Advertencias:

Tres drabbles diferentes. Lemmon. Sadomasoquismo. Yaoi. Historia parcialmente censurada.

2 – Mayoría – Shura y Death Mask

La mayoría de sus encuentros con aquel sujeto eran iguales. Un saludo extraordinariamente frío al entrar al hotel y luego una mezcla de violencia, seducción y placer. Atado a la cabecera de la cama, Shura miró a su compañero encender una vela; aquel era un elemento nuevo, si bien siempre había dolor en sus salvajes acoplamientos, jamás había sido hecho así, deliberadamente.

El italiano por su parte sentía un poderío indescriptible, su compañero era serio, recto, a veces parecía aburrido… durante su primera vez juntos –ahora lejana– había sido intencionalmente rudo para darle una lección, se había llevado una sorpresa al no sentirlo retraerse, sino entregarse. Desde entonces habían repetido muchas veces aquel ataque cuerpo a cuerpo y él dejaba que sus perversiones fueran escalando. No era la primera vez que lo ataba, pero sería la primera vez que utilizaría la cera caliente para hacerlo gritar. Había fantaseado con aquello por días, preguntándose si Shura lo permitiría o si tendría que forzarlo.

Desde su posición, el español se preguntaba lo mismo. A pesar de la ausencia de palabras entre ellos había llegado a conocer bien al otro y sabía que no había forma de detenerlo. Estaba bien atado y no podría soltarse solo, así que o bien buscaba disfrutar de aquello o lo convertía en una violación declarada.

El primer chorro de cera sobre su abdomen le dio la respuesta, pues su grito de dolor fue sofocado y su excitación no disminuyó. Se dijo que debió saberlo, que era así, siempre había sido un masoquista sólo que no se había dado cuenta. Contrariado por su nueva identidad no ocultó un jadeo de placer cuando una nueva ración de cera quemó su pecho. La noche era joven, tendría mucho tiempo para acostumbrarse a aquel dolor dentro de sí.

3 – Hielo – Aioria y Mu

Aquel muchacho le gustaba, le gustaba muchísimo, Aioria no podía creer que por fin hubiera logrado avanzar con él hasta ese punto. Tenían viéndose de manera informal un par de meses, pero aquella era la primera vez que intimaban. A pesar de tener años de experiencia, se sentía sumamente nervioso, le sudaban las manos y estaba actuando demasiado deprisa.

Mu por su parte solamente pensaba en que la cama estaba demasiado fría. Apenas había sentido su cuerpo desnudo contra la cama se había incomodado, el ambiente mismo estaba helando y deseaba cubrirse con una gruesa manta. El calor de Aioria no se le estaba contagiando, estaba demasiado húmedo de sudor como para resultar acogedor. Se forzó a pensar que quizá por eso se sentía tan incómodo y tan poco emocionado, trató de concentrarse.

Sin embargo el griego actuaba con demasiada prisa y Mu tuvo que concentrarse en lo helado de la sábana para no quejarse por el dolor. Sabía que tenía que hablar, pedirle ir más despacio o algo así, pero no se atrevió; se limitó a apretar los dientes y aguardar a que acabara, por suerte para él, Aioria estaba tan fuera de sí que no tardó mucho.

Mu le concedió media hora antes de retirarse, además necesitaba ese tiempo para que las piernas dejaran de temblarle. Se despidió más bien fríamente y se fue decidido a no volver a salir con él. Aioria sufrió durante las semanas de llamadas sin contestar, hasta que por fin se hizo a la idea de que había actuado como un idiota apresurado y que no había vuelta atrás, estuvo bebiendo por días, recordando aquella única noche.

4 – Obra – Camus y Afrodita

–Soy activo.

Fue lo primero que le aclaró el hombre cuando Camus le invitó una cerveza. El francés tuvo que hacer una mueca, no le importaba si lo era o no; pero le disgustaba que se lo lanzara así, tan directa e inapropiadamente. Luego se calmó y pensó que era normal, pues su apariencia era bastante equívoca, debido al maquillaje y la ropa andrógina.

–No me molesta.

Camus no se consideraba pasivo, le gustaba la variedad y aquella noche necesitaba compañía, de quien fuera, si tenía la suerte de que aquella persona –la más bonita del bar– se fuera con él no le importaba estar abajo.

–Ven, vamos a bailar.

El rubio lo arrastró hacia la pista, estaba repleta y se vieron forzados a pegar sus cuerpos, aunque también se rozaban con las otras personas allí. Había poca luz y el humo de cigarro estaba condensado y dificultaba mirar a lo lejos; aun así Camus se sorprendió cuando sintió algo duro en su espalda.

–Te daré una probada ahora – le susurró el mayor al oído – no te preocupes, tengo un condón.

Camus no podía creerlo, jamás le había pasado algo así, sin embargo no se resistió, utilizó su chamarra para tapar parte de su cadera y sintió al otro deslizarse dentro de él. En la obscuridad podía parecer que bailaban, aunque en realidad a nadie le importaba. De pronto, el mayor se retiró.

–Ven, vamos al baño, quiero hacèrtelo como se debe.

El francés tembló, era demasiado, era… justo lo que necesitaba esa noche. Arregló con prisa sus ropas y se dejó guiar por aquel extraño, no le importaba su nombre, ni ninguna otra cosa, lo único que necesitaba era que continuara con aquel acto, que le regalara el milagro y obra de su cuerpo.