Este fanfic es para contribuir a la actividad "Combinaciones disparejas" del foro El feliz grupo de hambrientos, con el objetivo de celebrar a todos los personajes de AnY que no tienen una fecha de cumpleaños fijada por Kusanagi-sensei. Consiste en escribir drabbles o one-shots que contengan un personaje y una situación que toquen por sorteo y otro a elección del autor.

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Personaje: Rey Il

Situación: X descubre a Y llorando.

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Reto 2: Rey Il y Min-Soo.

Min-Soo acababa de cumplir 14 años, pero a pesar de eso había conseguido entrar a trabajar en el castillo Hiryuu como nada menos que el asistente personal del Rey Il.

Era consciente de que había logrado su puesto principalmente gracias a las recomendaciones del consejero del Rey Kye-Sook y la familia del difunto Yu-hon, que le tenían en alta estima gracias a la labor de su madre cuidando a la enfermiza esposa del hermano del rey. Sin embargo eso no consiguió menguar el entusiasmo y orgullo que Min-Soo sentía por su nueva ocupación, y estaba totalmente determinado a desempeñar sus tareas a la perfección para no decepcionar a los que habían confiado en él.

Al principio fue duro, demasiadas responsabilidades para un joven inexperto como él, pero gracias a la guía del anterior asistente personal del Rey, que a pesar de la enfermedad que le había obligado a retirarse de su puesto pasaba a menudo a instruirle, consiguió ponerse al día en poco tiempo y descubrió que le encantaba su trabajo.

Min-Soo se sentía orgulloso de que alguien de origen tan humilde como él pudiera servirle de ayuda al mismísimo Rey de Kouka, de que sus pequeñas acciones pudieran contribuir de alguna manera a la prosperidad de su reino.

El Rey Il, con su amabilidad y buenas palabras, enseguida había conseguido ganarse el afecto y respeto del joven. Incluso la princesa Yona, que a simple vista podía parecer una simple niña mimada y consentida, le había demostrado que en el fondo tenía buen corazón y espíritu generoso por los pequeños gestos que tenía hacia él, tratándole en poco tiempo como si se tratara de un amigo más que como un miembro del servicio.

La familia real era la perfecta estampa de una familia feliz, con la princesa siempre escabulléndose para realizar travesuras, bajo la atenta mirada de su recientemente nombrado guardaespaldas Son Hak, y el Rey Il sonriendo tiernamente mientras la observaba crecer tan vivaz.

Sin embargo no es oro todo lo que reluce.

Con el tiempo Min-Soo se comenzó a fijarse en pequeños detalles, como las ocasiones en las que la princesa Yona se quedaba mirando por la ventana con la mirada perdida, como si estuviera buscando algo sin saber el qué, y también en la forma triste en la que miraba los numerosos regalos que le hacía su padre cuando creía que nadie la veía. Fue entonces cuando el joven asistente se percató de que la princesa Yona era un hermoso pájaro encerrado en una jaula de oro, incapaz de extender sus alas para buscar un propósito en la vida, y que los ostentosos regalos que recibía en realidad era la forma que tenía el Rey Il de disculparse por todo el tiempo que sus obligaciones le demandaban y no podía compartir con ella.

También se percató de que aunque el Rey sonriera eso no significaba que estuviera feliz, y que sus sonrisas cordiales y su aire ingenuo y bobalicón no eran más que una fachada que mantenía ante los demás, por el bien de que la frágil paz del Reino se mantuviera, y también la de su propia familia.

Porque, aunque el Rey Il era el pilar sobre el que sostenía el país, en el fondo no era más que un ser humano como los demás, con sus mismas debilidades y también días oscuros en los que a pesar de todo se veía en la obligación de seguir adelante.

Sin embargo no fue hasta un tiempo después que Min-Soo pudo comprobar hasta qué punto el Rey Il se esforzaba por mantener una fachada por el bien de los demás.

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Ese día el Rey Il se había retirado a sus aposentos antes de lo habitual, pidiendo que nadie le molestara.

El anterior asistente personal del Rey había instruido a Min-Soo, insistiéndole en que cuando eso pasara debía abstenerse de molestar al Rey y proteger su intimidad bajo cualquier circunstancia.

Hasta ahora el joven asistente había acatado esa orden sin hacer preguntas, sin embargo en esta ocasión le hicieron llegar una misiva urgente proveniente de uno de los puestos de vigilancia en la frontera norte del reino con el Imperio Kai, que al parecer requería de una atención inmediata del Rey para evitar males mayores.

Min-Soo se encontraba en un autentico dilema. No quería incumplir la orden de no molestar al Rey, pero tampoco quería ser el culpable de que se desatara una nueva guerra al no entregar el mensaje con la urgencia que al parecer el asunto requería.

Fue por ese motivo que Min-Soo, por primera vez, se permitió romper esa norma no escrita, y se atrevió a dar unos suaves toquecitos con los nudillos en la puerta cerrada de los aposentos del Rey.

No hubo respuesta.

El nerviosismo del joven aumentó, pero insistió volviendo a llamar a la puerta, esta vez un poco más fuerte.

Otra vez sin respuesta.

—¿Majestad? —probó a llamarle esta vez, ya comenzando a preocuparse, para obtener el mismo resultado.

El asunto de la misiva urgente por entregar, que aún tenía en la mano, pasó a segundo plano en la mente de Min-Soo mientras se le pasaban por la cabeza todo tipo de terribles posibilidades por las que el Rey no respondía, cada una más terrible que la anterior.

El miedo que esos oscuros pensamientos le provocaron le llevaron a ignorar el protocolo y abrir la puerta para asomarse sin permiso.

Min-Soo se arrepintió al instante de su acción impulsiva cuando ante él quedó la imagen de su Rey llorando desconsolado pero silenciosamente mientras sostenía un retrato de su difunta esposa.

El joven asistente se quedó paralizado durante unos minutos, siendo mudo testigo del crudo dolor que el Rey Il mantenía oculto ante los demás con su fachada bobalicona y ahora quedaba expuesto ante él.

Esa imagen le rompió el corazón a Min-Soo. Le dieron ganas de ponerse a llorar él también, pero sobre todo de consolar al hombre que lloraba a solas porque no podía permitirse mostrar esa debilidad ante nadie, al parecer ni siquiera ante su propia hija.

Pero en ese momento le vinieron a la mente las palabras del anterior asistente del Rey, pidiéndole encarecidamente que no molestara al Rey en estas ocasiones y protegiera su intimidad. Así que el joven, ahora consciente del significado oculto detrás de esas palabras, se limitó a volver a cerrar la puerta y dejar solo al ahora inconsolable Rey que ni siquiera se había llegado a percatar de su breve intrusión.

Min-Soo apretó la misiva urgente que tenía en la mano, y ante la ausencia de una idea mejor se encaminó para entregársela al consejero Kye-Sook, que seguro sabría qué hacer y tendía poder para ordenar acciones en consecuencia en ausencia del Rey.

Sin embargo durante todo el tiempo los pensamientos de el joven asistente estuvieron con su Rey; y cuando al día siguiente él volvió a salir de sus aposentos a primera hora con su habitual sonrisa amable, pero también los ojos ligeramente enrojecidos, para retomar sus responsabilidades, Min-Soo se prometió que trabajaría aún más duro para poder servir de apoyo a este gran Rey que ocultaba su propio dolor por el bien de los demás, pero sobre todo para ser alguien digno y confiable para poder ofrecerle un hombro sobre el que llorar a este gran hombre.

Min-Soo estaba más determinado que nunca a proteger a la familia real con su vida de ser necesario.