Valle de Sonoma, junio de 2003
Lamentos en el País del Vino.
El letrero decía: VIÑEDOS DRAGÓN AZUL.
Sakura Haruno deslizó suavemente la mano sobre el volante de cuero de su BMW y tomó el camino que llevaba a la extensa casa victoriana que en otro tiempo había considerado su hogar. Con un profundo suspiro, aminoró la marcha y procuró disfrutar del paisaje a pesar de que el nudo que tenía en el estomago no había dejado de tensarse desde que, esa mañana, saliera de su apartamento en Los Ángeles. La tensión que sentía no se debía a la emoción de regresar a casa; eso era siempre alegría. Se debía a la formidable tarea que la aguardaba ese día.
Los robles majestuosos y de rara especie que bordeaban el camino siempre hacían aflorar una sonrisa a su semblante.
Aquellos árboles, con su extraña corteza moteada, habían sido capricho del hombre que había construido la casa hacía cien años, y eran tan costosos y llamativos que todos los propietarios posteriores los habían conservado. A cada lado de la carretera, junto a los muros bajos de piedra, habían dispuesto, más o menos cada cinco metros, enormes maceteros de terracota en forma de dragones, rebosantes de frondosos geranios rojos que su abuela, una mujer de setenta y cinco años, cuidaba con esmero. Las flores silvestres salpicaban con sus suaves colores las praderas que conducían a la casa y se extendían más allá, a ambos lados del riachuelo que alimentaba una ancha laguna. Ésta servía de embalse para el sistema de riego, tan necesario en aquellas tierras. Viejos sauces, parecidos a señoritas sureñas con amplias crinolinas de encaje, rodeaban la laguna. Aquellos sauces habían sido, de niña, el escenario de sus juegos y ensoñaciones. Detrás de la casa, hasta donde alcanzaba la vista, a lo largo de doscientos acres o más, se extendían las hileras de vides, que al sol de junio se veían de un verde brillante, pero que pronto estarían cuajadas de racimos morados: la sangre que daba vida al Dragón Azul. En la parte de atrás había también un huerto demasiado extenso para la única moradora de la casa.
Cuando se detuvo en la amplia plazoleta de delante de la casa, cuyo porche abarcaba por entero el edificio, su abuela, Tsunade Haruno, estaba ya bajando los escalones con una sonrisa de bienvenida en la cara. En muchos sentidos Sakura y su abuela se parecían la una a la otra; sobre todo, en la densa melena de cabello rizado que se derramaba sobre sus hombros, aunque la de Sakura era negra como el carbón y la de su abuela de un blanco muy puro. Las dos tenían los ojos negros como el azabache y una verruguita negra justo encima del labio superior, a la derecha, a la cual la abuela prefería llamar «lunar».
Todo el mundo se sorprendía cuando veía por primera vez a su abuela. Decir que no era una jubilada al uso sería quedarse muy corto. Ese día, Tsunade llevaba una camiseta de hombreras blanca y un peto vaquero que cubría su esbelta figura. Un cigarrillo Virginia Slim colgaba de las puntas de los dedos de su mano derecha. La abuela era una fumadora en serie desde hacía más de cincuenta años, y no estaba dispuesta a dejarlo, a pesar de los riesgos que corriera su salud. Sus pies, todavía del número 36 —de lo cual se enorgullecía—, estaban cubiertos por unas zapatillas deportivas llenas de barro, que antes habían sido blancas.
—Sakura, cariño —ronroneó, y abrió los brazos para estrecharla mientras sostenía el cigarrillo en el aire para no prender fuego a su pelo. Mientras la abrazaba, sacudió la larga pavesa. Antes de descubrir los Virginia Slim, Tsunade solía usar boquilla, ¡y qué aspecto tan estrafalario presentaba! ¡Vaqueros y una boquilla de Tiffany de oro de 18 kilates! Su abuelo armonizaba con aquella llamativa costumbre fumando cigarros cubanos.
Pero eso había sido en los tiempos de prosperidad, antes del año de la sequía, antes del año en que se incendió el almacén justo después de la cosecha, antes del año en que la maquinaría sufrió tantas y tan extrañas averías, antes del año en que su enólogo estrella les dejó para irse a una bodega francesa, antes del año en que sufrieron el azote de la filoxera. Ahora sólo iban tirando a duras penas, cultivando uvas para otros viticultores con la esperanza de que un milagro les permitiera volver a embotellar sus propios vinos.
Por suerte, Sakura tenía en la ciudad un trabajo que le permitía ganar sustanciosas comisiones vendiendo casas en Bervely Hills a ricos y famosos. Sin su inversión anual de 100.000 o 200.000 dólares, el Dragón Azul habría sido una serpiente mitológica muerta, por así decirlo.
—¡Abuela! —gritó afectuosamente, y la abrazó, estrujándola un poco. Sólo había transcurrido un mes desde su última visita, pero echaba de menos a Tsunade y, últimamente, se moría de preocupación por ella y por los viñedos..., y con toda razón—. ¿Cómo estás? ¿Asuma se toma sus pastillas para el corazón? ¿Habéis arreglado el aireador? ¿Dónde está Sus?
Asuma era el capataz de la finca. Era tan viejo como la abuela y seguía trabajando con el mismo afán de siempre, a pesar de las advertencias del médico. Y Sus era «Sólo Una Semana», el pastor alemán que Sakura les había comprado a sus abuelos muchos años antes, para que les hiciera compañía después de su boda con el hombre al que todos ellos habían acabado llamando Merluzo. Sus abuelos habían prometido quedarse con el perro «sólo una semana», porque tener un animal revoltoso entre delicados viñedos podía ser un auténtico problema. Además, hasta de cachorro se notaba, por sus enormes orejas puntiagudas y sus grandes patas, que iba a convertirse en el enorme ejemplar que era ahora. Al final, sus abuelos se habían quedado con Sus, el matrimonio de Sakura había acabado un año después de la bada —lástima que ella no se hubiera comprometido a quedarse sólo una semana de prueba con el Merluzo—, y el abuelo había muerto hacía tres años de un derrame cerebral repentino, provocado en parte por la serie de inexplicables percances sufridos por su amado viñedo.
La abuela se encogió de hombros y la condujo hacia los escalones de la entrada.
—Va todo bien. Sus está fuera, con Asuma, inspeccionando las vides nuevas del campo del oeste. Ya sabes que ese condenado perro tiene un olfato infalible para los áfidos. Y la semana pasada salvó una docena de rizomas zampándose las babosas. Come como un caballo, y no solamente babosas. Esta primavera destrozó tres de mis mejores rosales porque insiste en orinar allí, cerca de la casa. Pero por lo menos el dichoso perro sirve de algo. —Bufaba mientras hablaba, como para disimular su adoración por «el dichoso perro». Le dio una larga calada al cigarrillo, expelió el humo en una nubecilla circular y tiró la colilla en una vasija llena de arena que había junto a la puerta, colocada allí con ese propósito —aunque en contra de la opinión de Tsunade— por Kurenai, el ama de llaves mexicana, que llevaba tanto tiempo en el Dragón Azul que parecía formar parte del mobiliario. Era la esposa de Asuma.
—¿Cuándo vas a dejar de fumar, abuela?
—¿Cuándo vas a buscarte tú un buen hombre y a volver a casa, al Dragón Azul?
«Nunca, por lo visto.»
—He oído que hay un comprador interesado en el viñedo. ¿No será Danzo otra vez?
—Como siempre —dijo su abuela con voz cargada de desagrado. Si no hubiera sido poco propio de una señora, seguramente incluso habría escupido.
Danzo Morgan era un viticultor vecino que quería comprar el Dragón Azul desde hacía años, desde antes incluso de que muriera el abuelo. Sakura y su abuela sospechaban, aunque nunca habían podido demostrarlo, que había puesto en práctica ciertas tácticas sospechosas para intimidarlas a ellas y a otros propietarios de viñedos de la región y obligarles a vender. En todo el valle de Sonoma no había sujeto más despreciable que aquél.
—Por lo menos esta vez ha subido la oferta —comentó Sakura.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Carmen.
—¡Puff! Mi sobrina nieta es una bocazas. Debería ocuparse de sus propios asuntos. De hecho, debería usar su bocaza para buscarse un marido y un padre para su hija.
—¡Abuela!
—Es la verdad. Si Carmen dedicara más tiempo a inculcarle a su hija algunos valores tradicionales, en lugar de pasarse la vida predicando el odio a los hombres a estudiantes universitarias, sería mucho más feliz.
A Sakura solamente se le ocurrió chasquear la lengua. luego dijo:
—Eso es una exageración, hasta viniendo de ti, abuela. Sabes muy bien que Carmen es una reputada profesora de estudios de género en la universidad de Merryvale. Es cierto que a veces se pasa un poco de la raya con sus teorías feministas, pero no odia en absoluto a los hombres.
—¡Ja! Un día la oí hablar en la emisora de radio de la universidad. Dijo que cualquier mujer que deseara a George Clooney era una cretina sin dos dedos de frente.
Sakura frunció el ceño, desconcertada.
—¿Y qué hacía Carmen hablando de una estrella de cine en la emisora de radio pública? No suele dedicarse a asuntos de entretenimiento.
—Estaba hablando de los criterios erróneos que se les inculcan a las jovencitas a la hora de elegir a un hombre. Por lo visto está escribiendo otro libro, Hombres de los que huir en el nuevo milenio. Dice que las mujeres estarían mucho mejor si utilizaran criterios lógicos para elegir a un compañero, del estilo de Bill Gates, por ejemplo, en lugar de soñar con el macizo de turno, tipo George Clooney.
«¿El macizo de turno? Me pregunto si eso lo dijo Carmen, o es de la cosecha de la abuela.»
—Eso no significa que odie a los hombres.
Su abuela estaba encendiendo ya otro Virginia Slim. Inhaló profundamente antes de replicar expeliendo un chorro de humo:
—Cariño, cualquier mujer que no babee con George Clooney tiene que odiar a los hombres.
Sakura no tuvo más remedio que echarse a reír.
—¿Hasta tú, abuela?
—Sobre todo yo.
—Sospecho que Carmen quería decir que, en esta era posfeminista, las mujeres deberíamos haber aprendido al menos una cosa: que el físico no lo es todo.
Su abuela la miró moviendo las cejas.
—Tampoco hace daño.
—Por otro lado, abuela...
—¡Oh, oh! Sé que me he metido en un lío cuando empiezas una frase diciendo «por otro lado».
—Por otro lado, abuela —prosiguió Sakura, lanzándole una mirada exageradamente ceñuda por haberla interrumpido—, sé de buena tinta que ni todas las atenciones del mundo pueden retener en casa a un marido demasiado atractivo y tirando a díscolo.
Su abuela asintió gravemente.
—El Merluza es un ejemplo perfecto de ello.
—Exactamente.
—¡Ay, ay, ay! —chilló una voz femenina—. ¿Eso que huelo es un cigarrillo? ¿En mi casa, con lo bonita y lo limpia que la tengo? —Kurenai llegó a todo correr por el pasillo que llevaba de la cocina a la antesala de la parte delantera de la casa, con su cuerpecillo de poco más de metro y medio. Entonces vio a Sakura, y una sonrisa se extendió por su cara—. ¡Sakura! No sabía que ya habías llegado. He hecho tus platos favoritos para comer: frijoles con pollo y arrocito picante. —Así era como Sakura llamaba de pequeña al arroz salvaje con jalapeños y pimienta que hacía Kurenai.
—Ay, Kurenai, cuánto te echaba de menos. A ti, y a tus guisos. —Sakura, que medía un metro setenta, tuvo que agacharse para abrazar a la pequeña ama de llaves. Kurenai había sido para ella desde que era muy niña como una segunda madre, cuando sus padres murieron en un accidente de tráfico y sus abuelos se hicieron cargo de ella.
—¿Y qué pasa con mis guisos? —preguntó su abuela, visiblemente ofendida—. Creía que mis penne con pesto a la marinera eran tu plato preferido.
La abuela y Kurenai rivalizaban desde hacía años en la cocina por ver si los platos italianos de Tsunade eran mejores que los platos hispanos que prefería el ama de llaves. No era raro que en la mesa de la cena hubiera al mismo tiempo lasaña y tacos.
—Me encanta cómo cocináis las dos —repuso Sakura.
—¡Bah! Bueno, vamos, Angelina —dijo Kurenai—. He puesto la mesa en el porche lateral. Espero que ese condenado perro no huela mis frijoles, o bajará de los cerros más rápido que un gato escaldado. La semana pasada se comió un jamón entero, antes de que pudiera agarrarlo.
La abuela, sin embargo, se aseguró de decir la última palabra.
—Esta noche vamos a cenar in bianca. Todo de blanco. Pollo en salsa de ajo, pasta cabello de ángel con gambas, coliflor fresca de la huerta, y hasta mouse de chocolate blanco. —La abuela dio una última calada a su cigarrillo.
Aquello atrajo la atención de Kurenai, cosa que la insistencia de Tsunade en que cenaran un menú italiano no había logrado.
—Apaga ese cigarrillo apestoso.
A veces costaba saber quién era la señora del Dragón Azul. A veces, no importaba.
A veces, daba gusto estar en casa.
El orgullo es lo primero...
Tsunade encendió un cigarrillo y se recostó en su sillón de mimbre. Sakura y ella estaban sentadas a la sombra del porche lateral saciadas tras el espléndido almuerzo que había servido Kurenai. Tsunade reñía constantemente con Kurenai, como era común entre dos mujeres mayores, pero Kurenai era una buena cocinera y una amiga inapreciable. Sabía también que Tsunade correspondía a su afecto en igual medida..., aunque fumara.
Sakura y su abuela bebían en copas de cristal Lalique de pie largo en las que relucía un magnífico chardonay seco de 1997, el último año que habían embotellado su propio vino en el Dragón Azul. La comida y la compañía de su querida abuela contribuían a hacer de aquél un día perfecto en la casa y las tierras que tanto amaba.
Lo único que se echaba en falta era la algarabía de los niños.
Aquél había sido siempre un defecto de la casa, a juicio de Tsunade. Durante cincuenta años allí, en el Dragón Azul, solamente había habido dos niños: Sakura y, antes que ella, Marcus, su padre. No era culpa suya el haber dado a luz un único hijo; ella habría querido tener una docena, si hubiera podido, pero cuando apenas contaba veinticinco años había sufrido una histerectomía. Su hijo, Marcus, había tenido solamente a Sakura, antes de su muerte prematura. Y bien sabía Dios que ella no podía reprocharle a Sakura que no hubiera tenido hijos con el Merluza.
Aun así, aquélla era una casa enorme, hecha para estar llena de niños bulliciosos y llenos de energía.
Mientras inhalaba profundamente el humo dulce de su cigarrillo y exhalaba despacio, Tsunade contempló a su nieta. Era una chica estupenda..., aunque no pudiera decirse ya que fuera una chica, a sus treinta y dos años. Y trabajaba duro. Rara vez hablaban de ello, pero Tsunade sabía cuánto dinero invertía Sakura para mantener a flote el Dragón Azul. Tsunade nunca se quejaba, aunque aquello laceraba poderosamente su orgullo. En realidad, el Dragón Azul pertenecía a Sakura..., o le pertenecería en cuanto ella muriera. Pero confiaba en que antes ocurriera un milagro. Todas las noches rezaba una novena con ese único propósito. Tenía que haber un modo de que Sakura pudiera regresar a Sonoma, se pusiera al frente del viñedo y volviera a abrir la bodega.
—¿Por qué estás tan melancólica, abuela?
Tsunade se echó a reír.
—Estaba pensando en milagros... y en bisnietos.
Sakura también rio.
—¿Míos? Para eso haría falta algo más que un milagro, dado que no hay posibles padres a la vista en el horizonte.
—Podrías recurrir a eso de la inseminación artificial, ¿no?
—¡Abuela! ¿No lo dirás en serio?
Tsunade se encogió de hombros.
—Supongo que no, pero se me ha ocurrido que quizá, si te daba un susto, harías algo al respecto.
—Hoy tenemos cosas más importantes de las que hablar, abuela.
Tsunade comprendió por la expresión seria de su nieta que esta vez no iba a salirse por la tangente.
—¿Qué ocurre ahora? ¿Algún cheque sin fondos? ¿Una subida de impuestos? ¿Ese cerdo de Danzo?
—No, es otra cosa. Necesitamos invertir mucho dinero en la finca, abuela. Mucho más del que yo puedo ganar con mi trabajo.
Tsunade exhaló una nube de nicotina.
—¿Cuánto?
—Medio millón estaría bien. Con doscientos mil pagaríamos las facturas y podríamos hacer algunas mejoras muy necesarias. Los otros trescientos mil serían un colchón que siempre hay que tener. No podemos seguir tirando de mes en mes.
Tsunade asintió. Comprendía que aquellas angustias económicas pesaban sobre Sakura. Pero ¡medio millón de dólares! ¿De dónde iban a sacar ese dineral? Era imposible. Eso debía de ser lo que intentaba decirle Sakura.
—No voy a vender el Dragón Azul, si es eso lo que estás pensando... Y menos aún a Danzo. Prefiero vender mis joyas, las antigüedades, todo lo que hay en la casa. —A decir verdad, ya había vendido algunas de sus posesiones más preciadas y las había remplazado por reproducciones.
Sakura alargó el brazo por encima de la mesa y le palmeó la mano.
—Lo sé, abuela. Pero tengo una idea que tal vez funcione.
Tsunade entrecerró los ojos y la miró con recelo. Había un destello cambiante en los hermosos ojos de su nieta..., uno de esos destellos que significaban que un instante después intentaría convencerla de algo que no iba a gustarle.
—¿Qué idea?
—Hace poco vendí una mansión en Bel Air a un productor de Hollywood que está a punto de rodar una película, una saga romántica acerca de una antigua familia de California tras la Segunda Guerra Mundial. Y aquí viene lo bueno...
Tsunade aguardó. Los ojos de Sakura conservaban aún aquel destello sagaz.
—Está ambientada en un viñedo.
—¿Y?
—Creo que podría convencer al productor para que la película se ruede aquí.
—¿Por medio millón de dólares? ¿Es que está loco?
—No. Ha ofrecido doscientos mil, de momento, a condición de que le enseñe personalmente la finca y el equipo de rodaje dé el visto bueno. Pero creo que, cuando vea el viñedo, podré convencerlo para que suba la cifra.
—¿Cuándo sería eso? ¿Y cuánto duraría?
—En agosto..., posiblemente hasta septiembre.
—¡Sakura! Es la época principal de maduración, puede que incluso la época de cosecha. No podemos tener a un montón de extraños pisoteándolo todo por aquí en un momento así.
—Quizá pueda negociar un plazo, y poner un límite a la cantidad de gente que venga a rodar. Es el único modo, abuela.
—Oh, Sakura. —Tsunade suspiró—. No puedo creer que nos veamos reducidas a esto.
—No es tan horrible. De veras. Hay muchos viñedos que se alquilan a estudios de cine, incluso a programas de cocina de la tele. De hecho, puede que hasta podamos conseguirte un papelito en la película.
Tsunade fingió animarse.
—Como Sofía Loren.
—Sí. Una versión más mayor de Sofía Loren.
—¡Ja! Sofía Loren no es ninguna cría.
—Lo había olvidado.
—¿Y no podrías negociar que George Clooney participe en la película? Sería un buen aliciente para mí.
Sakura le sonrió con afecto. Sabía que había vencido. Iban a tener un equipo de rodaje allí, en el Dragón Azul.
—Sólo una cosa, Sakura.
—Lo que quieras.
«¡Ja! Las mujeres espabiladas saben que jamás hay que decir eso.»
—Si cedo en esto, quiero que te comprometas a una cosa.
—A lo que sea.
«Sí, ya. Eres una ingenua, cielito.»
—Quiero que te esfuerces un poco más por encontrar un hombre. Necesitas alguien a quien querer, y que te quiera.
—¿Para darte bisnietos?
Al menos Sakura no se había ofendido.
—Eso sería un aliciente añadido —repuso Tsunade.
—Está bien, me esforzaré un poco más, te lo prometo. Será lo primero de mi lista. —Fingió escribir algo en la palma de su mano—. Un... buen... hombre.
—En fin, lo de bueno, no sé. Bastaría con que fuera viril.
Sakura había empezado a beber un último sorbo de vino de su copa, y se atragantó. Cuando fue capaz de hablar, preguntó enarcando una ceja:
—¿Viril?
—Muy viril.
Vinland, un mes después.
Ahogándose entre niños.
Itachi y sus nueve hijos llevaban dos semanas en el mar. Además, hacía once meses que Itachi no se acostaba con una mujer. No sabía cuál de las dos cosas lo sacaba más de quicio.
—¿Se han dormido todos? —preguntó, dirigiéndose a Deidara.
—Sí, por fin —respondió su hijo con evidente fastidio. Los niños más pequeños —ocho en total— estaban tumbados en fila en el lecho de pieles, entre Deidara y él, sobre los fríos tablones del barco. Una larga cuerda ataba los tobillos de uno a los del siguiente, con Itachi y Deidara a cada extremo. Itachi no quería arriesgarse a que alguno se levantara sonámbulo y se cayera al agua helada. Además estaba Rafael, que se había aficionado con pasión a pescar desde la borda del barco, y cuyos esfuerzos comenzaban a verse coronados por el éxito. Su cojera importaba bien poco a la hora de arrojar una red o sacar del agua un bacalao de buen tamaño. A Rafael se le podía ocurrir salir a pescar de noche y caerse por la borda. O a Sasori, que era un atolondrado, se le podía meter en la cabeza ir a cazar ballenas... a oscuras... y con un palo.
Era de lo más extraño: una orca hembra con muy poca sesera llevaba varios días siguiendo el barco como si fuera una vieja amiga. Clic, clic. Cui, cui. Cri, cri, hacía la ballena constantemente, lo cual bastaba para dar dolor de cabeza a cualquier vikingo hecho y derecho. La orca parecía estar comunicándose con ellos en su lengua de ballena, que Itachi no entendía, por supuesto, a pesar de que hablaba con fluidez el idioma de cinco países, incluyendo el inglés sajón, que era muy parecido al noruego antiguo. Quizá la ballena fuera corta de vista y creía que el barco era un macho de su especie.
Deidara advirtió la dirección de su mirada y dijo:
—Yo no voy a tener hijos. Son un incordio.
—Vas a guardar celibato, ¿verdad, hijo? —preguntó Itachi con una carcajada.
Apenas veía la cara de Deidara a la luz de la luna, pero sospechaba que se había puesto verde ante aquella perspectiva. A los dieciséis años, la perspectiva de una vida de castidad debía de sonar horrible.
Claro, que a su edad tampoco era plato de gusto.
—No, no soy tan tonto como tú para hacer ese voto.
«Este chico es un impertinente.»
—Encontraré una manera de conseguir el placer sin las penas que acarrea después, por así decirlo.
«¡Ja, ja, ja! ¡Pobre rapaz inmaduro! Y yo voy a encontrar una bella joven a la que le encante el fornicio y no pueda tener hijos. Bueno, no. Ahora que he hecho voto de castidad, no podría holgar con ella ni aunque se despatarrara delante de mí, cosa que probablemente acabará sucediendo. Una broma pesada de Loki, ese dios tan gracioso. Puede que entonces mi voto quede invalidado..., por la intervención de un dios. ¡Aargh! Se me está deshaciendo la sesera, y todo por falta de un buen revolcón... o por culpa de tantos hijos. O quizá sea por culpa de la cháchara de esa ballena.»
—He oído decir que los sarracenos han inventado un método para impedir la concepción.
«¿Sigue erre que erre con lo mismo?»
—Será por eso por lo que había tantos críos corriendo por los harenes del desierto que he visto en mis viajes —contestó con sorna. Los jóvenes siempre creían saber más que sus mayores, y no es que él se considerara mayor a sus treinta y siete as. Estaba en la flor de la vida. Quizá demasiado, a decir verdad—. Además, no me imagino a un hombre hecho y derecho enfundándose ahí el intestino de una oveja, aunque sea para impedir que su simiente florezca en el vientre de otra mujer.
Deidara hizo una mueca.
—¿Eso es lo que hacen?
Pero Itachi tenía cosas más importantes en que pensar.
—¿Crees que mañana deberíamos poner rumbo de nuevo a Groenlandia?
—¿Eric el Rojo nos dejará volver a su asentamiento?
Deidara tenía razón.
—Seguramente no. —Por alguna razón, Eric no les había cobrado afecto ni a él ni a sus hijos cuando habían visitado su castillo, Brattalid, el cual no era muy grande, a decir verdad. Después de que Kiba se peleara con un cachorro de oso polar, cuyos progenitores, furiosos, habían irrumpido en el asentamiento y pisoteado el hermoso campo de avena y el huerto de Eric, el jefe vikingo no se había mostrado muy cordial. y su humor había empeorado aún más al acusar a Deidara de coquetear con su mujer, Thjodhild. ¡Como si Deidara pudiera coquetear con una mujer de cincuenta años! Konan se había quitado el pico y se había hecho pis en los juncos que cubrían el suelo del gran salón, delante de todo el mundo, cosa que había dado la impresión de que Itachi no tenía modales. Luego, Shikamaru había esculpido una figura de la hija mayor de Eric en la que la muchacha aparecía con unas nalgas enormes y muy poco favorecedoras (nalgas que, por otro lado, tenía). Entre tanto, Lucy y Kirsten no paraban de llorar, llenas de nostalgia. Pero la gota que había colmado el vaso había sido un cándido comentario de Itachi acerca de que Eric había engordado un poco por la parte de la cintura. Algunos vikingos eran tan vanidosos...
Al día siguiente —hacía ya una semana— habían decidido con mucha sensatez visitar el nuevo asentamiento de Vinland, el país recién descubierto por Leif, el hijo de Eric. Y ésa era otra historia que daba para una saga: cómo Leif estaba atrayendo a vikingos a sus nuevas tierras con el pretexto de que era una especie de paraíso, cuando en realidad distaba mucho de serlo. Oh, era cierto que había vides aquí y allá, y mucha vegetación, y que por lo visto había más tierra de labor que en Islandia o Noruega, y que el clima era algo más benigno.
Pero había también pueblos indígenas con la piel rojiza que corrían por ahí casi completamente desnudos, blandiendo hachas afiladas y profiriendo extraños gritos de guerra. Itachi no entendía la lengua gutural que hablaban aquellos salvajes, pero tenía la impresión de que no querían compartir sus viñas. Su suposición se vio confirmada cuando uno de los esclavos irlandeses de Leif le confesó que los nativos gustaban de arrancarles el cuero cabelludo a los hombres blancos. Al final, Leif y él acabaron liándose a puñetazos porque a Itachi se le ocurrió comentar que a Leif deberían llamarlo el Afortunado, no porque en cierta ocasión hubiera salvado a unos hombres de un naufragio, sino porque todavía tenía cabellera. El tal Leif no tenía sentido del humor.
Esa noche, todos sus hombres y un par de sirvientas de su barco vikingo, el Dragón fiero, así como la tripulación de sus otros dos navíos, el Viento fiero y el Martillo fiero, estaban durmiendo en tierra, en el destartalado asentamiento de Leif. El propio Leif le había dicho que ni su prole ni él serían bienvenidos hasta que Itachi le pidiera disculpas. ¡Ja! Haría calor en el Niflheim antes de que él pidiera perdón a aquel noruego maleducado.
—Quizá deberíamos irnos a casa —sugirió Deidara.
—¡Ni hablar! —dijo Itachi sin vacilar. Habían llegado demasiado lejos, y aún no habían probado suerte en aquellas tierras desconocidas. Pero luego se preguntó si estaría siendo egoísta—. ¿Tú quieres irte a casa?
—No es eso, padre. Es sólo que... bueno, Eric y Leif tienen mucho carácter, igual que tú. Me pregunto si habrá sitio en Groenlandia o en Vinland para dos jefes tan tozudos. No te veo recibiendo órdenes de esos dos.
«Mm.» Deidara tenía buena cabeza. Siempre daba en el clavo.
—¿Qué te parece si viajamos un poco más al sur? ¿No sería una noble empresa descubrir otro país desconocido que fuera sólo nuestro?
La voz de Deidara sonó llena de entusiasmo cuando contestó:
—Sí, me gusta la idea. ¿Y quién dice que no haya muchas otras tierras más allá de Vinland? Sin duda hay montones.
—Mañana por la mañana, cuando los hombres regresen a los barcos, habrá que someterlo a votación. No es una decisión que pueda tomarse a sus espaldas. Les daremos ocasión de elegir.
A pesar de la escasa luz que había, vio asentir a Deidara. Y notó cuánto le entusiasmaba la perspectiva de semejante aventura.
—Si algunos hombres deciden quedarse con Leif o regresar a Islandia, podemos ofrecerles uno de los barcos —reflexionó Deidara en voz alta—. Con dos bastarán para nuestros propósitos. Qué demonios, hasta con uno bastaría.
—Recemos a los dioses vikingos y al Dios único de los cristianos para que bendigan nuestro viaje —concluyó, por fin Itachi.
—Y recemos por que haya nuevos mundos que descubrir y grandes hazañas por cumplir que den pasto a los escaldos y sus sagas —añadió su hijo.
Así fue como Deidara y Itachi se quedaron dormidos por fin, soñando con nuevos y maravillosos mundos. El suyo fue, sin embargo, un sueño extraño, pues pronto los cielos se ennegrecieron y una densa bruma cubrió el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. En la quietud de la noche, los únicos ruidos que se oían eran el rumor de las olas y los agudos chillidos de la ballena. El gigantesco mamífero parecía intentar enviarles un mensaje. ¡Qué extraño!
Pero lo más extraño de todo fue que durante la noche se soltó la amarra del ancla y el Dragón fiero partió, guiado por un ente místico. Naturalmente, Itachi no se dio cuenta hasta la mañana siguiente. Pero oyó que la ballena hacía un ruido que habría jurado era una carcajada.
Y esa noche, mientras dormía profundamente, soñó con una mujer anciana y de blancos cabellos que pasaba las cuentas de un rosario mientras cantaba: «Santa Madre, te ofrezco esta novena para que me concedas lo que te pido. Por favor, envía a un hombre...». La plegaria de aquella anciana se difuminaba siempre al llegar a ese punto, pero Itachi abrigaba una espantosa sospecha.
Él era el hombre al que aquella anciana invocaba.
Perdidos en la niebla (más que de costumbre)...
A la mañana siguiente, al despertar, Itachi comprendió inmediatamente que algo iba mal. Lo sintió en los huesos doloridos, como muchos vikingos, que experimentaban una especie de presentimiento antes de una batalla.
Pero no corría peligro de que lo atacaran. ¿Verdad?
Se levantó bruscamente y sacó su espada. Su movimiento sacudió a Konan, cuyo tobillo seguía atado al suyo. La niña comenzó a lloriquear. Itachi intentó tranquilizarla con un susurro. La pequeña le hizo un «gugú» y volvió a dormirse. Sólo entonces miró Itachi a su alrededor. No vio nada entre la niebla espesa, pero notó que el barco se movía, cosa extraña, pues estaba firmemente anclado.
—¿Qué ocurre, padre? —preguntó Deidara en voz baja. También él se había levantado y había desenvainado la espada.
—No lo sé. ¿Crees que nos habrá sorprendido algún monstruo marino? ¿Esa ballena, acaso? Las antiguas leyendas hablan de tales cosas extraordinarias. El aire huele a algún misterio.
Deidara resopló, escéptico.
—Las antiguas leyendas hablan de un velo que separa este mundo del mundo subterráneo, y también de dragones de dos cabezas y de monstruos marinos que arrojan fuego por la boca. Nunca he creído esas historias de magia y calamidades.
—Yo tampoco —dijo Itachi.
Pero estaba claro que ambos tenían sus dudas. ¿No era acaso aquella niebla como un velo?
Justo en ese momento, el sol atravesó la bruma y, entre los jirones de la niebla que se abría, Itachi vio algo extraordinario. Allí delante había una montaña en cuya ladera se levantaba un inmenso letrero que decía: HOLLYWOOD.
—¡Por Thor bendito! —exclamó Deidara—. Hemos entrado en el mundo del Bosque de los Acebos. ¿Crees que será el cielo o el infierno? ¿O algo intermedio?
—Espero que algo intermedio —respondió Itachi—. Eso significaría que aún estamos vivos. Además, un país lleno de bosques y vegetación ha de ser próspero. Un lugar repleto de oportunidades, me parece a mí.
No pudieron seguir hablando porque la niebla volvió a descender y una extraña somnolencia se apoderó de ellos. Cayeron ambos de rodillas y se tendieron cuan largos eran sobre el lecho de pieles, sucumbiendo a la neblina mística que parecía haber penetrado en sus cuerpos.
Justo antes de que aquellos extraños vapores lo vencieran por completo, una pregunta inquietante asaltó a Itachi.
«¿Dónde estaremos cuando despertemos?»
Ofi Rodriguez
