Disclaimer: La historia y los personajes no me pertenecen, sus creadoras son Helen Brook y Stephanie Meyer respectivamente.
Capítulo 2
Cuando Alice abrió la puerta del dormitorio para bajar, vio que la criada estaba esperándola al final del rellano. Alice sonrió.
–Ah, signorina. Si es tan amable de acompañarme… El signor está esperando.
Alice asintió y la siguió escaleras abajo. Después de atravesar el vestíbulo, la criada llamó a una puerta, la abrió y se hizo a un lado para que Alice pudiera pasar. El salón era aún más hermoso de lo que ella había imaginado. Techos altos, suelos de madera cubiertos con gruesas alfombras, elegantes muebles y carísimas cortinas acompañados de exquisitos cuadros que colgaban de la pared. Los enormes ventanales daban al jardín. En el patio, una fuente tintineaba bajo el tórrido calor de la tarde.
Sin embargo, todo esto solo ocupaba la parte exterior del pensamiento de Alice. Todos sus sentidos estaban prendados del hombre que acababa de levantarse de un sillón y que le decía:
–Ven a sentarte y a tomar algo. ¿Quieres café o tal vez una bebida fría? ¿Zumo de naranja? ¿De piña? ¿De mango?
–Un café, por favor –dijo ella mientras tomaba asiento en un sillón frente al que ocupaba Jasper.
Sobre la mesa de café, había una amplia selección de pasteles y tartas. El aroma del espresso que él estaba tomando era muy fuerte. Jasper iba ataviado con unos ampliospantalones, una camisa de algodón gris que le sentaban tan bien que garantizaban que el corazón de cualquier mujer se aceleraría solo con verlo.
Jasper no se sentó hasta que ella no hubo tomado asiento. Entonces, le sirvió un café y le indicó la leche, la crema y el azúcar.
–Sírvete.
–Gracias. Lo tomo solo.
–Es la mejor manera –dijo él con una sonrisa.
Los latidos del corazón de Alice, que acababan de volver a la normalidad, volvieron a acelerarse. Cuando observó las delicias que adornaban la mesa, descubrió que tenía mucha hambre. Tomó uno de los pastelillos y suspiró. Debía de ser maravilloso disfrutar de una vida tan privilegiada, libre de las preocupaciones y de los problemas que afectan a la mayoría de la gente. Jasper Hale solo tenía que mover un dedo para que se cumplieran todos sus deseos.
–He hablado con la empresa de vehículos de alquiler mientras estabas arriba, pero no podrán enviar otro coche hasta dentro de veinticuatro horas.
Alice estuvo a punto de atragantarse con el pastel.
–¿Veinticuatro horas?
–No es demasiado tiempo, a menos que tengas una cita urgente.
–No, pero… no puedo seguir abusando de tu hospitalidad –dijo, sin saber cómo decir más directamente que no tenía intención de quedarse en aquella casa durante veinticuatro horas.
–Ni lo menciones. Eres más que bienvenida aquí. Siento mucho que hayas tenido una experiencia tan mala mientras que visitas mi hermoso país. Déjame que te compense ofreciéndote la seguridad de mi casa hasta que llegue el coche nuevo.
¿Cómo podía negarse Alice a tal ofrecimiento?
Al final no tuvo que decir nada porque la puerta del salón se abrió. Los dos se volvieron al mismo tiempo para ver entrar a una voluptuosa joven, que permaneció en el umbral observándolos con las manos en las caderas y echando fuego por los ojos. Alice no necesitó entender italiano para comprender que se estaba produciendo una discusión. Por alguna razón, la muchacha estaba furiosa con Jasper y no tenía miedo de decírselo a pesar del enojo que él mostraba.
Él le respondió algo en italiano, que detuvo el intercambio de palabras, pero no impidió que la muchacha siguiera observándolo con enfado.
–Ruego que nos disculpes –le dijo él a Alice –. Mi hermana no suele tener tan malos modales. Dejadme que os presente. Alice, esta es mi hermana Rosalie. Rosalie, te presento a Alice, una invitada de Inglaterra que se merece más cortesía de la que le has mostrado.
Alice vio que la hermana de Jasper estaba luchando por controlarse. A pesar de todo, dio un paso al frente y forzó una sonrisa mientras extendía la mano y decía:
–Lo siento. No sabía que había nadie con Jasper o que estábamos esperando un invitado.
Alice le devolvió la sonrisa.
–No me estabais esperando –dijo mientras estrechaba la mano de la joven–. Me temo que me metí en vuestra finca por error y que mi coche se estropeó, por lo que debería ser yo la que se disculpe por entrometerme.
Unos intensos ojos azules, que adornaban un rostro muy hermoso, observaron a Alice durante un instante. Entonces, Rosalie sonrió.
–No, soy yo la que debe disculparse –insistió–. Te aseguro que eres más que bienvenida, Alice de Inglaterra. ¿Dónde está tu coche? –añadió–. No lo he visto.
–Está en algún lugar de por ahí –respondió Alice mientras señalaba vagamente en dirección a la carretera–. Me temo que está bloqueando la carretera. Aparentemente, me vaciaron el depósito en la última ciudad en la que me detuve.
–Te aseguro que no importa, Alice. Tenemos más de una entrada a la finca –le explicó Rosalie–. ¿Te vas a quedar a cenar?
–Alice se va a quedar a pasar la noche hasta que la empresa de coches de alquiler pueda entregarle un vehículo nuevo –dijo Jasper con frialdad.
–En ese caso, te veré más tarde. Me marcho a mi dormitorio a descansar –replicó Rosalie. Con eso, se dio la vuelta. El largo cabello rubio, que le llegaba hasta la cintura, le caía como una cortina sobre la espalda Alice tomó su taza de café. No sabía qué decir.
Evidentemente, ambos hermanos habían discutido por algo.
–Tu hermana es muy hermosa –comentó Alice, con la intención de aliviar el cargado ambiente.
–Y muy independiente –rugió él. Entonces, se mesó el cabello con una mano–. Scusi. Ahora soy yo el que tiene malos modales, ¿verdad? Pero es que Rosalie pone a prueba mi paciencia.
Alice tenía la sensación de que la paciencia no era uno de los mejores atributos de Jasper. Se notaba que era un hombre que estaba acostumbrada a hacer que la gente bailara al son que él tocara sin cuestionarle, lo que provocó que Alice se pusiera inmediatamente del lado de su hermana.
–No creo que, necesariamente, sea malo que una mujer sea fuerte e independiente. Después de todo, estamos viviendo en el siglo XXI.
–¿Cuántos años crees que tiene mi hermana?
–No sé… ¿Mi edad? ¿Unos veinticinco años?
–Rosalie cumplirá diecisiete en su próximo cumpleaños, que es dentro de cuatro meses. Aunque tiene el cuerpo de una mujer madura, te aseguro que tiene la mentalidad de una niña de dieciséis, una niña obstinada y despreocupada de dieciséis años. Nuestros padres murieron cuando ella era aún muy pequeña y yo soy su tutor desde entonces. Sin embargo, a lo largo de los últimos años ha sido una batalla. Hay un muchacho –admitió–. Ella se ha estado viendo con él en secreto cuando se suponía que estaba con sus amigas.
–Eso es algo natural a su edad.
–Rosalie es una Hale –replicó él–. Sabe que no habrá chicos hasta que cumpla los dieciocho años y que entonces tendrá que ir acompañada. Hacer algo así es imperdonable.
Alice lo miró incrédula.
–Eso es ridículo.
–Tal vez lo sea en Inglaterra, pero no en Italia ni entre las chicas de buena familia. Va a un colegio muy exclusivo, en el que se supervisa a las chicas en todo momento. Cuando cumpla los dieciocho años, cualquier pretendiente tendrá que dirigirse a mí primero. Es para su protección. Ahora, dado que no puedo confiar en ella, mi ama de llaves tendrá que acompañarla cada vez que salga de casa. Es un gran inconveniente.
–¿Y ella? ¿Y Rosalie? –le preguntó Alice, completamente indignada–. Si tiene que ir a ver a sus amigos acompañada del ama de llaves, debe de estar sintiéndose muy avergonzada. Me parece algo cruel.
Jasper le dedicó una terrible mirada de desaprobación. No obstante, se contuvo perfectamente.
–Eres una invitada en mi casa, signorina. No debo apesadumbrarte con mis problemas. Ahora, si me perdonas, tengo algunos asuntos de los que ocuparme. Te ruego que te sientas como en tu casa y que pidas todo lo que desees. La piscina y el jardín están a tu disposición, por supuesto. La cena se sirve a las siete en punto.
Se marchó del salón antes de que Alice pudiera responder. ¡Qué hombre más arrogante, horrible y machista! ¡Y pobre Rosalie! Las mejillas de Alice ardían de furia. Jasper tenía presa a su hermana en una jaula, aunque esta fuera de oro. Se comportaba como si estuviera viviendo doscientos o trescientos años atrás, cuando las mujeres no tenían ni derechos ni voz propia.
Después de permanecer allí sentada un rato, terminándose su café y saboreando tres deliciosos pastelillos más, decidió que le apetecía mucho salir al patio, a pesar del calor. Un baño en la magnífica piscina sería una delicia.
Se marchó del salón y consiguió regresar a su dormitorio. Allí, se puso un sencillo bañador negro. También tenía dos biquinis, pero los dos eran bastante escasos de tela. Por alguna razón, el hecho de aparecer medio desnuda en la casa de Jasper, le parecía impensable. Completó su atuendo con un pareo de colores. Cuando tuvo las piernas tapadas, se sintió mucho mejor.
Cuando estuvo preparada, se sentó en la cama y miró a su alrededor. Se sentía un poco culpable por el modo en el que se había comportado. Jasper había sido muy amable al ofrecerle refugio y creía que no le había dado las gracias ni una sola vez por ello. Además, no era propio de ella mostrarse tan antagónica. De hecho, Alice era más bien lo contrario.
El hecho de que Jasper fuera tan arrogante, tan seguro de sí mismo y tan masculino, no excusaba su ingratitud. Tendría que disculparse y darle las gracias adecuadamente cuando volviera a verlo. Tal vez aquella noche durante la cena. Al día siguiente, cuando por fin llegara su coche de sustitución, le daría de nuevo las gracias por su hospitalidad e interpondría tantos kilómetros entre ellos como le fuera posible.
Tras ponerse unas chanclas, salió de su dormitorio y se dirigió a la planta de abajo. Una vez allí, miró a su alrededor, mientras se preguntaba por dónde se iba a la piscina. Entonces, se abrió una puerta en el vestíbulo y salió una mujer de aspecto severo, cabello canoso y completamente vestida de negro.
Al verla, la mujer se dirigió a Alice con una cortés sonrisa en su severo rostro.
–Signorina, ¿puedo ayudarla en algo? ¿Necesita algo?
–El señor Hale me dijo que podía utilizar la piscina –dijo Alice. No sabía si el ama de llaves conocía sus circunstancias–. Voy a pasar la noche aquí. Mi coche…
–Sí, sí, signorina –repuso la mujer con una ligera impaciencia–. Lo sé. El signore me ha informado de su situación. ¿Tiene todo lo que necesita en su dormitorio?
–Sí, gracias –replicó Alice. De repente, se compadeció mucho de la pobre Rosalie por tener que ir siempre con aquella mujer.
–Si quiere acompañarme, signorina…
Sin más, la mujer se dio la vuelta y se dirigió a una puerta que conducía a una soleada estancia que daba también al jardín. Allí, abrió un armario y sacó dos enormes y esponjosas toallas de playa, que entregó a Alice.
–La piscina, ¿verdad? –añadió. Entonces, señaló hacia las puertas que daban al jardín–. Dentro de un rato, le enviaré a Gilda o a Rosa con algo fresco para beber.
–Le ruego que no se tome ninguna molestia en mi nombre. Estoy bien, de verdad.
–No es molestia alguna, signorina.
El duro rostro no se había suavizado ni un ápice. Alice se sintió como si volviera a tener cinco años y una profesora le estuviera regañando por algo malo que había hecho. No obstante, le dio las gracias de nuevo al ama de llaves y salió al jardín.
La calidad de la luz y la intensidad del color que había notado desde que llegó a Italia, parecían incluso más intensos en aquel jardín. Respiró profundamente el perfumado aire. La piscina era enorme y contaba con una zona pavimentada sobre la que había varias hamacas, tumbonas y sofás de jardín organizados en torno a mesas de mármol, unos bajo sombrillas y otros aprovechando la sombra de los árboles. Otros quedaban a pleno sol. Era el lugar perfecto para echarse una siesta.
Dejó sus cosas en una hamaca que quedaba entre sol y sombra, se quitó el pareo y se dirigió a la piscina. Allí, se sumergió limpiamente en el agua. Entonces, cortó el agua con poderosas brazadas. Se sentía viva. Desde que era pequeña, siempre le había gustado mucho nadar. Era el único deporte en el que había destacado, al contrario de Heidi, a la que se le daba bien todo.
Se sintió enojada consigo misma por haber dejado que la imagen de Heidi se entrometiera en aquel instante de relax. Se dejó llevar por la sensación del agua fresca y del calor del sol. Realizó varios largos hasta que, diez minutos después, estaba completamente agotada. Entonces, salió de la piscina y se envolvió una de las toallas alrededor de la cintura. La otra la colocó sobre la hamaca. En aquel momento, Rosa apareció con una bandeja que contenía una jarra de zumo de frutas muy frío y un pequeño plato de pastas.
Después de dar las gracias a la doncella, se sirvió un vaso de zumo y se comió unas pastas. Entonces, se tumbó en la hamaca con la intención de dormir un rato. Desgraciadamente, no pudo evitar revivir la última escena que había vivido con Heidi y Peter. Todo había sido tan desagradable… Se sentó en la tumbona, enojada y disgustada al mismo tiempo por su debilidad. Todo había terminado. Había decidido que no volvería a aceptar a Peter ni aunque viniera envuelto en papel de regalo. Tenía que dejar de vivir en el pasado. No merecía la pena.
–Alice –le dijo una voz femenina sacándole de aquel laberinto de pensamientos. Era Rosalie. Ceñía su voluptuosa figura con un biquini de color morado–. ¿Te encuentras bien?
–Sí, sí, estoy bien –replicó Alice con rapidez–. Estaba pensando. Eso es todo.
Rosalie se sentó en una tumbona a su lado.
–¿Pensamientos desagradables?
–Podríamos decir eso.
–Perdóname. No quería husmear.
–No, no. No importa. Estaba enamorada de alguien y ese alguien me dejó por otra persona. Tan sencillo como eso.
–Jamás es sencillo.
–Tienes razón. Jamás lo es.
–¿Quieres hablar al respecto?
A Rosalie le sorprendió mucho que, efectivamente, deseara hacerlo, seguramente porque, hasta aquel momento, no se había abierto con nadie.
–Yo trabajaba con Peter. Éramos buenos amigos y, luego, empezamos a salir juntos. Yo… yo pensé que era diferente a la mayoría de los hombres. Me pareció que podía confiar en él. Llevábamos juntos unos seis meses y las cosas iban bastante en serio. De hecho, habíamos empezado a hablar de compromiso. Yo pensé que lo mejor sería que lo llevara a la casa de mi madre y se lo presentara a mi familia.
–¿No lo habías hecho hasta entonces? –preguntó Rosalie, muy sorprendida.
–No. Mi padre murió hace unos años y yo no me llevo bien con mi madre y mi hermana. Mi hermana vio a Peter y decidió que lo quería para ella. Un par de semanas más tarde, él me dijo que había estado viéndola las noches que no salía conmigo y que se había enamorado de ella.
–¿Tu hermana no te lo dijo?
–Ella vive en casa con mi madre. Yo vivo, vivía, en un estudio y no nos veíamos nunca. Heidi es un año mayor que yo y fue siempre la más guapa, la más lista y la favorita de mi madre. Por alguna razón, incluso de niñas, siempre quería lo que yo tenía y mi madre insistía en que yo se lo diera. Regalos, ropa, lo que fuera. Incluso los amigos. Cuando me marché a estudiar a la universidad, me dije que no regresaría a mi casa.
–¿Te había hecho tu hermana esto antes? Con un chico, me refiero.
–Sí. Por eso no les presenté a Peter hasta que estuve segura de él. Evidentemente, fue un error.
–Yo no lo creo, Alice. Evidentemente, ese Peter no era para ti. Un hombre que se comporta así no merece la pena. No tiene lo que hay que tener, ¿sabes? Tú te mereces algo mejor.
–Llegué a esa conclusión hace un tiempo. Tardé, pero un día en el trabajo lo miré y no me gustó lo que vi. Decidí que quería un cambio, un cambio de verdad. Por lo tanto, me despedí de mi trabajo, le dije a mi casera que me mudaba, saqué todos mis ahorros y decidí viajar un tiempo. Italia es mi primer destino, pero tengo la intención de visitar todo el Mediterráneo y luego, ¿quién sabe? Mi madre me dijo que estaba teniendo una pataleta cuando la llamé para decirle lo que tenía intención de hacer. Dijo que era una ridícula y una impetuosa y que no la llamara si me metía en líos. Por supuesto, yo nunca lo habría hecho.
–No parecen buenas personas –dijo Rosalie.
–No lo son. Mi padre, por el contrario, era un amor. Al menos, siempre tuve un aliado en él cuando era una niña. Era más que un padre. Era también mi mejor amigo.
–Un hogar dividido… eso no es bueno. Debió de ser muy doloroso para ti.
–Admito que no tuve una infancia muy feliz, pero sí mejor que la de otros. Algunos niños no tienen a nadie.
Rosalie asintió.
–Yo tan solo tengo vagos recuerdos de mis padres, aunque sí tengo las películas… ¿Se dice así? En ellas salimos todos antes del accidente.
–Vídeos domésticos.
–Eso. Jasper nació un año después de que mis padres se casaran, pero no venían más bambini. Mi mamma… Perdona, mi madre estaba muy triste. Consultaron con muchos médicos. Entonces, cuando habían perdido toda esperanza, nací yo el día en el que Jasper cumplía veintiún años. Jasper me ha dicho siempre que la fiesta duró varios días y que todo el mundo estaba muy contento. Que nunca tuvo otro regalo que pudiera superarme a mí.
–Lo comprendo…
–Entonces, ocurrió el accidente de coche. Yo solo tenía seis años. Jasper estaba a punto de casarse. Mariarina, su prometida, no quería venir a vivir aquí así que Jasper le regaló la casa que había comprado para ellos en Matera y, después de un tiempo, Maria se casó con otro hombre. No me cae bien.
–¿Significa eso que sigues viendo a Maria?
–Sí. Se casó con uno de los amigos de Jasper. Garrett es un hombre muy agradable. No se merece tener como esposa a una mujer como ella.
–¿Y a Jasper no le importó que se casara con un amigo suyo?
–No lo sé. Sé que se pelearon porque Jasper no quería que mi abuela se ocupara de criarme. Él sabía que mis padres habrían querido que yo siguiera viviendo aquí, bajo la protección de mi hermano.
–Debe de quererte mucho –comentó Alice. Le sorprendía aquella faceta de la personalidad de Jasper, que no encajaba con la imagen que ella se había hecho de él.
–Sí. Yo también lo quiero mucho a él, aunque es el más… Hace que me sienta furiosa – dijo, tras decir una larga retahíla de palabras en italiano, de las que Alice no entendió nada–. Cree que sigo siendo una niña, pero no lo soy. No quiero hacer lo que él quiere que haga.
–¿Y qué es lo que quieres hacer tú?
–Yo quiero estar con Emmet. Quiero ser su esposa, pero Emmet es pobre, al menos comparado con nosotros y con las familias de las chicas de mi colegio. Su familia tiene un pequeño viñedo que linda con nuestra finca y una casa preciosa. Producen un buen vino tinto, pero Jasper nos ha prohibido que nos veamos.
–Tal vez crea que eres demasiado joven para pensar en casarte –comentó Alice. En realidad, ella estaba de acuerdo con Jasper en aquel punto. Después de todo, Rosalie solo tenía dieciséis años.
–Conozco a Emmet de toda la vida y sé que no habrá nadie más para ninguno de los dos. Él no es un muchacho. Va a cumplir diecinueve años este verano. Es un hombre ya, y de los buenos. Yo sería capaz de escaparme para casarme con él, pero Emmet no quiere ni oír hablar de eso –comentó, entre sollozos–. Cuando me marche a la escuela superior, no lo veré en mucho tiempo y no puedo soportarlo. Preferiría matarme.
–Rosalie –dijo Alice. Se levantó de su hamaca y se arrodilló frente a la muchacha–. Si os queréis tanto como decís, todo saldrá bien. Sé que estas palabras no te sirven de mucho consuelo ahora, pero seguís siendo muy jóvenes.
–Yo no me siento joven. Creo que nunca me he sentido tan joven como lo son mis amigas. Siempre me he sentido diferente. Y sé lo que quiero, Alice. Quiero casarme con Emmet y tener hijos con él. Es lo que siempre he querido. Para mí no cuenta otra cosa.
–En ese caso, te aseguro que ocurrirá –afirmó Alice mientras le agarraba una mano y se la apretaba con fuerza–. Cuando llegue el momento. Él te esperará si es el hombre adecuado para ti.
Estuvieron hablando un rato más. Alice le contó a Rosalie que ella había estado trabajando en marketing, pero que estaba considerando cambiar de profesión cuando regresara a Inglaterra.
–Yo estudié Empresariales, pero me parecen más interesantes los servicios sociales. No estoy segura. El tiempo lo dirá. Por ahora, solo pienso en los meses que me quedan para seguir viajando.
Rosalie asintió, pero evidentemente no le interesaba hablar de trabajo. Empezó a contarle a Alice lo maravilloso que era Emmet.
–Jamás ha mirado a otra chica. Lo sé –dijo apasionadamente–. Yo jamás podría amar a otro hombre. Es una tontería hacernos esperar. Se lo digo constantemente a Jasper, pero no quiere escucharme. Tiene el corazón de hielo, no de fuego.
Después de un rato, las dos se acomodaron para tomar una siesta a la sombra de los árboles. Alice no se podía creer que le hubiera hablado a una mujer casi desconocida de Peter y Heidi, aunque tal vez le había resultado tan fácil precisamente porque Rosalie era una desconocida. Ese hecho y también el de verse en un ambiente tan hermoso y tan maravilloso.
Mientras el sueño comenzaba a apoderarse de ella, pensó que parecía que lo hubiera dejado todo atrás. Era como si se hubiera transportado a otra dimensión, una dimensión en la que reinaba un señor autocrático y misterioso con el corazón de piedra.
¡Segundo capitulo! espero le haya gustado :)
XOXO.
