NarcissaMinerva: Espero que este capítulo te guste, tuve una buena idea y no he dejado de pensar en ello, aunque haya tratado por horas y horas.


Capítulo 1: Comenzando con el pie izquierdo.

Caminar fuera del comedor y por aquellos pasillos, hasta que las risas ya no fuesen audibles en ningún sentido, había sido toda una tortura. No solo por el hecho de haber sido secuestrada y amordazada contra su voluntad y el dolor que representaba el haber caído sobre la mesa, de forma estrepitosa, sino por el tremor que recorría su cuerpo y aquellas terribles imágenes de todas esas pobres vidas que no corrían con la misma suerte que ella.

Apenas pudo cerciorarse de que estaban lo suficientemente lejos, suspiró audiblemente y por fin pudo encontrar palabras que decir. Aunque realmente estaba de acuerdo en que nada de lo que dijera, podía mejorar una situación como aquella.

— Minerva... — comenzó con un tono neutro y para tantear la situación. Estaba seguro de que la mujer se quebraría en cualquier momento y aunque estuviera "agradecida" (no encontraba mejor palabra para describirlo) por salvarle la vida, estaba seguro de que no era su persona favorita en aquel momento.

La mujer demoró un par de segundos en analizar las circunstancias. Su pecho subía y bajaba al compás de su acelerada respiración y sus ojos estaban hinchados con lágrimas que corrían frenéticamente a través de su mejilla. Sus manos temblaban tanto que tuvo la sensación de querer sostenerlas entre las suyas y detenerlo. No le guardaba rencores de ningún tipo y pese a haber sido acusado del asesinato de Albus Dumbledore, cuando había sido algo convenido, estaba seguro de que no alojaba ningún tipo de rencor en su corazón, por aquella mujer que estaba frente a él en aquel pasillo.

— Minerva, ¿acaso puedes escucharme? — preguntó una vez más, tanteando el ambiente. La jefa de Gryffindor al final pareció darse cuenta de que no estaba sola en aquel lugar y que lo que sus ojos habían visto, no había sido una terrible pesadilla. Sus labios se despegaron para hablar, pero solo escuchó un suave murmullo y tuvo que acortar la distancia respetable entre ambos, para escuchar.

— Severus... por favor. — imploró y tuvo que admitir que una muy profunda parte de su ser, odió escucharla de esa forma. Una fuerte mujer que siempre había sido respetable por su valentía, ahora estaba reducida a nada más que un manojo de nervios.

— Estás segura ahora y te lo puedo asegurar. Yo no... — dijo, pero una sonrisa sarcástica en los labios de la mujer, lo silenció de inmediato.

— ¿Cómo puedo estar segura junto a ti? ¿Cómo puedo estar segura, luego de que asesinaras a Albus Dumbledore y no sintieras ni una pizca de remordimiento alguno?

¡Maldición! ¡No eso y no en ese preciso momento! No había tiempo para esa conversación y tampoco era el mejor lugar para hacerle entender aquello.

— No tienes otra opción. O es así o que regreses a esa mesa y que la serpiente decida tu destino. — tuvo que ser sincero y cruel, mientras la mujer se abrazaba a sí misma, una vez más, temblando de solo pensar en la enorme serpiente Nagini.

La sostuvo por el codo durante todo el trayecto de camino a las enormes verjas del castillo y la mujer permaneció sin decir nada y dejándose guiar a través de la fría noche de invierno. Durante todo el trayecto, la miró un par de veces y sin embargo no encontró palabras que pudieran expresar que no era su enemigo y que lo que menos quería, era comenzar con el pie izquierdo. Incluso cuando se hubiera dado cuenta de que estaba sentado a la mano derecha de Lord Voldemort y que hubiese visto tantas muertes que ya ni siquiera podía contar.

¿Cómo podía rebatir una escena y argumento como ese? Tenía todas las de perder, de eso no cabía duda.

— ¿Acaso puedo preguntar a dónde me llevas? ¿Se supone que deba llamarte: amo y señor ahora?

Estaba exhausto y no quería tener en ese preciso momento, una discusión como esa. Se contentaba con solo ir a casa y desaparecer de toda esa locura. Dejar atrás aquellas paredes y entonces poder pensar con claridad.

— No es necesario. — lo dijo con un cierto tono de rabia que ni supo de dónde salió.

Al traspasar las verjas, Minerva dejó escapar un hondo suspiro y se fijó que su respirar dejaba halos en el aire. Severus alzó su varita y eso le recordó que ella ya no tenía varita. Sintió que la mano sobre su codo, se afianzaba más y se dio cuenta de que un hechizo de aparición estaba por venir.

Tuvo miedo de preguntar a dónde se dirigía exactamente.

Luego de aquel desagradable viaje, pensó que ya no podría recomponerse. Había derramado tantas lágrimas, que se sentía muy débil y el haberse aparecido, no había mejorado la sensación que tenía.

Spinner's End. Maldición, ¿dónde rayos estaba? Sentía que se estaba encerrando con el demonio mismo.

— Aquí estarás segura. — dijo sin pensarlo, pero ella no prestó atención. — Creo que necesitas descansar, luego de...

— ¿Ah sí? No me digas, Severus. Pero supongo que deberé dormir con un ojo abierto, ya que ahora soy tu esclava.

— Minerva, por favor... — respondió el profesor de pociones, apuntando su vieja chimenea con su varita. Las llamas se alzaron de inmediato y la mujer tembló ante el ruido. — no soy tu enemigo, de quien menos debes preocuparte es de mí.

Como no obtuvo respuesta alguna, decidió tomar la situación desde otro ángulo. Pronto encontró una vieja botella de brandy y sirviendo dos copas, se acercó hasta la mujer que había logrado sentarse en su viejo sofá y colocársela en las manos.

No paraba de temblar y beber se le hacía complicado. Un par de gotas resbalaron por sus manos y su barbilla. Por inercia, Severus trató de darle más fuerza a las llamas en la chimenea.

— Tienes que creerme, Minerva. — dijo mientras se sentaba a su lado y la mujer se apartó lo más posible, como si aquel hombre pudiera contagiarle una enfermedad terminal. — Nunca asesiné a Albus Dumbledore, solo fue un acuerdo mutuo. Albus se hacía viejo y estaba herido, maldito. Su mano estaba tan negra como el azabache y no le quedaba mucho tiempo. Había tratado de romper uno de los objetos malditos con la espada de Gryffindor. Consiguió romper el anillo de Marvolo Gaunt y lo consiguió con terribles consecuencias.

— ¿Y esperas que te crea? — respondió la mujer con frialdad y Snape volvió a suspirar audiblemente. Supuso que no habría forma alguna de hacérselo entender, a no ser que hubiesen pruebas de lo que decía.

— No espero que me creas, pero sin duda que no tienes otra opción. Creo que soy el menos peligroso de todos aquellos que viste hoy. — había un poco de odio en su voz y la idea de que la mujer no le creyera, cuando había pasado años dentro del castillo, comenzaba a irritarle. — te recomendaría que fueras a dormir, que descansaras. No creo que te haga bien, no querrás desfallecer.

Soltó su copa vacía sobre la mesa de té frente a su vieja chimenea y simplemente sacó su varita. Una vieja puerta tras un gran librero, se abrió paso y la mujer cerró los ojos.

Dormir, ¿cómo diablos podría pensar en siquiera dormir?

— Arriba hay una habitación. Supongo que no tendrá la apariencia lujosa que acostumbrabas en Hogwarts, pero por ahora esto es lo que habrá.

— Por ahora, tú bien lo has dicho... — escuchó que la mujer respondió, mientras comenzaba a subir las escaleras y dejándolo con su mal humor, en medio de la semi oscuridad.

La habitación apenas y estaba limpia. Con un gesto de desdén, la mujer admiró a sus alrededores y se sintió mucho más presa que antes. No quería pensar, no quería recordar en todas las batallas perdidas y aquellas vidas a las que no había podido salvar, mientras esa cruel e innecesaria guerra, se llevaba a cabo.

Empezando por Albus Dumbledore y terminando con Harry Potter. Tonks, Remus, todas aquellas personas que lo habían dado todo y que habían muerto, cumpliendo su deber.

No podía rendirse, eso le daba fuerzas para continuar.

Se arrojó en la cama y al hacerlo, un poco de polvo rebotó en el aire. Se habría horrorizado, pero en aquel momento no quería siquiera ocuparse de eso. Dio un par de golpes a la almohada y simplemente se echó a llorar una vez más.

Haber estado casi muerta y que le hubiesen perdonado la vida, de forma tan vil e inhumana, solo hacía que su rabia aumentara más y más.

¿Esclava de Severus Snape? ¡Jamás!