Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 01
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Konoha, 1852
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La venganza no está hecha para los débiles. Si Tamaki Lee lo hubiera pensado detenidamente, se habría dado cuenta de que estaba obsesionada con aquella idea. Pero desde que descubrió el diario de su hermana y leyó los horrores a los que había tenido que enfrentarse cuando viajó a Konoha la temporada anterior, apenas tuvo tiempo de dedicarse a otra cosa que a planear la mejor manera de vengar la muerte de su hermana Tetsuya. Tamaki estaba decidida a conseguir que el hombre que había convertido la dulce inocencia de su hermana en brutal carnalidad pagara por sus pecados igual que su hermana pagó por su ingenuidad.
Su sed de venganza controlaba todos sus actos y sus pensamientos: desde que escuchaba el canto de la primera alondra de la mañana hasta que posaba la cabeza sobre la almohada al final del día. Cada noche Tamaki se entregaba a un inquietante sueño plagado de terribles pesadillas provocadas por cada trazo de la pluma de su hermana, que en su diario había descrito las vejaciones que había sufrido a manos del marqués de Kamizuru.
La obsesiva sed de venganza que sentía Tamaki era el motivo por el que, en ese preciso instante, caminaba por los Jardines de Konoha a unas horas a las que ninguna dama respetable debía estar sola por la calle. En realidad, se habían retirado incluso los caballeros decentes, pero el hombre al que ella seguía no tenía nada de respetable, por muy bien que lo fingiera. Tamaki había oído decir que los fuegos artificiales que se podían admirar cada noche en los jardines eran espectaculares, pero resultaba evidente que él no estaba allí para disfrutar de un espectáculo tan simple como el de observar las luces de colores que iluminaban el cielo. No, sus intereses eran de una naturaleza más oscura.
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Ese era el motivo de que Kamizuru hubiera esperado a que las personas respetables abandonaran el parque y a que llegaran los depravados con la cabeza llena de maldades. Las siniestras carcajadas del marqués resonaban por todo el jardín cada vez que se paraba a hablar con algún sinvergüenza. Era alto y esbelto, y se deslizaba con agilidad entre la multitud dejando que su capa volara tras él; daba la sensación de que se consideraba el rey de los malvados. Pero a pesar de su altura y su sombrero de copa alta, ella tenía que concentrarse para no perderlo de vista; y estaba decidida a seguirlo de tal modo que él no pudiera advertir su presencia. Ella no había caído presa de sus persuasivos encantos como le había sucedido a su hermana. Si alguno de los dos tenía que acabar cayendo, conseguiría que fuera él.
Tamaki había elegido esa noche para clavarle una daga en el corazón; así todos podrían ver por fin lo podrido y negro que era su interior. Pero sabía que aquel no era ni el momento ni el lugar. Debía tener cuidado y ejecutar el plan tal como había sido concebido si no quería acabar con una soga alrededor del cuello. Por mucho que quisiera a su hermana, aún no estaba preparada para reunirse con ella; aunque si su vida era el precio que debía pagar a cambio de la venganza, estaba dispuesta a pagarlo. Desde que puso el primer pie en aquel camino, era muy consciente de que podría acabar en la prisión de Konoha. Sabía que no se arrepentiría siempre que consiguiera llevarse a Kamizuru al infierno.
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―¿Buscas compañía?
El hombre rubio que apareció delante de ella esbozó una encantadora sonrisa. La ropa que vestía era de buena calidad y pensó que, si tuviera quien la introdujera en sociedad, podría bailar con él en cualquier baile.
―No, gracias. He quedado con alguien.
―Un tipo afortunado. Si no apareciera…
―Aparecerá ―mintió ella cortándolo en seco y pasando de largo. Luego rodeó la fuente a toda prisa y deseó disponer de un momento para disfrutar de la belleza de los jardines.
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¡Maldita sea! ¿Dónde se había metido Kamizuru? Aceleró el paso y suspiró aliviada cuando lo vio hablando con una mujer pechugona con un indecente escote que ofrecía a todos los presentes una estupenda vista de todos sus encantos. Por lo visto no era lo que Kamizuru andaba buscando, porque siguió andando sin mirar atrás. No, claro, él las prefería más inocentes. Tamaki era incapaz de comprender por qué motivo habría ido ese hombre al parque a aquellas horas; en aquel momento de la noche se toleraban las travesuras, incluso se esperaban. Y Kamizuru tenía inclinación por lo intolerable y había obligado a su hermana a participar en depravados actos de pecado y libertinaje.
Ya llevaba seis días catalogando los hábitos y rituales del marqués con el fin de descubrir su patrón de conducta. Estaba decidida a encontrar la mejor forma de acabar con la vida de ese hombre sin tener que sacrificar la suya.
Desafortunadamente, ella había crecido en un pequeño pueblo costero, y esa vida no le había proporcionado la educación ni la experiencia necesarias para jugar al gato y al ratón, por lo que a veces temía ser la presa en lugar del depredador. En más de una ocasión tenía la sensación de que, mientras ella seguía a lord Kamizuru, alguien la seguía a ella.
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Los cenadores de lavanda perfumaban el aire que flotaba a su alrededor, y Tamaki se esforzaba por no mirar atrás para no dar señal alguna de que sabía que alguien la estaba siguiendo. Ya hacía dos días que se había percatado de que la seguía un tipo enorme. En realidad, empezó a seguirla justo después de que Kamizuru acudiera a Scotland Yard. Tendría que haber sido más discreta con el marqués. Debería haberlo seguido con absoluto descaro y conseguir que fuera completamente consciente de su presencia para que el lord empezara a pensar que estaba perdiendo el juicio. Si acababa por volverse loco y se quitaba la vida él mismo, todo sería más sencillo. Eso le ahorraría las molestias. Sin embargo, lo único que había conseguido era que el marqués la denunciara a la policía.
Aquella noche aún no había conseguido ver a su perseguidor, pero estaba convencida de que andaba por allí porque se le había erizado el vello de la nuca y no dejaba de sentir gélidos escalofríos que le recorrían todo el cuerpo.
Tampoco ayudaba estar tan cerca del río. La espesa niebla empezaba a hacer su silenciosa aparición y se tragaba el color de todo cuanto la rodeaba. Las luces de las antorchas estaban empezando a ponerse borrosas y peleaban por iluminar lo que la mayoría de los que quedaban en el parque preferían esconder. Por entre los olmos y los álamos, entre los oscuros recovecos, se escuchaban los murmullos de los caballeros y las seductoras risas de las mujeres.
Tamaki ya no estaba segura de lo que esperaba conseguir siguiendo a Kamizuru por ese lugar tan cuestionado, pero necesitaba saber lo que hacía y con quién se veía. Era la única forma de decidir el mejor momento para atacar. La precaución era su principal preocupación.
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Kamizuru merodeaba por la noche como una bestia hambrienta, pero ella sabía que no era precisamente comida lo que buscaba, sino placeres pecaminosos; el diario de su hermana revelaba con íntimo y desgarrador detalle cómo la sedujo, no solo para su satisfacción, sino para que otros también se divirtieran. A ese hombre no le importaron ni los deseos, ni los sueños de su hermana. Kamizuru había destruido a Tetsuya mucho antes de que la joven se arrojara al mar desde lo alto de aquel acantilado.
Tamaki reprimió las lágrimas; aquel no era el momento de sucumbir al dolor. La joven recuperó la determinación. Estaba decidida a conseguir que Kamizuru pagara un alto precio por su implicación en la muerte de una chica que solo tenía diecinueve años.
El repugnante hombre desapareció tras una esquina. ¡Maldita sea! Estaba demasiado ensimismado como para darse cuenta de que le estaban siguiendo, por lo que era evidente que debía haberse citado con alguien. Tamaki se preguntó si ya habría elegido a su siguiente víctima. Si ese era el caso, entonces debía hacer lo posible por acabar con todo aquello esa misma noche, porque no podía quedarse de brazos cruzados y dejar que otra mujer sufriera la misma tortura que Tetsuya.
Pasó por entre unos árboles y se detuvo de repente: tres caballeros que sonreían con lascivia le bloqueaban el paso.
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―Hola, dulzura ―dijo el que estaba en medio dando la impresión de ser quien estaba al mando de la situación.
Las luces de esa zona eran extremadamente tenues y la niebla gris tampoco ayudaba a que pudiera ver con claridad. Tamaki poco podía decir del hombre que se había dirigido a ella excepto que era rubio y, si no fuera por su espantosa sonrisa, incluso podría haber afirmado que parecía guapo. Sus amigos eran morenos; uno de ellos destacaba por tener una nariz prominente muy poco atractiva, y el otro por su desafortunada ausencia de barbilla. La forma en que paseaban sus miradas por su cuerpo hizo que se le erizara la piel y tuvo que contenerse para no gritar delante de ellos. Vestían ropa elegante y era evidente que tenían toda la intención de pasárselo en grande y de disfrutar de su juventud mientras pudieran.
Sin embargo, ella había envejecido mucho desde que murió su hermana Tetsuya y parecía tener bastante más de veinte años.
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―Por favor, discúlpenme. ―Hizo un movimiento para pasar de largo, pero los hombres se movieron a un mismo tiempo para cortarle el paso. A Tamaki se le aceleró el pulso. Su corazón retumbaba en el pecho con tanta fuerza que recordó el ruido que hacía el tren que la había traído a Konoha, que traqueteaba, se sacudía y amenazaba con salirse de las vías en cualquier momento. Dio un paso atrás y Sinbarbilla se puso tras ella para entorpecer su huida. De repente se dio cuenta de que estaba rodeada. A aquellos hombres no les costaría nada arrastrarla hasta el rincón más oscuro del jardín donde ella no tendría ninguna esperanza de conservar su dignidad.
Tamaki intentó abrir su bolsito para coger la daga que escondía en él como única fuente de protección, pero Sinbarbilla se lo quitó de entre las manos y casi le arranca el brazo al hacerlo.
―¡No! ―gritó ella.
―Venga, sé buena ―dijo el hombre rubio mientras la rodeaba con el brazo y la levantaba hasta que estuvo de puntillas.
El terror se apoderó de ella y le arrancó un grito desgarrador. Pero lo único que escuchó como respuesta fueron las carcajadas de los hombres, que empezaron a arrastrarla en dirección al oscuro abismo. No pensaba rendirse fácilmente a lo que fuera que tuvieran planeado. Tamaki pelearía, les arañaría, les clavaría las uñas…
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―¡Deténganse, caballeros! La dama está conmigo.
Al escuchar aquella profunda y segura voz que se dirigía a ellos, los hombres que la alejaban del camino principal del parque se quedaron tan sorprendidos como ella. Se separaron un poco y Tamaki pudo ver, por entre una estrecha abertura, la imprecisa silueta de un individuo enorme de anchos hombros; era el hombre más alto que había visto en toda su vida.
Se abrió paso entre el grupo golpeándoles con los hombros y deslizó el brazo por la cintura de Tamaki para liberarla de su captor al mismo tiempo que utilizaba el brazo que le quedaba libre para apartar a los otros dos hombres.
―No quiero hacerle daño ―murmuró en una tranquilizadora voz baja―. Si quiere conservar intacta su virtud, le sugiero que venga conmigo.
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El aspecto de aquel hombre misterioso se perdía entre las tenebrosas sombras que proyectaba la invasiva niebla. Tenía el pelo naranja, pero Tamaki era incapaz de distinguir el tono exacto. Podía sentir el poder que emanaba de su cuerpo al agarrarla, desprendía fuerza y seguridad. Ella supo de forma instintiva que no era la clase de hombre que forzaba a las mujeres. Resultaba evidente que no tenía ninguna necesidad. Había algo en él que desprendía cierto aire protector y Tamaki se dio cuenta de que lo más probable era que se tratara del mismo hombre que la había estado siguiendo, el agente de Scotland Yard. No tuvo la sensación de que fuera la clase hombre que le teme al diablo y, de repente, la asaltó la descabellada idea de que tal vez él la podría ayudar con Kamizuru. Pero en cuanto lo pensó se dio cuenta de que no podía confiar en un completo desconocido. No en ese asunto, no cuando había tanto, cuando todo estaba en juego.
Dejó de mirarla y entonces ella recordó que estaban acompañados.
Los tres jóvenes les estaban fulminando con la mirada.
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―Oye, viejo ―dijo el líder―. Nosotros la vimos primero.
―Ya os he dicho que está conmigo.
―Nos habían dicho que estaba sola.
―Pues os informaron mal.
La agarró con fuerza de la cintura y empezaron a alejarse. Tamaki tuvo que mover los pies a toda prisa para seguirle el paso. Pero antes de que pudieran llegar al camino principal, los tres hombres se pusieron delante para impedir que pudieran marcharse. Le escuchó suspirar con fastidio.
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―¿De verdad queréis pelear sabiendo que no tenéis ninguna posibilidad de ganar?
―Nosotros somos tres y tú estás solo. Tenemos ventaja.
―Te equivocas. Yo me crie en la calle y estoy acostumbrado a pelear con tipos mucho peores que vosotros. La ventaja es toda mía.
―Pues pareces un noble.
―Pero peleo como el mismísimo diablo. ―Su voz destilaba amenaza en estado puro.
Por lo visto, los hombres que se habían acercado a Tamaki no solo eran malvados, también eran estúpidos. El Narizotas estiró el brazo…
Tamaki chocó contra su protector —así es como estaba empezando a verlo— cuando él esquivó el golpe al mismo tiempo que hacía caer a Narizotas al suelo. Entonces le atacaron los otros dos. Mientras utilizaba el hombro para hacer que Sinbarbilla retrocediera, enterró el puño en el estómago del hombre rubio. Este jadeó, se dobló hacia delante y cayó de rodillas. Entonces su protector se dio la vuelta para enfrentarse a Narizotas, que se estaba levantando. El ruido que hizo su puño al impactar contra la barbilla del hombre resonó a su alrededor. Narizotas se tambaleó hacia atrás haciendo aspavientos con los brazos. Cayó torpemente al suelo; no se movía. Justo cuando sus compañeros empezaban a levantarse, su protector les asestó sendos puñetazos que los hizo caer de nuevo al suelo.
―No os mováis hasta que nos hayamos marchado ―ordenó su protector antes de darle la mano a Tamaki―. ¿Nos vamos?
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Ella pensó que si quería lastimarla no tenía ningún motivo para llevársela de allí. Aunque la explicación fuera poco sólida, asintió a toda prisa. Ya estaba harta de aquel lugar y sabía que encontrar a Kamizuru quedaba completamente fuera de su alcance. Dio un paso en dirección a su protector y entonces recordó algo.
―Mi bolso. Uno de ellos me lo quitó.
Él utilizó el pie para darle la vuelta a Narizotas, recuperó su bolso y se detuvo al ver la empuñadura de la daga sobresaliendo por la abertura.
―Es para protegerme ―murmuró ella mientras cogía el bolso y lo cerraba bien para que dejara de verse la daga.
―Pues no le ha servido de mucho. Venga conmigo. No se aleje. Contrataré un coche de caballos para que la lleve a casa.
Tamaki no tenía muchas más opciones que dejar que la rodeara con el brazo y la cogiera con fuerza, porque aunque ya hubiera pasado todo se dio cuenta de que estaba temblando. ¿Cómo había sido tan tonta al pensar que podía protegerse de aquel lugar limitándose a no aceptar lo que los extraños le ofrecieran?
―¿Tiene usted nombre? ―preguntó él por fin en voz baja.
―Tamaki Lee ―dijo ella sin pensar. Luego se preguntó si tal vez debería haberle dado un nombre falso. Había meditado mucho su plan y ahora estaba revelando más información de la que debía.
―¿Y qué estaba haciendo por los jardines a estas horas de la noche, señorita Lee?
―Me temo que me perdí. ―Levantó la cabeza para mirarle, pero fue incapaz de descifrar si la creía―. Me parece que yo también debería saber el nombre del hombre que me ha rescatado.
―Juugo no Tenpi.
En la calle Hona encontraron un coche de caballos parado en una curva. Él se inclinó hacia delante, abrió la puerta y la ayudó a subir.
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―¿Qué dirección debo indicarle al cochero? ―preguntó él.
Ella le dio las señas de su pensión con cierta reticencia. Él se lo dijo al cochero y le entregó algunas monedas.
―Tenga más cuidado en el futuro, señorita Lee. Konoha puede ser un lugar muy peligroso para una mujer sola.
El cochero puso en marcha el vehículo antes de que pudiera responder. Se volvió para mirar hacia atrás y vio que el señor no Tenpi seguía parado en medio de la calle. Su alta e imponente figura empezaba a perderse en la noche; se parecía mucho al hombre que la había estado siguiendo.
Pero si trabajaba para Kamizuru, ¿por qué la había dejado marchar? Y si no trabajaba para él, ¿por qué la seguía?
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―Se llama Tamaki Lee.
―Es la hermana de Tetsuya. Tendría que haberlo imaginado. El parecido es asombroso.
Cuando reveló el nombre de la mujer con la que se había encontrado en los jardines y a la que llevaba siguiendo ya dos días, Juugo no Tenpi no se volvió en dirección al suave murmullo procedente de la sombría esquina del despacho.
El superior de Juugo, sir Kabuto Yakushi, se hallaba sentado tras el escritorio en el que se había apoyado el inspector. Dado que la llama de los quinqués estaba muy baja, y que no proyectaban la luz suficiente como para iluminar las esquinas, Juugo supuso que debía fingir que no sabía que había otra persona en el despacho. Pero aquel hombre olía a sándalo, tabaco bueno y sudor, y era muy difícil que su presencia pasara inadvertida. El hecho de que hubiera hablado —aparentemente sorprendido por la información que había facilitado No Tenpi— se sumaba al absurdo de que Juugo y sir Kabuto tuvieran que fingir estar solos en aquel despacho.
Al contrario que el hombre que había en aquella esquina, Juugo sí que poseía la asombrosa capacidad de pasar inadvertido en cualquier lugar. Sin embargo, decidió no dar ninguna señal de que fuera consciente de la presencia de aquel hombre. Podía fingir como el mejor. Aunque al inspector le parecía inconcebible que el hombre creyera de verdad que su identidad fuera un secreto, especialmente teniendo en cuenta que las investigaciones de Juugo sobre aquella mujer habían empezado en la residencia de su señoría. No podía evitar sospechar que el marqués de Kamizuru era un payaso presuntuoso.
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―¿Qué más ha conseguido averiguar sobre la mujer? ―preguntó sir Kabuto.
Después de despedirse de la chica, No Tenpi cogió otro coche de caballos para seguirla a una discreta distancia. Luego le pidió al cochero que lo dejara en una calle cercana al alojamiento de la señorita Lee. Entonces anduvo rápidamente el resto del camino y llegó justo cuando la señorita Lee entraba por la puerta principal. Esperó hasta que vio cómo se encendía una luz suave en una ventana de la esquina del edificio para acercarse a la puerta principal; era una suerte que hubiera alquilado una habitación con vistas a la calle. Cuando la casera le abrió la puerta, el inspector le ofreció algunas monedas a cambio de una información que le proporcionó algunos detalles más.
―Tiene una habitación alquilada. Solo ha pagado el alquiler del mes corriente y lleva una semana en Konoha. Es extremadamente silenciosa, nunca da problemas, no se relaciona con los demás huéspedes y nunca recibe visitas. Suele comer en su habitación.
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Se hizo el silencio entre ellos y entonces sir Kabuto preguntó:
―¿Algo más?
―Me temo que no tengo nada más que añadir. Las órdenes eran que la siguiera pero no me acercara. Sin embargo, cuando vi que un grupo de canallas pretendían divertirse un rato con ella, me pareció conveniente ignorar la segunda parte de las órdenes. Los tipos me comentaron que alguien les había dicho que la dama estaba libre. Supongo que no tenemos ni idea de la identidad de ese alguien.
―No sea ridículo ―se escuchó decir a la voz de la esquina, lo que confirmaba las sospechas de Juugo, que enseguida pensó que había sido el propio Kamizuru quien había indicado a aquellos jóvenes que se ocuparan de ella. Por lo visto, la paciencia no era el punto fuerte del marqués.
―Lo más normal es que una dama que pasea sola por los jardines de Konoha de noche acabe buscándose problemas ―dijo sir Kabuto―. Tiene suerte de que estuvieras siguiéndola. Supongo que la chica no sabe nada sobre tu cometido. ―Si su jefe compartía las sospechas que albergaba Juugo sobre Kamizuru no dio pista alguna.
―Ella no sabe nada sobre mi verdadero propósito. Ya les he dicho todo lo que me pudo decir la casera. Bueno, excepto que la señorita Lee llegó con un baúl y parece tener preferencia por el color rosa. Si tengo que ser sincero, y teniendo en cuenta lo que he podido observar hasta ahora, me cuesta creer que la señorita Lee pueda suponer ninguna amenaza para nadie.
―Su señoría discrepa.
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Y ese era el motivo por el que Juugo estaba implicado en aquella investigación. Su misión era averiguar cuál era el objetivo de esa chica. Hasta aquel momento lo único que había hecho era seguir a Kamizuru por el parque zoológico y por el Valle del Fin. La pasada noche lo había seguido hasta su club, el club Hozuki, uno de los locales más exclusivos de la ciudad donde los caballeros de la aristocracia se entregaban libremente a sus vicios favoritos. Aquella noche lo había seguido por los jardines de Konoha. Si seguir a otras personas fuera un delito, No Tenpi se estaría pudriendo en la cárcel de Konoha.
―Con el debido respeto, señor, estoy seguro de que mis servicios pueden resultar más útiles en algún otro caso. He oído decir que alguien ha denunciado un asesinato en Otogakure esta noche y…
―Ya sé que prefiere usted resolver los crímenes cuando ya se han cometido, No Tenpi, pero su deber principal es prevenir que se cometan.
Ese era el lema de la policía, su credo. La prevención. También era el motivo por el que había tantos policías patrullando las calles. Pero Juugo creía que nada podía evitar que alguien transgrediera la ley si ese era su deseo. Él estaba más obsesionado con la justicia y con asegurarse de que la persona correcta pagaba el debido precio por sus felonías. No le apetecía nada tratar con un lord consentido al que le quitaba el sueño una chiquilla cuya cabeza apenas le llegaba a la mitad del pecho. Cuando estuvo con ella se sintió como un auténtico gigante.
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―Señor, creo que ayudaría mucho ―dijo No Tenpi― si supiéramos qué delito creemos que va a cometer.
―Estoy convencido de que pretende asesinarme ―dijo la voz de la esquina en un tono muy bajo.
Sir Kabuto se limitó a arquear una ceja en dirección a Juugo, que se esforzó para que no se notara que empezaba a perder la paciencia. Estaba a punto de estrangular al lord con sus propias manos.
―¿Y sabemos por qué su señoría piensa que la señorita Lee le quiere semejante mal?
Su superior dirigió la mirada hacia la esquina. Juugo escuchó el suspiro de impaciencia antes de que la voz empezara a sonar bajo las sombras.
―Tetsuya Lee se presentó en sociedad la temporada pasada. Bailamos juntos en alguna ocasión. Nada más
«Siempre hay algo más.»
―¿Debo suponer que se trata de lady Tetsuya y lady Tamaki? ―preguntó Juugo.
―No. Su padre solo es vizconde. Es la señorita Tamaki Lee.
«¿Sólo?» Así que el hombre de la esquina se consideraba superior debido al lugar que ocupaba en la sociedad.
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Cansado de la situación, Juugo se dio la vuelta. Pudo ver una pierna estirada y una bota bien lustrada que casi alcanzaban la luz. El resto de la persona estaba escondida tras las sombras, pero Juugo conocía perfectamente el aspecto de aquel individuo, ya que la investigación había empezado en casa de su señoría. No se trataba de un hombre terriblemente viejo. Al contrario, era increíblemente atractivo; el marqués poseía la clase de rasgos que hacían que los poetas emborronaran los papeles de tinta y divagaran sobre las maravillas del amor. Juugo se sentía tentado de dirigirse a él por su nombre, pero por alguna razón que desconocía, allí se estaba jugando a un juego y sir Kabuto había decidido tolerarlo, lo cual significaba que o bien aquel hombre tenía amigos de rango superior al de sir Kabuto, o había visto cómo sir Kabuto hacía algo que no debía.
―Si usted demostró tener interés por Tetsuya la pasada temporada, ¿por qué cree que su hermana Tamaki quiere hacerle daño?
Recibió el silencio como respuesta.
―Señoría, no podré ayudarle si no es usted sincero conmigo. Yo no soy la clase de persona a la que le gusten las habladurías. Podría usted confesarme que disfruta de los actos sexuales más depravados…—Incluso a pesar de la distancia que los separaba, Juugo sintió el escalofrío de tensión que procedía de la esquina.―… jamás conocidos por el hombre y yo no lo compartiría absolutamente con nadie.
El silencio se hizo espeso y se prolongó. ¿Entonces era eso? ¿Alguna depravación que amenazaba a su señoría?
Finalmente, Kamazuru carraspeó.
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―La señorita Tetsuya Lee tuvo un trágico final. Es bastante posible que su hermana me considere responsable de ello, lo cual es absurdo, ya que yo estaba a kilómetros de distancia de esa cría cuando falleció. La señorita Tamaki Lee nunca se ha enfrentado a mí. No habla conmigo. Se limita a observarme. Se pone cerca de algún farol o se esconde detrás de algún árbol del parque. Yo salgo a pasear y siempre tengo la sensación de que alguien me está espiando. Y cuando miro atrás, allí está ella, observando, siempre observando. Cuando intento acercarme a ella para averiguar qué pretende, siempre se va, desaparece entre la multitud, y yo me quedo allí preguntándome si de verdad la he visto o no. Como se parece tanto a su hermana, incluso empecé a pensar que Tetsuya había vuelto de entre los muertos para atormentarme. Pero tal como les he dicho, solo bailamos en alguna ocasión, por lo que soy incapaz de imaginar el motivo que puede tener esa chica para estar jugando a este irritante juego conmigo.
Cuando repitió que solo habían bailado, Juugo se preguntó a quién pretendía convencer su señoría.
―Entonces, tendrá usted que continuar siguiéndola, Juugo. Averigüe qué se trae entre manos ―dijo sir Kabuto con sequedad y empleando un tono que significaba que no quería seguir hablando sobre aquel asunto.
Juugo volvió a centrar toda su atención en su superior. Le gustaba sir Kabuto, le admiraba, pero aquello era intolerable.
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―Dado que me vi obligado a acercarme a ella, supongo que no tendrá usted ninguna objeción en que lo vuelva a hacer.
―Maneje este asunto de la forma que considere usted más conveniente.
Juugo percibió la frustración y el enfado en la voz de sir Kabuto. Era evidente que aquella situación tampoco le complacía en absoluto. Si Juugo podía hacer las cosas a su manera, acabaría mañana mismo con toda esa historia.
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