¡ATENCIÓN!

A partir de este capítulo empieza la comunicación entre mundos. "El texto escrito así" es lo que Aoi dice en Morse.


No estaba segura de si había dormido o no, ni de cuánto habría pasado desde que envolvieron la bola hasta que empecé a ver luz. Me asomé un poco por debajo la cama y esperé, intentando situar dónde se suponía que estaba. La respuesta no tardó en llegarme: un niño zarandeó la bola y, de no ser porque estaba bajo la cama, posiblemente habría acabado golpeándome con el techo.

-¿Te gusta? –preguntó una voz, la del chico que había iniciado aquella locura con papel de colores.

-¡Sí! ¡Muchas gracias, Yuuichi! –respondió alguien más joven.

-Se parece al pueblo de los abuelos, ¿verdad? –preguntó una mujer.

-Sí, pero con menos casas –volvió a hablar el niño.

Cogí aire, cargándome de paciencia, y conté hasta veinte. No había llegado a quince que volví a sentir sacudidas. A veces, los niños son odiosos… Pero debo recordarme que, por algún motivo, son los únicos que me hablan, por lo que he de ser paciente y esperar al momento justo para salir. Sólo entonces, dejan de castigarme con nevadas infinitas.

-¿Dónde la pondrás, Kyosuke?

-En la mesita –respondió como si nada.

Tras varios minutos, sentí que al fin se calmaba todo. Me arrastré saliendo de la cama y subí a la misma para abrir las ventanas. Para mi "buena suerte", el niño había dejado la bola mirando para a saber dónde y lo único que veía era una enorme bola roja colgando de un árbol enorme. Me dejé caer, cerré la ventana y me puse las zapatillas antes de bajar a la calle de mi mundo. Me puse el abrigo porque me sentía rara saliendo en camisón, aunque tenía la sensación de que hacía más calor de lo habitual.

Caminé arrastrando los pies en busca de un costado por el que ver dónde me encontraba y quiénes eran los que iban a cuidar de mi bola. Otra vez, la suerte me daba la espalda. Literalmente. Lo único que alcanzaba a ver del chico era que me parecía gigante aunque en cuanto a edad menor que yo y que su cabello era más oscuro que el mío. Ah, y que debía llevar puesto un pijama, por lo que empezaba a pensar que no pasaría nada por ir sin el abrigo.

Había mucho papel de colores tirado por el suelo y alrededor mío, impidiéndome ver mucho más del lugar en el que me encontraba. El chico, supuse que sería Kyosuke porque respondía cada vez que decían ese nombre, se levantó y marchó llevándose algunos objetos consigo. A lo lejos veía un adulto, pero él no reparaba en mí ni queriendo. Suspiré y di media vuelta. Me quedaban pocos metros para llegar a la casa cuando el suelo se sacudió. Asustada, corrí hacia la puerta y entré de golpe.

-¿Eh? ¿Qué ha sido eso?

-Kyosuke, más te vale no dejarlo todo por el medio.

-No, mamá –negó el chico.

-Va, que te ayudo.

-Gracias, Yuuichi.

Me asomé a la ventana y observé a ambos hermanos, con el mismo cabello azul oscuro y los mismos ojos dorados. El único zarandeo que recibí fue el que ocasionó transportarme desde debajo del árbol hasta una mesita. Como pude, corrí hacia la habitación.

-Aquí estará bien.

Abrí la ventana y observé desde mi cama el nuevo lugar donde me encontraba, aunque en esos momentos sólo veía al menor de ojos dorados, cuya sonrisa cambió a una expresión de sorpresa cuando reparó en mí. Inevitablemente, saludé con la mano.

-Hola –respondió.

-¡Tsurugi Kyosuke, a desayunar!

-¡Ya voy, mamá! –chilló hacia la puerta −. ¿Eres una figurita con pilas? –me preguntó casi pegado al cristal, como buscando algo oculto. Yo negué apoyando la cabeza en las manos −. Oye, no te muevas de ahí. Enseguida vuelvo –dijo antes de salir corriendo.

Era la primera vez que un niño reaccionaba así. ¿A dónde pensaba que me iba a ir? De la esfera no podía salir. Volví a cerrar la ventana, abrí el armario y saqué un jersey y una falda. No necesitaba nada más en aquel lugar, en mi mundo. Corrí escaleras abajo y me paré ante un armarito, lo abrí y saqué una escoba. Con las sacudidas que Kyosuke había dado a mi bola, fijo que tenía la iglesia llenita de nieve.

Tal y como sospechaba, había nieve por todos lados, incluso donde no podía alcanzar yo y, sospechaba, jamás lograría sacarla. Copitos eternamente posados ahí dentro. Dejé la puerta abierta y subí al campanario dispuesta a ir de arriba abajo. Inconscientemente, me puse a tararear lo primero que me vino a la cabeza, animándome así la faena de escobar.

Recoger la nieve era fácil, pero esos brillitos que se pegan en todas partes, no. Al contrario que los copos blancos, cada vez que pasaba la escoba, el aire se llenaba de brillitos dorados que se negaban a bajar, pegándose en mí incluso.

-Ya he vuelto –anunció Kyosuke de pronto mientras yo estaba en lo más profundo de la iglesia −. ¿Dónde está?

Corriendo, salí de la iglesia con la escoba en la mano. Por encima de mis resoplidos por la carrera, pude oír un suspiro de alivio del chico.

-Pensaba que me lo habría imaginado todo –comentó agachándose ante la mesita −. Vamos a empezar bien, ¿vale? Me llamo Kyosuke. ¿Y tú?

Mi nombre… Jamás me habían llamado de ninguna forma. Algo tan simple como un nombre, una forma de ser llamada y no la tenía… Tampoco la había necesitado, porque el abuelo me llamaba "pequeña", "niña" y cosas así. Y los niños ni me llamaban con nombre ni yo tenía tiempo para hablar sobre ello con ellos. Bajé la vista y caminé hasta el límite arrastrando la escoba.

-I…

Alcé la vista sin comprender. Kyosuke hizo gestos de que continuase, pero no sabía el qué debía continuar. Pareció entenderlo.

-¿No estabas escribiendo tu nombre? –preguntó señalando tras de mí. Me giré y vi la línea que la escoba había dejado. Negué con tristeza −. Ah, vale… ¿Sabes escribir?

Asentí tranquilamente. Era algo como leer, que no tenía ni idea de cómo lo había aprendido. Entonces se me ocurrió. Empañé el cristal y escribí en él.

-Vaya, qué difícil –murmuró el chico al otro lado del cristal −. Espera un momento –un minuto después, regresó con una lupa −. Repítelo –volví a empañar el cristal y a escribir en él −. ¿No tienes nombre? Eso es imposible, todo el mundo tiene nombre –me encogí de hombros −. Pues habrá que ponerte uno –decidió alejándose para coger una silla y acercarla a la mesita.

Yo también me senté en el suelo, dándole vueltas al palo de la escoba mientras pensaba algo, pero jamás había escuchado un nombre que me gustase.

-¡Ya lo tengo! –me sobresaltó Kyosuke −. Aoi. Te llamaré Aoi. ¿Te parece bien? –pensé un par de segundos y asentí −. Está bien, pues un placer conocerte, Aoi. ¿Quieres ser mi amiga?


Mi día a día cambió de forma drástica. Por las mañanas, el ruido de un despertador me sacaba de mi sueño. Me estiraba, bostezaba, me volteaba hacia la ventana abierta y veía a Kyosuke parando el reloj y decidiendo dormir más. Aprovechando que aún estaba a oscuras la habitación, me dedicaba a despertarle jugando con las luces.

-Vale, vale, me levanto –asintió empezando a apartar las sábanas −. Buenos días, Aoi. ¿Has dormido bien? –asentí antes de señalarle −. También, gracias.

-¡Kyosuke, venga arriba!

-Ya estoy despierto, mamá –indicó arrastrando los pies hacia la puerta −. Ahora vuelvo…

Aún con oscuridad en el mundo exterior, me movía con las luces de mi casa. Me vestía, me arreglaba y esperaba reordenando mi casa hasta que Kyosuke me decía que podía salir.

-Tengo que ir a clase –dijo cargando con su mochila −. Ah, ayer logré robarle esto a Yuuichi. Creo que así será más cómodo comunicarnos ya que no puedo oírte –dijo dejando un papel apoyado en la pared de detrás −. Mejor cópiatelo antes de que llegue mi madre y decida quitarlo –volví a asentir y regresé al interior en busca de papel y lápiz. Cuando salí, él ya estaba en la puerta de su dormitorio −. Nos vemos luego. ¡Adiós!

Negué divertida y caminé rápida hasta la parte de atrás, dispuesta a copiar en papel aquel código Morse que Kyosuke acababa de dejarme para aprenderme. Pasé el día entretenido, montando frases cortas con aquel código con las cuales podría satisfacer algunas dudas que siempre había tenido a demás de las preguntas de rigor como "¿cómo estás?" o "¿qué tal te ha ido el día?". Para cuando regresó, se me acumulaban mil preguntas y no tenía ni idea de cómo iba a decírselas todas.

-Hola, Aoi –saludó dejando la mochila y llevando mi bola con cuidado hasta el escritorio −. ¿Lista para una charla en Morse? –preguntó. Asentí aunque no sabía cómo iba a hacerlo −. Vale, supongo que aquí estará bien –dijo empujando mi hogar a una zona más oscura −. Usa la luz de tu habitación.

Corrí a la habitación, me senté en la cama y probé un "hola" con las luces. Tardó poco en aplaudir satisfecho.

-¡Estupendo! Ya no hará falta la lupa –comentó. Me puse a reír; realmente aquel objeto hacía aún más grande su ojo y a veces aún me sobrecogía el enorme tamaño que tenía la gente fuera de mi mundo −. ¿Qué tal estás?

Respondí con aquel código y continué preguntando yo también. Durante una hora, permanecí sentada en mi cama, escuchando las respuestas a todo lo que no sabía o entendía. Después de esa hora, en la que anoté a la lista de información curiosa que él tenía diez años y que, a mi parecer, era el niño más mayor que me había visto y hablado, se puso a hacer deberes. Lo bueno fue que iba diciendo lo que había de hacer en voz alta, por lo que pude ayudarle y, por primera vez, me sentí de utilidad. No era una simple chica en una bola de nieve. Por fin podía hacer algo por alguien.


El tiempo fue pasando y esta vez pude controlarlo gracias a un calendario que Kyosuke dejó sobre la mesita y en el que iba tachando los días. Casi sin darme cuenta, habían pasado tres años enteros. Kyosuke había crecido más, era más alto. Yo seguía igual, igual que siempre.

Estaba pensativa, metida en mis propios pensamientos cuando él regresó del instituto bastante serio. Al contrario que otras veces, no me saludó ni me miró. Dejó la mochila en el escritorio y empezó a cambiarse. Aproveché para subir a la habitación e intentar llamarle la atención con la luz. No me respondió y me asusté. ¿Era ahora demasiado mayor para verme?

-Lo siento, Aoi, ahora mismo no tengo ganas de hablar –dijo volteándose al fin hacia la bola sobre la mesita con ropa de ir por casa.

Suspiré aliviada, con la mano en el pecho y sintiéndome feliz. Seguía existiendo para él, no volvía a ser una figura invisible en un paisaje de falsa nieve. Hice gestos con la mano para que se fuera, dándole espacio. Recibí una leve sonrisa. Desde que acabó primaria, había cambiado. Era más serio, más reservado, aunque siempre que hablábamos (ya fuese en Morse o con gestos pactados de antemano) se le notaba relajado.

Dos golpes en la puerta hicieron que ambos volteásemos la vista. Yuuichi estaba asomado mirando a su hermano.

-¿Mucho chocolate por San Valentín? –preguntó con una sonrisa el mayor.

-Suerte que tengo compañeros hambrientos –comentó pasándose la mano por la nuca.

-¡Qué malo eres! ¿Sabías que así se hiere el corazón de una chica?

-No me vengas con esas ahora –pidió mientras Yuuichi reía −. ¿Has venido sólo por eso?

-Y para saludarte, que has entrado sin decir ni mu –regañó.

-Hola –saludó Kyosuke con todo el morro que pudo. Y yo, en mi cama, me eché a reír.

-Ya te vale… ¿Vas a merendar?

-Ahora saldré –asintió echándolo con la mano. En cuanto estuvo seguro que no había nadie al otro lado de la puerta, volvió a centrarse en mí −. Supongo que te preguntarás qué es San Valentín –asentí −. Es la fecha más horrible del año. Tenlo presente –puse mi mejor cara de "¿por qué?" y no tuvo más remedio que responder −. Las chicas regalan chocolate a los chicos que les gustan… Y cuando se trata de un club de fans, es para morirse más que otra cosa. Por eso, la más horrible… Y luego está el White Day, que has de devolver el regalo. Es decir: si te da chocolate un club de fans, te gastas los ahorros del año para devolverles el regalito… O al menos, así debería ser.

Me puse a reír, incapaz de creer que aquello fuese horrible. Sus "no tiene gracia" me hacían reír más. Aún seguí riendo cuando comentó que iba a merendar y a hacer deberes.


Una mañana sonó el despertador, haciéndome abandonar mi extraño sueño. Me asomé a la ventana y vi a Kyosuke quieto. El despertador seguía sonando y nadie lo paraba. Empecé a asustarme, recordando una situación parecida, y empecé a encender y apagar la luz como loca.

-Ya, ya, ya –dijo volteándose y apagando el reloj. Empezó a toser y yo me volví más loca con las luces −. ¿Qué dices? Aoi, calma, apaga la luz, relájate y empieza de nuevo –me ordenó antes de volver a toser.

"¿Te encuentras bien?" pregunté después de medio minuto calmándome. Aun así, fui demasiado rápida y tuve que repetir la pregunta otra vez.

-Sí, sólo es un resfriado –respondió cuando entendió a la tercera mi pregunta.

-Kyosuke, arriba –llamó su madre.

-No me encuentro bien –intentó decir, pero no podía chillar.

-Cielos, eso suena fatal –entró la mujer y se sentó en la cama, sin reparar en que tenía yo la luz encendida. Le puso una mano en la frente y se llevó la otra a la suya −. Sí, estás ardiendo. Quédate en cama hoy, ¿de acuerdo?

-Sí –asintió empezando a tener ronquera.

-Ahora te traeré algo –indicó su madre abandonando la habitación.

-Esto pasa por entrenar bajo la lluvia –dijo más para sí mismo.

Después de que su madre regresara con las medicinas, volvió a dormirse, tosiendo de tanto en tanto y dejándome a mí angustiada en mi bola. Acabé saliendo de la casa, sentándome en el margen más pegado a su cama, llorando mientras los pensamientos se mezclaban con recuerdos pasados.

Yuuichi entró al mediodía con la comida, pero Kyosuke no comió, siguió durmiendo. Estuve tentada muchas veces en volver a la habitación y llamarle con Morse sólo para confirmar que seguía allí, que no iba a ser llevado por otros a saber dónde y a dejarme sola a mi suerte. Pero me obligué a no molestarlo.

Cuando al fin despertó a media tarde, aceptó comer algo, aunque fue (en palabras de su madre) muy poco. Resoplando, la dejó discutiendo sobre la falta de apetito y se fue a la ducha mientras le cambiaban las sábanas. Me sentí más tranquila al verle moverse aunque fuese arrastrando los pies y buscando las paredes.

-¡Kyosuke! ¡Han venido tus compañeros! –informó Yuuichi desde a saber dónde chillaba.

-¡Está en la ducha, Yuuichi! –respondió la madre acabando con la cama y saliendo del dormitorio con las sábanas sucias. Aun así, pude escucharla −. Pasad, chicos, podéis esperarle en su habitación. ¡Kyosuke! ¡Nada de dormirte en los laureles!

Juraría que el extraño ruido que oí fue él quejándose. Más relajada, decidí esperar releyendo por milésima vez uno de los pocos libros que tenía en mi mundo, dispuesta a pasarlo en Morse si Kyosuke no lo conocía.

-Es la primera vez que entro aquí –oí decir a alguien.

Me olvidé del libro, de querer leérselo al dueño del lugar en el que había acabado y me asomé a la ventana. Acababan de entrar cuatro chicos bastante diferentes entre ellos. Los cuatro eran más bajos que Kyosuke (uno de ellos juraría que si le llegaba a la cadera era un milagro y me hizo dudar en si era el hermano menor de alguno de los otros tres). Vestían el mismo uniforme los cuatro y cargaban con carteras prácticamente idénticas a la de Kyosuke. Miraban alrededor como hacía yo cada vez que aterrizaba en un lugar nuevo, cortesía de mi único amigo cuando decía no haber absolutamente nadie en casa.

-No pensé que Tsurugi tendría una habitación así –comentó el de cabellos más violáceos.

-Ni yo –secundó el más bajito

Me hice una nota mental: aunque se encontrase mal, al menos debía hablarme sobre aquellos chicos lo justo para entender lo que decían o por qué parecían tan sorprendidos si, según lo que había entendido de las palabras de Yuuichi anunciándolos, eran compañeros suyos.

-¡Eh, mirad! –exclamó uno de cabellos castaños con unos extraños hoyos en el pelo –. Es una bola de nieve.

-Je, ¿en serio tiene estas cosas? –preguntó el último, acercándose y observando mi mundo con unos ojos similares a los de Kyosuke aunque me daban la impresión de mostrar cierta maldad −. Parece no haber sido agitada nunca –comentó extendiendo la mano hacia mi bola.

Ahogué un grito antes de meterme rápidamente bajo la cama. Las sacudidas fueron rápidas, violentas, abrieron las ventanas, oí caer cosas en el piso de abajo, la campana parecía loca y la nieve y la brillantina entraron al cuarto.

-¡Kariya! ¿Qué estás haciendo? –oí la voz de Kyosuke. Parecía realmente molesto.

-Ah, venga, es lo que se hace con estas cosas, ¿no? –preguntó, aún sin dejar quieto mi mundo. Me eché a llorar en mi escondite por el miedo que sentía.

-Dame eso –una sacudida algo más violenta y, tras ello, la calma −. ¿Nunca te han dicho que sin permiso no se toca lo de los demás?

-Tampoco es para ponerse así, Tsurugi. Tan sólo es una bola de nieve.

-¡Esta bola es algo importante para mí! ¡Así que pobre del que quiera zarandearla! –gritó. Y empezó a toser. Salí de mi escondite y observé medio escondida, entre el desastre de nieve.

-No deberías forzar la garganta.

-Hikaru tiene razón –asintió el castaño – vaya, creí que jamás te resfriabas.

-Soy humano, Tenma, es algo normal resfriarse.

Otra vez sentí un flechazo directo a mi conciencia. Ignoré por completo la conversación de Kyosuke, cada vez más relajado, con sus amigos y me metí a mis pensamientos.

Si hacía un repaso rápido a mi vida, llevaba a saber cuántos años allí, en mi pequeño mundo de falsa nieve, siendo una joven de unos quince años, edad que había decidido adjudicarme Kyosuke el segundo día que hablamos tras pasarse minutos y minutos observándome con la lupa. Eternos quince años en los que mi único amigo era un humano gigante al otro lado del cristal que iba cambiando, haciéndose más alto, más mayor.

Kyosuke crecía, necesitaba ropa nueva cada año porque la que tenía se le quedaba pequeña. Yo no crecía, vestía mis mismas ropas siempre y jamás sentía la necesidad de hacerme nada. Él comía, necesitaba comer porque aquello le daba energías. Yo siempre tenía energía para cualquier cosa y nunca pasaba hambre. Él tenía un vaso con alguna bebida cuando hacía deberes y daba sorbos de tanto en tanto. Yo jamás había sentido sed.

Otra de las cosas que me dolió fue recordar que, si bien éramos amigos, yo seguía estando sola. Él celebraba cosas con su familia o salía al cumpleaños de un compañero o al aniversario de a saber qué era motivo de celebración. Yo para empezar no tenía ni cumpleaños aun sabiendo qué era porque él me lo explicó. En su anterior cumpleaños le dije que me sentía celosa de él porque le regalaban cosas cada vez que llegaba el día que recordaba un año más de vida. Le dije que quería un día yo también y él me lo negó, pero jamás me dijo un por qué y cada vez que le insistí, esquivaba el tema.

Y ahora, otro golpe que me hacía sentir terriblemente mal sin entender por qué: jamás había enfermado. La única tos que yo he tenido alguna vez fue por culpa de la estúpida brillantina, pero nada más. Ni eso que dicen se llama fiebre, ni congestión, ni resfriado, ni dolor estomacal… Ni agujetas, cosa que me intrigó la primera vez que llegó Kyosuke quejándose de ellas.

Sin darme cuenta, empecé a llorar. ¿Qué era yo exactamente? Me aparté de la ventana y dejé caer al suelo, acurrucada, abrazándome las piernas, llorando como una boba sin ser capaz de entender por qué estaba así justo ahora, justo en este momento, cuando toda la vida había sido igual para mí.

Una sacudida me devolvió a la realidad. Había estado llorando con la cara oculta sobre las rodillas y no me había dado cuenta de la oscuridad que invadía mi mundo y el exterior. Con cuidado, encendí la luz.

-Pensaba que habías desaparecido –dijo Kyosuke. Le oía aliviado aunque ronco, no como siempre me había llegado su voz −. ¿Te encuentras bien? –asentí con la cabeza a sabiendas que con la única luz existente (la de mi cuarto) me vería perfectamente −. Pensaba que vendría Tenma solo, como mucho con Shinsuke… Pero han venido los cuatro –gesticulé quitándole importancia.

Me acomodé en la cama y esperé a ver si él decía algo, pero no lo hizo. Noté que mi horizonte subía y bajaba de repente, reparando con la poca luz que ofrecía mi dormitorio que la bola había abandonado la mesita y reposaba sobre él, alzándose y bajando al ritmo de su respiración.

"¿Cómo te encuentras?" pregunté con las luces.

-Sigo con fiebre, pero estoy bien.

"No te vayas" pedí, sintiéndome tonta al instante.

-¿A dónde?

"El abuelito se durmió un día y no despertó. Él también tosía y tomaba medicinas" dije pausadamente. No me dijo nada, sólo me miró desde la oscuridad de su cuarto. "Kyo…"

-No es lo mismo, así que quédate tranquila –interrumpió acercando más la bola a su rostro −. ¿Has estado llorando? –preguntó. Repentinamente avergonzada, apagué la luz −. Aoi, no seas mala –intentó reír. Respondí en Morse que sí −. Siento haberte preocupado tanto.

"Deberías descansar"

-Lo mismo te digo. Mañana tienes faena escobando.

"No me lo recuerdes" pedí apagando al fin la luz.

-Buenas noches, Aoi –una pequeña sacudida y todo volvió a la paz y tranquilidad de la quietud.


Miré de nuevo la hora del reloj en la mesita. Era tarde. Miré la fecha del calendario. Ninguna festividad. Repasé la agenda escolar. Ni exámenes ni actividades extraescolares. Tal era mi nerviosismo que había acabado saliendo por la ventana y trepando hasta el tejado. Y allí esperaba nerviosa noticias o, mejor aún, que cierto casi quinceañero de cabello azul oscuro y ojos dorados hiciese acto de presencia.

-¿Dónde demonios se ha metido? –me pregunté balanceándome en mi asiento en el tejado.

Lo único que podía hacer era ir de punta a punta del tejado porque no había forma alguna de bajar y seguía sin hacerme gracia lo de saltar desde las alturas y flotar como pasaba con cada sacudida que Kyosuke daba a mi bola porque le gustaba. A demás, quería que reparase en mí desde el primer momento en que entrase al dormitorio.

La puerta se abrió y al fin entró la persona que más nerviosa me tenía. Dejó la mochila pesadamente y como ya era habitual a menos que llegase enfadado o arisco, arrastró la silla hasta la mesita.

-¿Otra vez en el tejado? Aoi, empiezo a creer que eres una cabra trepando por ahí como si nada –me encogí de hombros, relajada y divertida por el comentario, antes de gesticular por su día −. El de mates me ha castigado porque sí. Por eso he llegado tarde –explicó. Le animé a que me contara más y él accedió.

Llevaba un rato hablando cuando la puerta se abrió dando paso a Yuuichi. Kyosuke le respondió su intromisión con un gruñido.

-Creí que hablabas por teléfono –comentó el mayor.

-Imaginaciones tuyas –respondió el menor. Y yo en el tejado mirando como si jugasen a tenis.

-Ya, claro… ¿Y quién no se ha de reír porque no tiene gracia?

-Es de mala educación espiar a los demás.

-No me cambies el sujeto, Kyosuke. Si te pasa algo, no dudes en contármelo. ¿Lo harás?

-Sí, claro –asintió haciéndole gestos claros de que se marchase.

-Vale, vale, pero habla conmigo si necesitas algo.

-Que sí. Vete ya –dijo insistiendo en los gestos.

Alguna vez, Yuuichi había entrado en la habitación de Kyosuke cuando éste no estaba, pero jamás había reparado en mí. Miraba desde lejos la bola, quizás recordando el día que la trajo aquí, el día que me descubrí junto a una bola colgada de un árbol, a espaldas de un chico de diez años que encabezaba y finalizaba mi lista de amistades.

-A veces creo que se pega a la pared del otro cuarto y me espía –dijo llamando mi atención. Endurecí la mirada −. ¿Qué? –gesticulé. Me sabía mal por Yuuichi que, ofreciéndose para hablar, su hermano lo echase −. ¿Y qué quieres que haga? ¿Voy y le digo "mira, Yuuichi, quiero presentarte a mi amiga Aoi: es diminuta y vive en una bola de cristal"? –suspiré pesadamente −. Ya te lo comenté, ese tipo de cosas son las que me llevarían a un psicólogo porque tengo una amiga imaginaria y posiblemente te apartarían de mí.

Pero no lo soy. No soy imaginaria. Tantos niños y un amable anciano no pueden estar alucinando, imaginando la misma figura femenina con el mismo aspecto aunque la ropa cambiase de tanto en tanto. Agaché la cabeza y me miré los pies. Era algo que me dolía y que rivalizaba con otro dolor incomprensible que no me atrevía a preguntar.

-Ni se te ocurra llorar –amenazó Kyosuke. Alcé la vista y le miré sin lágrimas −. Así me gusta. ¿Vas a bajar ya del tejado? –preguntó.

Asentí y me puse de pie, acercándome a la chimenea y cogiéndome fuerte antes de que él voltease por completo la bola y la nieve empezase a ascender y a acumularse en el cristal. Cuando ya hubo bastante, me solté y me dejé caer. Pensaba que empezaría a caminar por el cristal de regreso al suelo cuando todo se agitó suavemente y empecé a flotar. No dejó de agitarla, obligándome a permanecer en suspensión todo el rato.

-Anímate, Aoi. Los únicos momentos en los que no me tendrás a tu lado será cuando esté en clase, entrenamientos o partidos. Así que más te vale no llorar por pensamientos falsos –asentí mientras volvía levemente la bola, sin tocar yo aún el suelo.

Ahogué un gritito. Era la primera vez que flotaba de lo más alto de la bola a lo más bajo y parecía que estaba volando. Ni tan siquiera me importaba que la nieve y el polvo brillante amenazasen con ahogarme. Cuando al fin me posé en el suelo, alcé la vista entre la nieve, muchísimo más relajada. Oí que le llamaban y se fue antes de que la nieve volviese a quedarse tranquila.


Desperté antes que el despertador y esperé sentada en la cama con la luz apagada, observando la enorme cama ocupada ante mi bola. Era un día importante, uno de aquellos que Kyosuke me había marcado en el calendario para que no me despistase. Cuando sonó, esperé divertida a que lo apagase y volviese a acurrucarse para dormir varios minutos más. Cinco años juntos daba para conocer sus manías matutinas. Riendo, empecé a encender y apagar la luz al ritmo de una cancioncilla que tuve que repetir porque se negó a abrir los ojos la primera vez, remugando que quería seguir durmiendo.

-Ya, ya los abro –protestó, reparando al fin en el incomprensible encender y apagar de luces que, en código Morse, no formaba nada −. Oh… –dijo cuando entendió lo que hacía. Acabé la cancioncilla riendo y pasé al Morse.

"¡Felicidades! ¡15 ya!" deseé antes de aplaudir.

-Gracias, Aoi.

"¿Soy la primera?" pregunté. El primer año me había pillado desprevenida y, cuando me enteré de qué pasaba, me propuse ser la primera cada año, no lográndolo el segundo ni el tercero.

-La primera –asintió levantándose y acercándose más −. Otro año consiguiéndolo.

Gesticulé y le pedí que esperase donde estaba. El día del cumpleaños, todo el mundo regalaba algo al homenajeado, pero yo jamás le había podido dar nada. Ese año, sin embargo, después de leer un par de libros que creí saberme de memoria, decidí que debía darle algo. Jamás se me había ocurrido, porque un cristal me separaba de él y su mundo, por lo que nunca pensé en hacerlo. Sin embargo, redescubrir aquellos libros me hizo armarme de valor e intentarlo.

Salí al exterior de la casa con el camisón y corrí descalza hacia el cristal, confirmando que él aún estaba allí parado, esperando como le había pedido, con duda en el rostro. En cuanto estuve al lado, volví a gesticular, pidiéndole que posara un dedo ante mí. Todo el día anterior había pensado cómo sería mejor, descartando prácticamente todo salvo lo que estaba haciendo justo antes de dormirme.

-¿Qué quieres hacer? –preguntó pegando el dedo al cristal. Volví a gesticular y di un beso en el cristal, sorprendiéndolo bastante. No lo apartó ni se movió y me pregunté si habría hecho mal −. No me esperaba esto, la verdad…

Sonreí satisfecha. Había sido un éxito mi plan y le había podido dar algo como regalo. Aún pasó varios minutos más en silencio, sin moverse de donde estaba antes de volver a decir algo.

-Muchas gracias, Aoi. Te prometo que te lo devolveré –dijo apartando la mano −. He de cambiarme e ir a clase.

Asentí y empecé a regresar a la casa. Cinco años también servían para entender que, si bien yo era una criatura diminuta en una bola de cristal, no quitaba que él fuese un chico y también necesitase un momento de intimidad para cambiarse. Y desde hacía poco, ni me atrevía a espiar para provocarle y reírme de sus protestas y sonrojos. Cada vez que me asomaba para confirmar si seguía allí o habría desaparecido sin avisar y me lo encontraba sin camisa, me dejaba caer al suelo, agradeciendo que no se oyesen los ruidos de mi mundo en el suyo y el hecho de ser tan pequeña para ocultar el enorme sonrojo que recorría mi rostro.

-Esta tarde tardaré más en volver –informó, dándome permiso con ello para asomarme y observar −. Ya sabes, mi cumpleaños… Seguro que los del equipo habrán montado una fiesta.

"Es tu día, disfrútalo con todos" respondí.

-Tú también formas parte del "todos", Aoi.

"Tu día será mi cuento hoy, ¿hecho?" pregunté.

-Hecho –asintió sonriendo −. Ni se te ocurra esperarme en el tejado, que te pasarás el día aburrida si lo haces.

Reí y agité las manos. Acabó de preparar su mochila y se fue. Suspiré y empecé mi día a día en mi mundo. De tanto en tanto me asomaba al exterior y observaba el reloj, comprobando la hora y calculando cuánto más tardaría Kyosuke en regresar.

Después de hacer varios regalitos de nieve, comprobé la hora. Demasiado tarde aunque no si pensaba en que él estaba de fiesta con los amigos. Entré en la casa y rebusqué en el armario hasta dar con un vestidito. Me cambié y recogí una cesta en la que metí un par de libros, dudando en si, como ya los conocía, acabaría leyéndolos ambos mil veces. Salí de la casa, corrí a la iglesia y subí al campanario. Usando una cuerda que ya había asegurado un par de días antes a la cruz que coronaba el techo del campanario y que, al parecer, Kyosuke no había reparado en ella, trepé hasta lo más alto y me senté a esperar, leyendo pacientemente con la luz del dormitorio.

Jamás me alegró tanto verle llegar, agotado y cargando una bolsa con regalos. Reí y esperé a que él mismo se acercase para descubrir lo que había preparado.

-Madre mía, Aoi, ¿qué haces en el campanario? –preguntó sorprendido de verme allí. Señalé al suelo y su vista bajó. Me entretuve viendo la reacción a través de su mirada −. ¿Todos para mí? –preguntó y yo, divertida, le negué antes de dejar el libro, ponerme en pie y estirar ambos brazos −. Eres una loca encantadora. ¿Lo sabías? –estaba realmente feliz, con la misma ilusión en la mirada de un niño pequeño −. Y también estás muy guapa.

Abrí mucho los ojos y bajé la vista a mis ropas. Empecé a juguetear con el bajo de la falda y él se echó a reír. Alcé la vista, rezando para que mi diminutez disimulase mis mejillas encendidas.

-Luego te lo cuento todo, que ahora me toca volver a soplar las velas, con mis padres y Yuuichi –dijo −. ¿Bajas del campanario? –negué y enseñé la cuerda junto a mí −. Chica lista –sonrió y yo, como una tonta, volví a sentir calor en las mejillas −. Entonces te dejo hacer. Prometo no tardar.

La luz empezaba a ser mínima, por lo que no podía leer ahí arriba. Después de varios minutos calmando el latir de mi corazón, volví a cogerme a la cuerda y bajé al campanario con la cestita de los libros. Allí había una luz, sólo necesitaba encontrar el interruptor y podía sentarme, con las piernas al exterior, a leer mientras esperaba. Aunque ya me era imposible centrarme en la lectura porque mi mente trabajaba en muchas cosas a la vez que, si bien era molesto tener tantas cosas en la cabeza, me hacían sonreír.

Cuando volví a sentir movimiento en el exterior, alcé la vista de la misma página en la que la había posado un par de horas atrás. Cerré el libro, lo dejé al lado y esperé a que una luz en un costado se encendiese poco a poco, de una forma que no me molestaba.

-Has bajado un poco –comentó Kyosuke cuando pudo verme. Me puse en pie y caminé al interruptor.

"Arriba no había luz"

-Lo sé.

"¿Qué tal, cumpleañero?"

-Agotado –dijo retrasándose para coger la silla del escritorio y acercarla a la mesita −. Esta mañana, Tenma y Shinsuke no han parado de chillar.

"Como siempre"

-Ya, pero hoy gritaban a los cuatro vientos que era mi cumpleaños. A todo aquel que pasaba le decían "hey, es su cumple" –me eché a reír −. Sí, eso hacía Kariya –volví a reír −. Las clases han sido agotadoras, como siempre. Y eso que Tenma ha dicho a todos los profesores que era mi cumpleaños, que no pusieran deberes ni cosas difíciles.

"¡Qué loco!"

-Y que lo digas.

"¿Y el entrenamiento?"

-Sustituido por una merienda por ser mi cumpleaños –respondió. Aplaudí dando saltitos −. Había más comida que gente allí reunida.

"¿Ha sobrado algo?"

-No.

"Como siempre" dije, y empezó a reír a la vez que yo.

-Cierto, cierto.

"¿Muchos regalos?"

-Bastantes, sí –asintió señalando hacia el escritorio −. Supongo que mañana lo guardaré todo. Ahora me apetece acabar de pasar el día contigo –añadió y noté que me sonrojaba.

"¿Tenías tarta?" pregunté rápidamente para evitar que se fijase en mi reacción.

-Eso nunca falta –respondió cogiendo aire para calmar la risa −. La ha traído el entrenador.

"No la habrá cocinado…"

-No, por suerte no –interrumpió sabiendo qué quería decir −. Haruna-san la ha preparado, pero era lo suficientemente grande como para no poder cargar con ella y ver a la vez.

"¿En serio?"

-Sí, espera –dijo sacando su móvil del bolsillo y rebuscando hasta encontrar algo. Pegó la pantalla al cristal y observé la foto −. Aunque ha necesitado ayuda, te digo yo que la esposa del entrenador no estaba en esa ayuda –asentí contemplando el enorme pastel que había en la fotografía.

"¿De qué era?"

-Chocolate y nata. Lo que le gusta a la mayoría por no decir todos. Y, a demás, una apuesta segura –respondió retirando el móvil.

"¿Has pedido tu deseo?" pregunté con una sonrisilla.

-Dos veces –asintió señalando hacia la puerta −. Mamá había preparado otro más pequeño y se negaba a dejarme ir sin, al menos, comer un trozo por muy lleno que haya venido de la fiesta en el club –me eché a reír.

"¿Qué has pedido?" pregunté.

-Esta vez no te lo voy a decir –negó con una sonrisa.

"¿Por qué no?"

-Es un secreto.

"¿A quién esperas que se lo vaya a chivar?" pregunté. Se echó a reír y negó de nuevo.

-No, Aoi. Esta vez, no.

Me quedé apoyada en la pared, observándolo sin comprender. Me había contado los deseos de los cuatro años anteriores. Me había contado sueños. Y, hasta ahora, creía conocer todos sus secretos.

-Oye, no he abierto tus otros regalos –dijo de pronto señalando al suelo −. ¿Los puedes abrir por mí?

Asentí con una sonrisilla y apagué la luz, cogí mis cosas y bajé del campanario, dejando la cesta con los libros en un mueble cercano a la puerta. Salí y caminé hacia los regalos. Me agaché junto a uno de ellos y cogí el montón de nieve en las manos. Apreté deformando el regalo de nieve y lo lancé al aire. Hice lo mismo con los otros regalitos que había dejado, dando vueltas y haciéndole reír.

-Sin lugar a dudas, de todos los regalos que me han hecho hoy, me quedo con el primero y el último –dijo apoyando una mano en un costado de la bola −. Voy a devolvértelos, tenlo por seguro –dijo apoyando la otra mano y alzando la bola −. ¿Puedo pedirte algo? –asentí sonriente −. Déjame hacerte flotar un poco.

Estiré los brazos y le dejé balancear la esfera en sus manos. Me separé del suelo y empecé a flotar en mi mundo con más brillito que nieve. Reí divertida; en todo el tiempo, Kyosuke había aprendido a mover mi mundo de forma que no subiese la nieve pero sí el brillito y yo. Cuando volvió a dejar la bola en la mesita, yo seguía danzando sin tocar suelo.

-¿Te importa si me voy a dormir ya? –negué entendiéndole −. Te dejaré la luz encendida al mínimo. Mamá la apagará cuando entre a ver si duermo –asentí y le despedí con la mano −. Descansa bien tú también.


Estaba sacudiendo las sábanas y las mantas de mi cama dentro de la iglesia cuando la puerta del dormitorio se abrió. Dejé todo donde estaba y me asomé a la puerta justo para encontrarme una criatura extraña pegada a mi bola. Pegué un portazo con un chillido muy agudo y me apoyé al cristal.

-Sasuke, no toques nada –oí decir a alguien.

-No pasa nada, Tenma –escuché esta vez a Kyosuke.

-Es la primera vez que entra, está claro que lo mirará todo –se excusó Tenma.

-Que no pasa nada. Ya sé que no cogerá las cosas.

Lentamente, abrí la puerta y observé. Una enorme criatura blanca con orejas, pelo y una mancha en un ojo en verde observaba mi mundo. Ladeó la cabeza y yo le imité inconscientemente. Por detrás de él, vi a Kyosuke y a Tenma. El castaño estaba de espaldas, por lo que parecía no ver los gestos que me dedicaba Kyosuke indicándome que todo estaba bien. Suspiré y abrí del todo la puerta.

-Vale, ¿de qué haremos el trabajo? –preguntó Tenma, reclamando así toda la atención de mi único amigo.

Me acerqué al límite, dudando sobre aquella criatura que se agachó un poco más para observar mejor. Tenía la sensación de que aquel animal me estaba mirando a mí, me veía y analizaba de arriba abajo sin prestar atención a nada, ni tan siquiera a los dos jóvenes que trabajaban, uno en la silla y otro sentado a los pies de la cama. Cogí aire un par de veces y decidí actuar.

-Aparta –indiqué gesticulando con los brazos. El animal no se movió −. Aléjate un poco, va –volví a gesticular, pero el animal no hizo nada.

-Sasuke, ¿qué pasa? –preguntó de pronto Tenma. Se me heló la sangre.

-Parece que le gusta mi bola de nieve –respondió Kyosuke desde la silla.

-No se toca, Sasuke.

El animal ladró y se apartó lentamente hasta los pies de su dueño, donde se estiró y quedó dormido. Tenma le rascó tras las orejas. Me dieron ganas de imitarle pero, sin contar que tenía aún faena dentro de la iglesia, no había nadie junto a quien acurrucarme a dormir.

Un par de horas después, con mi cama ya arreglada, me quedé observando a los dos chicos trabajando sin descanso anotando cosas en libretas. Sasuke había vuelto a despertarse y miraba hacia mí, aunque no se movía de donde estaba, obediente a Tenma.

-¡Madre mía! –exclamó de pronto el castaño −. Se nos ha ido el tiempo.

-¿Tanto? –preguntó igualmente sorprendido Kyosuke.

-Sí –asintió empezando a recoger sus cosas −. Tocará seguir mañana.

-Imposible, tenemos entrenamiento.

-Pasado.

-Más entrenamiento.

-¿Cuándo no entrenamos?

-Al otro.

-Me he rendido demasiado pronto –rió tontamente Tenma. Cogió una cuerda y la ató al collar de Sasuke −. Venga, Sasuke, nos vamos a casa.

-Al menos, hemos hecho bastante.

-Sí, cierto –asintió −. Te veo mañana en clase.

-Hasta mañana.

Esperé sentada al límite, viendo cómo Kyosuke se aseguraba desde su puerta que Tenma y su mascota marchasen antes de acercarse a la mesita, coger con cuidado la bola y llevarme al escritorio.

-Ya lo ves, ando hasta arriba de faena.

"¿Todo bien?" pregunté pegando puñetazos al cristal, otro de los trucos aprendidos después de tanto tiempo utilizando el Morse para comunicarme.

-Sí. Lo que los profes quieren mucho y eso lleva mucho trabajo y tiempo –respondió indicando los papeles junto a los que me había dejado. Pasó un minuto sin hablarme −. ¿Te ha asustado Sasuke?

"Un poco" respondí.

-Es un animal dócil y obediente. Tenma le había dicho antes de entrar que no se tocaba nada y ya ves, ha obedecido –explicó regresando la vista a sus papeles y cogiendo un bolígrafo −. Parece ser que los animales también pueden verte.

"Eso parece" dije. Me miraba de reojo para asegurarse que le respondía y después regresaba la vista a sus papeles.