Advertencias: violencia, maltrato infantil. Tres drabbles.
2 – Aroma
Mi primer recuerdo es el aroma del mar, y la turbulencia de las olas sobre el barco. No recuerdo al hombre que me arrancó de mi hogar y tampoco recuerdo el hogar en sí, sé que existió, que lo tuve, pero sólo porque durante todo el viaje lloramos por ello. Cincuenta niños, más o menos, en aquel único viaje; toda una generación robada para un propósito que nadie nos explicó, en un destino que –para la mayoría– sería morir.
No recuerdo haberlos visto en aquel viaje, pero sé que estaban allí porque desde el principio estábamos predestinados. Aunque nos hubiéramos visto no habríamos podido hablar, todos teníamos lenguas distintas, habríamos tenido tanto miedo entre nosotros como lo teníamos a los marineros.
Pero cuando crecimos y aprendimos el griego hablamos muchas veces de aquel viaje, del hambre, del sol, las olas y el aroma a mar.
3 – Noche
Las primeras noches no pude dormir, estaba aterrado. Durante el día nos hacían correr bajo el ardiente sol durante horas, sin darnos agua ni alimento. Había otros dos niños suecos con los que había podido hablar un poco, la deshidratación los mató antes de la tercera jornada.
Nos alojaban a todos en una desvencijada cabaña de madera, donde dormíamos apilados sobre el suelo, muertos de calor y de incomodidad. Conforme nuestro número fue mermando el sitio se hizo más cómodo, pero yo tenía más miedo. Nos tiraban el desayuno como si fuésemos perros, arrojando hogazas de pan duro desde la puerta, cada uno podía comer sólo lo que atrapaba.
Fue entonces cuando los vi de verdad, cando me fijé en ellos. El niño moreno de cabello negro que lanzaba codazos y mordidas para hacerse con más trozos rancios de aquellos mendrugos y el valiente español que se empeñaba en arrebatarle su pequeño tesoro para repartirlo entre los más débiles.
A pesar de lo horrible de aquellos recuerdos, es algo que me hace sonreír. Eran tan diferentes, tan contrapuestos, y yo… yo era un cobarde, cogía un trozo cualquiera y me apresuraba a comerlo, sabiendo que solo estaría seguro en mi estómago. No luchaba contra los otros niños ni me preocupaba por ellos. Sentía el deseo de imitar a uno de esos dos, tan fuertes y tan resaltantes, pero no me acababa de decidir por ninguno.
4 – Mirada
Las siguientes semanas fueron más de lo mismo, un desayuno frugal sobre el suelo de la cabaña, correr todo el día, caer agotados a la noche. Una y otra vez repetíamos lo mismo y cada vez éramos menos. Yo no podía dejar de mirar aquellos dos, fuertes a su manera. De vez en cuando los imitaba, arrancando un pan para después compartirlo, pero nunca me sentía demasiado orgulloso de mis pobres intentos de ser fuerte.
Finalmente llegó el día en que nos sacaron de allí, ya para entonces teníamos los pies tan endurecidos que podíamos caminar durante horas sin sentir nada, nos llevaron a una fortificación de madera donde al menos había literas de cemento donde dormir y comenzaron a enseñarnos el idioma. Por cada palabra que decíamos correctamente nos daban un trozo de pan o de queso y la competencia siguió tan aguerrida como antes. Por primera vez me encontré peleando por la comida, aprendía rápido y acaparaba una buena parte de los víveres.
Shura se aproximó entonces a mí, incitándome a compartirlos; Death se acercó también, queriendo robármelos. Esa fue la primera pelea entre nosotros; recuerdo que terminé con los labios rotos y un ojo hinchado. Es uno de mis recuerdos más preciados.
