Disclaimer: Los personajes le pertenecen al maestro Tite Kubo y la historia a la escritora Susan Elizabeth Phillips, como dije en el capitulo anterior y reitero nada es mío-por ahora XD-

Después de no cumplir mi promesa de actualizar cada cuatro días volví, mis disculpas y explicaciones las dejo para el final por si les interesa, va a haber una compensación.


Capítulo dos


¿Y qué si es el chico más caliente de la escuela? Lo que cuenta es cómo te trata.

«Demasiado caliente para manejar lo?»

Rukia Kuchiki para Chik

Ichigo recordó de pronto que había estado demasiado ocupado con su whisky escocés como para activar el siste ma de seguridad de la casa. Un despiste afortunado. Así iba a tener algo de distracción.

La casa estaba fría y oscura. Ichigo sacó los pies descal zos del sofá con la intención de levantarse y tropezó con la mesilla del café. Soltó una retahíla de tacos mientras se fro taba la barbilla y saltó hacia la puerta. ¿Quién iba a pensar que pelearse con un ladrón acabaría siendo para él ser el mejor momento de la semana? Ichigo deseó que aquel mal na cido estuviera armado.

Esquivó un bulto macizo que supuso que debía ser una butaca y pisó algo pequeño y puntiagudo, probablemente una de las piezas de Lego que había visto esparcidas por el suelo. Era una casa grande y lujosa que, construida en lo más profundo de los bosques de Wisconsin, estaba prácticamen te rodeada de árboles salvo por su parte posterior, que daba a las aguas gélidas del lago Michigan.

-Maldita oscuridad -refunfuñó mientras avanzaba guiándose por el sonido de los rasguños, y justo cuando al canzó la puerta, oyó el chasquido le la cerradura y la puer ta empezó a abrirse.

Ichigo sintió aquella subida de adrenalina que tanto le en cantaba, y, con un ágil movimiento, empujó la puerta contra la pared y asió a la persona que había al otro lado.

El tipo tenía que ser un peso mosca, porque salió vo lando.

Y también un afeminado, a juzgar por el tono del grito que soltó cuando cayó en el suelo.

Por desgracia, llevaba un perro. Un perro grande.

A Ichigo se le había erizado el pelo del cogote cuando oyó el espeluznante rugido de un perro de defensa. Antes de que le diera tiempo a protegerse, el animal ya le había mor dido el tobillo.

Ichigo desplegó los reflejos que le estaban convirtiendo en una leyenda, y, mientras intentaba liberarse del mordisco que le atenazaba los huesos del tobillo, se lanzó hacia el in terruptor. La luz inundó el recibidor y Ichigo se dio cuenta de dos cosas.

No le estaba atacando ningún rottweiler. Y no era un hombre el que soltaba esos chillidos de pánico.

-Oh, mierda...

En el suelo de pizarra, a sus pies, yacía una mujer pe queña y chillona con el pelo del color de la camiseta de los San Francisco 49ers (1). Y, aferrado a su tobillo, agujereando sus vaqueros preferidos, había un pequeño y gris...

La palabra se le fue de la cabeza.

Las cosas que llevaba la mujer cuando la había empuja do estaban esparcidas por doquier. Mientras intentaba des hacerse del perro, vio montones de libros, material de dibu jo, dos cajas de galletas de mantequilla y un par de zapatillas con una cabeza de conejo grande y rosa en la punta.

Finalmente logró liberarse del perro gruñón. La mujer se incorporó dificultosamente y adoptó lo que parecía ser una pose de artes marciales. Ichigo abrió la boca para expli carse, pero antes de poder pronunciar palabra ella le había dado una patada en la parte posterior de la rodilla. Lo siguiente que pensó Ichigo es que estaba despedido.

-Vaya... A los Giants(2) les costó tres cuartos de hora para hacer eso.

Cuando había caído al suelo, ella llevaba puesto un abri go, pero a él lo único que lo protegía, de ese suelo de pizarra era una fina tela vaquera. Ichigo retrocedió y rodó de espal das. De un salto, el perro se le plantó encima del pecho y em pezó a ladrarle echándole su aliento perruno en la cara mien tras las puntas del pañuelito que llevaba atado al cuello no dejaban de darle en la nariz.

-¡Has intentado matarme! -chilló la mujer con la ex presión de ferocidad que le conferían los reflejos rojos de su pelo.

-No ha sido adrede.

Ichigo sabía que la había visto antes, por no lograba re cordar por nada del mundo quién era.

-¿Puedes llamar a tu «pit-bull»?

La cara de pánico de ella había dejado paso a la furia, y apretó los dientes como el perro.

-Ven aquí, Ginnosuke.

El bicho gruñó y se desenganchó del pecho de Ichigo. Fi nalmente cayó en la cuenta.

«Oh, mierda...», pensó.

-Eres... la hermana de Rangiku. ¿Te has hecho daño...? -dijo buscando un nombre-. ¿Señorita Aizen?

Como era él el que yacía en el suelo con un golpe en la cadera y heridas de mordiscos en el tobillo, consideró que se trataba más bien de una pregunta de cortesía.

-¡Es la segunda vez en dos días! -exclamó ella.

-No sé de qué me...

-¡La segunda vez! ¿Estás pirado, estúpido tejón? ¿Es ése tu problema? ¿O es que eres idiota?

-Pues eso, yo... ¿Me has llamado «tejón»?

Rukia pestañeó.

-Cojón. Te he llamado cojón.

-Ah, eso está mejor.

Por desgracia, su poco convincente intento de bromear no la hizo sonreír.

El «pit-bull» se retiró junto a su dueña. Ichigo se incor poró en el suelo de pizarra y se frotó el tobillo, mientras in tentaba recordar todo lo que podía acerca de la hermana de su jefa, pero sólo logró recordar que era una intelectualoide. La había visto unas cuantas veces en las oficinas de los Stars con la cabeza metida en algún libro, aunque sin duda no lle vaba el pelo de ese color. Se hacía difícil de creer que Rangiku y ella fueran parientes, porque ésta estaba lejos de ser un bombón. Aunque tampoco estaba mal. Era bastante del montón: era plana allí donde Rangiku tenía unas buenas cur vas, y bajita mientras que Rangiku era alta. Al contrario que la de su hermana, la boca de ésta no parecía diseñada para su surrar obscenidades bajo las sábanas. Al contrario: la boca de la hermana pequeña de Rangiku sugería que se pasaba to do el día exigiendo silencio en alguna biblioteca.

No necesitaba el testimonio de todos aquellos libros es parcidos para saber que era el tipo de mujer que menos le gustaba: inteligente y demasiado seria. Y probablemente se ría además de las que hablan: un tanto más en su contra. En pro de la justicia, sin embargo, tenía que darle una nota muy alta al poderío de sus ojos. Eran de un color poco común, un tono entre el azul y el violeta, con un atractivo sesgo, igual que su cejas, que casi se tocaban mientras le echaba la bronca. Maldita sea. ¡La hermana de Rangiku! Y él que creía que esa semana ya no podía ir peor.

-¿Te has hecho daño? -le preguntó.

El azul-violeta de su iris adquirió el color exacto de una tarde de verano en Illinois antes de activarse la sirena de tor nados. Ya había logrado enojar a todos los miembros de la familia propietaria de los Stars, excepto tal vez a, los niños. Debía de tener un don.

Más le valía intentar arreglar la situación, y como el en canto era su traje de gala, le lanzó una sonrisa y dijo:

-No quería asustarte. Pensaba que eras un ladrón.

-¿Qué estás haciendo aquí?

Incluso antes de oír sus gritos, Ichigo se dio cuenta de que lo del encanto no funcionaba. Y no perdía de vista la pos tura de kung fu de la mujer.

-Gin me sugirió que subiera aquí unos días, para acla rarme las ideas... -Ichigo hizo una pausa-. Cosa que a mí no me hace ninguna falta.

Rukia pulsó un interruptor y dos rústicos candelabros de hierro de pared se encendieron e iluminaron los rincones oscuros.

La casa estaba hecha de troncos, pero tenía seis dormi torios y un techo de vigas de madera que daba cabida a dos plantas, de modo que no se parecía en nada a una cabaña de la frontera. Las ventanas eran tan grandes que daba la sensa ción de que el bosque formaba parte del interior, y en la enor me chimenea de piedra que dominaba un extremo de la sala se podría haber asado un bisonte. Todos los muebles eran grandes, sobrecargados y cómodos, diseñados para sopor tar los abusos de una gran familia. A un lado, una ancha es calera conducía a la segunda planta, que disponía de un pe queño desván en un extremo.

Ichigo se inclinó para recoger las cosas que habían que dado desperdigadas por el suelo. Examinó las zapatillas.

-¿No te pones nerviosa cuando las llevas durante la tem porada de caza?

Ella intentó arrebatárselas.

-Dámelas.

-Tampoco pensaba ponérmelas. Sería difícil que los chi cos siguieran respetándome después de eso.

Ella no sonrió en absoluto cuando él le devolvió las za patillas.

-Hay una casa de huéspedes no muy lejos de aquí -di jo Rukia-. Seguro que podrán darte habitación para esta noche.

-Es demasiado tarde para que me eches. Además, a mí me han invitado.

-Es mi casa. Quedas desinvitado.

Rukia colocó su abrigo en uno de los sofás y se dirigió a la cocina. El «pit-bull» dobló el labio y mantuvo la cola bien levantada, como quien hace esto obsceno con el dedo. Cuando al perro le quedó claro que Ichigo había captado el mensaje, salió trotando tras su dueña.

Ichigo les siguió. La cocina era espaciosa y cómoda; los armarios eran Craftsman y se disfrutaba de una visión pa norámica del lago Michigan desde todas las ventanas. Rukia dejó sus paquetes en una mesa de centro pentagonal rodea da de seis taburetes.

Esa mujer tenía ojo para la moda, eso había que admitirlo. Llevaba unos pantalones ajustados de color gris marengo y un jersey ancho de un tono gris metálico que a Ichigo le hizo pen sar en una armadura. Con esos cabellos cortos llameantes, po dría ser Juana de Arco justo después de prender la cerilla. La ropa parecía de marca, aunque no nueva, lo que era raro, por que recordaba haber oído que había heredado la fortuna de Aizen Sousuke. Aunque Ichigo era rico, se había ganado el dinero una vez formada ya su personalidad. Según su expe riencia, la gente que ha crecido entre riquezas no compren de lo que es el esfuerzo, y no había conocido a muchos que le cayesen bien. Esa niña rica y esnob no sería una excepción.

-Esto... ¿señorita Aizen? Antes de que me eches... Sin duda no has avisado a los Ichimaru de que subías aquí; de lo contrario, te habrían comentado que el lugar ya estaba ocupado.

-Tengo derechos. Se entiende -dijo Rukia arrojando las galletas a un cajón y cerrándolo de golpe. Luego estudió a Ichigo: estaba tenso, nerviosísimo-. No te acuerdas de mi nombre, ¿verdad?

-Claro que me acuerdo -replicó mientras buscaba en su memoria sin obtener ningún resultado.

-Nos han presentado al menos tres veces.

-Algo totalmente innecesario, porque tengo muy bue na memoria para los nombres.

-No para el mío. Lo has olvidado.

-Por supuesto que no.

Ella le miró fijamente durante un largo rato; él, sin em bargo, estaba acostumbrado a actuar bajo presión, y no tuvo ningún problema en esperar a que fuera ella quien lo dijera.

-Es Chappy -le dijo.

-¿Y por qué me dices algo que ya sé? ¿Eres así de para noica con todo el mundo, Chappy?

Rukia apretó los labios y murmuró algo entre dientes. Ichigo habría jurado que había vuelto a oír la palabra «tejón».

¡Ichigo Kurosaki ni siquiera sabía cómo se llamaba! «Que me sirva de lección», pensó Rukia mientras admiraba su pe ligroso atractivo.

Entonces vio que tenía que encontrar la manera de pro tegerse de él. Vale, estaba más bueno que el pan. Como muchos otros hombres. De acuerdo, no muchos tenían esa particular combinación de pelo anaranjado y ojos color ocre. Y muy pocos tenían un cuerpazo como aquél, atlé tico y escultural, nada desproporcionado. Aun así, no era tan estúpida como para encapricharse con un hombre que no era más que un bonito cuerpo, una linda cara y un interruptor para el encanto.

Bueno, lo cierto era que sí: a juzgar por su pasado enca prichamiento por él, había sido tan estúpida. Pero al menos había sido consciente de que estaba siendo estúpida.

Lo que sin duda no haría era presentarse como una grou pie aduladora. ¡Iba a verla en toda su insolencia! Conjuró a la Goldie Hawn de Un mar de líos en busca de inspiración.

-Vas a tener que marcharte, Ikkaku. Ay, perdona, quería decir Ichigo. Porque es Ichigo, ¿verdad?

Puede que esta vez hubiera ido demasiado lejos, porque la comisura de sus labios se torció hacia arriba.

-Nos han presentado al menos tres veces. Pensaba que lo recordarías.

-Es que hay tantos futbolistas, y todos os parecéis tanto.

Ichigo arqueó una de sus cejas.

Rukia ya había marcado el terreno, y era tarde, así que po día permitirse ser generosa, aunque sólo con condescendencia.

-Puedes quedarte esta noche, pero yo he venido aquí a trabajar, así que tendrás que irte mañana por la mañana.

Un vistazo por la ventana de atrás le permitió ver el Fe rrari aparcado junto al garaje: ahora entendía por qué no lo había visto cuando había aparcado delante.

Él se sentó deliberadamente en un taburete, como si qui siera indicar que no iba a ir a ninguna parte.

-¿A qué tipo de trabajo te dedicas? -dijo en un tono desdeñoso que a Rukia le hizo pensar que él no creía que pu diese ser nada demasiado arduo.

-Je suis auteur.

-¿Escritora?

-Ich bin Schriftstellerin -añadió en alemán.

-¿Has abandonado tu idioma vernáculo por algún mo tivo?

-He pensado que tal vez te sentirías más cómodo con alguna lengua extranjera-dijo ondeando vagamente su ma no-. Por algo que he leído...

Ichigo podía ser superficial, pero no era estúpido, y Rukia pensó que tal vez se había pasado de la raya. Por des gracia, estaba en racha.

-Estoy casi segura de que Ginnosuke se habrá recuperado del problemilla que tuvo con la rabia, pero tal vez será mejor que te pongas alguna inyección, por si acaso.

-Todavía estás cabreada por eso del ladrón, ¿verdad?

-Lo siento, no te oigo bien. Tal vez la caída me ha de jado algo conmocionada.

-Ya te he pedido perdón.

-Es verdad -dijo apartando un montón de lápices que los niños habían dejado en el pasaplatos.

-Me parece que subiré a acostarme -dijo Ichigo. Se le vantó y se dirigió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se detuvo a echarle un último vistazo a esos pelos horribles y aña dió-: Dime la verdad. ¿Ha sido por algún tipo de apuesta?

-Buenas noches, Iba.

Cuando Rukia entró en su dormitorio, se dio cuenta de que respiraba aceleradamente. Sólo un fino tabique la sepa raba de la habitación de invitados donde debía estar dur miendo Ichigo. Un cosquilleo le recorrió la piel y sintió el impulso casi incontrolable de cortarse el pelo, aunque tam poco quedaba demasiado que cortar. Tal vez debería volver a teñírselo de su color natural al día siguiente, pero no podía darle a Ichigo ese gusto.

Había llegado a la cabaña para esconderse, no para dor mir junto a la boca del lobo, así que cogió sus cosas y, con Ginnosuke pegado continuamente a sus talones, bajó corriendo, atravesó el salón, se metió en la habitación grande que com partían las tres niñas y cerró la puerta por dentro.

Se apoyó en el marco de la puerta e intentó calmarse con templando el techo inclinado de la habitación y las confor tables buhardillas diseñadas para soñar despierto. Dos de las paredes contenían un mural del Bosque del Seireitei que ella había pintado con toda la familia por en medio. Allí estaría bien, y por la mañana él ya se habría ido.

Dormir, sin embargo, era imposible. ¿Por qué no había avisado a Rangiku de que iba a subir a la casa, como hacía siem pre? Porque no quería oír más discursitos sobre su pelo ni tampoco advertencias de posibles «incidentes».

Rukia dio vueltas y más vueltas, miró el reloj, y final mente encendió la luz para hacer algunos esbozos de las ilus traciones para su próximo libro. No le salía nada. Habitual mente, el ruido del viento invernal golpeando la maciza casa de troncos la calmaba, pero aquella noche el viento la impul saba a desnudarse y bailar, dejar atrás a la niña buena y estu diosa, y liberar su lado salvaje.

Apartó las mantas y saltó de la cama. La habitación es taba helada, pero ella se sentía acalorada y enfervorizada. De seó estar en su casa. Ginnosuke levantó un párpado soñoliento, y luego volvió a cerrarlo mientras ella se dirigía al banco acol chado de la ventana más cercana.

Plumas de escarcha decoraban los cristales, y la nieve se arremolinaba entre los árboles en delgados copos danza rines. Rukia intentó concentrarse en la belleza de la noche, pero no dejaba de ver a Ichigo Kurosaki. Sentía cosquillas en todo el cuerpo y un hormigueo en los pechos. ¡Era tan de gradante! Ella era una mujer inteligente, incluso brillante, pero pese a querer negarlo, estaba obsesionada como una animadora hambrienta de sexo.

Tal vez se trataba de una forma perversa de crecimiento personal. Al menos se obsesionaba por el sexo y no por la Gran Historia de Amor que jamás tendría.

Decidió que era más seguro obsesionarse por la Gran Historia de Amor. ¡Gin le había salvado la vida a Rangiku! Era la cosa más romántica que Rukia podía imaginar, aunque suponía que también le había creado expectativas muy poco realistas.

Abandonó lo de la Gran Historia de Amor y volvió a ob sesionarse con el sexo. ¿Hablaría Ichigo en inglés mientras lo hacía, o habría memorizado algunas frases extranjeras úti les? Con un gruñido, hundió la cabeza en la almohada.

Tras sólo unas pocas horas de sueño se despertó: el ama necer era frío y gris. Cuando miró hacia fuera, vio que el Fe rrari de Ichigo había desaparecido. « ¡Bien!» Sacó a Ginnosuke y luego se duchó. Mientras se secaba, se obligó a sí misma a ta rarear una cancioncilla de Winnie the Pooh, pero cuando em pezó a ponerse sus gastados pantalones grises y el jersey de Dolce & Gabbana que se había comprado antes de donar su dinero, la ficción de fingir que era feliz ya se había desva necido.

Pero ¿qué rayos le pasaba? Su vida era maravillosa. Go zaba de buena salud. Tenía amigos, una familia estupenda y un perro que la entretenía. Aunque estaba casi siempre sin blanca, no le importaba porque su loft valía hasta el último centavo que pagaba por él. Le encantaba su trabajo. Su vida era perfecta. E incluso más que perfecta ahora que Ichigo se había marchado.

Enojada por su estado anímico, deslizó sus pies en las za patillas rosas que le habían regalado las gemelas por su cum pleaños y bajó hacia la cocina, con las cabezas de conejo bam boleando sobre los dedos de sus pies. Un desayuno rápido y luego se pondría a trabajar.

La noche anterior había llegado demasiado tarde como para ir a comprar provisiones, así que sacó una bolsa de pan de molde de Gin del armario. Justo cuando introducía una rebanada en la tostadora, Ginnosuke empezó a ladrar. La puerta tra sera se abrió y entró Ichigo, cargado de bolsas de plástico re pletas de comida. Rukia sintió que el bobo de su corazón se aceleraba un poco.

Ginnosuke gruñó, pero Ichigo no le hizo ningún caso.

-Buenos días, Chappy.

La instintiva explosión de placer de Rukia dejó paso al fastidio. ¡Slytherin!

Ichigo dejó las bolsas en la mesa central y dijo:

-Nos estábamos quedando sin provisiones.

-¿Y qué importancia tiene eso? Tú te ibas, ¿no te acuer das? Vous partez. Andate vía -repuso Rukia. Las palabras en francés e italiano las pronunció con exageración y se gra tificó al ver que le había molestado.

-Irse no es una buena idea -dijo mientras retorcía con fuerza el tapón de la leche-. No quiero tener más líos con Gin, así que tendrás que ser tú quien se vaya.

Eso era exactamente lo que debería hacer, pero no le gus tó la actitud de Ichigo, así que dejó que hablara la arpía que llevaba dentro:

-Eso ni lo sueñes. Puede que al ser deportista no pue das entenderlo, pero necesito paz y tranquilidad, porque yo tengo que pensar mientras trabajo.

Sin duda Ichigo captó el insulto, aunque prefirió hacerle oídos sordos.

-Yo me quedo aquí -insistió.

-Pues yo también -respondió ella con la misma to zudez.

Rukia se dio cuenta de que él habría querido echarla, pero que no podía hacerlo porque ella era la hermana de su jefa. Ichigo se tomó su tiempo para llenarse el vaso; luego apoyó las caderas en el fregadero y dispuso:

-La casa es grande. La compartiremos.

Rukia estaba a punto decir que lo olvidase, que se marcharía de todos modos, pero algo la detuvo. Tal vez com partir la casa no era una idea tan descabellada: quizá la for ma más rápida de superar su fijación sería ver al slytherin que se escondía debajo del hombre. No había sido Ichigo como ser humano lo que la había atraído, porque no tenía ni idea de cómo era realmente. Se trataba más bien de una imagen ilusoria de Ichigo: cuerpo maravilloso, ojos hermosos, vale roso líder de hombres.

Lo observó mientras apuraba el vaso de leche. Un eruc to. Eso sería lo último. Nada le desagradaba más que un hom bre que eructase... O que se rascase la entrepierna... O que fuese grosero en la mesa. ¿Y qué decir de esos perdedores que intentan impresionar a las mujeres sacando un fajo de billetes atrapado en uno de esos chillones sujetabilletes?

Tal vez llevase una cadena de oro. Rukia sintió un esca lofrío. Eso sería definitivo. O quizás era un chiflado por las armas. O decía: «Machote.» O no llegaba a la altura de Gin Ichimaru de cientos de maneras distintas.

Sí, sin duda, había un millón de trampas esperando a Ichigo Kurosaki, el señor Mis-ojos-ocre-como-la-diarrea-me-hacen-irresistiblemente-sexy. Un eructo... Una ma no a la entrepierna... Incluso el más leve destello de oro alrededor de su fantástico cuello.

Rukia se dio cuenta de que estaba sonriendo.

-De acuerdo. Puedes quedarte -dijo finalmente.

-Gracias, Chappy.

Ichigo apuró su vaso, pero no eructó.

Ella entrecerró los ojos y se dijo a sí misma que mientras él siguiera llamándola Chappy ya estaba medio salvada.

Rukia cogió su ordenador portátil y lo subió al desván. Lo colocó en el escritorio junto a su cuaderno de dibujo. Po día trabajar en Chappy se cae de bruces o en el artículo «Dar se el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?».

Muy lejos.

Definitivamente no era el mejor momento para escribir un artículo sobre sexo, ni siquiera en su variante adolescente.

Rukia oyó de fondo la retransmisión de un partido e imaginó que Ichigo se había traído unos vídeos para poder hacer sus deberes. Se preguntó si alguna vez abriría un libro o si iría a ver una película de arte y ensayo o si haría algo que no tuviera que ver con el fútbol.

Tenía que volver a concentrarse en su trabajo. Acarició a Ginnosuke con un pie y, a través de la ventana, contempló los fu riosos copos de nieve rodando sobre las aguas grises y lúgu bres del lago Michigan. Tal vez Chappy podría volver a su casita bien entrada la noche y encontrarlo todo muy oscuro. Y cuando entrase dentro, Kon podía asaltarla y...

Tenía que dejar de escribir historias tan autobiográficas.

Entendido... Abrió de golpe su cuaderno de dibujo. Chappy podía decidir ponerse una máscara de Halloween y asustar a... No, eso ya lo había hecho en Daphne planta un huerto de calabazas.

Era sin duda el momento de llamar a una amiga. Rukia cogió el teléfono que tenía al lado y marcó el número de Hinamori Momo, una de sus mejores colegas escritoras. Aunque Momo escribía para el mercado de los jóvenes adultos, am bas compartían la misma filosofía sobre los libros y con frecuencia quedaban para compartir ideas.

-¡Gracias a Dios que me llamas! -gritó Momo-. Llevo toda la mañana intentando ponerme en contacto contigo.

-¿Qué pasa?

-¡Es terrible! Esta mañana ha salido una mujer gorda de NHAH en las noticias locales jurando y perjurando que los libros infantiles y juveniles son una herramienta de re clutamiento para el estilo de vida homosexual.

-¿Es que no tienen nada mejor que hacer en la vida?

-¡Rukia, tenía en sus manos un ejemplar de Te echo mu cho de menos y decía que era un ejemplo del tipo de basura que atrae a los niños hacia la perversión!

-Oh, Momo... ¡eso es horrible!

Te echo mucho de menos era la historia de una niña de tre ce años que intentaba comprender por qué razón los demás acosaban a su hermano mayor, un chico con tendencias ar tísticas al que sus compañeros calificaban de gay. Era un li bro muy bien escrito, sensible y sincero.

Momo se sonó la nariz.

-Mi editora ha llamado esta mañana. ¡Me ha dicho que han decidido esperar a que se calmen las aguas y que van a posponer un año la publicación de mi próximo libro!

-¡Si ya hace casi un año que lo acabaste! -exclamó Rukia.

-No les importa. No me lo puedo creer. Ahora que fi nalmente despegaban mis ventas, voy a perder mi gran opor tunidad de hacerme un nombre.

Rukia consoló a su amiga lo mejor que pudo. Después de colgar el teléfono, pensó que NHAH era para la sociedad una amenaza mucho mayor de lo que pudiera serlo jamás ningún libro.

Oyó pasos en la planta baja y se dio cuenta de que ya no se oía el fútbol. Lo único bueno de su conversación con Momo era que la había distraído de pensar en Ichigo.

Una voz masculina profunda la llamó.

-¡Oye, Chappy! ¿Sabes si hay algún aeródromo cerca de aquí?

-¿Un aeródromo? Sí, hay uno en Sturgeon Bay. Está hacia... -De repente se le encendió la bombilla-. ¡Un aeró dromo!

Rukia saltó de la silla y corrió hacia la baranda.

-¡No pensarás saltar en caída libre otra vez! -exclamó. Ichigo inclinó la cabeza hacia arriba para mirarla. Inclu so con las manos en los bolsillos parecía tan alto y deslum brante como un dios del Sol.

« ¡Eructa, por favor! »

-¿Por qué iba a saltar en caída libre? -dijo tímida mente-. Gin me pidió que no lo hiciera.

-Como si eso fuera a detenerte.

Kon hacía girar los pedales de su bicicleta de mon taña cada vez más rápido. No le importaba la lluvia que caía sobre el camino que llevaba al Bosque del Seireitei y no vio el enorme charco que tenía delante.

Aunque sabía que le convenía mantenerse tan alejada de él como le fuera posible, Rukia bajó corriendo las escaleras y le suplicó:

-No lo hagas. Ha habido ráfagas de nieve toda la no che. Y hace demasiado viento.

-Me estás tentando...

-¡Intento explicarte que es peligroso!

-¿Y no es eso lo que hace que merezca la pena?

-Ningún avión va a querer despegar en un día como éste -dijo Rukia, aunque pensó que los famosos como Ichigo pueden conseguir que la gente haga prácticamente cual quier cosa.

-No creo que tuviese demasiados problemas para en contrar un piloto. En caso de que pensara saltar en caída libre.

-Llamaré a Gin -amenazó ella-. Seguro que le in teresará saber la poca seriedad con que te tomas su suspen sión.

-Ahora me estás asustando. Seguro que eras una de esas mocosas que se chivaban al profesor cuando los niños se por taban mal.

-No fui al colegio con niños hasta los quince años, así que perdí esa oportunidad.

-Es verdad. Eres una niña rica, ¿no?

-Rica y consentida -mintió Rukia-. ¿Y qué me dices de ti?

Tal vez si le distraía con un poco de conversación se ol vidaría de saltar en caída libre.

-Clase media, y consentido seguro que no.

Ichigo todavía parecía inquieto, así que Rukia se esforzó en pensar en algo de que hablar; entonces advirtió sobre la mesilla del café dos libros que antes no estaban allí. Los mi ró con más detenimiento y vio que uno era el nuevo de Scott Turow, y el otro, un volumen bastante erudito sobre el Cos mos que ella había empezado a leer, pero que había acabado cambiando por algo más ligero.

-¿Tú lees? -preguntó de pronto Rukia.

Ichigo hizo una mueca mientras se repanchigaba en el sofá desmontable.

-Sólo cuando no encuentro a nadie que lea para mí.

-Muy gracioso.

Rukia se acomodó en el extremo opuesto del sofá, des contenta de haber descubierto que, en contra de lo que creía, le gustaban los libros. Ginnosuke se acercó a Rukia, dispuesto a pro tegerla en caso de que a Ichigo se le pasase por la cabeza volver a hacerle una llave.

«Ni se te ocurra.»

-Muy bien, confieso que no eres tan... intelectualmen te incapacitado como aparentas.

-Deja que anote eso en mi diario -repuso él.

Rukia había tendido su trampa con bastante eficacia.

-En ese caso, ¿por qué no dejas de hacer estupideces?

-¿Como por ejemplo?

-Como saltar en caída libre. Esquiar desde un helicóp tero. Y luego esa carrera de motocross que hiciste tras el sta ge de pretemporada.

-Pareces saber mucho acerca de mí.

-Sólo porque formas parte del negocio familiar, no te creas que es nada personal. Además, todo Chicago sabe lo que has estado haciendo.

-La prensa siempre hace una montaña de nada.

-No es exactamente nada -dijo Rukia sacándose las zapatillas de cabeza de conejo, y se sentó encima de sus pies-. No lo entiendo. Siempre has sido el modelo a seguir para los deportistas profesionales. No conduces borracho ni pegas a las mujeres. Llegas puntual a los entrenamientos y te quedas lo que haga falta. Ni escándalos de juego, ni te gusta figurar, ni dices demasiadas tonterías. Y de repente te des madras.

-Yo no me he desmadrado.

-¿Y cómo le llamas a eso, si no?

Ichigo ladeó la cabeza.

-Te han enviado aquí para espiarme, ¿verdad?

Rukia se rió, aun a riesgo de que eso comprometiera su papel de arpía rica.

-Soy la última persona en la que confiarían para un tra bajo de equipo. Soy un poco loca -confesó y, trazando una X sobre su corazón, añadió-: Vamos, Ichigo, lo juro, no diré nada. Dime qué te pasa.

-Me gusta divertirme un poco, y no pienso pedir dis culpas por eso.

Rukia quería más, así que prosiguió con su misión de ex ploración.

-¿Y tus amiguitas no se preocupan por ti?

-Si lo que te interesa es mi vida amorosa, sólo tienes que preguntar. Así podré experimentar el placer de decirte que te metas en tus asuntos.

-¿Y por qué iba yo a estar interesada en tu vida amo rosa?

-Eso dímelo tú.

Ella le miró recatadamente y precisó:

-Sólo me gustaría saber dónde encuentras a tus muje res... ¿En catálogos internacionales? ¿O tal vez en la red? Sé que hay grupos especializados en ayudar a los hombres ame ricanos solitarios a encontrar mujeres extranjeras, he visto las fotos. «Rusa preciosa de veintiún años. Toca el piano clá sico desnuda, escribe novelas eróticas en su tiempo libre, quiere compartir su encanto con un tonto yanqui.»

Por desgracia, Ichigo en lugar de ofenderse, se echó a reír.

-También salgo con mujeres americanas.

-Estoy convencida de que no son muchas.

-¿No te han dicho nunca que eres demasiado cotilla?

-Soy escritora. Es lo que tiene la profesión.

Tal vez era su imaginación, pero él no parecía tan in quieto como cuando se había sentado, así que decidió seguir indagando.

-Háblame de tu familia.

-No hay mucho que decir. Soy un H.P.

«¿ Harto de premios?»

-¿Hombre patético?

Ichigo hizo una mueca y, tras apoyar las piernas en el borde de la mesilla del café, explicó:

-Hijo de un predicador. Cuarta generación, según co mo lo cuentes.

-Ah, sí, recuerdo haberlo leído. Cuarta generación, ¿eh?

-Mi padre era un ministro metodista, hijo de un ministro metodista, que era el nieto de uno de los antiguos jinetes me todistas que llevaron el Evangelio al salvaje Oeste.

-De ahí debe de venir tu sangre aventurera. Del bisa buelo jinete.

-Seguro que no viene de mi padre. Era una gran perso na, pero no se puede decir que le gustase el riesgo. Era más bien un intelectualoide. Como tú -dijo sonriendo-. Sólo que más educado.

Ella hizo oídos sordos y preguntó:

-¿Falleció?

-Sí, hace unos seis años. Tenía cincuenta y un años cuan do nací yo.

-¿Y tu madre?

-La perdí hace año y medio. También era mayor. Una gran lectora, directora de la sociedad de historia, especiali zada en genealogía. Los veranos eran el momento culminante de la vida de mis padres.

-¿Hacían pesca submarina en las Bahamas?

-Más bien no -contestó Ichigo riendo-. Íbamos to dos a un campamento de la iglesia metodista en el norte de Michigan. Ha pertenecido a mi familia desde hace genera ciones.

-¿Tu familia era propietaria de un campamento?

-Enterito, con cabañas y un gran tabernáculo antiguo de madera para los servicios eclesiásticos. Tuve que acom pañarles todos los veranos hasta que cumplí los quince; lue go me rebelé.

-Seguro que debían de preguntarse cómo te habían criado.

Ichigo cerró los ojos y admitió:

-Todos los días. ¿Y qué me dices de ti?

-Soy huérfana. -Rukia pronunció la palabra sin mos trar tristeza, tal como siempre lo hacía cuando alguien le pre guntaba, pero se sintió incómoda.

-Creía que Sousuke sólo se había casado con coristas de Las Vegas -dijo Ichigo apartando la mirada de los cabellos car mesíes de Rukia y centrándola en sus modestos pechos con una expresión tal en los ojos que a Rukia le quedó claro que él no creía que pudiera haber lentejuelas en sus genes.

-Mi madre estaba en el coro de The Sands. Fue la ter cera esposa de Sousuke, y murió cuando yo tenía dos años, mien tras volaba hacia Aspen para celebrar el divorcio.

-¿Rangiku y tú no tuvisteis la misma madre?

-No, la madre de Rangiku fue su primera esposa. Esta ba en el coro de The Flamingo.

-No llegué a conocer a Aizen Sousuke, pero por lo que he oído no debía ser fácil convivir con él.

-Por suerte, me envió a un internado a los cinco años. An tes de eso, recuerdo a una retahíla de niñeras muy atractivas.

-Qué interesante.

Kevin bajó los pies de la mesilla del café y cogió las ga fas de sol Revo con montura plateada que había dejado allí. Rukia las miró con envidia. Doscientos setenta dólares en Marshall Field's.

Chappy se puso sobre la nariz las gafas de sol que le habían caído a Kon del bolsillo y se inclinó para con templar su reflejo en el estanque. Parfait! (Chappy con sideraba que el francés era el mejor idioma para admirar su aspecto físico.)

-¡Eh! -gritó Kon a su espalda.

¡Plop! Las gafas de sol le resbalaron por la nariz y ca yeron al estanque.

Ichigo se levantó del sofá y Rukia sintió que su energía llenaba toda la habitación.

-¿Adónde vas? -le preguntó.

-Saldré fuera un rato. Necesito un poco de aire fresco.

-¿Fuera, adónde?

Ichigo desplegó las varillas de sus gafas de sol con un mo vimiento deliberado.

-Ha sido agradable charlar contigo, pero creo que ya he tenido bastantes preguntas de la dirección por ahora.

-Ya te he dicho que no pertenezco a la dirección -in sistió Rukia.

-Tienes una participación financiera en los Stars. En mi diccionario eso significa dirección.

-De acuerdo. Pues la dirección quiere saber adónde vas.

-A esquiar. ¿Tienes algún problema con eso?

Ella no, pero estaba convencida de que Gin sí lo tendría.

-Sólo hay una pista de esquí alpino por aquí cerca, y el descenso es de sólo treinta y seis metros. Es un reto insufi ciente para ti.

-Maldita sea -masculló Ichigo.

Rukia se esforzó por disimular que la situación la di vertía.

-Entonces haré esquí de fondo-dijo Ichigo-. Me han dicho que hay algunas pistas de primera categoría por aquí.

-No hay nieve suficiente -repuso Rukia.

-¡Pues iré a buscar ese aeródromo! -dijo dirigiéndo se al armario de los abrigos.

-¡No! Iremos... Iremos de excursión.

-¿De excursión? -A juzgar por la cara que puso Ichigo, se diría que le acababan de proponer ir a observar pá jaros.

Rukia pensó rápidamente.

-El camino que recorre los peñascos es muy traicione ro. Es tan peligroso que lo cierran cuando hace viento o hay algún leve indicio de nieve, pero conozco una forma de ac ceder a él. Es estrecho y siempre está helado, y si das un solo paso en falso, te precipitarás a una muerte segura.

-Te lo estás inventando.

-No tengo tanta imaginación.

-Eres escritora.

-De libros infantiles. Totalmente no violentos. Ahora, si quieres quedarte aquí de pie charlando toda la mañana, es cosa tuya. Pero a mí me gustaría un poco de aventura. Finalmente había conseguido captar su interés.

-Entonces en marcha -añadió Rukia.

Se lo pasaron bien en la excursión, aunque Rukia no lo gró localizar el camino traicionero que le había prometido a Ichigo. Tal vez porque se lo había inventado. Aun así, en los peñascos que cruzaron hacía mucho frío y el viento soplaba con fuerza, por lo que Ichigo no se quejó demasiado. Inclu so le tendió la mano a Rukia en un tramo helado, pero ella no fue tan temeraria: se limitó a lanzarle una mirada fachen dosa y le dijo que tendría que arreglárselas solo porque ella no estaba dispuesta a ayudarle a subir cada vez que viese un poco de hielo y se le metiera el miedo en el cuerpo.

Él se rió y se encaramó a un montón de rocas resbaladi zas. Al verle contemplando las aguas grises del invierno, con la cabeza echada atrás y sus cabellos anaranjados flotando al vien to, Rukia se quedó sin aliento.

Durante el resto de la caminata, ella se olvidó de ser odio sa y se divirtieron mucho. Cuando regresaron a la casa, los dientes le castañeteaban por el frío, pero todas sus partes fe meninas ardían.

Ichigo se quitó el abrigo y se frotó las manos.

-Si no te importa, me meteré en tu bañera.

Ella hubiera preferido que se metiese en su cuerpo, pero se limitó a decir:

-Tú mismo. Yo tengo que volver al trabajo.

Tras subir a toda prisa al desván, Rukia recordó lo que Rangiku le había dicho una vez.

«Cuando te has criado como nosotras, Rukia, el sexo in trascendente es como un foso de serpientes. Nosotras nece sitamos un amor que nos llegue al alma, y puedo asegurarte que eso no se encuentra saltando de cama en cama.»

Aunque Rukia jamás había saltado de cama en cama, sa bía que Rangiku tenía razón. Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer una mujer de veintisiete años con un cuerpo sano y sin un amor que le llegase al alma? Si al menos Ichigo se hu biese comportado como alguien superficial y estúpido du rante la excursión... Pero no había hablado de fútbol ni una sola vez. Se habían pasado la mañana hablando de libros, de la vida en Chicago, y de su pasión mutua por la película This Is Spinal Tap.

No podía concentrarse en Chappy, así que abrió su or denador portátil para trabajar en «Darse el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?». El tema la deprimió aún más.

Durante su tercer año en la universidad se había hartado de esperar la Gran Historia de Amor, por lo que había deci dido olvidarse de un amor profundo y se había dedicado al cuidado profundo de un chico con el que llevaba saliendo un mes. Pero perder la virginidad había sido una equivocación. La aventura la había dejado deprimida, y había visto que Rangiku tenía razón. Ella no estaba hecha para el sexo intras cendente.

Pocos años más tarde, se había convencido a sí misma de que finalmente había conocido a un hombre que le importa ba lo bastante como para volverlo a intentar. Era un hombre inteligente y cariñoso, pero la dolorosa tristeza que la inva dió después de esa aventura tardó meses en desaparecer.

Había tenido una serie de novios desde entonces, pero ningún amante, y había hecho todo lo posible por sublimar sus impulsos sexuales esforzándose en el trabajo y entre gándose a buenas amistades. Tal vez la castidad estuviera pa sada de moda, pero el sexo era un auténtico atolladero emo cional para una mujer que no había conocido el amor hasta los quince años. Así que, ¿por qué seguía pensando en él, es pecialmente teniendo a Ichigo Kurosaki en casa?

Porque era simplemente humana, y el quarterback de los Stars era un deleitable pedazo de caramelo, un afrodisíaco andante, un hombre con todas las letras. Rukia gimió, miró el teclado del ordenador y se obligó a concentrarse.

A las cinco oyó que Ichigo se marchaba. A las siete, «Dar se el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?» ya estaba casi ter minado. Por desgracia, el tema la había tensado y excitado considerablemente. Llamó a Momo, pero su amiga no esta ba en casa, así que bajó las escaleras y se miró en el pequeño espejo de la cocina. Era demasiado tarde para que las tien das estuvieran abiertas; de lo contrario podría haber salido corriendo a por un tinte de pelo. Tal vez se lo cortaría y listo. Ese corte al rape no había quedado tan mal hacía unos años.

Se mentía a sí misma. Había quedado horrible.

En lugar de las tijeras, cogió un sobre de comida instan tánea y se lo comió en el mostrador de la cocina. Después ex trajo los dulces que había en el fondo de un cartón de hela do Rocky Road. Finalmente, cogió el cuaderno de dibujo y se sentó ante el fuego para dibujar. Pero no había dormido bien, y al poco rato empezaron a pesarle los párpados. La lle gada de Ichigo poco después de medianoche la hizo levan tarse de golpe.

-Hola, Chappy.

Ella se frotó los ojos.

-Hola, Iduru.

Ichigo colgó su abrigo en el respaldo de una silla. Apes taba a perfume.

-Habría que airearlo -comentó él.

-Eso digo yo.

Los celos se la comían. Mientras Rukia babeaba pensan do en el cuerpo de Ichigo y se obsesionaba por sus fracasos amorosos, había pasado por alto un hecho importante: Ichigo no había mostrado el más mínimo interés por ella.

-Debes de haber estado ocupado-dijo-. Huele a más de una marca. Todas ellas nacionales, ¿o has encontrado a alguna au pair en alguna parte?

-No he tenido esa suerte. Por desgracia eran todas mu jeres americanas, y todas hablaban demasiado -dijo deján dole claro con la mirada que ella también hablaba demasiado.

-Y seguro que muchas de las palabras tenían más de una sílaba, así que probablemente te dolerá la cabeza.

No podía seguir por ahí. Ichigo no era tan tonto como ella hubiera querido, y si no se andaba con cuidado, él iba a des cubrir por qué se interesaba tanto por su vida privada.

Ichigo parecía más irritado que enfadado.

-Resulta que me gusta relajarme cuando tengo una cita. No me gusta debatir sobre política mundial, ni discutir so bre el calentamiento global, ni que me obliguen a escuchar a gente con una higiene personal imprevisible recitando mala poesía.

-Vaya, pues ésas son mis cosas favoritas.

Ichigo sacudió la cabeza, luego se levantó y se estiró, alar gando su formidable cuerpo vértebra a vértebra. Ya estaba aburrido de ella. Probablemente porque ella no le había en tretenido recitándole sus estadísticas profesionales.

-Será mejor que me acueste -dijo Ichigo-. Me iré ma ñana por la mañana a primera hora, así que si no nos vemos, gracias por tu hospitalidad.

Rukia forzó un bostezo.

-Ciao, bambino.

Sabía que él tenía que volver a los entrenamientos, pero eso no alivió su disgusto.

Ichigo sonrió.

-Buenas noches, Chappy.

Ella se lo quedó mirando mientras subía las escaleras: los vaqueros se ajustaban a sus hermosas piernas, moldea ban sus caderas estrechas, y la camiseta dejaba entrever todos sus músculos.

¡Dios, si estaba babeando! ¡Y eso que había pertenecido a la sociedad universitaria Phi Beta Kappa!

Rukia se sintió dolorida y desasosegada, irreprimible mente insatisfecha con toda su vida.

-¡Maldita sea!

Tiró el cuaderno de dibujo al suelo, se puso en pie de un salto y salió disparada hacia el baño para mirarse el pelo. ¡Se lo raparía!

¡No! No quería estar calva, y esta vez no se iba a permi tir comportarse como una loca.

Caminó decidida hacia el estante de los vídeos y extrajo el remake de Tú a Londres y yo a California. A la niña que llevaba dentro le encantaba ver cómo las gemelas lograban reunir a sus padres, y a la niña que llevaba fuera le encanta ba la sonrisa de Dennis Quaid.

Ichigo tenía la misma sonrisa torcida.

Con resolución, sacó la cinta de la retransmisión del par tido de fútbol del vídeo, introdujo Tú a Londres y yo a Ca lifornia y se sentó a mirarla.

A las dos de la madrugada, Hallie y Annie habían reuni do a sus padres, pero Rukia se sentía todavía más inquieta que antes. Empezó a hacer zapping saltando a toda velocidad de películas antiguas a múltiples anuncios, y sólo se detuvo al oír la sintonía familiar de la vieja serie Encaje, S.L.

«Encaje está al caso, sí... Encaje resolverá el caso, sí...» Dos hermosas mujeres atravesaban corriendo la pantalla, las atractivas detectives Sable Drake y Ginger Hill.

Encaje, S.L. había sido una de las series favoritas de Rukia cuando era niña. Había querido ser Sable, la inteli gente morena interpretada por la actriz Yachiru Unohana. Ginger era la castaña sexy experta en kárate. Encaje, S.L. no fue en su momento más que una serie de segunda fila, pero a Rukia eso no le importaba. Simplemente disfrutaba viendo a dos mujeres ganando a los malos, para variar.

Los créditos del inicio mostraban primero a Yachiru Unohana, y luego a Masaki Ishida, que interpretaba a Ginger Hill. Rukia se incorporó un poco al recordar un fragmen to de la conversación que había oído una vez en las oficinas de los Stars sobre si Masaki Ishida tenía algún tipo de rela ción con Ichigo. No quería que nadie supiera que estaba in teresada, así que no hizo preguntas. Estudió a la actriz más detenidamente.

Llevaba uno de sus característicos pantalones ajustados, un top que le dejaba los hombros completamente al des cubierto y tacones altos. Los cabellos, castaño claro y rizados, le colgaban sobre los hombros, y sus ojos pestañeaban seduc toramente a la cámara. Incluso con aquel peinado pasado de moda y esos enormes aros de oro que llevaba como pendien tes, era un bombón.

Actualmente, Ishida debía de rondar ya los cuarenta y pico; sin duda era un poco mayor para ser una de las mu jeres de Ichigo, de modo que ¿qué relación tenían? En una fotografía de la actriz que había visto hacía sólo unos pocos años se veía que había ganado unos kilos desde la serie de te levisión. Sin embargo, seguía siendo una mujer hermosa, así que era posible que hubieran tenido una aventura.

Rukia presionó el botón de cambio del mando a distan cia y apareció un anuncio de cosméticos. Tal vez fuera eso lo que necesitaba. Un maquillaje total.

Apagó la tele y subió a su habitación. Algo le hacía pen sar que un maquillaje no solucionaría sus problemas.

Tras una ducha caliente, se puso uno de los camisones de lino irlandés que se había comprado cuando aún era rica. To davía la hacía sentir como la heroína de una novela de Geor gette Heyer. Se llevó el cuaderno a la cama para poder seguir pensando en Chappy, pero la oleada de creatividad que ha bía experimentado aquella tarde se había desvanecido.

Ginnosuke roncaba suavemente a los pies de la cama. Rukia se dijo a sí misma que le estaba entrando sueño. Pero no.

Tal vez podía acabar de pulir su artículo, pero mientras se dirigía al desván para coger el portátil, echó un vistazo al baño de invitados. Tenía dos puertas: aquella en la que estaba ella y, al otro lado, la que llevaba directamente al dormitorio donde dormía Ichigo. La puerta estaba abierta de par en par.

Sus piernas inquietas y nerviosas la llevaron hasta las bal dosas del baño.

Vio el neceser Louis Vuitton sobre el lavabo. No se ima ginaba a Ichigo comprándolo por su cuenta: debía de ser un regalo de una de sus bellezas internacionales. Se acercó más y vio un cepillo de dientes rojo con las cerdas blancas. Había vuelto a tapar el tubo de Aquafresh.

Pasó la punta del dedo por el tapón del desodorante y luego alcanzó una botella de cristal deslustrado de aftershave del caro. Desenroscó el tapón y acercó la nariz. ¿Olía como Ichigo? Él no era de esos hombres que se ahogan en colonia, y no se había acercado a él lo suficiente como para saberlo con seguridad, pero algo familiar en el aroma le hizo cerrar los ojos y aspirar más profundamente. Se estremeció; volvió a dejar la botella donde estaba y luego se fijó en el neceser.

Tirado junto a un bote de ibuprofeno y un tubo de Neos porin estaba el anillo de la Super Bowl de Ichigo. Sabía que lo había ganado en los primeros tiempos de su carrera, como suplente de Uryu Inue. Le sorprendió ver un anillo de cam peón tirado tan descuidadamente en el fondo del neceser, aunque por lo que sabía de Ichigo era de suponer que no qui siera ponerse un anillo que había ganado por los méritos de otro.

Empezó a alejarse, pero se detuvo en seco cuando vio en el neceser algo que le había pasado inadvertido.

Un condón.

No era nada del otro mundo. Era natural que Ichigo lle vara condones consigo. Probablemente tendría todo un ca jón lleno. Lo cogió y lo estudió. Parecía ser un condón de lo más normal. Entonces, ¿por qué estaba allí observándolo?

¡Era una locura! Llevaba todo el día comportándose como una obsesa. Si no se recomponía, acabaría cocinando un co nejo como la loca Glenn Close en Atracción fatal.

Rukia se estremeció. «Lo siento, Chappy.»

Una miradita. Nada más. Sólo le echaría una miradita mientras dormía y se marcharía.

Se acercó a la puerta del dormitorio y la abrió lentamente.


San Francisco 49ers :Conocido comúnmente como los Niners, es un equipo profesional estadounidense de futbol americano de la NFL con base en la ciudad de San Francisco. Actualmente forman parte de la división Oeste de la NFC. Sus colores son rojo, blanco y dorado

New York Giants: Son un equipo de futbol americano profesional de la zona metropolitana de la ciudad de Nueva York. Son actualmente miembros de la División Este de la NFC. Sus colores son azul, blanco, rojo


Notas traductora: Mis mas sinceras disculpas, el capitulo lo tenia adaptado desde el domingo, pero me faltaban detalles y lo voy a confesar el lunes me fui a la playa y no lleve mi note, pero apenas llegue me puso en esto y ahora esta listo


Muy Bien ahora las aclaraciones

¿Por qué Masaki la apellide Ishida?

No puedo dar muchos detalles solo adelantare que habrá IsshinXMasaki, mas adelante se ira aclarando todo, solo tengan paciencia

¿Por qué Uryuu es Inoue?

Esta es mas fácil y si les respondo no les arruinare nada importante de la historia, como ocupe el apellido Ishida en Masaki no quise repetirlo, y lo diré Orihime e Uryuu son pareja y no tienen ninguna relevancia en la historia así que ni pasa nada que les cuento esto.

¿Cuál es la compensación?

Muy bien si leyeron el principio, recordaran que mencione una compensación, pues bien la próxima actualización será un capitulo doble cada vez que me atrase como ahora me lo tiene que exigir, es la única forma para que no me atrase.

Y una pregunta al aire ¿Alguien sabe de dónde saque el nombre del perro de Rukia?

Agradecimiento a Tifa19: Me alegra haberte aclarado las dudas, si con este capítulo te quedo alguna solo pregunta, aun estoy pensando si adaptar la historia de Gin y Rangiku, pero avisare por si te interesa y por supuesto muchas gracias por comentar

Yuki-chan: Aun estoy pensando si adaptarla, pero si es el caso te avisare y aquí tienes el encuentro entre nuestra pareja- quiero mirar como Rukia XD- Muchas gracias por comentar

Sin nada más que decir me despido hasta la próxima

Dejen comentarios, quejas lo que sea

Kanade