Capítulo II: Manos arriba, vaquero

Repentinamente Helga estaba frente a él. Directamente-frente-a-él. Y maldición, era demasiado difícil pensar con claridad teniendo los pantalones a punto de caérsele. Si reconsideraba la situación, ya estaba dudando que había sido lo correcto quitárselos en frente de su antigua abusiva, en la habitación de ella y completamente solos. En primer lugar ¿Cómo es que Helga le convencía de cosas así?

- ¿Helg…? –y la chica apoyó su mano bruscamente sobre la boca masculina y precipitadamente se presionó contra su cuerpo para tenerlo quieto.

¿Qué tan paralizado lo quería? Una recientemente re-descubierta Helga, en falda corta, con actitud de chica mala y un top negro muy estrecho parecía no percatarse la enorme diferencia que causaba en él después de tantos años de conocerla dentro de holgadas ropas. Maldijo internamente porque estaba deseando soltarse los pantalones y no solo por el impulso de agarrarla de la cintura y decirse que sí, que esa figura deleitante a la vista era la misma chica que le lanzaba bolitas de papel y buscaba hacerlo quedar en ridículo siempre que pudiese sino porque solo podía pensar que había formas de estar más cerca si es que ella lo quisiera así.

Y eso no tenía nada de caballeroso…

En realidad era todo lo contrario.

Y lo peor era que no sentía el remordimiento que debía sentir por la oleada de oscuros pensamientos que se agolpaban en su mente.

- ¡Fuera! –urgió ella e inesperadamente lo giró en dirección a la salida del departamento y comenzó a empujarlo lejos.

Arnold sintió como el dobladillo de su pantalón se le enredaba entre los pies y le advertía una inminente caída. Pero eso era lo de menos, comenzó a frenar como podía pero sin lograr ningún cambio, aunque eso no le sorprendía, Helga lo estaba empujando con fuerza sin permitirle crear un punto de equilibrio para detenerla. Antes de darse cuenta estaba en el corredor de la casa de huéspedes con el estrepitoso sonido de la puerta al cerrarse atrás de él.

¿Pero qué acaba de pasar? Si recapitulaba Helga le había dicho que se bajara el pantalón para verle en ropa interior dado que él le había visto de esa manera ¿Qué tanto sentido tenía eso? Sentido Pataki, por supuesto. Una mezcla de sin sentidos y lógica de Wonderland, por lo que había aprendido en su extensa experiencia de convivir con la chica.

Arnold se apoyó contra la puerta y llevó sus manos a su rostro, conteniendo las ganas de decirle unas cuantas verdades a la Reina de Corazones que tenía por vecina ahora. Un día viviendo juntos ¡Uno solo! Y ya había vuelto todo al revés. Si se le aparecía un conejo diciendo que llegaba tarde, tampoco le sorprendería a ese paso.

- ¿Arnold? –el chico dio un respingón, estupefacto de reconocer esa voz…

- ¿Mamá? –la angustia se filtró en su voz, sin poder creer quién era la persona que le observaba en su momento de desgracia juvenil.

Stella estaba parada en el corredor, cargando con una canasta llena de ropa recién planchada que Arnold pudo corroborar era de su propiedad. Porque a pesar del agotador trabajo que llevaba su madre, esta se esmeraba por dejar sus detalles maternos por todos lados, como lavar la ropa de su hijo con una especia de roble y plancharla con hojas de té de jazmín para que tuvieran un relajante y refrescante aroma que duraba mucho más que cualquier suavizante de ropa. Y Arnold se lo agradecía, de la misma manera que descubría en su maleta unas bebidas que solo los visitadores médicos tenían pero que le regalaban a su madre y tenían un delicioso sabor a fresa y resultaba que ayudaban con el crecimiento.

Pero todo el hilo conmovedor que tenía en su mente se detuvo cuando escuchó el golpeteó del pie de su madre contra el suelo.

Eso no era bueno…

Eso significaba que estaba impaciente…

- ¿Puedo preguntar por qué Helga acaba de sacarte a patadas de su departamento y tú con las vergüenzas al aire? –consultó, conteniendo sus emociones para sonar casual y no con el asombro a flor de piel.

Arnold bajó la mirada para descubrir que lo que decía su madre era verdad, tenía los pantalones en el suelo y con el bóxer completamente a la vista. En ese momento hubiese deseado que su abuela apareciera y le salvara de alguna forma, con alguna broma o juego de espionaje ¡Lo que fuese!

Pero los segundos pasaron y solo la seriedad en la mirada de su madre se incrementó.

- ¡No es lo que tú crees! –aseguró el chico, inclinándose para agarrar sus pantalones e intentando recordar cómo se cerraban ¿Cómo lo había olvidado? ¡Hasta hace unos minutos sabía hacerlo!

- Si… eso dicen muchos. –respondió la mujer, bajando la canasta y cruzándose de brazos- Acompáñame, hijo.

- ¿Y la ropa…? –consultó él, señalando las prendas que estaban en frente de él y que sabía debía guardarlas en sus cajones. También sabía que ni eso sería excusa para evitar tan vergonzoso momento.

- La recoges luego, ven. –la seriedad en la mirada de Stella era una declaración absoluta.

No había opción de réplica. El chico asintió con solemnidad, preparándose para que las primeras impresiones desaparecieran y pudiese comunicarse claramente con su madre pero ¿Qué le diría? ¿Cómo le explicaría una situación que era inexplicable?

- ¿Vas a cerrarte el pantalón? –consultó, enmarcando una ceja.

Stella casi encontraba cómico el ver como el simple hecho de que un botón pasara por una pequeña apertura y así el jean se mantuviese en su lugar, pareciera la tarea más compleja para su hijo en ese momento.

- Eso… eso… -eso intentaba, se lo podía jurar. Pero las manos le estaban temblando- ¡Listo! –sonrió con orgullo pero la sonrisa se borró de sus labios cuando se dio cuenta, por la mirada de su madre, que en realidad no era un logro saber cerrar un botón.

- Vamos.

Stella guio a su único hijo directamente a la antigua habitación de uno de los huéspedes que ahora usaba como pequeño laboratorio de herbología y medicina experimental por medios naturales. En el centro estaba ubicada una mesa amplia de laboratorio, con un par de microscopios, un mechero y un lavabo instalado precariamente porque era una remodelación apresurada. Existían varios estantes llenos de frascos de todos los tamaños que contenían diferentes plantas, sin contar algunas masetas de curiosa vegetación de sombra. Stella avanzó a la mesa, la rodeó y se sentó en un banquillo, señalando a Arnold que se pusiera frente a ella.

- Hijo ¿Recuerdas que una de las primeras cosas que te dije cuando nos encontraste y rescataste fue que Helga Pataki era una guerrera digna de admiración y respeto? –el chico asintió- Toda la familia le estamos en una sincera deuda por la manera en que estuvo contigo en la selva cuando no era necesario…

El chico bajó la mirada, no se había sentado, la idea de que esa conversación se volvería un regaño por el simple hecho de hacerlo le hacía mantenerse parado, con las manos sobre la mesa. Stella hablaba con suaves maneras, sincera y afectuosa, como todas las veces que se refería a la rubia.

- Por eso nos sorprendió cuando te rechazó pero pensamos primero en tu corazón herido antes de precipitarnos en preguntas. –el chico se sorprendió, tantas cosas habían pasado en esa época, el viaje, la aventura de rescatar a sus padres, el conocer a la Gente de Ojos Verdes y aun así, su madre había tenido tiempo y corazón para preocuparse por sus desdichas amorosas- Por eso… -extendió la mano hacia él y Arnold no dudó en tomarla ni mucho menos de mirar a su madre con un profundo afecto- no lo arruines esta vez. No te vuelvas a lastimar. –le pidió y el chico se soltó de golpe, sorprendido.

¿Arruinar? ¿Arruinar qué? Stella se admiró por su reacción y más cuando notó que Arnold le miraba casi dolido y burlón por su petición.

- No debes emocionarte tanto como para bajarte los pantalones solo porque Helga te invitó a entrar a su departamento, hijo… A veces los hombres pueden mal interpretar las cosas por la emoción… -intentó continuar y Arnold soltó una carcajada poderosa, sin poder evitarlo para luego taparse el rostro incrédulo.

- Mamá… -rogó, sin poder creer que ella pensara eso de él ¿Cómo podía imaginarse que él se había emocionado por Helga al punto de querer ir más allá?

- No pienses mal, Arnold. –pidió ella, buscando su atención- Me refiero a que el corazón, cuando estás enamorado, te hace precipitarse en la adolescencia. Y yo sé cómo todos estos años has estado tan enamorado de ella que verla aquí te ha emocionado y ¡Nosotros también nos alegramos por ti! ¡La familia entera! –se apresuró, al notar el rostro sorprendido de Arnold mirándole- Te lo aseguro, estamos muy felices de esta nueva oportunidad que tienes con ella.

- ¿Enamorado? –preguntó, con completa sorpresa ¿Él enamorado de Helga? ¿Eso pensaba toda la familia que le ocurría?

- Por supuesto. –Stella sonrió suavemente- Todos estos años te hemos escuchado hablar de cómo ella se ha distanciado de ti y eso no te gustaba o como se había aislado de todos y eso te preocupaba ¿Realmente creías que ocultabas tus sentimientos al hablarnos siempre de lo pendiente que estabas de ella? –preguntó maternalmente- Solo acordamos no presionarte porque debía ser duro para ti dado que no tomabas el valor de hablarle. Aunque si soy sincera… a veces parecía que la acosabas un poco. –admitió, sonriendo con culpa.

- ¿Ocultar sentimientos? ¿No tener valor? –la sorpresa se desbordaba de su mente.

¿Eso parecía? ¿Qué estaba enamorado de Helga Pataki al estar pendiente de ella por tanto tiempo? Arnold enterró sus dedos en sus cabellos, frustrado al darse cuenta que no tenía explicación lógica para refutar a su madre porque ¿Entonces que lo había llevado a estar tan pendiente de ella? ¿Qué le había motivado a observarla en la distancia por tanto tiempo? Hasta Gerald había bromeado en el pasado un par de veces que parecía un loco enamorado por tener siempre puesto un ojo encima de Helga. Pero no podía ser ¡En verdad parecía un acosador!

El rubio se fue sentando, hasta terminar de apoyar su cabeza sobre sus piernas, negando ligeramente ¿Qué había hecho de su vida todos esos años? ¿Qué le pasaba con Helga? ¿En realidad había sido tan extraño el hecho de que se preocupase por ella?

- Yo sé que es vergonzoso saber que toda tu familia está al tanto de tus sentimientos por Helga. –apoyó Stella, buscando calmarlo- Pero te aseguro que hablaré con todos para que no se pongan a hacer bromas ni nada al respecto. No quiero que pases otro desamor como la última vez.

Si lo pensaba, hasta era gracioso escuchar a su madre interpretar toda esa reconciliación y explicación, mientras él no podía salir del asomro. Realmente era graciosa toda la situación… pero no se lo contaría a nadie.

- Gracias… -y agregó mentalmente un "supongo" porque si no había argumentos ¿Cómo atreverse a ponerse sarcástico al respecto? Además, no era correcto, menos cuando su madre tenía de su lado el haberle visto con los pantalones abajo saliendo del cuarto de la menor de los Pataki.

- Pero no te apresures. Estoy segura que Helga es una chica que se toma las cosas con calma y las analiza ¿Sabes? Te aconsejo no volverte a apresurar o mal interpretar las cosas, eso de seguro hará que te perdone. Pero te diré algo, hijo… -la voz de Stella se volvió suavemente confidencial, Arnold apoyó sus manos sobre la mesa y se asomó lo justo para notar el brillo cálido en la mirada de su madre- si solo te sacó así, es que tampoco estaba tan molesta. Otras chicas en su lugar hubiesen actuado peor.

- Mamá… es que ella no estaba molesta… -intentó explicar, Stella abrió los ojos sorprendida y luego dejó escapar un "Oh…" por sus labios, para luego asentir.

- Ya veo… -la mujer llevó su dedo índice a sus labios, analizando la información- Entonces, no te frustres si se retractó, es normal. Las mujeres se ponen nerviosas, tienen una gran carga emocional respecto a ese tema. Lamentablemente vivimos en una sociedad que pone mucho peso en las chicas con respecto a ese tema. Gracias a Dios que tu padre y yo te aclaramos todo sobre la sexualidad pero si tienes alguna duda, creo que podríamos volver a hablar del tema. De hecho… -dijo con una amplia sonrisa- ¿Quieres hablar del tema? Sabes que estoy aquí para eso. Aunque obviamente como madre me da pena ver que has crecido tan rápido. Pero debo recordar que muchos jóvenes menores a ti de la comunidad de la Gente los Ojos Verdes ya iniciaban familias y todo el pueblo se enorgullecía. Muchas culturas consideran que de la niñez se pasa a la adultez y comprendo eso. Pero tú sabes, aquí es diferente y ambos tienen metas, sueños y triunfos personales que alcanzar. –ella asintió a sus palabras- Por eso, quiero que quede en claro que no te estoy prohibiendo nada. Como te explicamos, es necesario que uses protección y que hables con Helga sobre lo que desean ambos. La comunicación es lo más importante cuando se habla de sexualidad. –agregó- Tal vez te de pena, pero estoy segura que Helga encontrará muy maduro de tu parte si le hablas de panificar y usar protección. –Stella abrió los ojos, sorprendida, mientras daba su propio discurso entre los recuerdos del pasado y las emociones del futuro- Porque si queremos ser abuelos, no te confundas, pero no tan pronto. Además, se que te hablamos mucho de la Gente de los Ojos Verdes, pero esta sociedad es diferente, no es momento para que creas que debes convertirte en hombre. –la mujer se aclaró la voz- Aunque espero que estén ya saliendo formalmente ¡Como mínimo! Porque si no, créeme que puedo entender porque Helga te ha sacado de su departamento, ella es una jovencita muy romántica y que se hace respetar, cariño. No es como la mayoría de las chicas.

¡Y al final hasta era regañado! ¡Su madre ya se había armado toda una historia en su cabeza! Sin pausas, con las ilusiones que solo una madre podía tener, aunque de manera inesperada. Arnold no sabía si lamentarse, reírse o simplemente seguirle la corriente a su madre ¿Acaso su abuela le había contagiado algo? No, Arnold sabía que así era ella, había convivido con la Gente de los Ojos Verdes, vivido sus experiencias, había aceptado sus tradiciones y se había integrado a ellos. Por eso no reaccionaba de otra manera más común y en parte porque después de tantos años de separación, la unión que habían creado no tenía un halo de inocencia parental, sino de confianza y realismo en la que Stella y Miles sabían que su hijo era un hombre noble y valiente, testarudo, impulsivo pero de buen corazón.

Pero tampoco podía contarle la verdad, no sería amable de su parte actuar de esa manera con Helga, su familia tenía un concepto de la chica que no era erróneo pero tampoco quería darles ideas de la chica como la astuta rubia que era… Para Arnold era agradable que la tuviesen en tan alta estima después de que Helga hubiese sido pieza fundamental en su rescate en San Lorenzo.

- No, no tengo dudas. Si, si usaría protección. Pero te pido algo mamá… -habló lento, pausado, buscando mantener la atención de la misma- Confía en mí, no te puedo contar todo al respecto ¿Si? Pero te puedo asegurar que Helga y yo no planeábamos tener sexo, fue una serie de coincidencias las que me llevaron a que me encontraras así, no sé por qué ella se puso de esa manera, tal vez la asusté o ¿Quién sabe? Pero no estamos en una relación. –y se anotó mentalmente hacer una reunión familiar para explicarles que él no estaba enamorado de Helga Pataki.

¡Porque no lo estaba!

¡Aunque no pudiese explicar la razón por la que actuaba como lo hacía!

Stella lentamente perdió su sonrisa y bajó la mirada con cierto grado de frustración ¿Acaso ella quería que estuviese ocurriendo algo entre él y su antigua abusiva? Le había contado la historia completa de su relación con Helga y al parecer eso en lugar de alejar teorías locas, había hecho que ella creyera con más fuerza que había "amor en el aire".

- Entiendo… -y pareció que lo que sea que había comprendido la alegraba, porque retomó una sonrisa llena de esperanzas. Stella se bajó del banquillo y rodeó la mesa, Arnold se enderezó del todo y se sorprendió cuando su madre lo abrazó cálidamente- Entiendo por qué Helga te sacó así… -había una risa confidencial, una que Arnold sabía que no le daría nada de información, dado que era un asunto de "mujeres", un código de honor o algo así- Pero solo te diré que tengas esperanzas y no lo arruines. –repitió, Arnold abrió los ojos sorprendido- Eres algo despistado… como tu padre. –sonrió de lado y besó la mejilla del chico- Ven, vamos con tu abuela, no la he visto hace un buen rato y podría estar armando un fuerte de la revolución francesa y nosotros nos lo estamos perdiendo. –animó, rodeando con su brazo la espalda de su hijo.

Arnold sonrió y simplemente se contuvo todo comentario y asintió. Su familia tenía una extraña manera de percibir las cosas, pero ya les explicaría lo que realmente sucedía. Aunque primero tendría que analizar ¿Qué era lo que le sucedía con Helga Pataki?

¡Saludos Manada! ¡He vuelto! Me he enamorado de Europa pero nunca podría dejar a mi manada ¿Me extrañaron? Yo los he extrañado horrores ¡Las ideas que han nacido en este viaje! ¡Tantas cosas que les quiero compartir! Pero primero lo primero ¡Los extras! Espero que les gusten estos capítulos. Un canto a la luna a mis antiguos miembros de la manada y un noble saludo a los nuevos miembros que se unen.

Regla de la Manada: Un lobo no se queda estático en el tiempo ni inmóvil en un el terreno. Un lobo avanza, evoluciona, mejora y se levanta. Nunca se queda a un lado del camino.

¿Se imaginan que poema inspiró esta regla?

¡Nos leemos!

Nocturna4