IGNIS FATUUS


DUO

MUSICA ET ADVENTUS


DOS

MÚSICA Y LLEGADA


—¿Joven Tsunayoshi? —la voz de la mucama llegó a él como si de un susurro se tratase—. ¿Joven Tsunayoshi? —repitió.

Al haber escuchado su nombre sus párpados se separaron lentamente, como si estuvieran pidiendo permiso para ello. La luz que se colaba a través de las ventanas llegó a lastimarle la vista y no encontró solución alguna más que tomar las sábanas y cubrir su cabeza con ellas.

Unos rápidos pasos se hicieron presentes seguidos de un susurro agitado. Detrás de aquélla puerta que separaba su habitación del largo pasillo se encontraba alguien más.

—Déjale dormir tranquilo. Eso fue lo que el señor Timoteo ordenó.

El castaño escuchó cómo ambas personas comenzaron a caminar y pronto el sonido de sus pasos murió. A pesar de que el idioma hablado no era el suyo, Tsunayoshi sonrió al reconocer la voz de Haru y se mostró profundamente agradecido con la ama de llaves. Le dejarían dormir un poco más y, sin saberlo del todo, él acataría la orden de su abuelo.


El toque a su puerta le despertó por segunda vez en el día.

—¿Décimo?

Al escuchar la voz interrogante de su amigo, el castaño se sobresaltó y se sentó rápidamente, ocasionando con ello que un mareo súbito se apoderara de él.

—¿Gokudera-kun? Puedes pasar —arregló y dobló un poco la sábana y se recostó en la cabecera de la cama.

Tras haberse dado la orden, un clic fue acompañado de un ligero rechinido. Los cabellos plateados se asomaron y, en cuanto tuvo una vista del castaño, sonrió y procedió a entrar completamente en la habitación.

—Buenos días, Décimo. Espero que haya dormido tranquilamente y sin interrupciones.

—¿Eh? Sí. Muchas gracias.

Fue entonces que Hayato notó la vestimenta que el castaño había optado por usar. Una tradicional de su país, aunque no por ello iba a reclamar. Él era quién para decir cuán difícil era tratar de acostumbrarse a algo de lo que apenas se tenía conocimiento; en su opinión, bastante había sido con que hubiese usado un traje occidental al momento de su llegada.

—El desayuno estará servido en el momento que usted disponga.

Tsunayoshi observó que el otro estaba ahí, esperando por su respuesta.

—Oh, me pondré presentable y bajaré. Muchas gracias Gokudera-kun.

El susodicho sólo hizo una pequeña reverencia y se retiró con una simple palabra, una orden explícita de Reborn que daba vueltas y vueltas en su cabeza: "Vigílalo".

Así lo haría.


Una vez que salió aseado del baño contiguo, Tsunayoshi buscó un traje para ponerse antes de bajar a desayunar. Se decidió por uno gris claro de los que estaban preparados en su ropero, aquéllos que, sabía, Haru se había encargado de guardar ahí. La tela foránea se deslizaba suavemente contra su piel y los pequeños botones de la camisa le recordaban que no estaba en su hogar, que debía adecuarse a los comportamientos dignos del lugar.

No queriendo torturarse aún más con sus pensamientos, se colocó el chaleco grisáceo y abandonó su habitación.

Ahora que la luz diurna se colaba en el pasillo, puso más atención en los retratos, deteniéndose en el que se hallaba retratado el hijo adoptivo de Timoteo. Tsunayoshi observó una vez más aquéllos ojos rojos y, con gran ahínco, decidió que él y Xanxus no deberían encontrarse. Jamás.

Bajó la escalinata y se dirigió hacia el gran comedor, aquél donde había cenado la noche anterior y pudo notar un retrato de la madre de su abuelo. Más arriba, justo en el centro de la estancia, había un magnífico candelabro. Las bombillas eran rodeadas por cascadas largas y conformadas por lo que parecían ser pequeñas de gotitas de cristal. La gran mesa del comedor estaba cubierta con un elegante mantel blanco bordado por las orillas, los cubiertos que reposaban en ella se encontraban perfectamente alineados. Se acercó a una de las sillas y acarició levemente el respaldo, recorriendo con las yemas de sus dedos el grabado en la madera.

Las ventanas abiertas dejaron que se colara una pequeña brisa otoñal, lo que ocasionó que Tsunayoshi temblara un poco, entonces se preguntó si habría sido mejor que también hubiese traído puesto el saco.

—Décimo, tome asiento —Hayato deslizó una silla para que el castaño se sentase en ella. Una vez lo hizo él se sentó a su lado derecho—. No sabíamos qué tan hambriento se encontraría, así que también le hemos preparado un poco de comida.

El castaño tomó asiento y una de las mucamas le tendió una taza humeante de capuccino. Tsunayoshi lo llevó a su boca y comenzó a degustar el sabor de algo completamente distinto a lo que era su usual desayuno japonés.

Entonces fue cuando Hayato comenzó a conversar, contándole algunas cosas que había hecho durante su estancia en Inglaterra e Italia: las personas que había conocido, los lugares que había visitado, los eventos a los que había asistido voluntariamente.


Una vez terminaron la comida Hayato consideró pertinente el dar a conocer hasta el más ínfimo rincón de la mansión. Tsunayoshi podría aún estar cansado pero estaba seguro de que no se negaría si le hacía esa pequeña petición.

—Décimo —llamó y una vez tuvo la atención del otro continuó—. ¿Le gustaría conocer la mansión y sus alrededores?

—Seguro —la curiosidad que sentía en esos momentos le impulsó a contestar.

—Sígame —respuesta jubilosa por parte del de mirada esmeralda.

Comenzó a caminar detrás de Hayato, quien se encargó de llevarle habitación por habitación de la enorme casa.

Primero fue la biblioteca. La puerta de caoba se abrió ante él para mostrarle una habitación que tenía muros de un blanco puro; los grandes ventanales dejaban que la luz se colara por los cristales de una manera exquisita. Las cortinas rojas y enormes estaban amarradas y, según Hayato, se soltaban cuando el atardecer comenzaba a hacer acto de presencia. Había múltiples estantes con libros de todos tamaños y grosores y no pudo evitar sentirse feliz al reconocer algunos de ellos: su abuelo poseía una gran cantidad de libros en japonés. El chico de cabellos plateados le mostró al castaño cuál era la oficina de Timoteo, indicando además que siempre se encontraba bajo llave y ni siquiera Haru poseía una copia.

Después se dirigieron hacia la parte trasera de la casa. En cuanto salieron, el sol de otoño iluminó sus rostros y, una vez se adaptaron a la luz del día, el castaño pudo observar las esculturas que adornaban el jardín. Tsunayoshi pudo notar que el pasto había crecido un poco. La ligera brisa le acariciaba los castaños cabellos y, por primera vez desde que partió, se sintió tranquilo. Se mantuvo inmóvil por unos segundos, hasta que vislumbró el portón negro que se alzaba a unos metros de distancia. El campo que se veía poseía un pequeño bosque; los árboles estaban un poco separados y dejaban que una delgada vereda se observara. Tal vez, en alguno de los próximos días podría ir a caminar ahí.

Cuando comenzó a poner más atención a su alrededor, observó que el muro que rodeaba era muy grueso. No quería pensar en algo negativo pero estaba casi seguro de que su abuelo los había mandado a construir por si alguien llegaba a atacarle, después de todo, anteriormente habían intentado asesinar al anciano. Siguió andando, recorriendo el jardín hasta que la voz de Gokudera le interrumpió preguntando si podían seguir con su recorrido. Tsunayoshi, ansioso, asintió con la cabeza y corrió hacia su amigo.

Hayato le llevó por distintas habitaciones, inclusive las que estaban destinadas a hospedar a los huéspedes. Y cuando el castaño estaba a punto de entrar a la cocina, el de ojos verdes le detuvo.

—No querrá entrar ahí —dijo—. Las mujeres se ponen muy nerviosas cuando alguien que no sea ellas "invade" la cocina —trató de imitar sus ademanes— y, como Haru les apoya no se puede hacer nada. Esa mujer es terca.

Tsunayoshi soltó una risilla y Hayato frunció el ceño.

—Gokudera-kun —llamó—. ¿Haru es tu esposa?

—Yo… no… Haru no… —el color rojo se apoderó de su rostro mientras trataba de formar alguna oración coherente.

Tsunayoshi pensó que, en caso de que fuera así, lo más probable era que no le habían dado mucha elección. Eso nunca sucedía, al menos no en esos momentos. Pero de alguna manera se sentía tranquilo, tal vez Haru era lo que Gokudera necesitaba: alguien con quien pudiera realmente ser él.

—¿Qué parte de la casa veremos ahora? —la simple pregunta tranquilizó al otro chico y su nerviosismo desapareció.

Caminaron hacia el recibidor y se dirigieron hacia la parte izquierda de las escaleras. Bajo éstas había una puerta de color negro. Era la última habitación que visitarían: el lugar favorito de Hayato. La mirada ansiosa de éste le reveló a Tsunayoshi que el lugar era, aparte de la biblioteca, en el que pasaba más tiempo. Cuando giraron la perilla y la puerta se abrió, se encontraron con una iluminada habitación que poseía un candelabro no tan grande pero era igual de magnífico que el del comedor. Un reloj situado a su izquierda comenzó a sonar, unas imitaciones de campanadas que se escuchaban levemente y les indicó que eran las tres de la tarde. Más allá, junto a un pequeño sofá individual, había un violín que permanecía intacto, como si no lo hubiesen utilizado en mucho tiempo. Pero lo que más destacaba ahí se encontraba justo en el centro de la habitación: un piano cubierto por una delgada sábana que, supuso, servía para protegerle del polvo.

Hayato se acercó y retiró la tela. El magnífico piano de color negro brillaba como si recién le hubieran adquirido. El chico sacó el taburete y, tras sacudir el casi inexistente polvo, tomó asiento y preguntó a su amigo:

—¿Le gustaría escuchar algo en específico? —una sonrisa se dibujó en su rostro.

Tsunayoshi negó con la cabeza y Hayato se propuso sorprenderle. Decidió interpretar dos melodías para él así que comenzó con una tranquila y melancólica. Se lamentó no tener a alguien que le acompañase con un violín pues, de haber sido así, la música interpretada sería más que hermosa. El compás era suave, sin prisa, expresando tristeza y alivio a la vez.

La pieza terminó y giró su rostro para observar a su amigo. Se encontraba muy conmovido y se recordó que eso era lo que le gustaba de Tsunayoshi: la forma en que podía sentir en carne propia las emociones que otros experimentaban en cierto momento. Decidió animarle y sus dedos se pasearon una vez más por las teclas del piano. Se movían rápidamente en las notas más altas, dando una melodía alegre y Tsunayoshi no pudo evitar recordar el tiempo en el que habían sido unos niños y cuánto se divirtieron.

Hayato sabía que estaba funcionando y, si eso sólo lo había podido hacer el piano, se imaginó que el otro estaría realmente complacido en cuanto le escuchara siendo acompañado por violines.

Finalizó y habló.

—Esas dos las aprendí cuando estaba en Inglaterra, hace tres años. Espero hayan sido de su agrado —una ligera pausa y un suspiro—. Proseguiré con la última.

Esta vez tocaría una diferente, una que escuchó cuando asistió a un concierto en Francia al volver de Inglaterra. Acomodó sus dedos en el teclado y comenzó. El compás era casi invariable y aún así le atraía profundamente, la melancolía daba paso a la conformidad y, después, a una tranquilidad que se deseaba tener. Los dedos bailaban suavemente por el blanco marfil y Hayato les observaba, asegurándose así de presionar las teclas correctas y no cometer un error en su interpretación. Su cabello se balanceaba al ritmo de la música, inclinándose cada vez que se encargaba de sacar una nota del antiguo instrumento.

Cuando su amigo terminó, Tsunayoshi decidió hablar.

—Es muy bella. ¿Cómo se llama?

Pas de douleur.

Antes de que el de cabellos plateados pudiera revelar el idioma y significado de aquéllas simples palabras, el otro respondió en un susurro:

—"No hay dolor".

—Sabe muchas cosas, Décimo. Estoy muy orgulloso de usted —aunque estaba molesto, supo controlarse. ¿Hasta qué punto ese hombre iba a estar en la vida de su preciado amigo?

El castaño supo que algo andaba mal con Hayato, su intuición se lo indicaba, sin embargo prefirió no mencionarlo.

—Iré a la biblioteca, ¿usted también viene? —Gokudera se levantó, cerró la tapa del teclado y cubrió el piano nuevamente.

Al recibir un asentimiento por parte del otro abandonaron la habitación y se dirigieron hacia aquélla gran habitación en la que habían estado horas atrás.


Estaban sumergidos en la lectura cuando Haru llegó para avisarles que Timoteo había llegado y se encontraba esperándoles para cenar. Ambos cerraron los libros, Tsunayoshi abandonó una leyenda sobre los samuráis de Ako y Hayato alguno desconocido que estaba en latín. Ambos se dispusieron a encontrarse con el anciano.

Recorrieron el camino hasta llegar al comedor y se encontraron con que los alimentos estaban colocados maravillosamente. Parecía que fuera a haber una fiesta ahí, un banquete único para los presentes.

—Noveno, buenas noches —las palabras dichas del de cabellos plateados fueron acompañadas con una ligera reverencia.

—Oh, Hayato, Tsunayoshi-kun —una amable sonrisa fue lo que se mostró en el rostro del mayor—. Vamos, tomen asiento, no se queden ahí de pie.

Ambos hicieron lo que se les ordenó, Tsunayoshi al lado derecho del anciano y Hayato al lado derecho del castaño. Dos jóvenes mayordomos llegaron con una bandeja cada uno y las colocaron frente a ambos jóvenes. La comida estaba cubierta y, cuando retiraron la tapa, Tsunayoshi se sorprendió al encontrar tamagoyaki siendo acompañado de un filete Salisbury, aros de cebolla y verduras al vapor. Su mirada fue atraída hacia el anciano cuando éste comenzó a hablar.

—Le dije a Haru que lo preparara —comentó el anciano—. Pensé que aún no te acostumbrarías a la comida del lugar… además creí que sería bueno degustar algo diferente.

Comenzaron a comer tranquilamente, el castaño altamente agradecido por la atención dada, de alguna forma la comida le había alegrado y le hizo olvidar un poco el incidente con Gokudera ocurrido unas horas atrás.

Degustaron de su comida tranquilamente, envueltos en un cómodo silencio y, cuando hubieron terminado el menú, les llevaron el postre, esta vez era uno italiano.

—Espero que estés disfrutando tu estancia, Tsunayoshi-kun —su abuelo le sonrió mientras el chico degustaba el tiramisú recién traído por el mayordomo.

—Em, sí, muchas gracias por invitarme —la timidez salió a flote. Nunca había pasado tanto tiempo a solas (sin su padre o madre presentes) con su abuelo y, a decir verdad, no le molestaba, pero no podía evitar sentirse nervioso en la presencia de aquél amable anciano.

—Realmente me sorprendió cuando Reborn me avisó que vendrías. Dijo que tu padre finalmente había accedido a liberar un poco a su único hijo —hizo una ligera pausa—. Estaba comenzando a preguntarme si tendría que hablar seriamente con él; he perdido la cuenta de las veces que le he dicho que te dejase venir.

El castaño sonrió, un poco incómodo pero teniendo cuidado de que no se reflejara en su rostro. Entonces el anciano acomodó sus cubiertos y se encargó de que su mirada se encontrase con la del joven.

—Perdona mi ausencia del día de ayer, tuve que atender algo muy importante —se disculpó pues no le había gustado actuar así con su nieto adoptivo.

—No se preocupe, comprendo lo ocupado que puede estar —dijo Tsunayoshi, restándole importancia al asunto.

—Confío en que Hayato te mostró la casa, ¿cierto? —retomó su actividad y una vez que terminó su porción pidió otra más.

—Sí, es maravillosa. Sabía que la casa era grande pero no pensé que fuera enorme —dijo con un tinte de emoción en su voz. Recordó su casa en Japón, si bien no era tan grande, era acogedora. Le había gustado estar ahí. —Aquí no es tan malo —pensó. Tal vez podría obtener algo bueno de estar tan lejos de su lugar natal.

—En esta casa vivieron mis padres —comentó—. Aunque ya es muy vieja y creo que harían falta algunas remodelaciones —observó a su alrededor, evaluando la casa. Entonces, recordó algo—. Cierto, Tsunayoshi-kun, Hayato. Hay algo que me gustaría comentarles.

—¿Qué es, Noveno? —Hayato limpió los pequeños rastros de comida que pudieran estar alrededor de su boca y, de nueva cuenta, miró a su empleador.

Una vez que Timoteo estuvo seguro de que ambos jóvenes esperaban por su respuesta, continuó.

—En un mes realizaré un evento como agradecimiento a muchos de mis colaboradores y amigos. Me gustaría que asistieran —se giró hacia Hayato— por supuesto, Haru también está invitada.

—¿Evento? —repitió Tsunayoshi.

—Sí, un concierto.

—¿De verdad Noveno? —el entusiasmo de Hayato se mostró en su voz y su rostro.

—Sí. ¿Me acompañarán?

—Por supuesto —respondió el de cabello plateado.

—Claro —Tsunayoshi estaba emocionado. Nunca había asistido a un evento de tal magnitud y, a decir verdad, se había encaprichado con la idea de asistir a uno cuando un pequeño Hayato le había comentado cómo eran los conciertos a los que iba con su padre en Italia.

—Cambiando de tema, Tsunayoshi-kun —dijo el anciano después de que un ligero silencio se hubiese filtrado entre ellos; esperó a tener la completa atención del otro antes de continuar—. Estás por cumplir los veinte años, ¿no piensas casarte?

Un color rojo comenzó a apoderarse lentamente del rostro del castaño y, sabía, estaba a punto de tartamudear alguna incoherencia, o peor aún, algo que le traería graves consecuencias si no hubiera sido porque recordó a Takeshi, su sonrisa, y la tranquilidad que éste siempre le proveía.

—Yo… —contestó— Yo, aún no encuentro a la persona indicada para ello —las palabras abandonaron su boca con facilidad, como si segundos antes no hubiese estado nervioso.

—¡Oh! —exclamó Timoteo—. Así que mi nieto es un romántico. Yo era igual, me negué durante mucho tiempo ante una propuesta insistente de mis padres, eso fue cuando tenía dieciséis. —Hizo una ligera pausa y continuó. —Entonces un día fuimos a una fiesta y fue ahí que conocí al amor de mi vida —notó que ambos jóvenes le miraban atentamente—. Lo curioso fue que más tarde nos enteramos que aquél compromiso del que tanto me hablaban mis padres era con ella.

Ambos rieron y Hayato observó detenidamente a Tsunayoshi, no creyendo en las palabras anteriores de éste y, al mismo tiempo, odiándose por ello. Tal vez Timoteo sabía que su nieto no le había dicho la verdad, tal vez no, pero creía que era algo imposible mentirle al anciano, después de todo, había constatado con sus propios ojos que nadie podía ni había podido mentirle.

Los minutos siguieron pasando y palabra tras palabra fue dicha en aquel comedor, desde aquéllas que formaban preguntas y anécdotas vergonzosas hasta las que compartían ideas que, claramente, nunca se habría imaginado que existían. Pronto el cansancio les dominó y decidieron ir a dormir. Los jóvenes se fueron primero y Timoteo se quedó solo, observando cómo los últimos platos eran retirados de la mesa. Suspiró.

—La persona indicada, ¿eh? —susurró apenas.

—Decía algo, ¿señor? —la mucama preguntó, notando el susurro pero no distinguiendo el idioma.

—No, nada —se levantó y se retiró del lugar.


Tsunayoshi pasó los siguientes trece días yendo y viniendo por toda la mansión, encontrándose más frecuentemente en el jardín trasero, o bien, leyendo en la biblioteca y aprendiendo italiano y latín —lo que podía— de las lecciones complejas de Hayato.

Entonces, al decimocuarto día de su llegada, cuando Hayato se encontraba fuera, unos desconocidos se presentaron. Llegaron en el momento en el que Timoteo le contaba cómo había conocido a su padre, el cual coincidió con la primera vez que visitó Japón.

—Viejo —una sencilla palabra en italiano interrumpió la anécdota del anciano—. ¿Quién es la basura que está ahí?

Tsunayoshi se volteó para ver al dueño de aquélla ronca voz pero su sorpresa fue grande cuando se encontró con dos hombres que contrastaban en demasía; era imposible no compararles, al menos cuando uno permanecía al lado del otro. El primero usaba un traje de un inmaculado e impoluto blanco, sus zapatos (del mismo color) no tenían rastro de suciedad alguna (Tsunayoshi se preguntó si se los habría colocado justo antes de entrar a la mansión); su cabello azul era claramente visible y, aún bajo el sombrero de copa que llevaba, pudo vislumbrar que estaba atado en una coleta baja y caía por su espalda; su piel se veía pálida y el castaño lo atribuyó al blanco del traje. Después observó al otro hombre. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras, en su mente, se repetía "No es él" aunque sabía con certeza que no se estaba convenciendo de ello.

Sin duda alguna, los años habían hecho su trabajo en cambiar al hombre de oscuro cabello que se encontraba a pocos metros de él. En el retrato no se había pincelado cicatriz alguna y el pelinegro tenía una que cubría su mejilla izquierda y parte de su cuello. Cuando antes se veía el empeño puesto para que la ropa estuviese acorde a él y a su clase, ahora se encontraba ausente pues su traje estaba desordenado, desprovisto de chaleco y usando una camisa con algunos botones sueltos. Supo que era el hijo de Timoteo porque poseía la misma mirada llena de odio que la del joven del cuadro.

Después de lo que le pareció una eternidad y un escrutinio interminable, Timoteo decidió hablar, por supuesto, en su lengua natal.

—Xanxus, Mukuro —el de cabello azul levantó ligeramente el sombrero de su cabeza a forma de saludo—. ¿A qué debo el honor de su visita?

—Es mi culpa —contestó el de traje blanco— pero antes… —se encaminó hacia el castaño y le tendió la mano—. Soy Mukuro Rokudo.

Tsunayoshi no logró entender y su ignorancia fue visible en su rostro. Observó los ojos extraños de aquél hombre: uno color carmín y el otro azulino.

—Mukuro, mi nieto aún no entiende el idioma —intervino Timoteo hablando tranquilamente en japonés lo que atrajo la atención de los presentes.

—Oh, una disculpa —dijo, también en japonés. Entonces un brillo desconocido se puso en su mirada, retiró la mano extendida e hizo una ligera reverencia—. Soy Rokudo Mukuro. Un placer conocerte, Sawada Tsunayoshi.

Mukuro se irguió inmediatamente, sus ojos aún fijos en los avellana que le miraban impresionados. El cambio súbito de italiano a japonés había sorprendido a Tsunayoshi pues no creyó que, aparte de Hayato, Haru y su abuelo, hubiese alguien más que hablara ambos idiomas. Fue entonces cuando el castaño cayó en cuenta que el otro había dicho su nombre.

—¿Cómo es que…?

—Timoteo me ha hablado de su pequeño nieto que vive en Japón —interrumpió—. También he visitado el país, pero sólo tres veces. Los extranjeros no son muy bien recibidos por algunos habitantes—añadió y se dirigió hacia el anciano—. He venido a decirle que todo va marchando como habíamos previsto.

El anciano sonrió mientras Tsunayoshi se preguntaba, si aquél hombre realmente era italiano, por qué tenía un nombre japonés.

—Me alegra escuchar eso. Hace unos días le comentaba sobre ello a Tsunayoshi-kun. Después de todo, será un gran evento. ¿Recuerdas —se dirigió hacia el susodicho, sacándole de sus pensamientos— cuando te comenté que habría un concierto?

—Sí —respondió rápidamente ante la atenta y rojiza mirada que ponía especial atención a cualquier movimiento que hiciera.

El hombre conocido como Xanxus tomó asiento en el extremo de la mesa más alejado de ellos y sin perderles de vista. Pidió a una de las jóvenes que le trajesen algo de comer y ésta salió corriendo rápidamente. La chica sabía que entre más tiempo hiciese esperar al joven más se molestaría, incluso podría llegar a arrojarle la comida por su incompetencia.

—Mukuro me está ayudando con eso.

El de cabellos azules sonrió y estrechó la mirada un poco.

—¿Cómo podría negarme a hacer negocios con usted? —la sonrisa permanecía en su rostro—. Además, he preparado un número muy especial. Le aseguro que disfrutará de él.

—Estaré esperando ansio…

—Viejo —Xanxus interrumpió una vez más, esta vez hablando en japonés.

El anciano dirigió la mirada hacia su hijo, sonrió amablemente y el otro le respondió observándole fijamente y, sin duda alguna, hizo que la piel del castaño se erizara.

—¿Sucede algo, Xanxus?

—¿Quién es esa basura? —señaló con la cabeza a Tsunayoshi.

El menor respondió ligeramente ante el insulto pero de su boca no salió palabra alguna. No entendía cómo es que preguntaba eso si hacía unos momentos habían mencionado su nombre.

Timoteo suspiró, tal parecía que su hijo no cambiaría su forma de actuar en un largo tiempo.

—No deberías tratar así a un invitado especial —fue Mukuro quien contestó. La forma en la que dijo la última palabra no le agradó a Tsunayoshi.

—Espero que hayas venido a decirme que vas a matrimoniarte —dijo el mayor, cambiando el tema principal de aquélla extraña conversación.

La doncella, acompañada de otras dos, llegó con los alimentos y comenzó a ponerlos frente a Xanxus, éste le observó detenidamente y parecía que el par de ojos rojos le gritaban a la pobre muchacha cuán inútil era. Lo habría hecho, le habría gritado, llamado basura, incompetente, inservible… si no fuera porque estaba de buen humor.

—Te tardaste —le dijo a la joven y, acto seguido, se dispuso a responder la pregunta de su padre—. Y no. No estoy tan loco para casarme ni quiero que una de esas basuras esté tan desesperada como para que se acerque a mí.

—Si no les dijeras "Piérdete idiota" o "¿Qué estás viendo, mocosa inútil?" tal vez no tendrían tanto miedo de ti. Me atrevo a asegurar que serías el objeto de interés en muchas reuniones de jovencitas —Mukuro comentó, imitándole cuando fue necesario y esforzándose por alterar el buen comportamiento del hombre que le había acompañado—. Pero, como tú lo has dicho, aunque estén tan desesperadas dudo que alguien quiera pasar el resto de su vida contigo… a menos que quisieran vivir un infierno —añadió y su sonrisa se ensanchó.

Xanxus sólo le observó, y no se presentó reacción alguna más que esa. Este comportamiento extrañó incluso a su padre, quien estaba a punto de reclamarle por los insultos dirigidos a todas las jóvenes pero fue entonces cuando notó una mancha de sangre en la camisa arrugada de su hijo.

—Xanxus —Timoteo llamó la atención de los recién llegados—. ¿Has vuelto a pelear?

El hombre de mirada rojiza se preguntó cómo es que su padre veía tan bien a pesar de ser alguien tan viejo. Se preguntó, incluso, cómo es que había vivido tanto tiempo.

—Sí —dijo mientras se llevaba un enorme trozo de carne a la boca, sin importarle la mirada reprobatoria que el anciano le dirigía. Al notar que el viejo no estaría conforme con sólo esa respuesta, continuó—. Mukuro me presentó a un idiota que usa una espada.

No dijo más y Timoteo supo que eso era todo lo que obtendría de su hijo de casi cuarenta años. Suspiró. Decidió volver a conversar con Mukuro pues, desde hace algún tiempo, se había encandilado con el joven; siempre que conversaba con él éste hablaba de manera propia, educada, atrayente y, por algún motivo, en muchas de esas pláticas terminaba compartiendo la misma opinión que el muchacho a pesar de haber estado en contra al principio.

—Mukuro, ¿cómo está tu esposa? Hace mucho que no viene a visitarme —dijo mientras señalaba el asiento a su derecha.

El de mirada enigmática se sentó en el lugar libre e, inmediatamente, una jovencita ya estaba ahí para dejar en la mesa su bandeja con comida.

—Muchas gracias —dijo a la muchacha y después prosiguió con su conversación con Timoteo—. Está tan hermosa como siempre, gracias por preguntar.

—Oh, puedo notar cómo tus ojos brillan cuando hablamos de ella —Timoteo soltó una carcajada—. Me alegro por ti, Mukuro. Pensé que habría problemas dado que ambos son primos —comentó mientras tomaba un bocado.

—Pero eso sólo tiene importancia si tomamos en cuenta que podríamos haber estado relacionados, verdaderamente, hace doscientos años. Tal vez más tiempo. Por cierto —dijo una vez que echó un vistazo a la comida— esa mujer tiene gustos extraños al momento de presentar su comida. Sin embargo, los platillos siguen siendo deliciosos.

—Haru se alegraría al escuchar los elogios sobre su comida —comentó el anciano.

Mukuro hizo una mueca de disgusto. —Por favor, no le repita mis palabras. Esa mujer es muy extraña, en todo sentido.

Tsunayoshi no era partícipe de aquélla conversación, en cambio se dedicó a observar a Mukuro y notó cómo este era apenas unos años mayor. Tal vez cuatro o cinco, tal vez menos, pues el castaño parecía un poco más joven de lo que era. Mientras tanto, Xanxus seguía devorando la comida, sin importarle las lecciones que había recibido sobre cómo debía comportarse una persona de su calibre.

La comida transcurrió y llegó el momento en el que los visitantes tuvieron que marcharse. El de cabellos azules hizo una ligera reverencia y murmuró algo casi inaudible, lo único que Tsunayoshi pudo escuchar fueron las palabras lástima, Gokudera y molestarle. Xanxus soltó un gruñido cuando Timoteo le dijo que debía apresurarse y encontrar una esposa pues, de lo contrario, no podría darle nieto alguno.

Una vez se fueron, Tsunayoshi pensó que lo mejor sería alejarse de ellos pues, mientras uno le inspiraba temor, el otro le infundía desconfianza. Estaba seguro que Hayato diría "Aléjese de ese par de bastardos, Décimo" o algo parecido. Entonces decidió que ya había pasado mucho tiempo y que debía volver y ayudar a las jóvenes a recoger la mesa, aunque estaba casi seguro que no le dejarían hacerlo.


—¿De qué te ríes bastardo? —preguntó Xanxus ya incapaz de seguir ocultando su curiosidad. Como el otro dijese "de ti" estaba seguro que le arrancaría la cabeza. La escoria debía ser eliminada.

Mukuro ensanchó aún más su sonrisa, las pupilas le brillaban maliciosamente y sólo quiso decir:

—De nada, absolutamente nada.


Comentarios:
No sé en qué momento pondré el próximo capítulo por lo que, para compensar mi ausencia, preparé una actualización masiva, espero que la disfruten (si es que lo leen).
Siento las molestias que el cambio de nombre puedan causar. Oh, y al fin encontré el resumen original por lo que, de igual manera, ha sido cambiado.
Gracias por leer.