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El universo es un lugar grande. El universo es un lugar muy grande, no tienes idea lo incomprensiblemente grande que es un lugar como el universo. Para que nos entendamos un poco mejor, se calcula que hay entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas en la Vía Láctea, que es una galaxia bastante estándar, no muy grande ni muy pequeña. Adicionalmente se cree que hay entre 170.000 y 200.000 millones de galaxias en el universo. Así que si sacas un promedio de las estrellas que hay en esta galaxia (que no es la más grande conocida) y lo multiplicas por el promedio de galaxias que se supone hay en el universo… el resultado es un número espantosamente grande.

Si, además, a esto le sumamos la sospecha de que nuestro universo tan querido puede no ser el único que existe, sino que está acompañado de otros no muy distintos… mejor no pensarlo. Pero aun así lo hacemos, porque no puede uno más que imaginar todas las historias que no han sido contadas por estar los cuenta-cuentos confinados a una canica azul en el patio de atrás de la galaxia local. Historias grandes, de migraciones intergalácticas y conflictos épicos. O historia pequeñas, de amor y guerra a escala atómica.

Jamás alcanzaremos todas las esquinas en la que haya una buena historia que contar… pero no desesperes, vaquero espacial, porque hay una esquina del universo, poseedora de una buena historia, que sí podemos alcanzar. Es un lugar muy particular, donde el tiempo corre hacia adelante y la lluvia cae en vez de ascender. La historia que comparto a continuación ocurrió en una galaxia no muy diferente de la tuya, iluminada por estrellas como las que tal vez veas en tu cielo. Las estrellas, luminosas, se subordinan unas a otras por gravedad: las más pequeñas giran alrededor de las más grandes. Pero las estrellas, pícaras, también subordinan a otros cuerpos, que llamaremos planetas. En uno de estos planetas, contra todo pronóstico, se alberga lo que tú y yo conocemos como vida, una cosa muy rara sin duda, que no sabemos muy bien cómo explicar, por lo que diremos que las cosas vivas simplemente son.

La Tierra es el planeta y los humanos son los seres vivos que protagonizan la historia. Y un ser humano en particular: Haruhi Suzumiya. Una joven de la cual, si nos conformamos a las normas de lo que estos raros seres vivos consideran como normal, se puede decir que es rara. Es rara porque no está satisfecha con la forma tradicional y porque tiene la costumbre de romper esquemas solo para divertirse. Esta joven, rara, ha estado sintiéndose triste, una especie de dilema existencial que tú y yo no sentimos, pero que es descrito comúnmente como una «aversión total hacia la vida». Se sentía así porque parecía que no había nada más por qué vivir, añoraba nuevas experiencias y sensaciones. Su dolor era tan sincero e inocente que un corazón débil como el mío no pudo más que poner en marcha, con el chasquido de mis dedos etéreos, un plan, una aventura que la joven y sus amigos cercanos no olvidarían ni siquiera al cabo de 100 vidas, si acaso llegan a vivirlas.

Debes entender, vaquero, que esto ocurrió hace mucho tiempo, más del que puedes imaginar, así que algunos detalles se han perdido, e incluso una mente como la mía no puede recordarlos todos, por lo que pido disculpas de antemano por las truculencias que sin duda notarás en la historia. Sin embargo, son talvez estas truculencias, errores de traducción y demás, las que le dan su propio encanto a lo que estás a punto de leer.

Ponte cómodo, siéntate al lado de una ventana donde veas pasar las estrellas fugaces, prepárate una bebida caliente y disfruta, acurrucado, de la ingenuidad de una de las historias más antiguas que recuerdo.