A Mr. Dommer, Dinamarca.

Inglaterra, 1 de septiembre de 1867.

Heme aquí, una vez más.

¿Sabes qué soy en estos momentos? Un desgraciado que nada más no respeta a la vida. ¿Qué soy yo para el mundo ahora? ¿Seré yo de pensamiento demasiado racional, o es el mismo el que está cambiando exorbitante?Dime algo, lo que sea, pero puedo aclararte una cosa: quizás no pertenezco aquí.

Hace algunos días te mencioné que las cosas iban mal ¿verdad?, pues realmente quisiera por un día lograr olvidarme de todo.

Tranquilo, no he matado a nadie. Me considero lo autosuficiente como para saber cuáles líneas cruzar y cuáles no. Otro atributo tuyo.

Tuve que asentarme en el corazón de Londres hace algunos días para tratar unos asuntos de mi padre, quien cada día se encuentra más mal. Si estuvieras, él se alegraría tanto de verte… pero no recaeré en el mismo tema, es suficiente. Asistí a esas tantas juntas con los más altos aristocráticos, no hablamos otra cosa que de negocios y otros puntos. La verdad es que no tengo problema en sociabilizar, hay gente que jamás percaté que desea entrar a esto del nuevo mundo y no faltan quienes llegan para aprovecharse. No me sorprende que el rumor que nuestro linaje esté en posible crisis, haya llegado a los oídos de otros, desgraciados infames. Tuve que hacer presencia, por supuesto, todo es mejorable, y no dejaré que esto nos arruine.

Sin embargo, no me quedé por mucho en esa noche, quise respirar algo, estar solo, pero yo mismo busqué aquella soledad que anhelaba urgente. Me paseé por las oscuras y frías calles de la capital, sin compañía de nadie, siquiera de una dama. Quise perderme, puedo jurarlo, si es que creyera en algo… pero fue algo en ese instante, un algo inexplicable, lo me llevó a girar por cierta calle en los que mis sentidos no se pudieron negar. Tú dirás, ¿por qué y qué será? Y si algo he de decirte, es que por los oídos hay algo de hechizo a quienes nos seducen a través de la música. Y bien sabes lo poco que me gusta.

No había mucha gente, poca transitaba a esas horas, pero yo me pregunté: ¿quiénes serán, bendito Dios, si es que existes, aquellos quienes tocan esa seductora melodía? Y es que mi respuesta estaba allí, alumbrados bajo una tenue luz de velas de par en par apoyados en una pared. Una música, que ni los dioses tendrían en sus moradas, música en la que en ningún entonces algún hombre se dignó a escuchar.

Pálida como el marfil, y hermosa, diría yo, tal como Artemisa era descrita en los antiguos mitos; se presentaba majestuosa una joven muchacha a mitad con una magnánima arpa. Su acompañante, un maestro del violín, dedicaba esplendorosas serenatas a las estrellas. Magnífico, completamente magnífico. Y es que eran sus ojos, los de ella, tan cautivadores y atrapantes, que alguna clase de embrujo tendrían. Me detuve un rato, sólo un rato para poder escucharles; ella tenía unas manos finas, me las imaginaba dóciles, y su largo cabello reluciente como el firmamento que nos veía entonces.

Mas me asaltó una duda, y era si acaso el otro muchacho (el que se encontraba a su lado), sería algún familiar o alguien con quien ella compartiera su corazón. Debo admitir que en algo tenían su parentesco, pues ambos compartían la misma piel. Pero, no atormentaré a mi pobre mentalidad, lo más probable es que moriré solo si mi padre sigue preguntándome cuándo me casaré y le daré descendencia de una joven lady. Solamente me queda decirte, es que fracasé hoy.

Así que me alejé, hermano mío. Me alejé porque no quise correr riesgos.

Me fui teniendo en mi cabeza una colisión de pensamientos netamente duales; olvidar o no olvidar. Fue entonces que me apuré en llegar donde me asentaba, pero esa mirada y esas notas no me las pude sacar en toda la noche, ¡en toda la noche! Ella estaba ahí, cualquiera que sea su nombre, pero ahí estaba.

Jamás olvidaré sus arpegios que desenvolvían mi alma.

R. Dommer