Disclaimer: Los personajes son de Rowling. Mío, solamente la trama.
RANAS DE CHOCOLATE
CAPITULO II
Al día siguiente, una vez terminado su turno, Harry había recogido una solicitud de adopción en el Dpto. de Asuntos Sociales del Ministerio. Draco había concertado hora en San Mungo para sus exámenes médicos. Necesitaban un informe firmado por un medimago colegiado que certificara que ambos gozaban de buena salud, tanto física como mental. Y aprovechando la hora de comer, se había escapado a Gringotts para solicitar un documento acreditativo de su patrimonio y declaración de los ingresos de ambos. Harry, por su parte, aprovechando tiempos muertos entre una misión y otra, había rellenado las solicitudes para el certificado de empadronamiento que necesitaban y el certificado de antecedentes penales que tenían también que presentar junto con el resto de la documentación.
Draco había cumplimentado con mucha atención y cuidado la solicitud de adopción y guardado junto a ella cada nuevo pergamino que conseguían. El informe médico certificaba que eran dos hombres jóvenes y sanos, que a pesar de todo lo vivido en un pasado cada vez más lejano, todavía seguían en sus cabales. Con el informe de su patrimonio e ingresos, tampoco podía haber ningún problema. Harry tenía la bóveda con la herencia que le habían dejado sus padres y Draco tenía la suya, a pesar de que había menguado bastante una vez terminada la guerra y que el Ministerio hubiera pasado por ella, al igual que por muchas que pertenecían a familias que habían sido seguidoras de Voldemort. Y sus sueldos eran más que suficientes para mantener a una familia, incluso de cuatro miembros. El certificado de empadronamiento lo había recogido Harry al día siguiente de haberlo solicitado. Pero todavía faltaban los certificados de penales. El auror ya había ido tres veces a buscarlos y cada una de ellas le habían dicho que todavía no habían podido prepararlos. Harry había empezado a mosquearse un poco, pero se negaba a adelantar acontecimientos.
La mañana que había ido por cuarta vez a los servicios de administración del Wizengamot, para averiguar si los certificados ya estaban listos, Lionel Chapman, el mago a cargo de la oficina, le había recibido como en las anteriores ocasiones inexplicablemente nervioso. Sin embargo, esta vez le había tendido dos pergaminos que había sacado del cajón de su escritorio en cuanto le había visto entrar.
-¡Por fin! -había exclamado Harry, aliviado.
Había ojeado el suyo y después el de Draco. La sonrisa había desaparecido inmediatamente de sus labios y había mirado contrariado al mago que parecía querer desaparecer debajo de su mesa. Lamentablemente, no se había equivocado.
-No me jodas, Chapman -había gruñido.
-Lo siento, Potter. Lo siento mucho.
Harry había guardado ambos pergaminos en el bolsillo de su túnica y había salido del despacho de Chapman sin hacer otro comentario. Estaba tan furioso que en ese momento habría sido capaz de mandarle una Imperdonable a alguien.
La mejor manera de decirle las cosas a Draco siempre había sido de frente y sin rodeos. Así que cuando aquella noche le había preguntado si había conseguido los certificados de penales, Harry se había limitado a sacarlos de su bolsillo y a tendérselos. Después de leerlos, Draco no había alterado apenas el gesto. Alguien que no le conociera tan bien como Harry, no habría sido capaz de apreciar el acero que se endurecía en sus ojos o el leve rictus de sus labios.
-Bien, no dice nada que no sea cierto -había hablado finalmente-. ¿Cenamos?
Harry simplemente se había encaminado hacia la cocina. Era inútil, y sobre todo contraproducente, forzar a Draco a hablar de algo que no quería. Claramente, no deseaba hacerlo en ese momento. Harry sabía que Draco era tan consciente como él de que allí, probablemente, se había acabado su sueño.
Hermione Granger trabajaba también en el Ministerio, en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, en el mismo nivel que Harry. Y a pesar de todo, pocas veces coincidían. Pero en ocasiones se encontraban en la cafetería, como la mañana siguiente a que la pareja hubiera recibido aquel jarrón de agua fría del Wizengamot.
-¿Habéis registrado de todos modos la documentación? -había preguntado Hermione.
Harry había dejado escapar un pequeño suspiro, mientras le echaba un poco más de azúcar a su café.
-¿Para qué? Jamás conseguiremos el Certificado de Idoneidad.
Hermione había torcido el gesto y había seguido taladrando con la mirada a su amigo, como si no pudiera creer que él, Harry Potter, estuviera rindiéndose al primer contratiempo.
-Draco no fue juzgado ni encarcelado. Ni siquiera detenido -le había recordado.
Ante el silencio de Harry, había añadido:
-Ayudaron, después de todo. Su madre le mintió al mismísimo Señor Oscuro. Y el propio Draco no te identifico cuando nos atraparon. Y pudo haberlo hecho. -Tras un pequeño silencio había exclamado-: ¡He dejado en sus manos a mi propia hija, por el amor de Dios!
Entonces Harry había esbozado una pequeña sonrisa, llena de condescendencia.
-Porque no sabíais que yo no estaba.
-Eso ahora es irrelevante -había declarado Hermione, haciéndose la ofendida, a pesar de que sabía que Harry tenía razón.
Harry había terminado su café y había dejado la taza con algo más de fuerza de la necesaria sobre el platito. Agradecía la retahíla de Hermione. Pero ni siquiera ella podía rebatir que Draco estaba marcado, tal y como había hecho constar el Wizengamot en ese certificado. Además, en él se hacía referencia a los antecedentes ideológicos de la familia Malfoy, y en particular al pasado mortífago de su padre, Lucius Malfoy. Leyendo aquel certificado de antecedentes penales, cualquiera diría que no se había dado carpetazo oficial al asunto.
En el Ministerio había un registro de todos los magos que llevaban la marca tenebrosa en su brazo. Harry, como el resto de los aurores, tenía acceso a él por motivos de trabajo. Y aunque la mayoría de sus compañeros, si no todos, habrían visto en algún momento el nombre de Draco Malfoy en esa lista, jamás habían hecho alusión a ello delante de él. Ni de Draco. El auror solía tomarse una cerveza con sus compañeros al acabar el turno los viernes por la tarde y muchas veces se les unía el mago rubio, un poco más tarde, cuando acababa su jornada en el hospital. Ninguno de los colegas de Harry había dado muestras de sentirse incómodo por la presencia de Draco, ni había puesto jamás en entredicho la honorabilidad. Pero el Wizengamot sí. Y lo había dejado escrito en un pergamino.
Al parecer, poco importaba lo que Draco hubiera hecho después. Que hubiera buscado labrarse un futuro, como cualquier otro joven de su edad, y vivir en paz. Había elegido la carrera de pocionisa y había estudiado como un descosido porque, aparte de ser un estudiante brillante, no le quedaba más remedio que demostrarlo. Draco se había graduado Summa Cum Laude. Y a Harry le había costado un huevo aprenderse las tres palabrejas en latín para poder presumir, orgulloso de su compañero. Gracias a Merlín, los aurores se graduaban y punto. No necesitaban ni sumas ni laurel, le gustaba chinchar a Draco, cuando se ponía muy pesado. Harry sabía que a su compañero le habría gustado dedicarse a la investigación. Crear nuevas pociones, estudiar nuevas aplicciones de ingredientes, mejorar formulas existentes... Pero ello solo podía hacerse bajo la tutoría de un Maestro reconocido, que tuviera su propio laboratorio y los medios necesarios. A pesar de todos sus méritos, los pocos pocionistas que cumplían esos requisitos, rechazaron amablemente las solicitudes de Draco. La jubilación de uno de los pocionistas de la botica hospitalaria de San Mungo llegó como caída del cielo en aquel momento. Y aunque no era lo que Draco deseaba, consiguió el puesto. Harry se preguntaba si esos imbéciles que tenían tantos problemas con el pasado de Draco, se habían planteado que cuando tenían cualquier problema de salud e iban a San Mungo, las pociones que bebían para curarse las había hecho Draco.
-Mira, tal vez en su momento no fue el mejor tipo del mundo -había vuelto a hablar Hermione, sacando a Harry de sus pensamientos-. Y a veces, con esa pose que tiene, te entran ganas de patearle el culo, reconócelo -el moreno había sonreído porque a él, lo que le gustaba hacer con el culo de Draco, no era precisamente patearlo-. Pero estaba sentado en ese sofá con Rose en sus rodillas, tan tranquilos ambos, como si sostener a un bebé fuera algo que Draco hubiera hecho toda la vida, y...
-Ahora ya no importa -la había interrumpido Harry-. Después de todo, nuestra vida ya está bien como está, ¿no? Y, definitivamente, Draco no necesita que remuevan su pasado. No lo permitiré -Harry estrujó la servilleta de papel en su puño y la lanzó furiosamente sobre la mesa-. Debí haber previsto que esto podía pasar antes de meterme en un proceso de adopción, ¡joder!
Hermione había mirado con cariño a su amigo, mientras consideraba la conveniencia de aguijonearle para recordarle que él nunca se había dado por vencido ante ningún obstáculo. Sin embargo, también era consciente de que la manera más rápida de que alguien se ganara una buena maldición procedente de la varita del salvador del mundo mágico, era sacar a colación la marca tenebrosa en el brazo de Draco o hacer alusión a cualquier hecho pasado con la intención de humillar o desprestigiar a su compañero, como había sucedido al principio de su relación. Hermione conocía suficientemente a Harry como para saber que jamás colocaría a Draco en una situación en la que pudiera ser ofendido o despreciado por su pasado, si él podía evitarlo. Y mientras andaba perdida en estas cavilaciones, a la bruja le había parecido ver el inconfundible cabello platinado de la pareja de su amigo moviéndose entre la gente que transitaba el corredor tras los cristales de la cafetería.
-Oye, ¿ése no es Draco?
Harry había vuelto la cabeza para ver al rubio, que ya avanzaba con rapidez entre las mesas con expresión decidida hasta llegar donde ellos dos se encontraban.
-Te has dejado los pergaminos encima de la mesa esta mañana -le había dicho a Harry mostrándole la carpeta que llevaba en la mano.
El auror le había mirado con expresión sorprendida y Draco, tras consultar con gesto impaciente su reloj había gruñido:
-Mueve el culo, Potter, no tengo toda la mañana.
-¿Quieres... quieres ir a registrar nuestra solicitud? -había preguntado Harry, incrédulo, pero levantándose apresuradamente de su asiento.
Draco había entrecerrado los ojos y apretado los labios hasta que éstos casi perdieron su color.
-¡Malditos sean si creen que un simple pergamino va a detenerme! -había respondido entre dientes.
Había tomado a Harry de la mano y le había arrastrado hasta la salida de la cafetería bajo la divertida mirada de Hermione. Era muy cierto que a veces estaría encantada de poder patearle el trasero a Draco Malfoy, había pensado la bruja. Pero otras pocas podría comerse a ese hombre a besos, si ello no conllevara después un más que probable ataque de apoplejía por parte de un celoso pelirrojo.
Una vez aceptada la solicitud y de haber entrado en la lista de espera, Harry había aguardado con reserva y un no menos contenido nerviosismo, a recibir la citación para la primera entrevista que tendrían con un funcionario del Dpto. de Asuntos Sociales, y la posterior visita a su casa. Draco no se había sentido nervioso, sino desafiante. Si el Ministerio consideraba que no podía ser un buen padre solamente por una desgraciada marca en su brazo, que se atrevieran a decírselo a la cara.
Y en esa espera se habían consumido casi cinco meses. Por lo que Harry había podido saber a través de diversas fuentes, el doble del tiempo habitual. Parecía que nadie quería ofender al salvador del mundo mágico y, al igual que con el certificado de antecedentes penales, demoraban el momento de tener que enfrentarse a él. Porque, a pesar de que jamás se diría en voz alta, algunos consideraban que su elección de pareja no había sido la políticamente correcta.
o.o.o.O.o.o.o
En ese momento, Harry y Draco se dirigían al Ministerio para su primera entrevista con una tal Adamina Fitzpatrick, asistente social, quien iba a ser la encargada de llevar su proceso. Ambos habían pedido el día libre en sus respectivos trabajos para poder ir más relajados. Aunque relajados no era precisamente cómo se sentían.
Llegaron a la Oficina de Asuntos Sociales con casi diez minutos de anticipación, por lo que les hicieron esperar en unas incómodas sillas de plástico, alineadas contra la pared de la entrada. Harry empezó a juguetear con el nudo de su corbata. Draco sonrió mientras le observaba.
-¿Nervioso? -preguntó.
Harry dejó en paz la corbata y asintió, un poco avergonzado.
-¿Tú? -preguntó a su vez.
-También -confesó el rubio.
No habían hablado mucho sobre lo que realmente esperaban de aquella primera entrevista. Harry tenía la mosca detrás de la oreja, vistos aquellos interminables cinco meses de espera. Pero no quería decírselo a Draco, quien no necesitaba que le dieran más leña que echar al fuego de sus resentimientos contra el Ministerio. El auror solo deseaba equivocarse y que todo saliera bien. Draco seguramente le hubiera dicho que no se equivocaba y que acabaría mal. Pero que, a pesar de todo, estaba dispuesto a arriesgarse.
Casi quince minutos después, se abrió la puerta de uno de los tres despachos de la oficina y Adamina Fitzpatrick hizo acto de presencia. Resultó ser una mujer mucho más joven de lo que esperaban, lo cual llevó a pensar a Harry que podía ser bueno para ellos, porque seguramente sería mucho más abierta de mente que alguien de más edad. Y con más guerras que recordar. La bruja usaba unas gafas pequeñitas y redondas, de montura dorada, que a Draco le recordaron un poco a las de su difunta abuela materna. Llevaba el pelo recogido en un moño y su túnica azul marino tenía el corte serio y formal que el Ministerio exigía a sus empleados.
-Bienvenidos, Sr. Potter, Sr. Malfoy... -estrechó la mano de ambos- Tomen asiento y siéntanse cómodos -dijo amablemente, señalando un par de butacas frente a su mesa-. Empezaremos cuanto antes. Las parejas suelen estar bastante nerviosas durante sus entrevistas.
Ambos asintieron con una sonrisa, en el caso de Harry nerviosa; un poco forzada la de Draco. Aquella mujer estaba mostrando todo un despliegue de cortesía. Pero si su instinto no le fallaba, Draco sabía que no tardarían en ver su verdadera cara. Y por una vez en su vida, deseó que no le dieran la razón.
La asistente social empezó su disertación explicándoles que en aquella primera toma de contacto se trataba de discernir sus motivaciones para ser padres y, dado que la vertiente económica en su caso no representaba ningún problema, averiguar si tenían las aptitudes pedagógicas mínimas para hacerse cargo de un menor. Y lo de "aptitudes pedagógicas mínimas" volvió retorcerle el estómago a Draco.
-¿Por qué quiere ser padre, Sr. Potter? -preguntó la bruja a Harry, casi con reverencia.
El moreno se removió un poco en su asiento. Harry debía haberle hecho caso y haberse tomado un poco de poción tranquilizante antes de ir al Ministerio, pensó Draco.
-Bien, creo que todo el mundo sabe que soy huérfano -empezó a hablar el aludido, despacio, como si estuviera buscando las palabras justas que no le obligaran a decir demasiado sobre su familia muggle. Draco sabía demasiado bien el porqué-. Siempre deseé formar mi propia familia. Ahora tengo un compañero con quien compartir ese deseo; ambos tenemos buenos empleos y una situación económica desahogada. Tal vez nos viéramos obligados a madurar mucho antes de lo que un adolescente normal lo hubiera hecho, afrontando situaciones que no tendríamos que haber vivido. Y es precisamente por ello que nos sentimos preparados para asumir la responsabilidad de un niño. Creemos que ha llegado el momento de incluir a alguien más en nuestras vidas.
Fitzpatrick escuchaba a Harry atentamente, con una sonrisa en los labios, asintiendo levemente con la cabeza a cada palabra que éste pronunciaba. Draco miraba a su compañero preguntándose si se había preparado el discurso, lo habría escrito y ensayado o algo así.
-Espléndido, Sr. Potter, no me queda la menor duda de su deseo de ser padre.
Después volvió el rostro hacia Draco, aún sin perder la sonrisa.
-¿Y usted, Sr. Malfoy?
Draco carraspeó un poco y se forzó a mostrar su lado más cordial.
-Harry ha expresado perfectamente el sentir de ambos -dijo con cautela-. Yo sí tengo la suerte de tener una familia y por esa razón me gustaría gozar de la oportunidad de formar la mía propia con Harry.
-¿Y dónde están ahora sus padres, Sr. Malfoy? -preguntó Fitzpatrick.
-En Suiza -respondió éste, preguntándose sí había llegado el momento de ponerse a la defensiva.
-¿Y planea llevar a su futuro hijo a verles con frecuencia?
-Imagino que a mis padres les gustará ver a su nieto. O nieta -añadió para que no pareciera que pudiera tener preferencias de sexo.
Ella le miró por encima de sus gafas con una pequeña mueca en sus labios.
-¿Cree que esas visitas pueden ser una aportación positiva en la educación de su hijo, Sr. Malfoy?
La asistente social ya no sonreía. Draco tampoco.
-¿A qué se refiere? -preguntó el rubio, mostrando una calculada inocencia.
Fitzpatrick rebuscó entre todos los pergaminos que formaban su expediente, hasta sacar el que tanto Draco como Harry reconocieron como uno de los certificados de antecedentes penales. Evidentemente, tenía que ser el de Draco.
-No parece que las enseñanzas que usted recibió fueran las más adecuadas, Sr. Malfoy -en su tono acababa de aparecer un matiz despectivo, apenas disimulado-. Basándome en sus antecedentes, sería difícil para mí asegurar que el tipo de educación que pudiera darle a su hijo fuera la correcta. O que el ejemplo que podría obtener durante esas visitas a Suiza fuera el apropiado.
Draco podía ver por el rabillo del ojo que Harry estaba a punto de saltar de su asiento. Su mano sujetó el fuerte brazo del auror, indicándole que no lo hiciera. Sin embargo, no pudo lograr que se callara.
-¡Esto está totalmente fuera de lugar! -explotó Harry-. Ni Draco, ni sus padres fueron juzgados o condenados. El Ministerio consideró sus acciones durante la guerra y les exoneró de cualquier cargo -después de pasearse por sus bóvedas de Gringotts, pensó Draco con ironía-. ¡No puede pensar que Draco no sería un buen padre solo basándose en ese maldito pergamino!
La asistente social deslizó sobre Harry una mirada condescendiente, casi como si le compadeciera, que enervó todavía más al auror.
-Una última cuestión -Fitzpatrick ni siquiera miró a Draco cuando formuló su pregunta-. ¿Cree sinceramente que alguien como usted puede poseer algún valor moral que enseñarle a un niño, Sr. Malfoy?
Esta vez Harry sí se levanto de su asiento y nadie habría podido detenerle.
-¡No tiene ningún derecho a hacer esa pregunta, y usted lo sabe! -acusó-. ¡Es una total falta de respeto hacia mi marido que se base solo en un maldito tatuaje por encima de la innegable integridad y probada honradez de Draco!
Si Harry no hubiera estado tan fuera de sí, y la situación no hubiera sido la que era, Draco habría encontrado un montón de argumentos sarcásticos e hirientes con los que obsequiar a la jodida bruja. Consideró prudente callarse.
-Y mi obligación es velar por la seguridad y el bienestar de cualquier niño dado en adopción, Sr. Potter -respondió fríamente la asistente social-. Y para ello haré las preguntas que considere necesarias.
Harry se volvió hacia Draco, quien permanecía sentado en aparente calma, clavándole a Fitzpatrick su mirada más helada.
-¡Vámonos, Draco! ¡No tiene caso seguir con esta conversación!
No pensaba soportar ni un minuto más que esa mujer humillara a su compañero solo porque a él, en un momento de enajenación, se le había ocurrido que sería una buena idea adoptar un niño.
-No se moleste en enviarnos su informe -dijo el auror antes de salir-. Seguramente alguien que como yo, se vio obligado a matar, tampoco sería un buen ejemplo a seguir para nadie.
Harry cerró la puerta de un portazo. Caminó a grandes zancadas por el corredor, en dirección a los ascensores, tratando de dominar la ira y la frustración que sentía en ese momento. Draco le seguía a poca distancia pensando que, después de todo, había conseguido lo que pretendía: el Ministerio le había dicho a la cara, alto y claro, que la marca de su brazo no le hacía candidato a padre del año.
-Estoy bien, Harry. No es nada por lo que no haya pasado antes... -trató de tranquilizar a su compañero-. Solo es una jodida funcionaria del Ministerio con ganas de protagonismo. Nada más.
El auror siguió andando sin decir nada. Draco podía notar la furia que Harry contenía por las pequeñas oscilaciones con las que su magia golpeaba a la suya.
-No es el fin del mundo, Harry. Podemos intentar adoptar fuera de Inglaterra.
-El problema será el mismo -respondió el moreno sin aflojar el paso-. Y no consentiré que nadie vuelva a hacerte pasar por esto, Draco.
El rubio meneó un poco la cabeza y después sonrió.
-Pues entonces me follaré una bonita brujita y la dejaré preñada.
-Y yo te cortaré los huevos -siseó Harry.
-Hazlo tú entonces. Prometo no cortarte nada -ironizó el rubio.
Harry se detuvo de repente y Draco casi chocó con él.
-No necesitamos un hijo, Draco -afirmó categóricamente-. Nuestra familia somos tú y yo. Siento haber tardado tanto en comprenderlo.
-Harry...
-Me voy a trabajar -el auror miró su reloj con impaciencia-. Después de todo solo hemos perdido media mañana. ¿Qué vas a hacer tú?
Draco simplemente le tomó del brazo para acercarle a él y besarle hasta quedarse ambos sin respiración.
-¿Y eso a qué vino? -preguntó Harry, sorprendido por tanta efusividad en medio de un corredor del Ministerio, bastante transitado a esas horas de la mañana y recibiendo sobre ellos las miradas de magos y brujas, no todas tolerantes.
Draco le obsequió con una de esas sonrisas marca Malfoy a las que le era tan difícil resistirse.
-Primero pasearemos tranquilamente, cogidos de la mano e insufriblemente acaramelados -dijo empezando a andar de nuevo en dirección a los ascensores, tomando la mano de Harry-. Luego te invitaré a comer. Y después, iremos a casa a hacer un poco de ejercicio para bajar la comida. ¿Qué te parece mi plan? Es mejor que el tuyo...
Harry finalmente relajó su postura.
-Tal vez me interese lo del ejercicio... -aceptó.
-Seguro que sí -afirmó Draco con una sonrisa maliciosa-. Conseguiré que te acuerdes de mí cada vez que mañana montes en tu escoba.
Durante los días siguientes no volvieron a hablar de la nefasta entrevista. Y Draco, a pesar de que verdaderamente lo sentía por Harry, no pudo evitar sentir también una especie de alivio, no obstante ese pequeño resquemor que hollaba su orgullo. ¡Él podía ser tan buen padre como el que más! Aunque hasta la fecha hubiera considerado que tenía el instinto paternal de un calamar. Resignado, se hizo el propósito de ser mucho más colaborador y entusiasta cuando los Weasley les dejaran de nuevo a la ahijada de su compañero. Incluso podía plantearse la posibilidad de cambiar un pañal. Si no había más remedio.
Continuará...
