II
"Intret amicitiae nomine tectus" -Ovidio.
Temprano por la mañana, Katniss ha salido a trabajar al mercadillo, donde ayuda a una señora a atender un puesto de frutas y verduras. Es el lugar donde las criadas de casonas elegantes acuden a comprar los víveres de la semana a buenos precios.
El día se va en un ir y venir de atender clientes de todo tipo. Pero la mente de la joven apenas se detiene a funcionar lo necesario, con la inquietud creciente en su pecho de que ha dejado a Prim y a su madre en compañía del soldado romano que llevó a casa.
Anoche que llegaron a su casa, el joven, que se presentó como Peeta Mellark, fue brevemente introducido a su madre, quien solicita y sin hacer preguntas curó sus heridas, que a la luz de las velas eran más notorias.
Gale Hawthorne se fue en breve, rechazando tanto la cura para sus propias hematomas, como el lugar para dormir que la señora Everdeen le ofreció, pero aceptando las hierbas curativas para su hermana pequeña; su declaración amorosa olvidada por el momento.
En cambio el viejo que iba con Peeta, quien dijo llamarse Haymitch; un creyente de varios años que aún luchaba por dejar la bebida, pero que su apariencia le abría las puertas para obtener información importante para la gente de las catacumbas y que al mismo tiempo ganaba nuevas almas para el Reino de los Cielos, se quedó aceptando la cena y después partió, prometiendo volver por el chico al día siguiente.
El soldado Peeta anunció que deseaba ir a su casa y no dar molestias, pero Haymitch le convenció de quedarse, asegurándo que sus heridas y llegada a deshoras provocarían preguntas indiscretas, y que lo mejor era que descansara ahí por esa noche. Él ya pasaría por su casa a anunciar a la criada que había sido requerido para hacer guardia. La amable sonrisa de la señora Everdeen y una mirada al rostro de Katniss, fueron lo que le terminó por convencer.
Así que en cuanto la joven Everdeen termina el turno y recoge el puesto, sale disparada hacia su casa, no olvidando las pocas verduras y manzanas que ha recibido como parte de su paga. Llega a casa y no ve a Prim, ni al soldado por ningún lado, con su corazón palpitando con violencia, desesperada se arroja en busca de su hermana, tropezando con su madre en la cocina. —¡¿Dónde están?! —La sacude tomándola por ambos brazos.
—Al bosque…
Su madre parece demasiado tranquila, pero no se detiene a investigar. Apresurada, con la bolsa del mercado aún en su mano, toma esa dirección; su casa bastante cerca de aquel lugar. Siente la sangre de las venas en su sien y apresura sus pasos. Escucha unas risitas cada vez más cerca de ella, y no se detiene hasta que mira a su hermana y a Peeta charlando animosamente al lado del arroyo. No puede evitar dar gracias al Eterno Dios y respirar aliviada.
Algo dice él que hace que Prim ría con bastantes ganas, el color tan escaso en ella, subiendo lindamente a sus pálidas mejillas, y casi de inmediato notan su presencia.
El joven la mira con insistencia, pero cuando ella lo mira directamente, él desvía la mirada hacia el agua corriendo.
Es Prim quien sin dejar de reír, agita su mano para que Katniss se les acerque —¡Ven, Katniss! ¡Peeta me contaba sobre la ocasión en que atrapó una ardilla loca y la soltó en la ceremonia sponsalia de una de sus primas!
—Fue hilarante —interviene el joven volviéndola a ver esta vez directo a los ojos.
La chica se acerca a ellos, su corazón volviendo lentamente a la normalidad, y se sienta junto a Prim quien ríe y se deja acariciar el cabello —sobre todo la parte en que trepó hasta la cabeza de la novia…
Katniss sonríe, pero no por la historia que repite su hermanita; sino porque Prim se mira mejor de lo que se ha visto en semanas. Tal vez su Señor haga un milagro en sus vidas. Se limita a escuchar el intercambio entre ellos, como si fueran viejos amigos. De por sí Prim es una niña fácil de querer, pero Peeta la hace lucir aún más encantadora.
El soldado les cuenta un par más de divertidas historias; pero extiende un poco más su descripción sobre los parajes nevados en los que ha estado cuando descubre que la hermana de Prim lo escucha casi con fascinación. Así que se deleita observando discretamente cada expresión de las hermanas, sobre todo de la mayor, cuando les menciona a los bárbaros salvajes que ha conocido, y a los elocuentes oradores griegos a los que ha oído —pero ninguno como Pedro Apóstol —agrega en el último instante.
—Anoche dijo que ya no estaba tan seguro de haberse convertido en cristiano —dice Katniss tan suavemente que Peeta ha tenido que inclinarse para captar sus palabras.
—Me retracto completamente de lo dicho. Ser cristiano ha traído a mi vida lo que he estado buscando por tantos años. —Se echa hacia atrás para ser capaz de abstenerse de tomar la mano de la joven; por la que ya siente una viva admiración.
Katniss suelta antes de poder frenar sus palabras —¿Y eso qué es?
El joven responde sinceramente mirando al frente con tranquilidad —Paz.
Las hermanas asienten a la vez, pero solo una de ellas ha sentido que le atravesaron el alma. ¿Quién es éste joven que repite con gran vehemencia cada palabra que escuchó del discípulo de Jesús hace solo un día? ¿Quién es éste soldado romano que de la noche a la mañana se expresa como el más ferviente seguidor del Maestro? ¿Quién es éste que ha recorrido el mundo conocido y, por encontrar las respuestas ansiadas, descendió a las catacumbas donde su vida y forma de pensar cambió drásticamente al parecer ? Y con estas preguntas en su mente y refrenadas en su lengua, Katniss no puede sino sentir un poco de vergüenza, deseando tener ella esa misma convicción.
Regresan al hogar no porque comience el sol a ocultarse, sino porque a la distancia han escuchado que la madre de las chicas les llama a cenar.
—Debería irme yendo —dice Peeta llevando en brazos a la pequeña niña rubia, quien debido a su enfermedad se fatiga demasiado.
—Puede quedarse a cenar… —Katniss se calla de pronto, comprendiendo que ha sonado como a una súplica, pero se da cuenta que no le importa —… por favor…
Entran a la humilde morada. El fuego alimenta el hogar y el olor a sopa llena sus fosas nasales y les abre el apetito. El soldado deposita con sumo cuidado y afecto a la niña en un asiento reservado para ella, cerca de la mesa y del calor. —Me he quedado demasiado tiempo y no deseo causar molestias…
—Quédate, Peeta —pide también la niña jalándole de la mano.
—Debes hablarle de usted al señor Mellark, hija —corrige su madre con cariño y buena educación.
—No me molesta —añade Peeta presto. —Y agradezco su cristiana hospitalidad, pero lo mejor será volver a casa.
Prim quiere insistir, pero Katniss la detiene acudiendo en ayuda del apuesto soldado —el señor Mellark es un hombre ocupado, pero nos acompañará en otra ocasión, ¿cierto? —voltea a mirarlo para comprometer sus palabras.
Peeta Mellark quiere decir que no le hable de usted, y que con placer las acompañará siempre que le deseen tener ahí, pero de sus usualmente fáciles labios solo brota un —seguro.
Olvidando por completo que supuestamente Haymitch volvería por él, agradece nuevamente las atenciones de la familia Everdeen y se retira del lugar. Aunque es evidente que su presencia ha de ser más una carga, basta de ver la sencillez de la morada; pero si fuera por él se quedaba con ellas toda la vida.
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Casi una semana ha transcurrido desde su conversión, pero parece que ha sido ayer, porque el relampagueante destello de fe permanece intacto en el corazón de Peeta Mellark; heredero de buenas propiedades y gran fortuna entre las castas nobles de Roma.
Y por supuesto, hijo de una recatada madre aficionada a las tradiciones exigidas a su posición. —He invitado a la hija del procónsul y espero que estés en casa para esta noche —le informa fríamente; al parecer persistiendo en colocar a su hijo en un matrimonio ventajoso como dicta la sociedad romana.
Peeta prefiere no discutir; algo que podría apagar un poco su gozo; así que solo dice que tratará de estar presente, si el capitán no le requiere para esta noche. Con estas cosas en mente sale, sorprendiéndole el viejo Haymitch justo frente a su domus apoyando su peso en un palo largo, delgado y torcido —Juro que iba a ir por ti a la casa de la chica, pero me salió un asunto urgente que atender —explica descarado el ex-gladiador. Le extiende un pedazo de pergamino —toma.
Peeta lo coge y lo mira sin comprender —solo trae un número.
Haymitch usa su vara para dibujar cinco letras que inmediatamente después pisa con la suela de la sandalia.
—¿Qué…?
—Hoy —dice antes de alejarse por la calle, perdiéndose entre la multitud.
Peeta entonces comprende; a esa hora verá a Haymitch en el lugar de la última vez para la clandestina reunión. La palabra que dibujó en el suelo aún se ve, así que con cuidado la memoriza antes de borrarla finalmente.
IXOYE
Es su saludo de identificación cristiano.
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Al que es Fiel y Verdadero
Aquel que su Vida dio por mí
Quien con su Sangre me lavó
Mis pecados perdonó
Y mis culpas Él quitó
A Él sea dada toda Gloria, todo honor
Eternalmente y para siempre.
El recién convertido soldado romano une su voz a la elevación de tan sublime himno que la hermandad en Cristo Jesús canta; y se siente tan lleno y feliz con las palabras que declara el anciano llamado Tiberius; que no le importa haber dejado abandonada a la hija del procónsul en la cena con su madre.
Peeta escucha casi con hambrienta desesperación lo que el anciano lee de un manuscrito a la multitud. No importa que tan bajo tierra están; estas palabras son la vida misma y se aferra a ellas, ansioso por saber más y más del Santo Hijo de Dios.
Escucha acerca de Jesucristo; de la promesa en el huerto del Edén sobre Uno que había de herir la cabeza de Satanás; y de los profetas que predijeron Su venida. Se emociona con el nacimiento del ansiado Mesías prometido; con sus milagros, con sus enseñanzas. Tiembla de indignación cuando Tiberius les recuerda las burlas, el escarnio, los desprecios; las tramas para condenarlo a muerte. Llora con la traición de parte de uno de sus amigos y no se detiene cuando oye la narración de su muerte en la Cruz del Calvario.
Peeta esconde su rostro entre sus manos sintiendo que él también tuvo culpa en la muerte del Santo; pero ahora llorando de gratitud cuando oye por segunda ocasión sobre la victoriosa resurrección; trayendo a través de la Sangre de Jesucristo el perdón de los pecados y la promesa de que Él volverá por su pueblo; por todos aquellos que creyeren en Él con todo su corazón.
Hace una semana ya, él abrazó la palabra de la Cruz y se aligeró de la carga de sus pecados; sintiendo el corazón ligero, vivo y lleno de algo inexplicable; que lo quiere hacer reír y lo quiere hacer llorar. Solo alguien que haya pasado por esa misma experiencia podría entender lo que él ha sentido; y aún siente en esos momentos sin quererlo cambiar por nada más en el mundo.
Antes no tenía nada.
Hoy tiene la esperanza de que un día verá cara a cara a Aquel que lo amó y que su vida por él derramó.
"… y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos"
Todo está bien ahora.
Termina la reunión, y él enjuga su rostro en la togata simple que se ha colocado para asistir al servicio, cuando siente que una mano femenina se posa en su hombro con suavidad.
—Mi hermana Prim me ha hecho prometer que llegaría con usted para cenar. Le estuvo esperando con ansias toda la semana, pero nunca se presentó; y ella tenía la esperanza de que le encontrase hoy aquí. —Suena como una amenaza la siseante voz de la joven. Pero le tiende un pequeño pañuelo de suave tela que el joven agradece, como símbolo de paz.
Y aunque si se apresurara, Peeta podría llegar a su casa para contentar a su madre; prefiere arriesgarse e ir con la muchacha a su humilde hogar —no desearía otra cosa.
La sonrisa llena del soldado romano eriza la piel de Katniss; pero lo oculta bien y tratando de no parecer perturbada, hace señas a su amigo Gale, quien no está nada contento con la nueva compañía; celoso porque él pronto se da cuenta que el soldado de cuarta realmente afecta a su amada; ¿quién si no lo sabría, él que ha sido su amigo de toda la vida?
El joven Mellark se despide de Haymitch quedando de verse por ahí entre semana, diciéndole brevemente que irá a la casa de las Everdeen.
—Por mi no te detengas, chico —dice el otro, desapareciendo entre uno de los numerosísimos túneles que recorren la antigua Roma.
En el camino, Katniss intenta hablar con Gale sobre cualquier cosa; pero éste está taciturno y no facilita la conversación. Peeta en cambio, percibe el intento de la joven dama y empieza a hacer simples preguntas sobre los demás cristianos, y sobre el camino más sencillo para llegar a las reuniones, porque no puede depender para siempre de Haymitch, y él asegura, se perdería de intentarlo por su cuenta.
Con ligera conversación, llegan hasta su casa. Gale pide hablar con ella a solas, y Katniss asiente, evitando mirar a Peeta a los ojos —entre, señor, iré enseguida.
—¡Señor Peeta! —exclama la niña rubia con alegría al entrar Peeta por la puerta. Abandona la mesa que ha acomodado infinidad de veces, nerviosa de que su nuevo amigo no aceptara la invitación de su hermana… y es que fue Katniss quien propuso llegar con él a cenar si es que lo veía en la reunión; y ella que quiere tanto a Katniss, no soportaría una desilusión en su hermana mayor.
Si esto fuera del conocimiento del soldado romano tendría información muy reveladora pero como no —¿Desde cuando soy señor, señorita Prim? —inquiere divertido, pero agudizando su oído por si necesita acudir en ayuda de Katniss.
Prim se sonroja hasta la mismísima raíz de su claro cabello. —Siéntate, Peeta —pide señalando una silla y volviendo a la camadería de antes —por favor, que yo ayudaré a mamá a servir la cena.
—Creo que saldré a cerciorarme que su hermana se encuentra bien…
Pero Prim agita la mano restando importancia —conocemos a Gale desde que tengo memoria. Ellos se quieren mucho, y él… bueno, vaya que quiere a mi hermana —dice con la ingenuidad de la niñez, pero sabiéndose partícipe de un gran secreto.
Peeta se muerde el labio, e inquieto, gira la cabeza varias veces hacia la entrada.
No puede negarse a sí mismo que se siente atraído hacia Katniss Everdeen.
No pasa mucho tiempo antes de que entre Katniss, un mal disimulado intento de sonrisa en sus pálidos labios.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Peeta acercándose a ella de inmediato.
Pero él es de quien menos necesita su ayuda en estos momentos —no, gracias. —Alcanza la cocina para ayudar… o estorbar que al caso es lo mismo.
—¿Por qué no te sientas, querida y acompañas al señor Peeta?
Katniss ignora a su madre, acomoda los trapos, atiza la leña, revuelve el guiso y acomoda los trapos por segunda, y aun una tercera ocasión.
—Iré yo —dice Prim considerando que más tiempo dejando solo a su invitado ya es descortesía.
—¿Te ocurre algo? —pregunta la señora Everdeen que conoce bien a sus hijas.
Empero la chica insiste que no, a pesar de que es evidente que está temblando —yo… estoy cansada, eso es todo.
—Puedes ir a acostarte, tu hermana y yo atenderemos a…
—No. No es necesario —toma una bandeja tejida con algunos panes dentro. —Vamos que se enfría.
Es una cena realmente agradable. Prim hace la oración de gracias y hoy el estofado está mejor aderezado que nunca. Peeta es el mejor conversador del mundo y hace lo posible por entretener a las Everdeen a pesar de no ser el anfitrión; aunque pendiente del semblante de Katniss, que antes pálido, ahora se pinta mejor con las risas que provoca tan agradable invitado.
Cuando Peeta se va, Prim y la señora Everdeen parlotean sobre la cena, ambas de acuerdo en que es lo que todo señor romano debiera ser.
Katniss guarda su propia opinión sobre el soldado para sí misma, yéndose a acostar antes que nadie.
Tienen razón, Peeta es lo que todo hombre debe ser: educado, atento, simpático, y atractivo… sobre todo con ese hoyuelo que se le marca en una mejilla al sonreír, y esos ojos azules como el océano, y su maravillosa cabellera ensortijada tan dorada como un campo de trigo…
Alto ahí. esos son malos pensamientos para una mujer que acaba de comprometerse con otro hombre.
Bueno.
Comprometerse, comprometerse formalmente aún no. Así que allí en su lecho, reconstruye una y otra vez la escena que la ha armado Gale hace poco; pidiéndole matrimonio por segunda ocasión. y aunque eso ya lo esperaba, con lo que no contaba fue con la acusación lanzada en su contra cuando pidió a Gale algo más de tiempo para pensar.
Ha sido entonces cuando él le ha dicho que ella cambió con la llegada del soldado romano a sus vidas.
"Antes sabía quien eras; pero hoy te desconozco"
Suspira cansinamente.
Ni ella misma se reconoce.
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