Anime: Kuroko no Basket.

Rating: Shounen-ai hasta próximo aviso.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el amo y señor de cualquier color de este anime.


Kise: Te voy a dar un consejo.

Kise seguía siendo popular. Era el guapo, el carismático y el que le ponía una sonrisa a todo el mundo, aunque fuera más plástica que las tetas de cualquier famosa. Supongo que en eso consiste ser un modelo que está rumbo a lo más alto de su carrera. Gracias a que Satsuki tiene la mala costumbre de hablarme de cosas que no me interesan un carajo, sé que Kise ha participado en numerosos spots de marca, presentaciones de temporada, inauguraciones de tiendas de ropa y se ha vuelto la cara de no sé qué marca de colonia.

Y claro, también está el hecho de que, irónicamente, es el único de la Generación de los Milagros que se ha dedicado verdaderamente al baloncesto como carrera profesional; así que estábamos hablando de un Kise que tenía el ego por las nubes y con el cual no quería encontrarme ni por casualidad…

… así que no entiendo por qué demonios estoy hablando con él ahora mismo.

—Meter la pata es tan propio de Aominecchi. ¡Recuerdo que en el instituto tampoco eras muy delicado con las chicas! —con un gesto que se me antojó asquerosamente femenino, añadió:— Aunque también es verdad que no se te acercaban muchas, para empezar…

Lo pasé de largo y decidí que era una buena idea hacerme el sordo durante los cinco minutos que lo perdiese de vista.

Me había interceptado después de que Satsuki cortase de lleno sus compras para ir a atender, según ella, una urgencia de última hora. Y dada la sincronización de Kise al aparecer en mi camino a la estación y lo puesto que estaba en mi supuesta no-vida privada, imaginé que la única urgencia que tenía era la de cotillear como una loca.

—¡No tienes que ofenderte, Aominecchi! —escuché entonces a Kise, que me seguía—. Que hayas pescado a una significa que no lo estás haciendo tan mal —¡será cabrón!—, así que no te des por vencido tan rápido. Que os hayáis peleado no es el fin; sólo tienes que volver a reconquistarla.

—¿No tienes mejores cosas que hacer, Kise? No sé, ir a preñar adolescentes con tus encantos…

—Eso ya lo hice esta mañana —respondió, con una malicia tan evidente que sólo pude parar y mirarle con la ceja alzada. Kise siempre había sido de ese tipo de tíos que se creen capaces de hacer caer las bragas de cualquier mujer con solo hablar, por lo que resulta realmente desconcertante que esté usando su tono de playboy millonario conmigo. Y viéndolo de cerca, no es que su miradita esté ayudándole a desconcertarme menos…

¿"Viéndolo de cerca"?

—Te voy a dar un consejo —me había pasado un brazo sobre los hombros con tal arte que no me había dado ni cuenta; aunque es obvio que lo que terminó de ponerme los pelos de punta fue aquel aire de soplanucas con el que se inclinó hacia mi luego.

—No quiero consejos de alguien que viste de rosa y amarillo…

—Sonríe —al parecer vio conveniente ignorar mi cálida apreciación—. No hay mujer que se resista a la sonrisa brillante de un hombre. Tienes que hacerle recordar por qué se enamoró de ti en primer lugar, enseñarle que aún puedes volver a hacerlo cuantas veces quieras. ¡Sonríe! —gesticuló con el brazo libre—. Y cuando la encandiles con tu presencia, muéstrale tu buen gusto con el mejor repertorio de complementos que puedas encontrar. Algo de Gucci, por ejemplo…

No me gustó nada el silencio que vino después. Y ni que decir de esa falsa inocencia que expresó después, poniéndose un dedo en la mejilla como una colegiala a punto de tener una mala idea.

—¿Qué tal algo de ropa interior sexy? —me miró, sonrió como un idiota y pasó el dedo a mi mejilla. Repito: estás demasiado cerca—. Aominecchi tiene una piel muy exótica, así que siempre he pensado que te quedaría bien un tanga de leopardo

—¡Que te den!