Podía reconocer que no tenía ni idea de dónde se encontraba. Usualmente, cuando salía no se alejaba en exceso de su hogar para no perderse. Sin duda, se había metido en un buen lío. Si alguien lo encontraba allí, sabrían que había abandonado su feudo y, además, había cazado.
Sobra decir que aquello era más que suficiente para rodear su cuello con una soga, pues nadie debía desobedecer las normas del noble de su feudo, y menos aún robarle su preciada carne aunque esta estuviera todavía viva y brincando en el bosque.
Lovino se dejó caer al suelo, descansando su espalda contra el tronco rugoso del árbol más cercano. Él no había tenido más elección. Su hermano era mucho más preciado que él en casa, además de que se le daba mejor el cultivo y cosecha de alimentos, así que sólo le quedaba a él ir a cazar algo para poder sobrevivir ese invierno. La cosecha había sido horrible ese año, y con la cantidad que se había llevado el señor feudal, poco tenían para llevarse a la boca.
Guardó el arco y la flecha que se acababa de romper. Tenía mala suerte como para romper una, aunque al menos había cazado algo. Lo difícil ahora sería llegar a su hogar.
Al comprobar que el sol comenzaba a descender marcando que la tarde estaba cerca, el italiano tomó sus cosas y retomó su camino. Al cabo de unas horas, finalmente pudo notar las pequeñas marcas que indicaban que ese lugar era de alguien, su señor al parecer. Al menos, estaba más cerca de casa. Lo que no pudo evitar fue entrar en pánico cuando escuchó el sonido de unas herraduras golpeteando el suelo, acercándose. Sin dudarlo demasiado, sacó su arco y apuntó al aire, siquiera sabiendo si había alguien o no allí además del equino. Al escuchar un quejido, supo que, efectivamente, lo había. No obstante, los cascos todavía se acercaron más y más, y a sabiendas de lo que acaba de hacer, tiró el arco a un matorral. Todo disimulo valía, pues sus piernas parecían pegadas al suelo con melaza.
El caballo hizo acto de presencia unos segundos después, mostrando al jinete con apariencia noble que lo dirigía. Tenía ropa cara, sin duda, aunque a juzgar por la apariencia, antigua. Todo en un color azul oscuro con detalles plateados los cuales destacaban mejor su piel bronceada y morena, detalle curioso en un noble, pues estos detestaban el sol más que trabajar. Su rostro también tenía un tono tostado agradable, además de unas facciones no demasiado marcadas, dándole un aspecto más gentil. El cabello lo tenía algo rizado y oscuro, cayendo algún que otra ondulación cerca de sus ojos. Aquellos ojos verdes jade los cuales le escrutaban a unos metros de distancia, principalmente con curiosidad más que hostilidad. En su mano derecha, agarraba las bridas, y en la derecha, la flecha que se había quedado clavada en su pierna. Detuvo el trote del corcel y bajó de éste, permitiendo a Lovino admirarlo algo más, de incluso poder inspirar su aire de grandeza. Era la primera vez que el ítalo veía alguien noble con ese aspecto. Sus miradas se cruzaron y Lovino sintió una extraña sensación en el pecho, como si lo hubiera extrañado durante mucho tiempo... Tenía la sensación de que lo había visto antes, en algún otro sitio.
El noble se acercó al menor y le apuntó con la flecha.
–¿Es esto vuestro?
Su voz era suave, no muy grave ni muy dulce. Un tono medio que entonaba perfectamente entre curiosidad y molestia. En su voz había también en un acento bastante diferente al que el ítalo estaba habituado. Lovino se estremeció. ¿Debía llamarlo "señor"? Pues su señor era otro realmente. Se limitó a negar con la cabeza repetidas veces.
–Entonces... ¿Cómo es que tenéis un conejo tirado en el suelo a vuestro lado?– Formuló otra pregunta mientras señalaba al animal con la flecha.
–E-eso no es mío, señor– Se limitó a contestar sin sentido alguno.
El noble frunció un poco el ceño.
–¿Por qué me habéis disparado, si se puede saber?
Lovino sabía que estaba en graves apuros. Había violado varias normas, como entrar en el bosque, cazar... Y además, le había disparado a un noble. Ya estaba preparando su testamento mentalmente cuando las palabras se escaparon de su boca.
–Pensé que queríais atacar a mi señor.
Muy bien. Así se inventa algo con fundamento y válido.
–¿Por qué iba mi persona a hacer eso?
– Porque...– Miró en redor, tratando de pensar algo rápido–. ¿Por qué sino ibais a estar en territorio ajeno a su poder, si se permitís la pregunta?
El hombre ladeó la cabeza, quizás sorprendido por la bravura que el pequeño campesino mostraba.
–Osado. Esa pregunta debería hacerla hacia vos.
Lovino tosió por lo bajo.
–Bueno. En ese caso estamos en un empate– Tomó el conejo con una mano e hizo una pequeña reverencia antes de tratar de escabullirse.
–Eh, ¿a dónde creéis que vais...?
El menor bufó por lo bajo en señal de rendición. Pensó tan sólo por un segundo que aquel forastero sería más idiota de lo que aparentaba.
–¿Sí?
–Os estáis dejando la flecha... Y el arco.
–Ah, bueno. Es que lo he perdido... –Improvisó.
Sólo recibió una sonrisa de contestación.
–Reconocéis entonces que estuvisteis cazando... ¿verdad?
Lovino arrebató de la mano del noble la flecha y apuntó hacia él con esta, directo a la garganta.
–Una palabra y os atravieso.
–¿Cómo habéis hecho ya con mi pierna...?– Dibujó una sonrisa de medio lado que al ítalo se le antojó entre arrogante y realmente atractiva.
–¡No os riais! Con vuestros jodidos lujos y comodidades vivís de la gente que cultiva sus terrenos y no sabéis lo necesario que es para nosotros tener que incumplir las dichosas normas de vez en cuando– Acercó todavía más la punta de su arma, aunque no tardó en notar el filo de algo cortante rozarle el estómago.
–No os estaba amenazando. Simplemente preguntaba si lo hacíais o no. Por cierto, como dato interesante, deberías saber que estáis fuera del feudo de vuestro señor, es decir, que estáis en mi parte de tierra. Tengo derecho a preguntar a un invasor qué está haciendo y por qué me ha atacado.
Lovino abrió la boca varias veces, tomando aire con nerviosismo. ¿No estaba en la zona de su señor feudal? Pues sí que se había perdido pero bien. Todavía más ansiedad paralizó su cuerpo cuando notó el puñal rozarle las costillas.
–Haremos una cosa. Volveréis a casa con las carnes que habéis cazado y retiraréis inmediatamente la flecha de mi cuello. ¿Entendido?
–¿Qué...?
Lovino se movió con lentitud, apartándose del extranjero con cierto miedo.
–Me agradáis– Añadió el noble guardando su arma–. Tenéis carácter. Cuando uno tiene dinero, sólo está rodeado de gente que sólo quiere llenar a uno la boca con palabras bonitas de "vuesa merced es el más grande" y "mi señor siempre tiene razón"...
–¿Noble con dinero? Pensé que estaban extintos– Se mofó el ítalo, todavía con el arco en mano.
–No hay demasiados, y no vengo de este territorio– Le dedicó una rápida mirada sin miedo a sus amenazas–. Tengo un trato que ofreceros.
El menos bajó la flecha, tratando de calmarse.
–Os escucho.
– Sois entretenido...
–Lovino.
–Sí. Lovino– Sonrió, satisfecho de conocer su nombre–. Os ofrezco hacer oídos sordos respecto a lo que ha ocurrido siempre y cuando volváis por aquí.
–No sé ni cómo volver, menos todavía encontrar el camino de vuelta hasta aquí.
–Eso ya será vuestro problema...– Desenfundó su espada y se acercó a Lovino, para hacer una marca sobre la corteza del árbol que cubría sus cabezas– Tiene la opción de marcar varias árboles antes que éste o encontrarlo por instinto.
El ítalo asintió superficialmente, no seguro de por qué estaba pactando. Ah, bueno, porque su integridad física dependía de ello.
–En ese caso, me iré ya pues.
–Espere, señor...– Pidió Lovino.
–¿Por qué se me llama?
–Vos tenéis caballo.
El noble miró hacia el equino, como queriendo entender qué ocurría con esa afirmación.
–Así es.
–Llevadme hacia el feudo de mi señor, se lo ruego.
Lovino llevaba unos minutos actuando osadamente, con todo el descaro que podía y siempre accidentalmente. Se limitó a evitar la mirada del otro y rezar por su suerte, que era mucha. Nunca había tenido tantos problemas o se había atrevido a hablar así a alguien que no fuera su propia familia, mas con aquel joven frente a él, no podía evitarlo.
–Sí, claro. Subíos.
Aquella frase dejó al campesino todavía más descolocado. Definitivamente, era un bastardo con mucha suerte.
El camino de vuelta no fue demasiado interesante. Ambos iban en silencio, de vez en cuando dejando el caballo para hacer una marca en los árboles. Lovino trataba de memorizar el recorrido, difícil si lo único que veía eran piedras y árboles, además de algún animal salvaje que pasaba por ahí. Trataba de permanecer lo más alejado del señor. Nunca había subido a un equino, así que trataba de agarrarse a todo lo que podía, a excepción del otro, mientras se zarandeaba de un lado a otro debido al trote. Más de una vez estuvo cerca de caer al suelo.
Fortuitamente, llegaron a una zona más despejada que Lovino conocía. El hombre se dedicó a esperar a que éste bajase, mas lo único que vio fue como el italiano terminaba con la faz dándose de bruces contra la tierra. Comenzó a reírse cuando Lovino se levantó irradiando molestia ye dedicó una última mirada.
–Recordad dónde hemos quedado en vernos. Dentro de siete días, a medio día. ¿De acuerdo?
–¿Os dais cuenta que estoy jugándome la integridad física haciendo eso?
–Lo haríais de todas formas, ¿me equivoco?– Ante el silencio de Lovino, prosiguió– Nos vemos en ese caso. Por cierto, mi nombre es Antonio.
Dio un par de golpecitos al caballo para iniciar el trote de nuevo y se fue, dejando al ítalo todavía más perplejo. Lovino observó como éste se iba. En el fondo, algo en él sabía que su nombre era ese. Cuando Antonio estuvo lo suficiente lejos, recogió bien sus cosas y dedicó una mirada final a dónde vio desaparecer al que ahora sería su "captor".
–¡Vástago de vuestra ramera madre! – Le gritó, antes de seguir su camino hacia su hogar, rezando no ser descubierto.
A pesar de no estar seguro en si aceptar o no la invitación o más bien orden que el señor le había sugerido, la peor opción sería el no ir. Sabía dónde vivía, y lo había salvado de perderse en el bosque y vagar perdido días o quizás semanas. Si desobedecía, las consecuencias serían fatales.
Lovino se limitó a seguir trabajando en su casa y no volver a pisar el bosque hasta que 7 jornadas pasaron. Fue cuando no le quedó más opción que dejar su hogar con la excusa de buscar algo de alimento y se adentró en donde muchas otras veces había hecho. Poco a poco fue siguiendo las indicaciones, tratando de no volver tras sus pasos y pasarse así el día entero dando vueltas allí perdido. Finalmente, encontró a Antonio sentado bajo el árbol donde habían quedado.
–Eh, señor.
El extranjero oyó a éste y le dirigió una corta mirada antes de volver a lo que estaba haciendo, que era más bien nada.
–Señor Antonio, si a vos no le importa.
Lovino gruñó por lo bajo y se sentó también, por supuesto alejado.
–Pensé que no vendríais– Dijo Antonio cuando el menor se sentó frente a él.
–Como si tuviera opción.
–No lo iba a asesinar si no lo hacía, Lovino.
–¡Pero vos...!
–Mi persona amenazó diciendo que se fuera a casa. La siguiente parte del trato no fue forzada, ¿me equivoco?
Lo que más estresaba al ítalo era la voz inocente del señor feudal. Le ponía de muy mal humor. Se dedicó a observar hacia donde Antonio tenía su corcel.
–¿Cómo se encuentra su pierna?– Preguntó, todavía tratando de evitar el contacto visual.
–Mejor. Pensé que tardaría más tiempo en sanar.
–Tampoco es como si hubiera sido una herida muy profunda... – Gruñó.
Antonio le sonrió, divertido, y lo miró directo a los ojos.
–¿Sabéis? Siento que os conozco de antes...
Lovino negó con la cabeza.
–Nuestro primer y más reciente encuentro fue en estos bosques, señor...Antonio.
El noble ladeó la cabeza levemente, quizás pensando, y decidió cruzar sus brazos.
–Os creeré en ese caso, mas seguiré con esta extraña sensación– Miró al joven–. Habladme de vuestra vida.
Lovino arqueó una ceja, confundido. No entendía por qué alguien como aquel hombre tendría la más mínima curiosidad por la horrible vida del campesino. No obstante, como todo aquello había sido realmente surrealista, se limitó a responder vagamente.
–Tengo dos hermanos, y mi madre falleció hace unos años– Desvío la mirada de nuevo–. Como estoy en edad casadera, mi padre está buscando una moza la cual desposar. Como podrá imaginarse, señor Antonio, no es fácil pues estos instantes nadie busca ampliar su familia debido a la escasez extrema de alimentos. Las tierras no dan más de sí, y el feudo cada vez se ve más imposible de pagar.
Antonio asintió levemente, haciéndose a la idea. Siendo sincero, el hombre que gobernaba las tierras donde Lovino vivía era, como mínimo, un hi de puta. Aunque como él, muchos más.
–Entiendo vuestra situación. No semeja ser propicia.
–Os aseguro que no lo es. Estoy empezando a ser demasiado mayor para casarme, y no me agrada la idea de no conseguir a alguien en mi vida tarde o temprano.
–¿Vuestra edad?
–Dieciocho años.
Antonio sonrió, apenado.
–Todavía sois joven. No tenéis de qué preocuparos. Yo todavía me encuentro buscando una esposa, y mi edad es mayor.
–Pero vos sois rico. Alguna fulana habrá que quiera desposarse.
El noble guardó silencio, para volver a reírse tras ello.
–No es tan sencillo. Creedme.
Lovino le dedicó una mirada más exhaustiva. No lo entendía, de veras que no. Rico, joven, ojos verdes de intenso color prado, cuerpo robusto, no escuchimizado como el que el propio ítalo poseía por la escasez, además de un acento diferente que lo hacía... único. El italiano notó como su sangre subía hacia las mejillas y se abofeteó mentalmente. Aquellos pensamientos eran pecado. Se había prometido a sí mismo olvidar aquella forma de pensar de una vez. No le atraían los hombres, sólo le infundían respeto.
–Si vos lo creéis...
La reunión terminó cerca de una hora después. Ambos compartieron historias, opiniones... Era interesante conversar con alguien de otro... mundo. Los nobles no vivían todos tan cómodamente como el campesino pensaba. Había alguno que tendría poco más que él, y con la obligación a permanecer con honra y honor, ni podían pensar en dejar la vida ostentosa. Por supuesto, Antonio también descubrió datos que desconocía, como la más absoluta pobreza del campesinado.
No acordaron volver a verse, mas parecía que de una forma y otra, se buscaban. No entendían cómo, pero había ocasiones donde simplemente se encontraban. El propio Lovino notó que más de una vez se había ido a buscar al noble sin razón aparente, y como si hubiera sido de mutuo acuerdo, ambos se cruzaban en medio del camino.
Y ya que se habían encontrado, hablaban. Poco a poco la relación vasallo-noble se había convertido en una de amistad, extraña, pero eso era.
Antonio echó una rápida mirada a Lovino, que estaba sentado frente a él, y bebió algo de su botella. Sin duda, el ítalo estaba mucho peor que la primera vez que lo había visto.
–¿Os encontráis bien, Lovino?
El menor miró a su copa sin demasiado interés, cansado.
–Perfectamente.
–No me mintáis...
Lovino bebió el vino que tenía y frunció el ceño algo más.
–Fulmíneme Dios si miento– Miró de reojo al cielo, esperando a que nada pasase.
Antonio rodó los ojos con hastío. Ese chico lo exasperaba algunas veces.
–¿Necesitáis alimentos de nuevo? Sabéis que no tengo problema en traer de nuevo.
–No soy vuestra esposa, así que no necesito que me mantengáis.
–No me gusta veros así. Estáis prácticamente en los huesos, un saco de piel con ceño fruncido...
Lovino gruñó de nuevo y desvío la mirada, sonrojándose levemente ante el vergonzoso comentario.
–Que me dejéis...
–No seáis gruñón. Así la única esposa que conseguiréis será una aún peor que vos, quizás un oso.
Recibió un codazo en las costillas por parte del campesino, no muy fuerte, pero dolió.
–Tampoco busco en estos momentos. Ya me cansé. Todas y cada una están ya prometidas o mala fama les precede.
Antonio abrió la boca para protestar, mas decidió permanecer en silencio mientras su compañero devoraba el pedazo de carne asada que el noble había traído.
–Lovino, querría haceros una propuesta.
–¿Qué se me solicita?– Preguntó éste con la boca llena de costilla.
–¿Por qué no os venís a mi feudo? Nadie tendría por qué saber que lo habríais hecho, y os aseguro que las tierras cultivables son notablemente mejores que donde vos aráis.
Lovino frunció el ceño, mas se lo pensó.
–Es una propuesta tentadora, pero yo tengo familia, y aunque estos prácticamente muestren conocerme a no ser que porte comida en mano, tengo que tratar de ayudarles.
El moreno suspiró, no convencido, y se acercó más a su amigo, el cual golpeó su propia cabeza contra el tronco del árbol donde descansaban por la impresión. Antonio rompió a reír, prácticamente sin tener tiempo a respirar entre carcajada y carcajada. Se tiró al suelo y trató de contener la risa cubriendo la boca con la mano, consiguiendo que le saltara una lágrima de forma dramática. Lovino frunció el ceño, rojo hasta las orejas por aquella reacción, y le dio una patada a su amigo, quien a pesar de terminar con la cara sobre la hierba por el golpe, seguía riendo como un idiota.
–¡Parad!
Antonio alzó la vista, todavía sin poder respirar de forma totalmente correcta. Su rostro tenía polvo y tierra mojada por las lágrimas, además de una hoja pegada a la mejilla.
–¡Os he pedido que paréis!
–Pero no lo haré– Se sentó correctamente y le dedicó una mirada que dejó a Lovino sin respiración.
Era felicidad, de la verdadera. Sus ojos centelleaban y la sonrisa que adornaba su manchado rostro era totalmente auténtica, pura.
Lovino se sonrojó todavía más, mas esta vez no era por la misma razón que antes. Sonrió también y lo empujó sin mucha fuerza hacia atrás.
–Sois un estúpido.
–Y bien feliz que estoy.
El ítalo rio también y negó con la cabeza en señal de rendición. Antonio se situó a su lado y lo miró directamente a los ojos.
–¿Sabéis una cosa, Lovino?
Este negó, comenzando a sentirse nervioso de pronto ante aquella acción cercana. Lentamente, acercó la mano al rostro de Antonio, quitándole la pequeña hoja de la mejilla.
–No estoy buscando esposa, pero no se lo digáis a nadie.
Lovino alzó una ceja. ¿Él tampoco?
–¿Por qué?
–No tengo interés.
–¿En tener descendencia?
–En las mujeres.
Lovino se apartó rápidamente, caminando con las palmas de las manos y pies hacia atrás mientras se medio arrastraba usando el trasero como impulso.
–¿¡Quéee!?
–Bueno, tampoco me agrada la idea, pero es-
–¡Atrás, atrás!– Comenzó a hacer cruces con los dedos, tratando de espantar al diablo.
–Lovi, ¿pero que ha-?
–¡Atrás he dicho! ¡Satanás!
–Pues pensé que os pasaba lo mismo...
–¡Oye!
Antonio se movió hacia su sitio de nuevo y suspiró, rendido.
–Creo que me iré.
–¡Más os vale! ¡No volváis a acercaros a mí!
El noble frunció el ceño, ofendido. Si las palabras anteriores lo habían herido, estas lo habían destrozado. Se levantó y arrojó su bolsa hacia Lovino.
–Disfrutad de vuestras miserias en compañía de nadie, Lovino.
Con prisas, subió a su montura y se fue sin mediar palabra, dejando al italiano aturdido por todo lo que acababa de pasar. El menor abrió la bolsa con cierto miedo, más sólo encontró alimentos y unas monedas.
Lo que había ganado no se comparaba a lo que acababa de perder. Lentamente, se levantó del suelo, cargó con la bolsa a su espalda y se dirigió hacia su casa.
Esa sería la última vez que vería al noble, al menos en esa vida.
...o...o...o...
Bueno, bueno. El siguiente capítulo ha sido publicado, la flecha disparada, Antonio rechazado y Lovino abandonado. Una bonita historia, sin duda.
Creo que no he de comentar nada más. Sólo que espero que os haya gustado.
¡Hasta la próxima!
