¡Para mi amiga Cami Argüello y mi esposo Ignacio Aparicio!


CAPÍTULO DOS

FLUJO SANGUÍNEO

Quizá no haga mucho calor. Quizá sean sólo mis nervios, pues el sol se ha puesto en el horizonte. Aunque veo cómo Eileen se sigue abanicando con su mano; ahora lo hace con ambas. Mordecai se ve muy desgastado, en serio parece un vagabundo: su playera gris está manchada de grasa, o creo que es sudor; sus pantalones se le caen y enseña su peludo ombligo; y su par de tenis están enlodados y maltratados, como si los hubieran aplastado, y creo que son los mismos que tenía desde antes de que me fuera.

—Oh, no —digo. Mordecai viene para acá—. Eileen.

—¿Qué?

—Ahí viene.

—Actúa normal —me dice, sonriéndome, como si no fuera de mucha importancia, aunque puede que tenga razón, pero ¿cómo se supone que es «normal»?

¡Toc! ¡Toc! Mordecai toca el vidrio del auto con su puño, y yo doy un gran sobresalto.

—¿Quieren que les ayude? —nos pregunta, con voz baja debido a que el vidrio disminuye el sonido de su voz.

Intento bajar la ventana con la perilla, pero no puedo.

—No quiere —digo.

—No funciona. —Me sonríe Eileen—. Si funcionara, ya lo hubiera bajado por este calorón que está haciendo, ¿no crees? —me comenta, saliéndose del auto y dejando la puerta abierta.

—Buena ésa —le contesto, riendo. Después me vuelvo a sobresaltar porque Mordecai sigue embarrado al vidrio. Me sonríe y no deja de mirarme. Me pone de nervios, así que me bajo por el lado del conductor.

Le doy la vuelta al auto, evitando a Mordecai, y me meto rápidamente a la casa. Mis ojos casi se cristalizan al verla por dentro. Está justamente como debería de estar. No ha cambiado en nada. Se ve igual de iluminada.

Subo las escaleras para ir hacia mi antiguo cuarto, pero está cerrado con llave. Quiero forzar la puerta para ver en qué condiciones se encuentra ahí adentro, pero, por más que empujo, no puedo. Sí está cerrada con llave. Por un momento, pienso en subirme al tejado y ver la habitación desde la ventana. Sin embargo, será mejor que lo haga por la noche, mientras Mordecai y todo el mundo duermen.

—¡Chad!

Escucho que alguien me llama. No logro identificar quién es, si Jeremy o Thomas.

Salgo disparado por el pasillo, pero veo que Mordecai viene subiendo por las escaleras, así que huyo hacia el lado contrario y me meto en la habitación de Jeremy, entrecerrando la puerta. Escucho el sonido de unas llaves. Me asomo por el espacio entrecerrando que dejé. Veo que Mordecai abre la habitación con sus llaves, entrando y cerrando con seguro. Es mi oportunidad para bajar y ver quién me está llamando.

Mordecai ha puesto música muy alta, tanto que vibra toda la casa. Escucho cómo se cimbran los vidrios. Camino por el pasillo mientras me retumban los oídos, y ya casi para pisar el primer escalón, Mordecai abre la puerta de la habitación, haciendo que se escuche aún más fuerte la música. El escuálido de Mordecai sale encaminado hacia el baño, y yo salgo pintando, bajando las escaleras de tres en tres escalones para que no me alcance a ver. Me siento presa de un extraño pánico que no logro evitar en estos momentos. Tengo que admitir que me siento extraño, ahora que lo he empezado a ver de nuevo.

Salto el último escalón, de sopetón, y salgo por la puerta principal. Jeremy era quién me hablaba, sólo para entregarme mi caja con mis sobres de mi «diario secreto». Me sonríe y me dice que al rato me alcanza para ayudarme a desempacar mi antigua ropa (ropa que está guardada en cajas en la habitación de Mordecai) y demás cosas para asentarme en la casa.

Le doy las gracias y me retiro hacia adentro, con la caja pegada hacia mi pecho y sosteniéndola con ambas manos.

Jeremy es la única persona en quien puedo confiar del todo ahora, hasta lo más mínimo, aparte de Eileen. Me quedo pensando en Thomas y me hago preguntas: «¿En realidad es el padre del pequeño que espera mi amiga?». Le calculo, viendo su barriga, que ha de tener apenas unos cuatro meses de gestación.

Subo las escaleras y alguien en el pasillo me quita la caja de mis manos. Es Mordecai.

—Te ayudo a llevar tus cosas —me dice, sonriéndome.

—Gracias, Viejo —le digo.

Rápidamente pelo mis ojos y lo volteo a ver; abro mi boca, pasmado, y espero que no me haya escuchado, pero él está igual. Me mira con grandes ojos, como si no pudiera creer algo, como si estuviese aterrado por algo, por mí.

—¿¡Eres tú, Rigby!? —me pregunta, con ojos aún más abiertos, sosteniéndome de los hombros y zangoloteándome varias veces.

—¿¡Qué!? ¡No! ¡Oye! ¡No, espera...!

Trato de quitármelo de encima mientras cierro mis ojos con gran presión por el desconcierto, pero Mordecai me sacude más rápido, haciendo que mi cuello se mueva de manera brusca hacia atrás y hacia adelante.

—¡Eh!

Ha llegado Thomas. Mordecai escupe un ligero oooh, me suelta y, algo asustado, huye hacia su habitación a pasos lentos. Escucho cómo pone el seguro a la puerta mientras yo me sobo el cuello.

—No le digas a Jeremy —le digo, es lo único que puedo decir en este momento; estoy agitado.

—¿Te duele mucho? —me pregunta al verme tirado y recargado en la pared. Se pone en cuclillas y comienza a observarme. Estira su brazo y me da un masaje en mi cuello con una mano—. ¿Qué sucedió? —me vuelve a preguntar, con la boca medio abierta y sus ojos perdidos en mí.

—Nada importante.

—Cada vez se vuelve más loco —me dice, sonriéndome. Después se enseria, mueve sus labios, chupándoselos, y me ayuda a levantarme con ambas manos, cargándome hasta ponerme erguido—. Vamos, yo te ayudo con eso.

Thomas recoge la caja, la cual Mordo dejo tirada para sacudirme como si yo fuese una maquina expendedora y no quisiera darle su soda.

«Y ¿ahora qué haré? —pienso—. ¿Ya sabe que soy yo?»

La idea me alegra y a la vez me aterra. Ahora sí no sé qué hacer. No sé cómo actuar delante de él. Antes no sabía; ahora menos.

Hemos llegado a la habitación. Thomas deja mi caja debajo de mi cama y se sienta.

—¡Uf, qué calor! —exclamo, asomándome por la ventana, con mi mirada hacia el cielo para ver la luna. No me había dado cuenta de que ya era de noche, pues todas las luces de la casa se encuentran encendidas.

—Sólo es el inicio de una buena tormenta —me dice, suspirando.

—Pero si ni siquiera hay nubes —le espeto.

—¿Quieres una cerveza?

—Claro —le respondo—. Hace años que no bebo una —le digo, y me río; solamente me queda reír.

Después me pongo a pensar en todos esos años que estuve encerrado. Mucho tiempo desperdiciado. De igual manera lo hubiera desperdiciado aquí, pero a mi modo y con aire más fresco.

Más tarde, mientras Thomas y yo cenábamos en la cocina, ambos viendo la televisión, llega Benson para darme la bienvenida. Me ha dado un abrazo, de hecho, todos están aquí para darme uno: Benson, Papaleta, Skips, Musculoso y Fantasmano. Me pongo a pensar: «¿Cómo serían aquellos abrazos si supiesen que soy Rigby en realidad?». No lo sé. No puedo ni siquiera imaginármelo.

Son las 11:02 p. m. Apago la luz de la cocina. Ya no hay nadie, a excepción de el televisor encendido y un vaso de leche que dejé sobre la mesa. Salgo hacia la parte trasera de la casa para sacar la basura. Me adentro de nuevo y subo las escaleras para ir hacia mi habitación; al principio, me confundí y quise girar la perilla de la habitación de Mordecai, pero unos gemidos muy fuertes me hicieron poner los ojos en blanco y caminar hacia la habitación de Jeremy.

Jeremy no está, salió con Margarita. Sí, al parecer mi amigo anda de novio con la pelirroja desde hace un año.

Me adentro y cierro la puerta. Me acerco a la ventana y comienzo a pensar en Mordecai y en aquel nuevo-Rigby que trajo a casa para saciar lo que sea que intente satisfacer.

«¿Por qué lo hace? —pienso—. ¿Qué llena dentro de él al tener sexo con todos ellos? ¿Lo hará para no olvidarme? O ¿lo hará para hartarse de mí y borrarme de su memoria?»

Según Eileen, algunos Rigbys ni siquiera han llegado a los quince años; es eso o se los escoge muy jovencitos.

No me importa.

Abro la ventana hasta el tope y doy un gran suspiro, viendo las luces de la ciudad que están a lo lejos. El sonido del tráfico me relaja. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en Mordecai. «¿Qué estará haciéndole?», sigo pensando. Hasta acá se escucha todo. ¿Qué pensará Papaleta de esto? ¿Siquiera estará en casa para escuchar semejante escándalo como yo?

Pierdo la cabeza en cuanto escucho que alguno de los dos empieza a ladrar como perrito.

—¡Me largo! —exclamo.

Salgo de la habitación, pasando por la puerta de Mordo y pateándola con gran fuerza para acallarlos. Me sigo de largo y bajo las escaleras, fúrico y triste, sí, creo que es eso, «tristeza». Me sigo por la sala mientras me dirijo hacia la cocina. La luz azul del televisor me guía hacia ésta.

Al entrar, apago el televisor y me doy cuenta de que me faltó una gran bolsa de basura que mis ojos no notaron, pues estaba detrás de la puerta trasera. Tomo la bolsa, doy un paso y vuelvo a salir. Bajo las escaleras donde, hace dos años, me morí. Unas manchas rosas siguen pintadas sobre los escalones de la blanca y desgastada madera. Es mi sangre. No le tomo importancia y me sigo de largo para dejar las bolsas en el contenedor del parque, el cual está repleto y ya no le cabe más basura.

Empiezo a notar un aire helado. El viento ha comenzado a soplar más fuerte. Giro mi cabeza hacia arriba y veo la ventana de Thomas, la cual está apagada. Quizá salió a divertirse, o ¿estará dormido? Pues simplemente se me desapareció hace rato que estábamos en la cocina.

Me pongo a pensar: Eileen no me ha hablado de Thomas en todo este tiempo, lo cual se me hace raro. Debería de contarme todo.

Escucho detrás de mí un movimiento que proviene de un arbusto. Me vuelvo para ver qué es, pero no veo nada anormal. «Es el aire», me digo. Ahora alguien me sisea, como si me estuviesen llamando. Me armo de valor, me vuelvo hacia el paisaje y pregunto de manera torpe:

—¿Hay alguien ahí? —Comienzo a caminar hacia el pequeño arbusto y, antes de llegar, una sombra salta hacia mí, haciendo que me caiga de trasero contra el césped—. ¡Ay, Eileen, me diste un buen... susto!

—Si es así, será mejor que te revises los pantalones, ¿no crees?

Se está riendo mientras se sostiene su redonda barriga. La noto y digo:

—No me habías dicho de tu embarazo.

—Exactamente a eso venimos —me responde, aún riéndose y sobándose su espalda, como si le doliera.

—¿Venimos?

—¡Bu!

Doy un gran sobresalto. Thomas está parado detrás de mí y me ha tomado por sorpresa.

—¡Ah! ¡Pero...! ¡Qué rayos!

Thomas se burla y pasa su brazo por detrás de mi cuello para abrazarme.

—Sí que te asusté, ¡je, je!

Me quedo pensando en que él no sabe de mí, así que me llevo a Eileen de ahí, hacia el enorme contenedor verde, y le susurro:

—¿Thomas no sabe nada?

Mi amiga me sisea.

—No, pero...

Eileen se gira para ver a Thomas y le sonríe, pelando los dientes. Thomas, quien está a diez metros de nosotros y parado como un poste, gira su cabeza y pinta una expresión de confusión sobre su rostro barbón. Eileen se gira hacia mí y se me queda viendo, trabada.

—¿Qué? —le pregunto. Me sigue desesperando su manía de trabarse cuando habla conmigo.

—Ummm, ya le diré después —termina, con una risita nerviosa, sacando la lengua, apenada, y colocando su mano detrás de su cabeza para rascarse la nuca.

—Aj. No es de sorprenderme.

—Es que... no he tenido tiempo.

—No tienes tiempo para contarle de mí, pero si lo suficiente como para tener un... bebé —le espeto, riéndome y señalando su pelota de carne. Ella se ríe.

—¡Ja, ja! ¡Sí! —exclama, volviendo a ver a Thomas, el cual sigue igual. Después voltea a verme, me sonríe sin enseñar sus dientes, y me dice en un susurro—: Será buen padre. —Eileen agacha su cabeza para verse la barriga, se la soba y asiente con la cabeza varias veces mientras le habla a su panza—: Oh, qué bonito nene. Espero tu papá no te desespere como lo hace conmigo.

Ambos nos reímos.

—¡Oigan! ¡Ya vámonos!, ¿¡no!? —nos vocifera Thomas, colocando ambas palmas de sus manos alrededor de su boca para subir su tono de voz.

—¿Adónde vamos? —le inquiero a Eileen, susurrando.

—Prrr. Tú sólo síguenos —me responde Eileen, riendo y poniendo sus ojos en blanco.

Eileen corre hacia Thomas. Se toman de la mano, se vuelven hacia la ciudad y brincotean hacia ella, atontados por el amor que se tienen.

—Vaya... —susurro—. Sí que no me lo esperaba.

Camino hacia la casa, cierro con seguro, me vuelvo y voy detrás de ellos antes de que me dejen.

Al llegar a la salida trasera del parque, los alcanzo en la acera que da hacia la calle. Los autos pasan y me ciegan al instante.

—¿¡Adónde vamos!? —vuelvo a preguntar, pero nadie me contesta. Seguramente no me escucharon, ya que el ruido del tráfico se oye muy pesado, pues es sábado por la noche.

—¡Vengan! —nos llama Thomas para que lo sigamos—. ¡Por aquí!

Atravesamos la calle de manera veloz hasta llegar al auto rosa de Eileen. Tuvimos que correr deprisa, ya que los autos no se detienen en esta vía rápida, pues es una de las principales entradas de la ciudad. El viento sopla fuerte y los árboles se doblan, dándome la sensación de que se caerán como aquella vez del hospital, el ladrón y la fuerte lluvia. «¿Lluvia?», me pregunto. Quizá sí llueva, por como se ve el panorama.

Thomas conduce. Eileen se pone su cinturón de seguridad y baja completamente su ventana para sentir el fresco aire sobre su rostro. Sólo veo cómo cada cabello vuela al ritmo del viento. Creo que sigue teniendo mucho calor.

Me quedo observando los demás autos. Después estudio las nubes del cielo por un rato. Sigue haciendo mucho aire, y cada golpeteo de éste, contra las ventanas, me asusta y me distrae de nuestro destino. Hemos llegado al centro de la ciudad. Estamos muy cerca del lago y de los edificios gigantescos que lo rodean, junto con los pulcros cruceros-restaurantes.

—¿Por qué venimos aquí? —pregunto, con voz trémula.

No quiero estar aquí. Solamente me recuerda a Chad. Cierro mis ojos para pensar y tranquilizarme, pero sólo puedo visualizar, dentro de la oscuridad que me proporcionan mis parpados, cada una de sus sonrisas y gesticulaciones que expedían amabilidad y cariño hacia mí. Lo odio. Odio este lugar.

—Ummm, me parece un buen lugar para cenar. Es muy elegante, sirven muy buena comida y no es tan costoso —me contesta Thomas—. Siempre venimos los sábados, de hecho, mi preciosa me lo recomendó. —Le da un beso de pajarito sobre su mejilla izquierda—. Nos encanta.

—Sí —responde ella, ruborizada, volteando a verme apenada y muy nerviosa porque sabe que, la última vez que estuve con ella aquí, la policía nos persiguió hasta que nos ocultamos en un apestoso y oscuro callejón en la madrugada—, nos encanta.

—Ummm —suelto un pequeño gemido que apenas y se escucha; estoy algo molesto por hacerme recordar tantas cosas que a la vez me recuerdan al pequeño de Chad.

Al paso de la noche, mis oídos se taparon por tanto bullicio que hay en esta concurrida zona vip; inclusive, me he mareado un poco. Hemos terminado en un restaurante que está cerca del muelle; es un negocio estable y no es uno de esos puestos de comida rápida, como el que tumbé aquella noche que golpeé al chico que se parecía a Mordecai. Estamos sentados junto a un enorme ventanal que nos proporciona una bonita vista hacia los cruceros llenos; por eso terminamos aquí, porque, como dije, están llenos.

—Bueno, la comida no está tan mal —comenta Eileen, la cual se ha servido cinco platos seguidos de pastel de carne con trocitos de zanahoria y chícharos encima.

—Pero yo quise llevarlos allá. —Señala Thomas hacia los barcos, algo desanimado—. Ya será después. Es que hoy llegamos tarde —añade, convencido de la hora que es, pues pasa de las 02:00 a. m.—. Lamento no poder llevarte ahí, Chad.

Por un momento, me olvido de que soy Chad en realidad; sigo mirando los cruceros y las bonitas luces neón de colores que tienen encima. Aunque sigo odiando esta zona, tengo que admitir que sí es muy hermosa y llamativa. Me doy cuenta de que mi amigo me estaba hablando, así que me vuelvo hacia él y le respondo:

—Oh, descuida. Ya será después.

Veo cómo Eileen se atiborra de panecillos junto con un gran plato lleno de ensalada. Yo ni siquiera me he acabado mi crema de espárragos, y eso que era un plato chico.

—¿Ya habías venido antes? —me pregunta el barbón—. No aquí precisamente, sino a esta zona —añade, burlándose.

No sé qué decir. No sé qué le diría Chad en su momento, así que miento, cabizbajo.

—No recuerdo.

—¿Cómo no vas a recordar? —me inquiere. Se sigue burlando, no sé si por el momento de la charla o de mí.

—¡Es en serio! ¡No recuerdo bien! ¡No recuerdo nada! —escupo mis palabras con un tono de voz alzado, aunque no sé si fue demasiado alto como para asustarlos, espero que no.

Me levanto bruscamente del asiento y, antes de que puedan preguntarme hacia dónde voy, digo que quiero hacer del baño. Entro a los baños del restaurante y me dirijo hacia un inodoro para vomitar lo poco que he comido. No tengo hambre y se me revuelve el estómago de sólo pensar en mi amigo muerto y en el idiota que se está echando Mordecai en estos momentos.

«¿Qué estarán haciendo ahora? —me pregunto, mientras sigo vomitando—. ¿Habrán terminado? ¿Dejaron de aullar como lobos y gruñir como unos estúpidos tigres? ¿Ya le habrá pagado al pirujo por sus cochinos servicios?»

Espero que sí, porque si llego y sigue en la casa, yo mismo lo saco de esa habitación y lo corro a patadas. No importa si es más alto que yo, ¡lo corro definitivamente!

Thomas entra a los baños y se acerca hacia mí, y me pregunta, muy preocupado:

—¿Estás bien? ¿Pasa algo?

Se ha arrodillado para ayudarme.

—No me siento bien. Disculpame por volver todo el estómago, pero no me siento como para...

—Tranquilo —me interrumpe, con voz lenta y suave—. Ven. Vámonos. —Thomas me ayuda a erguirme y después me sostiene en cada paso que doy. Salimos del baño y Eileen sigue comiendo, sentada en la mesa, distraída por las exóticas cosas que le han servido—. Ya vámonos, nena, Chad no se siente bien.

—Pero apenas estoy empezando —comenta Eileen.

—Ya mejor diles que te lo pongan para llevar.

—Bueno, pero no sabrá igual cuando esté recalentado —suspira la chica, triste de no poder comerse a gusto su espagueti, filete de pescado y variadas verduras; me siento mal por eso, así que me disculpo:

—Lo siento, Eileen, por arruinar la noche.

—¡Oh, descuida, creo que sí me pasé esta vez! —Se ríe la chica—. Mi barriga aumentó al doble. ¡Lo bueno es que Thomas pagará todo!

Los tres nos reímos. Después Thomas mira su billetera, algo preocupado, y saca dinero lentamente. Son más monedas que billetes. Veo su mirada, como si éste estuviese esperando, de manera milagrosa, a que le alcance con el poco efectivo que tiene para pagar todo lo que su chica se ha engullido. Al final, logra completar la cuenta, pero sin nada para dejar de propina; salimos casi que corriendo para que el mesero no se diera cuenta de eso y no nos viera con mala cara.

Salimos del lugar y el desfile de personas me da una fuerte sacudida en todo el cuerpo; ya me engenté. A pesar de que se halla muy avanzada la noche, está exageradamente concurrido aquí afuera, y el aire no ha dejado de azotar todo el lugar.

No podemos caminar entre la multitud, pero, de pasito a pasito, logramos llegar a un estacionamiento que está a cinco cuadras, lejos del lago, el cual ya ni siquiera lo puedo ver desde aquí, de hecho, no veo nada. Todo está muy oscuro en esta zona y casi no hay gente. Logramos llegar sin que nos asalten. Se ve peligroso por estos rumbos.

Nos subimos al auto y nos encaminamos hacia el parque.

Al llegar, noto la hora en el reloj de Thomas, un bonito reloj dorado que tiene colgado sobre su muñeca. Son las 04:00 a. m. Nos detuvimos justo afuera de la casa. Veo cómo la luz de la habitación de Mordecai sigue prendida.

—Aj, ¿seguirá ahí el chamaco? —pregunto.

—Puede ser —me responde Eileen, echándose hacia atrás para estacionarse bien.

Veo que el par de estúpidos está sentado y abrazado justo afuera de las escaleras del pórtico. Mordecai nos ve y nos saluda, alzando su brazo y extendiendo la palma de su mano, y yo pido que Eileen acelere cuanto antes para salir huyendo.

—¡Písale! ¡Ya!

Siento cómo mi flujo sanguíneo se acelera. Mi corazón late demasiado deprisa.

—¿¡Qué te pasa, Rigby!? —me grita Eileen, asustada porque no dejo de gritar.

—¿Rigby? —pregunta Thomas, desconcertado. Y yo me lanzo hacia el pedal, echando mi cuerpo hacia adelante para acelerar con mis manos.

En menos de medio minuto, salimos del parque.