Grupos de amigos riendo exageradamente, celebrando cualquier cosa. Parejas agarradas que se contaban confidencias entre besos y sonrisas. Algún que otro hombre de negocios, dando instrucciones con el teléfono pegado a la oreja. Amigos surfistas que habían apurado mucho en la playa. Grupos de turistas siguiendo a un tipo que levanta un paraguas plegado. Chicas con faldas cortísimas y tacones espectaculares dirigiéndose a alguna fiesta privada. Y entre ellos, entre la intensa vida nocturna de Los Ángeles, Richard Castle. Pasando inadvertido con las manos en los bolsillos, esquivando sin mirar a unos y a otros, intentado entender qué había pasado hacía un par de horas con Kate. Tratando de digerir el cruel desengaño que había tenido que afrontar sin sospecha ni preaviso. Estaba hundido, desilusionado, triste, decepcionado con ella, rabioso con él mismo, se sentía utilizado, pero sobre todo estaba tremendamente celoso de Josh. Josh y Kate. Le costaba respirar.
Sin darse cuenta de cuándo ni cómo había acabado sentado en la barra de un bar de copas. Moviendo sin razón el whisky que tenía entre manos, recordaba entre flashes todo lo que se habían dicho entre el último beso y su adiós. Para. Pasó los dedos de la mano libre por su pelo, sintiendo de nuevo la misma desesperación que le atacó aun teniéndola entre sus brazos, besando su cuello. Para. No quería seguir. No así. Un no así que tras darle vueltas y vueltas a esa fatídica noche en la que todo estaba negro, lo encontraba lleno de matices. La luz al final del túnel. No era un "no". Había apuntillado la negativa con un adverbio modal que cambiaba radicalmente el significado. Un "no" que se tornaba a sus ojos un "sí pero diferente". De otra manera. Se acercó el vaso dispuesto a beberse lo que quedaba de una vez, frenando su impulso: ¿De qué otra manera? Siempre había sido igual. Nada iba a cambiar. Cualquiera pasaba por delante. Cualquiera tenía más oportunidades que él. Tras el amago de luz de nuevo la oscuridad. Retomó su idea inicial y de un trago dejó seco el vaso. No así, ¿cómo? ¿En el sofá? ¿Con ella metida en una relación que estaba abocada al fracaso? Fuera lo que fuera lo que tenían esos dos, no iba a funcionar. Necesitaba, ansiaba que no funcionara. Debería sentirse mezquino por desearles el fracaso, pero no. Se sentía de todo menos eso. Ella con Josh... -Lo siento- ¿Cuántos "lo siento" le había dejado ir? El sí que lo sentía. Odiaba los "lo siento". Eran a sus ojos la estéril cura de las decepciones, un formalismo sin sentimiento, una farsa. No quería más "lo sientos". Intentó beber de allí donde no quedaba ni una gota. Dejó con fastidio el cristal vacío sobre la barra.
Levantó el dedo con desdén para pedir que se lo llenaran de nuevo. Viendo al chico coger la botella recordó la última vez que intimó tanto con el alcohol como esa noche. También fue por Kate, siempre Kate. Desde que la conoció en aquella lejana presentación de Storm Falls, su vida y sus penas habían girado a su alrededor. Era su todo. No importaba si dolía, si valía la pena, si... Y se dio cuenta que a pesar de lo sucedido, si ella quisiera volvería a ser su norte. Volvería a perseguirla, volvería a abrazarla y a besarla. Cada vez que cerraba los ojos o miraba el fondo del vaso se veía de nuevo reclinado sobre ella, acariciándola, sintiéndola, adorándola, desnudándola. Había sido tan efímera su felicidad, pensó. Felicidad. La angustia de la frustración se había instalado en su estómago en forma de nudo. Se bebió todo el whisky de un trago justo cuando la ansiedad por el injusto desenlace volvía con fuerza. -Otro, por favor. Gracias- Era un pobre iluso. Nunca tuvo más opciones con ella que las que su imaginación ideo, ansió, vivió y revivía en ese instante. -Siempre he sido yo el que ha sobrado, ¿no es así?- No debía haber empezado a seguirla. Hubiera tenido que desistir tras negarse a ir a cenar con él en su primer caso. Tras los primeros casos en los que ella se mostraba más que molesta de tenerle por compañía. Entonces no era demasiado tarde. No como ahora. -Hazte un favor, aclárate- Era gracioso. Se lo dijo a ella con ganas de hacerla reaccionar, y podía haber empezado por aplicárselo a él. Aclárate. ¿Qué quería él? La quería definitivamente a ella, pero también quería dejar de sufrirla sin esperanzas. Estoy con alguien, estoy con alguien... Sus palabras se repetían sin compasión en su cada vez más pesada cabeza. Estaba bien que lo hubiera reconocido al menos con palabras, porque su cuerpo y sus acciones le decía algo totalmente diferente, y brindó por eso con su reflejo en el espejo frente a él. Kate le devolvió las caricias, le besó, le deseaba y pero sus palabras dijeron otra cosa. Le dio un trago a su bebida recordando que Meredith no fue tan considerada con él cuando se acostaba con aquel director. Para nada tuvo compasión. Y sin embargo le había dolido más la integridad de Kate que el adulterio de su primera mujer. Tenía suerte ese tal Josh. Todo el mundo tenía más que él, sonreía irónico. Cuando era al que engañaban nadie se sentía culpable y cuando él tentaba a la infidelidad le interrumpían, le detenían.
Entre reproches y copas la noche fue transcurriendo, lenta, dolorosa ¿Y qué iba a hacer ahora que había perdido todo lo que movía su corazón? Le quedaba la dignidad y no iba a perder de ella ni un ápice. No iba a apostar más a caballo perdedor por más espectacular que fuera, por más que le quisiera. Ella lo hubiera podido tener todo de él y a sus ojos decidió que no le era suficiente. Iba a pasar página. Tendría que aprender a levantarse sin pensar en correr a comprar un café descafeinado con dos de vainilla, prescindir de ver su sonrisa, seguir los asesinatos por el periódico o la televisión, a no notar su olor a cerezas, a no volver a sentirse orgulloso por su sentido de la justicia, por su gran corazón. Tenía que olvidarse de Kate. Cabizbajo, con los codos sobre la barra y tocándose la nuca, intentaba convencerse de que hacía lo correcto. Le costaría, pero lo iba a conseguir. Viviría con su recuerdo, con sus fantasías, con el sabor de sus besos, la suavidad de su piel y con su deseo. Pero aprendería a vivir si ella. A seguir adelante. Llegaría el día en que encontraría otros labios en los que enterrar el desengaño, otra sonrisa que le iluminaría el día, otros brazos le calmarían el desasosiego que en esos momentos sentía. Algún día lejano. A su lado, un chico besaba a una morena de infarto con pasión desmesurada por el lugar en el que estaban. Tenía que ser precisamente este día y ahí. Otro más, le enseñaba en vaso vacío al barman.
-Lo siento, amigo. Vamos a cerrar- como a cámara lenta, asintió y apretó los dientes -otro "lo siento"- buscó su cartera en uno de los bolsillos de la chaqueta, cogió unos cuantos billetes y los pilló con el vaso que le había acompañado en su noche más aciaga -Quédate el cambio- Se levantó lentamente comprobando que se mantenía en pié a pesar de lo ingerido. Con la americana en la mano se encaminó no sin dificultad hacia la salida cuando se detuvo, girándose para comprobar que excepto sus últimas ilusiones ahí no se dejaba nada. Y más tranquilo salió a la calle.
Una ligera brisa le recibió al otro lado de la puerta. Cerró los ojos y aspiró tanto aire como pudo, volviendo a sentirse vivo. Vivo, sí, pero tremendamente mareado, desorientado y con un dolor de cabeza imposible. -Menuda juerga te has pegado esta noche, Rick- se decía sarcásticamente para sí mismo -Tienes que dejar definitivamente el alcohol y las mujeres-, y con una amarga sonrisa empezó a desandar su camino hacia el hotel con una nueva pregunta rondándole ¿Estaría aún ella en la suite? La conocía lo suficiente para dudarlo. Y si se la encontraba, le daría las buenas noches y se acostaría. Mañana empacaría sus cosas y volvería a Nueva York a refugiarse en su familia y en la escritura. Ellas no fallaban. Las echaba tanto de menos en momentos así. Un abrazo reparador de los que solo su hija le podía proporcionar. Las palabras, los consejos siempre sabios de su alocada madre. Evadirse contando historias que podía controlar, que no le decepcionarían. Su otra vida. Su tierra firme.
Acercó la tarjeta al detector. Luz verde. Empujando hacia abajo el tirador, abría la puerta que horas antes cerrado, dejando atrás tres años de esperanzas e ilusiones. La cerró sin apenas hacer ruido. Apoyándose en ella, dirigiendo la vista al sofá de la discordia. Esperando y queriendo verla. Esperando y queriendo que le alargara la mano, reclamándole a su lado. Esperando y anhelando que ella buscara sus caricias. Esperando y deseando convencerse de que no había sido solo un tonto al que tomar el pelo. No había nadie ni nada. El orden perfecto. Ni rastro de las cervezas, de la cena o de Kate. Con la misma lentitud que brotaban sus ideas ahogadas en alcohol, giraba la mirada hacia la puerta de su habitación. Abierta de par en par le revelaba que ahí sólo estaban él y su pena. Melancólico se dio la vuelta encarando de nuevo la salida, cogió uno de los cartones que rezaba un "No molestar" y lo colgó en el tirador.
Puso la tarjeta en la ranura, iluminándose sutilmente la lamparita del salón. Molestaba. Dejó la americana en un sillón y se dirigió con poco ánimo a su también ligeramente iluminada habitación, soltando de camino los botones de esa camisa que hacía nada ella había tocado, abierto, sacado a tirones de sus pantalones. Negó. Tenía que dejar de conectarlo todo con Beckett ¿Dónde estaba su propósito de olvidarla y de su firme voluntad para lograrlo? Volvió a negar. Iba a ser muy difícil. La quería tanto que le perdonaría una y otra vez sus desplantes, el dolor que le causaba, sus noches en vela. Definitivamente era su obsesión.
Empezó a sacarse el cinturón cuando llegó a la cama. Sobre uno de los cojines, un papel arrancado con poco cuidado de la libreta de notas que estaba revisando esa tarde. Cuando aún todo estaba bien. Cuando no era el más desdichado de los enamorados no correspondidos.
Dudó en cogerlo y leerlo. Tenía que olvidarla. Dejar de tener conexiones con ella. Sin embargo, debía hacerlo. Lo cogió delicadamente de forma inconsciente, como si fuera un pedazo de ella, intentando pegar con los dedos el trocito de papel rasgado cerca de donde estaban las anillas, aguantándose casi imposiblemente. Quizás por haberlo arrancado con prisas por dejarlo ahí y por marcharse donde quisiera que estuviese ahora. Probablemente a llamar a Josh, a reconfortarse con su voz mientras esperaba hacerlo en sus brazos. Bajo sus sábanas.
"Lo siento. No sabes cuánto. Pero así no era la forma ni éste el momento. Estaré en mi hotel hasta que acabe con el caso. Te llamaré. Kate"
De nuevo un "lo siento". La delicadeza se tornó rabia. Arrugó el papel con una mano y lo mantuvo en su puño. Le había dejado claro que con ella había llegado hasta ahí ¿qué no entendía? ¿No había sido suficientemente claro? ¿Por qué insistía? Lanzó el papel con fuerza sin importarle dónde caía, odiándose por volver a recuperar ni que fuera por segundos las ilusiones. No iba a mover un dedo por su inigualable, extraordinaria, increíble, guapísima, complicadísima inspectora Katherine Beckett. Como le aseguró, él había llegado hasta ahí.
No a tener más esperanzas. No a esperar ser correspondido. Si no quería una vida con él, Rick tendría una nueva vida sin ella. Y si la quería, que se la ganara. En boxers y con la camiseta que Kate había acariciado se metió en la cama. Apagando la luz y colocándose bien la almohada vio los primeros rayos del sol entrando casi a hurtadillas en su habitación, anunciando que un nuevo día estaba por empezar. Iba a ser un buen día. Sin duda mucho mejor que el que, cerrando los ojos, dejaba atrás.
