importante que sus hijos, las cuentas tenían que cerrar para fin de año y no hay tiempo para tratar con un mocoso que no conoce su lugar, Sherlock, Sherlock, Sherlock, ¿qué es lo que voy a hacer contigo? ¿Qué es lo que voy a hacer con un niño que se la pasa con la cabeza hundida en sus libros, revisando el fango del estanque, abriendo animales con el escalpelo robado del doctor Stapleton, negándose a saludar al Ministro, espantando a cualquiera que se le acerque con sus viciosas palabras y sus miradas que encierran locura? El doctor, el doctor te ayudará, Sherlock. El doctor arreglará lo que está roto en ti.

Y él pataleando, que no, que no, que no, rogando por un hermano mayor que le da la espalda porque está demasiado ocupado haciendo contactos en Oxford, rogando por una madre frustrada ante el poder de su marido, sus ensayos sobre matemática avanzada quemados frente a ella y la marca de una bofetada tatuada con tinta roja y lágrimas, lágrimas que le impiden ver a sus hijos gritar de agonía, rogando ante el poder abominable de Padre: que lo mire, que realmente lo mire y se de cuenta. ¡Que lo mire! ¡Que se de cuenta que lo único que le falta a su hijo menor es un poco de comprensión y que alguien se tome la molestia de escucharlo por cinco minutos! ¡Que lo mire! El pataleo, la resistencia, los puños volando, las mordidas al aire, el pataleo, el pataleo constante y los gritos que resuenan en la vieja mansión de sus tatarabuelos y chocan contra la nada misma, con las batas blancas, contra cuerpos adultos que lo sostienen, lo sujetan con fuerza, lo callan, lo tocan sin su permiso y lo arrastran contra su voluntad. Batas que le hacen preguntas que realmente no entiende. (¿qué hay de malo conmigo?). Batas que le abren la boca y le meten las manos hasta la garganta y le hacen tragar pastillas que le trastornan el mundo. ¡Trágatelas, por todos los cielos! ¡Trágatelas, niño estúpido! Nadie te querrá si no eres normal, niño, debes entenderlo. ¿Entiendes? Nadie te querrá. Nadie te querrá por que estas roto, rotísimo, y antes de que alguien te quiera tenemos que repararte. Tentemos que arreglarte, ¿entiendes? Nadie te querrá. El hijo menor del Gran Lord Holmes simplemente no puede ser un fenómeno.

Una decepción al lado de Mycroft. Una decepción es lo que siempre fue, lo que siempre será. El hijo no esperado. El hijo no querido. No fue suficiente para Padre, la torre alta que todo lo mira, todo lo tiene bajo su control, todo lo domina, no fue suficiente que fuera una decepción de niño, que no supiera adaptarse a la escuela, que fracasara en tareas tan simples como gimnasia, no fue suficiente arruinarle los primeros años de su existencia, que tenía que seguir, ¿cierto? No fue suficiente con nacer. Sherlock siempre quiere ser la estrella, el centro de atención, el foco que ilumina en la oscuridad. No, no fue suficiente con alterarle los parámetros de lo que conocía como infancia, tenía que seguir presionando, tenía que seguir haciéndose indeseable, no querible, tenía que empezar metiéndose en problema con la policía a los trece, metiéndose droga suave a los quince, droga dura a los dieciocho, fallando los cursos en la universidad desde los veinte, no encontrando un trabajo respetable, negándose, esfumándose de la tierra dejando prácticamente en el altar a su futura esposa, avergonzándolo, a él, a Padre. Todo haciéndolo para contradecirlo, para rebelarse, para vengarse. Todo porque es un niñito estúpido, un mocos que no conoce su lugar. Y las palabras, proféticas, las palabras el día que se derramó la última gota de vino, de sangre, la estufa crepitando, el olor a tinta, papeles de la Compañía en una posición más alta, el escritorio como una muralla impenetrable: ojalá no hubieras nacido, ¡ojalá te hubieras muerto!

¿Qué diría Padre si lo viera ahora? En el medio de una guerra que no le pertenece pero que a la vez si, con la misión fallida, las muñecas atadas con un trozo de uniforme viejo, mirado como espía, los moretones aun visibles, las botas hundidas en la nieve blanca hasta las rodillas, el schup obsceno que desencadena el odio, los murmullos del viento y los fantasmas que parecen a punto de romper el silencio, un veterano soldado que lo acusa del pecado, ¡sodomita!, el resto en espera de la carnicería, y otro, otro que levanta el mundo para defenderlo, otro que le regaló… Su padre, ¿sabe siquiera su padre lo que es el amor? ¿Lo ha mirado al rostro? ¿Lo ha acariciado con la fiebre de un devoto y le ha devuelto las acaricias a cambio? ¿Le ha susurrado cosas que creía impensadas? ¿Qué diría ese hombre horrible si lo viera ahora?

¿Tiene importancia?

¿Por qué tienes tanto miedo, Sherlock?

Me han dicho que no soy, digamos, querible.

Pfff, ¿qué clase de patraña es esa? ¿y quién fue la mierda que te dijo esa mierda?

—¡Que lo repitas, Anderson! —grita John, rompiendo, rompiendo el silencio y los infiernos.

Un segundo, una exhalación por algún lugar, un tic y un tac.

—No me lo esperaba de ti, Watson, no del querido doc —escupe sangre, escupe odio, escupe sarcasmo— ¿Qué es lo que hace tan bien, eh? ¿Qué es?

Sherlock ciertamente no sabe qué es, pero algo, algo en el aire cambia; quizá el leve movimiento de los puños cerrados de John, quizá el ligerísimo cambio de posición de Anderson, quizá alguna inhalación de más o el pestañeo apresurado del Teniente Coronel Frankland, no lo sabe, no sabe qué es lo que cambia en el aire, pero reviven del estupor. Un fantasma se ríe. El Teniente Lestrade da un paso al frente, y otro, y otro, hasta que se acerca al espacio personal y cerrado y ahogado que John y Anderson crearon. Las miradas de los soldados se vuelven incomodas. Se dan cuenta que están en el medio de una guerra, que no hay tiempo para estas estupideces, no hay tiempo para bromas obscenas ni para prejuicios de todos los días. Que son sobrevivir o el odio las únicas opciones.

—¡Anderson! ¡Te lo advierto!

—¿Advertirme qué? ¿Que se va a aliar con esos dos putos de mierda? —Anderson se incorpora, apenas, y se ríe con sus dientes rojos; John tensionado como una cuerda de violín al extremo—. No se preocupe, Teniente, eso ya lo ha dejado claro.

—¡Eso no es-!

—¡Claro que lo es! ¡Primero defendiendo a Watson cuando se ponía a curar nazis como si fuera un puto abanderado por los pobres! ¡Y eran nazis, por todos los cielos! ¡NAZIS! ¡Y luego con este fenómeno de circo al que trata como su jodido amigo cuando no es más que un asqueroso traidor a la patria! ¡A Inglaterra y al Rey!

—Baja la voz —dice alguien.

—¡Y con una mierda que voy a bajar la voz, Knight! ¿Querías que te lo repitiera, Watson? —Anderson toma aire y lo suelta en un grito atronador, que retumba y no vuelve, se expande—. ¡No son más que unos asquerosos muerde-almohadas! ¡Sodomitas de mierda! ¡Tú y el fenómeno de Holmes! ¿Creían que nadie se dio cuenta de las repugnantes miradas que se tiran? ¿EH? ¿Creían que su mierda de secreto era eso, un secreto? ¿Que las bestialidades que se hacen estaban escondidas? ¡No me hagan reír! ¡No me hagan reír! —respira, toma aire, y vuelve a empezara:— ¿Sabes, Watson? ¡Jamás me lo imaginé de ti! ¡Jamás! ¡Aunque claro, no puedo decir lo mismo de Holmes! ¡JA! ¡No me extrañaría que alguno de los muchachos lo haya oído gemir como una puta!

Ocurre.

Ocurre algo que años, muchos años después, ni John ni Sherlock olvidarán jamás.

Ocurre que se escucha un silbido que corta el aire, un sonido como ningún otro hasta ahora, un sonido ajena en las profundidades del bosque Francés, del territorio perdido en el mapa, un sonido que corta, corta, corta, y Sherlock tiene otra de esas premoniciones, otro de esos adelantos en el tiempo, el futuro materializándose antes de hacerlo y comprende, por fin comprende qué es ese algo que hizo cambiar el aire, que lo hizo ponerse en alertas sin ni siquiera darse cuenta de que lo estaban haciendo. Ocurre que el silbido se estrella contra una masa, contra una mole, carne, músculos, huesos, y los sonidos individuales crean otro, uno compacto, un sonido que jamás se olvidará, que quedará engrapado en la memoria como pintura imborrable, las marcas de un fuego eterno. Ocurre que los sesos de Anderson vuelan en pedazos, que la sangre salpica, mancha, cae hacia la nieve, cae hacia el uniforme, cae hacia las botas, cae hacia John. Y ocurre, ocurre lo que siempre pasa cuando la situación supera, cuando la realidad de trastoca de los elementos concordantes con la coherencia. El tiempo se transfigura y no vuelve a ser el mismo.

Sherlock lo comprende con horrorosa precisión al tiempo que otro silbido corta el aire, el sonido tras una pausa, los demás fantasmas sumándose a la risa del solitario que la empezó. Baja la voz, baja la voz. Por supuesto. Uno, dos, tres, cuatro, varios segundos y ese silbido atraviesa el aire frío de quince grados bajo cero y Sherlock ve, todo perdiendo sus bordes, escucha al silbido volver a compactarse con otra masa, otro sonido naciendo de su unión, y John. Baja la voz, baja la voz. Por supuesto. John que es tirado hacia atrás por la fuerza del disparo y cayendo, cayendo, cayendo. John cayendo sobre la nieve agarrándose el hombre, el grito de agonía soltada. El mundo se vuelve caos.

—¡Cúbranse y corran! ¡No miren atrás!

Un francontirador. Baja la voz, baja la voz. Por supuesto. Los nazis los encontraron.

Y es. Esta vez no el silencio. Es el caos. Pasos, gritos, disparos que vienen, disparos que van. Los sesos de Anderson en la nieve, su cuerpo sin vida, muerto, su fantasma apenas saliendo de sus ojos, de su boca abierta, el odio que al final no le sirvió para nada más que para atraer a la muerte, para condenarlos a todos, su sangre expandiéndose, formando el mar, el océano, la guerralaguerraesamalditaguerra, la sangre de John sumándose al espectáculo, mezclándose con la la tierra y el barro y el frío y pronto se tornará negra, negra, y la blancura que se estingue. Como su banda y la cruz en ella. La banda que es blanca, absolutamente blanca, tan blanca que parece un trozo de nieve alrededor de su brazo. Y la cruz, la cruz que es roja, roja desgastada, roja tan opaca que no parece sangre ¿No es el objetivo de la cruz roja? ¿Que parezca sangre? No, no, ¿cuál era el objetivo de la cruz roja? ¿Cuál? ¿Importa? ¿Por qué si, por qué no? Importa. Y él, Sherlock Holmes, reaccionando por instinto, en su cabeza un solo mantra: john john john john john, la desesperación amenazando con paralizarlo, con paralizar todo su raciocinio. ¡No, no, no, no! Se vuelve a encontrar pataleando en las manos de esos doctores con batas blancas. ¡no, no, no, no! ¡John se queda! ¡La cordura se queda! ¡La que se va es la muerte! ¡La guerra! El mantra de que ahí no se acaba, ahí no se iba a acabar, es solo el comienzo, van a salir vivos, no importa, no importa, su balbuceo que se confunde con sus pies hundiéndose en la nieve, lo blanco otra vez, lo blanco, sus botas negras, negras ¿y no se parece ese color a su propia sangre dejada atrás, en la aldea?

Lestrade que le habla, que llega junto con él al cue- a John que agoniza y se retuerce y los dos se arrodillan junto a él, más ruidos de disparos, Lestrade con su Webley, gritando, gritando cosas, gritando, su mano tocando el rostro retorcido de dolor de John, llamandolo, john john john john quedate conmigo john, una arruga que no había visto antes, una arruga que se forma alrededor de la comisura de sus labios, debe formarse cuando está en horrible dolor, por eso no la vio antes, una arruga de dolor, vaya, una arruga que envejece el rostro de John y ¡Sherlock, tienes que hacer presión en la herida! ¡presiona con todas tus fuerzas! La voz de John que le dice, le ordena, que le da esperanzas porque todavía no está inconsciente y él va, presiona el hombro, todo su cuerpo sobre el hombro y la mano sobre el rostro que tiembla, está temblando, Lestrade que sigue gritando y disparando y Stamford que se suma, el bolso hace otro ruido, un ruido curioso, un ruido que Sherlock no sabe por qué mierda capta, reconoce, oye, con todos esos ruidos cómo es posible que logre escuchar ese y no importa, ¿importa? La herida no cierra y entre los tres tienen que cerrar la herida, taponarla, encontrar refugio, que la sangre deje de salir, ¡joder! ¡que la maldita mierda roja pare de una puta vez! Tiene que cerrar esa herida, con lo que sea, ¡Mike, Mike, solo mete las gazas, así, así, metelas! Y Sherlock presiona, presiona, y entre el y Stamford levantan a John que grita, deja gritar así John me estas asustando, y Lestrade que dispara, dispara, tienen que irse, tenes que sobrevivir y salir de esa maldito infierno de una vez por todas.

Y hay humedad, humedad, humedad, y se niega, se niega a creer en esa humedad que mancha sus mejillas.

—No llores, Sherlock, no llores, ¿si, por favor?

¡Es ridículo!

—¡N-no estoy llorando! ¡N-n e-estoy-!

Y una risa, la risa de John, la risa absurda y estúpida de John -cómo puede reírse en un momento así se está desangrando, hay disparos, apenas puede caminar, cómo, cómo puede encontrar la risa en un momento así- que apenas puede mantenerse en pie, que sangra, sangra, sangre, y Sherlock recuerda, el peso de John contra el de él, su peso caliente, su peso húmedo, su peso contra él, encerrándolo entre la cama, la ropa que le roza la espalda, las costillas que crujen un poco, lo siento, lo siento, los labios calientes, las manos que se meten en terrenos que nadie nunca exploró jamás, el susurro bajo, el susurro temeroso: John, John, espera, espera, detente, el susurro que se transforma en conversación, en palabras de amor líquido que se derriten sobre su ser y son el bálsamo a sus infiernos, Sherlock recuerda que John le confesó que no quería morir. Que quería el perdón, pero no morir.

(la guerra, como creación humana, como humano palpitante, nunca está satisfecha)

—No te dejaré morir.

Y la risa que se corta, se pausa. Queda en stand-by. La risa que es necesario que se detenga unos segundos aunque ambos estén completamente locos. Lo saben. Tiene la locura atada a sus raíces. Y no importa. No importa. Los ojos de John que cada vez más rápido son devorados por la bruma, que son arrastrados a un lugar al cual Sherlock no puede llegar lo miran, esos ojos del color de las partículas del cielo devorando la luz, su cabeza gira, los cabellos rubios-y-plateados manchados de sudor, el casco con el círculo blanco y la cruz roja torcido hacia un lado, y en el medio de los disparos, en el medio del griterío, Stamford del otro lado gimiendo del esfuerzo, Lestrade pisándole los talones disparando su Webley, los nazis atrás, atrás, fantasmas caníbales, seres humanos tan desesperados como ellos mismos, en el medio de la guerra John gira su cabeza ante la promesa y le da un beso en los labios mientras corren. Un beso. Una promesa sellada. John le susurra, los labios pegajosos, apenas, apenas separados: —Entonces no moriré.

Los tiempos se aceleran. Los tiempos se relajan.

(muerte en vida o vida en muerte… o la tercera opción)

El tiempo es misterioso en todas sus relaciones con la vida humana.

...

...


Y se acaba de convertir en un three-shot, ¡Ta-dá!

Tampoco se olviden que estas oraciones subrayadas son en realidad un tachón pero ya saben, formato de mierda de FF y toda la cosa. Well, si el Universo quiere nos veremos pronto.