Antes de nada, daros las gracias por los reviews, favoritos, follows y visitas fantasmas. Me animáis a continuar escribiendo.
Acá va el 2º episodio. Doy el aviso de que tal vez en algunas escenas me pase de romanticismo así que podéis llamarme cursi las veces que queráis.
Disclaimer: Confirmo que no es mío porque si lo fuera no escribiría fics, sino One Piece y con tanto romance acabaría siendo los Osos Amorosos. Oda quiere aventuras no besos y palabras de amor.
Llevaban un rato sumidos en el silencio, observándose el uno al otro fijamente, transmitiéndose con los ojos que el uno quería que se largara y la otra que no pensaba obedecerlo. Incluso cuando el tipo de las bombas les informó que ya había procedido a desactivarlas ninguno de los dos pareció escucharle: estaban demasiado absortos el uno en el otro para hacer caso a nada más que ellos.
Entre mirada y mirada ya habían transcurrido veinte minutos. Robin sentía que el reloj le pesaba una tonelada y que cada manecilla era una puñalada más a su corazón. Sacó un brazo fleur para acariciar el rostro de su nakama: quería tocar cada centímetro de su piel, grabar en sus yemas su rostro, acariciar con ternura aquella cicatriz que cerraba su ojo…Quería que cuando su corazón pensara en él sus manos reprodujeran la suavidad de su piel.
Su brazo fleur estaba a escasos centímetros del rostro de Zoro cuando este rompió aquel silencio sepulcral:
-No hagas eso.
Con un nudo en la garganta, Robin retiró el tercer brazo y regresó a su anatomía original. Ella creía que ese rechazo no era sino una demostración por parte de su nakama de que todo iba a salir bien, que en tres horas seguiría estando de una pieza, que volverían al barco y contarían a todos lo ocurrido. Ella no podía ser tan optimista: ¿por qué siempre tenía que perder a las personas que quería? ¿No merecía ella amar como todos? Una lágrima traicionera resbaló por su mejilla.
Lejos de lo que pensaba, Zoro no cantaba victoria. Siempre se ponía en lo peor para evitar desagradables sorpresas y este episodio no iba a ser menos. No le importaba morir, no tenía miedo de abandonar este mundo, pero eso no podía aplicárselo a Robin. Estaría dispuesto a morir por ella si fuera preciso pero no podía consentir que ella compartiera con él su fatal destino.
Así, su rechazo no había sido fruto de intentar animar a esa mujer sino porque sabía que en el mismo momento en que sus dedos le rozaran su cuerpo empezaría a temblar y activaría aquello antes de tiempo.
-Robin –la aludida, que estaba mirando el suelo para evitar que la viera llorar, levantó la mirada-, estás a tiempo, vete. No quiero que estés aquí –pronunció en un tono algo brusco para intentar que ella se molestara y se largara.
-Puedes ponerte todo lo bruto que quieras e insultarme si así piensas que me iré pero no pienso hacerlo. No sé qué harías tú en mi lugar pero yo…
-Espera, espera –pidió Zoro algo desconcertado-, ¿cómo que no sabes qué haría yo en tu lugar? ¿Acaso crees que te abandonaría?
-Sé que eres un nakama leal pero –dijo pensativa-…Vamos, sé que no soy tu nakama favorita así que entiende que pueda dudarlo.
Zoro estaba aturdido. ¿De verdad ella pensaba aquello? ¿Lo veía como un ogro sin corazón? Bueno, aunque si había que ser sinceros, si ella se hubiera comportado de la misma manera que él también hubiera dudado. No se podía decir que hubiera demostrado ser el fan número uno de Robin. Largo tiempo había desconfiado de ella, viéndola más como una enemiga infiltrada que nakama, pensando que cualquier noche los mataría mientras dormían. Sin embargo, en algún momento, esos pensamientos desaparecieron y sus ojos no volvieron a verla de la misma manera ni su corazón a sentirla igual.
-Bien –contestó Zoro-, comprendo que puedas pensar eso pero…¡somos nakamas! ¡Nunca te dejaría morir! ¡Daría mi vida por ti!
Si el corazón hubiera contado como movimiento físico, tal vez la bomba hubiera estallado en ese preciso momento. El rostro de Zoro se tornó absolutamente rojo y si hubiera podido moverse, habría salido corriendo de allí. Robin sonrió con ternura aunque sus ojos no reflejaban la más mínima alegría.
-Arigatou, Zoro –dijo Robin, cuyo corazón latía apasionadamente-. Jamás pensé que pudiera escuchar esto de tus labios. Yo también lo haría.
-No quiero que lo hagas.
-No puedes obligarme a marcharme. No puedo…yo… -Robin no se atrevía a decir que no podía dejarlo morir solo: le dolía recordar que quizás en menos de tres horas lo perdería.
Zoro no quería que ella estuviera mal ni tampoco que se sintiera culpable. Es más, ni siquiera deseaba que estuviera allí aunque su compañía siempre fuera un placer. Viendo que por el momento Robin no daría su brazo a torcer optó por comenzar un diálogo más fluido para distraer a la arqueóloga de esta situación y tal vez lograr que olvidara sus estúpidas intenciones de quedarse con él.
-No sé por qué dudas de mí. ¿Acaso te he dado motivos? –esa era la pregunta más idiota que podía formular pero necesitaba abrir conversación para evitar que Robin volviera a llorar.
Robin enarcó una ceja. Ella sabía lo que se proponía. ¿La tomaba por baka o qué?
-¿Hablas en serio, kenshi-san? Cuando subí al barco por primera vez fuiste el único que me ignoró y no ocultabas que te desagradaba mi presencia allí. No eres una persona muy prudente que digamos.
-¿Cómo hubieras actuado tú si un enemigo se autoinvita a tu banda luego de que su compañero sea derrotado? ¿Lo habrías tomado por un ángel o qué?
-No estoy cuestionándote. Es más, te comprendo perfectamente pero es curioso que siendo el que más desconfiaba de mí me hayas salvado tantas veces.
-Luffy no me habría perdonado si se hubiera enterado que no lo había hecho –mintió Zoro descaradamente.
-Quizás lo de Ennies Lobby fue por eso pero, ¿y lo de Skypiea?
-Nami habría aumentado mi deuda si te hubiera dejado caer al suelo.
-¿Y en la isla Gyogin?
-¡Vamos, era un pulpo espadachín borracho! ¿De verdad crees que habría dejado pasar esa diversión?
-¿Y cuando…?
-¡Basta! –sentenció Zoro todavía colorado- ¿Acaso tengo que darte explicaciones de por qué te protejo? Es algo normal entre nakamas.
-Yo no te he pedido explicaciones. Has sido tú quien se ha puesto a justificarse. ¿Por qué, Zoro? ¿Tienes otro motivo para salvarme tanto exceptuando el hecho de que somos nakamas? –preguntó Robin con una voz que no hizo más que poner a Zoro de los nervios.
La única respuesta del espadachín fue un gruñido que hizo a Robin soltar una ligera risotada. El momento de diversión se acabó cuando el reloj de Robin sonó, dando aviso de que ya había pasado la tercera hora. El rostro de Robin volvió a cubrirse con un manto de oscuridad y Zoro, comprendiendo que solo le quedaban dos horas, siguió hablando:
-¿Y cuándo te empezaste a enamorar de mí? –preguntó Zoro con un leve temblor en la voz. ¿Por qué demonios se ponía nervioso si no era más que una broma para distraerla?
Robin se recogió una lágrima que asomaba tímida en su ojo derecho y lo observó con una sonrisita de suficiencia:
-¿Cuándo lo hiciste tú, Zoro?
Se avecinaba una conversación muy interesante.
