2. La chica pálida
Aquel momento, por su carácter inesperado, me resultó de lo más sublime e inolvidable, y me hizo sentirme el chico más afortunado de todo el Universo.
Me estoy refiriendo a una mañana en que me encontré un billete de diez dólares en la calle, no a ese momento en que tuve a Maggie Blumenwiese nuevamente frente a mis ojos. ¡Eso fue horrible!
Pero lo desagradable del momento no se debió a que ella sea fea, o algo así. Por el contrario: lo pálido de su piel logra un bello contraste con su largo cabello negro, y en su rostro hay unas pecas que hacen buen equipo con sus bonitas pestañas (las mejores personas de este mundo tienen pecas). Me apena un poco también admitir que, para tener trece años, siempre lució un cuerpo más desarrollado y atractivo que el de Luan, o inclusive Luna.
Lo que me aterra es su mirada. Es tan profunda, tan hiriente como dos largas espadas de hielo, ávidas de perforar a todo aquel que ella odie. ¿Y cuál mejor objeto de su odio que este servidor, desde hace casi ya un año, cuando la conocí?
En aquella inolvidable fecha, yo era presa de una arrogancia inusual en mí. Creí que podía amenizar una fiesta de cumpleaños sin Luan, basándome de forma ingenua en mi recién descubierta habilidad para hacer reir a la gente con mis caídas. Por supuesto, la celebración estaba destinada al fracaso, y la festejada, nuestra Maggie, no iba a tolerar que su fiesta se echara a perder por culpa de un "payaso perdedor".
—Sí, Luan. Recuerdo a Maggie —respondí finalmente a la pregunta de mi hermana, mientras evitaba ver a esa chica a los ojos.
—¿Y qué opinas? Se ha puesto bastante guapa, ¿verdad? —dijo entonces Luan, haciendo que la fría muchacha desviara un poco la mirada.
Yo contesté, sin mucho ánimo: —Sí, supongo que sí.
La débil voz de la chica pálida se hizo escuchar.
—Tú... Tú también te ves muy bella, Luan. Más que las flores que tienes ahí.
—¡Vaya, me sonrojas! Me encanta ese ramo. Me lo dio mi fan número uno —respondió la comediante, lanzándome una mirada discreta. Yo me sentí un poco apenado.
—¡Yo soy tu fan también! —fue la reacción nerviosa de Maggie. —Y lo siento... Creo que debí traerte algo. Es que en verdad...
—No te sientas mal. El mejor regalo es que estés "presente", ¿entiendes? —interrumpió mi hermana, guiñando el ojo y disparándole con el dedo. La del cabello negro rió un poco y sus blancas mejillas se tornaron rosadas. Fue entonces que, al mismo tiempo que yo, dijo:
—Sí.
No sé por qué respondí algo que no iba dirigido a mí ni por asomo. Fue casi una reacción automática al escuchar algo tan bonito viniendo de mi hermana favorita. Por desgracia, a alguien no le agradó que el mensaje fuera, por alguna extraña razón, dirigido a otra persona que no fuera ella misma.
La dura mirada de Maggie se sintió como una manotada en mi rostro. Decidí mejor iniciar una plática para rebajar la tensión.
—Así que... ¿Se encontraron por casualidad? —pregunté viendo a Luan y fingiendo una sonrisa.
—No. Maggie y yo tenemos un tiempo de estar en comunicación. ¿No te había dicho? Espero que me disculpes por eso. En fin. Charlar con ella ha sido agradable, y muy necesario para mí en estos días. Tú entiendes.
Maggie habló.
—O sea, Luan no merece sentirse así, como ves...
Tuve que interrumpirla. No quise que ese tema volviera a salir a flote.
—¡Claaaaaro que entiendo! ¡Por eso le traje flores, porque una chica maravillosa como ella se merece mucho cariño!
Luan se llevó las manos al pecho.
—Eso fue muy tierno, Linky. Soy muy afortunada de contar con el apoyo de ustedes dos. Bien, tengo que cambiarme. ¡Salgo en un momento! Ni se les ocurra irse.
Y entró con rapidez tras la cortina de la tarima.
Hubo unos segundos de tenso silencio entre Maggie y yo. Era obvio que ella, al igual que yo, estaba evitando el contacto visual esta vez. Fue justo cuando yo iba a iniciar una plática que ella habló.
—Tú eres su hermano, ¿verdad?
—Sí. Y su asistente. Lo de la otra vez fue una...
—¡No me recuerdes esa "otra vez"! Mi cumpleaños casi se echa a perder por tu culpa. El pastel, mi póster... ¡Tú los arruinaste!
—¡Oye! ¡Lo siento mucho! —respondí nervioso. —En ese entonces creí que yo era un buen comediante pero solo fui un tonto.
—Claro que fuiste un gran tonto. En cambio Luan lo convirtió en un espectáculo asombroso. Verla a ella, vestida de mimo, caminando con esa gracia... me hizo darme cuenta de que...
Un súbito "¡Tadaaaaa!" nos distrajo y llevó nuestras miradas hacia Luan, quien posaba con su vestimenta habitual, pero con la adición de la boina de mimo.
—Quise ponerme esta boina. Que sea un tributo al día que conocimos a Maggie. ¿Nos vamos?
Ella sonrió y volvió a sonrojarse.
Salimos charlando. Según yo, iría a casa junto con mi hermana. Pero el notar que nos desviábamos ya era un mal presagio de lo que estaba por suceder.
Aquella tarde soleada de primavera empezó a llenarse de nubes.
—Parece que pronto lloverá. Abriría mi sombrilla, pero en realidad es de broma. No lo creo conveniente esta vez —comentó Luan.
—¿Tú haces bromas? —preguntó Maggie, con un tono de voz elevado.
—No sólo hace bromas... ¡Es la Reina de las Bromas! Así como la ves, tan dulce y delicada, esta chica es una mente maestra de las trampas —intervine yo, añadiendo pasión a mis palabras para con ello, quizás, lograr darle miedo a la del cabello negro. Eso no la asustó, pero el repentino trueno que retumbó en el cielo nos hizo dar un pequeño brinco a los tres.
Luan comentó: —¡Creo que mejor buscamos sombra! No me gusta como suena esa lluvia.
Maggie, con rapidez, se puso frente a ella.
—Luan... ¿No te gusta la lluvia? A mí me gusta... O sea, es un reflejo de mi alma.
Mi hermana y yo guardamos silencio y parpadeamos ruidosamente. La chica pálida suspiró, carraspeó un poco, y dijo:
"Algo se rompe en el firmamento
por tu larga ausencia
y el gris, amargo sentimiento
vuelve a hacer presencia.
Las lágrimas que lavan mis penas
llegan sin cesar hasta el suelo
a inundar, a ahogar mis condenas
hasta que mengüe mi desconsuelo"
Ni mi hermana ni yo nos esperábamos un poema en ese momento. Y sin embargo, nos dejó sin habla. Además de que me pareció bueno, mostró una gran tristeza... La cual, se iba reflejando en el brillo de los ojos de Maggie.
—Maggie... Eso fue hermoso. No me digas que tú lo escribiste —preguntó Luan.
—Sí. O sea, una tarde lluviosa lo escribí. Además, esa tarde pensaba en alguien.
Mi hermana puso una gran sonrisa y le echó el brazo a la otra.
—¡Vaya! ¿Quién diría que Maggs era tan romántica? ¡Tienes que contarme todo acerca de ese chico!
—En realidad es...
Otro inoportuno trueno la interrumpió. Creo que haber escuchado la respuesta en ese justo momento nos habría ahorrado un montón de problemas a todos.
