Capítulo 2

Ali volvió a tropezar, esta vez con más ímpetu, y el conde volvió a sujetarla. La cogió por la muñeca izquierda, mientras con el otro brazo le rodeaba la cintura, ciñéndola eficazmente contra su torso. Estuvieron así un momento, hasta que Ali recuperó el equilibrio gracias a la fuerza y la altura del hombre.

—Bueno —dijo ella con cierto deleite—. Hacía tiempo que Biers se lo buscaba.

A su lado, oyó que el conde inspiraba una profunda bocanada de aire y después lo expulsaba lentamente, rozándole la piel de la mejilla. Le dio la impresión de que llevaba mucho tiempo conteniéndolo. Semanas, puede que meses o incluso toda la vida.

—Así es —respondió—. ¿Seguimos?

No había nada extraño en su tono, pero Ali tuvo la sensación de que retiraría su confesión si pudiera. No porque lamentara haberle arrebatado la vida a Biers, sino porque decirle algo así a una joven mientras la acompañaba en plena noche a su casa no era lo habitual.

Eso lo sabía hasta un bárbaro.

—Intentó propasarse conmigo unas cuantas veces —dijo ella, sin soltar la mano del conde mientras seguían avanzando a oscuras entre todas aquellas raíces aéreas, entrelazando los dedos con los de él—. Fue precisamente de sus atenciones de lo que el anciano conde quiso defenderme.

—¿Biers consiguió su objetivo alguna vez? —preguntó Rosecroft con tono aprensivo.

—Sólo soy una chica de humilde cuna, milord. ¿Qué más da si lo consiguió? Me dio más de un buen susto y la lección me vino bien cuando empecé a trabajar. Era un hombre cruel y grosero. Me alegro de que lo matara. Me alegro y me siento aliviada. Pese a lo mucho que quería a su nieto, el anciano conde lo habría aplaudido también por proteger así a sus nietas.

Por algún motivo, se sentía segura hablando de una manera tan abierta con él en mitad de la oscuridad, aunque aquella forma de cogerse de las manos no le parecía tan segura. Ni segura, ni inteligente ni propia de una mujer sensata. Una mujer sensata no estaría disfrutando como ella, ni especulando sobre qué otras cosas sería capaz de hacer lord Rosecroft mientras les envolvía la brisa de la noche.

Entonces, dirigió la conversación hacia el tema de trasladar su negocio de pastelería a la mansión y le habló de los vecinos que vivían alrededor de la propiedad y los diversos artesanos y granjeros repartidos por la zona. Se devanó los sesos buscando temas de conversación agradables, reconfortantes, incluso graciosos, en un intento de que su acompañante no le diera vueltas a cosas del pasado que era mejor no remover. Y no le soltó la mano hasta que estuvieron cerca ya de la casa de dos plantas, una estructura tal vez demasiado elegante para ser una casita de campo arrendada a una panadera, aunque desde luego no era una mansión.

—¿El anciano conde la instaló aquí? —preguntó Rosecroft, subiendo con ella los escalones del porche.

—Así es. Compró esta casa para su viuda.

Era un lugar encantador, o eso le parecía a ella. Había flores por todas partes, un pequeño establo con un redil aledaño detrás de la casa y unos árboles de gran tamaño, que en ese momento proyectaban un mosaico de formas cambiantes con las hojas a la luz de la luna. De día era un lugar espacioso, alegre y de elegante diseño.

—Es una propiedad muy grande para que la cuide una sola persona —comentó el conde cuando Ali se sentó en el balancín del porche.

Él dejó el sombrero en los escalones y se volvió para contemplar el paisaje iluminado por la luna—. Pero tiene una bonita vista del río desde aquí.

—Sí y me gustan mucho mis árboles. Dan una sombra muy agradable y en invierno proporcionan protección frente a la nieve y el viento.

—Eché mucho de menos el verdor de Inglaterra durante el tiempo que estuve en la península Ibérica —musitó él—. Tanto como algunos de los hombres echaban de menos a su amor.

—Creo que los ingleses somos gente bastante hogareña —comentó ella, poniendo el balancín en movimiento con la punta del pie—.

Recorremos el mundo en nombre del rey y de nuestro país, pero en realidad nos hace felices volver.

—Me lo tomaré como una indirecta de que ya es hora de que vuelva a casa —dijo el conde, tendiéndole el sombrero.

—Gracias por acompañarme, milord. —Ali se levantó del balancín y cogió el sombrero—. Hasta el lunes.

—Hasta el lunes. —Whitlock le tomó la mano con la suya e inclinó la cabeza; un gesto cortés, apropiado si ella fuera una dama, pero no para

la hija de un simple soldado, que se ganaba la vida horneando pasteles en un apartado rincón de Yorkshire.

—¿Sabrá volver a oscuras? —le preguntó, pero nada más decirlo se dio cuenta de que la pregunta era absurda. ¿Y si le contestaba que no?

¿Lo acompañaría hasta la mansión?

—Me las arreglaré —respondió él con una resplandeciente sonrisa de bucanero y esperó, como haría un caballero, a que hubiera entrado en casa. Antes de encender una sola vela, se dio la vuelta y miró por la ventana del salón. Lo vio fundirse entre las sombras con paso enérgico, sin dudar un momento del camino que tenía que seguir.

Antes de acostarse, Ali rezó sus oraciones y dio gracias al Todopoderoso porque la suerte de la pequeña Bronwyn empezaba por fin a cambiar. Si pudiera separarse de ella, el conde se encargaría de que no le faltara nada en la vida y, además, sabía que le prestaría la atención debida. Sabía que averiguaría lo que le hacía falta y se lo daría. Acostumbrarse a no ocuparse personalmente del cuidado de Bronwyn, a no tener que preocuparse por ella a todas horas, le llevaría tiempo, pero se juró que lo haría. Tenía que hacerlo si quería a la pequeña y deseaba lo mejor para ella.

Pero antes de despedirse de su Hacedor, pidió con más énfasis de lo habitual que le diera fuerzas para los próximos días y no sólo en lo referente a la separación de Heidi. Con su competencia, su aire de mando y su atractivo masculino —pensó que con esa descripción sería suficiente—, el conde de Rosecroft iba a ser una tentación para ella. Afortunadamente, además de todo lo anterior era un hombre orgulloso, arrogante y poseedor de un rimbombante título. Si todo salía bien, se centraría sólo en Bronwyn y la ignoraría a ella.

Fuera como fuese, a Ali sí que le iban a hacer falta fuerzas para ignorarlo a él o, al menos, fingir que lo ignoraba.

Mientras Whitlock iba de camino a su nueva casa, dándole vueltas a los acontecimientos del día, aminoró el paso. Había que reparar la fuente, puesto que era importante dar una buena impresión, y que el camino de entrada a la mansión terminara en una fuente seca no era de recibo. Los establos estaban decentes, pero les hacía falta una limpieza a fondo. Entre las muchas negligencias del anterior dueño se contaba que hacía años que no se recogía el heno de los campos. Había que segar toda esa ingente cantidad de cereal, excesivamente maduro, pero para ello tendría que encontrar mano de obra, porque los inviernos en Yorkshire eran cosa seria.

Continuó con la planificación de las cosas que tenía pendientes hasta que llegó a la puerta, pero vaciló antes de entrar. Hacía una noche apacible y, pese a lo tarde que era, se detuvo en la terraza delantera.

En aquel patio hacía falta un columpio. Más que falta era una prioridad, puesto que en aquella casa iba a vivir una niña. Entró pensando en

Heidi y tratando de recordar en qué habitación había hecho que la instalaran. Seguro que las habitaciones infantiles debían de estar en el tercer piso, pero él se negaba a aislarla de los demás cuando la habían condenado al ostracismo desde siempre.

Como no contaba con centinelas, se ocupó él mismo de hacer una ronda por el interior de la casa, aun sabiendo que era absurdo. En verano, las ventanas y las puertas no se cerraban con llave para así aprovechar la brisa nocturna, y las probabilidades de que se produjera alguna incursión en la propiedad eran nulas. Aun así, hizo un recorrido por la planta baja de la casa a oscuras. Seguidamente, subió e hizo lo propio en la planta de arriba antes de ir a la habitación de Heidi.

Se la veía muy chiquitita dentro de aquella cama y movía la boca en sueños, reminiscencia tal vez de haberse chupado el dedo cuando era más pequeña. El conde había conocido a reclutas diez años mayores que Heidi a los que les pasaba lo mismo. Le acarició la tersa mejilla y ella pareció tranquilizarse, de modo que salió de la habitación.

Preparándose para pasar el resto de la noche solo. A la mañana siguiente, le sorprendió darse cuenta de que había dormido de un tirón. Era algo extraño, si bien ya no inédito. Aprovechaba las noches buenas y soportaba las malas lo mejor que podía. En Londres, había adquirido el hábito de salir a montar con sus hermanos antes de desayunar y seguía pareciéndole una buena forma de empezar el día.

—Buenos días, milord —lo saludó Steen, el mayordomo, con una inclinación de cabeza, llevando un ejemplar antiguo de The Times para la plancha—. ¿Tomarán el señor Holderman y usted el té en la biblioteca después de su paseo a caballo?

—Sí, pero como la señorita Heidi vivirá aquí a partir de ahora, habrá que empezar a preparar también algo que se parezca a un desayuno.

—Informaré en la cocina, milord. ¿Querrá ordenarle a la cocinera algún menú especial?

—Cuando vuelva de mi paseo.

Por el amor de Dios, ¿es que el servicio de aquella casa no eran capaces de preparar el desayuno sin que se les ordenara tostar el pan por ambos lados?

—Les tengo que dar hasta los menús —masculló, camino de los establos. Poco después, salió del patio de las caballerizas, desesperadamente agradecido de poder montar de nuevo. Había dejado que los animales descansaran unos días, después de los más de trescientos kilómetros de distancia que había desde Surrey, y luego se había limitado a ejercitarse ligeramente con ellos durante la última semana. Pero ya era hora de que salieran a campo abierto y galoparan entre colinas y valles, árboles y arroyos.

—Pretendes convencerme de que eres un chico de ciudad, ¿a que sí? —El conde le dio unas palmaditas a Red en el musculoso cuello. El castrado había completado muy bien la primera parte del entrenamiento, pero salir al campo era harina de otro costal, como le dejó bien claro la reacción del animal cuando un conejo se les cruzó en el camino. Se espantó y, aunque no llegó a encabritarse por completo, bailoteó un poco hasta que, finalmente, se convenció de que había sido un conejo, no un tigre. Todo el paseo se desarrolló de modo parecido, hasta que el conde se dio cuenta de que, para volver a la mansión, había tomado la misma ruta que había seguido con la señorita Brandon la noche anterior. Puso a Red al paso y, en vez de regresar, se dirigió a la casa de ella.

De día, sobre todo a aquella primera hora de la mañana, la propiedad era tan apacible y pintoresca como había imaginado a la luz de la luna.

Siguiendo su olfato, condujo su montura hacia la parte trasera de la casa, donde no lo sorprendió encontrar, enfriándose en la barandilla del porche, varias tartas que olían de maravilla.

Dejó que el caballo fuera a pastar por las cercanías del jardín de la señorita Brandon y, de repente, una alegre voz le llegó desde el porche.

—Buenos días, lord Rosecroft —saludó Ali con una amplia sonrisa. Dejó dos tartas más en la barandilla y esperó a que él se acercara.

En vez de luto riguroso, en ese momento vestía lo que parecía un viejo vestido de paseo de algodón, con un delantal atado a la cintura.

Aparentemente, no formaba parte de su vestuario «más presentable». El delantal se le ceñía, revelando lo que él mismo había adivinado la noche anterior con sus propias manos: que poseía una figura curvilínea, pero se esforzó por no pensar en tan placentera revelación.

—Buenos días, señorita Brandon —contestó, inclinando la cabeza. Estuvo tentado de devolverle la sonrisa. Un buen sueño reparador como el de la noche anterior sin duda levantaba el ánimo de cualquiera—. Confío en que haya dormido bien.

—Pues no —respondió ella, negando con la cabeza, aunque sin dejar de sonreír—. Hoy es día de cocinar en el horno y en verano es mejor hacerlo temprano. Como ayer llegué tarde, decidí ponerme a trabajar directamente en vez de irme a la cama. Casi he terminado ya lo que tenía pendiente para hoy.

—¿No ha dormido nada? Le pido disculpas. Si lo hubiera sabido, anoche no la habría entretenido.

—Sí lo habría hecho —lo contradijo ella en tono afable—. Pero ahora está aquí y puede darme su opinión. Me parece que es usted de los que les gusta dar su opinión.

Una sonrisa se insinuó en los labios del conde.

—Voy a dejar pasar el comentario porque está usted agotada y no es más que una mujer.

—Se ha dado cuenta. Estoy impresionada. Siéntese. —Le hizo un gesto hacia una de las sillas de mimbre con cojines, situadas en torno a una mesa de hierro forjado pintada de blanco. Él, por su parte, tuvo que admitir para sí mismo que realmente se había dado cuenta, y que seguía haciéndolo—. ¿Puedo ofrecerle una sidra? La tengo en una despensa exterior, cerca del río, para mantenerla fría.

—Una sidra estaría muy bien —respondió él, preguntándose cómo podía estar tan alegre, después de haberse pasado toda la noche haciendo tartas.

La joven entró en la casa por una puerta de batiente, y lo dejó a él en el porche, envuelto en una nube de delicioso aroma a cocina casera y contemplando la profusión de flores que crecían en el jardín.

Regresó al cabo de un momento con una bandeja.

—Prepárese para opinar —dijo ella, sentándose con los codos apoyados en la mesa y las mejillas en los puños.

—¿Sobre qué? —preguntó el conde enarcando una ceja. Se fijó en que la mujer tenía harina en la mandíbula.

—Sobre mis experimentos —contestó ella, haciendo un gesto hacia la bandeja, en la que había tres platos—. Dígame cuál prefiere y por qué.

—¿No me va a acompañar? —le preguntó, observando lo que parecían tres pasteles de hojaldre de aspecto idénticamente delicioso.

—Creo que sí —contestó Ali, partiendo en dos cada uno de los pasteles con gran habilidad y sirviendo tres mitades en un plato y las otras tres en otro—. Hacer pasteles da hambre —comentó, mordiendo uno de los trozos sin más preámbulos. Ladeó entonces la cabeza y frunció el cejo—. Vamos —lo animó—, o será mi opinión la que prevalezca. Creo que los dobleces de la masa están bien.

Al ver que no había llevado cubiertos, él se quitó los guantes de montar y cogió un trozo de pastel. Cuando lo mordió, se dio cuenta de que tenía hambre. El té en su biblioteca habría incluido magdalenas con mantequilla y mermelada. Lo mismo que llevaba comiendo cada mañana desde su llegada a Rosecroft.

—¿Pone jamón y queso dentro de los pasteles? Está bueno.

—¿Cómo quedaría mejor? El jamón, los huevos y el queso suelen reblandecerse y me resulta un sabor aburrido.

—No para un estómago vacío —contestó él, dando cuenta del primer trozo en dos bocados—. ¿Tal vez le iría bien un poco más de mantequilla por dentro?

—La masa lleva tanta mantequilla que sólo le falta mugir, pero le falta algo.

Rosecroft frunció el cejo.

—¿Puerros? Ajo en el desayuno quizá sería demasiado, pero un poco de apio tal vez le daría textura. El beicon le añadiría sabor y variedad.

—Probaré con eso —dijo ella, sonriéndole—. Por lo menos con cebollas. El beicon no es muy sutil que digamos, a menos que se ponga poco. Gracias. Pruebe el siguiente.

El siguiente llevaba una especie de suave queso un poco dulce, lo bastante colmado del mismo como para llenar, aun siendo medio pastel en vez de uno entero.

—Yo le añadiría una pizca de zumo de limón. Aligeraría considerablemente el sabor dulce. Así parecerá más un plato de desayuno que un postre.

—Me gusta —respondió Ali, asintiendo con entusiasmo—. ¿Tiene limones en su huerto?

—No lo sé —contestó, mirando el último trozo—. Si los había hace tres años, supongo que puede que quede alguno que se pueda utilizar.

—Eso espero. Pruebe el último.

La señorita Brandon lo miró con ojos resplandecientes de expectación y él no pudo evitar alargar un poco más el momento bebiendo un sorbo de sidra.

—Se está entreteniendo —lo riñó ella, quitándole el vaso—. Pruebe el pastel o no le devuelvo la sidra, milord.

—Una táctica ruin —contestó, cogiendo el último trozo. Al morderlo, estalló en su boca el sabor a canela, pasas, miel y frutos secos, fundido con la masa hojaldrada.

—Me recuerda a un postre oriental que se llama baklava. Me gusta y creo que iría muy bien con un té bien caliente en una fría mañana.

—¿Pero? —lo presionó ella, alargándole la sidra de nuevo.

—Pero nada. Me gusta.

—Le gusta. Lo dice con el mismo entusiasmo que si yo dijera que me gusta el pan del día anterior. ¿Cómo se podría mejorar?

Él se dio cuenta de que no lo iba a dejar en paz. Se tomaba muy en serio sus experimentos.

—Es un poco soso. Está dulce, sí, y lleva las especias habituales en las cosas dulces. Canela, supongo, y algo de clavo, pero no mucho.

Sería más interesante si incluyera carne picada, compota de pera y nueces pecanas marinadas en brandy.

—Para hacerlo más sustancial, no un mero dulce de desayuno. Me pondré con ello. Esto confirma mis sospechas de que no están listos para venderlos al público. Se lo agradezco.

—No deja de mirar mi sidra —comentó él, haciendo un gesto hacia el vaso situado en medio de la mesa, entre ambos—. Adelante, beba.

—Lo haré —contestó ella, llevándose el vaso a los labios—. Tendré que hacer otro viaje a la despensa del río a buscar más.

El conde se fijó en que se había terminado toda la sidra y se le quitó la sed al verlo.

—Habría sido la esposa perfecta para un oficial —comentó, sorprendiéndose a sí mismo—. Mujeres extraordinarias la mayoría. Mucho más estoicas que los hombres e igual de valientes.

—¿Pretende sacarme los colores porque me he bebido toda la sidra? —preguntó ella con una sonrisa, bostezando disimuladamente.

—Esas damas no se andan con cumplidos. Son prácticas, resistentes, resueltas y tienen buen humor. Me recuerda a ellas.

Esas mujeres comprendían también el lugar que ocupaba en la vida el hecho de matar, y Ali Brandon, sonriendo y bostezando en la brisa de la mañana, poseía ese mismo conocimiento.

Ella señaló a Red con la cabeza.

—¿Era una de sus monturas?

—Es demasiado joven para eso. Poseo un potrero en Surrey. Me he traído a este y a otros dos ejemplares porque no quería suspender su entrenamiento durante el verano. Se llama Ethelred. ¿Quiere que se lo presente?

—Me encantaría —contestó ella, levantándose sin ayuda—. Una mujer no se encuentra en el porche de su casa a dos amigos tan atractivos todos los días.

—Seguro que está más que dispuesto a decirle qué opina sobre la hierba de su jardín —contestó el conde, bajando los escalones a su lado

—. Creo que le parece que está demasiado alta y que le vendrá bien que venga a ocuparse de ella. Red levantó la cabeza y los miró acercarse, pero siguió comiendo.

—¿No está un poco delgado? —preguntó Ali, alargando la mano para que el caballo la olisqueara.

—Sí. Tiene tres años y medio. Todavía no ha completado su crecimiento, le queda un año por lo menos, pero es verdad que está un poco esmirriado en esta fase. Además, los tres han perdido peso en el viaje.

Igual que él.

—Qué guapo eres —dijo ella piropeando al caballo, la muy bruja—. Encantada de conocerte, ¿señor...? —Miró al conde enarcando una ceja.

Ethelred —le recordó él—, o Red, un nombre que le va mucho más. —Red miraba a la señorita Brandon con ojillos de cordero degollado, olisqueándole la mano y moviendo los labios contra su palma—. Es un pedigüeño sin vergüenza alguna —añadió el conde, rascándole las orejas

—. Seguro que le gusta el olor azucarado que desprende usted. —Y, sin pensarlo, le cogió la mano y le olisqueó la palma—. Dulce y un poco especiada —ratificó.

Ella lo miró inquisitivamente.

—Quizá haga algún experimento dulce para sus corceles.

—¿A que te gustaría mucho? —le preguntó él a su caballo. Red siguió pastando al comprender que no iba a conseguir nada más de aquella presentación—. ¿Monta usted a caballo, señorita Brandon?

—Me enseñaron —contestó ella, sin apartar la mirada de Red—. Hace años.

—¿Le gustaría montar algún día? La campiña de esta zona del país es preciosa y voy a tener que buscar alguna montura mansa para la señorita Heidi.

Ella le sonrió con nostalgia.

—Puede que algún día. Heidi adora los animales. Han sido sus compañeros de juegos en estos últimos dos años.

—Pues entonces, la mantendremos bien surtida. Yo también siento bastante afinidad con ellos, especialmente con los caballos. La verdad es que había venido con la esperanza de que me aconsejara respecto a un asunto relacionado con Heidi.

En realidad tenía que ver con la niña indirectamente, pensó para sí.

—¿Ah, sí? —dijo ella, conteniendo otro bostezo, lo que le recordó al conde que llevaba en pie toda la noche.

—Vamos —la instó, poniéndole la mano en la parte baja de la espalda para conducirla de vuelta al porche—. Está cansada y yo no debería estar aquí, entreteniéndola. Sólo quería preguntarle qué le gusta desayunar a Heidi. Ahora que el desayuno se va a convertir en una comida necesaria, tengo que revisar los menús y había pensado que como usted...

—¿Usted no desayuna como es debido? —preguntó ella, volviéndose para mirarlo—. He de regañarlo. No esperaría que Ethelred trabajara mucho si saliera sin desayunar, ¿verdad? Por el amor de Dios, ¿en qué estará usted pensando? Venga aquí ahora mismo.

Subió corriendo los escalones y entró por la puerta trasera, seguida de cerca por él, que se encontró en una galería que conducía a una ordenada cocina. La vio acercarse a un escritorio —¿a quién se le ocurriría poner un escritorio en una cocina?— y sacó un trozo de papel y un lápiz pequeño.

—El desayuno es la comida más importante del día —le informó, sentándose a la mesa—. Un hombre que no le da importancia al desayuno no puede ser inglés. A ver... —Guardó silencio un momento mientras apuntaba varias cosas en el papel—. Ya está.

Se lo entregó y él lo cogió.

—A Heidi le encantan las magdalenas —dijo con gran énfasis—. Pero tiene que comer fruta fresca y algo sustancial, como mantequilla y queso, para tener energía todo el día. No le gusta mucho la carne, pero tampoco hace falta presionarla demasiado con ese tema ahora mismo.

—No en el desayuno —convino el conde—. Muchas gracias, señorita Brandon. Y ahora me voy. Le recomiendo que se vaya un rato a la cama.

—Soñaré con el pastel perfecto.

—Hasta el lunes —dijo él, sonriéndole sin poder evitarlo, al ver su expresión de deleite. Montó en el caballo y regresó a su casa, ajeno al par de ojos azul grisáceo que lo observaban desaparecer trotando entre los árboles.

En vez de meterse rápidamente en la cama, Ali anotó las instrucciones para Rosalie Mae Summers, la mujer que la ayudaba y que llegaría en una hora aproximadamente, y después se dedicó a pensar en el hombre que acababa de marcharse.

Mientras se desnudaba para lavarse, reflexionó sobre su apabullante predisposición a hablar sin rodeos, a exponer sus dudas, deseos y metas con sencillez, como cuando le había preguntado qué le gustaba desayunar a Heidi, o si Biers había abusado de ella o cuando la había instado a que bebiera de su sidra.

No se parecía a ningún otro aristócrata de los que ella conocía y mucho menos hubiera tratado en su vida. De vez en cuando, tenía que sufrir el tono condescendiente de algunas grandes familias de los alrededores de York que compraban sus productos, una tarta de boda o algún encargo para una ocasión especial. Era invisible incluso para los lacayos a los que enviaban a recoger los encargos, y ella siempre lo había preferido así.

El conde, sin embargo, sí la veía y, lo que era aún peor, a ella le gustaba que lo hiciera. Se metió por fin en la cama, reconviniéndose por juzgar equivocadamente a las personas y los caprichos de la aristocracia. Dio muchas vueltas antes de quedarse dormida, pensando en cómo podría perfeccionar sus últimos experimentos, aunque posiblemente sus cavilaciones habrían sido más productivas sin la constante distracción del recuerdo de la nariz aguileña del conde olisqueándole la palma de la mano en busca de su olor dulce y especiado.

El bosque era un lugar bellísimo, fresco y sereno. Un cambio que le hacía mucha falta, después de aguantar las inclinaciones de cabeza, los carraspeos y las reverencias de Holderman. El hombre no tenía ni idea de cómo arreglar la fuente y, a lo más que había llegado había sido a mascullar, mientras se tomaba el té, algo sobre reclutar a un grupo de jornaleros para que segaran el heno antes de que creciera aún más. Whitlock había tenido que salir a montar para no estrangularlo en plena comida. Así que, tras ensillar su montura, fue a explorar una parte de su propiedad en la que todavía no había estado. Lo sorprendió que la más fiable de sus monturas se pusiera tensa bajo sus piernas y aguzara los oídos. Consciente de que nunca había que ignorar las reacciones de un caballo, hizo que se detuviera. Era la tercera vez que salía a montar —y la última del día—, y reservaba para ello a César porque era un placer cabalgar con él. Algo de gran tamaño se movía a pocos metros de distancia.

No podía ser un perro salvaje, porque César simplemente se habría alarmado, no se habría puesto en el estado de alerta en que estaba. Tenía que tratarse de algo lo suficientemente grande como para asustar a un caballo.

La boca se le secó y el corazón se le aceleró cuando, a través de la cortina de follaje de los árboles, vio a Alice Brandon, como vino al mundo, flotando serenamente boca arriba en el río. Llevaba el pelo recogido, pero por lo demás estaba como Dios la había hecho, y lo cierto era que Dios había realizado un espléndido trabajo. Tenía unos pechos generosos, de pezones rosados, en ese momento arrugados por el frío, una cintura estrecha, unas piernas largas y musculosas, y allí, en el punto en que se unían...

Él era un caballero, criado entre hermanas y primas y demás mujeres, y comprendía que el sexo bello era merecedor de todo respeto. Se dijo que tenía que irse de allí, incluso le ordenó a su caballo que retrocediera, pero el animal debió de notar también la orden silenciosa de no moverse, porque cinco minutos después seguía allí, mirando embobado.

Ali había salido ya del agua y se había arrodillado sobre la toalla, mientras se soltaba el pelo, dorado a pesar de estar mojado, que le llegaba hasta las caderas. Levantó los brazos y empezó a enjabonárselo, haciendo que sus pechos se elevaran y oscilaran suavemente con el movimiento. Él contempló su espalda, fuerte, pero elegante y deliciosamente femenina al mismo tiempo. A lomos de su caballo, sintió la imperiosa necesidad de morderle la nuca, sujetarla por las caderas e instarla a que se inclinara hacia adelante para mostrarle los placeres que podían hacer de una perezosa tarde estival un momento perfecto. Casi fue un alivio ver desaparecer su redondeado trasero entre los destellos que el sol arrancaba al agua, cuando se sumergió de nuevo para aclararse el pelo.

Desorientado, consiguió de algún modo espolear a su montura sin hacer ruido y regresar por donde había llegado; pero en qué condiciones estaría, que únicamente fue capaz de volver al paso.

Y además sonriendo, como el lunático en que mucho se temía que se estaba convirtiendo, más complacido y aliviado con la reacción de su cuerpo de lo que habría admitido delante de nadie. Alrededor de media hora más tarde, César y él entraban en el patio de los establos con una sonrisa reminiscente todavía en sus labios.

—Mañana seguiré la misma rutina, Stevens —dijo, entregándole las riendas al mozo de cuadra.

—Mañana es el sabbat —le recordó Stevens con patente perplejidad.

—El sabbat —repitió él, frunciendo el cejo—. Lo siento. El lunes entonces. Habrá varias cuadrillas de jornaleros trabajando en diversos asuntos. Cuando terminemos con el tejado y la siega del heno, habrá que hacer algo con los establos.

—Sí, milord —contestó Stevens, no demasiado entusiasmado con los planes de un hombre al que se le olvidaba el día de la semana en que estaban.

Whitlock, por su parte, pensó, conteniendo la sonrisa, que cuando un hombre experimentaba el primer saludo consciente de su entrepierna en dos años, el día de la semana en que estuvieran carecía de importancia.

—Milord —dijo Steen desde la puerta principal, con una inclinación de la cabeza—. Le esperan en la biblioteca. Él... —Sin saber cómo continuar, el mayordomo hizo una pausa y se quedó mirando los guantes sudados del conde—. Él trae equipaje, milord.

—¿Ha dejado tarjeta? ¿Equipaje?

—Dice que es de la familia —contestó el hombre, sonrojándose hasta la calva.

—Ah. —Para Steen, preguntar qué grado de parentesco tenía el sujeto que se había presentado en su casa habría sido extremadamente grosero, y uno no podía ser grosero con la familia del conde—. Me reuniré con él. Que nos sirvan un refrigerio: limonada, sándwiches y algún dulce. No podía ser su padre, que había sufrido un ataque al corazón varias semanas atrás. Su hermano Emmett, recién casado, no se separaría ni un metro de su esposa. Debía de ser su hermano pequeño, Edward.

—Hola, Ed —dijo, entrando en la biblioteca, pero se detuvo en seco—. ¿Amery? —El hombre que lo esperaba en la biblioteca no era alto, de ojos verdes y pelo castaño ondulado, como el resto de los hijos varones Cullen. Era alto, sí, pero rubio y de ojos azules, y tenía una expresión seria como no le había visto en su vida, pese a que sus facciones poseían siempre la austera belleza de un ángel desilusionado—. ¿Se puede saber a qué debo el honor de la visita del padrastro de mi sobrina?

—Yo también me alegro de verte, Whitlock —dijo el vizconde Amery, dejando el libro que estaba hojeando y volviéndose hacia su anfitrión—.¿O debería decir Rosecroft?

—No deberías —contestó él con el cejo fruncido, entrando en la habitación—. ¿Qué he hecho para que me honres con tu presencia?

No quería parecer desagradable, pero estaba ciertamente sorprendido. Y a ningún oficial de caballería le gustaban las sorpresas.

—He venido a petición de la duquesa de Moreland y de mi vizcondesa. Las dos están preocupadas por ti, y con motivo, si quieres que te diga la verdad.

—Se lo agradezco, pero estoy bien.

—Estás más delgado, tienes aspecto cansado y se te están cayendo las cercas, Whitlock.

—Tú siempre tan encantador —dijo él, enarcando una ceja.

Douglas Allen era la persona más imperturbable, prudente y seria que Jasper Whitlock había conocido en toda su vida. Había tenido las agallas de impedir la boda entre el hermano de Jasper, Emmett Cullen, conde de McCarty, y la actual esposa del vizconde, Guinevere, madre de Rose, la única nieta de la familia. Todos estuvieron de acuerdo en que la boda no podía celebrarse, todos menos el duque de Moreland, que era quien la había tramado.

—Lo intento. —Douglas cogió de nuevo el libro y lo colocó en su lugar—. Rose está con tus padres y en Welbourne nos hallamos entre la siembra y la cosecha, como la mayoría del país, así que mi esposa puede prescindir de mí unos días. Se le ocurrió que, después de tres años en manos de Biers, Rosecroft estaría hecho un desastre. Veo que no exageraba.

—No —convino Whitlock, que agradeció que le hablara sin rodeos. También agradeció que llegara el refrigerio, pues le sirvió para ordenar sus pensamientos mientras Douglas y él se sentaban.

—¿Tan mal están las cosas entonces? —preguntó Amery, bebiendo un sorbo de su limonada.

—Bastante mal —contestó él, ofreciéndole un sándwich—. Las cercas son un indicativo de la situación general de la finca: todo está bastante deteriorado, pero funciona.

—¿Tienes ya un plan?

—Segar el heno, reparar el tejado, los establos, las granjas de los arrendatarios y construir un muelle en el río Ouse.

—¿Y la granja de la mansión, la que te proporciona los víveres necesarios? preguntó Douglas, dejando el vaso—. Suponiendo que tengas una.

—Así es, pero, por alguna razón, a mi administrador no le ha parecido necesario que la visitemos.

—Pues será mejor que le pongas remedio a eso —dijo el otro, mirándolo a los ojos—. Seguro que no querrás tener que traer de fuera los huevos y el queso, teniendo todas estas tierras de labor. ¿Qué me dices de la leña?

—Hay mucha, pero igual que con otras muchas cosas, no parece que sea algo digno de atención para mi administrador.

—Estando tan al norte, te vendrá bien toda la que puedas reunir sin esquilmar tus bosques. Si te pones con ello ahora, la que cortes estará seca para utilizar a comienzos de año.

—Buena idea. Pero antes de profundizar en los defectos de mi administrador y el catálogo de aspectos que requerirán de mi supervisión, dime, ¿cómo están tu esposa y tu hijastra? Y ahora tienes, además, heredero, si no recuerdo mal.

En los ojos de su invitado se vio un gran alivio, como si Amery no hubiera estado seguro de que su anfitrión fuera capaz de manejar las normas de cortesía exigidas entre miembros de una misma familia.

—Mi esposa está espléndida —respondió—, igual que nuestro hijo, pese a su constante reclamación de comida y consuelo.

Whitlock sonrió de oreja a oreja.

—Típico de un hombre, como diría la duquesa.

—Lo mismo dice su madre.

Mientras comía su sándwich, Whitlock pensó que el pollo se podría haber sazonado un poco y que podrían haber untado mostaza o mantequilla en el pan, incluso un poco de queso blanco le habría dado algo de sabor, pero al menos resultaba saciante y, sin duda, su invitado tenía hambre después del viaje.

—Tu sobrina me ha pedido específicamente que te advierta que se subirá a su poni y vendrá a conocerte como no lo hagas tú en las próximas semanas.

Miró la bandeja, como valorando la posibilidad de un segundo sándwich.

—Preséntale mis disculpas a la señorita Rose. Supongo que su tío Edward la visitará a menudo.

—Igual que su tío Emmett, acompañado por su nueva tía Rosalie, pero tú eres el hermano mayor de su padre y quiere conocerte.

—Sólo soy el hermano ilegítimo de su padre. Creo que podrá llevar una vida perfectamente feliz sin necesidad de que me conozca, aunque, para que conste, no es que yo no haya querido conocerla.

—Es una niña pequeña, Whitlock —dijo Douglas con tono afable—. Los niños pequeños lo olvidan todo, incluso cosas que no deberían. Como sigas posponiendo esto mucho más, terminarás hiriendo sus sentimientos, y como papaíto suyo que soy ahora, no puedo permitir que hagas tal cosa.—¿Y has hecho todo este viaje sólo para reñirme porque aún no conozco a mi sobrina?

—En parte —asintió Douglas, como si ésa le pareciera una justificación más que adecuada para haber hecho un viaje de más de trescientos kilómetros cuando más apretaba el calor del verano—. Pero también he venido porque las damas están preocupadas. Además, hace un calor infernal en el sur y nunca había estado en esta parte del país.

—¿Pretendes que me crea que estás haciendo un viaje de placer por la campiña inglesa? —Se levantó y lo miró enarcando una ceja.

Douglas se levantó también.

—Tu familia es muy amable al preocuparse así por ti, pero tus hermanos no podían venir. A ellos les da igual que seas medio que un octavo de hermano o incluso menos, para los dos eres su hermano. Yo no me quejaría si estuviera en tu lugar.

Él tuvo la decencia de guardar silencio; sabía que Douglas había heredado su título al morir su hermano mayor y que poco después había perdido a su hermano menor en extrañas circunstancias.

—Vale, vale, tienes razón. Y me alegro de que estés aquí, aunque parezca lo contrario. Vamos a buscarte una habitación. A lo mejor, te apetece darte un baño antes de cenar.

—Oh, Dios, un baño. Qué maravilla —dijo el vizconde, cerrando los ojos.

—Tenemos habitaciones para ello en la planta de arriba —le explicó el conde una vez en la galería de la planta baja—. El agua llega a través de unas cañerías que conectan directamente con la cisterna situada en el tejado. Es uno de los pocos lujos que tiene este lugar. ¿Has venido a caballo o en coche?

—A caballo. Mi gran amigo Sir Regis estará disfrutando en este mismo momento de la hospitalidad de tus establos.

—Dormirás aquí —dijo Whitlock, abriendo una puerta que daba a una habitación tranquila y soleada, en la parte de atrás de la casa. Sobre la cama, descansaban una bolsa y unas alforjas de suave cuero. El jarro del agua estaba lleno y habían dejado las ventanas abiertas para que entrara la brisa.

—Preciosa habitación. Y creo que esa cama me va a venir muy bien para echarme una merecida siesta mientras se calienta el agua para mi baño.—Te dejo que descanses entonces. —Miró a su alrededor para asegurarse de que todo estuviera preparado—. Aquí seguimos horarios de campo. Cenaremos sólo nosotros tres.

Douglas no cayó en la cuenta de que Whitlock había dicho que serían tres hasta que estuvo metido en el agua con olor a lavanda del baño.

El conde sintió un irracional acceso de enfado tras dejar a su invitado en su habitación. Amery le caía bien, igual que muchos otros conocidos suyos, incluidos sus hermanos, claro, pero no le gustaba que interrumpieran la paz y la tranquilidad de su nuevo hogar. No le gustaba que se presentaran en su puerta parientes políticos así, sin avisar. No le gustaba que alterasen su rutina. No le gustaba que...

No estaba en la cocina, que era adonde se dirigía inicialmente. Tan inmerso se hallaba en controlar aquella desproporcionada irritación que había terminado en los establos, donde sus tres castrados y el bayo de Amery descansaban, para resguardarse del sofocante calor. Entró en la cuadra de César y apoyó la cabeza en el musculoso cuello del animal.

—Tranquilo —se dijo, e inspiró profundamente. Dios bendito, si lo vieran sus hombres, enfureciéndose por cualquier nimiedad y dos años sin pensar siquiera en llevarse a una mujer a la cama. Supuso que parte de su malestar se debía también a la falta de sueño. Cuando estaba de servicio, había dormido en un árbol, en bancos de iglesia y encima de su caballo con gran frecuencia. Ahora no era capaz de conciliar el sueño en una maldita cama de plumas con dosel. Y cuando lo conseguía, llegaban las pesadillas.

Pero ya se encontraba mejor, se dijo, acariciando a su caballo. Los arrebatos de cólera ya no eran tan frecuentes y le duraban menos. De vez en cuando, incluso dormía bien y esa misma tarde, junto al lago...

Definitivamente se encontraba mucho mejor. No esperaba volver a ser el hombre que era ni el que había creído que sería, pero Fairly, que era prácticamente el médico de la familia, tenía razón: no estaba loco. Se iba recuperando poco a poco de los muchos años de servicio militar para su nación.

Con tan reconfortante pensamiento en la cabeza, regresó sobre sus pasos y ahora sí se dirigió a la cocina a informarle a la cocinera de que serían tres para cenar hasta nuevo aviso.