Flora y yo nos presentamos en la estación de tren justo al día siguiente, poco antes de que saliese el sol, y nos encontramos con Katia, quien nos esperaba con los billetes ya comprados. Queríamos llegar cuanto antes. El nuestro tren se retrasó unos diez minutos, y por si fuera poco, casi lo perdemos, pero por suerte no sucedió.

Buscamos nuestro compartimento por los largos pasillos de los vagones y nos metimos dentro. Compartíamos compartimento con un par de ancianas que nada más que hacían mirarnos y cuchichear, aunque la mitad del viaje nos lo pasamos durmiendo. Tras varias horas, por fin nos detuvimos.

Cuando salimos del edificio el gran sol de mediodía y las luces colgadas por toda la ciudad inundándola de colores por doquier nos sorprendieron y nos dieron la bienvenida. Katia sacó un mapa de un pequeño bolso blanco que llevaba de bandolera y lo miró hasta encontrar el hotel. Señaló una de las muchas calles que se partían justo en frente de nosotros y dijo:

-Por ahí.

Nosotros la seguimos en silencio.

-Que luces tan bonitas… - comentó Flora mirando a todas partes.

El lugar estaba lleno de gente y se escuchaba como hablaban del Caballero. Al parecer, esa misma mañana ya había hecho una de sus apariciones.

-Parece un festival – dije yo.

-Es el carnaval de Montedore – aclaró mi amiga de la infancia -. Es muy famoso y siempre está lleno de turistas.

En ese instante ya divisé a pocos metros el cartel del hotel. Entramos y observé el lugar. Era un lugar amplio y acogedor, con varios sofás color verde, y la recepción estaba al fondo. Me acerqué para coger habitaciones y las dejé hablando sobre la última aparición sobre la que Katia había oído hablar, hacía ya dos días.

-¿Sabes qué? Dicen que el Caballero Enmascarado hará esta misma noche su nueva aparición.

Al escuchar eso de los labios de Katia, Flora pareció emocionarse.

-¿Esta noche? ¿En serio? – sonrió.

-Sí. ¿Quieres que vayamos a verlo?

La morena asintió energéticamente.

-¡Pues claro que sí! ¡Qué emocionante!

Me di la vuelta y me dirigí hacia ellas.

-Con esto del carnaval hay mucha gente en el hotel, y tan solo quedan dos habitaciones libres… ¿Os importa dormir juntas?

Se miraron sorprendidas.

-Claro… Nos llevaremos bien, ¿verdad, Flora? – contestó de inmediato Katia.

-¡Sí!

-Vale, pues voy a confirmarlo antes de que se nos adelanten.

Y volví a recepción.

Poco después estábamos de nuevo en la entrada tras haber dejado en nuestras correspondientes habitaciones nuestras maletas y otros objetos personales.

-¿Y dónde vamos? – pregunté con un mapa que me habían dado en el hotel.

-Creo que lo mejor será que vayamos al museo. Hace poco el Caballero hizo que la gente de los cuadros tomase vida… Podríamos preguntar por allí – Katia parecía tener las ideas claras.

-De acuerdo.

Y nos encaminamos al museo, el cual no estaba muy lejos de ahí.

-Es increíble… - solté mirando la parte delantera.

Columnas de mármol iban desde el suelo hasta la parte más alta del enorme edifico de paredes rojas. Las ventanas estaban todas cerradas y con rejas. Desde fuera no se podía ver absolutamente nada del interior.

-Todo lo de esta ciudad es increíble – comentó la morena, emocionada.

-Por algo la llaman la ciudad prodigiosa – Katia rió y se acercó más al museo. Parecía cerrado.

-Se ha merecido el nombre… - Flora la siguió.

Yo miré a mi alrededor.

-¿Vamos los tres juntos? Puede que me pierda…

Katia volvió a reír.

-No sería raro, aquí hay mucha gente y es fácil perderse.

Le sonreí y me acerqué a una señora.

-Disculpe, ¿sabe algo sobre el prodigio?

Dicha señora me miró amablemente.

-Hola, jovencito. ¿Te refieres al de los cuadros? ¡Por supuesto! ¡Yo estaba ahí cuando pasó todo! ¡Lo vi con mis propios ojos!

-¿De verdad? ¿Podría decirme que ocurrió exactamente?

-Pues resulta que yo fui al museo por la mañana… Porque me dijeron que ese mismo día habían donado unos cuadros monísimos, y como no me dio tiempo a verlo todo, decidí volver esa misma tarde. ¡Entonces vi que la gente de los cuadros andaba por el museo y los cuadros estaban vacíos! Me llevé un susto impresionante que casi me lleva a la tumba, pero por suerte solo salí asustada de allí, como todo el mundo. El museo está cerrado desde entonces.

-¿Notó algo extraño cuando fue por la mañana?

La señora negó a mi pregunta.

-Eran cuadros normales y corrientes, o al menos eso me parecieron… La verdad es que la vista ya me falla.

-Vale, muchas gracias por su ayuda, señora.

Volvió a sonreír.

-De nada.

Entonces la vi darse la vuelta para mirar a una mujer junto a ella y decirle:

-Que chico más simpático y más guapete.

Reí por lo bajo ante su comentario y las dos chicas que me acompañaban me miraron raro, como si estuviese loco.

-¿Creéis que los cuadros los ha donado el Caballero Enmascarado? – preguntó Flora.

-Es lo más probable… - le respondí -. Para saber quién donó los cuadros deberíamos preguntarle al dueño del museo.

-¿Pero cómo vamos a entrar? El museo está cerrado…

-Preguntémosle al guardia. Si no nos quiere decir dónde está por las buenas, vuestro caballero deberá usar la fuerza – reí.

Me acerqué a él, seguido por ambas chicas, que se quedaron boquiabiertas por el tamaño de sus músculos.

Tragué saliva.

-Es bastante grande… - Katia casi se queda sin respiración -. Habla tú con él, las damas no deben correr riesgos...

Y me empujó.

Yo miré hacia arriba y empecé a temblar como un flan. Miré a Flora y tomé aire.

-Disculpe…