No tengo perdón de dios(?) pero FF no me dejaba actualizar D: en fin, les traemos el siguiente capítulo de esto que se pone bueno (?)

Esta vez, lo he escrito Yo y espero que le agrade a Yuusei(?) y a ustedes, claro.

Disfruten ^^

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Se dirigieron hacia el sur, donde se había hecho la solicitante de refuerzos, pues aunque los fineses eran pocos y tenían el armamento de hace dos generaciones no se daban por vencidos. Los reportes de soldados en el frente de la guerra, sitiados, apresados, mutilados y muertos corrieron como agua; soviéticos sufrían la peor de las escupidas directas a la cara por parte de personas a quienes siempre habían subestimado.

¿Cómo es que soldados tan poco preparados podían humillar al "Magno ejército Rojo"? Clima hostil, todo blanco dulcemente escarchado de escarlata, pestilencia controlada por agujas de pino, dolor e ira por partes iguales. Sea como fuere, en un campo de batalla completamente abierto, la posibilidad de morir era latente.

-¿Cómo es que has venido hasta aquí?-Preguntó la representación rusa al chico de Bielorrusia, rompiendo con el silencio que se había formado entre todos los hombres del grupo 113° de línea.

-No lo sé-Contestó de mala gana, pues aún no comprendía realmente si ese hombre de bufanda, que lideraba con fuerza y disciplina debería ser llamado su hermano. –Sólo amanecí aquí y ya… -Agregó, para no oírse tan exasperante.

-¿Te perdiste? ¿Hiciste algo extraño?-Volvió a tomar la palabra, ignorando que comenzaban a acercarse al punto provisto.

-Estaba a cargo de la división 56° de línea-hizo una pausa al sentir una punzada en la cabeza –fuimos emboscados por esa maldita perra. Para el primer día perdimos a la mitad, para el segundo un cuarto murieron congelados, al tercero sólo quedaban cerca de cien hombres, todos heridos.

El hombre ruso se le quedó mirando extrañado. La división número cincuenta y seis estaba conformada por la élite, por lo que era sumamente extraño que tan pronto sus vidas hayan sido consumidas.

-Quiero suponer que llegaron al objetivo, de lo contrario sería una gran pérdida para la madre patria-Nikita rodó los ojos, lleno de cólera. Iván alcanzó a notar el destello de los ojos del joven, igual al de Natalya. Un destello que no evoca más que profunda ira. -¿Qué pasó, hermano?-Preguntó, suavizando la voz.

-Día cuatro. La división a cargo de Nikita Arlovskay, con veintidós mil hombres fue aniquilada, a más de doscientos kilómetros del objetivo-El bielorruso sólo alcanzó a ver con el rabillo del ojo que el hombre de la bufanda sonreía con cierta malicia –Intenté comunicarme con mi siastra, y con mi idiota hermano para mandar refuerzos, pero no he tenido éxito. Decidí refugiarme en una cueva a fin de entablar comunicación, pero esta tierra de porquería está maldita. A fin de cuentas, he amanecido aquí, caminpe sin rumbo algunos kilómetros. De lo demás estás enterado.

-No puedo alcanzar a comprender eso. Si lo que pasa en tu mundo, pasa en el mío… -Quien tenía la palabra suspiró entrecortadamente –Natalya nunca antes había fallado. Nuestros jefes se lo están tomando muy a la ligera-El peliplata asintió con vehemencia. No le agradaba que un completo desconocido le viniera a recordar que su récord de victorias estaba manchado por unos francotiradores que morían de hambre.

-Yo no voy a dejar que nadie más muera en esta tierra que pronto será consumida por el fervor de nuestro himno. ¿Estás conmigo, hijo legítimo de la madre Rusia?- Nikita se detuvo abruptamente. No por el dolor, sino porque su "hermano" acababa de dar unas órdenes a sus subordinados. El bielorruso hizo un intento por lidiar con el dolor que taladraba la bóveda craneal y amenazaba con tumbarle de una en la nieve perpetua. Quejarse por un dolor de cabeza en plena guerra era como darle la espalda a la bandera roja que ondeaba en lo alto de los edificios soviéticos.

-Estoy contigo hasta el final, representación de mi amada hermana-Nikita hizo el saludo soviético.

-Entonces te dejo a cargo de la división 44° son pocos, pero han cazado favorablemente. No sé a qué te hayas enfrentado anteriormente, pero estas ratas albinas salen de cualquier lado. No tendrás el apoyo de bombarderos o de tanques, es inútil porque los cobardes se esconden. –El bielorruso asintió, pues ya sabía toda esa información. –Ten éxito y corta los suministros, su resistencia se desquebrajará y la Карелия será de nuestra gente. El general los llevará al lugar; aquí nos separamos-Iván sonrió por última vez y comenzó a alejarse con un escuadrón hacia el oeste.

Pasó cerca de una hora y la ventisca comenzaba a antojarse para un bloqueo, peligrando por no conocer bien el lugar. Nikita volvió a maldecir la tundra finesa por la inseguridad que brindaba, pero aquello era lo de menos. Cuando empezó a avistar con sus propios ojos multitud de cuerpos casi en su totalidad enterrados por la nieve, con las insignias bielorrusas supo que aquello era más que guerra, era una masacre.

El general ordenó comenzar a estimar precauciones, porque algunos charcos de sangre no estaban congelados y eso significaba minutos de diferencia entre la línea de frente y la línea roja. Sin ayuda aérea o terrestre, comenzaron a buscar lugares donde meterse. Aberturas naturales, huecos, fosas, arbustos pequeños que no servían de mucho. Otros comenzaron a hacer pequeñas barreras de nieve dura que al menos podrían servir como un escudo regenerable.

Pero tal y como había predicho el general, los fineses sólo estaban tomando un descanso, se daban el lujo de aquello. Los primeros hombres comenzaron a caer víctimas de disparos certeros a la cabeza.

Nikita, con la cabeza agolpándole a mil por hora, trató de pensar bien. Él ya había fracasado en una misión y no volvería a hacerlo. Sabía que sus soldados eran fuertes, pero que ni sus armas podrían contra años de experiencia cazando venados en movimiento, como salvajes. Sabía que sus soldados eran hábiles, pero no podía exigir demasiado con ventisca, frio y terreno desconocido. Sabía que sus soldados eran ágiles y certeros, pero aquella habilidad de camuflaje del ejército contrario le sacaba de quicio.

Pero pronto, su cerebro dio para maquinar un plan que podía ser bastante útil dependiendo de cuantas bajas estuvieran dispuestas a dar.

-¡Arlovskay!-Gritó el general.

-Cállese-Respondió, enseguida suspiro para calmar las ansias que tenía de ir a llenar de agujeros a quien fuera que se atreviese a matar a sus compatriotas –Tengo un plan. Escuche con atención y ejecute, porque no tenemos otra oportunidad. ¿Entiende?- Al hombre a su lado no le quedó más que aceptar cuando Nikita desenfundó su amada navaja de doble filo, que centelleaba como una estrella perdida en la nada.

-Necesito que la mitad de los hombres vayan a atacar directamente a esas malditas alimañas escurridizas. Son francotiradores a ras de suelo, no tienen oportunidad contra la fuerza. No pueden huir y no pueden acercarse, porque están hambrientos y no tienen municiones. La otra mitad se quedará por si algunos intentan huir. Que les disparen a las piernas, los torturaremos después. ¿Entiende, general? –Clavó con furia su navaja a la nieve.

-¡Eso es una misión suicida! Nadie será capaz de ir hacia allá y…-El bielorruso sacó de sus prendas otras tres navajas comunes y las clavó al mismo tiempo en la nieve.

-Son tan descarados que no están ni a cincuenta metros ¿Ve esa intersección de nieve alzada? Es su escondite. Personalmente iré. Los que amen a la madre patria irán. Los que sean ambiciosos y valientes. No puedo creer que alguien cobarde como usted esté al mando de estos hombres- Y sin más, silencioso levantó su mano derecha con el arma brillante. Una clara señal de que lo siguiesen quienes alcanzaran a ver. Recibió señales iguales y se dio un momento para escuchar el sonido de las balas del ejército contrario.

De un momento a otro tendrían que menguar, de un momento a otro tendrían que calentarse sus armas, de un momento a otro estarían más que listos para morir por un objetivo sin igual.

"Siastra…" Pensó a sus adentros y se levantó, siguiéndole varios hombres desde su puesto, cayendo de inmediato unos, doliéndose otros. Cuando hubieron llegado, se perdieron de vista a ojos del general, pues saltaron hacia la dichosa barranquita creada por nieve.

Nikita había llegado al lugar, confiando en que los soldados estarían bien y comenzó a cazar fineses a cuan más. Debió suponerlo desde un principio. Ni en mil años su ejercicio físico y pelea cuerpo a cuerpo sería comparable.

Eran débiles ante su mano que se tornaba carmesí con cada piel dentada que sus amadas navajas corrompían. Algunos comenzaron a huir, pero el general cumplió con su parte. Todo hombre vestido de celeste y blanco que emprendía carrera, era detenido con crueldad, reventándole los músculos de las piernas, torciendo ligamentos y rompiendo a trazas de hueso por las balas bien acertadas.

A escasos metros, vio que uno de sus camaradas tenía problemas.

Un Ruso de aproximadamente metro noventa estaba siendo ferozmente azotado hasta perder auténtica fidelidad del rostro contra la nieve dura. ¿El atacante? Un rubio pequeño, con ropas salpicadas de sangre que no era propia, hasta manchar su dulce atuendo celeste a un color parecido al negro mordaz.

Nikita se encendió, cerró los ojos cuando el enojo lo recorrió completo. Ese rubio era idéntico a la chica representante de Finlandia, idéntico a Tanja. Igual de atroz, igual de hábil, con ese aspecto porcelanizado manchado de suciedad hasta perder la cordura de los actos.

El soldado al que intentó llegar había muerto al escucharse hasta su lugar la ruptura sorda del cuello. Intercambió una leve mirada con el finés y supo que era él a quien tenía que llegar.

Corrió, a los tres metros de distancia lanzó una navaja con dirección a su cuello que fue bien esquivada. Al peliplateado se le fue la respiración un momento cuando vio una pistola salir de uno de los bolsillos del rubio. ¿Cómo pudo ser tan idiota como para escapársele ese detalle? Podrían ser pobres, unos muertos de hambre que comían de manos suecas. Perros abandonados o como quisiese llamarles, pero incluso ellos tenían acceso a pistolas de fabricación Alemana.

El rubio corrió también hacia Nikita, esquivando unos cuantos cuerpos, apretó el gatillo y el líder de escuadrón lo evito, casi con maestría. La bala apenas había rasgado una parte de su ropa. Arlovskay no se creía lo que veía, el finés no había cedido a su carrera ni un ápice y con la habilidad de un experto se acercó a su oponente, disparándole a quemarropa en el hombro izquierdo.

Nikita soltó un quejido. Dolor combinado con indignación, pero sin importar la sangre que se vertía a borbotones, lanzó una navaja a la espalda del finés.

Cayó como cae un venado en la nieve. En seco y sin esperanza.

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¿Que tal?

No se narrar guerras, no me gusta hacerlo. Por lo que esta vez si recibiré con gusto sus jitomatazos a la cara (?)

Yuusei & Yae (?)