Junio había llegado con una inesperada ola de calor. George tenía todas las ventanas del apartamento abiertas intentando que así el aire fresco entrara pero servía de poco. Los meses de verano no había mucho movimiento en la tienda por lo que podía emplear su tiempo en hacer otras cosas.
El pelirrojo había comenzado a pensar en nuevos productos para el comienzo de curso. Desde el aniversario de la muerte de su hermano se había convencido a sí mismo de que no podía seguir autocompadeciéndose. No le hacía ningún bien ni a él ni a su familia. Y sabía que Fred le apoyaba en su desición.
George estaba decidido a avanzar. La tristeza por la pérdida de su hermano no se iría fácilmente pero tendría que aprender a vivir solo. Todavía era joven, no podía dejarse morir de pena.
Subió las escaleras para ir al aseo. Aún no era capaz de dormir en su cuarto sabiendo que su hermano no estaba en el de al lado. George también creía que su espalda se había acostumbradoAntes de entrar se paró un momento a observar la puerta cerrada.
Después de haber estado con Angelina aquel día en el cementerio había intentado entrar pero cuando ya tenía la mano en el pomo no había sido capaz. No se veía preparado aún para dar ese paso.
Entró al baño para terminar de arreglarse. Había quedado con Ginny para ir a tomar un helado en Florean Fortescue y así hacer frente al calor. Le apetecía tomarse un helado de limón. Sonrió a su reflejo en el espejo. Le encantaba el helado de limón desde que era pequeño.
Se acomodó la fina camisa intentando planchar las arrugas que tenía, sabía que Ginny le reñiría si aparecía hecho un desastre. Su hermana era la que más le estaba ayudando a salir un poco cada día de su casa y estaba tremendamente agradecido por ello.
Ginny había conseguido que acabara con el mal vicio que había tomado de ahogar sus penas en alcohol. Y había pasado más de un fin de semana ayudándole a recoger la casa. Pero ninguno de los dos había podido entrar en el cuarto que tenía escrito «Fred» en letras moradas.
Colocó un par de mechones de su cabello para atrás y dándose el visto bueno, se apareció en el Callejón Diagon cerca de la heladería.
Su hermana aún no había llegado por lo que George se dedicó a observar a los magos que se paseaban disfrutando de aquella soleada tarde de verano. Un par de niños acompañados por su madre le señalaron. A pesar de la breve repreimenda de la mujer, George saludó a los dos chicos con un gesto de la mano y sin dejar de sonreír.
Parecía que todo estaba volviendo al orden correcto de las cosas y los niños podían volver a comportarse como lo que eran. No tenían porque vivir con miedo como ocurría un año atrás.
Sinceramente, George esperaba volver a encontrarse con esos dos chicos en su tienda algún día aunque todavía parecían demasiado bajitos para ir a Hogwarts. El sol le calentaba el rostro y cerró sus ojos disfrutando de la sensación.
Escuchó como la gente reía en las terrazas, como los niños corrían despreocupados y un par de brujas hablando de no sé que nuevo accesorio que había traído Madame Malkin. Por primera vez en muchos meses, George sentía cierta paz interna que necesitaba.
Sintió como alguien tocaba ligeramente su hombro. Al abrir los ojos, se encontró con la bonita sonrisa de Angelina.
—¡Hola George! Siento si te he molestado. Es que te he visto y no he podido evitar saludarte. ¿Qué tal estás?
George se había quedado parado como un tonto. La chica llevaba un vestido veraniego color amarillo que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Era casi como si estuviera viendo al ser más bonito de la tierra a pesar de que solo fuera su amiga.
—¿George? ¿Estás bien?
El pelirrojo volvió en sí. Se sonrojó ligeramente aunque parecía que la morena no lo había notado. ¿Cómo era ella capaz de siempre dejarle sin palabras? George sabía bien porque era pero no quería admitirlo. Sonriendo amablemente, miró a la chica que estaba esperando una respuesta.
—Sí, sí. Claro que estoy bien. Es que me ha sorprendido verte aquí de repente. No sabía que vinieras a menudo por el Callejón.
Angelina colocó un mechón de cabello detrás de su oreja y agarró la correa de su bolso. George llegó incluso a pensar que parecía estar nerviosa.
—Oh no, no vengo mucho, la verdad. Pero es que me apetecía un helado de limón. Y aunque no reniego de los helados muggle, el de aquí está buenísimo. ¿Y tú, qué haces por aquí?
—Estoy esperando a Ginny. Habíamos quedado para tomar un helado también. ¿Menuda coincidencia, verdad? Aunque está tardando demasiado.
—¿Con Ginny? Qué extraño. Oliver me dijo hace un par de días que tenía una entrevista con ella esta misma tarde. O estoy casi segura de que me había dicho que era hoy, ¿es martes, verdad?
—Sí, es martes. Vaya, supongo que se habrá olvidado. Menos mal que has aparecido tú, sino me hubiera quedado aquí viendo las horas pasar. Supongo que me volveré a casa, sí, será lo mejor que pueda hacer. Un placer verte de nuevo Angelina.
George sonrió desanimado y se giró dándole la espalda a la chica. No se veía capaz de acercarse a ella a darle dos besos de despedida sin querer estar más tiempo junto a ella. El día se había nublado ligeramente dentro de la cabeza del pelirrojo. Cuando comenzó a andar escuchó como Angelina le llamaba.
—George, ¡espera!
Angelina andó gracilmente hacia él. O tal vez era los ojos con los que George la miraba.
—Yo iba a pedir un helado sola. Sólo si quieres, podemos sentarnos juntos y así nos hacemos compañía. Retiro lo dicho, me niego a que te vayas sin haber tomado el helado que querías. Te quedas conmigo. Vamos, todavía hay mesas libres en la terraza.
Angelina tomó de la mano a George y tras una pequeña carrera, ambos estaban sentados el uno frente al otro hablando un poco de todo. Sobre la mesa, dos copas de cremoso helado de limón se deshacían sin que ellos se percatasen.
