CAPÍTULO 2


Era un día de sol radiante y el viento cooperaba, así que para después del mediodía ya habían anclado en una nueva isla. Esta parecía deshabitada, aunque podían verse algunas casonas de paja en lo alto de una ladera. Sin embargo, en cuanto llegaron, se dieron cuenta de que nadie vivía en ellas.

Por lo visto era una aldea abandonada y no hacía mucho tiempo; no les extrañaba tanto el detalle. Luego de que los Mugiwara hicieron volar la Reverse Mountain, la geografía del mundo cambió, muchas islas quedaron abandonadas y muchas otras fueron pobladas.

Decidieron recorrerla; era una de las pocas en las que Luffy aún no había estado. Se había propuesto conocerlas a todas y aunque la empresa no debería llevarle tanto tiempo, puesto que al convertirse en el rey de los piratas ya había navegado por todo el mar, no era siempre el mismo tiempo el que decidía quedarse. Algunas islas lo atrapaban más que otras, a veces añoraba su hogar y volvía para ver a Makino y a los demás. Y como no tenía un rumbo establecido, muchas veces repetía lugares.

Habían llevado consigo la cámara, pero aunque Luffy la tenía colgada del cuello, parecía ignorar su presencia. El paisaje era bellísimo, sin embargo aún no había encontrado nada digno de fotografiar. Caminaban a la par por un sendero, hasta que el cocinero se apartó de él. Al entender el motivo, Luffy aprovechó para también orinar, así que con naturalidad se ubicó a su lado.

—Luffy… —reclamó mientras escuchaba el ruido característico del chorro caer.

—¿Qué? —cuestionó con la voz ronca y los ojos cerrados, los abrió para mirarle la entrepierna y recordar el enorme detalle—: Había olvidado que no te gusta mear con alguien al lado.

—A nadie le gusta.

Recién cuando Luffy terminó, se subió la cremallera del pantalón y se alejó de él, Sanji pudo empezar con lo suyo. Nunca podía orinar con personas a la par, lo descubrió gracias a los muchachos del grupo, porque los otros cerdos hasta hacían competencia para ver qué tan lejos llegaban. Y aunque fuera común entre los hombres, él no podía mear en comunidad.

Un clic lo distrajo del recuerdo de los chicos y le hizo reparar en lo que pasaba. Frente a él lo tenía a Luffy con la cámara y una sonrisa malvada.

—¿Me sacaste una foto? —increpó para ver como el pequeño cuadrado salía del aparato; se subió la cremallera con rapidez y caminó hacia él—. Dámela.

—No. —Se negó jocoso, sacudiéndola para después mirarla. Con su akuma no mi era fácil alejarla de Sanji.

—¡¿Por qué me sacas una foto meando?!

—Por menso —dijo antes de echar a correr por el camino sabiendo que Sanji lo seguiría detrás para atraparlo. Se dejó agarrar y enseguida lo tuvo colgado en la espalda, muertos de risa los dos.

—¡Yo te voy a sacar una cagando, vas a ver! —Cayeron al piso y rodaron, luchando afanosamente, uno por proteger el botín, el otro por obtenerlo.

—No es tan terrible, no se ve nada —dijo Luffy dejando de forcejear para poder recuperar el aire. Su pecho se movía con brío, tenía todo el cuerpo de Sanji encima de él y eso dificultaba la respiración.

Sanji, tan blanco como era, tenía las mejillas enrojecidas por el ejercicio extra y el pelo rubio alborotado. Reclamó una vez más sacudiéndolo y Luffy se dio por vencido. El brazo que había estirado volvió a la normalidad y el cocinero pudo hacerse de la foto.

La estudió con enojo, pero con ecuanimidad la dejó caer sobre el pecho de su capitán y se puso de pie. Luffy la tomó y volvió a examinarla para después guardarla en el bolsillo y regresar en busca de la cámara que había dejado en el pasto, antes de seguir a Sanji por el camino.

Cuando ese sendero natural se terminó, se toparon con una enorme laguna. En ese momento Luffy agradeció la ausencia de habitantes. Como no podía hacerlo en el mar, cada vez que encontraba un trozo de agua dulce aprovechaba para mojarse, e incluso aunque no supiera nadar.

Sanji dejó la mochila sobre el suelo y se sentó a la vera de la laguna, notando la desesperación de Luffy por entrar; se había quitado toda la ropa para dejarla allí en el mismo lugar, junto a la cámara, y así correr como un loco al agua.

El cocinero esbozó una sonrisa ante tamaña emoción infantil, pero le tocó preocuparse cuando Luffy tardó en emerger. Sabía de la poca pericia que tenía su capitán para nadar, pero también conocía el coraje que ostentaba.

—¡Está profundo! —vociferó buscando asirse de una de las ramas que caían sobre la laguna.

El lugar era hermoso, estaba rodeado de enormes árboles, muchos de ellos frutales. El blanco de las piedras se fundía con el color turquesa del agua, dotando al espacio de un aspecto algo mágico.

—Quédate en el borde Luffy —pidió con paternidad—. No me hagas saltar al agua para sacarte. —Pero Luffy ignoró su reclamo, se sentía más seguro sabiendo que tenía compañía, puesto que en el peor de los casos sería rescatado.

—¡Ven! ¡El agua está genial!

—Hace un poco de frío, no me apetece nadar. —Abrió el bolso para sacar el mapa y estudiar la nueva ruta que harían una vez que se fueran de esa isla.

—Aunque sea acércate un poco —pidió nadando hasta donde podía hacer pie—, ven un segundo —suplicó caminando hacia la vera con el agua hasta la cintura.

—¿Qué quieres? —Receló la petición, más que nada porque Luffy seguía teniendo esa sonrisita ruin que portaba al momento de sacarle la foto.

—Solo ven y sabrás.

Sanji sonrió con picardía, si el bastardo pretendía hacerle alguna maldad se quedaría con las ganas, no obstante cedió tan solo para poder cobrarse su venganza. Caminó hasta donde Luffy había dejado su ropa y tomó la cámara.

—A mí no me molesta que me saquen fotos. —Se acercó más al cocinero hasta que el agua le llegó a las rodillas y con una mano batió la superficie para arrojarle un poco de agua—. Métete conmigo.

—No me mojes Luffy, que tengo la cámara —se quejó haciéndose un poco para atrás.

—La cámara no te va a salvar —avisó con malicia para después avanzar y ponerse a patear la laguna como un desquiciado con el único fin de empaparlo.

Como Sanji se alejó del agua, temiendo que la akuma no mi de su capitán le jugara una muy mala pasada, Luffy no tuvo más opciones que correr detrás de él. Cuando lo alcanzó y se colgó de su espalda, mojándole la camisa, el cocinero se dio por vencido.

Sabía que Luffy lo arrastraría al agua incluso contra su voluntad y no tenía ganas de mojarse la ropa, en verdad el clima estaba fresco, así que lo mejor sería ceder, desnudarse y meterse un rato a nadar con él.

—Está bien, tú ganas… como siempre —se quejó risueño y con eso logró quitárselo de la espalda.

Con compañía dentro del agua, Luffy era más temerario, así que Sanji tuvo que sostenerlo por la cintura en varias ocasiones o tomarlo de los brazos para hacerle reflotar. No estuvo mucho tiempo, enseguida salió y buscó el poco sol que quedaba de la tarde para secarse.

Sentía el cuerpo frío así que se soltó el pelo buscando un poco de vano confort, Luffy pareció reparar en el detalle de lo largo que lo llevaba porque no dejaba de mirarlo. Siempre lo tenía atado, en cambio ahora caía desordenado y abultado sobre los hombros.

—Tienes lindos bucles. —Luego de soltar ese cumplido como si nada siguió nadando y Sanji después de vestirse se distrajo con la cámara.

Se sentó en el pasto a un lado de la ropa de Luffy y la estudió, todavía no había sacado ninguna, pero cuando su capitán decidió que era hora de salir porque pronto oscurecería, Sanji se despachó con su venganza.

Una tras otra, alrededor de unas seis fotos que mostraban a un Luffy como Dios lo trajo al mundo. Se quedó mirando una en particular que aprovechó para guardar en el bolsillo de su pantalón negro de vestir en un momento de distracción. Era una de Luffy de espaldas, desnudo por supuesto, mirando hacia la laguna. Le había gustado mucho, quizás por la belleza del paisaje y el juego de luces de una tarde mortecina.

Sanji lo amenazó cuando el otro se acercó y se dispuso a mirarlas con ecuanimidad.

—Se las mostraré a Boa, ya verás.

—No va a ver nada que no haya visto antes. —Se encogió de hombros y las dejó caer sobre las piernas del cocinero para comenzar a vestirse.

—No me digas que… —Sanji lo miró desde el suelo con cierta seriedad, pero Luffy no dijo nada ni borró esa sonrisa bribona de los labios.

Se fue, dejándolo alelado en el sitio, atiborrado de nuevo con emociones inoportunas que le generaban malestar, que le hacían sentir muy incómodo. Se obligó a volver en sí, tomó la mochila y guardó las fotos con torpeza para ponerse de pie y trotar. Cuando le dio alcance pasó un brazo sobre su hombro.

—Ese es mi pollo —dijo Sanji dejándole un fugaz beso en la sien y arrancándole una carcajada.

A Luffy le agradaba caminar así, tan cerca de él y pensó en decírselo, que no lo soltara, que no tomara distancia, pero cuando lo miró a la cara se dijo a sí mismo que se trataba de Sanji, que a él no podía decirle algo así.

—¿Ahora sí estás orgulloso de mí? —bromeó—. La rechacé, sí, pero al menos…

—Siempre estoy orgulloso de ti —aclaró y lo soltó, para desgracia del capitán.

Al llegar a el bote y mientras Luffy lo ponía en marcha, Sanji se dispuso a preparar la cena. Esa noche ninguno de los dos pudo dormir puesto que el clima de Paraíso seguía siendo tan complicado como antaño y pese a los cambios climáticos luego de extinción de la Reverse Mountain.

Llegaron a la tarde siguiente a la Isla Kuraigana, agotados y mal dormidos. Era la primera vez que Sanji pisaba ese tétrico lugar, cuya atmósfera le venía a recordar vagamente a Thriller Bark. Vaya sitio se buscaba el capitán para pasear.

—¿Qué hacemos aquí? Debe haber un millón de islas mejores.

—Igual no estaremos mucho tiempo. —Lo tranquilizó caminando con soltura dentro de un bosque sombrío en donde los árboles crecían retorciéndose de formas inimaginables—. Venimos por Zoro.

—Lindo lugar se elige el marimo para vivir —chistó tratando de no pisar en falso, pero la niebla era tan espesa que a duras penas podía verse a través de ella—, no me extraña.

—Al final quedamos con Nami que ella les avisará a todos cuando nosotros tres lleguemos a Water Seven, por las dudas. —Tratándose de Luffy no podían precisar cuánto les tomaría llegar a dicho destino, podía ser una semana, como un mes o un año.

—Franky y Robin ya están allí, ¿cierto? —preguntó y recibió un asentimiento como respuesta.

Los mandriles, en lugar de buscar pelea como solían hacer, se apartaron del camino. Sanji atisbó que no era la primera vez que Luffy visitaba a Zoro, parecía conocer el lugar y los animales le huían.

—Espero que esté —dijo Luffy cuando llegaron al castillo—. ¡Zoro!

Sanji se sentó a los pies de la escalera de mármol añejo y encendió un cigarrillo. Se advertía inquieto, con Zoro siempre se había llevado para atrás y sabía del lazo que el espadachín tenía con el capitán. El viaje sería diferente entonces; hasta lamentó que Nami hubiera declinado la oferta, porque de a cuatro hubiera sido más llevadero.

Guardaba las esperanzas de que Zoro también rechazara la propuesta de buenas a primeras, pero conociéndolo al marimo, lamentablemente diría que sí. Estaba muy unido a Luffy y lo respetaba tanto que lo seguiría hasta el fin del mundo si este se lo pedía.

Cuando la enorme puerta de dos hojas se abrió con un chirrido, Sanji apagó el cigarrillo con la suela del zapato, pero no volteó a ver a su compañero; en cambio frente a él pudo ver la sonrisa cálida que Luffy le regalaba, dándole la pauta que, para su desgracia, Zoro se hallaba en casa.

—Dos visitas tuyas en un mes Luffy, se va a caer el mundo.

—Es que traje a alguien en esta ocasión. —Señaló a Sanji, y Zoro reparó en la cabellera rubia.

El cocinero suspiró y enfrentó su sino, se puso de pie y volteó. Se estudiaron unos segundos, como si buscaran ver en el otro el paso del tiempo. Zoro lucía serio como siempre, no iría a explotar de alegría por verlo.

—Tú… —dijo con desidia.

—Marimo, tanto tiempo. —Levantó una mano a modo de saludo.

—Estás vivo —reparó con cierto alivio de verlo entero. A él también le había llegado la noticia de la quema del Baratie y aunque mandó (u obligó) a Perona a buscar información sobre el estado del cocinero, no logró averiguar nada.

—Eso parece. —Estiró los brazos, gesto claro de que por algo ahí estaban sosteniendo una conversación.

—Pasen. —Hizo un gesto con la mano invitándolos a entrar—. Aprovechemos que no está su dueño.

La distancia entre Sanji y Zoro se hacía sentir, por suerte estaba Luffy quien bien sabía que era cuestión de tiempo para que aquellos dos se soltaran y volvieran a ser los de antes. Así fue al momento de sentarse a cenar y la razón fue Perona, porque Zoro advirtió que la muchacha era muy descortés y que no bajaría a saludar ni a cenar, pero el cocinero solicitaba su presencia. No podía dejar hambrienta a una bella dama.

—Si no vas a buscarla tú iré yo, desgraciado.

—Haz lo que quieras cocinero pervertido, pero no la encontrarás. Se esconde con su akuma no mi.

El cocinero, desafiante, dejó de lado su plato para tomar el que le correspondía a la mujer y se puso de pie en dirección a la escalera. Regresó al poco tiempo con las manos vacías y más satisfecho se dispuso a comer. No la había encontrado, pero al menos le había dejado el plato en la planta intermedia.

Cuando terminaron de cenar y Sanji se dispuso a lavar los trastos, le alegró encontrar el plato de Perona vacío. La muchacha casi le da un susto de muerte cuando se le apareció flotando. Le soltó un serio "estaba rico" y desapareció.

Se quedó allí cavilando en la posibilidad… Zoro y Perona a solas en ese enorme castillo le daba a pensar, y también le daba ligeras esperanzas de que declinara el ofrecimiento de navegar con ellos dos.

Para cuando bajó con el plato y llegó a la cocina, los otros dos habían terminado con la faena de lavar los trastos y el espadachín ya se encontraba abriendo una nueva botella; pero el cocinero reparó en que no era sake, bebida predilecta del marimo.

—Ese… es un buen vino. —Sanji lo miró con codicia.

—Por eso lo estoy abriendo, pero luego tendremos que llenarlo con algo parecido y devolverlo a su lugar —aclaró quitando el corcho. Si Mihawk se enteraba de que se había metido en su preciada bodega podía exiliarlo de la isla. El engaño le daría tiempo para reponer la botella faltante.

—Podemos volver a llenarlo con tu sangre, marimo —bromeó aceptando la copa.

—O la tuya, que es algo así como especial, es sangre de príncipe —retrucó insolente—, del príncipe de los imbéciles.

—Mejor esperamos a que Perona menstrúe.

—¡Eso es un asco Luffy! —prorrumpió el cocinero.

—¡Ahora no podré beber el vino! —dijo Zoro, pero enseguida y con indiferencia le dio un sorbo.

—Ay, qué sensibles —se encogió de hombros, jocoso—, es también sangre. ¿O me van a decir que nunca tuvieron sexo con una chica que estaba en ese periodo?

—La verdad que no, Luffy. —Zoro lo miró entre ojos.

—Sí, pero no es el caso —acotó Sanji cavilando—. Nunca le di sexo oral a una; no soy un vampiro.

—Cambiemos de tema, que da asco —volvió a quejarse Zoro.

—Qué tú digas que algo relacionado con la sangre es asqueroso me va a dar diarrea de risa.

—Ok, dejemos de lado temas escatológicos y escabrosos para estudiar la nueva ruta —propuso Luffy.

—Cuando cada dos por tres volvías al Sunny bañado en sangre como si vinieras de realizar un pacto satánico —continuó Sanji ignorando la propuesta del capitán, más concentrado en buscarle roña a Zoro. No se había dado cuenta de lo mucho que lo había extrañado.

—Pero es sangre diferente cocinero.

—Es natural —siguió rebatiendo—. Todas las mujeres menstrúan.

—Ya… —interrumpió Luffy arrepentido de haber sido él quien empezó con ese asunto—. Vayamos a sentarnos a la sala, prefiero que hablemos de culos o tetas. —Tomó la botella y caminó hasta el lugar que tan bien conocía.

Sanji ya había reparado en que se movía con soltura por el castillo, pero se aguantó las ganas de preguntarle cuántas veces o cuánto tiempo había estado allí, como si esa inofensiva pregunta delatara algo que él buscaba ocultar con afán.

Cuando se sentaron en los sillones, Luffy junto a Zoro y Sanji frente a ellos, este reparó en el detalle de que el espadachín los acompañaría en el viaje. No supo en qué momento Luffy se lo había propuesto, pero eso era evidente ya que entre los dos estaban estudiando el mapa.

—¿Qué dices, Sanji? —preguntó Luffy con una sonrisa.

—Da igual el siguiente lugar, debemos parar en alguna isla con animales. Tenemos que cazar, se están acabando las provisiones.

—Di la verdad cocinero, te estás quedando sin tabaco y quieres pieles para vender —dijo Zoro socarrón.

—Además —admitió sin tapujos.

—Bien, hoy dormiremos aquí y mañana partimos —propuso Zoro dejando el mapa de lado.

—Pero… ¿cómo haremos? —Sanji miró a Luffy, buscando algo de qué valerse para conseguir su cometido de seguir viajando solo con su capitán—. Quiero decir… el bote es pequeño aunque cuente con camarote, ¿cómo dormiremos?

—Nos la apañaremos —consoló Luffy—, uno puede dormir en la litera y los otros dos en la cubierta.

—¿Y cuando llueva? —siguió cuestionando el cocinero.

—Pues… —Luffy pensó y soltó divertido—: los tres, uno arriba del otro, en la litera.

—Quizás lo mejor sea que vayamos nosotros dos a buscar un barco un poco más grande y regresar. O bien, cuando tengamos el Sunny podemos…

—Por lo visto al cocinero no le agrada la idea de tenerme como compañía. —Para Zoro se le había hecho muy evidentes los intentos de Sanji por convencerlo a Luffy de sacárselo de encima.

—Nunca marimo, pero… no es eso, es que la embarcación está destartalada y… —suspiró, no quería dar una imagen errónea o tan egoísta—. Tienes razón, de alguna forma nos la apañaremos. En días de lluvia podemos levantar la litera y dormir los tres en el suelo.

—Hablando de dormir… —Luffy bostezó y estiró los brazos, para después buscar recostarse en el sillón con el mal tino de apoyar la cabeza en la falda de Zoro para usarla de almohada.

Sanji clavó la mirada en el rostro de su capitán, pero este había cerrado los ojos; no recordaba esa clase de acercamiento entre esos dos. Rebuscó en las telarañas de sus recuerdos, pero nunca antes se había molestado en reparar en esa clase de pormenores. Quizás sí y era algo habitual entre ellos, porque Zoro no mostró sorpresa o incomodidad.

Se quedaron en silencio degustando una botella de licor cuando se terminó el vino. Sanji había clavado la vista en el rostro de Luffy y de allí no la movió, esté ya había caído rendido al sueño. Mientras, Zoro reflexionaba al respecto. No le costaba leer a Sanji; en el pasado eso le resultaba sencillo.

—Si no quieres que vaya con ustedes, dilo y no iré.

—¿Eh? —Volvió en sí y levantó la vista para prestar atención al semblante adusto del espadachín.

—Luffy ya sucumbió. Si tú quieres puedes dormir en alguna de las habitaciones. —Separó al capitán con un cuidado que Sanji nunca le había visto a sujeto tan salvaje. Y con esa delicadeza tan maternal le acomodó la cabeza sobre la superficie mullida de un almohadón.

—No es eso, idiota.

—¿Entonces?

—Es que me da pena que dejes a una muchacha tan linda en un castillo tan tétrico. Le vas a romper el corazón, no podemos traerla con nosotros —terció con malicia—. Oh, sí, vamos marimo… si te debes haber portado mal con ella.

—¿Es una pregunta?

—¿Ya encontraste una funda para tu cuarta katana? —Arqueó las cejas con lascivia.

—No voy a responderte —dijo con obviedad consiguiendo la risita vil de su compañero—. ¿Y tú, encontraste tu media mandarina?

—No voy a responderte. —Se la devolvió con infantil gracia—. No, la verdad es que… está difícil —concluyó con fatalidad.

—¿Nunca te casaste?

—¿Qué les pasa a ustedes con esa cuestión? —Se puso de pie tomando la botella vacía de vino— ¿Tan raro es no verme casado para que hasta el marimo me lo pregunte?

—Y… la verdad que sí —se defendió siguiéndolo por detrás hasta la cocina—. Hablamos del cocinero pervertido adorador de mujeres.

—Ese era el Sanji del pasado. —Abrió la alacena revisándola; no había mucho, así que en poco tiempo la cerró—. Qué lástima que no haya pimiento rojo.

Nah, no me lo creo —negó incluso con la cabeza y se cruzó de brazos—. Luffy puede creerse ese cuento, pero lo pervertido no se te debe haber quitado con los años, al contrario, eso se potencia con el tiempo.

—Oye, ¿qué podemos usar para llenar la botella?

—¿Pintura? —Se rascó la cabeza— Creo que he visto algunos tachos en uno de los cuartos, pero debe estar toda seca.

—Aparte qué ¿quieres matarlo? Imagina la expresión de su cara si le da un sorbo.

—No creo que sea tan idiota de no darse cuenta —dijo con cierta gracia hacia la imagen mental de Mihawk bebiendo pintura roja diluida en agua.

—Ya fue… ¿tanto miedo le tienes, espadachín? ¿Te va a dar muchas nalgadas si se entera?

Esa última pregunta que hizo plantó ideas siniestras en la mente de Sanji. ¿Y si quizá Zoro sí había hallado una funda para su katana, pero no gracias a la muchacha? No le parecería raro, siempre lo pensó, que Zoro pateaba para el otro equipo, muy solapadamente.

—No es eso. Es por respeto, esta es su casa y es su vino.

—Creo que llenarle la botella con pintura tampoco es muy respetuoso que digamos. Si igual…

—Mañana partimos —completó.

—Eso. —Dejó la botella junto al cesto de basura dándole fin al asunto para irse a dormir al sillón; pero Zoro lo tomó de un brazo deteniéndolo.

—Es bueno volver a verte —dijo y lo soltó lentamente. Sanji le regaló una minúscula, pero bonita sonrisa a modo de respuesta, indicándole que compartía ese sentimiento.

—Había extrañado nuestras peleas —correspondió el cocinero finalmente—. Buenas noches.

Zoro miró la botella vacía en el suelo, apagó las luces y se dispuso a buscar uno de los cuartos para descansar un poco antes de partir. La ansiedad a Luffy lo llevaba a madrugar y el cocinero era de levantarse temprano.

(II)

Al otro día se prepararon para partir, pero el clima siempre era tan malo en esa isla que debieron esperar hasta la tarde para poder zarpar. En todo ese tiempo Perona no se asomó, llamando la atención del cocinero.

—Es que creo que está enamorada de Luffy —comentó Zoro—. Siempre se esconde cuando viene él.

—Ah, capitán rompe corazones —bromeó Sanji balanceándose con la silla, al menos hasta que Luffy pasó a su lado y jaló del respaldo, ahí perdió la algarabía junto con el equilibrio. Por supuesto que no lo hizo con la intención de hacerlo caer, sino de darle un pequeño susto, cosa que consiguió porque su cocinero lo insultó y dejó de jugar con la silla.

En el sillón estaba Zoro, cosiendo, pero antes de que pudiera siquiera buscar con qué molestarlo, Luffy los apremió:

—¿Te falta mucho Zoro? Ya paró la tormenta, deberíamos aprovechar.

—No puedo ir solo con lo que tengo puesto —respondió, conocía la impaciencia de Luffy.

—¿Y no tienes otro hakama?

—No. Igual ya terminé.

—¿También le coses la ropa a tu hombrecito, espadachín? —preguntó Sanji divertido— ¿No opinas lo mismo que yo, Luffy? El marimo vive con una belleza a la que todavía no le puso la mano encima; pero claro, aquí también vive con un hombre, que no es cualquier hombre.

—¿Qué te pasa cocinero pervertido?

—No te apenes —dijo atajando el bolso que Zoro le había arrojado a la cara—; no vamos a juzgarte, hacen una bonita pareja. Los dos son espadachines.

—Ponte de pie menso y vamos —lo apresuró Roronoa.

—Lo importante, a fin de cuentas, es encontrar la funda para la katana, ¿no? —Siguió al ver la pasividad de Zoro. Odiaba ese lado del marimo, nunca podía quitarse esa clase de dudas, el muy maldito era una jodida tumba. Siempre había sido muy reservado con su vida privada.

—¿Algún problema con eso? —dijo el espadachín, sabiendo que lograría callarlo. Tanto Luffy como Sanji frenaron en el acto en medio del sendero que habían tomado— ¿Qué? ¿Justo ustedes me van a discriminar? —ironizó con tanta seriedad que pareció ser un reclamo auténtico.

—Me estás jodiendo —dijo el cocinero, algo sorprendido aunque igualmente jocoso por la revelación a medias.

—Me da igual. —Luffy alzó los hombros y se adelantó.

El silencio que sobrevino luego de esa charla fue pesado, había cierta tensión en el ambiente que se potenciaba por tratarse de un lugar tan sombrío como de por sí lo era la isla Kuraigana. Es que tanto Sanji como Luffy tenían mucho por reflexionar. Desde ya que no les molestaba, pero lo que les había quedado dando vuelta era la última pregunta del espadachín. A eso se le sumaba un minúsculo y poco evidente malestar: porque Ahora Zoro venía a representar otro tipo de amenaza, incluso peor que el que representaba Nami.

—Joder, ahora resulta que sí les molestó —reprochó el espadachín cuando se percató de que habían llegado al bote sin decir una sola palabra más.

—Que no, marimo. Haz de tu culo lo que quieras.

Sanji subió primero aceptando los bolsos de los otros dos. Como el camarote siempre había sido pequeño y ahora se reduciría más, los dejó en la proa, que tampoco contaba con espacio, pero al menos de momento no les molestaba.

—Díganmelo y me bajo; pero díganmelo antes de zarpar —volvió a exigir el espadachín algo ofendido.

—¡Que no! ¡Deja de ser tan dramático! —lo retó Luffy con una sonrisa—. Y ve a buscar una botella, que tenemos que brindar.

—Sí, yo haré algo especial para cenar.

—Es que se quedan así, callados, serios y pensativos —murmuró dando la vuelta para ir a la cubierta en busca de lo solicitado. Escuchó el listado de cosas que el cocinero le solicitaba a los gritos para poder empezar a preparar la cena y volvió al camarote con los brazos a más no poder.

Por lógica cenaron en la cubierta, pero antes mandaron los bolsos abajo para tener un poco más de espacio; apenas quedaron dos mochilas y algunas botellas de alcohol. Zoro cerró los ojos de deleite al dar el primer bocado, pero se ahorró el cumplido para en cambio fastidiar al cocinero y así devolverle la que le había hecho pasar hacía un rato con todo el asunto de Mihawk.

—Dime cocinero, ¿sigues con tus manías?

—¿Qué manías? —Lo miró un segundo para luego continuar comiendo.

—La de ponerte a chillar como una niña cuando se te traba la puerta del baño, por ejemplo —respondió el espadachín. El recuerdo le llegó a Luffy de manera inmediata y rió bajito.

—Al menos sé que sigue con esa de no poder mear con alguien cerca —acotó el capitán.

—¡¿Qué tienes contra mi claustrofobia?! —se defendió el cocinero, abochornado por ese episodio. Le pesaría toda la vida haber tenido una crisis justo frente a ese sujeto que lo miraba con socarronería.

Se escuchó la risita de Luffy y su comentario despreocupado sobre los intentos de Chopper por hacerlo volver en sí. El cocinero pensó en eso y en lo que le había dicho Mefisto. Miró a uno y luego al otro.

Aunque el Sanji del pasado se hubiera ofendido y hubiera sido agresivo, el de presente era muy consciente de que sus amigos no tenían por qué entenderlo. De hecho, era la ignorancia de ellos lo que no le permitía enojarse y, en cambio, comprenderlos y hasta, si se quiere decir, perdonar el poco tacto.

El espadachín se sintió desencajado, porque se daba cuenta de que algo ocurría dentro del cocinero. Este no había estallado como lo previsto y como en tantas ocasiones anteriores lo había hecho cuando lo fastidiaba con ese tema.

—Es que no me gusta quedarme encerrado… —Y la primera frase surgió; había abierto la boca, como quien abre la temida caja de Pandora. No había dicho nada revelador tal vez, pero para él lo trascendental era su predisposición a hablar del asunto. Nunca lo había hecho con nadie, ni siquiera con Zeff había relatado pasajes de su infancia—. Cuando era niño mi padre me encerró unos meses en un calabozo. Y la pasé mal —concluyó, sintiéndose contradictoriamente arrepentido de haber instalado ese clima solemne e incómodo, pero a su vez aliviado de al fin poder explicarles a sus seres queridos la razón de su comportamiento.

—La has pasado terrible con ese viejo ¿cierto? —Luffy fue el primero en quebrar ese silencio mortuorio.

—Bastante mal —admitió, sin dejar de mirar la madera del suelo, taciturno y un poco alicaído.

—Pero a su manera te ha pedido perdón, ¿no? —Zoro trató de poner su grano de arena porque, joder, en todo el tiempo que llevaba conociendo a Sanji nunca lo había visto tan sincero y vulnerable. Qué momento de mierda se había originado por su culpa.

—¿Y de qué me sirve? —Encogió un hombro mirando el mar— Es como… un tatuaje que te queda por siempre. Que te pidan perdón no cambia los hechos. En todo caso al único que debo perdonarme es a mí mismo.

—Si te hace mal hablar de ello… —Luffy estiró el cuerpo como si buscara estar más cerca del cocinero y consolarlo.

—No, está bien —negó y pestañeó para que la angustia no hiciera nido en su cara—. Por lo general siempre he sido muy reservado. Nunca me ha gustado contar nada, ni lo bueno ni lo malo que me ha pasado, mucho menos lo malo; pero ya he llenado demasiado esa mochila y… a veces está bueno vaciarla, ¿no?

—No podíamos saber puntualmente qué te había pasado con ellos —dijo Zoro—, pero todos intuíamos que no había sido bueno.

—Ciertamente no —tomó una gran bocanada de aire—. De niño solía tener dos vidas; una que era soportable, en donde estaba mi mamá. Y otra vida… una que era un infierno. Así crecí, dividido en dos realidades. Solía refugiarme en los libros, en especial los de cocina, porque me permitían concentrarme en otra cosa que no fuera en mi vida y a su vez podía colocar una barrera con las personas que me rodeaban. En el calabozo leía mucho. Igual no había otra cosa para hacer en ese lugar.

—La verdad es que yo no puedo quejarme —dijo Luffy meditabundo—, aunque mi infancia tuvo sus momentos malos, la verdad es que fue buena. —Sonrió ante el recuerdo de personas como Ace, Sabo y Makino.

—La mía también —agregó Zoro—, fue más buena que mala.

—Si les molesta que hable de esto… —murmuró Sanji arrepentido de esa incomodidad generada durante un momento tan clave como era la cena. Que hasta Luffy dejara de comer para prestarle atención debía ser seria la cosa, pero los otros dos negaron reiteradas veces.

—Está bueno conocerte mejor —opinó Luffy—, está bueno conocernos mejor.

—Ya sé lo que estarás pensando, marimo —se quejó— "ya, supéralo, maricón".

—Estás muy lejos —gruñó el espadachín—. Si perdieras una pierna no te diría "ya, supéralo maricón y deja de cojear".

—Tendrías que ser un tipo súper insensible, un monstruo como tus hermanos —se sumó Luffy— para que algo así no te afecte. Porque, oye, yo no conté con familia biológica, no estuve cerca de mi padre. ¡Pero al menos se me permitió guardar las esperanzas! En cambio tú… es como si te hubieran robado algo. Una familia.

—De hecho soñaba con eso —admitió Sanji—. Cuando me acostaba a dormir por las noches, fantaseaba con la posibilidad de despertar en otro lugar y con otra familia, pero cuando amanecía y abría los ojos, veía los barrotes del calabozo y me preguntaba ¿por qué?

—¿Y cómo te escapaste de ese calabozo, de ese lugar, de esa familia? —A Luffy se le hacía claro que su cocinero lo había logrado porque ahí estaba, entero y a pedazos.

—Mi hermana me ayudó —respondió juntando coraje para mirarlo a los ojos—. Ella me ayudó mucho, al igual que el viejo Zeff. De todos modos siento que sané esas heridas al momento de escapar y al empezar a tomar mis propias decisiones. Sí, creo que empecé a sanarme cuando fui libre de verdad, cuando me aparté del Germa. Desde entonces siempre hice lo que quise y tomé mis propias decisiones.

—Controlar tu vida en lugar de que te la controlen —murmuró el espadachín satisfecho con esa idea.

—Es injusto e increíble pensar que hay personas que se creen con el derecho de destrozar tu infancia solo por diversión o beneficio personal. —Luffy suspiró derrotado ante esa realidad y tomó un trozo de carne para comer.

—Y no solo eso… ¡era mi familia! —exclamó Sanji con la voz quebrada— Las personas que tenían que quererme y cuidarme. Siento que se aprovecharon de eso, porque no duelen tanto las palizas como el hecho de saber que no puedes confiar en una persona que juega un rol importante en tu vida. Para un niño la familia es su mundo, es todo.

—Ahora… no entiendo para qué mierda los salvaron. Los hubieran dejado morir. —Zoro tomó un gran trago de sake luego de soltar aquello con sumo desprecio.

—No deja de ser mi familia, marimo —excusó conmovido—. No los quiero ni un poco, pero… tampoco puedo ir contra ellos. Menos siendo un niño, ¿qué podía hacer yo en ese entonces más que huir de ellos?

Y Sanji pensó en eso, en lo difícil que había sido escapar y dejar de sentirse culpable por ser débil. Se lo habían hecho creer con tanto ímpetu que hasta llegó a sentirse merecedor de todo ese maltrato.

Se daba cuenta de que no podía decir que había tenido una infancia buena o mala porque ni siquiera había tenido una. Lo perdido, perdido estaba. Ya no podía volver el tiempo atrás, y aunque pudiera eso no significaba que hubiera logrado cambiar su vida.

Cobijándose en su profesión logró sobrellevar el horror de su realidad. Luego Zeff se encargó de darle valores y acabó por ser la generosidad el motor en su vida. Si lo pensaba bien, salir del Germa fue como empezar a conocerse a sí mismo, empezar a moldear el Sanji que él en verdad quería ser. No fue fácil, pero la tristeza no ganó la partida y él acabó triunfando de la mano del viejo.

Poco a poco empezó a reparar en cómo era el mundo y vio que afuera también había injusticias y gente que la pasaba tan mal o incluso peor que él. Fue ahí cuando el altruismo del que Mefisto le habló plantó su semilla: Aquel que ha pasado por determinados dolores siempre trata de evitárselos a los demás, por conocer en carne propia lo que se siente.

De esa forma Sanji se alejaba más de los Vinsmoke; porque claro, había dos caminos a tomar, o se convertía en un monstruo igual a sus hermanos o en cambio se convertía en el Sanji que logró ser.

Lo que no sabía y recién ahí reparó, cenando con Zoro y Luffy, en que sufrir en silencio, callar, ocultar o tapar lo que le pasaba era una manera de volverse un poco más Vinsmoke, un poco más monstruo. Le estaba dando fuerza, le estaba dando vida a esa parte de él que nunca quiso desarrollar.

—Qué clima de mierda, la puta madre —masculló el cocinero jugando con el encendedor. Su plato había quedado casi sin tocar, pero como se le había ido el apetito se lo obsequió a Luffy. Fue el capitán quién cambió el rumbo de la conversación al percibir el malestar de Sanji.

—¿Cómo decidiremos quién duerme en la litera?

—Una noche cada uno y ya… —propuso Zoro.

—Bien, por ser la primera noche que te toque a ti, mañana lo sortearé con Sanji —dijo el capitán para luego mirar a su cocinero—. ¿Estás de acuerdo?

—Por mí bien, igual mucho no me gusta dormir abajo. —La excusa del espacio valía en esa ocasión, pero la realidad era que prefería quedarse en compañía de Luffy.

—Sí, claro —bromeó el espadachín poniéndose de pie con el plato en la mano para llevarlo a la cocina—, quieren al puto lejos, ¿no?

Mientras Zoro se preparaba abajo para poder acostarse (es decir: arrojaba al suelo todo lo que estaba tirado sobre la litera para hacerse de un espacio), en la cubierta los otros dos miraban la ondeante superficie del agua, uno fumando y el otro pensando.

—¿Puedo preguntar en qué piensas? —El silencio era apacible, pero a Sanji le llamaba la atención un Luffy tan callado y meditabundo.

—Cosas… básicamente en mi infancia.

—¿Sigues con eso? —reprochó, pero no dejaba de lado que él había originado ese tema.

—Pienso en que… al final yo también tuve una mala infancia. Es decir: pasé hambre y peligros que etiquetarían mi infancia como una mala. Y luego llegué a la conclusión de que todos tuvimos unos momentos de mierda. Y eso…

—Bien, ahora los Mugiwara vuelven a tener algo en común, no solo sueños —dijo Sanji con indiferencia, echándose hacia atrás y buscando su lugar para dormir.

—Hablo de "todos" —remarcó sonriendo y viró para mirarlo, pero enseguida se acomodó en su sitio a un lado de él—. Todas las personas. Nadie está libre de sufrimiento.

—Por eso siempre trato de no lamentarme de más por lo que pasó. Hay historias peores que la mía. Robin me contó la suya. Usopp también.

—Sí, pero… eso no significa que debas despreciar o minimizar lo que te pasó —se colocó de costado para seguir cavilando sobre el tema teniendo un contacto visual con él—. Hacer de cuenta que no te afecta o minimizarlo te lastima. Es tu historia, después de todo, la que te pesa a ti.

—No es bueno aferrarse al dolor. Eso aprendí…

—Pero tampoco es bueno ignorarlo cuando lo sientes. Cuando Ace murió —carraspeó, tratando de bajar la voz, como si temiera que alguien escuchara esa confesión— el dolor que sentí era tan grande que creí morir. Y sé que muchos han perdido un hermano, pero es mi historia, es mi hermano, es mi Ace. Y solo, después de llorar como un desquiciado, pude seguir adelante. A lo que voy es que a veces es imposible reprimir lo que nos pasa y nos desborda, y está bien. No sé por qué tanto rollo con eso de llorar y mostrar debilidades —suspiró a lo último.

—Entiendo —bostezó y cerró los ojos buscando dormir, pero Luffy, de pasar a estar calladito ahora mostraba intenciones de seguir dando baza.

—Cuéntame.

—¿Qué? —Giró la cabeza para mirarlo.

—Todo.

—¿Eh? —Se desconcertó con la singular petición.

—Quiero conocerte —sonrió—. Siento que te conozco, pero no. Así que cuéntame más. O al menos lo que te animas a contarme.

—No sé qué contarte. —Se acomodó de costado para quedar frente a frente—. Pues… cuando me escapé, me rescató un barco mercante.

—No, cosas que ya sé no —se quejó.

Se produjo un momento de silencio en el que Sanji logró vislumbrar las intenciones de Luffy o lo que este en verdad esperaba de él. Quería que se volviera a abrir de nuevo, no que tan solo le contara anécdotas. Conocer a una persona implica saber lo que piensa o siente.

—Bueno, haré un nuevo intento, a ver si este te convence —suspiró—. La primera semana que me escapé estuve una semana sin comer y sin dormir casi. Padecí pesadillas cada puta noche de mi vida hasta… más o menos los diecisiete años. Fueron menguando y a veces las vuelvo a tener, pero digamos que hasta entonces dormir era una tortura para mí. —Y por ese motivo sufría de insomnio y dormía tan poco.

—Más —pidió con los ojos cerrados y una sonrisa amena. Sanji soltó una risilla, parecía que estuviera contándole un cuento para dormir. Sí, uno de terror.

—A Zeff le costó horrores educarme. Yo era muy violento y dicha agresividad no me permitía hacer amigos. —Sonrió con nostalgia ante el recuerdo de su padre adoptivo y volteó para quedar boca arriba y mirar el cielo—. El viejo era terrible. Su forma de rehabilitarme quizás no fue la mejor, era muy mal hablado, ¿pero él qué podía saber de criar un niño problemático? Hizo lo mejor que pudo conmigo.

—Y lo hizo bien —opinó Luffy.

—Yo no soportaba a nadie y a su vez tampoco le agradaba a nadie. —Tomó aire, algo apesadumbrado por comparar ese pequeño Sanji sediento de amor con el actual—. No quería a nadie y no permitía que se me acercaran demasiado. Dos años le tomó a Zeff demostrarme que ya no era necesario que estuviera a la defensiva siempre.

Pensó en todo eso, en que aún seguía siendo un jodido desastre de ser humano. Que por mucho que se hubiera mentido diciéndose que lo había superado, que por muchos esfuerzos que hubiera empleado en sepultar la desolación dentro de él, ahí estaba: afectándolo.

—Experimentaba, y experimento, mucha ansiedad —murmuró temiendo que Luffy se quedara dormido, pero su voz le demostró que aunque tenía los ojos cerrados seguía atento a él.

—Por eso fumas tanto.

—La culpa y la introversión fueron las dos… ¿cualidades? —No sabía si era la palabra correcta— que más me costaron erradicar en mí. Eso y el dejar de hacerme pis en la cama.

—Yo también. —Empezó a reír al recordar las veces que le había meado la manta a Ace, con su hermano durmiendo al lado—. Hasta como los siete años no dejé de hacerme pis en la cama.

—Bueno… mi última vez fue como a los once. No me enorgullezco de eso, pero te gané en patetismo.

—¿"Patetismo" es una palabra que existe? —Vio que el cocinero hacía una mueca con los labios indicando que no tenía idea y lo instó a continuar—. Sigue…

—Rabia —dijo—. Estaba muy enojado con el mundo, conmigo mismo, con la vida. Pero de pibe me di cuenta de que las manos de las muchachas sanaban heridas en mí, así que fui cediendo al encanto de las caricias, los abrazos y los besos.

No lo dijo en voz alta porque sentía que de hacerlo podía llegar a quedar como un depravado sexual, pero le recordaba al afecto de su madre. Al cariño de la única persona que le había querido en verdad; porque a las patadas de Zeff tampoco podía llamarlas caricias.

Luffy en ese punto se enserió y abrió los ojos. Se preguntaba si solo y exclusivamente las caricias de una mujer podían sanar las heridas de su cocinero, si él por tener algo diferente entre las piernas se le tenía prohibido abrazarlo o besarlo.

—¿Y ahora? —preguntó Luffy con tristeza— ¿Ya no te sanan?

—No es eso, es que… me siento algo roto —frunció el ceño, porque esa no era la palabra que buscaba—. Como si esa oscuridad hubiera ganado terreno en mi corazón. Me siento sin valor en el mercado, incapaz de ofrecerle nada a nadie. Al menos nada bueno. ¿Quién querría estar con una persona que se ha orinado en la cama hasta los once años y que de adulto tiene crisis de llantos? —Lo dijo con cierta gracia y aunque Luffy no rió le siguió la broma.

—Y que no le gusta mear con público, no lo olvides.

—A ver si lo entiendes de una jodida vez, cabeza de goma: a NADIE le gusta. —No entendía por qué esa cuestión era tan difícil de entender para sus nakama varones.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué tanto mambo con eso? —De golpe parecía tratarse de un tema verdaderamente relevante cuando no lo era.

—No sé de dónde viene —dijo pero de inmediato agregó—: aunque… cuando era chico mis hermanos me obligaban a orinar frente a ellos.

—¿Por qué?

—Qué sé yo Luffy, porque les divertía humillarme así. Era una manera diferente de hacerlo. —Se encogió de hombros, en verdad desconocía las razones—. A veces tenían mucha imaginación para joderme el día.

—Tal vez porque eran unos enfermos de mierda.

—Tal vez —dijo completamente de acuerdo con la idea—. Una vez me desnudaron y me obligaron a correr por el castillo. Era chico, así que el problema no pasaba tanto por el pudor, el problema era que estábamos en invierno. Y yo les decía a las chicas de la cocina: el frío lo encoge.

Luffy estalló en carcajadas aliviado de ver que Sanji podía tomarse con humor algo que no lo tenía. Era un buen mecanismo de defensa para no permitir que el dolor ganara la partida, sin que por eso tuviera que enterrarlo en él.

—Siempre lo mismo —recitó el cocinero—: "cállate", "te lo aguantas", "te lo mereces por débil". No sé en qué momento acabé creyendo y aceptando todo eso.

—Pero ya no, ¿cierto?

—Gracias a personas como Zeff y tú, ya no. De hecho tú me estás haciendo hablar hasta por los codos. Creo que en mi vida hablé tanto.

Si lo pensaba bien, en realidad era la primera vez que se animaba a contarle a alguien detalles de ese estilo. Siempre que contaba eran pequeños fragmentos, muy superficiales, el típico "sí, la pasé mal" y ya, pero nunca se había atrevido a ser tan franco. Y tenía su lado bueno, porque era Luffy quien lo había arrastrado a ello.

Sanji pensó en que solo alguien tan insistente y perseverante como Luffy era capaz de tal proeza; de rehabilitarlo, de quitarle esa coraza en la que se había metido, en esa tumba oscura. Era quien con tan solo una mirada le hacía creer que tenía derecho a ser feliz.

Junto a Luffy lo malo no era tan malo y lo bueno era magnífico. La humanidad de ese hombre lo traspasaba de lado a lado y muchas veces, en el pasado, lo había conmovido. Recordaba con perfecta nitidez el día que le suplicó que lo llevara de vuelta a casa, al Sunny, y su sonrisa repleta de bondad.

Aprovechando que estaban en un momento de profunda introspección y sinceridad Sanji quiso decírselo y hasta agradecérselo a su manera, pero el suave ronquido de su capitán le indicó que había estado demasiado tiempo pensando y juntando coraje para lograr su cometido.

Zoro se encontraba sentado en el desnivel de la entrada del camarote. Cuando se percató que la conversación había llegado a su fin, dejó la botella que había abierto como quien se prepara a ver una película con un balde de popcorn y se acomodó en la litera.

Su actitud de vieja chusma o de verdulero de barrio se debía al irrebatible hecho de que Sanji jamás sería capaz de abrirse a él de esa manera y la conversación sostenida durante la cena lo había mellado, al punto que entendió que solo espiando iba a captar mejor lo que pasaba allí. Aunque había escuchado poco y nada porque la mayoría había sido murmurado, el panorama se le hizo bastante claro.

No tenía una pizca de sueño, miró el desorden que había en el suelo y divisó la cámara. Tomó el aparato estudiándolo, pero cuando quiso volver a dejarlo dentro de la mochila vio que había un par de fotos.

Chusma y media, chusma completa: tomó el bolso que suponía que era de Sanji por el paquete de cigarrillos, e inspeccionó esas fotografías. En todas estaba Luffy desnudo. Las examinó con calma tratando de leer algún mensaje escondido en ellas; porque sin duda lo había.

Como a Nami poco a poco todo comenzaba a cerrarle.

Volvió a meter las fotos dentro de la mochila y la dejó tal como la había encontrado.


Gracias a los que comentan en anónimo :=)

Esperaba a que el animé avanzara más con la historia de Sanji, pero va súper lento. Entre el opening, los resúmenes y que los putos animadores te dejan en pantalla a un Luffy consternado por tres minutos, al final terminas viendo un capítulo de tan solo cinco minutos. Entiendo perfectamente que lo hacen para no alcanzar el manga (y que en sagas anteriores la lentitud fue peor que en esta), pero ya se pasan. Aunque lo prefiero antes de que metan relleno. Ahora, en el siguiente, va a estar la pelea contra Cracker, seguramente que en dos semanas harán que Luffy y Sanji se encuentren, pero su pelea la veremos recién en un mes. Así que para llegar a tooodo el pasado de Sanji vamos a tener que esperar como dos meses. ¡Menos mal que sigo el manga! No sé cómo hacen algunos para aguantarse la intriga, yo no podría.

Ya está, terminó la queja XD ¡Nos vemos y gracias por pasarse a leer!