Bulma explicaba a Vegeta como funcionaría el cuarto de gravedad artificial. Hablaba con el entusiasmo de un artista explicando su obra, señalando puntos en un plano y en el gran cuarto vacío donde permanecían y que pronto se convertiría en una obra maestra de ingeniería mecánica y computacional.
A Vegeta todo aquello no le interesaba. Esperaba recibir un control sencillo de utilizar una vez que se completara el trabajo. Aún así, había venido cuando Bulma le llamó y permanecía a su lado. Le agradaba su aroma-una mezcla de flores, jabón y su perfume natural-, el sonido de su voz tranquila y sus pálidos pechos, discretamente expuestos en una remera de collar amplio.
Vegeta olvidaba cuestionamientos que le resultaban incomodos, pero cuando menos lo esperaba, las respuestas simplemente se le ocurrían. Era evidente que la femineidad de Bulma era un factor relevante a la hora de inhibir sus deseos de volarle la cabeza cuando se ponía demasiado pesada. Pero más importante que eso era la cantidad de tiempo que pasaban juntos.
No había mujeres en las naves de Freezer y en sus misiones de conquista o erradicación, sólo interactuaba con guerreros dignos de su atención. A veces, Nappa y Raditz se llevaban "a descanzar" algunas de las esclavas que mantenían las Estaciones de Abastecimiento limpias pero Vegeta nunca participaba de esa clase de actividades. Era una pérdida de tiempo y energía.
Bulma era la primera mujer que tenía valor en su vida…
No. La segunda. Su hermana había estado con él durante 5 años. Al final, la había matado. No fue debido a una insolencia. Había sido envenenada y sus gritos de agonía eran un peligro en la delicada situación en la que estaban. Le había tapado la boca para acallarla. Acabó sofocándola.
Un agudo dolor se le expandió por el pecho, repentino e inesperado. Como para corroborar que había sido un error, Vegeta se concentró en aquellos recuerdos, arrastrándolos fuera del miasma que envolvía a todos los demás. Pero cuantos más detalles resurgían a su consciente, más pesado sentía el corazón.
-¿Y cuándo va a estar listo?- Vegeta preguntó bruscamente, interrumpiendo a Bulma en medio de un entusiasta discurso de felicitaciones dedicado a sí misma.- ¿Por qué no has cargado la nave con combustible?-
-¡Porqué no soy tu empleada y mucho menos tu sirvienta!- Bulma respondió sin titubear ni un instante. Se dio la vuelta para clavarle una mirada de indignación.- ¡Si serás malagradecido! Me has pedido esto y te lo estoy construyendo. No te irás al espacio. Si estás aburrido pues ayudarás con esto.- Vegeta se le quedó mirando un momento antes de darse la vuelta y salir del cuarto sin decir otra palabra.- ¿Qué diablos es lo que te pasa últimamente? ¡Estás mas bruto que de costumbre!-
No se sentía como siempre pero Bulma no entendería si se molestaba en explicarle porqué. Los saiyajins no estaban diseñados para el ocio. Vegeta añoraba una buena pelea; extrañaba el olor a sangre y sudor, el enterrar los puños en el cuerpo de otro, sentir los huesos estremecerse bajo sus nudillos. El feroz placer de la victoria; incluso la emoción de toparse con alguien inamovible.
Era aberrante lo mucho que pensaba en Kakaroto en aquellos días. Cómo se atrevía el desgraciado a quedarse muerto. Como si la batalla pendiente entre ellos no significara nada.
Vegeta frunció los labios como si acabara de tragar algo amargo. Para Kakaroto, realmente no significaba nada. Lo que para él había sido uno de los momentos más horribles de su vida, para ese insecto de clase baja fue un momento de gloria, una de las tantas peleas luchadas y ganadas en defensa de ese planeta. Uno de los tantos enemigos derrotados y dejados en el polvo.
Sintió ganas de darse la cabeza contra la pared. Estaba harto de esa sensación de vacío que sentía en la boca del estómago. Kakaroto estaba muerto pero él seguía con vida. Era el último de los saiyajin. Había sobrevivido a cada peligro, a cada monstruoso verdugo. Seguiría entrenando, volviéndose más poderoso y, algún día, aparecería otro digno de su odio.
Siempre que Vegeta pensaba en Kakaroto, acababa preguntándose acerca de Gohan. Era extraño no sentir odio hacia el muchacho. Era más fuerte que él, tenía la sangre de ése insecto insolente corriendo en sus venas…y aún así, pensar en molerlo a golpes resultaba desagradable. Recordaba su enorme sonrisa, algunas de las frases más estúpidas que lo había escuchado decir...
Como bien había percibido Piccolo, Gohan no tenía el espíritu de un guerrero. Matarlo sería tan gratificante como eliminar un animal o sofocar una estrella. Quizás si se presentaba en su casa y lo amenazaba con un combate hasta la muerte cuando cumpliera determinada edad, se pondría serio y entrenaría de verdad.
Vegeta salió de la casa. Trunks y Goten estaban allí, observando con interés una rana bizarra que temblaba a sus pies. Frunció el ceño; le parecía muy familiar. Al verlo, el animal croó y empezó a cavar frenéticamente para enterrarse en el barro. Quizás era Ginyu. Sonrió al pensar en el patético destino de aquel infeliz; si hubieran podido hacerle lo mismo a Freezer.
Volvió la atención a los niños. Clavó la mirada en Goten. Vegeta era consciente de lo irracional que era pero el aspecto del mocoso le inspiraba un intenso odio.
-Vete a tu casa.- Le dijo.- Trunks, ven conmigo.-
-..pero papá…-
-No discutas conmigo.-
Los niños intercambiaron una mirada antes de seguir a Vegeta hacia la nave que descansaba en el medio del jardín de los Briefs. No tardaron en comprender lo que todo aquello significaba.
-¿Me dejarás entrenar contigo?- Trunks exclamó.
-No entrenarás conmigo. Harás lo que te diga para entrenar tu cuerpo.- Vegeta lo corrigió. Tocó un pequeño botón junto a la compuerta de la nave. Ésta se abrió lentamente.
Trunks apenas podía contener su alegría; finalmente su padre iba a enseñarle a pelear. La cara entristecida de Goten, sin embargo, opaco un poco el momento. No quería echar a su amigo. Sabía que él también gustaba de luchar y lamentaba que su madre no dejara que Gohan lo entrenara.
-Papá, ¿puede Goten quedarse a entrenar con nosotros?- Trunks preguntó.- No es tan bueno como yo porque es más pequeño pero es bueno.-
-Por favor, Vegeta-san. Enséñeme a mi también…- Vegeta se dio la vuelta. Goten hablaba de manera respetuosa y manteniendo la mirada en el suelo. Su actitud le hizo apreciar más a su propio hijo; Trunks jamás bajaba la mirada, ni siquiera ante él.- Mi mamá no deja que Gohan pelee conmigo, pero yo quiero saber pelear tan bien como mi papa.-
-Tu padre era un insecto.- Ladró sin pensar.- Pero si crees poder soportarlo...-
Vegeta se metió a la nave, perdiéndose la cara indignada de Goten y la manera en que Trunks le tapó la boca antes de que pudiera argumentar en defensa de su padre difunto. Para cuando lo siguieron dentro, el pequeño había aceptado dejar pasar el insulto si así podía quedarse con Trunks y aprender, finalmente, lo que era ser un luchador de artes marciales.
Vegeta se colocó frente al panel de control de la nave. De pronto, y por primera vez en su vida, tenía pupilos…y no tenía idea cómo comenzar. No recordaba sus primeras lecciones marciales. Para cuando supo que es lo que estaba pasando, su cuerpo tenía músculos y era capaz de pelear de manera eficiente. Si se esforzaba en intentar recuperar detalles sobre cómo había alcanzado ese grado de destreza, lo único que obtenía era una oleada de nauseas, el eco de gritos horribles y el hedor de sangre…
Se dio la vuelta para encarar a los niños. Lo miraban con enormes sonrisas en sus rostros pequeños y sus ojos brillaban de alegría. El sol se filtraba por las ventanas redondas de la nave y una briza suave soplaba desde el exterior, trayendo con él el olor a rosas. El canto de las aves era ensordecedor a esas horas de la tarde.
Se acercó para cerrar la compuerta de la nave. El viento dejó de correr. Lo único que podía oler era plástico quemado, gasolina y sudor. Las paredes blindadas, preparadas para aislar el interior de las hostiles condiciones del espacio, acallaron cualquier sonido externo. Se sentía tan a gusto allí dentro; protegido de un mundo que parecía esforzarse en dañarlo.
Se dio la vuelta y quedó cara a cara nuevamente con los niños. Por un instante, se sintió furioso de que estuvieran ahí.
-Bien…Pues están escuálidos.- Sentenció Vegeta, caminando hacia los controles gravitacionales de la nave.- Empiecen a trotar y no paren hasta que les diga.-
Aunque les faltaba volumen, ninguno de los dos estaba en malas condiciones. Se quejaban como lactantes cuando creían llegar hasta los límites de sus fuerzas pero continuaron corriendo e hicieron una abdominal o una lagartija más sí se los ordenaba. Cuando se negaron a obedecer, se aseguró de que era una limitación física y que no fuera simplemente por flojera de espíritu. Ya se había puesto el sol cuando los dos niños quedaron tirados en el suelo sin fuerzas siquiera para quejarse.
-Trunks, tu y yo haremos esto todos los días a partir de ahora.- Informó Vegeta, caminando hacia la compuerta de la nave. Dudo un momento antes de decirlo.- Y tú deberías hacer lo mismo en tu casa, Gotens. Si es que realmente quieres ser un guerrero que valga algo.-
-…como…mi…papá…- Jadeó el mocoso.
Vegeta no pudo evitar sonreír.
-Sí. Como tu padre.-
La compuerta se abrió y Vegeta emergió a la fría noche.
Nunca había sido sencillo convivir con Vegeta. Tenía un temperamento infernal y lo poco que decía era ofensivo. Bulma sabía que no debía tomárselo como algo personal. De hecho, y por mas bizarro que pareciera, Vegeta la trataba mejor que a nadie más. Pero eso estaba cambiando. Antes, al menos podía apreciar los esfuerzos de Vegeta por entablar un diálogo civilizado con ella. En ocasiones, hasta podía presumir de haber torcido la comisura de sus labios algunos milímetros hacia arriba.
Desde que Goku había muerto, Vegeta se había comportado de una manera que muchas de sus amigas afirmaban era típico de la gente deprimida. Pérdida de interés en actividades que antes le resultaran placenteras, ciclos de actividad erráticos. Incluso su usual irritabilidad y retraimiento habían empeorado.
Afortunadamente, lo más preocupante duró poco. Y dos años luego de la muerte de Goku, comenzó a entrenar otra vez. Le había pedido mejor equipamiento. Y Bulma se llevó una enorme sorpresa aquella noche cuando Trunks y Goten se arrastraron, ya duchados, al comedor para engullir la cena y luego se apresuraron a sus camas. Goten se quedó dormido antes de que terminara siquiera de arroparlo. Y Trunks sólo logro suspirar un poco de información que explicara su agotamiento:
-Papá...entrnam...-
El resto fue un ronquido. Bulma le dió un beso en la frente, apagó la luz y salió de la habitación. Una vez que la puerta estuvo cerrada, se dejó caer sobre ella con un suspiro de alivio.
Goten era un niño adorable y tenía modales impecables, pero era fácilmente influenciable por el inquieto y temerario Trunks. Siempre que se quedaba a pasar el fin de semana con ellos, algo extremadamente caro acababa siendo destruído o Bulma era forzada fuera de su cama por el teléfono. Algún agente de seguridad, llamando para notificar que su hijo estaba en una heladería o en el cine, acompañado tan solo por otro menor y sin autorización de un adulto.
En una ocasión, tuvo que salir disparada de la casa hacia el zoológico porque a Trunks le pareció interesante entrar a ver a los animales durante la noche y Goten, indignado al verlos encerrados, hizo uso de una fuerza inhumana para intentar liberar a los animales.
Pero aquella noche, la ciudad dormiría tranquila.
Se preguntó si Vegeta lo hizo para compensar la manera desconsiderada con que la había tratado aquella tarde. Una disculpa muda e indirecta. Seguramente estaba siendo ingenua, pero valía la pena darle el beneficio de la duda.
Vegeta estaba de píe en el centro de su cuarto, fregándose el cabello con una toalla para secarlo bien luego de su ducha. No tenía idea que es lo que haría en las siguientes horas. No tenía sueño pero la idea de meterse de nuevo en la nave para entrenar no le atraía demasiado. Había superado las dificultades que esa máquina podía ofrecerle. Ya no era una herramienta útil de entrenamiento. Ahora sólo serviría como transporte…
Tenía tantas ganas de largarse, de volver al vacío del espacio, de perderse en su hostil imprevisibilidad. Allí afuera, la vida era una guerra contra las fuerzas más primitivas, contra la escasez y las debilidades de uno mismo. Cada error podía resultar en la muerte.
Y había otro tipo de guerra también. Una entre mortales. Vegeta sabía que aunque Freezer y Cooler estuvieran muertos, sus ejércitos seguían en pie. Había intentado tomar control de ellos pero falló. No tenía la suficiente…paciencia para manipular a otros. Pero podía erradicarlos; luchar contra cada soldado que se le pusiera enfrente hasta que no quedara ninguno.
Traer paz al Universo. Que idea más ridícula.
Aunque porqué no. ¿Qué importaban las consecuencias si él lograba satisfacer sus ansias de lucha?
-Siempre tuve miedo de que fueras a tratar mal a Goten.- Se dio la vuelta. Bulma estaba apoyada contra el marco de la puerta, los brazos cruzados debajo de sus generosos pechos.
Tenía que decirle que se largara pero para qué hacerlo. La noche que lo esperaba sería larga y frustrante. Quizás Bulma podía mejorarla un poco. Definitivamente tenía buen aspecto en aquella pequeña camisa que apenas cubría su estomago y grandes pechos, en esos shorts de fina tela blanca que no lograban esconder del todo lo que yacía debajo.
Luego de inspeccionar detenidamente su cuerpo, los oscuros ojos de Vegeta se clavaron en los de Bulma. Ardían con el mismo deseo qua atosigaba su entrepierna.
Vegeta se acercó a Bulma. La empujo dentro con sorprendente gentileza y cerró la puerta.
-¿Por qué?-
-Bueno…porque se parece tanto a Goku. Y porque es su hijo…- Soltó una risita.- No digo que deberías pero piensas de manera extraña, Vegeta.-
Colocó un brazo alrededor de sus hombros, guiándola hacia la cama. Ella se sentó en el colchón y Vegeta dejó caer la toalla atada a sus caderas. Se le quedó mirando, esperando a que ella también se desnudara. Pero Bulma no se movió.
-Quiero tener sexo.- Vegeta remarcó, como si su compañera fuera demasiado densa para darse cuenta de lo evidente.
-Yo no.- Bulma se estiró sobre la cama con indolencia felina.
Vegeta suspiró. No estaba de humor para esto.
-No seas cabeza dura.- Bulma dio unas palmaditas sobre el colchón, invitándola a acostarse a su lado.- Ven aquí. Te gustará.-
Vegeta consideró seriamente largarse…pero acabó acostándose junto a Bulma. La esbelta mano de su compañera bajó inmediatamente por su pecho. Esperó impaciente, asumiendo que continuaría hasta su entrepierna para atenderlo como se suponía. Pero la mano se detuvo en su estómago y allí se desplomó.
Siguió esperando. Le gustaría tomar a la mujer y darle con rabia, pero uno de los factores más frustrantes de su relación era la fragilidad del cuerpo de Bulma. Tenía que dejar ella hiciera casi todo el trabajo, por temor a romperle algo en la calentura del momento. De todas maneras, ella tenía más experiencia en el tema y siempre compensaba debidamente su paciencia.
Para su enorme frustración, sin embargo, aquella noche Bulma se quedó dormida. Por un momento, Vegeta a punto estuvo de lanzarla de la cama, enrabiado por su falta de consideración. Pudo reprimir el impulso y su disciplinado autocontrol dio sus frutos.
Vegeta se dio cuenta que aunque no estuvieran haciendo nada, estaba disfrutando el momento de todas formas. Bulma era una de las cosas más suaves que había sentido jamás. La tibiez de su cuerpo era un agradable contraste con el frio aire nocturno. Se encontró prestando atención a su respiración pausada, al palpitar de su corazón contra su propio pecho.
Vegeta cerró los ojos. Sin siquiera ser consciente de ello, se sentía feliz y en paz por primera vez en su vida.
