CAPÍTULO 1
Regina llamó a la puerta del piso de Robin, enfadada.
¿Dónde se habría metido? Ya debería estar de vuelta de Cincinnati, pero no contestaba al teléfono y al parecer tampoco iba a abrir la puerta.
Hombres… La volvían loca y Robin de Locksley más que ningún otro.
—Vamos, abre ya —murmuró al volver a llamar.
No tenía tiempo para andar así. Ya había perdido más de veinte minutos en pelear con el tráfico de Chicago para llegar desde la oficina a casa de Robin y si querían llegar a tiempo de nuevo a la oficina para recibir a su cliente, tenían que salir ya.
Estaba a punto de llamar por última vez cuando la puerta se abrió y se encontró en las narices con un pecho de hombre desnudo.
Detuvo el movimiento de la mano justo antes de que pudiera llegar a hacer contacto, pero lo que no pudo evitar fue quedarse mirando. Era un pecho de músculos esculturales y cubierto de un suave vello oscuro que pedía ser acariciado. Sabía por instinto que la piel de Robin sería caliente como pocas y que la invitaría a hacer cosas que sabía debía evitar.
Pero aquella mañana parecía mostrarse poco inclinada a hacer lo que le dictaba la razón.
A pesar de sí misma, recorrió con la mirada el vello que cubría sus pectorales y que iba estrechándose por el estómago hasta desaparecer bajo la cinturilla del pantalón. La respiración se le colapsó en la garganta al ver que el botón estaba desabrochado, sin duda porque se había metido apresuradamente los vaqueros.
—Me alegro de servirte de distracción, Regina.
Al oír su burla, lo miró a la cara. Tenía el pelo un poco desordenado, lo que confirmaba el hecho de que lo había sacado de la cama.
Genial. Seguro que era ella la primera mujer que lo sacaba de la cama. El objetivo de la mayoría de mujeres que pasaban por la oficina era el de llevárselo a la cama.
—Regina, ¿me recibes? Cambio.
Parpadeó varias veces y frunció el ceño. Los ojos azules de Robin brillaban con malicia. Sabía exactamente lo que estaba pensando y lo encontraba divertido.
—Llevo toda la mañana intentando ponerme en contacto contigo —contestó, obligándose a mantener la mirada en su cara, a pesar de que tampoco eso era demasiado seguro.
Robin de Locksley era el hombre más guapo que había conocido, pero lo peor de él era que exudaba sensualidad. Era como una segunda piel para él y por mucho que lo intentase, no podía mirarlo sin pensar en noches tórridas y sábanas de satén.
¡Diablos…!
—El vuelo llegó anoche con retraso, así que le había quitado el timbre al teléfono —se pasó una mano por la cara sin afeitar y bostezó—. ¿Qué querías?
No debía olvidar ni por un segundo lo que la había llevado hasta allí, no fuese a darle a aquella pregunta una respuesta totalmente inadecuada.
—Tenemos un posible cliente. Llamó ayer y quiere que nos encontremos con ella a las once —y tras mirar el reloj, añadió—: Es decir, dentro de poco menos de una hora. Tenemos que darnos prisa.
El mencionar a un nuevo cliente le quitó de golpe el sueño a Robin. Abrió la puerta de par en par y la invitó a pasar.
— ¿Quién es? —preguntó después de cerrar.
Regina entró con cierta inseguridad en el salón. No sabía qué se podía encontrar. Pero no hubo mujeres colgando desnudas de las lámparas, ni pinturas con posturas del Kamasutra, ni cadenas y cueros tirados por los suelos.
Al contrario, la habitación había sido decorada con bastante gusto, entre el color crema de los muebles y las mesas de brillante madera de caoba.
—He recogido los sujetadores y demás artilugios antes de abrir la puerta —murmuró él junto a su oído, haciéndola dar un respingo.
—Muy gracioso —contestó, mirándolo enfadada a los ojos, aunque lo único que consiguió fue que se echase a reír.
Aquel hombre la ponía enferma, sobre todo cuando parecía leer en su mente como en un libro abierto.
Todo aquello era culpa de su hermanastro. Ella era feliz trabajando como contable hasta que David la enrolló para que empezase en la empresa de publicidad con él y con su amigo de la universidad, Robin. Bueno, puede que decir que era feliz en su anterior trabajo fuese una pequeña exageración.
La compañía tamaño monstruo para la que trabajaba la trataba más como si fuese parte del mobiliario que como a una persona, pero lo que sí podía reconocer era que allí estaba rodeada de profesionales y no de lunáticos como en aquel momento.
David le había dicho que apenas tendría que tratar con Robin, que ellos dos formarían el equipo creativo y que ella se ocuparía de controlar la administración de la empresa. Y que apenas se verían. Y ella, como una tonta, le había creído. Pero cinco meses después, su hermano la había dejado empantanada con Robin, pretextando una huida necesaria para encontrarse consigo mismo.
Y aquel hombre la ponía de los nervios.
Como muchos otros, utilizaba su atractivo para hacer lo que le diera la gana. Si las cosas no iban como él quería, componía una de sus brillantes sonrisas, murmuraba un par de palabras dulces y el mundo se rendía a sus pies. Ella había sido criada por un hombre así. Su medio hermano era ese hombre.
Por experiencia sabía que no se podía confiar en ellos. Que cuando llegaba el momento, te dejaban colgada sin tan siquiera mirar atrás, lo cual la ponía en una posición sumamente difícil. Tendría que trabajar con Robin si D&S Advertising tenía que sobrevivir. Pero él la ponía nerviosa. Muy nerviosa.
Y a pesar de todos sus esfuerzos, la hacía pensar en sexo.
Rígida, se sentó en uno de los sillones de piel.
— ¿Quieres saber algo de esa mujer o no?
Él se acomodó en otro sillón y sonrió de medio lado.
—Claro que sí. Me has despertado de un sueño genial para hablarme de ella, así que hazlo.
Regina ignoró su comentario.
— Zelena Waldorf, de Perfumes Desire, me ha llamado. Su padre se ha jubilado y ella quiere atraer clientes nuevos, sobre todo hombres jóvenes.
Robin enarcó una ceja.
— ¿Con qué?
—Tienen una colonia de hombre nueva —explicó, intentando centrarse en la conversación y no en la imagen de Robin medio desnudo y tumbado en aquel sillón—. No le ha gustado lo que le ha presentado su actual compañía publicitaria, ha visto los anuncios que has hecho para Grant Office Supplies y Carlas Cookies y ha pensado en D&S.
— ¿De verdad?
—Bueno, también ha visto tus anuncios de productos de limpieza y le han gustado.
Regina sonrió.
— ¿Ah, sí?
—Eso me ha dicho.
Regina se quitó una imaginaria mota de polvo de la falda. No quería hablar de ese tema ya que esos anuncios llevaban tiempo siendo motivo de discordia entre ellos. O lo habían sido, hasta que alcanzaron fama.
Aun así, seguía oponiéndose al enfoque. En su anuncio se veía a una pareja sentada en el suelo de la cocina y besándose. Aunque la imagen era perfectamente respetable, cualquiera podría deducir que la pareja estaba a punto de hacer el amor. Al pie podía leerse ¿No te alegras de que el suelo esté verdaderamente limpio?
—Así que Zelena es de Perfumes Desire—repitió Robin y la miró de tal modo que a Regina se le aceleró el corazón—. Cutie Pie es suyo, ¿no? Tienen ese anuncio en el que aparecen modelos esqueléticas hablando del destino y la suerte.
—Sí. Son esos. Zelena me ha comentado que no le gustan esos anuncios.
Robin se echó a reír.
—Lo entiendo. Es una forma rara de anunciar un perfume que se llama "Dulce de Miel".
Regina no quiso pensar en el efecto que su risa surtía en ella. ¿Cómo podía sentirse sexualmente atraída por un hombre que no le gustaba nada como persona? Qué estupidez. Sabía perfectamente bien lo que les ocurría a las mujeres que se dejaban engatusar por hombres guapos y de palabra fácil como Robin. Pero fuese estúpido o no, su cuerpo no dejaba de reaccionar ante él.
—Regina, estás distraída. Te he preguntado que qué quiere de nosotros.
Regina respiró hondo para serenarse.
—Su nuevo perfume está destinado a un hombre de entre dieciocho y veinticinco años y Zelena dice que tiene la impresión de que podemos llegar a esos consumidores.
—Parece divertido —se levantó y se estiró y el movimiento hizo que los vaqueros se le bajaran un poco más. Regina tragó saliva—. Bueno —dijo y no le gustó nada su sonrisa—, será mejor que me vista si no queremos llegar tarde a la reunión.
—Eh… sí —balbució.
— ¿Te ha dicho que nombre tiene el perfume? A lo mejor se me ocurre algo mientras me ducho.
Regina sintió que enrojecía, pero se felicitó por conseguir no apartar la mirada de su cara.
—«Amante».
Robin sonrió más.
— ¿Amante?
Regina se levantó.
—Sí. Me imagino que precisamente tú no tendrás problemas para crear una campaña efectiva.
—Oye, Regina, no me estarás insultando, ¿verdad?
Por su expresión estaba claro que sabía que le había insultado, pero evidentemente, ella no iba a admitirlo.
—Estoy siendo completamente sincera contigo —mintió.
—Recuérdame que alguna vez juguemos al póquer mentiroso. Lo que piensas se te ve perfectamente en la cara.
—Al menos yo pienso —espetó, pero rápidamente se cubrió la boca con la mano—. Lo siento. No tenía por qué haber dicho algo así.
Él se rió.
—Cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes, siempre das marcha atrás.
No estaba muy segura de qué quería decir con «interesante», pero no iba a perder el tiempo en imaginárselo.
—Tengo que irme —dijo y no esperó a que respondiera, sino que salió sin más.
Estaba segura de que se presentaría en la oficina con aspecto respetable. Sexy como el mismísimo diablo, por supuesto, pero respetable. Y si Zelena Waldorf no pasaba de los ochenta, caería en las redes del encanto de Robin en menos de diez minutos.
Mientras caminaba por el pasillo hacia el ascensor, oyó abrirse una puerta a su espalda.
—Oye, Regina —la llamó.
No quería darse la vuelta, pero como volvió a llamarla, no le quedó más remedio.
— ¿Qué?
Durante unos segundos se limitó a mirarla, lo cual la ponía muy nerviosa y tras pasar el peso de un pie al otro y estirarse instintivamente la falda de su traje azul marino, volvió a preguntar:
— ¿Qué?
—Gracias por conseguir esta oportunidad —dijo.
Regina se lo quedó mirando sin saber qué decir. Condenado manipulador. Pretendía que se sintiera culpable por haberse comportado así.
—De nada. Y eh… siento lo de mi comentario —contestó.
Robin volvió a sonreír.
—No lo sientes en absoluto.
Se quedó apoyado en la puerta. Sexo puro embutido en unos vaqueros. No sabía qué decir, porque tenía razón: no lamentaba lo que había dicho. Si había un hombre que podía vender un perfume llamado "Amante", era Robin de Locksley.
—Como quieras —dijo al fin—. Nos veremos en la oficina dentro de treinta minutos.
Las puertas del ascensor se abrieron y miró hacia atrás. Robin seguía allí.
—Oye, Regina —le gritó.
Ella frunció el ceño y sujetó las puertas del ascensor.
— ¿Qué quieres ahora?
—Tardaré una hora en llegar a la oficina. Es que no va a ser fácil deshacerme del harén que tengo en el dormitorio.
Con un gemido, Regina soltó la puerta y cuando se cerraba oyó la carcajada de Robin en el pasillo.
¡Cómo odiaba a aquel hombre!
