Robin Hood era un malacostumbrado. Había cosas en las que él era quien dirigía, siempre fue el líder en su grupo de amigos, siempre fue el líder de los Merry Men. Pensaba rápido, tenía planes originales e ingeniosos, sabía qué era lo correcto y por eso actuaba con decisión. Todo un hombre. Sin embargo, en otras cosas, actuaba como un verdadero niño consentido.
Cuando los chicos Locksley se mudaron finalmente a casa de Regina, llevaban poco tiempo saliendo. Anteriormente al cambio, Robin procuraba retirarse luego al campamento porque Roland le esperaba despierto para que su padre le acostara. Por ello es que vivir juntos parecía la mejor opción para todos y surgió de manera natural. Desde que el chico había accedido a dormir en el cuarto de Henry (mientras habilitaban su nuevo dormitorio según su gusto), no habían demorado ni una semana en trasladarse; la dinámica familiar que tenían ahora era algo que les encantaba.
Regina siempre se despertaba cerca de las siete de la mañana. Antes, entre sus labores de alcaldesa y tener que preparar a Henry para el colegio, esa era su hora para comenzar el día. Y aunque ahora tenía menos responsabilidades- o responsabilidades diferentes- llegada la hora habitual, era como si sonara un despertador en su cabeza y ya no podía mantenerse en la cama. A pesar de esto, los primeros días se levantó con sumo cuidado para no despertar a Robin. El trabajo de asegurar los lindes de la ciudad y las patrullas nocturnas de la semana anterior debieron haberlo agotado, así que ella le dejaba dormir. A veces le miraba un par de minutos; el torso descubierto, la cabeza inclinada hacia donde ella dormía, un brazo pasaba por sobre su frente y el otro descansaba al lado de la almohada, justo donde antes estaba su mano.
Sus despertares eran completamente felices.
Robin creía que el cambio de dormir en el campamento a dormir en una casa debió afectar de alguna manera su noción del tiempo; porque desde que estaba allí, siempre era el último en despertar. Abría los ojos para encontrarse en una habitación en penumbras (Regina decía que no corría las cortinas para dejarlo descansar) y cuando bajaba al comedor, Roland ya estaba tomando su leche con cereales y la mujer le esperaba con una taza de café.
El primer día que estuvo en casa, les observó escondido tras la pared. Ella apuntó la nevera al chico y él corrió a buscar la leche. Cuando le entregó el frasco, ella sirvió en un vaso y le acercó una silla para que se acomodara en la mesa. Se movía con gracia en la cocina, manejaba el tiempo en ver los waffles que estaba preparando y escuchar con interés al niño. Él le narraba el sueño que había tenido esa noche y ambos reían con soltura. Siempre que les veía interactuando dudaba entre unirse a ellos o seguirles admirando en silencio.
Enamorado. Estaba enamorado de su familia.
Sin embargo, aunque esto parecía una cosa que solo pasaría la primera semana que vivían juntos, no sabía cómo lo había permitido; pero se había vuelto una costumbre que Robin nunca bajara a desayunar antes de las nueve, e incuso esa hora parecía significar madrugar para él. A Regina no le hubiese molestado el asunto- para nada- si no hubiese sido porque esto se extendió tanto que Roland había comenzado su primer año escolar y por las mañana le tocaba a ella despertar a dos niños.
En primer lugar, cuando le hablaba a Robin para poner en marcha el día, él siempre le tomaba de la cintura y le acercaba a su cuerpo. Hundía la cara en su cuello y medio dormido le decía:
-Cinco minutos más… Por favor.
-Robin, se hace tarde- Intransigente.
Pero entonces él siempre arremetía de alguna manera que a ella le costaba rechazar.
-Solo un momento más- le susurraba en el oído.
Y luego, atrevido, jugaba con el lóbulo de su oreja. Ella negaba con la cabeza y lo empujaba con su cuerpo fuera de la cama, pero eso solo parecía alentarlo más. A pesar de que ya podía sentirlo despierto, él seguía con su manía de no salir de la cama. Siempre demorando, siempre una guerra. Finalmente, ella bajaba de la cama, se colocaba la bata y se dirigía a la pieza de Roland.
El chico soltaba algunos "no quiero ir", "quiero dormir más", "¿Puedo faltar hoy?", pero no duraba más de dos minutos porque prontamente recordaba todo lo que implicaba ir al colegio ¡Y le encantaba! Daba un salto para bajarse de la cama y se dirigía al baño con rapidez.
Entonces Regina volvía a enfilar rumbo a su cuarto. Al mirar desde la puerta que Robin seguía en la cama soltaba un resoplido y se acercaba hasta él.
-¡Vamos! ¡Arriba! – Tiraba de las sábanas mientras el hombre cerraba los ojos y negaba con la cabeza.
Aunque intentaba mantenerse seria, no podía evitar sonreír. Adoraba las pequeñas arrugas que se formaban a un lado de los ojos del arquero cuando cerraba los ojos con fuerza. Perdida como estaba, mirándole, no notaba que el movía su mano para jalarla del brazo. Perdiendo el equilibrio caía sobre él y allí le aprisionaba en sus brazos, besándole.
-Buenos días, amor- Le decía.
-Ya era hora- Sonreía contra sus labios.
Este martes en particular, miró la hora del reloj que estaba sobre el velador y se dio cuenta de que ya iban tarde, como siempre. Le lanzó una toalla a Robin y bajó a preparar el desayuno a los hombres. Ese día él pasaría a dejar al niño al colegio, ella tenía que preparar unos papeles para David, así que estaría en casa hasta el mediodía.
Cuando despidió a dos de sus hombres en la puerta (el tercero, Henry, se quedaba solo algunos días en casa) se dirigió al baño para ducharse, vestirse y poder comenzar a trabajar. Sin embargo, cuando se sentó en el escritorio su mente comenzó a vagar. Esto no podía durar para siempre. Los fines de semana, los feriados, las vacaciones sí. A ella le encantaba la idea de atender por las mañanas a sus muchachos, pero en días de clases esto sería un problema. De aquí a mitad del curso ella estaría cansada y posiblemente Roland sería amonestado por llegar todos los días tarde. Algo debía ocurrírsele; algo que no significara magia.
Si Robin insistía en comportarse como un niño, quizá debía tratarle como tal. Malacostumbrado. Mucho de esto era responsabilidad de ella, así que debía ser parte de la solución. Recordó alguna conversación con Archie cuando Henry estaba comenzando con su comportamiento rebelde. El psicólogo le habló de no retar al niño por todo lo que no hacía sino premiarlo por lo que hacía. Refuerzo positivo, le llamó.
Regina se acomodó en su asiento y cerró los ojos. Sonreía. Se le había ocurrido la manera perfecta de revertir la situación, ahora solo tenía que ponerlo en práctica.
A la mañana siguiente, cuando la mujer se despertó, miró al hombre que dormía a su lado e intentó ahogar la risa. Si esto no funcionaba, nada lo haría. Estaba arriesgándolo todo. Salió de la cama con cuidado y dejó que la camisola con que dormía se resbalara de su cuerpo. Tomó la bata y se la amarró suavemente, siendo consciente de lo sugerente que aquello debía verse. Decidió no acercarse demasiado, aquello le daría ventaja a su adversario, así que desde los pies de la cama le habló
-Robin… -Susurró en un volumen audible- Robin…
El aludido movió la mano para sujetar el cuerpo que, como siempre, pensaba que estaba a su lado. Al sentir el vacío de la cama se incorporó con rapidez. Sus ojos se abrieron al verle de pie y mirándole con una sonrisa seductora
-Pero qué…-
-He pensado- La mujer tomó el borde de su albornoz- que si te apuras- tiró el nudo para deshacerlo- quizá puedas acompañarme en la ducha- dejó caer la prenda antes de girarse- antes de que marches al trabajo…
Caminó hacia el baño y se afirmó en el umbral de la puerta. Hood le miraba sentado en la cama. Perplejo.
-¿Te espero o debo enjabonarme sola?- Preguntó sugerente
Como impulsado por magia el hombre saltó de la cama y se dirigió al baño.
Esa mañana, los tres habían alcanzado a desayunar juntos en la cocina. Sin carreras. Y Roland había llegado cinco minutos antes a clases.
Un plan perfecto.
O al menos eso pensó Regina porque, a la mañana siguiente, Robin le hizo morritos para que ella le acompañara a la ducha. Es verdad, había conseguido su cometido, ahora era él quien se levantaba primero; pero esto era solo una nueva forma de malacostumbrarlo.
Sin embargo, pensó la mujer mientras se dirigía al baño, que fuera un malacostumbrado, después de todo, podía terminar siendo parte de su encanto.
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Hola, gente, visto el buen recibimiento (y ya que tenía el capítulo avanzado) he decidido actualizar pronto.
Muchas gracias por los comentarios, favs y follows. Espero que sigan por estos lados.
Cualquier comentario, sugerencia, reclamo, ya saben dónde hacerlo llegar.
Saludos :)
