Capítulo 2
Doce años atrás
No había bondad en él. Ninguna suavidad. Había nacido para dormir en la tierra dura, para comer cosas simples y beber agua fría, y para pegar a otros chicos. Si alguna vez se negaba a pelear, sería golpeado por su tío, el rom baro, el varón mayor de la tribu. No tenía una madre para ayudarlo, ni un padre que interviniera en los rudos castigos del rom baro. Nunca había sido tocado por nadie excepto con violencia.
Existía solo para pelear, robar, para hacer de todo contra los gadjos.
La mayoría de los gitanos no odiaban a los ingleses pálidos que vivían en casas pulcras, llevaban relojes de bolsillo y leían libros junto a la chimenea. Simplemente no confiaban en ellos. Pero la tribu de Jake despreciaba a los gadjos, mayormente porque el rom baro lo hacía. Y cualquier antojo, creencia e inclinación que tuviera el líder, tenían que seguirla.
Eventualmente, debido a que la tribu del rom baro había provocado tanta maldad y miseria donde quiera que montaban un campamento, los gadjos habían decido barrerlos de la tierra. Los ingleses habían venido sobre caballos, portando armas. Había habido disparos, lamentos, romanís dormidos atacados en sus camas, mujeres y niños gritando y llorando. El campamento había sido dispersado y todo el mundo había sido ahuyentado, los vardos1 fueron quemados, y muchos de los caballos robados por los gadjos.
Jake había intentado luchar con ellos para defender la vitsa (1Palabra designada para carromato en la lengua romaní.), pero había sido golpeado con la pesada culata de un arma. Otro lo había apuñalado en la espalda con una bayoneta. La tribu lo había dado por muerto. Solo en la noche, había yacido medio inconsciente junto al río, escuchando el rumor del agua oscura, sintiendo el frío de la dura tierra mojada bajo él, débilmente consciente de cómo su propia sangre manaba de su cuerpo. Sin miedo, había esperado que la gran rueda lo llevara a la oscuridad. No tenía razón ni deseos de vivir.
Justo cuando la Noche se dejaba vencer por su hermana la Mañana, Jake se encontró alzado y transportado en una pequeña carreta rústica. Un gadjo lo había encontrado, y le había pedido a un niño local que lo ayudara a llevar al moribundo romaní hasta su casa.
Era la primera vez que Jake estaba bajo el techo de otra cosa que no fuera un vardo.
Se encontró desgarrado entre la curiosidad hacia el extraño entorno y la rabia por la indignidad de tener que morir bajo techo al cuidado de un gadjo. Estaba demasiado débil, sufría demasiado dolor, para levantar un dedo en su propia defensa.
El cuarto que ocupaba no era mucho más grande que la casilla de un caballo, sólo había una cama y una silla. Había cojines, almohadas, trabajos de costura en las paredes, una lámpara con flecos perlados. Si no fuera porque estaba tan enfermo, se hubiese vuelto loco en un cuarto tan pequeño y atestado.
El gadjo que lo había llevado allí... Swan... era alto y delgado. Sus modales amables y su timidez hacían que Jake se sintiera hostil. ¿Por qué le había salvado ese Swan? ¿Que podría querer de un niño romaní? Jake se negó a hablar al gadjo y no iba a tomar la medicina. Rechazó todo acto de bondad. No le debía nada a este Swan. No quería ser salvado, no quería vivir. Así que se quedó inmóvil y en silencio mientras el hombre le cambiaba el vendaje de la espalda.
Sólo hubo una vez que Jake habló y fue cuando Swan le preguntó por el tatuaje.
—¿Qué es esta marca?
—Es una maldición —dijo a través de los dientes apretados—. No hable de ella a nadie, porque sino la maldición caerá sobre usted también.
—Ya veo. —La voz del hombre era amable—. Guardaré tu secreto. Pero tengo que decirte que, como racionalista que soy, no creo en esas supersticiones. Una maldición sólo tiene tanto poder como el que se le da al asunto.
Gadjo estúpido, pensó Jake. Todo el mundo sabía que negar una maldición era atraer mala suerte sobre uno mismo.
Era una casa ruidosa, llena de niños. Jake podía oírlos a través de la puerta cerrada del cuarto en el que había sido colocado. Pero había algo más... Una ligera y dulce presencia cerca. La sentía revoleteando fuera de la habitación, justo fuera de su alcance. Y la anhelaba, sediento de alivio a la oscuridad, la fiebre y el dolor.
En medio del clamor de niños riendo y cantando, oyó un murmullo que le erizó todos los vellos del cuerpo. La voz de una chica, amorosa, tranquilizadora. Quería que viniera hacia él. Lo incitó mientras yacía allí postrado, con sus heridas curándose lenta y torturadamente. Ven a mí...
Pero ella nunca apareció. Los únicos que entraron al cuarto fueron Swan y su esposa, una mujer amable, pero precavida que trataba a Jake como si fuera un animal salvaje que hubiera encontrado de camino a su civilizado hogar. Y él se comportaba como uno, chasqueando los dientes y gruñendo cada vez que se acercaban a él. Tan pronto como pudo moverse por su cuenta, se lavó él mismo en la vasija de agua tibia que habían dejado en el cuarto. No comía delante de ellos sino que esperaba hasta que le hubieran dejado la bandeja junto a la cama. Su voluntad estaba dedicada a sanar lo bastante como para escapar.
En una o dos ocasiones los niños vinieron para mirarlo, husmeando por la rendija de la puerta. Había dos niñas pequeñas llamadas Esme y Alice, que reían tontamente y chillaban de feliz terror cuando él les gruñía. Había otra, una hija mayor, Bella, que le observaba con la misma mirada escéptica de su madre. Había un chico alto, Emmett, que no parecía mucho mayor que el propio Jake.
—Quiero dejar algo en claro —dijo el niño desde la puerta, con voz queda—: Nadie tiene intención de hacerte daño. Tan pronto como estés listo para marcharte, eres libre de hacerlo.
Jake respetó eso. Lo suficiente como para dedicar a Emmett un ligero asentimiento con la cabeza. Por supuesto, si Jake estuviera bien, habría superado al chico fácilmente, enviándolo al suelo sangrando y lastimado. Pero Jake empezó a aceptar que esta pequeña y extraña familia realmente no quería hacerle daño. Ni siquiera querían nada de él. Simplemente le habían proporcionado cuidado y refugio como si fuera un perro callejero. No parecía que esperaran nada a cambio.
Eso no minimizó su desprecio hacia ellos y su mundo ridículamente suave y confortable. Los odiaba a todos, casi tanto como se odiaba a sí mismo. Era un luchador, un pillo, sometido a la violencia y al engaño. ¿No podían ver eso? No parecía que comprendieran el peligro que habían introducido en su propia casa.
Después de una semana, la fiebre había remitido y sus heridas se habían curado lo suficiente como para permitirle moverse. Tenía que irse antes de que pasara algo terrible, antes de que hiciera algo. Así que se levantó temprano una mañana y se vistió con dolorosa lentitud con la ropa que le habían dado, la cual pertenecía a Emmett.
Dolía moverse, pero ignoró el punzante dolor en su cabeza y el fuego que sentía en la espalda. Se llenó los bolsillos del abrigo con un cuchillo y el tenedor de su bandeja, el cabo de una vela y una pastilla de jabón. Las primeras luces del amanecer se colaban por la ventanita que había sobre la cama. La familia se despertaría pronto.
Se dirigió a la puerta, mareado, y se cayó sobre el colchón. Jadeando, intentó reunir sus fuerzas.
Se produjo una llamada a la puerta, y ésta se abrió. Sus labios se separaron para gruñir al visitante.
—¿Puedo pasar? —oyó preguntar suavemente a una niña.
La maldición murió en los labios de Jake. Sus sentidos estaban abrumados. Cerró los ojos, respirando, esperando.
Eres tú. Estás aquí.
Al fin.
—Has pasado solo mucho tiempo —dijo ella, acercándose—, pensé que querrías algo de compañía. Soy Renesmee.
Jake se vio arrastrado por el aroma y el sonido de ella, su corazón palpitaba.
Cuidadosamente enderezó la espalda, ignorando el dolor que lo atravesaba. Abrió los ojos.
Nunca había pensado que ninguna gadji pudiera compararse a las niñas romanís.
Pero ésta era notable, una criatura de otro mundo, pálida como la luna, de cabello rubio cobrizo, su fisonomía formada con una tierna gravedad. Parecía cálida, inocente y suave. Todo lo que él no era. Su ser entero respondió tan agudamente que extendió la mano y la agarró con un gruñido quedo.
Ella jadeó un poco pero se quedó quieta. Jake sabía que no estaba bien tocarla. No sabía cómo ser gentil. Le haría daño aun sin pretenderlo. Ella se relajó en su agarre y lo miró fijamente a los ojos.
¿Por qué no tenía miedo de él? Él realmente tenía miedo por ella, porque sabía de lo que él mismo era capaz.
No se había percatado de estar tirando para acercarla. Sólo sabía que parte de su peso descansaba sobre él mientras yacía en la cama, y que las puntas de sus dedos se cerraban sobre la carne blanda de la parte superior de los brazos de ella.
—Suelta —dijo ella gentilmente.
No quería. Nunca. Quería retenerla junto a él, tirar de su cabello trenzado hacia abajo y pasar los dedos a través de la pálida seda. Quería llevarla hasta los confines de la tierra.
—¿Si lo hago —dijo bruscamente— te quedarás?
Los delicados labios se curvaron. Una sonrisa dulce y deliciosa.
—Niño tonto. Por supuesto. Me quedaré. He venido a visitarte.
Suavemente sus dedos la soltaron. Pensó que saldría corriendo, pero se quedó.
—Vuelve a recostarte —le dijo ella—. ¿Por qué estas vestido tan temprano? —Sus ojos se abrieron de par en par—. Oh, no debes irte. No hasta que estés bien.
No tenía por qué preocuparse. Los planes de Jake de escapar habían desaparecido en el segundo que la vio. Apoyó la espalda contra las almohadas, observándola intensamente mientras ella se sentaba en la silla. Llevaba un vestido rosa. Los bordes de éste, en el cuello y las muñecas, estaban ribeteados con pequeños volantes.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Jake odiaba hablar. Odiaba tener una conversación con cualquiera. Pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para retenerla a su lado.
—Jacob
.
—¿Es ese tu apellido?
Él negó con la cabeza.
Renesmee, inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿No me lo vas a decir?
No podía. Un romaní sólo podía compartir su nombre completo con otros romanís.
—Por lo menos dime la primera letra —le rogó.
Jake clavó los ojos en ella, perplejo.
—No conozco muchos apellidos gitanos —dijo—. ¿Es Newton? ¿Vicent? ¿Molina?
Se le ocurrió a Jake que ella estaba intentando jugar con él. Bromeando. No sabía cómo responder. Normalmente si alguien intentaba burlarse de él, respondía hundiendo los puños en la cara del ofensor.
—Algún día me lo dirás —dijo ella con una sonrisita. Hizo un movimiento como para levantarse de la silla, y la mano de Jake salió disparada para sujetarla. La sorpresa asomó en la cara de ella.
—Dijiste que te quedarías —dijo él rudamente. La mano libre de ella fue hasta la que se cerraba alrededor de su muñeca.
—Lo haré. Tranquilo, Jacob. Sólo voy a conseguir algo de pan y té para nosotros. Déjame marchar. Voy a regresar. —La palma fue liviana y tibia al pasar sobre su mano—. Puedo quedarme aquí todo el día, si quieres.
—No te dejarán.
—Oh, sí, lo harán. —Persuadió a su mano para que la soltara, aflojando gentilmente sus dedos—. No seas tan ansioso. Dios mío. Yo pensaba que los gitanos eran alegres.
Casi logró que sonriera.
—He tenido una mala semana —dijo él gravemente.
Ella todavía seguía intentando quitarse los dedos de él del brazo.
—Sí, ya veo. ¿Cómo resultaste herido?
—Los gadjos atacaron a mi tribu. Puede que vengan aquí por mí. —Clavó los ojos en ella pero se obligó a sí mismo a soltarla—. No estoy a salvo. Debo irme.
—Nadie se atrevería a apartarte de nosotros. Mi padre es un hombre muy respetado en el pueblo. Un erudito. —Viendo la expresión de duda de Jacob añadió—. Ya sabes, la pluma es más fuerte que la espada.
Eso sonaba como algo que diría un gadjo. No tenía ningún sentido.
—Los hombres que atacaron mi vitsa la semana pasada no iban armados con plumas.
—Pobrecito —dijo ella con compasión—. Lo siento. Tus heridas deben dolerte después de todo este movimiento. Voy a buscar algún tónico.
Jake nunca había sido objeto de compasión antes. No le gustaba. Su orgullo se erizó.
—No lo tomaré. La medicina gadjo no funciona. Si lo traes, simplemente lo tiraré al...
—Está bien. No te excites. Estoy segura de que eso no es bueno para ti. —Se fue hacia la puerta y la desesperación sacudió el cuerpo de Jake. Estaba seguro de que ella no regresaría. Y deseaban tanto tenerla cerca. Si hubiera tenido fuerzas, habría saltado de la cama y la habría sujetado otra vez. Pero no era posible.
Fijó los ojos en ella con una mirada hosca y murmuró:
—Ve entonces. Que el diablo te lleve.
Renesmee se detuvo de camino a la puerta y miró por encima del hombro con una sonrisa enigmática.
—Que contradictorio y empecinado eres. Voy a regresar con pan, té y un libro, y me quedaré todo el tiempo necesario hasta que te saque una sonrisa.
—Yo nunca sonrío —le dijo él.
Para su gran sorpresa, Nessie regresó. Pasó la mayor parte del día leyéndole unas historias tan aburridas que le hacían adormecer constantemente. Ninguna música, ningún susurro de árboles en el bosque, ningún pajarito cantando lo complacían tanto como su suave voz. Ocasionalmente algún otro miembro de la familia se acercó a la puerta, pero Jake no pudo obligarse a gruñir a ninguno. Estaba lleno de alivio por primera vez que pudiera recordar. No veía como podía odiar a alguien cuando estaba tan cerca de la felicidad.
Al día siguiente los Swan lo llevaron al salón principal de la casita de campo, una sala llena de mobiliario desgastado. Cada espacio disponible estaba cubierto de bocetos, costuras y pilas de libros. No se podía caminar sin golpear algo.
Mientras Jake se reclinaba en el sofá, las niñas pequeñas jugaban en la alfombra cercana, intentando enseñar trucos a la ardilla de Alice. Emmett y su padre jugaban al ajedrez en una esquina. Bella y su madre cocinaban. Y Nessie se sentó cerca de Jake y trabajó en su pelo.
—Tienes la melena de una bestia salvaje —le dijo, usando los dedos para separar las marañas, y luego peinando los mechones desenredados con mucho cuidado— Quédate quieto. Estoy intentando que parezcas más civi... oh, deja de saltar. No es posible que tu cabeza sea tan sensible.
Jake no saltaba por los nudos, o porque le estuvieran peinando. Era porque nunca en su vida nadie le había tocado durante tanto tiempo. Estaba mortificado, interiormente alarmado... pero cuando recorrió cautelosamente la habitación con la mirada, le pareció que a nadie le importaba o preocupaba lo que Nessie hacía.
Se recostó hacia atrás con los ojos entrecerrados. El peine tiró un poco demasiado fuerte, y Nessie murmuró una disculpa y frotó el lugar con la punta de los dedos. Tan gentilmente. Hizo que su garganta se tensara y los ojos le picaran. Profundamente inquieto y desconcertado, Jake se tragó el sentimiento. Se mantuvo tenso pero pasivo bajo el toque de ella. Apenas podía respirar a causa del placer que le proporcionaba.
Lo siguiente fue una tela colocada alrededor de su cuello, y las tijeras.
—Soy muy buena en esto —dijo ella, empujándole la cabeza hacia delante y peinando los mechones de la nuca—. Y tu cabello necesita un corte. Hay suficiente lana en tu cabeza para rellenar un colchón.
—Ten cuidado muchacho —dijo el señor Swan alegremente—. Recuerda lo que le ocurrió a Sansón.
Jake levantó la cabeza.
—¿Qué?
Nessie se la volvió a bajar.
—El cabello de Sansón era la fuente de su fuerza —dijo—. Después de que Dalila se lo cortara, se volvió débil y fue capturado por los filisteos.
—¿No has leído la Biblia? —preguntó Esme.
—No —dijo Jake.
—¿Entonces eres un pagano?
—Sí.
—¿Eres de los que comen gente? —pregunto Alice con gran interés.
Nessie contestó antes de que Jake pudiera decir nada.
—No, Alice. Uno puede ser pagano sin tener que ser caníbal.
—Pero los gitanos comen erizos —dijo Alice—. Y eso es tan malo como comer personas. Porque los erizos tienen sentimientos, ya sabes. —Se detuvo cuando un espeso mechón negro cayó al suelo—. ¡Oooooh, que bonito! —Exclamó la niñita—. ¿Puedo quedármelo, Nessie?
—No —dijo Jacob bruscamente, con la cabeza todavía inclinada.
—¿Por qué no? —preguntó Alice.
—Alguien podría usarlo para hacer un maleficio de mala suerte. O un hechizo de amor.
—Oh, yo no haría eso —dijo Alice ansiosamente—. Sólo quiero hacer un nido con él.
—No importa, querida —dijo Nessie serenamente—. Si eso hace que nuestro amigo se sienta incómodo, tus mascotas van a tener que hacer sus nidos con otro material. —Las tijeras trabajaban a través de otro gran nudo negro—. ¿Son todos los gitanos tan supersticiosos como tú? —le preguntó a Jake.
—No. La mayoría son peores.
La risa ligera de ella le cosquilleó en la oreja, su cálido aliento le puso la carne de gallina.
—¿Qué odiarías más, Jacob... la mala suerte o el hechizo de amor?
—El hechizo de amor —dijo él sin vacilar.
Por alguna razón, la familia entera rió. Jacob los miró a todos molesto pero no encontró ninguna burla en su mirada colectiva, sólo amistosa diversión.
Jake se quedó callado, oyéndolos conversar mientras Nessie cortaba capas de su cabello. Era la conversación más extraña que había presenciado en su vida, las niñas interactuaban libremente con su hermano y su padre. Todos se movían de un tema a otro, discutiendo sobre ideas que no se les aplicaba, situaciones que no los afectaban a ellos. No tenía ningún propósito, pero parecían disfrutar tremendamente.
Él no sabía que existiera gente así. No tenía idea de cómo habían sobrevivido tanto tiempo.
Los Swan eran un grupo de fuera de este mundo, eran excéntricos, alegres y se preocupaban por los libros, las artes y la música. Vivían en una casa de campo desvencijada, pero en vez de reparar los marcos de las puertas o los agujeros del techo, cultivaban rosas y escribían poesía. Si la pata de una silla se rompía, sencillamente le ponían debajo una pila de libros. Sus prioridades eran un misterio para Jake. Y lo desconcertó todavía más cuando ya habiéndose recuperado de sus heridas, lo invitaron a que se hiciera una habitación en los establos.
—Puedes quedarte tanto como desees —le dijo el señor Swan—. Me imagino que en algún momento querrás buscar a los de tu tribu.
Pero Jake ya no tenía tribu. Lo daban por muerto. Este era su lugar de descanso.
Empezó a ocuparse de las cosas a las que los Swan no prestaban atención, tales como reparar las junturas deterioradas bajo el estante de la chimenea. A pesar de su miedo a las alturas, puso una capa nueva al tejado. Cuidaba del caballo y de la vaca, y atendía el jardín de la cocina, e incluso remendaba los zapatos de la familia.
Pronto el señor Swan confió en él al darle dinero para ir al pueblo y comprar comida y otras necesidades.
Hubo sólo una vez en que su presencia en la casita de campo pareció peligrar y fue cuando lo cogieron peleando con otros chicos del pueblo.
La señora Swan se alarmó cuando lo vio, maltratado, con sangre en la nariz y exigió saber qué había sucedido.
—¿Te envié a la tienda de quesos, vienes a casa con las manos vacías y en estas condiciones? —gritó—. ¿Qué tipo de violencia has perpetrado y por qué?
Jake no se explicó, sólo se quedó allí sombrío, de cara a la puerta mientras ella lo regañaba.
—No voy a tolerar ningún tipo de brutalidad en esta casa. Si no quieres explicar lo que ocurrió, recoge tus cosas y vete.
Antes de que pudiera moverse o hablar, Nessie entró en la casa.
—No, madre —dijo calmadamente—. Yo sé lo que ocurrió… mi amiga Nikki acaba de contármelo. Su hermano estaba allí. Jacob estaba defendiendo a nuestra familia. Otros dos niños estaban gritando insultos contra los Swan, y Jacob les dio una paliza por eso.
—¿Qué clases de insultos? —preguntó la señora Swan aturdida.
Jake clavó la mirada en el suelo, apretando fuertemente los puños.
Nessie no se amilanó ante la verdad.
—Estaban criticando a nuestra familia —dijo—, porque albergamos a un romaní. A algunos de los lugareños no les gusta eso. Creen que Jacob podría robarles, o echarles una maldición, u otras tonterías así. Nos culpan por acogerle.
En el silencio que siguió, Jake tembló de rabia. Y al mismo tiempo, se sintió abrumado por la derrota. Se sentía obligado con esta familia. Jamás podría vivir entre los gadjos sin problemas.
—Me iré —dijo. Era lo mejor que podía hacer por ellos.
—¿A dónde? —preguntó Nessie con sorpresa en la voz, como si la idea de que él se fuera le molestara—. Tú perteneces aquí. No tienes ningún otro sido adonde ir.
—Soy un romaní —dijo él simplemente. No pertenecía a ningún lado y a todas partes.
—No te irás —estaba diciendo para su sorpresa la señora Swan—. Desde luego no a causa de unos cuantos rufianes. ¿Qué enseñaría eso a mis hijos, el permitir que semejante conducta ignorante y despreciable prevalezca? No, te quedarás. Es lo correcto. Pero no debes pelear, Jacob. Ignóralos, y al final perderán el interés en seguir burlándose de nosotros.
Un estúpido sentimiento gadjo. Ignorar nunca funcionaba. La manera más rápida de silenciar las burlas era pegarles hasta hacerlos sangrar.
Una nueva voz entró en la conversación.
—Si se queda —remarcó Emmett, entrando en la cocina—, va a tener que pelear, madre.
Al igual que Jake, Emmett no tenía muy buen aspecto, con un ojo negro y el labio partido. Esbozó una sonrisa ladeada ante las exclamaciones de su madre y su hermana. Todavía riéndose recorrió con la mirada a Jake.
—Les di una paliza a uno o a dos de los que tú pasaste por alto —dijo.
—Oh, querido —dijo la señora Swan apenada, tomando la mano de su hijo, la cual estaba amoratada y sangrando por un corte en los nudillos que debía haberse hecho con los dientes de alguien—. Estas manos son para sujetar libros. No para pelear.
—Me gusta pensar que puedo hacer las dos cosas —dijo Emmett secamente. Su expresión se volvió seria cuando miró a Jake—. Que me condenen si alguien va a decirme quien puede vivir en mi casa. Si quieres quedarte, Jacob, te defenderé como a un hermano.
—No quiero ser un problema para vosotros —dijo Jake.
—Ningún problema —replicó Emmett, flexionando cautelosamente la mano—. Después de todo, algunos principios son dignos de defenderse.
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Gracias por leer, que les pareció el capitulo?
