Luminiscencia
[ Reto #2 ]
Kohaku/Kanna. Elemento: Intercambio de regalos.
Entre el frío y la oscuridad de la noche, una flor roja brilla entre las manos de Kanna.
[Romance]
—¿Una… flor?
La pregunta de Kanna y su suave voz parecieron flotar en el aire durante un tiempo indefinido. Había tomado, en un titubeo que pasó desapercibido para él, la flor que el muchacho le había extendido no sin cierto nerviosismo.
Por toda respuesta, el chico se encogió de hombros. Un suave rubor se extendió por sus blancas mejillas, y corrió la vista al frente, al deprimente lugar que hacía las veces de jardín del mal nombrado palacio de Naraku. El pasto reseco, los arbustos pelados, la leve capa de nieve que nunca se quedaba mucho tiempo… todo ahí estaba muerto. Vacío. O simplemente seco.
Lo único que valía la pena ver desde allí era el vasto cielo. Esa noche no había nubes y una luna en su cuarto menguante lo iluminaba todo (o acaso lo intentaba) con la paciencia propia de los astros (lejanos en el firmamento, como dioses aburridos de existir). El color rojo de la flor, tan granate como la sangre misma, parecía brillar con luz propia en aquel taciturno lugar, más aún entonces entre las manos de Kanna, tan nívea como sus ropas.
—La he visto y creí que te gustaría… más que una flor blanca, aunque sea —agregó él.
Kanna no respondió. Ella no tenía gustos que complacer, después de todo. Pero la flor estaba bien, al igual que el rojo. El rojo le agradaba, si eso era algo que ella podía sentir. Agrado.
—¿Estabas con Kagura?
No solía hacer muchas preguntas. Hablar siempre estaba de más en ella, no estaba nunca muy segura de qué podía decirse. Pero Kohaku siempre parecía dispuesto a escuchar o iniciar una conversación, más aún cuando el brillo (y el dolor, y la esperanza, y todas esas cosas que lograban verse en sus ojos marrones y de las que ella entendía tan poco) regresó a sus grandes orbes.
—¿En la misión? Sí. —Kanna lo observó quedamente mientras él continuó hablando.— Cuando me entretuve entre las flores, se alejó más allá y se quedó mirando el horizonte. A veces creo que me odia. Otra veces, como hoy, que me aprecia. Pero no sé interpretar a Kagura, ¿tú sí?
—A veces.
No dijo más, y Kohaku mostró entendimiento en su amable mirada. Ambos sabían que era mejor no hablar de ella, sobre todo en las tierras de Naraku, donde él parecía simplemente un dios omnipotente. Bastante mala estaba la situación de Kagura sin que ellos agregaran más a la cuestión.
Kohaku y Kanna se mantuvieron en silencio durante un largo rato, sentados uno al lado del otro. La niña ni siquiera se dio cuenta de la cercanía de él hasta que sus brazos se rozaban. Se había sentado a su lado con soltura, dedicándose a mirar el cielo estrellado. Kanna había mirado las estrellas de manera fugaz, para pasar luego al rostro pecoso de su acompañante. Era un rostro agraciado que infundía ternura, y que Kanna gustaba de mirar. Finalmente, su mirada se centró en la flor entre sus manos. Era una simple florecilla del membrillo, pero esta en particular era de un fuerte color carmesí, como si todo el color de todas las flores de la planta se hubieran concentrado en solo una. El aroma que desprendía era dulce y también le agradaba, o algo así creía sentir. Pero no podía estar segura. Eso de sentir no estaba en su sistema.
Por su parte, Kohaku normalmente agradecía su silenciosa compañía, a pesar de que a la mayoría le parecía perturbadora. A él le parecía calma, que era justamente lo que necesitaba. Y le gustaba mucho Kanna. Era muy diferente a todas las personas que había conocido en toda su vida, y una de las mejores dentro de todo el infierno que se desató luego de la muerte de sus colegas, tanto tiempo atrás. No podía decir exactamente porqué, era de esas cosas que simplemente se sentían.
Luego de algunos minutos de silenciosa observación, Kanna rompió el silencio. Cosa que no se le daba muy bien, porque su elemento era la ausencia de sonido, para ser exactos.
—¿Por qué me regalaste esta flor?
Kohaku se sobresaltó primeramente, y luego volvió la vista a la niña. Los ojos negros lo observaban en espera de una respuesta, pero sin insistencia. Él no podría adivinar si era curiosidad lo que la llevaba a preguntarle o algo más. Ella tampoco. Tal vez simplemente era para escuchar su voz de nuevo, o tal vez sí quería saber el porqué.
—En esta época del año solíamos intercambiarnos regalos entre los miembros de nuestra comunidad, en especial con gente cercana… aunque imagino que tú no sabes de eso, ¿cierto?
Kanna negó imperceptiblemente con la cabeza. Aprendía de las tradiciones humanas a medida que el tiempo transcurría, pero de manera muy lenta.
—¿Yo soy cercana?
Las mejillas del muchacho nuevamente se tiñeron de un suave rosa. A pesar de las penumbras (la débil luna no lograba iluminarlos enteramente), Kanna pudo notarlo con facilidad, como también su inquietud. El joven se frotó los brazos con sus manos, en un intento de sacarse el frío nocturno del invierno.
—Sí-sí, claro.
Kanna lo observó otro rato en silencio, mientras él se debatía internamente en qué hacer. Tenía muchas ganas de levantarse e irse, sobre todo porque no estaba muy seguro de qué podría significar lo dicho para alguien como Kanna, que la mayor parte del tiempo no parecía entender nada que los humanos podían llegar a sentir.
—Claro —repitió ella. Pasó luego la vista nuevamente hacia la roja flor. Kohaku también desvió la vista a la flor y se sintió muy estúpido por habérsela llevado, pero es algo que simplemente le nació. Le hubiera gustado llevarle una flor a su hermana, pero como era mejor mantener las distancias, se conformó por regalarle una flor blanca a Kagura (que la tomó con sus finos dedos y le dedicó una risa sarcástica —pero que guardó la flor entre sus ropas de todos modos—) y una roja a Kanna, las únicas dos personas con las que prefería estar cuando no quería estar solo.
Se frotó las manos con nerviosismo y nuevamente miró al frente. Sería mejor que se fuera a dormir ya, era tarde en la noche (no sabía porqué había esperado a estar tan solo con Kanna, en algunas ocasiones era muy tonto) y no había mucho más que decir. Tal vez sí había sido una mala idea regalar flores a aquellas dos mujeres, pero extrañamente no se arrepentía.
Debía descansar. Probablemente el día siguiente sería igual de ajetreado que ese mismo día, así que era cierto aquello. Se incorporó de un rápido movimiento y miró hacia abajo, donde Kanna lo observaba con su calma habitual, aún sentada y con la flor entre sus aniñadas manos.
—Iré a dormir, fue un largo día.
—Entiendo.
—Hasta luego.
Kanna asintió en respuesta. Mientras él se alejaba, ella se incorporó en silencio y observó la menuda espalda. Algún día, Kohaku sería un hombre de espaldas anchas y rostro severo, pero dulce como en ese momento. Probablemente ella no estuviera para verlo, porque, para ese momento, Naraku debía estar muerto y ella también, irremediablemente.
—Kohaku —lo llamó. Había avanzado unos pocos pasos en su dirección, así que, para cuando él se giró a observarla con ojos curiosos, solo unos cinco pasos los separaba—. Solían intercambiarse regalos, ¿cierto?
Kohaku parpadeó, confundido, pero luego asintió con un claro movimiento de cabeza. Le dijo que así era la costumbre. Kanna se dedicó a mirarlo durante los siguientes segundos, que parecían hacerse eternos en ese espacio que los separaba y con ese frío que los envolvía.
—¿Por qué… por qué preguntas?
—No tengo un regalo para darte.
Kohaku soltó una breve risa. Eran extrañas las veces que sonreía, muchas más extrañas eran las veces que una risa natural salía de sus labios. Pero la situación tal vez lo merecía. Esa pulcra extensión de Naraku era nada menos que la representación de la mismísima nada, y le decía a él que no tenía nada para regalarle. Se preocupaba por esa tonta cuestión.
—Está bien, no necesito un regalo. ¿Te agrada la flor?
Kanna se detuvo a pensar durante un momento si le había agradado o no, porque era realmente difícil decidir algo como aquello. Sin embargo, al final terminó dándose cuenta de que sí le había gustado, y así se lo comunicó a él.
—Eso es genial. Eso es suficiente para mi.
Se miraron durante otros segundos, hasta que Kohaku rompió el silencio.
—Ahora sí iré, tengo que dormir.
—Está bien. —Antes de que Kohaku se terminara de girar para alejarse, Kanna volvió a hablar, con su tranquila voz y sin una pizca de nerviosismo.— La flor me agrada y tú también.
Con el corazón dando brincos dentro de su pecho y un extraño calor subiendo hacia su rostro, Kohaku se giró y la observó atónito.
—No me suele agradar nada. Ni disgustar nada. Ni... nada. Absolutamente nada.
Él no soltó palabra, porque seguía sinceramente asombrado y encima se le había secado la boca.
—Pero tú sí me agradas. Y creo que decírtelo es un regalo. Porque… los humanos de mi espejo dicen cosas y a veces parecen un regalo. Tú también haces eso.
—Sí, las palabras son… son un regalo muchas veces.
—No soy humana, pero quizá tenga el mismo valor.
—Lo tiene.
Las palabras de Kohaku salían de manera atropellada, muy desordenadas al lado de las de Kanna. La niña lo observó otro rato, mientras él pensaba qué raro era todo aquello y no se daba cuenta de que ya no sentía tanto frío como hacía un momento.
—Ibas a dormir. Hasta luego, Kohaku.
Kohaku asintió y se giró, alejándose a paso rápido, mientras Kanna volvía a su asiento para observar las estrellas y su flor, analizando la situación y investigando su interior.
A Kohaku se le olvidó decir que ella también le agradaba. Posiblemente no hacía falta alguna.
Nota:
Kohaku es un personaje que me gusta mucho, al igual que Kanna. Y la pareja ME FUCKING GUSTA. No tiene sentido~, pero así es.
Espero que hayan disfrutado del corto, en especial Firee que lo pidió *O* Te adoro, nena.
¡Gracias por leer! ¡Hasta el próximo!
Mor.
