Capítulo II: Un simple toque de su piel.

El dolor punzante en su hombro izquierdo lo obligo a abrir los ojos. Lo último que recordaba era estar peleando con un insignificante demonio que, en un descuido suyo, se había atrevido a tocarlo.

Cerró los ojos. A pesar de que está vez no había perdido el brazo, la herida le dolía, aún más que en aquella ocasión. Llevo su mano derecha hasta su hombro izquierdo. Mataría a esa sabandija cuando lo encontrara, de la forma más dolorosa que se le ocurriera en ese momento.

Después de permanecer por varios minutos en esa posición, abrió nuevamente los ojos. Siendo consiente esta vez del agua que se deslizaba suavemente, desde sus rodillas hacia bajo, entre sus ropajes.

Se sentó con un poco de dificultad, ahogando un pequeño gruñido de dolor. Tenía que moverse, aunque, en ese momento dicha tarea a su cuerpo le pareciera imposible. Debía iniciar su recorrido hasta que Jaken y Rin se cruzaran, como siempre sucedía, en su camino.

Intento levantarse, pero el dolor punzante que sentía en su hombro se intensifico. Además, de que parecía estar debilitándose cada vez más. Bajo la manga de su hitori, observando la profunda herida que tenía en el hombro, cuyo contorno estaba oscuro y pequeñas líneas de ese mismo color parecían estar extendiéndose desde la herida hasta el resto de su cuerpo, causándole mucho dolor en dicho proceso.

Había subestimado a aquel demonio, pero cuando lo volviera a ver, se aseguraría de…

Un pequeño jalón en su estola lo saco de sus cavilaciones, provocando que girara en esa dirección e inmediatamente su ceño se frunció como reflejo de su molestia. Allí, en el lugar donde Rin antes descansaba, estaba una asquerosa humana.

Si había algo que detestara más que ser tan fácilmente vencido, era que un asqueroso humano lo tocara, claro está, a excepción de Rin. Levanto la mano asqueado con la intención de desgarrarla, pero se detuvo a unos centímetros de la cabeza de la humana, cuando se percató de la vestimenta que ésta llevaba.

-"Una sacerdotisa"-olfateo el aire, percatándose de que no era el olor que ahora poseía la mujer de Inuyasha. Sin embargo era un poco similar. Pero eso carecía de importancia, porque aquella solo era una simple y asquerosa humana que además osaba tocarlo. Lo mínimo que merecía era la muerte.

Levanto nuevamente su mano. Pero esta vez sus ojos se encontraron con otro par que lo observaban fijamente. No había miedo, como generalmente sucedía cuando un demonio o humano lo observaba. Pero esa humana no solo lo observaba, sino que además lo amenazaba con dispararle una flecha. Si no se hubiese enojado más de lo que ya estaba tal vez se hubiese reído por tal impertinencia. Un ser inferior creía poder matarlo.

A pesar de que el demonio tenía una expresión estoica, podía jurar que había contraído, casi imperceptiblemente, su mandíbula probablemente por la furia que sentía en ese momento. Sabía que apuntar a un demonio sin poderes espirituales era peligroso. Pero si ese demonio era el hermano de Inuyasha era una condena segura y dolorosa de muerte. Pero ella jamás se había dejado intimidar por un demonio, y a pesar de su desventaja esa no sería la primera vez.

Él pareció notar algo, porque movió el rostro casi imperceptiblemente de un lado a otro, como si estuviera buscando algo en el aire. Ella a provecho dicha acción para rodar hacía el pasto, antes de arrodillarse en éste, sin dejar de apuntarle.

-La sacerdotisa muerta -dijo él, con aquella voz tan carente de emociones que tanto lo caracterizaba. A pesar de que estaba seguro de que aquella mujer había muerto definitivamente algunos años atrás, y el olor a muerto ya no la acompañaba, estaba seguro de que de ella se trataba. No solamente por su notable parecido con la mujer de Inuyasha, sino, más específicamente por esa mirada vacía tan impropia de seres que se dejan llevar por sentimientos como los humanos. Esa mirada la había observado únicamente en aquella humana.

En una de las ocasiones en que se habían encontrado, había quedado claro que ninguno de los dos se interpondría en el camino del otro. Y al parecer así seguiría siendo. Simplemente porque él no podía atacarla, y ella no podía purificarlo. Y aunque pudiera no lo haría, porque aquel demonio igualmente moriría.

Bajo el arco. Y, después de recoger el cajac y las pocas flechas que habían sido arrastradas por la corriente, sin decir ni una sola palabra camino en sentido contrario, alejándose lo más que pudiera de él. Tenía que encontrar la forma de romper el sello y purificar a aquel demonio. Extinguirlo de una vez por todas como debieron hacerlo cientos de años atrás.


Los rayos solares que se colaban por el techo impedían que sus ojos se abrieran totalmente. Los abrió lo más que pudo observando a su alrededor, tratando de identificar de dónde provenía aquella voz, que aunque la había despertado, no lograba reconocer.

-Ya despertaste -. Cerró los ojos y se colocó una de sus manos en la cabeza. El dolor era tan fuerte que la cabeza parecía quererle estallar -. Pronto dejara de doler

Abrió un poco los ojos, distinguiendo una figura borrosa -. ¿An...ciana K-Kaede? –pudo distinguir en la figura borrosa una sonrisa -. ¿Qué…? –intento sentarse, pero su cuerpo también dolía.

-No te esfuerces, Kagome. Aun necesitas descansar

Cerró los ojos, no entendía que sucedía. Todo su cuerpo dolía, y su garganta estaba reseca, como si hubiese caminado por horas en un desierto. Lo único que recordaba era estar hablando con Inuyasha sobre un… sus ojos se abrieron abruptamente, al recordar todo lo que había sucedido.

Sus manos temblaban mientras descendían por su cuerpo, hasta que se posaron debajo de su ombligo. Cerró los ojos, tratando de concentrarse a pesar del dolor, punzante, que aun sentía en la cabeza, y aquella sensación de miedo que aumentaba en cada segundo. Su hijo podría estar muerto por su imprudencia.

-"Por favor… tienes que vivir" – no sentía nada, pero no podía darse por vencido. Cerró con más fuerza los ojos, y segundos después un sollozo se escapó de sus labios.

-Kagome… -la voz de la anciana tembló. Abrazo a la chica, cuando esta empezó a llorar, sin apartar las manos de aquel lugar.

-Esta… aquí -aún era muy débil la presencia, pero su hijo todavía existía.


Caminaba sin rumbo. No sabía dónde se encontraba su amo, pero sabía que, igual que siempre sucedía, se terminarían encontrando.

Miro de reojo hacia Ah-Un, quien llevaba a Rin, aun desmayada. Sabía que su amo aprobaría esa decisión, pues esa aldea humana, ya no parecía ser segura para la permanencia de la chica.

Suspiro cansinamente. Lo único que esperaba era no encontrarse con un demonio antes de encontrar a su amo Sesshomaru.


Miro hacia su esposo. Aún llevaba pequeños fragmentos del sello que Miroku le había colocado, en el pecho, para que se tranquilizara, mientras la anciana Kaede la revisaba. Él tenía los ojos cerrados, como si dormitara, tratando de aparentar que no pasaba nada, pero ella lo conocía lo suficiente para saber que no era así.

-Deberías ir a buscarla –dijo llamando la atención de él. Recordaba perfectamente lo que había sucedido entre Inuyasha y Kikyo, antes de que el demonio apareciera, pero como siempre trataba de comprender a Inuyasha -. Estaré bien, Sango y la anciana Kaede…

-No te dejare -dijo -. Además, Kohaku, prometió buscarla mientras busca a Rin

-Pero tienes…

-No te dejare –dijo cruzándose de brazos, dándole a entender que allí, había finalizado la conversación.

-Entonces iremos juntos mañana

-¡Eres una tonta, como se te ocurre decir esa estupidez! –se arrepintió de lo que había dicho, cuando ella frunció el ceño, y antes de que pudiera retractarse, un susurro, que él entendió a la perfección, salió de los labios de ella, provocando que él cayera de cara contra el suelo, maldiciéndose en esos momentos por no aceptar quitarse ese collar de los infiernos cuando Kagome se lo propuso.

Levanto la mirada, sabiendo que probablemente, no, estaba seguro, que lo que diría le haría ganar otro abajo. Pero sin importar cuantas veces cayera al piso, no cambiaría de opinión, no mientras ella no se recuperara. Pero lo que vio lo dejo sin habla. Kagome, lloraba mientras se tocaba el vientre.

Se levantó de un salto -. ¿Estás bien? -dijo notablemente preocupado -. El cachorro, ¿está bien? –pero ella no respondió -. ¿Kagome...?

-Son las hormonas –dijo con una sonrisa sin dejar de llorar, y claro que él sabía perfectamente a que se refería, después de todo la palabra abajo era la preferida de Kagome en los últimos cinco meses, gracias a aquellas hormonas infernales, como él las había bautizado, a pesar de los nombres que Kagome utilizaba para designarlas -. Tienes que matar a ese demonio antes de que la encuentre –dijo llamando la atención de Inuyasha, quien parecía estar pensando en algo muy doloroso -. Ella esta sellada, y yo… casi asesino a nuestro hijo. Él será un hanyou, y entre más energía espiritual utilice, corro el riesgo de purificarlo.

-Kagome…-coloco una de sus manos en la mejilla de ella, y la otra sobre las manos de la chica, que aún permanecían en su vientre -. Lo siento –ella sabía a qué se refería él -. Ya no amo a Kikyo, pero…

-Ella aun lo hace. Eso lo sé… después de todo, la perla se aprovechó de eso –bajo la mirada. A pesar del tiempo, lo vivido hacia cinco años, aún le causaba dolor.

-A Kikyo, a ella siempre la voy a querer –eso ella lo sabía, y lo había aceptado -. Pero de una forma diferente... porque te... amo a ti -dijo esto último en un pequeño susurro, notablemente ruborizado, que hizo que la chica levantara la mirada. Sonriendo, a pesar de que él miraba a un lado. Casi nunca le decía lo que sentía, pero cuando lo hacía y ella veía aquella reacción, siempre causaba el mismo efecto, como si fuera la primera vez.


Miro hacia el horizonte. Pronto anochecería, y aún permanecía en aquel bosque. Estaba sola y no poseía sus poderes espirituales. Sería una presa fácil para cualquier demonio que se encontrara cerca, si no encontraba un lugar que fuera medianamente seguro. Teniéndose que conformar, cuando oscureció, únicamente con un árbol, muy parecido al árbol sagrado. Se colocó el arco y una fleca sobre las piernas, dispuesta a defenderse si era necesario.

Observo hacía el cielo, el cual era decorado por la luna y las estrellas. La noche era armonizada por el suave ruido que hacían los arboles al ser movidos por la brisa, el chirrido de algunos insectos y el croar de las ranas. Cerró los ojos. Nuevamente se encontraba sola. A pesar de que odiaba estarlo, ese parecía ser su destino... la soledad. Incluso, aunque sonara paradójico, se sentía más sola que cuando Naraku la acosaba cinco años atrás.

-Inuyasha...

Ya ni siquiera tenía aquella pequeña esperanza, que atesoraba, cinco años atrás, de que Inuyasha, tal vez estaría algún día con ella, aunque su corazón había dejado de latir cincuenta años antes.

Sintió nuevamente aquel dolor, que amenazaba con hacerla llorar, por lo cual se reprendió. Los sentimientos que tenía por Inuyasha la hacían débil. La hacían sentirse como la persona que quiso ser cincuenta y cinco años atrás... una mujer normal. Pero si quería cumplir la misión que ahora tenía, debía enterrar aquellos sentimientos nuevamente, y más ahora que sabía que no volverían a ser correspondidos por él.

Abrió los ojos, segundos antes de que los arboles dejaran de moverse, y el silencio invadiera todo el lugar. Inconscientemente agarro el arco, colocando la flecha, y lo tenso. A pesar del tiempo, aquella sensación la reconocía perfectamente.

-¡Sal de donde estas! -no podía defenderse de un demonio, pero jamás se dejaría amedrentar. En respuesta, se escuchó un canturreo suave. Respiro profundo, ya sabía qué clase de demonio era -. ¡Muéstrate!

Un fuerte rugido se escuchó a unos metros, antes de que los árboles empezaran a moverse con violencia, incluyendo en el que ella estaba, por lo cual bajo sus piernas al vacío, cruzándolas debajo de la rama donde estaba sentada, tratando de mantenerse, lo más fija que pudiera, en su sitio.

Vio una pequeña luz dirigirse hacia ella, por lo cual, sin más opción, se dejó caer, segundos antes de que el árbol, donde antes se encontraba, cayera al suelo. En su bajada, se golpeó con algunas ramas, antes de caer al pasto, pero gracias a eso su caída se amortiguo un poco.

Levanto la mirada, y sin importarle el dolor que en ese momento sentía en su cuerpo, rodo hasta alcanzar el arco y el cajac. Tenso nuevamente el arco, justo en el momento que aquella luz se dirigía hacia ella. Disparo. Antes de sentir un pequeño ardor en su hombro derecho.

Frente a ella apareció un demonio. Era aproximadamente de dos metros, poseía dos grandes cuernos de color negro en su cabeza, su rostro casi humano, poseía dos grandes ojos rojos. Su boca poseía tres filas de afilados dientes, de los cuales, sobresalían un par de colmillos, que le llegaban hasta la barbilla. Su cuerpo, que parecía ser de un gran felino, poseía un pelaje rojizo. Poseía cuatro patas, de las cuales, las traseras poseían lo que parecían ser tres pares de espinas en forma vertical, y su cuerpo terminaba en una gran cola, similar a la de un escorpión. Era una Mantikoa.

Lanzo algunas flechas, pero ninguna se ilumino. En ese momento se preguntó por qué con aquel demonio había funcionado. Pero antes de que pudiera llegar a una conclusión, un golpe la hizo caer al pasto, y un ardor invadió su costado izquierdo. Lo miro, percatándose de que en el lugar donde sentía la molestia, la tela blanca del hitori, se empezaba a colocar roja.

Si no encontraba una forma de matar a aquel demonio, ella moriría irremediablemente en aquel lugar. Necesitaba ganar tiempo, para pensar en una estrategia, o algo por el estilo, que le permitiera matar a ese demonio sin utilizar sus poderes espirituales. Agarro el arco, tensándolo nuevamente con una flecha. Solo tenía una oportunidad.

Rodo, segundos antes de que el demonio cayera sobre ella, y antes de que pudiera reaccionar nuevamente la bestia, lanzo la flecha a uno de sus ojos. Escucho un gran rugido, y sin confirmar la zona en donde la flecha se había hundido, se levantó con un poco de dificultad, y corrió, mientras que se agarraba con una mano el lado izquierdo de su cuerpo y, con la otra empuñaba el arco y el cajac, sin percatarse del camino que tomaba. Solo buscaba ganar tiempo.

No sabía que distancia llevaba corriendo, pero aún podía escuchar claramente los gemidos de dolor que se iban trasformando lentamente en rugidos de rabia.

Se tropezó en varias ocasiones, pero su cuerpo solamente cedió, cuando se percató en el lugar donde se encontraba.

Sentado, con la espalda recostada en un árbol, se encontraba el hermano de Inuyasha, quien parecía estar dormido.

No tuvo tiempo de procesar lo que haría, ya que algo la levanto por una pierna, lanzando su cuerpo por los aires como si fuera una simple marioneta.

Levanto la mirada, mientras mordía su labio inferior para no gritar. La herida en su costado estaba sangrando más. Miro hacia su izquierda, se encontraba aproximadamente a dos metros de distancia de donde se encontraba el hermano de Inuyasha. Éste, seguía con los ojos cerrados, como si nada sucediera a su alrededor.

Unas fuertes pisadas, hicieron que dirigiera su mirada hacia delante. El demonio, aún llevaba la flecha, que ella le había lanzado, en el lugar donde antes se encontraba su ojo izquierdo.

-No eres humana -aquel ser pasaba su lengua por sus labios, degustando la sangre de ella, que aún quedaba sobre éstos. Se sorprendió un poco ante las palabras del demonio, pero permaneció imperturbable.

Rodo cuando dos luces se dirigieron hacia ella. Ahora si se encontraba totalmente indefensa. El arco y el cajac, estaban a unos metros de donde ella se encontraba, justo detrás del demonio.

Miro de reojo cuando se sintió observada, encontrándose un par de ojos dorados observándola. Pero el dueño de aquellos ojos no parecía querer hacer absolutamente nada, cosa que le confirmo, cuando nuevamente volvió a cerrar los ojos. No le sorprendió. Aquel demonio no tenía la parte humana que poseía Inuyasha.

-Disfrutare comerte -dijo con una risa chillona, al igual que su voz -, y después a él – inmediatamente termino de hablar, tuvo que saltar, evitando un látigo de veneno.

Los humanos, jamás le habían importado, y jamás lo harían, claro está, a excepción de Rin. No estaba dispuesto a interferir entre aquel patético demonio y su comida. Un humano más devorado, le daba sinceramente igual. Para eso era lo único que servía esa especie inferior. Pero que alguien insinuara, que a pesar de la condición en que se encontraba, podría ridiculizarlo...

Hizo un gran esfuerzo, aunque no lo demostró, al levantarse. El dolor, que se había aplacado un poco, nuevamente incremento. Apretó el mango de Bakusaiga. Era un demonio débil, pero muy ágil, y estaba seguro de que un poco fuerte, en las condiciones en que se encontraba, si tenía una lucha cuerpo a cuerpo, tenía una gran probabilidad de perder.

-Aún puedes moverte, pero... -dijo con aquella voz chillona -, ¡te comeré!

Sesshomaru, apenas pudo esquivar la luz, que derribo el árbol donde se encontraba recostado segundos antes.

Se lanzó hacia la Mantikoa, logrando alcanzarla con la espada, pero para su sorpresa ésta, no pareció causarle ningún daño. Pero después de unos segundos se percató de que en realidad, si le causaba daño, pero la coraza que protegía el cuerpo del animal, parecía estar formada por varias capas, además, de que no parecían estar formadas por materia orgánica, ya que Bakusaiga, no las había consumido en el primer toque.

Ella solo observaba la pelea. A pesar de que el hermano de Inuyasha no lo demostrara, sabía que se estaba debilitando poco a poco, por lo cual sería cuestión de tiempo para que la Mantikoa lo devorara. Y, si eso sucedía, ella también moriría. Aunque fuese paradójico y, le costara aceptarlo, además de humillante, su vida dependía de la de un demonio. Pero él tampoco podría sobrevivir sin ella.

-¡La cola! -grito al ver que a pesar de que el hermano de Inuyasha le había dado nuevamente con la espada en el cuerpo, esta pareció no causarle ningún daño.

La Mantikoa, se giró hacia ella. Sus ojos rojos brillaron, y se lanzó en busca de su presa. Inconscientemente cerró los ojos, sabiendo que en esa ocasión no podría evitar ser devorada. Pero un fuerte gemido de dolor, la obligo a abrirlos de nuevo.

Arriba, a unos metros sobre su cabeza, se encontraba la Mantikoa, envuelta en lo que parecía ser una nube oscura y relámpagos verdes. Segundos después aquella nube se disolvió, perdiéndose con ella cualquier rastro de aquel demonio.

Bajo la mirada. El demonio peli plata, se encontraba arrodillado sobre el pasto, apretando éste fuertemente entre sus dedos. Sabía que él había llegado a su límite, aunque su expresión no se viese alterada.

Se levantó, y a pasos lentos se dirigió hacia él, pero cuando éste se percató de sus intenciones, sus ojos se colocaron rojos y le gruño.

-Si me matas no sobrevivirás -dijo, para desagrado del demonio peli plata, que levanto la mano con la clara intención de lanzarle su látigo de veneno, pero ella no se amedrento -. Supongo que ya observaste tu hombro. Es un veneno muy potente, ni siquiera un demonio como tú podrá sobrevivir – no le agradaba la idea de salvar a un demonio, pero gracias a él permanecía con vida -. Puedo purificarla

A pesar del temblor que había invadido su cuerpo, después del último golpe que le había dado a la Mantikoa, logro levantarse, tratando de aparentar que se encontraba bien. Se giró, empezando a alejarse, lentamente, de donde se encontraba ella.

Esa humana tenía suerte de que se encontrara muy débil. Era humillante depender de una insignificante humana. Sería, incluso más, humillante que tener un hermano hanyou, y ser ayudado por él. Prefería morir antes de aceptar su ayuda.

-Yo, Sesshomaru, no necesito de nadie para sobrevivir -dijo -, y menos de una insignificante humana como tú

-Mi trabajo es matar los de tu clase -dijo sin ninguna expresión, a pesar de que la forma despectiva en que aquel demonio la había llamado, le había molestado -. Pero esta vez te devolveré el favor

-Mi intención no fue salvarte la vida -dijo -. Ese demonio creyó que podría meterse en mi camino y truncarlo – sabiendo que no podría continuar más, se detuvo frente a un árbol, recostando la espalda sobre éste -. La próxima vez que te cruces en mi camino, no tendrás tanta suerte, sacerdotisa

-Morirás

-Creo que ese es mi problema -esta vez pudo escuchar, aunque era casi imperceptible, un tinte de irritación en la voz del demonio peli plata.

Estaba herida, en medio del bosque y sin poderes espirituales. Si, era humillante lo que diría, pero si volvía a aparecer una Mantikoa, sabía claramente que no sobreviviría. Solo por esa noche, salvaría la vida de un demonio, para así salvar su propia vida.

-Soy consciente, aunque me desagrade aceptarlo, que ninguno de los dos sobrevivirá sin el otro -dijo de forma seria, a pesar de que la mano de él, a apuntaba en su dirección -. Si vuelve a aparecer otro demonio, tú morirías en batalla y posteriormente yo lo haría devorada. Míralo esta vez como un intercambio

Lo vio relajar su mano derecha, antes de deslizarse hasta quedar sentado en el pasto. Sintió los pasos de ella acercarse, pero decidió ignorar lo que hacía aquella mujer. Aunque los humanos eran débiles y patéticos, aquella sacerdotisa tenía razón, pero eso jamás lo reconocería.

Giro su mirada hacia ella cuando sintió que la manga de su hitori era deslizada hacia abajo. Ella observaba la herida. Las líneas negras ya se habían extendido hasta el tórax. Coloco sus manos sobre la herida.

Ella parecía esforzarse, pero nada sucedía. Cuando le iba a decir que dejara de tocarlo, una pequeña luz empezó a salir de las manos de ella, provocando que la herida le empezara a arder.

Cerró los ojos, tratando de pensar en otra cosa, y así evitar que cualquier expresión de dolor a pareciera en su rostro.

Sentía dolor, pero no quería que ese demonio conociera sus debilidades. Quito una de sus manos de la herida, y la llevo inconscientemente a su pecho. Miro las líneas. Éstas simplemente habían desaparecido unos pocos centímetros. Pero el dolor en su pecho, estaba aumentando paulatinamente, hasta el punto de hacerla sudar. Sus manos empezaron a temblar sin que pudiera controlarlas, cuando el dolor en su pecho empezó a dificultarle respirar. Sin poder controlar más a su cuerpo, se apartó de él, pero el dolor, y la dificultas para respirar aún permanecían.

A pesar de que sus ojos pesaban, levanto la mirada, él permanecía con los ojos cerrados y, la que parecía ser, su expresión facial normal. Apretó, más fuerte la tela de su hitori, que permanecía entre sus dedos, segundos antes de que todo a su alrededor se volviera totalmente oscuro, y ella como la primera vez que murió, fuese jalada a la total oscuridad.


-¡Señor Sesshomaru! -gritaron al unísono, el pequeño demonio y la chica. Ésta, bajo de Ah-Uh, y corrió hacia el demonio que se encontraba recostado al tronco de un árbol, igual que la primera vez que lo había visto.

-Desde ayer lo estamos buscando -dijo con la emoción que siempre la había caracterizado al hablar -. ¿Se encuentra bien, señor Sesshomaru? -dijo al ver la herida del demonio, que aún se encontraba descubierta. El demonio abrió los ojos, y la miro, pero no respondió a su pregunta -. Si quiere puede subir sobre Ah-Uh...

-¡Rin! -grito el pequeño demonio Jaken, interrumpiéndola -. Deja de ser impertinente, ¿acaso crees que el amo Sesshomaru, es débil como ustedes los humanos? – la chica bajo la mirada avergonzada -. El amo... -iba a continuar con su retahíla, pero una pequeña roca cayó sobre su cabeza, haciéndolo callar.

-Es la señorita Kikyo -dijo al percatarse de la chica que se encontraba al lado de su señor -. Gracias a ella ese demonio no me llevo con él -dijo para sí misma, antes de girar hacia el demonio peli plateado -. Señor Sesshomaru, ¿podemos...?

-Rin, deja de pedirle cosas al amo Sesshomaru, esa...

-Haz lo que desees, Rin -dijo el demonio peli plata, haciéndolo callar. No pretendía volver a permitir que esa humana lo tocara, pero si Rin, le debía la vida, permitiría que le pagara el favor si eso era lo que deseaba -. Partiremos en algunas horas -aunque no quisiera reconocerlo, aún, no tenía suficientes fuerzas para moverse, pero tenían que salir de ese bosque. Las marcas en su cuerpo habían disminuido, pero el veneno no había sido purificado totalmente.

-Como diga, amo -dijo no muy feliz el pequeño demonio. No solo por llevar con ellos a otra humana, sino, porque además, a él le tocaría cargarla.

-¿Volveremos a la aldea señor Sesshomaru?

-Iremos al palacio

-¿Puedo ir a buscar alimento señor Sesshomaru? -pregunto emocionada la chica. Después de cinco años, al fin volvería a estar al lado de su señor.

-Haz lo que quieras, Rin

Ella sonrió, y se alejó del lugar, dando pequeños saltitos como cuando era niña lo hacía, cuando estaba feliz. Sesshomaru, observo hacia Jaken, quien inmediatamente corrió detrás de la chica.

Giro hacia un lado. Ella desde la noche anterior no despertaba, cosa que realmente no le importaba, ya que antes de que Jaken y Rin llegaran, pretendía marcharse, después de todo ya era de día, y él no había realizado ningún trato con aquella humana.

La vio fruncir el ceño, mientras pronunciaba cosas, que para cualquiera hubiesen sido inentendibles, pero para su fina audición no. Inuyasha. El nombre del hijo mestizo de su padre había salido de sus labios, seguido de algunas estupideces tan propias de los humanos.

Aquella mujer era una humana más... tan débil física y emocionalmente como los demás.


La luz que se colaba entre las hojas de los árboles, la obligo a abrir los ojos. Había dormido toda la noche, y al parecer gran parte del día, pero aún se sentía agotada. Cerró nuevamente los ojos, y suspiro. Había soñado con el día de su muerte. Había vivido en sueños, sus dos muertes, y sentido nuevamente todo lo que sintió por Inuyasha en cada una de ellas.

Una sensación fría en su costado, la devolvió a la realidad. En un rápido movimiento, detuvo lo que parecía ser una mano, mientras buscaba con la otra mano su arco, pero lo único que sus dedos sintieron fue la hierba deslizarse entre ellos.

Un pequeño grito de mujer, se escuchó, antes de que la persona revelara su voz -. Señorita Kikyo, ya despertó -aquella voz tan cargada de emoción. Intento abrir los ojos, pero esta vez no lo consiguió -. Soy Rin. Era aprendiz de la señora Kaede -involuntariamente, sus dedos, se deslizaron suavemente, por la muñeca de la chica, hasta caer sobre la hierba.

La siguiente vez que abrió los ojos, estaba oscureciendo. Miro hacia abajo. Parecía ir sobre un demonio. Agarró el arco que reposaba en sus piernas, al igual que el cajac con algunas flechas. Se removió. Dejándose caer, y apunto. Frente a ella no solo estaba el demonio de dos cabezas en el cual iba subida, sino, además, un demonio muy parecido a un sapo. Creía haberlo visto antes, pero no lo recordaba.

-¡Estúpida humana mal agradecida! -dijo con voz rasposa el pequeño demonio sapo. Ella en respuesta tenso más el arco. Tal vez si lograba concentrarse podría purificarlo.

-Señor Jaken, la está asustando -miro de reojo hacia atrás. Detrás de ella se encontraba una chica, en apariencia, aproximadamente de su edad, tal vez dos, máximo tres años menor que ella, que llevaba puesto un kimono floreado, y un pequeño lazo recogiendo un mechón de su cabello azabache -. Señorita Kikyo, ¿se encuentra bien? -era una humana -. ¿Desea comer? -pregunto con una sonrisa, sin importarle que Kikyo seguía apuntándole, mientras desenvolvía algo de unas hojas. En una habían algunas bayas, y en la otra, unos pequeños roedores.

-Baja tú arma, sacerdotisa -no le agradaba intercambiar palabras con humanos, pero si esa sacerdotisa llegara a herir a Rin, tendría que hacer algo que sabía a ésta, no le agradaría.

Se giró en dirección hacia la voz. El hermano de Inuyasha, que ahora recordaba se llamaba Sesshomaru, se encontraba a unos metros de ellos. Mirando en otra dirección, sin aparente interés en lo que estaba sucediendo frente a él.

-Señor Sesshomaru, ¿usted también desea comer? -pregunto la chica, haciendo que ella la mirara nuevamente.

-Esta noche descansaremos aquí – fue su única respuesta, antes de dirigirse hacia el pie de un árbol, donde posteriormente se sentó.

Una mano en su antebrazo la hizo mirar nuevamente a la chica -. Espero sean de su agrado -le entrego en una hoja algunas bayas, antes de dirigirse, junto con el pequeño demonio, hacia donde se encontraba el demonio peli plateado sentado.

No sabía exactamente por cuanto tiempo observo las frutas, decidiendo en si comerlas o no. Pero después de reconocerlas, decidió comer, pero la voz de la chica la interrumpió.

-Señorita Kikyo, ¿puede curar al señor Sesshomaru? -pregunto esperanzada

-No puedo hacer nada por él -no pretendía volver a tocar a ese demonio. Ella estaba en ese mundo para purificar demonios, no para salvarlos, y corría el riesgo de morir si lo ayudaba. Además, de que estaba segura de que él tampoco permitiría que ella lo tocara.

-La señorita Kagome, puede purificar el veneno de los demonios -dijo mirando las bayas que sostenía en una mano -. La señora Kaede, dijo que ella era su reencarnación -la miro -. Salve al señor Sesshomaru, por favor – en ese momento se lamentaba de no haber nacido con ese don, para así ayudarlo ella misma.

-Es un demonio -fue su única respuesta, dando por terminada la conversación.

-El señor Sesshomaru, no es malo

Miro con detenimiento a la chica. Quiso responderle que todos lo eran, pero la mirada suplicante de la chica la hizo desistir -. No puedo ayudar a alguien que no desea ser ayudado

La chica sonrío -. Rin, se encargara de eso -dijo antes de salir corriendo en dirección a donde se encontraban los demonios.

Cuando termino de comer las bayas, la chica se acercó a ella nuevamente, y sin decirle ni una sola palabra, la obligo a correr con ella, sosteniéndola fuertemente para que no se soltara, cosa que logro cuando estaban a unos pasos de los demonios.

El demonio verde la miraba con molestia, como si tuviera ganas de matarlas, pero no pudiera. Se levantó, e hizo, a pesar de las réplicas de Rin, que ésta lo acompañara.

Camino de forma lenta hacia donde él se encontraba. Él se encontraba mirando hacia su lado derecho, concentrado en un punto inexistente.

Se arrodillo al lado de él. Y, acerco sus manos hacia el hitori, dispuesta a bajarlo. Pero cuando empezó a deslizar la tela por el hombro de él, una mano la detuvo.

-Esta será la última vez -no tenía ninguna expresión en su rostro, pero nuevamente pudo percibir ese pequeño tono de irritación en su voz.

Se observaron por unos segundos. Los ojos de él se parecían tanto a los de Inuyasha. En apariencia eran iguales. Inconscientemente trato de encontrar aquella humanidad que caracterizaban los ojos de Inuyasha, pero no encontró nada. Aquello que caracterizaba a Inuyasha, ese demonio jamás lo poseería. Él como todos los de su clase nunca podrían tenerlo. Entonces, ¿por qué Rin seguía con ese demonio?.

-Haz lo rápido -la voz de él la devolvió a la realidad.

Pero a pesar de sus palabras, él aún no la soltaba. Bajo la mirada hacía su muñeca, donde aún se encontraba la mano de él, y sin pedirlo, la mano fue retirada como si el poder espiritual, que se encontraba sellado en ella, lo quemara.

Termino de bajar el hitori, y suspiro casi imperceptiblemente, antes de colocar sus manos sobre él. Y, esta vez, la pequeña esfera de luz se formó un poco más rápido que la vez anterior, pero provocando el mismo dolor.

Nuevamente lo sentía. Aquel ardor en la herida se intensificaba, al igual que una sensación que lo relajaba lentamente, cuando ella tocaba su piel. A pesar de que le asqueaba que un humano lo tocara, tenía que reconocer que la sensación que ella le provocaba le agradaba. Cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación, que cada vez más lo invadía, a pesar de que su mente le exigía no hacerlo. Hasta que sintió las manos de ella temblar sobre su piel.

Giro a mirarla, una mano reposaba en su pecho, y sus ojos estaban fuertemente cerrados. La luz que se formaba en la mano que reposaba sobre la herida, amenazaba con desaparecer. Las líneas nuevamente habían desaparecido solo algunos centímetros.

Ella abrió los ojos, y lo miro. Estaba sudando, y su rostro se había tornado rojizo. Abrió su boca, probablemente intentando decir algo, pero ningún sonido salió. Sus ojos se cristalizaron, y su mano se empezó a deslizar suavemente, hacía bajo, por el cuerpo de él, provocando que él frunciera el ceño.

Agarró la muñeca de ella, deteniéndola cuando iba por su abdomen, dispuesto a hacerle pagar esa insolencia, pero cuando sus ojos nuevamente la miraron, los de ella se cerraron, y segundos después ella cayó en su regazo.

La miro. El cabello de ella ahora cubría la parte inferior de su cuerpo, como si fuera una gran mancha oscura sobre su ropaje.

Nunca nadie, ni siquiera Rin, se había acostado en su regazo, y esa humana se había atrevido a hacerlo. Decir que no tuvo ganas de matarla, sería mentirse. En ese momento no le importaba lo que Rin pensara sobre ese hecho, pero nuevamente, igual que la noche anterior, aquella sensación que ella le provocaba mientras lo tocaba, se extendió por todo su cuerpo, haciéndolo incapaz de levantarla. Nuevamente esa sensación lo obligó a cerrar los ojos, mientras maldecía mentalmente a aquella humana, que no solo osaba tocarlo, sino que además, parecía debilitarlo, con solo tocar su piel. Haciéndolo sentir algo que nunca le había importado sentir, con un solo toque en su cuerpo.

Definitivamente, no volvería a permitir que aquella humana lo tocara, como se había propuesto evitarlo desde la primera noche que lo hizo. Odiaba sentirse débil, y esa humana le provocaba esa sensación... con un simple toque de su piel.

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Gracias a quienes aún recuerdan este pequeño capricho, y no permitir que lo olvidara.

Kikyo, tiene suerte... se aprovecha del amo bonito (?)

Mantikoa: Es mantícora en japonés. No es totalmente como la describo, le hice algunas mejoras a su descripción. Sí, la mitología griega es una de mis favoritas :).

Erza (Casi siempre en mis historias eres el primer comentario. Me siento acosada (?)…gracias por no olvidarte de mis historias. Sí, creo que no poderla proteger nunca, lo marco. Eso espero jjaaj…saludos)

773 (jjaaajj…me alegro que te guste tanto para no olvidarla…tratare de no hacerlo…saludos)

¿Opiniones?

Gabrielle Kravinoff

4/11/17