Después del Azul
―queda la culpa―
«La fuerza del héroe es la fuerza de su voluntad».
(Masa & Mune, Chrono Trigger)
.
.
.
«Acribillemos el ahora con una ametralladora oxidada. Escojamos sonreír en este seco atardecer / Porque incluso los caminos que hemos transitado ciegamente no han sido en vano».
(WANDS, Sabitsuita Mashingan de Ima o Uchinukou)
Parte ll. HÉROE
Emoción ante el poderío de un nuevo rival, tranquilidad latiendo en lo más básico de su ser al refugiarse en el verdor de Montaña Paoz para meditar, calidez al observar a sus hijos divertirse y entrenar, determinación de acero para ganar una batalla, inclusive la furia natural que nace al ser testigo de una injusticia: son todas emociones conocidas, familiares, que Son Goku ha experimentado incontables veces en su vida.
La tristeza y melancolía, por otra parte, representan el día de hoy nuevas presencias en su corazón, espectros grises de sentires con los que Goku no está del todo seguro si desea formar lazos de amistad, aquellos que con tanta presteza se le dan. Sus ojos oscuros miran la pared color crema situada frente al comedor familiar en el que ahora está sentado, sin mirarla en realidad, semblante atípicamente sombrío en su rostro: y sólo desearía haber sido capaz de hacer más por él.
Suspirando, deja su barbilla caer sobre sus brazos cruzados; no sabe por qué, pero este día en particular ha pensado mucho en Trunks, el del futuro que ya no existe más.
Una semana ha pasado desde que Vegeta y él intentasen derrotar a ese Dios de falsa justicia que fue Zamasu y todo el desastre que éste provocó: una semana, sí, desde aquel fracaso que significó la extinción de una realidad entera, de la vida de Trunks del futuro y de todo aquello por lo que peleó.
El cuerpo aún le tiembla al recordarlo, la rabia aún es vigorosa: una verdadera masacre es lo que fue, el exterminio más auténtico del que había sido testigo; cada instante bajo ese cielo grisáceo y peleando sin éxito sobre los escombros muertos de la ciudad fueron como estar en el infierno. Jamás pensó atestiguar tanta destrucción concentrada en un sólo y triste lugar.
Y cuánto lo lamenta por Trunks, y cuánto desearía haber sido un mejor protector, devolverle ese favor en forma de una nueva oportunidad que Trunks les obsequió a todos ellos para con la amenaza de los androides de su línea temporal, pidiendo menos que nada a cambio.
El desenlace de la situación no pudo ser más injusto, piensa Goku.
Y risas naciendo a su alrededor le recuerdan que no está solo.
Voltea su rostro; los ve a ellos. Ellos, que están con él, cocinando postres a su lado en el comedor.
A su izquierda se encuentra una de las tantas, incalculables cosas que él le agradecerá durante toda la eternidad a Trunks, pues es gracias a él que existe: Goten, adorablemente de pie sobre un banquito para así poder alcanzar la barra de la cocina que sobrepasa su altura, y que está ayudando a su madre a preparar un pastel de fresas.
Observa a Milk batiendo crema batida en un tazón, a Goten cortando las fresas en porciones finas, riendo y felices los dos; sonríe. Observarlos es saberse un hombre afortunado, uno que nunca sufrirá escases de abrazos cálidos otorgados por pequeños brazos y dulces besos en la mejilla al despertar por la mañana.
Un recuerdo de un algo que no presenció: los cuerpos ensangrentados y rotos y tristes de su mujer e hijo aparecen en su mente, la imagen que es la consumación de todas sus pesadillas hechas realidad y la insignia de muerte y destrucción de Black está flotando sobre sus cabezas. Su sonrisa se desdibuja; sus manos se aprietan en puños enardecidos sobre la mesa. No los vio morir (y no se cree capaz de tolerar dicha vista), tampoco el estado de sus cuerpos luego del ataque, mas el saber de la boca de Black el que fue su destino crea mil escenarios horripilantes en su cabeza, hace resonar mil posibles aullidos finales en sus oídos, cada uno peor que el anterior.
Ni siquiera a ellos, a su familia de otra línea temporal, pudo vengar. La impotencia resulta asfixiante por su autenticidad.
Entonces, en su corazón, la tristeza es remplazada por sentimientos de insoportable ira que le dan certeros pinchazos en el pecho y garganta y en el alma misma. ¿Y así osaban llamarlo un héroe? ¿Y así Trunks sintió tanta admiración por él?
Porque sí, el recuerdo prevalece nítido en su mente, intocable como la melancolía de su mirada entremezclada con el azul: oh, cuando conoció a Trunks, en aquel diálogo revelador que entablaron aislados de los demás, cómo y cuánto le resplandecían los ojos de admiración.
Cuando le pidió que, por favor, se convirtiera en Super Saiyajin; cuando lo atacó magistral aunque inútilmente con aquella hermosa espada: respeto sobrenatural en cada ademán.
Porque era él el héroe protagonista de las historias sobre épocas pacíficas que le relataban su madre y Gohan, el guerrero de eterna sonrisa que contra todo podía porque nunca se rendía. Encontrarse, finalmente, de cara con Son Goku al viajar al pasado le significó a Trunks la más resplandeciente esperanza.
Maldita sea, ¡cuánto desearía haberlo podido ayudar…!
A él, a Trunks: aquel que en absoluta desesperación, con esperanza en los ojos azules y vergüenza e infravaloración a sí mismo en el corazón había buscado ayuda en ellos para intentar hacerle frente a esta nueva amenaza, la más infernal que habían sufrido en aquella devastada realidad hasta la fecha.
Y sencillamente no hubo nada que ellos, que él (que nadie) pudiera hacer…
Nada de nada.
Una mano pequeña, cálida, aterriza en su pierna como una pluma que en su caída grácil a la tierra captura su atención: la mano barre por completo con el grisáceo y trae de vuelta el color.
― ¡Papá! ―ojitos negros y preciosos y rebalsados de admiración infantil lo miran antes de arrojarse a su regazo, y entonces Goten lo abraza entre risas que suenan a coros de ángel: mil veces ha escuchado, de la boca de Milk y de sus amigos cuán idéntico es su hijo menor a él, pero no; para Goku, Goten siempre será una versión mejorada y superior, más pura, más dulce, más todo de él en lugar de un espejo. En su hijo menor no hay un atisbo de egoísmo, ningún rastro de imperfección y esto lo sabe mejor que cualquiera.
De repente comprende, porque lo ve cristalino y latente en esos ojos, que él también es el héroe de su hijo menor y Goku siente que un tipo de responsabilidad distinta lo abriga, disipando cualquier atisbo de incertidumbre que pueda existir en él: la forma en que su hijo lo mira es un honor. La forma en que Trunks lo miró a él, también.
Y no puede decepcionarlos, no, a ninguno de los dos y en pos de no defraudar a aquellos ojos (los que tiene enfrente y los que ya no están) no se debe dejar vencer, no debe dejar de luchar. Jamás.
Es la verdad.
Qué inevitable es el esbozar una sonrisa, pura y sincera y pacífica, mientras acaricia el cabello de su hijo.
Lamentarse y caer al piso tan sólo para no avanzar: la verdadera derrota.
Su motivo para pelear, para volverse más fuerte y levantarse y seguir intentándolo un amanecer más son ellos dos, su esposa e hijo menor así como Gohan y Pan y Videl y todos los demás; el motivo de Trunks es Mai, es él mismo siguiendo la voluntad de la inquebrantable esperanza que le late en el alma, así como su propia voluntad de héroe que no tolera ver sufrimiento reflejado en los ojos de los demás.
La paz pertenece a aquellos que no bajan los brazos en su lucha contra la adversidad y, así, sabe con seguridad que tanto Trunks como Mai estarán bien; lo estarán porque resistirán. Lo harán.
Sólo quedaba continuar.
Antes de volverse a la paz de su familia Goku se dice que aún queda algo por hacer: sus ojos se pierden por última vez en el azul, ese azul, que se extiende infinito a través de la ventana más inmensa de su sala de estar. Goku le sonríe cual niño al color. Acunando su barbilla en una mano lo susurra a través de sus dedos, con voz queda, para que las palabras prevalezcan como un secreto entre él y el recuerdo de aquel, que, para la niña que late en el interior de la mujer siempre va a ser su musa, su salvador, el mejor, ningún otro que Trunks; son su último deseo para él.
―Dónde sea que estés: cuídate mucho, Trunks.
» Y nunca te dejes vencer…
Al final, hay recompensa; al final, la esperanza prevalecerá.
...
