/Rev: 04/08/15

I

La crueldad de los cuentos infantiles.

Un nuevo día lo saludaba con una buena dosis de dolores de cabeza y hedor a vómito.

Yacía en el piso de su pequeño e improvisado taller, ese parquet frío y resbaladizo, éste último adjetivo le daba una idea de que había pasado la noche anterior.

Recorrió su alrededor un tanto desconcertado, no sin antes juntar toda la energía que su endeble cuerpucho le permitía. No había nada fuera de lugar. Las cortinas estaban cerradas, el sillón estaba a punto de desplomarse y el cobertor estaba tal y como ella lo dejó. Carente de todo tipo de arrugas. La tentación de relajar un poco sus músculos adormecidos casi lo lleva a desplomarse ahí mismo, en esa cama mullidita y tibia.

"Dolly"

Lo habría hecho de no ser porque un ligero ventarrón penetró la tranquilidad de las cortinas. Se acercó desganado, el frío brutal de Fráncfort en pleno apogeo lo empujó sin piedad, no sólo eso. También dejó al descubierto un caballete roído por la humedad y quizá uno que otro roedor, pero eso no fue lo que captó su atención.

"¿Gwen? ¿Dolly? ¿Mi Dollynka?

Dolly, dolly, bueno, dolly era una especie de boceto, sí, probablemente eso, sólo un boceto en un pedazo de lino mal prensado a un marco de madera. Sólo un loco le tomaría importancia a ese par de rayas hechos tirones y círculos, un loco como Marsh que se encontraba en un mar de emociones encontradas: . Su alma, alguna vez inerte, se desplazaba inquieta por los recuerdos de un turbio amor. Amor, que terminaba en aquellos trazos grabados en la suavidad del lino. ¡Oh, esa mujer tan hermosa! ¡Su magnífica forma de escoger palabras! ¡Esos labios rosaditos que contaron tantas historias!

Y es que Marsh tenía el corazón como un melocotón y el cerebro hecho garabatos

Gwendollyn Marie Testaburguer, Wendy o Gwen para los amigos, Dolly para los amantes, Dollynka para el pequeño Marsh. Una polaca de ojos azul real- tan sólo un idiota los confundiría con un vulgar púrpura- que se escondía bajo la hilera de sus pestañas cortas y finas, como las de un niño pendenciero. Nariz pequeña y regordeta, sus labios finos siempre limpios, y de color natural. Sus hombritos redondos, sus pechos pequeños y rosados cual niña en edad puberal, sus caderas anchas y sus muslos gruesos. No aparentaba más de 20, aunque estuviese a punto de cumplir 30. Cualquiera acusaría al pobre Stan de tener mal gusto al haber rechazado a la "guapa" hija de la costurera. Bah, esa bolsa de tetas y cara de pan no le llegaban a los talones a Dolly.

Todos quería una rubia o castaña; él era feliz con su noviecilla mitad polaca, mitad taiwanesa.

Y su físico es lo de menos.

Nada podía ser comparado con su extenso léxico, que obligaba al más romántico pretendiente ir pitando por un diccionario. ¿Quién lo diría? Una ex-prostituta que leía a Edgar Allan Poe y fue capaz de conseguir una copia original de Adiós a las Armas,en medio de la xenofobia que Alemania le guardaba a los yonquis. Ese libro que Stanley protegía con recelo de las polillas y la propia humedad. Cabe agregar ciertos detalles de ese librito de entape rústico, tenía páginas extra, en blanco, esperando ser llenadas ¿Con qué?

En un inicio pensó escribir su amorío con Dollynka, algo así como "La Musa y el dibujador", desistió en la idea. Sí, Dolly se enteraba de eso… lo abandonaría.

Aún así, eso no evitó que la niña-mujer de los ojitos curiosos lo dejara. Él no sabía porque, es decir, se hizo mierda las manos realizando mil oficios para cumplir sus deseos, se había dedicado exclusivamente a admirarla día y noche porque temía ser abandonado.

Incluso se había olvidado de sí.

Por Dolly, por su Dollynka

Aunque todos sabemos que el destino es inevitable, como los cuentos infantiles. Los malos siempre terminan siendo eso, malos, sin una oportunidad de reivindicarse porque: Son malos, sán se acabó; Los buenos, siempre terminan siendo eso, buenos, sin una oportunidad de probar el placer de pecar porque: Son buenos, sán se acabó. Stan creía ser el malo, porque Dolly era la bondad hecha persona, porque en Dolly no cabía defecto alguno.

Entonces, un día se fue.

Con sonrisa de oreja a oreja, y golpe a la realidad.

Colorín Colorado, porque si el presente existe es para visitar el pasado. Sán se acabó.