Título: Antes de la tormenta...

Fandom: LHDP

Pareja: Pepa/Silvia

Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia. Yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.

Los comentarios y opiniones de cualquier índole son siempre bienvenidos. :)


Capítulo 2 – Antes de la tormenta…

El sol brillaba radiante en un cielo azul de verano, regalando un precioso día que contribuía con todo su esplendor al inmejorable humor de Pepa. Hoy iba a ser un día inolvidable, podía sentirlo en cada poro de su piel.

La morena dirigió su mirada hacia las personas que estaban reunidas allí con ella, y una sonrisa se plantó en su cara mientras fijaba los ojos en su familia. No había otro nombre para describir a la gente que se encontraba a su lado hoy, dispuestos a celebrar, en medio del caos que los rodeaba, su unión con Silvia.

Silvia. La sonrisa de Pepa se hizo más evidente todavía al pensar en la pelirroja, y es que en apenas una hora dejaría de ser la chica con la que había soñado toda su vida para convertirse en su mujer. Ese último pensamiento la dejó perpleja por un instante.

Se casaba, Pepa Miranda se casaba con Silvia Castro. Hoy, aquí, en este jardín lleno de lirios blancos que lo adornaban todo a la perfección para el día de su boda. De repente, todo parecía dar vueltas muy deprisa a su alrededor, las voces de su gente sonaban ahora lejanas, y una capa de sudor frío empezó a recorrerle la espalda. Su respiración se aceleraba por momentos y empezaba a ser consciente de que si no hacía algo por controlarla, iba a terminar desmayada en el suelo.

En medio de su pánico momentáneo notó como una mano le apretaba el hombro a la vez que una voz parecía atravesar ese caos de sonidos que retumbaba en sus oídos. Aún con la respiración disparada giró su cabeza siguiendo el sonido de esa voz que parecía llamarla. –¡…pa. Pepa! –La cara de Paco se hizo por fin nítida ante su mirada borrosa. –¡Hermana! –Paco insistió, ahora con una leve sonrisa en los labios al ver que Pepa por fin reaccionaba. –Como sigas apretándome así la mano, voy a tener que empuñar la reglamentaría con la izquierda pa los restos. –Paco volvió a sonreírle mientras señalaba la mano que Pepa tenía aprisionada con la suya.

–Paco –titubeó la morena, que no sólo no aflojó la presión sino que apretó aún más fuerte la mano de su hermano–. Que me caso, ¡Paco! –Al hombre se le desdibujo la sonrisa al ver la angustia con la que lo contemplaban los ojos de Pepa. –¿Y si la cago otra vez? –Paco abrió la boca, pero no tuvo tiempo de contestar. –¿Y si no soy capaz de hacerla feliz, Paco? –De nuevo intentó responder para volver a ser interrumpido. –¿Y si…? –Las palabras de Pepa se frenaron en seco, y Paco observó como una miríada de emociones recorrían la cara de su hermana que había fijado la vista en algún punto detrás de él. Finalmente, una sonrisa de pura felicidad se reflejó en el rostro de Pepa, y Paco no tuvo que girarse para saber que su cuñada estaba al otro lado de esa mirada de adoración que adornaba los ojos de su hermana.

Silvia descendió los peldaños que la llevaban hasta la parte baja del jardín con la ayuda de su padre que la sujetaba del brazo; y era una suerte que su padre estuviera allí a su lado, porque con los nervios que recorrían todo su cuerpo, habría sido un milagro que la pelirroja hubiera llegado por su propio pié hasta donde la aguardaba su novia. Alzando la cabeza por un momento, se encontró con las caras sonrientes de toda su gente, reunida allí para compartir con ella y con Pepa el que iba a convertirse en uno de los momentos más importantes de sus vidas. Pepa, pensó, y por fin sus ojos la descubrieron entre los presentes, y cierto miedo se apoderó de Silvia al ver el gesto angustiado de la morena. Pero ese miedo desapareció por completo cuando el rostro de Pepa se rompió en una sonrisa preciosa destinada únicamente para ella. Los nervios de Silvia se tornaron en una explosión de felicidad que provocó que se estremeciera.

–¿Estás bien, cariño? –Fue la pregunta de su padre, que la miraba con cierto aire de preocupación. Silvia se obligó a apartar la vista de la imagen de Pepa por un instante para dirigirla hacia su padre con un gesto de incomprensión–. Estás temblando –le dijo él, explicándose. Y ante la sonrisa tímida que se le escapó a su hija, continuó–. Pero algo me dice que en esta ocasión no es por el miedo. ¿No, hija? –Silvia negó sin borrar la sonrisa de sus labios. –No, Papá –le contestó mientras apretaba su brazo afectuosamente y volvía a dirigir su mirada hacia donde la esperaba Pepa–. Yo ya no tengo miedo. – Y el Comisario tuvo que contenerse para que no afloraran las lagrimas al ver a su hija pequeña verdaderamente feliz por primera vez en su vida.

Paco se recolocó al lado de Pepa, y dándole un último apretón de afecto en el hombro le dijo. –¿Aun quieres que te responda? –A lo que Pepa negó, sin apartar los ojos de una Silvia que no dejaba de acercarse a ella. –No, hermano –Fue su respuesta–. Por un momento he dejado que me abrumara la felicidad. –Sus palabras ya no reflejaban miedo alguno. –Que me caso, ¡Paco! –añadió, repitiendo sus palabras de antes, pero esta vez, con una ilusión que dejaba claro que no había nada en el mundo que deseara más. Y el hombre, emotivo como pocos, no pudo evitar que se le saltaran las lagrimas al ver a su hermana radiante como nunca antes la había visto.

Silvia llegó del brazo de su padre a la altura de Pepa, y cuando se cogieron las manos y se miraron a los ojos, cualquier duda que hubiera podido albergar el corazón de Pepa, se esfumó. Todo lo que ella sentía, y lo que veía reflejado en los ojos de Silvia no podía ser un error, y supo que haría todo lo que fuera necesario para que la pelirroja fuera feliz a su lado el resto de su vida.

La ceremonia se desarrolló con normalidad, ante la mirada de familiares y amigos que observaban como las sonrisas de las dos mujeres se hacían más y más evidentes a cada segundo que pasaba; y cuando llegó el momento de los votos, Pepa tuvo que contenerse para no gritar un, ¡Sí!, ¡por supuesto que sí!, antes de que el Juez de Paz terminara de hacer la pregunta. ¿Es que el hombre no veía con quién iba a casarse? Silvia Castro iba a ser su mujer, y Pepa no podía esperar a comenzar esa nueva etapa de su vida.

La pelirroja por su parte, aguardaba con esperanza la respuesta. Era evidente que Pepa la quería, de eso no le quedaba ya duda alguna. Pero que Pepa Miranda, la bala perdida de la familia, quisiera unirse para toda la vida a ella, era algo que aún le costaba trabajo aceptar como un hecho.

Pepa se contuvo, y cuando el hombre finalizó la pregunta y por fin pudo decir su sí, consiento, la emoción que recorrió el rostro de Silvia la dejó sin aliento. Fue entonces cuando el Juez repitió la pregunta, esta vez dirigida a la que estaba a punto de convertirse en su mujer, y el corazón de Pepa dejó de latir por un segundo, hasta que escuchó la voz de Silvia diciendo un sí, consiento que encerraba tanta confianza y seguridad que la morena tuvo que agachar su cabeza por un instante para asimilar el hecho de que la mujer de sus sueños quisiera pasar el resto de su vida a su lado.

Y por un momento desapareció todo a su alrededor, las dos mujeres no pudieron hacer otra cosa más que mirarse a los ojos, hasta que la voz del Juez penetró la nube en la que se encontraban y las palabras, os declaro unidas en matrimonio, impregnaron sus mentes. Fue entonces cuando Silvia se acercó a Pepa para besar por primera vez a su mujer, mientras los invitados no paraban de aplaudir y vitorear a las novias.

La sonrisa de Sara amenazaba con dejarle marcas permanentes en la cara, era evidente que estaba feliz por sus tías. Y su padre, de nuevo tenía esos ojos de buena persona llenos de lagrimas por la felicidad de su hermana y su cuñada. Don Lorenzo trataba de contener la emoción, pero lo cierto es que le era casi imposible, al hombre no dejaba de resultarle irónico que hubiera sido precisamente la persona que tanto había intentado apartar de su hija la que finalmente había conseguido que el Comisario la viera feliz.

Las dos protagonistas se dejaron llevar entre felicitaciones y aplausos, sus invitados hartándose de hacer fotos a la pareja. Y esta vez fue Pepa la que se acercó a ella diciéndole con ternura, –Te quiero, princesa. –Para acto seguido regalarle un beso que Silvia aprovechó para rodear el cuello de Pepa con sus brazos.

–Yo tenía razón. –susurró Silvia al oído de la morena –Me ha faltado el aire cuando te he visto ahí…preciosa, esperándome –Y tras la mirada ensimismada que le dedicó su esposa, añadió–. Yo también te quiero, Pepa.

Continuará...