Capítulo 2.
Atenea y sus legiones, en el pasado y en una serie de conflictos consecutivos que se prolongaron durante más de seis años, acabó por derrotar a todos los dioses del Olimpo y quedó como la Deidad Suprema en el mundo. Aquella humilde jovencita recompuso su santuario, resucitando a sus Santos caídos en combate, y así darles la oportunidad de tener la vida que se merecían.
El lento sonido del agua correr me despertó sin que tuviera muy claro el lugar donde me encontraba. Estaba tumbado boca bajo en una explanada de suave y refrescante hierba verde. Una agradable temperatura envolvía aquel lugar, gracias a un sol radiante que brillaba en el cielo sin ser sofocante. Poco a poco mi visión se fue aclarando y el velo borroso, que me impedía ver bien, se despejó.
Al recordar lo que me había dicho el barquero, antes de quedar inconsciente, me hizo preguntarme: ¿Aquello era el Tártaro? ¿Caronte me llevó al lugar correcto? No era posible que, aquel exótico paraíso, fuera el lugar reservado para los mayores pecadores contra los dioses y que estos sufrieran por toda la eternidad.
La explanada de hierba verde se encontraba en mitad de un enorme bosque, en los que cientos de grandes y vistosos árboles frutales le dotaban de tremenda belleza. Sus diversos tipos de frutos, de llamativos colores, seducían hasta el estómago más saciado.
A no mucha distancia se podía seguir escuchando el sonido del agua correr. Desde mi posición divisé un río, que se veía magnífico; unas aguas cristalinas y puras humedecían la suave brisa, refrescando mi cara. Más allá de este, aquel paraíso frondoso seguía extendiéndose hasta donde alcanzara mi vista. Todo era tan maravilloso que parecía que estuviera dentro de un sueño.
¿Sería posible que, alguna divinidad desconocida, evitara el infernal destino que Atenea me tuviera reservado? ¿Tal vez, la diosa, se hubiera apiadado y recapacitado de que no merecía ese trato? Con el suplicio que viví en mis últimas horas: ¿Sería suficiente martirio como para no seguir condenándome después de la muerte? Lo cierto es que no podía estar en un lugar más agradable y en el que llegué a preguntarme si serían los famosos Campos Elíseos.
No era la primera vez que había muerto, fallecí delante del Muro de Los Lamentos, poco antes del término de la última Guerra Santa. De lo que me ocurriera durante ese tiempo, a los casi cuatro años que duró la Guerra del Olimpo y me resucitaran, no guardo resquicio alguno de mi estancia en el Inframundo. Así que no podría afirmar si este era, o no, el paraíso de los héroes.
En una rama, de uno de los muchos árboles que había en aquel Edén, despuntaba una manzana; sin lugar a dudas: la más llamativa de todas las opciones a elegir. A pesar de haber millones de frutas, en todo aquel vergel, no podía despegar la vista de esa en concreto. Con una forma perfecta, de un color rojo intenso, aquella manzana debía ser la máxima expresión del sabor. Al acercarme, hipnotizado por su sutil forma, a cada paso su color se hacía más vistoso; ese granate me abría el apetito y me desesperaba por tenerla en las manos y darle un mordisco.
Estando a los pies de aquel tronco, solo tenía que extender el brazo y sujetar lo que deseaba pero…. Qué extraño: a medida que me estiraba, tanto el árbol como sus ramas, se elevaban en simetría, poniendo sus frutos casi que podía rozarlos pero nunca cogerlos. ¿Qué demonios estaba pasando? A cualquier árbol que me acercara, tratando de recoger alguno de sus frutos, todos se alzaban para que tan solo pudiera rozarlos.
Resignado a no entender lo que ocurría, por un momento, pude salir del estado de hipnotismo que aquellas frutas tenían sobre mí y observarme el brazo. ¡Por los dioses! Sufriendo un shock solo pude pensar eso, pues no podía creer lo que estaba viendo. Mi cuerpo estaba marchitado en su totalidad, lleno de grotescas ondulaciones y ennegrecido, producto de las terribles quemaduras que había sufrido en mis momentos finales. Peor era que, en mi pecho, aun llevaba el sello de Atenea; ese maldito papel no se despegó de mí ni aun en el reino de los muertos.
Mi estado era peor de lo que podía imaginar e intenté gritar de la rabia pero, por algún motivo, no pude abrir la boca. No podía ser, todo lo que antes fue músculo y piel ahora era un amasijo de carne desnuda y quemada. No había rincón de mi cuerpo que no estuviera completamente negro y cubierto de costras. Mis manos habían perdido sus uñas y temblaba con solo ponerlas a la altura de los ojos…. ¿Por qué me estaban haciendo esto?
No podía verme el rostro pero, al palparlo con los desgastados dedos, pude percibir que no estaba en mejores condiciones que el resto. Mis labios aun estaban atados por el hilo que me pusieron poco antes de espirar. No tenía pelo, todo estaba áspero y escamado, hasta el punto de ser vomitivo la sensación de acariciarme. Sentí la necesidad urgente de ver el resultado, de uno de los últimos "regalos" que me concedió la diosa, así que corrí a asomarme al río.
Al llegar a la orilla, me arrodillé con temor de ver el reflejo en el agua. Estuve así al menos mucho tiempo, hasta que reuní todo el valor necesario para asomarme. Intenté cerrar los ojos, para reducir el impacto emocional, pero descubrí que no tenía párpados para hacerlo; se habían consumido por completo, al igual que muchas otras partes.
Tuve que mentalizarme mucho, para reunir coraje. Era un Santo que había librado épicas batallas contra poderosos enemigos; no podía acobardarme ahora frente a un simple reflejo. Despacio, pero sin pausa, me asomé a verme.
¡NOOOO! ¡No por favor! ¡No podía ser yo quien estuviera reflejado! ¡Era imposible! Con un fuerte espasmo me alejé de la orilla, huyendo metros atrás como un desquiciado, me puse a caminar en cualquier dirección mientras agitaba los brazos sin sentido. Todo tenía que ser una pesadilla, un mal sueño, tenía que ser eso.
Aquel personaje, al volver a acercarme al río y que se podía ver en su superficie, estaba desfigurado y era atroz. Su cabeza estaba quemada y sin rastro del pelo que antes tenía; a aquella cosa no le quedaba ninguno. Con los labios cosidos, sin orejas y sin nariz, las había perdido quedando solo los orificios, que indicaba cual era su antigua ubicación. Sin párpados, con los globos oculares blancos sin rastro del iris y pupilas. ¡Aquello no podía ser yo! En el cachete izquierdo había una pequeña cicatriz, era la herida que me produjo Caronte al sacar el Óbolo y que después se regeneró al instante. Mi constitución se había deformado tanto, que no podía creerme la clase de monstruo vomitivo y repugnante en que me habían convertido.
A continuación fui a recoger un poco de agua, para restregarme la cara y ver si era producto de alguna ilusión, pero ocurrió algo más extraño. El agua del caudal se secaba si trataba de recogerla y, al igual que con las frutas, siempre se mantenía cerca de mis dedos pero no me dejaba llegar hasta ella. Como un poseso empecé a tratar de recoger agua, pero todo se secaba y volvía a brotar cuando me retiraba. Me metí en mitad de aquel torrente, para tratar de sumergirme al completo, pero se secó a mi paso sin dejar que una sola gota me tocara.
Para mi desgracia, me fui cerciorando que estaba en el lugar correcto al que me habían enviado. Aquello debía ser el Tártaro y mi castigo sería estar en un paraíso exuberante, lleno de comida y agua a raudales, pero pasar hambre y sed eternas.
Corrí sin dirección por aquel bosque, desesperado, durante un tiempo que no me atrevería a precisar. Era un bucle sin final, fuera a donde fuera no me distanciaba de la zona del río, pero intenté escapar de allí hasta acabar rendido y agotado. No tuve más remedio que recostarme en un árbol y tratar de mantener el juicio, pero no pude aguantarlo mucho tiempo y la desesperación me atrapó. Traté de cortar, con mis propios dedos, los hilos que me ataban los labios, pero no había manera. Más tarde traté de abrir la boca a la fuerza, aunque con ello me desgarrara aun más la cara pero, como no podía estar peor de lo que ya estaba, me daba lo mismo.
Con terribles dolores, trataba de separar los labios aunque era imposible. Las lágrimas caían por mis mejillas, serpenteando por las quemaduras, mientras la sangre manaba de mi boca. Solo podía emitir terribles gemidos pero al final fue inútil. Aquellos hilos reaccionaban, aferrándose y enredándose aun más, ejerciendo una fuerza igual y opuesta a mis intentos por romperlos. El dolor se volvió insoportable y tuve que rendirme, cayendo acurrucado en posición fetal, interiorizando mis pensamientos y no caer en la locura extrema.
En el presente, la diosa de la tierra como en el cielo, desde el abismo abisal hasta el rincón más profundo del averno, su dominio sobre todo lo que existiera era absoluto. La humanidad que antes la caracterizaba desapareció y ahora todos descubrieron a la peor versión de Atenea: Celosa, posesiva, altiva, orgullosa y vengativa. Muchos atributos, no deseables para quien ostenta el poder, sustituyeron a la humildad que la había caracterizado tiempo atrás.
Aquel paraje, a pesar de estar en una zona más allá del inframundo, parecía estar regido por las mismas leyes horarias que el mundo real. El sol se alzaba de este a oeste y eso era lo único que cambiaba, lo demás se mantenía dentro de un bucle eterno.
La tarde había llegado y yo aun estaba desorientado y confuso, ante aquella nueva situación en la que me encontraba. Ahora estaba agazapado e indefenso, debajo de aquel árbol, y empezaba a quedarme dormido por agotamiento. La noche no estaba lejos y sopesaba que tendría que vivirla como había pasado el día, en completa soledad.
De repente, el árbol que me había cobijado durante aquellas horas, se apartó de mí, sacándome de mi estado de somnolencia. Todo aquel bosque, antes de la llegada inminente de la noche, tomó vida y se separó de mi ubicación. En un segundo se había creado un ancho camino a mí alrededor, tal como una pista de aterrizaje, con la mitad del gigantesco astro deslumbrando en el oeste.
El sonido de un águila tronó, consiguiendo estremecerme de su potencia, y, de lo más alto del cielo, la silueta de un pájaro comenzaba a distinguirse en el firmamento. Aunque desde la distancia pareciera pequeña, a medida que se acercaba se hacía gigantesca, tanto, que tuve que ponerme en guardia.
¿Qué podría hacer yo, en mi estado, contra aquella gigantesca ave? El sello de Atenea aun contenía mis poderes. Solo pude correr y correr, huyendo desesperado, intentando refugiarme en el bosque pero, esta vez eran los árboles al completo los que se alejaban de mí. Hiciera lo que hiciera era un blanco perfecto para que me cazaran.
Sin mirar atrás, solo sentía el aleteo muy cerca y cuando ya casi la tenía encima, un empujón que me propulsó muy lejos, haciéndome rodar antes de acabar derrotado. Fue entonces cuando no me quedó más remedio que ver aquella impresionante bestia implacable.
Era una criatura de más de tres metros de alto que, si abría las alas de par en par, pareciera que midiera el doble. En sus patas: poderosas y afiladas garras que no tuvieron mucha dificultad para atraparme, clavándolas en mis brazos y piernas. De mirada sádica, pico puntiagudo y afilado, su color pardo era brillante y poderoso.
Estaba ahora atrapado e inmovilizado, con el sobresalto no me percataba del dolor que suponía tener aquellas zarpas clavadas a mis extremidades. Tras pegar un tronador sonido de victoria, al haberme atrapado y con un minucioso movimiento de su pico, acabó por abrirme en canal, desde la altura del tórax hasta el bajo vientre.
Tratando de agitarme, por los terribles dolores, me encontraba totalmente neutralizado y movía mi cabeza de un lado para otro, sufriendo un ataque de angustia e intentaba gritar a pleno pulmón. Pero las ataduras en los labios contuvieron mis berrinches y solo podía presenciar cómo, aquel animal, sacaba mis entrañas y se alimentaba sin prisas, provocándome sufrimientos horripilantes.
Con mucha calma y firmeza iba sacando trozos de mí y se los comía casi degustando una delicatesen. La sensación era desgarradora, sobre todo si alguna pieza de carne le oponía más resistencia de lo que debiera y tiraba de ella, fracturándome el hueso al que se aferrara, hasta arrancarla y comérsela. Yo, impotente y en medio de un charco de sangre, solo podía observar y sentir todo aquello sin defenderme ni quejarme.
Cuando por fin pareció acabar, sacando todo lo aprovechable que hubiera en mis entrañas, el pájaro alzó el vuelo, elevándome un poco con ella. Aunque asqueada, agitando sus patas, me lanzó como un despojo desechable hacia cualquier parte del bosque y se marchó de allí.
Moribundo, con la peor experiencia jamás vivida, quedé tumbado esperando a que el dolor desapareciese y volviera a fallecer. Poco a poco, mi vista se fue apagando, abandoné la consciencia y esperaba que aquello fuera el punto final a mi martirio.
En un futuro próximo, los actos descontrolados de la Deidad Universal, guiará al mundo hasta su completa perdición. Quien en el pasado salvó la existencia misma, será la que acabe con ella en el futuro. A través de los cimientos del Santuario, la corrupción de su alma consumirá hasta la última gota de energía del interminable ciclo de la vida.
Volví a tomar consciencia sobresaltado pues, el sonido del agua correr, me despertó. Solo podía preguntarme: ¿Qué había pasado? El lugar me resultaba conocido, tenía la sensación de haber estado ahí en una terrible pesadilla. Estando hambriento noté como los árboles que me rodeaban, con sus exóticas y sugerentes frutas, me eran familiares. El río corriendo, llevando abundante agua, también me era cercano. Qué maravilla de elemento el agua, que solo se valora cuando se está muy sediento, tenía la garganta seca y desesperada por un poco de líquido.
Arrastrándome al caudal, hipnotizado por su torrente, traté de recoger un poco de agua pero no pude ni tocarla. ¿Qué demonios? Se secaba con solo acercar la mano. Entonces fue cuando me fijé en aquella palma marchita, recordando donde estaba, que me había pasado y lo que me iba a pasar.
Me puse en pie, como un poseso, comprobando mi estado. Por el momento mi pecho y mis entrañas estaban intactos e inclusive el maldito sello de la deshonra aun permanecía allí, aunque no recuerdo si alguna vez se despegó durante el festín que se dio a mi costa. Todo lo que la bestia se había comido, había vuelto a su lugar.
Continuando con la comprobación, lo que más preocupado me tenía eran mis vísceras y al cerciorarme que estuvieran en su lugar, fue entonces cuando me percaté de que aun estaba quemado y deforme; sin mencionar que lo peor era que aun tenía la boca sellada por los hilos. Aquello me enloqueció, e hizo que corriera sin rumbo fijo.
Entraba y salía del torrente, que se secaba a mi paso. Me metía entre los árboles, lanzándome a por sus frutas, desesperado por alcanzar aunque fuera una sola pieza. Aun no siendo el caso, pues no me dejaron apoderarme de un fruto, era una doble crueldad: ¿Qué iba a hacer con ella a continuación? No podría comerla con la boca cosida.
Respirando agitado no hacía otra cosa más que rebuscar por el suelo; trataba de encontrar algún objeto con filo con el que podría cortar los hilos en los labios. Localicé una piedra con punta que, al sujetarla, se desintegró en polvo al tenerla en las manos. Entonces trate de romper mis mejillas con los dedos, intentando arrancarme los labios de cuajo, pero era imposible. Estaba imposibilitado para autolesionarme y aquello aumentaba mi frustración.
El astro seguía su curso, de este a oeste, y el tiempo trascurrió sin que dejara de intentar liberarme de las jodidas cuerdas. Entonces llegó el próximo ocaso, con él, el tremebundo chillido del águila se volvió a escuchar, a la vez que todo el bosque se volvió a apartar por arte de magia, dejándome como una presa fácil para ser cazado.
No podía creer que iba a volver a pasar por aquello otra vez y corrí con más ganas, todas con las que contara, pero volví a ser interceptado sin remedio. En una nueva ocasión tuve que presenciar cómo se comía todo lo que en mi interior había, provocándome el dolor más insufrible e inimaginable posible, para, al concluir, arrojarme como un escupitajo por allí y marcharse, desapareciendo en el horizonte.
Yo solo tuve que esperar a que el sufrimiento pasara y me muriese por segunda vez, en aquel inhóspito lugar para, en un tercer despertar, tomar conciencia de nuevo y estar en la misma situación que todas las veces que me había despertado: cerca del río y rodeado de aquel vergel de vida.
¡No podía ser! Tenía un hambre voraz y desesperada sed. Mis entrañas estaban en su lugar, aunque seguía con el lamentable aspecto físico. El sol se alzaba por el este y sabía muy bien lo que iba a pasar cuando llegara hasta el oeste. Corrí todo lo que pudiera, tratando de escapar de aquel bucle espacial y cuando no pude hacerlo, trate de encontrar algún utensilio, con el que hacer frente a la bestia, aunque tampoco tuve éxito.
Me hundía en la locura extrema. A medida que pasaban las horas, casi con el ocaso, se volvió a escuchar el sonido de la criatura que venía a cenar a mi costa y fue entonces cuando me abandoné a la demencia, pues permanecer cuerdo en aquel tormento no era una opción acertada.
— ¿Cuánto tiempo le dejaremos ahí?
—Tiene que perder lo que le queda de humanidad, aprender a amar el dolor y el sufrimiento.
— ¿Olvidará lo que en vida fue su mejor recuerdo?
—Eso es algo que no me atrevería a precisar. Si después de seiscientos días, en su abismo de amargura, es capaz de sentir algo más que odio y resentimiento, será más fuerte de lo que imaginamos. Pero lo más probable es que no recuerde ni quién es.
—Seiscientos días serán suficientes. Después de ese tiempo: ¿A qué infierno lo mandaremos?
—Al que mejor nos convenga. Tiene que aprender a perder su conciencia de culpa, sus sentimientos y fortalecerse. Debe romper el sello, que contiene su fuerza, para liberar una ira descomedida, digna de un demonio vengador.
—Tártaro es impredecible: si lo descubre, aunque detesta a las deidades, ¿lo volverá a enviar al sitio donde debería estar?
—Tártaro odia a los dioses, los desprecia, pero también repudia a su creación. No se desprenderá de él si lo encuentra en un lugar que no le corresponde.
—Eso si me he atrevido a vaticinarlo. Nuestra marioneta estará lista antes de que eso suceda. Esperemos pues a que los días pasen sin descanso.
¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Alguna vez he existido? ¿Existiré ahora? Retengo con migo algo que se que no debo olvidar, pero me resulta muy difícil acordarme de que puede ser. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué me está pasando esto?
Esas eran las cuestiones que me pasaban por la cabeza cada vez que tomaba consciencia. No podía precisar cuántas veces me había despertado en el mismo lugar y en apariencia el mismo día; día que, con el paso del tiempo, se hacía más largo y pesado.
Mi cuerpo se había consumido y solo quedaba unas tiras de piel y músculos aferradas al hueso. La piel de mi pecho se hundía en mis costillas, mi estómago estaba tan enflaquecido que se notaba la columna vertebral si se miraba de frente. De mi cabeza solo quedaba la forma del cráneo, los globos oculares y el hilo que ataba mi boca. Mis piernas y brazos tenían el diámetro de mis desgastados huesos. Si antes era un monstruo ahora lo era más.
Al recuperar la percepción, saliendo de mi estado de somnolencia, noté como el suelo estaba duro y áspero. No tenía la consistencia habitual, ahora era árido y grisáceo. El río, que siempre me había evitado, ya no estaba; el bosque, que me negaba el alimento, había desaparecido y ahora estaba en lo que parecía ser una pequeña explanada de tierra. El cielo estaba oscuro y nublado, como si fuera un anochecer eterno. Al ponerme en pie, pude ver que estaba sobre la cima de un volcán de enorme altura, en el que no se podía ver su base; la oscuridad lo impedía.
Más al centro del cráter volcánico, se escuchaba el gran estruendo de una trifulca. Oír aquello me desorientaba, pues había perdido todo control de mí alrededor y de estar en un lugar "pacífico" y ordenado, pasé a uno muy agitado.
Como un esqueleto andante, por mi extremada delgadez, avancé hasta llegar al inicio del cráter, donde me impresionó lo que había en su interior. En lo profundo de una gigantesca y colosal abertura, había un gran número de personas, enzarzadas en una reyerta descontrolada.
Miles de hombres y mujeres luchaban sin tregua, despedazándose entre ellos y gritando enloquecidos. No sabía bien el motivo de su disputa, solo los veía como trozos de carne andante y, que de alguna manera, iba a comer. No me importaba que mi boca estuviera sellada, solo sentía la imperiosa necesidad de alimentarme y saciar mi voraz apetito. Tenía el presentimiento de que lo iba a conseguir.
Me abalancé como un poseso hasta el inicio de la pelea, saltando a batirme contra aquellos humanos, que estaban vestidos con ropas de diferentes épocas. Sus caras eran las de asesinos y gente muy violenta. Las personas más agresivas y los peores homicidas, que hubieran poblado el mundo en algún momento de la historia, estaban allí; desde la época de la prehistoria hasta el presente más actual.
Me vi frente a uno de ellos, uno vestido con ropa militar de algún antiguo ejército de la Europa del siglo XX, en el borde de la monumental pelea. El tipo era de grandes dimensiones contra mi consumido cuerpo. Se quedó inmóvil y desconcertado al verme, sorprendido de estar frente a un enclenque monstruito quemado y desnudo, en mitad de un sin número de combatientes fornidos.
Traté de golpearlo pero no le causé más que cosquillas. Se estuvo riendo un rato, de mi débil fuerza, antes de sujetarme por el cuello y elevarme, pegándome en el tórax una y otra vez. Que sensación tan maravillosa la de aquella paliza. Me había adaptado tanto al dolor que era como si me brindara el mayor de los placeres al hacerme daño. No paraba de agitar mis manos, tratando de golpearlo, pero todas las fuerzas que tuviera se vieron neutralizadas por el trozo de papel que no se separaba de mi pecho, ni aunque estuviera en los huesos.
Cuando se cansó de intentar abatirme a golpes, sorprendido al ver que no solo no moría sino más bien disfrutaba del dolor, me soltó y caí de pie con grandes abolladuras en mis costillas. No sabía si en aquel lugar se fallecía, pero pronto descubrí que si era posible pues, a mi atacante, le partieron el cuello otro de por allí y este murió en el acto. Aunque lo más llamativo fue divisar un destello blanco que se le iluminó en el pecho, durante las milésimas de segundo que tardó en caer.
Aquella marabunta de personas seguía peleando sin tregua ni piedad. Entonces, un guerrero de la época clásica, me vio como un utensilio y me sujetó por ambos tobillos, como una simple marioneta. Comenzó a dar vueltas, usándome como objeto contundente, golpeándome contra todo lo que estuviera cerca. Mis huesos, con cada impacto, se oían crujir con mucha claridad. Una vez cogiera suficiente impulso, aquel individuo, me propulsó por los aires y directo al núcleo de la pelea.
Durante mi trayecto, sobrevolando la turba, pude divisar diversos destellos blancos entre la multitud, que no sabía bien que eran. Al final caí entre aquellos salvajes, sin hacerles daño alguno, y fue entonces cuando me percaté de mi lamentable estado; estaba tan escuálido que poco podía hacer.
Permanecí a ras del suelo, tratando de que nadie me viera, pues no podía enfrentarme a ninguno de ellos en tal penosa condición. Estaba ahora cubierto de barro, batido con sangre y restos de seres humanos. Los que caían fulminados eran pisoteados hasta que acababan mezclándose con la tierra del suelo.
Cuanto griterío, alaridos de victoria, exclamaciones de derrota y aullidos de sufrimiento; todo era caótico y desquiciante. Una orgía de sangre en la que todo valía, donde no había más reglas que las de entregarse a la violencia más extrema. Entonces entendí la mecánica de aquel cráter, pues cientos de nuevos combatientes volvían a bajar, corriendo por la ladera volcánica, para unirse al conflicto. Eran los mismos que habían muerto en la arena que, al fallecer, volvían a regenerarse en lo más alto del volcán y repetían el enfrentamiento. Ahí solo se debía matar y matar sin control ni culpa.
Desde la superficie, evitando que me pisaran, presencié como un tipo era sujetado por dos, mientras un tercero le tiraba de la cabeza, tratando de arrancársela, sufriendo un orgasmo al provocar aquel daño a su víctima. En aquel momento me fijé en algo que me hizo mirar a la distancia entre la multitud.
Tras las múltiples piernas, de la gente que corría sin control, brillaba una luz, un brillo que llamaba mucho la atención pero que nadie parecía apreciar. Como un gusano me acerqué, tratando de pasar inadvertido, hasta llegar al origen.
¿Qué podía ser aquello? Lo había visto ya varias veces, pero ahora lo tenía muy cerca y su foco era un individuo que yacía moribundo. A aquel desgraciado le habían arrancado las piernas y estaba escupiendo cuajarones de sangre por la boca, pero eso no me interesaba mucho. En su pecho brillaba una luz blanca e hipnótica, que pareciera ser su alma la que estuviera preparándose para abandonar el cuerpo.
Acerqué la mano derecha, para tocar aquella luz, pero el brazo del moribundo me sujetó, tratando de impedir que lo palpara. Me enfurecí al notar cómo, aquel pútrido tullido agonizante, me miraba como un insecto inútil, al que aun podía vencer. Como no tenía nada que perder, antes de que pudiera hacer nada y lo más deprisa que pude, llevé la mano izquierda hasta aquella luz y la toqué, consiguiendo un efecto inesperado.
Me desmaterialicé en una luz rojiza, que parasitó la blanca, introduciéndome en su interior al instante. Había entrado en aquel despojo a través de su pérfida energía vital y esperé acontecimientos.
— ¡Por fin! Ha descubierto la manera de alimentarse. El pobre desgraciado, que ha tenido el honor de ser la primera víctima de nuestra bestia, ahora convulsiona de dolor agónico.
—Irónico del destino de un homicida, que ha disfrutado causando sufrimiento a otros, le ha tocado ahora padecer lo insufrible, al trasferir su fuerza a la de nuestro engendro. Se agita y se revuelve, en un ataque espasmódico, mientras se consume sin remedio. Su pecho se fractura, mientras algo trata de salir de su interior.
—Ninguno de los allí presentes se ha percatado de que un parásito se ha instalado entre ellos. Un oportunista que se irá fortaleciendo gracias a sus cuerpos y almas. La cabeza de nuestra bestia emerge del consumido asesino, en un alumbramiento atroz.
¿Qué había pasado? Durante el tiempo que estuve en su interior, divisé un sinfín de conductos lumínicos, que era la vida de mi víctima. A través de estos tubos de energía, llegué a todos los momentos de su terrible experiencia vital. Sin saber que fue primero y lo que fue después, viví su existencia en una milésima de segundo. Fue un violento criminal, que disfrutó del sufrimiento ajeno hasta el último momento de su vida.
Sentí la necesidad de repudiar sus actos pero, en mi interior y después de haber sufrido el auténtico horror, había experimentado una sensación orgásmica al revivir sus experiencias y, como una adictiva droga, necesitaba más.
No entendía como había brotado del interior de aquel elemento, pero me notaba un poco más fuerte que antes y la sensación sería maravillosa si no me asqueara el hecho de estar bañado en su sangre. Estando arrodillado al lado de lo poco que quedó de su antigua carcasa, solo unos restos de hueso y carne deshechos, divisé a mí alrededor.
Nada había cambiado en el cráter: la turba seguía batiéndose sin piedad. El único que había sufrido un orgasmo fui yo y necesitaba, con verdadera urgencia, repetir la experiencia. Así que, reptando camuflado, busqué a algún otro ser que estuviera en las últimas y no me costó mucho localizar al siguiente. Este pobre solo pudo ver, al carecer de brazos y con total impotencia, como me abalanzaba por su alma emergente, cual larva parasitaria.
Al volver a sufrir el orgasmo de la consumición de su alma, brotaba sintiéndome un poco más fuerte, con algo más de consistencia física y, aun siendo imperiosas, un poco menos de sed y hambre que antes.
En esta ocasión, tras un ir y venir sin sentido por diversos conductos de energía lumínicos, había engullido a un homicida en serie, que violaba a sus víctimas múltiples veces antes de descuartizarlas, para a continuación comérselas. Experimentar lo que él sintió al cometer sus delitos, eso me hizo confundir sus experiencias con las mías y, como consecuencia, perdí algo de conciencia moral, aceptando sus pecados de buen grado. Pero no podía detenerme ahí, tenía que seguir y buscar más seres a los que devorar.
Ahora era una sanguijuela en busca de presas fáciles. Seguía siendo poca cosa pero, aprovechando el entorno, pasaba desapercibido y así podía buscar a la siguiente víctima. Ya todo me daba igual y solo quería repetir la experiencia una y otra vez.
—Durante días se mantendrá oculto, entre la multitud, mientras se va fortaleciendo antes de poder valerse por sí mismo. Ha perdido su orgullo y dignidad. Las vivencias que reciba, de los homicidas que consuma, le dotarán de una crueldad inimaginable. Pasará de indefensa larva hasta convertirse en un demonio ávido de venganza.
—Cuándo su presencia se vuelva muy destacable: ¿Será el momento en el que vuelva a su castigo original?
—Dejemos que sea Tártaro quien se percate de un intruso en el lugar que no le corresponde. Por el momento todo va según lo planeado.
¡Gritos! ¡Gritos de placer! ¡Gritos de angustia! ¡Gritos de ira! Que maravilloso todo aquel entorno de caos y violencia eterna y extrema. La sangre no paraba de empapar la tierra, mientras nuevos y numerosos batalladores se unían a la trifulca. Con el paso del tiempo, aquel cráter, se había llenado hasta los topes, pero algo ya no era como antes. Caminando entre ellos estaba yo, apartando a los más débiles con una descomunal fuerza.
En un tiempo tan largo, que no me atrevería a precisar, no había tenido un descanso. Ahí no había tiempo para relajarse y solo estaba permitido ser el más fuerte. Había absorbido tantas almas como pude, mi constitución física estaba otra vez en plena forma y las fuerzas con las que contaba se habían incrementado exponencialmente. Ahora era más selectivo al buscar nuevas víctimas y solo me valían los luchadores más fuertes y fornidos.
Un formidable monstruo, horrendo, desnudo y quemado, caminaba entre ellos. Ya no me acordaba quien era yo, ni cuáles eran los motivos por los que me encontraba ahí. Todos los sentimientos, que llegué a tener, habían muerto o se habían disipado entre tanto criminal y ya no tenía moral. Tenía tantos recuerdos entremezclados, que no podía diferenciar entre los propios y los ajenos. Un desgastado trozo de papel, que estaba clavado en el pecho, era la única prueba de mi procedencia. Aun no podía quitármelo por mi mismo, pero ya no le faltaba mucho para caerse solo.
Entre la multitud iba seleccionando mi próxima presa. Los que no me interesaba absorber los sujetaba de dos en dos, por donde me fuera posible, y reventaba sus cuerpos, para después soltarlos y sacudirme las manos, quitando los restos que hubieran quedado en ellas. Ni me interesaba en degustarlos pues, su materia, no me era útil. Iba a directo a por los grandes, los cuales ni me hacía falta derrotarlos, tan solo insertando la mano, con un bestial golpe, en mitad de su pecho me introducía dentro de ellos. Los consumía provocándoles un dolor terrible y agónico si trataban de resistirse, inútil, a mi parasitismo. Yo sufría tanto como ellos, pero aquello era la sensación más deleitable jamás vivida.
Ha estado consumiendo almas durante más de cien días. El sello que lo aprisiona ya no podrá contenerle mucho más y se romperá. Será todo un grandioso espectáculo ver cómo reaccionará cuando recupere sus poderes de Santo del Zodiaco.
Al emerger, cual repugnante cucaracha, de mi último interfecto; esta vez se trataba de un destripador que torturaba a sus presas, durante semanas, matándolas despacito a la vez que les infligía los peores castigos. En el momento de mi último alumbramiento, tras revivir las experiencias de mi víctima, sentí que algo nuevo pasaba. El trozo de papel, que llevaba siempre conmigo, brillaba de una manera extraña y en un parpadeo se desintegró por completo.
Una vez desaparecido, continuaron los sucesos que me hicieron quedar más perplejo. Un aura dorada emanaba de mí y, en uno de mis dedos índices, una uña rojiza aparecía como afilado aguijón. Yo permanecía alucinando y ahora me sentía como un dios entre mortales. El brillo que producía detuvo la trifulca, al llamar muchísimo la atención. Yo, en cambio, solo me miraba las abrasadas manos, que poseían un poder inimaginable. Al desviar mi visión evidencié como los condenados estaban todos mirándome, asombrados y desconfiados.
Con una sádica expresión corporal, la turba se empezó a asustar al percatarse de mi atroz figura. Ahora todos sabían que yo no debía estar ahí, pero eso ya me daba igual. Estiré el cuello de un lado para el otro y me puse en posición de combate, había llegado la hora de ser el único en repartir violencia. Mi aura brilló de tal manera que, además de iluminar la eterna penumbra de aquel infierno, concentrándola provoqué una colosal explosión, desintegrando a los que estuvieran más cerca.
Como un completo trastornado, aprovechando su velocidad de la luz, abatió a un sin número de personas en un corto espacio de tiempo; absorbiendo sin control a todo el que se cruzara en su camino. Lo que en un principio se comportó como un parásito, ahora era una bestia descontrolada. Todos huían de su trayectoria, pero era inútil escapar pues no había donde esconderse. Poco a poco quedaron menos homicidas en pie y no tardaría en ser descubierto, pero ya todo daba igual. Ya no había marcha atrás, el alud se había producido y no había manera de pararlo.
Me sentía inmortal y con una sensación de superioridad muy agradable; nadie podía hacerme frente. Estaba solo en mitad del cráter mientras, en los bordes de este, solo quedaban algunos supervivientes tratando de mantenerse lo más alejados de mí. Ilusos, que pensaban que se podían escapar, iban a ser agregados a mi larga lista de martirizados.
En mi interior, libre de presiones, sentía la necesidad de gritar un nombre, aunque fuera un grito silencioso, porque mis labios aun permanecían cosidos. Trataba de recordarlo desesperado, casi lo tenía, pero cuando parecía que lo iba a alcanzar se difuminaba entre la vivencia de alguna de mis víctimas. Empezaba por la letra C, pero del resto no me acordaba. Intuía que fue importante, pues lo había tratado de retener durante mucho tiempo, aunque ahora mismo me era igual de indiferente.
Decidí olvidarme de todo y entregarme por completo a la lujuriosa violencia, más no me dieron tiempo para borrar a todos los acompañantes, que aun permanecían por allí. Se produjo un terrible temblor de tierra que me hizo desestabilizar e, ignorando el terremoto, fui directo a por mí siguiente objetivo, el cual lo sujeté en un parpadeo. Lo apuñalé, reventándole el tórax de un golpe, y absorbí todo lo que quise de él, sin siquiera tener que meterme dentro.
Una vez inservible, fui a por el siguiente sin que el suelo dejara de moverse. Gigantescos cascotes de roca caían por las laderas del cráter, los cuales pulverizaba de un solo puñetazo. Algo estaba tratando de quitarme de en medio, pero no lo conseguía.
Cuando tenía en las manos a mi siguiente víctima, tercera después del inicio del seísmo, de repente se vaporizó, desapareciendo junto con el resto de seres que quedaban en la explanada. El mar de nubes, que se encontraba en lo alto de los cielos, se abrió dejando ver un descomunal ojo, de color rojo, que me observaba con detenimiento.
Concentrando toda la energía que pudiera, me proyecte hacia los cielos cual bala de cañón. Ansiaba golpear aquel globo ocular, que me había interrumpido en mi esparcimiento, para que se marchara de allí por donde hubiera venido. Por desgracia, no le hice el menor daño y, repeliendo mi ataque, reboté hacia el suelo con más velocidad que la que había ascendido.
La superficie del cráter se fracturaba, creando una hendidura que me tragó, haciéndome caer en las sombras durante tanto tiempo, que perdí la consciencia.
Se ha convertido en todo lo que deseamos de un nuevo peón, en nuestra parte del juego. Ha atacado al mismísimo Tártaro sin temor alguno a ser destruido. Si no fuera porque le pertenece, hubiera acabado con él en aquel momento y, en lugar de eso, lo llevará al lugar donde se supone que debería de estar.
Qué raro, al despertar, ya casi no me acordaba de aquel exótico sitio. Era la mañana del pacífico lugar que siempre me lo había negado todo. No lo echaba de menos pero, ya que estaba ahí, poniéndome en pie, sin temor alguno, me acerqué hasta el borde de la orilla del río, para ver el resultado final de mi periplo por aquel otro infierno.
Un cuerpo grotesco y quemado, pero esta vez muy fornido y sin sello que aprisionara todo su potencial. No podía creer que me gustara mi aspecto deforme, supongo que ya me había adaptado a ser así y, lo cierto, es que sentía gran gozo al verme reflejado. Inclusive me parecían agraciadas las ataduras que sellaban mis labios. Ahora era libre de usar mis poderes, con lo cual mire alrededor con fuertes deseos de revancha.
La noche en aquel lugar había tomado el relevo al día; en todo ese tiempo nunca había llegado a producirse. La bestia siempre había espirado antes del ocaso y reaparecía al amanecer, pero esta vez las luminarias brillaban en lo alto. Un firmamento tan despejado como tranquilo. Más no todo era lo que parecía pues, más abajo de las estrellas, todo el bosque frutal estaba siendo consumido por las llamas.
La gigantesca águila, que tantas veces había devorado las entrañas del condenado, estaba tratando de retomar el vuelo sin control. No controlaba sus movimientos y parecía agonizante, cayendo al suelo agitada y sin dominio de sus actos. Exclamando chillidos de angustia, no podía volver a elevar el vuelo y acabó por postrarse abatida, en mitad del bosque ardiendo.
De su cuerpo comenzaba a emerger algo, a medida que esta se disolvía. Dos ennegrecidas manos separaban su plumaje, abriéndose camino hacia el exterior. La nueva criatura de los avernos, había convertido al colosal pájaro en su presa definitiva.
Por fin le había dado a aquella asquerosa zorra lo que se merecía. La había consumido tan despacio como me fue posible, saboreando cada diminuta porción de sufrimiento que padeció. No se merecía otra cosa, había sembrado vientos y ahora le tocaba recoger tempestades.
Sentía satisfacción, al ver como todo estaba siendo purificado por las llamas, e hice algo que antes no tuve la oportunidad de conseguir: en un veloz flash, alcancé una roja manzana, que aun no se había abrasado, y esta vez no tuvo la oportunidad de escapar de mí.
Es curioso, la manzana era lo que más claro recordaba de todo aquel paraje. Algo en ella me acercaba más a mis recuerdos originales, pero no sabía que era. Aunque no pudiera comérmela, cual pelota, jugaba con ella lanzándola hacia lo alto y la recogía, para volverla a lanzar aun más arriba.
En un momento dado, al recogerla por última vez, me acordé del nombre que tan perturbado me tenía, eso hizo que destrozara la fruta al instante de tenerla en la mano y tuviera ganas de gritar, a pleno pulmón, el nombre de: ¡Camus!
Tu tiempo en ese lugar ha concluido. Ha llegado la hora de sacarte del Tártaro y hacer que te reúnas con nosotras, pues el tiempo apremia y es hora de que cumplas con tu destino.
