Disclaimer: Saint Seiya NO me pertenece a mí sino a ese ser superior que es Kurumada.
Advertencias: ...
Pareja/Personajes: DM de Cáncer x Aioria de Leo
Acotaciones:
Las especificaciones están en la primera página :D
Lluvia
DeathMask puede pasarse largas horas sentado en la oscuridad, observando la lluvia, gota tras gota, tras gota, tras gota, caer con lentitud desde el cielo y deslizarse con la misma calma por el mármol empapado de las paredes.
El problema es que hasta la lluvia griega es caliente en invierno y aunque eso no le gustaba pero ni por casualidad, es el único puto paisaje que te encontrarás si estás por esos lares en esa época del año en particular y no quieres, por ningún motivo, quedarte en el interior de tu templo para que se te pudran desde los huesos hasta los pensamientos.
Tal vez es por ello, o por el hecho de que puede que Death esté más podrido por dentro que cualquiera en comparación a sus compañeros y, por lo tanto, no tenga más órganos que los que están descomponiéndose per se en su interior, ni pensamientos que no estén podridos desde el principio, que no desee estar en el interior en esos momentos.
Es por ello que termina auto imponiéndose el disfrutar de ver cómo esos pedazos de cielo caliente caen sofocantemente por encima de su cabeza, porque está seguro que, de estar dentro, la única opción que tiene es tirarse en el piso a observar cómo las ratas se comen los restos del emparedado que no se terminó y que, de pronto, un detalle en la pelea que sostienen los roedores parece abrirle el apetito. Un poco, es decir, no tanto como para comerse, a su vez, los restos de los restos que dejaron esas putas alimañas y ni siquiera como para ponerse de pie y arrastrar su decadente persona hasta la cocina por una cerveza que, para variar, estará caliente porque la nevera continúa descompuesta.
Tal vez puede que, por las mismas razones, a estas alturas prefiera pasarse una eternidad maravillándose con el milagro de la naturaleza a soportar el panorama descrito en el párrafo anterior.
Al menos este es un tanto menos desolador y tiene que reconocer que se regocija un poco en el hecho de que, tal vez, la lluvia sea el indicio de que alguien allá arriba, alguien asquerosamente bueno, divino y dadivoso, está llorando.
Es por ello que sonríe, como niño chiquito, casi cae en lo risueño y mientras se consuela con sus propias cavilaciones corruptas y reprochables, se le antoja el cigarro que trae en la chaqueta.
Estira la mano hasta alcanzar una de las pequeñas, pero cálidas, gotitas de agua y le permite a esta deslizarse por el contorno de su diestra, luego llegar a la palma, hasta su muñeca, y perderse en el antebrazo.
Encuentra lo que busca en uno de sus bolsillos, sin demasiada dificultad, lo enciende con maestría y lo acerca a su boca de una. Entonces vuelve a reír, recostándose abiertamente contra la muralla de mármol de la antesala de la casa en la que se halla.
Le da una probada a su cigarro y mientras sus pulmones se llenan de humo, nicotina y otras perversiones que trae consigo implícitamente el vicio de fumar, observa la lluvia caliente caer, contrarrestando el frío típico de las madrugadas como esas. La verdad, por culpa de este hecho, es que decide pasarse unas cuantas horas más, no sabe con exactitud qué cantidad, haciendo nada más ni nada menos que mirar.
De pronto le da la impresión de que el chubasco cae con más lentitud, de manera casi inconstante y se da cuenta de que la llovizna invernal está dando los primeros indicios de que pronto se va a terminar, deteniéndose del todo. Death suspira, porque eso significa que luego no habrá más que oscuridad, silencio sepulcral y ninguna diversión de la que disfrutar.
Entonces tendrá que volver a su templo, que también está sumido en penumbras y quietud y, como que no quiere la cosa, está seguro que va a terminar tirado en la cama, o el piso, lo que encuentre primero su cansado cuerpo, con la chaqueta mojada aún puesta y se quedará dormido con los pantalones a medio quitar.
A la mañana siguiente, cuando despierte, no habrá lluvia ni nada que valga la pena de mirar, sólo humedad, charcos en el suelo del templo, goteras y el recordatorio mental de que tiene que subirse un día al techo a revisar.
Está a punto de apagar el cigarro de no ser porque, por el rabillo del ojo, percibe la deliciosa silueta de pie delante de él.
-Death…
Aioria trae puesto los boxers. A duras penas y con esfuerzo, porque el tonto se los ha puesto al revés y tan a la rápida que el muslo izquierdo del muchacho muestra un poquitín más de piel, una gloriosa curva y consigue marcar un tanto más de lo habitual ese hueso en la cadera que se le hace tan delicioso en el gato en particular.
Está seguro que el castaño se puso de pie de un salto, al percatarse de su ausencia en la habitación y el hecho de que no hubiese nadie que intentase recuperar las sábanas, vistiéndose en la oscuridad.
Está el doble de seguro de que el pobre, por la urgencia de encontrarle, hubiese aparecido en pelotas de ser necesario, pero conoce lo suficiente a Aioria como para saber que, en el fondo, sigue siendo un crío pudoroso, recatado en lo que se refiere a las apariencias, bueno y bonito como ningún otro griego, ni ser humano, vivo o muerto, que haya tenido el placer o la desgracia de tener antes en su lecho, enredado en sus sabanas y sudando bajo su cuerpo.
Es por culpa de ese último pensamiento que siente que tiene todo el derecho de sonreír a sus anchas.
-A ver, ¿qué se supone que haces aquí afuera?
-Ah-suspira el cangrejo, mirándolo aún desde su posición en el suelo, como si de pronto hubiese recordado cuál era la respuesta a esa pregunta-Lo que pasa es que creí que estaba soñando con un minino en ropa interior, pero mira nada más ni nada menos: ¡Allí estás!
Aioria rueda los ojos en cuanto escucha al italiano reír, como si el subconsciente, o sea lo que sea qué es esa vocecita en la cabeza del cáncer que le dice que haga cosas estúpidas, le hubiese contado el mejor chiste de su repertorio.
-A dormir, crustáceo estúpido, deja esos delirios y divagaciones tuyas para mañana en la mañana-suelta el gato, brusco, con más ganas de estar enredado en las sábanas como hace un rato, con el cuerpo bien formado, aunque un poco frío, del italiano, en lugar de estar ahí afuera con el sonido de la lluvia apagándose de pronto.
El aludido asiente, sin dejar de sonreír, aplastando el cigarro contra el piso mientras se lamenta un poco que el cielo dejara de caerse del todo, pues sin duda que mañana hará un hermoso día despejado, desprovisto de nubes y con un arcoíris todo gay cruzando el puto cielo sólo para molestarlo.
DeathMask vuelve a suspirar, sacándose la chaqueta. Al terminar se la arroja al quinto guardián, sin demasiados miramientos ni prestar mucha atención a que lo ha hecho con un poquitín de cosmo de por medio. De no ser porque al que se la lanza cuenta con rapidez y reflejos casi gatunos, el cáncer hubiese logrado estamparle la prenda graciosamente en el rostro al griego, pero el hombre logra agarrar la chaqueta en el aire y levanta una ceja en señal de incomprensión.
-Es la humedad. Está helando como el jodido último círculo del infierno.
Entonces agrega una sonrisa a semejante declaración de preocupación. Aioria no sabe si es eso o la sonrisa en si la que le hace sentir de pronto como si se derritiera, pero orgulloso como es no está dispuesto a permitirle al mayor el privilegio de verle sonrojar. Así que se la pone perezoso, de mala gana y termina casi al mismo tiempo en el que Death se incorpora del todo.
El italiano alcanza a Leo en dos grandes zancadas y le sube el cierre de la chaqueta hasta el mentón.
-No quiero que vayas a pillar un resfriado, gato.
Aioria vuelve a alzar una ceja, mientras comienza a caminar y le observa desde arriba, aunque está consciente de que en realidad está más abajo, por el rabillo del ojo.
-No sabía que te podías poner tan cariñoso-comenta, atento y alerta, pero gustoso, muy en el fondo, de sentirse el perpetuador de esa faceta que no le ve casi nunca al cangrejo endemoniado de las pelotas.
-Nah. No estoy cariñoso, pero tampoco es muy bonito ver a los mininos buenos estornudar.
-¿Ah, no? ¿Y eso?
DeathMask sonríe con perversión. El gesto se ensancha en su rosto cuando se inclina un poco hacia el griego, pues las zapatillas que trae puestas sin atar y el hecho de que Aioria esté descalzo, logran darle la ventaja de un par de gloriosos centímetros de altura de los que se permite disfrutar. A pesar de lo que parezca, es un hombre bastante simple y sencillo, después de todo.
-Me causa demasiada ternura ver a un gatito estornudar-suelta, en un susurro cargado con un tono demasiado sensual para ser tan sutil como pretender ser.
Aioria no sabe si reírse o ponerse colorado como un tomate, así que opta por guardar silencio, un tanto turbado con la confesión anterior. Death vuelve a sonreír, lamiéndose los labios al ver la reacción de su compañero de armas y, ni corto ni perezoso, se apresura en agregar:
-A ti no te conviene que me ponga tierno, gato, ni a ti ni a tu culo. Oh, bueno, sí le conviene un poco al pobre, pero como sé que eres un masoquista y que te gusta bien duro.
Leo siente el repentino deseo de empujar al crustáceo escaleras abajo, pero está muy cansado como para siquiera pensar en lo que le dirá a la mañana siguiente al patriarca en cuanto descubran el cadáver del cáncer estampado contra el techo del templo más cercano.
-Ya sabes-continúa el susodicho-Te acuestas conmigo por eso y no con el cursi de Tauro, jajaja.
Aioria rueda los ojos, reconsidera el arrojarlo desde algún lugar alto y suspira, pero de todos modos termina contagiándose del animo del italiano y sonríe también.
De pronto la lluvia vuelve a comenzar, pero Death está demasiado entretenido en algo más interesante como para prestarle atención al berrinche que allá arriba, en el cielo, está haciendo alguien demasiado bueno, divino y dadivoso.
