Cada día la misma rutina: subir a lo alto de la Sede de Osadía, esperar al tren, saltar en su interior, ir a las clases... por el rabillo del ojo podía ver como Nyxia, con un gesto inexpresivo, el mismo que ponía cuando se concentraba, esperaba con los ojos fijos en la vía a que llegara el tren para tomarlo, como hacíamos siempre. Conocía lo suficientemente bien a mi hermana como para saber que ella gozaba con esos actos donde prácticamente se arriesgaba la vida, y como ella, los demás miembros de la Facción.

Bien es cierto que, como su mismo nombre indica, los miembros de Osadía nunca temen en arriesgarse por tener un poco de adrenalina, pero yo, sinceramente, no podía ponerme en su lugar. ¿Qué le encontraba de divertido a la idea de jugarse el cuello solo por tener algunas emociones fuertes?

La verdad es que a mi tampoco me había importado mucho en el pasado el hecho de que nuestra Facción era la que menos importancia le daba a la vida; había venido participando en todas las arriesgadas carreras que los chicos de mi edad celebraban a lo largo del Foso, había saltado dentro de los trenes con maquinal habilidad, y en una ocasión llegué a colgarme sobre las barras que limitaban el Abismo, solo por el simple placer del riesgo, pero después de lo sucedido a aquel chico el año pasado, justo cuando íbamos a tomar el tren...

Sacudí la cabeza con fuerza, puesto que no era recomendable pensar en eso justo cuando tú misma te dispones a hacer algo que en el pasado le costó la vida a uno de tus amigos. Alexander había crecido prácticamente con mi hermana y conmigo, como uno más de la familia; era casi tan inconsciente como Nyxia a la hora de arriesgarse, una inconsciencia que le costó la vida al caer contra el pavimento desde lo alto de la sede de nuestra Facción, cuando ambos se disponían a tomar el tren. La imagen de su cuerpo dislocado sobre el asfalto, yaciendo sobre un charco de su propia sangre, me había hecho plantearme muchas cosas sobre nuestros actos, cosas que se fueron enraizando en mi interior cuando vi como los demás miembros de Osadía no lamentaban la pérdida del fallecido, sino que celebraban su arrojo ante tal proeza que le había costado la vida. Mi hermana no llegó a derramar ni una sola lágrima por él.

El chirrido de las ruedas sobre los raíles es la señal que nuestro grupo esperaba, pues significa que el tren se acerca. Y en efecto, no tardo en ver como el primer vagón aparece tras doblar una curva, acercándose hacia nosotros, aminorando la marcha, pero nunca llegando a parar del todo. Con un griterío jubiloso, el mismo de cada día, todos los chicos comienzan a correr en paralelo al ferrocarril, saltando a su interior como una especie de marea organizada. Como siempre, de nosotras dos, es Xia la primera que se lanza contra el vehículo, para seguirla yo a los pocos segundos, cayendo con un golpe sordo sobre el suelo del mismo, a pocos pasos de mi hermana, que ya se encontraba en pie.

—¡Qué estilo, Ainia!— bromeó un chico con ambas cejas perforadas, buen amigo de mi hermana, el cual respondía al nombre de Budd —¡Un poco más y te tatúas las líneas del suelo en la barbilla!

Todo el vagón irrumpió en carcajadas, mientras que me incorporaba y miraba con gesto pensativo los edificios que pasaban tras la ventanilla. Se suponía que debería disfrutar de estas actividades, como el resto de los chicos de Osadía, pero desde lo que le aconteció a Alexander no había vuelto a mirar a la Facción con los mismos ojos. Lo cierto era que nunca lo había dicho en voz alta, pero me estaba planteando seriamente dejar Osadía cuando en cuestión de semanas tuviéramos la Ceremonia de Elección, aunque no tenía muy claro que Facción elegiría para trasferirme. Lo que sí sabía a ciencia cierta era que mis padres no se iban a tomar nada bien esa decisión, pero al menos les quedaría mi hermana, la cual si parecía Osadía de los pies a la cabeza.

—No seas imbécil— la dura voz de Nyxia se alzó sobre los comentarios de los demás —No me obligues a empujarte al Abismo cuando estés dormido.

—Como si fueras capaz de hacer eso— rebatió el aludido —Tú no te atreverías ni a lanzarme un cuchillo...

—¿¡Qué no!? ¡Eso está por ver...!

Una nueva pelea, el pan nuestro de cada día, volvió a iniciarse en el vagón, al mismo tiempo que trataba de mantenerme al margen. No me gustaba discutir, mientras que los demás casi parecían lobos discutiéndose una presa codiciada. Si no acababan a puñetazos, sería un milagro; pero viendo las ganas de gresca que siempre tenían, tanto Nyxia como Budd, estaba casi segura de que antes de que llegáramos a nuestro destino, uno de los dos acabaría con un buen cardenal en el rostro.

—¿Quién crees que empezará primero?— una chica con el pelo teñido de negro y azul se acercó a mí. La había tratado alguna que otra vez, pero no era alguien a quien pudiera considerar como amiga mía —¿Nyxia o Budd? Yo creo que este último parece más enfadado hoy...

Me encogí de hombro, sin quitarle ojo a los contendientes, que se miraban con el ceño fruncido, casi a punto de abalanzarse sobre el otro. Finalmente, vimos como Budd, con un movimiento que hizo que su cola de caballo rubia ondeara en el aire, se abalanzó sobre mi hermana, soltándole un puñetazo en la mejilla. Los gritos de los espectadores que observaban el rifirrafe no tardaron en hacerse oír mientras que Budd y Nyxia lanzaban puñetazos a diestro y siniestro.


El monótono sonido de la campana fue la señal de que la clase de Historia de las Facciones había llegado a su termino. Con un gesto perezoso, deslicé el libro en el interior de mi cartera, mientras que mi hermana, con un cardenal en ciernes bajo su ojo izquierdo, lanzaba una mirada asesina hacia una chica Sinceridad que observaba con curiosidad el rostro de la misma.

—Pareces un panda— señaló, mientras que se ajustaba la camisa blanca sobre la falda negra que llevaba. Me parecía graciosa la combinación de colores que usaban en esa Facción, tratando de decir que la verdad era solo blanca o negra, no gris —¡Solo te faltan las orejitas redondas!

Una carcajada general resonó en el aula, pero la chica que la había provocado no parecía querer tal cosa. Todos sabíamos que los Sinceridad solían ser personas que decían lo que pensaban sin tapujos, aunque ese mismo motivo hacía que muchos no quisieran tener tratos con ellos. Cuando tienes al lado a una persona que siempre dice lo que piensa, sin apenas molestarse en plantearse que dichos pensamientos pueden serte molestos, puedes acabar perdiendo la paciencia y estallando.

—No creo que Xia vaya a permitir que la traten así— señaló alguien a mis espaldas. No era necesario girarme para saber quien había sido, pero del mismo modo hice lo propio, topándome cara a cara con un chico de pelo negro y espeso y ojos grises, vestido con el jersey amarillo y los pantalones rojos propios de la Facción Concordia. Se trataba de Samuel, un chico Concordia con el que me llevaba bastante bien desde que en la clase de Ciencias nos designaron como compañeros de pupitre. A algunos chicos de mi Facción no les agradaba que yo me llevara tan bien con alguien que no era de los nuestros, pero adoraba el carácter amable y cordial de Sam, que a mi parecer era como un remanso de paz frente al irascible comportamiento de los miembros de Osadía.

—Hoy está de mal humor, Sam; ya ves que ha vuelto a participar en una pelea a puño limpio.

—¿Otra vez?— una chica Sinceridad, con las habituales prendas de la Facción y con el cabello rubio recogido en una larga trenza se acercó a nosotros. Sam la saludó con un gesto de la mano, mientras que yo me limité a dedicarle una inclinación de cabeza como deferencia. Respondía al nombre de Sally, y podría considerarse alguien más de nuestro "extraño" grupo —Bueno, no sé de que me sorprendo, si he de ser sincera. Parece como si a los miembros de Osadía os hirviera la sangre en las venas si estáis mucho tiempo inactivos.

—No seas descortés- la regañó Sam, mientras que ambos bajábamos por el pasillo, en dirección al comedor del edificio —Ainia es una Osadía y no anda metida en tantos líos.

—Porque no es una "verdadera" Osadía— rebatió la chica con tono petulante —No te lo tomes a mal, pero me apuesto el cuello a que cuando pase una semana dejarás esa Facción para unirte a otra.

Enmudecí, rogando en mi interior para que las palabras de Sally no llegaran a oídos de algún conocido de mi familia. Cuando tus padres creen que la Facción está ligada a la sangre, es complicado hablar de la idea de que quizás me fuera a una Facción diferente. Ambos creían en que nuestro apellido, Riverside, estaba ligado íntegramente a Osadía. Seguro que no verían con buenos ojos que un Riverside no vistiera las ropas negras habituales de nuestra Facción, ya de por sí miraban con malos ojos mi cuerpo libre de tinta y de perforaciones. Teniendo en cuenta su forma de pensar, ¿cómo le iba a decir que me estaba planteando en mi fuero interno irme de Osadía, seguramente para intentar integrarme en Concordia? Aquella idea estaba brotando en mi interior desde hacía meses, conforme veía que la fecha de la Ceremonia se iba acercando. Dentro de unos días iba a tener que elegir entre ser fiel a mi familia o buscarme una nueva Facción, pero no estaba segura de que decisión iba a tomar. Solo esperaba que, pasara lo que pasase aquel día, tomara la decisión correcta y mi familia no se molestase si esta era abandonarlos.