Les vengo a dejar otro capítulo por aquí. Espero que lo disfruten. Tomé algunos de los diálogos del libro original porque eran necesarios para poder narrar esta parte de la historia. Un besote a todos los que han leído y espero que esta vez se animen a comentar :)

—Los muggles ya deben estar lejos… rumbo a su premiación del césped mejor cuidado —dijo Tonks con emoción.

—Bien. En marcha entonces —ordenó Ojoloco, su siniestro ojo rodando en todas direcciones.

Remus se separó de la pared en la que había estado recostado, listo para desaparecerse en cuanto Ojoloco lo indicara.

Por fin, después de mucha espera, iban a buscar a Harry para llevarlo a Grimmauld Place. Ya era justo, todo el mundo conocía el cuartel general, menos el chico que vivió. En el momento en que Ojoloco dio luz verde para marcharse, imploró mentalmente que todo saliera bien, que Tonks no causase demasiados daños en la casa de los muggles.

Se aparecieron directamente en la cocina de los parientes de Harry, en medio de un crack que fue opacado al instante por el sonido de algo al romperse. Remus dio media vuelta, varita en alto, dispuesto a hechizar al primer mortífago que se hubiese atrevido a atacarlos.

—Lo siento, lo siento, lo siento —el susurró de Tonks lo hizo comprender que no habían mortífagos en la cocina.

Observó como la chica ondeaba la varita para reparar lo que fuese que hubiese dañado.

—Más cuidado, Tonks —gruñó Ojoloco con impaciencia.

Después de unos instantes de susurros y más disculpas por parte de Tonks, Harry apareció en las escaleras, sigiloso como un gato, mirándolos con cautela.

—Baja tu varita, niño, antes de que le saques un ojo a alguien —regañó Ojoloco con su voz severa.

—¿Profesor Moody? —inquirió la voz de Harry desde las escaleras. Para asombro de Remus, el tono de voz del muchacho había madurado bastante en el año que llevaba sin verlo.

—No sé mucho de ser profesor. Ven acá para que podamos verte apropiadamente.

—Todo está bien, Harry. Hemos venido a llevarte —dijo Remus. Se sentía emocionado, después de tantos meses, por fin tenía al hijo de su mejor amigo cerca.

—¿Profesor Lupin? ¿Es usted? —preguntó Harry. El chico al parecer no se creía que tantas personas estuviesen de visita esa noche.

—¿Por qué estamos todos en la oscuridad? —intervino Tonks animadamente —Lumos.

Remus sonrió ante la visión del chico de cabello negro alborotado; cada día que pasaba, se parecía más a su difunto amigo James. Miró de reojo a Tonks, quien para la ocasión llevaba el cabello violeta en lugar de rosa. Hacía poco se había enterado de que la mujer era una metamorfomaga, y apenas se estaba acostumbrando a sus continuos cambios de apariencia.

—Oh, se ve justo como pensé que se vería —Tonks sonrió al muchacho —Hola, Harry.

—Ya veo a lo que te refieres, Remus. Es igual a James —dijo Kinsgley con su profunda voz.

—Excepto los ojos… son los de Lily —suspiró Elphias Dodge, un anciano mago cuyo cabello parecía algodón.

Remus sonrió levemente. Las personas aún no dejaban de admirar los rasgos físicos de Harry; pero es que en realidad se parecía tanto a James, era como una copia más delgaducha y bajita.

—¿Seguro que es él, Lupin? —Ojoloco estaba receloso para variar —. Debemos preguntarle algo que solo el verdadero Potter sabría.

Estaba completamente seguro de que el escuálido chico de las escaleras era el hijo de su amigo, pero era mejor llevarle la corriente a Moody si no quería una retahíla sobre los peligros constantes de los magos oscuros.

—¿Qué forma tiene tu patronus, Harry? —decidió preguntar.

—Un ciervo —respondió el muchacho nervioso.

—Es él —informó Lupin.

Harry bajó las escaleras guardándose la varita en el bolsillo trasero de sus pantalones, lo que ocasiono una reprimenda por parte de Ojoloco, quien aseguraba que una persona podría perder su trasero en caso de incendiarse la varita. Esa era una de las afirmaciones más extrañas que Remus jamás le hubiese escuchado decir al viejo auror, sin embargo, prefirió guardarse sus opiniones para sí.

Después de las presentaciones, que por cierto fueron bastante entusiastas por parte de varios miembros de la orden, Harry subió a recoger sus cosas en compañía de una muy alegre Tonks.

Remus aún no comprendía las sensaciones que se arremolinaban en su pecho cuando la chica estaba cerca. Ella era tan… ¿diferente? Sí, podía decírsele de esa forma; Tonks era diferente. Lo sacaba de casillas. Su comportamiento animado e incluso infantil, sumándole su torpeza, lo impacientaban, mas no dejaban de cautivarlo. Todo era muy confuso con ella, así que cuando tenía la oportunidad de cumplir una misión sin que ella estuviese presente, la tomaba y partía solo, o con cualquier otro, incluso llegaba a preferir estar con Mundungus. Por lo menos el enano maloliente no confundía sus sentidos. Trataba de hacerse creer a sí mismo que la aversión hacia Tonks era por su torpeza, pero en el fondo sabía que él era demasiado tolerante y comprensivo para que ese fuese el motivo de sus sentimientos hostiles.

Por fin, después de unos minutos, Tonks y Harry volvieron cargados con las pertenencias del chico. Y, Fue un alivio cuando todo el grupo salió al jardín, preparándose para un viaje en escobas que seguramente resultaría muy agotador; eso era lo que necesitaba, algo que lo cansara realmente y alejara de su cabeza la sarta de pensamientos estúpidos que tenía cuando Tonks estaba cerca.

Cuando Ojoloco terminó de dar su acostumbrado discurso fatalista, todos montaron en sus escobas y se elevaron en el cielo estrellado. El viento azotó su rotro, haciendo que se calara inmediatamente. Maldijo para sus adentros mientras continuaba volando; quería sacar a Tonks de su mente, no congelarse el culo en una escoba. Debido a su licantropía, Remus se helaba más rápido que cualquier otro ser humano; no podía decirse que siempre fuese una paleta, pero cuando estaba cerca su transformación, muchas cosas en él se hacían casi intolerables.

Dio gracias a Dios cuando descendieron en la plaza frente al cuartel general; no veía la hora de entrar en la casa y abrigarse un poco. Vio por el rabillo del ojo a Tonks, y rápidamente, casi como si hubiese recibido una descarga eléctrica, volvió a centrar su atención en la vivienda entre el número once y el trece.

—Remus… —susurró Tonks en cuanto todos empezaron a marchar hacia la casa.

—¿Hmmm? —masculló Remus incomodo.

—Eh… ¿Crees que mi cabello se ve bien de este color?

Remus no pudo evitar mirarla confundido ¿Tanto secreto para preguntarle eso? Notó un ligero rubor en las mejillas de la chica, quien a pesar de verse azorada, no apartaba los ojos de los suyos.

—Sí… bien—respondió.

La muchacha sonrió débilmente, casi con tristeza, y siguió caminando sin decir nada más.

¿Le habría desilusionado su falta de palabras respecto a su cabello? Ahora sentía algo de remordimiento por no haberle dicho algo más bonito. Tal vez… ¡Si, se ve genial! O ¡Naciste para el violeta! Sacudió la cabeza, alejando esos ridículos pensamientos de su mente.

Su cuerpo agradeció enormemente el calor que recibió al entrar a la tétrica vivienda; dudaba seriamente haber soportado más tiempo afuera sin convertirse en helado de licántropo.

La señora Weasley apareció proveniente de la cocina, haciéndole arrumacos a Harry y murmurando lo mucho que parecía haber padecido una hambruna terrible. El chico solo sonreía mientras la mujer parloteaba y, momentos después, se las arregló para desaparecer escaleras arriba en busca de Ron y Hermione.

Minutos después de la desaparición de Harry, los miembros de la orden entraron en tropel a la reunión que se había programado para esa noche. La señora Weasley sirvió un delicioso café, que Remus ingirió como si su vida dependiera de él, mientras escuchaba los incesantes parloteos acerca del arma que Voldemort quería sacar del ministerio de magia.

Tras largo rato, la reunión terminó, con lo que todos aquellos que no se quedarían a cenar se marcharon. Remus fue a sellar las puertas en compañía de Tonks y Molly; tenían un completo arsenal de hechizos en las cerraduras para evitar visitas indeseadas.

Harry bajó poco después, atendiendo solemnemente a las indicaciones de Molly sobre guardar silencio en el pasillo. Los amigos del chico, que ya conocían el procedimiento al pasar por allí, también caminaron con sigilo.

Un golpe sordo lo hizo arrugar el rostro. No tuvo necesidad de mirar atrás para saber quien lo había causado; las disculpas de Tonks comenzaron a oírse junto a los gritos de la madre de Sirius.

—Lo siento… ese maldito paragüero… —se excusó la mujer con voz azorada.

—ESCORIAS… TRAIDORES A LA SANGRE —los chillidos de la señora Black bien podrían destruir los tímpanos.

Harry miraba con asombro, tapándose los oídos, hacia la babeante y gruñona imagen de la madre de Sirius, mientras Remus respiraba profundo para librarse de su exasperación hacia Tonks. Corrió junto a Molly para intentar cerrar las cortinas, pero era bastante difícil hacer callar a la mujer. De un momento a otro, Sirius apareció gritando tan alto como su madre, con su largo cabello alborotado sacudiéndose tras él.

—Lo siento, de verdad, lo siento —decía Tonks mientras intentaba poner en su sitio al enorme paragüero.

—No te apures —dijo Remus exasperado una vez lograron callar a la señora Black entre él, Molly y Sirius.

Sacudió la cabeza con molestia, y fue hacia la cocina con la esperanza de que Molly preparara una deliciosa cena. Se estaba muriendo de hambre hacia bastante rato.

Tonks sintió un peso enorme en la garganta al percibir el tono de voz de Remus. Sabía que lo exasperaba con su torpeza, pero era incapaz de evitar accidentarse cada dos por tres; era tan parte de ella como su capacidad de cambiar su aspecto.

Siguió al hombre a la cocina, caminando delante de Harry y Sirius, sintiéndose la peor de las idiotas. Una vez en la cocina, quiso ayudar a Bill Weasley a recoger unos pergaminos, y como cosa rara, derribo una vela sobre uno de ellos, obligando a una muy impaciente señora Weasley a limpiar su desastre.

Decidió sentarse antes de terminar haciendo otro daño más grave.

Miró hacia el dormido Mundungus, quien dio un resoplido y despertó murmurando que apoyaba a Sirius en cuanto escuchó el llamado de Bill Weasley. Al menos Mundungus no es torpe, pensó abatida, mirando de reojo a Remus. El parecía de buen humor, aunque siempre era serio e incluso distante con ella, haciendo que se preguntara el por qué de su actitud. Claro, ella era torpe a más no poder, pero eso no evitaba que la gente le hablara y entablara amistades; pero Remus simplemente parecía alegrarse cada vez que tenía que ir a una misión de la que ella no hacía parte.

Escuchó sin mucho interés las quejas de Sirius sobre su estado de confinamiento en la casa; le agradaba mucho su primo, pero a veces estaba tan deprimido, que era mejor dejarlo solo. Un grito de la señora Weasley la sacó de sus cavilaciones, haciéndola estremecer en su silla pensando que había hecho algo malo. Comprendió que la reprimenda no era para ella sino para los gemelos, cuando vio caer sobre la mesa un enorme recipiente lleno de guisado, seguido por un cuchillo y un jarrón de cerveza de mantequilla. Al parecer los muchachos no superaban el hecho de ser mayores de edad y poder usar magia fuera de la escuela. Después de la regañina de Molly, todos comenzaron a comer animadamente, disfrutando de la deliciosa comida de la matrona Weasley. Le encantaba la forma de cocinar de la mujer, ella hacía que su propia comida pareciera de restaurante barato.

Al terminar de cenar, se puso a conversar animadamente con Hermione y Ginny, al tiempo que las hacía reír satisfaciendo sus demandas de cambiar la forma de su nariz. Alcanzaba a oír, sobre las risas de las chicas, a Remus hablando con el señor Weasley y Bill acerca de algunas personas que serían útiles en la orden.

Una estruendosa carcajada la distrajo, regresando de golpe su nariz a su forma habitual. Miró alarmada hacia el centro de la mesa, calmándose al comprender que era solo Mundungus contando a los gemelos y a Ron sobre sus negocios. Sintió pena ajena ante la regañina de Molly hacia el sucio tipo, y volvió a concentrarse en su bebida, manteniendo a raya sus nuevos y crecientes deseos de mirar a Lupin.

Cuando todo el mundo terminó con sus platos y se dedicó a reposar calmadamente, Sirius sacó a colación el tema de Voldemort, exponiendo las razones por las cuales Harry debería estar al tanto de todo sobre la orden, logrando que la señora Weasley se enzarzara en una acalorada discusión con él. Ella alegaba sobre la juventud de Harry, exponiendo a su vez los contras de compartirlo todo con el chico.

Tonks estaba de acuerdo con Sirius: Harry debería estar al tanto de que Voldemort buscaba un arma para actuar contra él. Pero ella estimaba mucho su pellejo como para decirle a Molly lo que opinaba. Remus, contrario a ella, apoyaba a Molly en la decisión de no incluir al chico en tales asuntos. Así que Tonks prefirió permanecer en silencio hasta que la señora Weasley aceptó contar a Harry algunas cosas, enviando a los otros chicos a dormir de manera cortante. Como sus hijos y Hermione discutieron, solo logró enviar a la cama a una muy enojada Ginny.

La información que les dieron a los chicos no resultó ser nada del otro mundo, solo una que otra cosa sobre lo que hacía Voldemort y sobre la estupidez del ministerio al no querer aceptar que el pelón maniático estaba de nuevo entre ellos. Al final, la señora Weasley puso fin a la conversación, ordenando a los chicos subir a sus habitaciones de inmediato, dejando un ambiente bastante tenso en la cocina. Sirius seguía molesto con Molly, y Molly seguía molesta con Sirius; de modo que Tonks decidió que era hora de marcharse.

Haciendo de tripas corazón, se puso en pie y preguntó a Remus si se iría a casa ya o si se quedaría otro rato.

—Me voy ya —dijo Remus sin mirarla —. Te acompaño a la salida.

—Bien… —murmuró Tonks a Remus —. Que pasen buena noche —cambió su tono por uno más animado al despedirse de los demás.

—Buenas noches —respondieron todos al unísono.

El coro le habría parecido gracioso a Tonks, de no ser por la cara de funeral que tenían casi todos los presentes.