VIII

Venecia era simplemente esplendida, con sus estrechas calles y sus amplios canales, las fachadas de los edificios principales eran minuciosamente detallados. Las calles aledañas eran sin duda menos complejas pero no por ello carentes de encanto. Las góndolas eran estrechas fue lo primero que aprecio Marian cuando subió a una. Nunca antes había estado en el extranjero así que simplemente estaba fascinada, tanto que se dejó llevar por el entusiasmo.

Disfrutando de la vista llegaron al motel donde se hospedarían, era uno de los más lujosos, desde luego Regina no reparaba en gastos. Un hombre con acento italiano las recibió de manera amable, y las guio hasta su habitación, que tenía el tamaño de un apartamento. Las paredes en color verde olivo con detalles en color blanco le daban un toque elegante. Los muebles de caoba y las pinturas, todo en conjunto parecía haber sido diseñado por alguien totalmente talentoso de gusto exquisito. Regina pidió explorar el lugar primero con solo la luz de la luna, así que todo estaba bañado por una luz plateada.

Marian se paseó entre las habitaciones, seguida de cerca por Regina que se veía encantada con la reacción de su amiga. Luego de unos minutos Emma se encargó de encender las luces y la chimenea, mientras las chicas contemplaban la vista del balcón. La noche era espesa, y a lo lejos se veían luces que parecían flotar sobre el agua. Marian fantaseó con lo que hacían las personas de donde provenían las luces, hasta que la suave voz de Regina la sacó de sus pensamientos.

-Puedes invitar a quien quieras- intento que su comentario sonara casual aunque sin tener éxito

-¿Por qué habría de hacer eso?

-Solo por si te aburres. Sabes puedes invitar a quien quieras.

-¿A quien quiera? O prefieres que invite a Robin

-Si tú quieres puedes invitarlo a él

-Le diré solo si tú quieres

-No, si tú quieres

-Este lugar es tuyo, tú eliges a quien invitar- luego de unos segundos añadió a pesar de saber la respuesta- ¿Por qué no lo invitas tú?

-Ya lo he hecho y no acepto- la desilusión cayó sobre la mirada ámbar- Robín es amigo tuyo, ¿no es cierto?

-Sí, pero eso no implica que haga todo lo que le pida

-Bueno es tu elección- se encogió de hombros y sus labios formaron una sonrisa

Tomaron una merienda ligera antes de irse a dormir, solo con el propósito de reponer algo de la energía perdida durante el viaje. Marian se cambió el incómodo vestido por un camisón holgado en color blanco, y cambio su elaborado peinado en un sencillo trenzado de lado. Se metió entre las sabanas de seda para lentamente sumergirse en la inconciencia. Era pasada la media noche cuando un ruido la despertó, luego de reponerse del sobresalto inicial, se obligó a ponerse en un estado de alerta que le permitiera identificar de donde venía tal ruido.

Cuando escuchó de manera más clara lo que parecían ser lamentos un escalofrío le recorrió la piel. Unos minutos después no solo eran lamentos, sino una tos profunda acompañada de llanto, venían de la habitación a lado de la suya. Se levantó debatiendo por un momento si sería una buena idea ir, en ese momento escucho un par de pasos que recorrían el pasillo, no pudo más que quedarse inmóvil cerca de la puerta. Marian podía imaginar con claridad a Emma trazando círculos en la espalda de Regina, susurrando palabras de consuelo cerca de su oído, mientras la otra chica empapada en sudor lloraba, siendo esa la única manera en que podía expresar su miedo entre la tos que le impedía el habla y le dificultaba la respiración.

A Marian le pareció que el tiempo se encaprichaba con el dolor de Regina, pues sentía que una eternidad había pasado y su tormento no acababa. Quería correr y ofrecer su ayuda, pero una parte de ella le decía que no sería bien recibida, además no estaba segura de querer ver a su amiga en aquel estado. Giro el pomo de la puerta, abriendo solo una rendija, espero algún cambio en la situación, unos minutos después el pasillo se ilumino, sin moverse vio a Emma pasar, en la mano derecha llevaba una lámpara, con la izquierda sujetaba un tazón de porcelana que apretaba contra su pecho, por un momento a la morena le pareció ver algunas manchas rojas en los bordes. Cerró la puerta para sentarse frente a una mesa en una esquina de la habitación, una vez dispuso de luz, papel y tinta, escribió una carta que envió al amanecer.

IX

El cielo estaba completamente azul, sin una nube que ocultara la luz del día. Caminaron por al menos quince minutos alejándose cada vez más del centro de la ciudad. Regina no podía evitar sentirse emocionada por la sorpresa que le tenía Marian, se levantaron temprano por la mañana, tomaron el desayuno y salieron del departamento, pero esta vez no fue para hacer una visita a una catedral o a una cafetería, de hecho conforme avanzaban se alejaban de cualquiera de esos puntos.

-¿Me dirás a donde nos dirigimos?- pregunto por enésima vez Regina, no ponía resistencia alguna en seguir a su amiga, la curiosidad siempre podía con ella, pero eso no impedía que hiciera preguntas

-Por supuesto que no, se paciente. Ya no falta mucho- Reviso la dirección que le fue entregada durante la mañana- de hecho estamos aquí- abrió la puerta y permitió que la otra chica pasara primero

-¡Robín! decidiste venir- hizo acopio de todas sus fuerzas para no lanzarse hacia sus brazos

-Después de todo no podía perderme Venecia- Se inclinó y besó su mano, luego repitió el gesto con Marian- Solo que me tomo un poco de tiempo reunir el dinero

-Me alegro tanto que decidieses venir ¿Aquí es donde te hospedas?

-Por el momento- adopto una actitud más formal y seria- Ahora si me permiten darles un recorrido- se colocó en frente de ambas- Empezamos con este sublime vestíbulo esculpido por el mismo artista que diseño la Basílica de San Marcos – continuo su recorrido hacia las escaleras- Y aquí tenemos lo que sirvió de inspiración para los palacios de Europa durante la época de María Antonieta

Subieron cuatro pisos antes de llegar a la habitación donde se hospedaba Robín, hubiese sido un recorrido tedioso por aquel edificio, que había visto su gloria hace ya mucho tiempo y que seguramente no duraría una década más, de no ser por el animado joven que se dedicó a ironizar la desdichada situación del lugar, arrebatándole en el proceso sinceras sonrisas a Regina.

-Este es el ejemplo perfecto de un baño Francés- la habitación de paredes blancas contaba con un solitario perchero y una tina de cobre que solo podía ser descrita como incomoda

-O a las fuentes de Constantinopla- respondió Regina

-Usted sí que sabe de arte señorita- Robín ni siquiera se dio cuenta de cuanto estaba disfrutando de ese juego

-Enserio, ¿Cuánto estas pagando por este lugar?- interrumpió Marian, parando en seco las risas de sus acompañantes que prácticamente la estaba ignorando

-No lo suficiente por esta vista- se acercó a la ventana donde estaba la morena para correr las cortinas, revelando un edificio parecido a donde estaban- Aquí puedes tener contacto directo con la gente del lugar y aprender de sus bonitas costumbres… como tender la ropa a primera hora del día haciendo el mayor ruido posible- les guiño un ojo y logró de nuevo una sonrisa en la chica de mirada ámbar

Conforme el crepúsculo se fue acercando, decidieron ir al Ristorante All'Angeloque algunas amistades de Regina la habían recomendado en visitar. Era un restaurante acogedor, sumamente elegante. Robín hizo las órdenes en un italiano casi aceptable, disfrutaron de una comida exquisita y de varias bebidas que rápidamente los hicieron caer en la euforia. Para cuando hubieron terminado, la luna estaba en lo alto, pero ante la negativa de Regina de regresar a sus respectivas habitaciones decidieron dar un paseo en góndola.

Se acercaron a la orilla del canal donde un grupo de gondolieri se encontraba. A esas alturas Robín ya no se hacía entender por ningún medio, así que tuvieron una discusión en la que ya no estaban seguros de que lengua estaban hablando, lo que poco que lograron entender era que solo podían ir dos por góndola. Marian vio su primera oportunidad, por supuesto ella no estaba tan ebria como sus acompañantes, así que tomo la iniciativa y se montó primera insistiendo ir sola.

Iban prácticamente recostados para disfrutar la vista del cielo nocturno. Los hogares y hoteles tenían las luces apagadas, bajo la luz de la lámpara que iluminaba su camino, los alrededores formaba sombras de resaltaban la belleza de la ciudad, más adelante con la luz de la luna en aquella noche despejada revelaba misteriosas formas delante de ellos.

-Regina ¿Cómo la están pasando atrás?- gritó Marian- Porque Diego me recita en italiano y creo que me estoy enamorando- solo escucho las risitas de la pareja que iba tras ella

-La estamos pasando bien- respondió Regina que disfrutaba del momento con una sonrisa boba en su rostro

-Regina, le puedes decir a Robín que no es propio de él ser tan callado

-Dice no es propio de ti ser tan callado- sus miradas se cruzaron y ella no pudo evitar un, sutil pero obvio, rojo que teñía sus mejillas y nada tenía que ver el vino

-Dile que me gustaría disfrutar de esto en silencio

-Dice que le gustaría disfrutar de esto en silencio- repitió más alto para que Marian la escuchara

El canal se ensanchaba conforme avanzaban, quedando en poco tiempo una góndola a lado de la otra.

-Regina- se sentó y vio la pareja a su lado- Regina ven acá- estiró la mano en dirección a la otra chica

-Marian no

-Vamos toma mi mano- la chica le hizo caso y entrelazaron un momento sus dedos mientras pasaban debajo del puente Rialto

X

A partir de ese día se reunían Marian, Robín, Regina y Emma, para degustar los pastelillos en las cafeterías, los platillos típicos de lugar, o sentarse en la escalinata de la Iglesia de San Barnaba. Entrar a Basílica de San Marco, una estricta iglesia católica que exigía que las mujeres que entraran debieran usar falda y llevar la cabeza cubierta, fue uno de los mayores placeres del viaje. La fachada con variadas cúpulas que se podían ver desde diferentes puntos en la ciudad, los amplios portones, las pinturas y esculturas que residían como guardianes, el tono dorado que bañaba todo dentro. Recorrieron todo el lugar, Regina pretendía memorizar cada centímetro aunque era una hazaña que le parecía imposible. Permanecieron durante algunas horas, antes de salir Regina dio con una escalera estrecha que daba a los palcos de la Basílica.

-Creo que subiré por aquí ¿Marian vienes conmigo?

-Me parece que en esta ocasión no- Le dio una mirada de disculpa y se adelantó a la puerta

-¿Emma?

-Prefiero evitar las alturas

-¿Robín?- ella esperaba que aceptara, no necesito que él respondiera para entender la respuesta- Bien subiré sola- decir que estaba decepcionada no explicaría como se sintió en realidad.

Iba tan distraída que no fue consiente cuando el aire le comenzó a faltar, para cuando alcanzó la cima respiraba con dificultad, se sentía mareada y su corazón latía en sus oídos. Se aferró al palco para mantener el equilibrio, estaba a punto de buscar ayuda cuando Emma se colocó a su lado y le dedico una sonrisa tranquilizadora. Pasaron más tiempo del planeado arriba, mientras Regina intentaba recuperarse su mirada se desplazaba de los inmóviles caballos esculpidos a unos metros a su izquierda, a las personas que paseaban en la plaza.

-¿Por qué no fuiste con ella?- fue lo primero que dijo Marian cuando sintió a Robín a su lado

-¿Por qué habría de hacerlo?

-Porque te lo pidió

-Eso no significa nada

-Claro que si lo hace- observó a su alrededor esperando no encontrarse con ninguna de las mujeres que dejaron atrás hace unos minutos- Ella te ama

-¿Cómo estas segura de ello?

-Lo estoy porque la conozco

-Ella y yo apenas nos conocemos

-No importa, ella ama así

-Es imposible

-Claro que no, ella te ama

Robín estuvo todo el camino pensando en lo dicho por Marian, era tan poco probable, pero eso podría explicar el comportamiento de Regina, no le era ajena la mirada dulce que le dirigía siempre. Llegó a la conclusión de que su amada estaba en lo cierto, pero cuál era el interés en aquello, estaba sorprendido por la reacción de la morena. Cuando subieron a las góndolas que los llevarían cerca del apartamento de las chicas, Regina se había soltado el cabello, que le caía en suaves ondas en las espalda, su piel estaba pálida y faltaba algo en su mirada que preocupaba al periodista.

-¿Te sientes bien?- preguntó él, aunque la respuesta saltaba ante sus ojos

-Sí claro. Solo que hace calor, demasiado calor- ella se inclinó con cuidado para salpicarse la cara con un poco de agua del canal, no se dio cuenta cuando de lado contrario fueron golpeados, para cuando levantó la vista estaba rodeados de góndolas, la joven sintió que se asfixiaba

….

-¿Cómo esta ella?- apenas vio a Emma y no pudo contenerse, tardaron veinte minutos en llegar al hospital más cercano, una hora después no tenían noticia alguna de la joven

-Estará bien, solo necesita descansar. Fue por culpa del calor

-¿Estas segura?

-Lo mejor será que nos vayamos- Robín no entendía la actitud de Marian- Ya la escuchaste, ella necesita descansar y nosotros no podemos hacer nada aquí afuera

-Mandare a llamarlo cuando se sienta mejor- repuso Emma para tranquilizarlo

-Hágalo por favor- siguió a Marian hasta una pequeña cafetería en una calle que no había visitado juntos, en todo el camino no se dirigieron la palabra- Espero que mejore pronto

-No lo hará

-Escuchaste a Emma…

-Mintió

-Pero Regina…

-Ella está enferma muy enferma- Robín no entendía y la joven morena debió haberlo visto porque continuo explicando- Se está muriendo.

-¿Desde cuándo lo sabes?

-Hace unos meses, Robert me lo dijo, pero no lo creí hasta el día de hoy

-¿Por qué no nos lo dijo?

-Ella vino aquí a vivir no a morir. No quería que supiéramos

-Somos sus amigos

-Y por eso vamos a pretender que no sabemos

-¿Por qué no me habías dicho nada?- solo una mirada fue la que necesito para comprender- No es cierto

-Tú también lo pensaste a así que no me hagas ver como la mala aquí

-¿Cómo puedes estar tan segura de que va a funcionar?

- Somos todo cuanto tiene

XI

Regina regresó un par de días después, aunque con la piel pálida, se veía preciosa con una enorme sonrisa en su rostro. La joven le pidió a sus acompañantes que no hablaran de lo sucedido, que fue un evento desafortunado, pero había pasado y tenía que divertirse. La distracción perfecta fue el carnaval que se celebraba dos lunas después. Robín y Emma no quería terminar con el entusiasmo de la morena así que dejaron el tema, mientras que Marian estaba preocupada, aunque no podía decir si era por la condición de su amiga o que su plan no ocurriera según lo previsto.

El día del carnaval las chicas ocuparon la mayor parte de su tarde en ataviarse con sus disfraces. Emma llevaba un bonito vestido en color negro, sin muchos detalles, pero resaltaba el tono de su piel, y sus facciones se veían tan delicadas con el maquillaje que Regina le aplico después de insistirle que le permitiera arreglarla. Para Marian un traje de torero español, de color azul, tenía bordados en color dorado, su larga melena escondida bajo el sombrero oscuro, el traje disimulaba todas sus curvas, al verse al espejo solo vio a un chico de rostro delicado. Regina también llevaba un vestido, pero este era de un encaje color hueso, con un tocado alto para llevar un velo que alcazaba su cintura, su vestido era una antigüedad y según la persona que lo había traído, aquel vestido en antaño era muy popular entre las doncellas que estaban por desposarse.

Regina parecía encantada por la idea, agradeciendo un centenar de veces a Emma por tan bonito obsequio, pues fue la rubia quien había buscado el diseño. Los ojos de Emma brillaban con lágrimas contenidas, la razón era la misma por la que estaba tan agradecida Regina, pero ninguna compartió sus pensamientos.

Robín estaba en el vestíbulo de su edificio sentado en un cómodo sillón esperando pacientemente. Apenas las vio bajar las escaleras se puso en pie a lado de las escaleras, contuvo el aliento al ver a Regina se veía radiante, llena de vida y tan frágil como una pluma, en ese momento no hubiese podido imaginar una cosa más inocente que lo que tenía delante. Trago grueso al recordar la dura noticia que le había dado Marian, la culpa se instaló en su pecho. Pensó en cuando los niños atrapan preciosas mariposas solo para arrancarles las alas y dejarlas morir, ellos no sabían el daño que le hacían a la pobre criatura, para ellos solo era un juego, Robín se sintió en ese momento como esos niños, solo que él era consciente del daño que causaría a la chica si le arrancaba las alas, pero ¿acaso no le haría el mismo daño a Marian si ignoraba su plan?

Caminaron por las estrechas calles, el bullicio de la gente los perseguía a donde quiera que fueran, y conforme se acercaban al corazón del festival las personas a su alrededor parecían llegar a un estado casi eufórico. Risas, música, máscaras, una celebración a su alrededor y Robín parecía más desolado que nunca. Desde que salieron del hotel donde se hospedaban sus acompañantes, no pudo despegar los ojos de Regina, se decía a si mismo que era porque tenía miedo de que se repitiese lo de hace unos días, aunque no estaba siendo sincero consigo mismo, de haberlo hecho se hubiese dado cuenta, que no podía dejar de mirar como el vestido se ajustaba en los lugares correctos, de cada que veía la mirada ámbar su pulso se aceleraba, o que a cada sonrisa de ella respondía con una de las suyas.

-Tienes escrito culpable por todo tu rostro ¿Sabes?- dijo Marian

-Después de lo que me has pedido me sorprende que tú no te sientas de la misma manera

-Es mi amiga. Pero te amo a ti… si esto funciona todo esto terminara y nadie saldrá herido. Ahora puedes poner de tu parte, pasar tiempo con ella no te matara

Al llegar al centro de una plazuela supieron que aquel era su destino, las personas se reunían al centro para bailar con la melodía improvisada de los músicos. Una pieza más animada comenzó a sonar, un hombre tomo a Robín por el brazo, y él tomó a Regina por la muñeca, se unieron al grupo en la danza desordenada que inició desde mucho antes de que ellos llegaran. Las únicas luces que alumbraban las calles eran las antorchas colgadas alrededor del lugar, y lograban arrancar destellos de la mirada ámbar de su acompañante, su risa la hacía ver mucho más joven.

Robín se acercó y la tomó por la cintura, imitando los movimientos de las personas a su alrededor, giraron hasta que empezaron a tropezar, y luego él la elevo por los aires. Al bajar Regina pasó sus brazos sobre su cuello respiro su aroma, sus piernas le fallaron por un instante, pero no quería detenerse. Robín pareció entender, bajo el ritmo, la atrajo más cerca de él y la sostuvo firmemente. Cuando levantó su cabeza y sus miradas se encontraron, él no pudo evitarlo, se inclinó para besarla, fue un besó lento, suave.

Regina sintió su corazón bombear más rápido, su pecho comenzaba a doler pero en ese momento no parecía importante, se sentó a la orilla de una fuente no estando segura de que sus piernas cumplirían con ella durante más tiempo. Se salpico la cara con el agua fría, unos segundos después Emma estaba a su lado frotando círculos en su espalda, pero Robín no se encontraba en ningún lado.

-¿Lo has visto?- Emma tardó unos segundos en comprender

-Estaba aquí hasta hace unos minutos. ¿Te sientes bien? Sería mejor regresar

-No podemos, tenemos que encontrarlos- digo testaruda, empujo el dolor que acumulaba en su pecho y suplico a los dioses que le dieran más tiempo. Se puso en pie y comenzó a buscar en los alrededores bajo la atenta mirada de su doncella

Sin rastro de Marian o Robín sintió las lágrimas acumularse en sus ojos, se mordió el labio en la comprensión de lo que sucedía. Su corazón se partió en dos, y en contra de toda la razón siguió buscando con la esperanza de encontrarlos para convencerse de lo que sus sospechas no tenían fundamento.

XII

La morena estaba buscando una forma rápida de escabullirse, sentía su cabeza palpitar y por sus venas corría el fuego. Apretaba con fuerza el brazo de Robín, no quería perderlo entre la gente, no quería perderlo por causa de Regina. No estaba segura de cómo habían llegado a aquel lugar, pero cuando sintió el frio aire contra su piel decidió detenerse.

-¿Qué es lo que haces?

-Te quiero, te quiero a ti, te quiero ahora. Dime que estás enamorado de mi- la desesperación emanaba de su cuerpo, de su mirada

-Te amo- se acercó y la besó, pero ella fue quien aumento la velocidad, quien empezó a recorrer su cuerpo, a presionarse contra él

-Dime que no la quieres a ella, que no la amas- hablo entrecortado

-Te amo- fue su respuesta, avanzó hacia una esquina entre besos, caricias y gemidos

Robín paso sus manos entre su cabello, haciendo caer el sombrero y desacomodando el moño que sostenía el cabello rizado de Marian. Sus delicadas manos trabajaron hábilmente en los botones de su camisa, el saco negro tirado a un lado, junto el azul de ella. Una pierna se enganchó con su cadera dando mejor acceso a su virilidad. La camisa era todo lo que quedaba de su ropa, él solo se bajó los pantalones lo suficiente para cumplir. Había pasado un tiempo desde que habían estado juntos, pero esta vez era diferente, fue la pasión quien se hizo cargo, el deseo de poseerse. Con una mano la ayudo a levantar más la pierna dándole más facilidad para penetrarla. Se besaron son urgencia cuando él estuvo dentro de ella. Marian presiono su cuerpo aún más contra el de él, su espalda contra la fría pared y sus pechos contra el de su amante la hicieron estremecerse.

El mundo dejo de existir y solo eran ellos dos, los gemidos de ella mientras susurraba su nombre repetidas veces, así como el embistió, primero lento y luego más rápido, hasta alcanzar el éxtasis. Ella se sujetó de él, con la cabeza enterrada en su cuello aspiró su aroma, no deseaba compartirlo con nadie, sobre todo no con Regina, pero no había otra opción. Marian se alejó y comenzó a vestirse.

-Debemos regresar

-Creo que sí- fue toda su respuesta, se ajustó la ropa y se pasó los dedos por el cabello castaño intentando acomodarlo

Él la acompaño hasta la entrada del hotel donde se hospedaba, le dio un beso en la frente y luego se alejó, dejándola sola para enfrentar las consecuencias de sus actos.

-Has vuelto- Regina estaba en una silla junto a la ventana, los ojos enrojecidos y la piel pálida, aun así la luz parecía envolverla como un aura- Anoche intentamos encontrarlos, pero seguro se extraviaron entre tanta gente ¿Verdad?

Marian no contestó, no podía hacerlo, en su lugar digo -Sabes, creo que lo mejor es que regrese a casa

-No tienes que hacerlo, quédate

-Me iré por la tarde, es lo mejor. Si me quedo tarde o temprano me odiaras

-Yo nunca lo haría

-Sí, lo harás- Se retiró a su habitación y empacó sus cosas. Un nudo se instaló en el pecho por su amante y su amiga, deseaba más que nada permanecer en Venecia, seguir como si la noche anterior no hubiese sucedido y debido a eso tenía que irse.

XIII

-Regina, buenos días- la joven observo la sonrisa vacilante que le daba Robín

-Yo acabo de regresar de acompañar a Marian al barco, ella ha decidido regresar a casa- no pasó desapercibido como los hombros de él se hundieron ante la noticia- Espero que eso no significa que te iras

-¿Por qué haría eso?- cogió un par de uvas del bol que tenía enfrente- Me gusta estar aquí

-Me gusta que estés aquí

-Mi señora, ¿Tiene planes para el día de hoy?

-Nada que no pueda posponerse, estoy segura

-Entonces vayamos a descubrí más los secretos que oculta esta ciudad

Anduvieron juntos toda la mañana, recorriendo los alrededores de la basílica, perdiéndose entre callejuelas, encontrando mercados llenos de flores, deteniéndose en algunas cafeterías por chocolate y café. Luego la acompaño de regreso hasta el motel donde se hospedaba, pasaron un par de horas relatándose historias de viajes que realiza Regina, así como las anécdotas de trabajo de Robín. Cuando la noche los alcanzó el caballerosamente se retiró prometiendo regresar al día siguiente.

Fiel a su palabra la mañana siguiente a primera hora estaba compartiendo el desayuno con Regina y Emma, un par de semanas más tarde se había convertido en un hábito ver a la joven de preciosos ojos color ámbar en la mañana. Sus encuentros se estaban volviendo una necesidad para Robín, buscaba la manera de prolongar las horas que compartían, pensaba en cómo hacerla sonreír, se preguntaba cómo se sentiría su piel debajo de las sedas que cubrían su espalda. Y cuando estaba disfrutando más del tiempo gasta con Regina, los recuerdos de Marian lo bombardeaban, pero eso no era lo que lo asustaba, lo que realmente le causaba pavor era que en los pensamientos que antes eran exclusivamente de su vibrante amante se llegaba a colar la brillante sonrisa de la joven que recién conocía.

Robín observaba por la ventana, perdido en las palabras que Marian había escrito para él, en la carta le pedía que leyera sus cartas que no se olvidara del tiempo que era solo de ellos, declaraba que la idea de perderlo la aterraba. La tinta en el papel estaba borrosa en aquellas partes donde de las gruesas lágrimas de Marian habían caído. Robín no quería otra cosa más que consolarla, apaciguar sus miedos, pero la tarea de ponerlo en palabras le era casi imposible, tanto que las cartas se comenzaban a acumular sin ninguna respuesta. Por esa razón estaba empacando sus cosas regresaría a lado de la joven morena que lo amaba y no estaba a su lado. Sin embargo antes de poner huir su convicción se derrumbó, pues frente a su puerta estaba Regina, solo una mirada le fue suficiente para inventarse una excusa y quedarse.

XIV

La lluvia constante hacía que aquella mañana pareciera misteriosa, la ciudad estaba cubierta por un manto grisáceo como si el mismo entorno deseara guardar un gran secreto. El clima hacia mella en el ánimo de Robín al darse cuenta que ese día sería tan desdichado para él como para el resto de la ciudad, pues no verían el único pedazo de sol que solo resplandecía para él. A pesar de su insistencia no le permitieron la entrada al motel de Regina, alegando que el estado de salud de la joven era precario y que prefería estar sola por el momento.

Regreso desilusionado a la pequeña habitación de su desgastado hotel, hundiéndose en su soledad y deseando estar al lado de ella, acariciando su largo cabello negro en un intento de calmar cualquier molestia que la enfermedad le pudiera estar ocasionando. Se cuestionaba si era una simple gripe pasajera o algo más grave, casi había pasado una semana desde la última vez que la vio, de ser una gripe pronto pasaría entonces podrían volver al ritmo que estaban acostumbrados. Pasó el siguiente par de horas preocupado por la salud de Regina, hasta que un visitante interrumpió sus pensamientos.

-Emma- el aliento casi abandono sus pulmones al ver el rostro serio de la doncella- ¿Ella está bien?

La rubia negó suavemente con la cabeza- No, ella está enferma- no vio ninguna sorpresa en el rostro del hombre, sino una profunda preocupación- ¿Tú sabías?

-Sí- las palabras se volvieron un nudo en su garganta

-Tienes que ir a verla

-¿Ella me recibirá?- Estaba en pie antes de escuchar la respuesta

-Pero…- Emma lo sostuvo del brazo con firmeza- Necesito que vayas y que le digas que no es verdad, que nada de eso es verdad

-¿Qué quieres decir?

-Esta mañana vino a visitarla Robert, le dijo que has estado con Marian todo este tiempo- sus ojos se volvían acuosos conforme hablaba

-¿Por qué harías eso?

-Él se quería casar con ella

-Pero se negó. ¿Qué planeaba con decirle todo? ¿A caso quiere matarla?- sus propias palabras se hundieron en él como un cuchillo al corazón

-Marian se lo debió de haber dicho

-No lo haría

-Nadie más lo sabía- encajo Emma

-No es posible

-Regina tenía sus sospechas al principio, pero nunca expreso sus dudas

-Y tú no ibas a sacarla de su error

-La haces feliz, por eso necesita verte. Y yo quiero que le digas que lo dicho por Robert es mentira… se lo debes

El camino hasta al apartamento fue en absoluto silencio, sentía que Emma tenía muchas cosas que deseaba echarle en cara, pero no lo haría, por la lealtad que le profesaba a Regina. Al llegar a su destino, la rubia lo condujo hasta el salón principal, aquel donde se habían sentado a compartir historias de su pasado antes de conocerse, ahora Regina estaba recostada en el enorme diván blanco que hacia lucir su figura como una frágil mujer. Con el delgado camisón del color de la porcelana se notaba lo pequeña que era en realidad, la piel pálida y enfermiza, junto con las manchas oscuras debajo de sus ojos sin su característico brillo, hicieron que el corazón de Robín se rompiera en pedazos.

-Había querido verte desde hace días

-Bueno tenía que ponértelo un poco difícil para hacerlo interesante

- He venido casi todas las tardes

-Me siento mejor por las mañanas. Por eso salía a pasear

-Sí yo también

-¿A dónde ibas?- preguntó con interés sus ojos volvieron a brillar

-A todos los lugares que visitamos juntos

-Sí, yo también. Quizá cuando tú llegabas a un lugar, yo doblaba por la esquina, por lo que nunca nos encontramos

-Lo mismo pensé… por eso me quedaba durante horas en el mismo lugar antes de pasar al siguiente. Robert vino a verte esta mañana….

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero hizo un esfuerzo para no derramarlas- Vino para dejarme una caja de chocolates. ¿Puedes creerlo? El hombre se considera el caballero perfecto pero solo ha venido ha venido a hacerme daño y para compensarlo me da una caja de chocolates

-Regina- se arrodillo cerca de su rostro y sujeto sus manos- Lo que te haya dicho no es cierto- la joven se llevó las manos al pecho y parecía faltarle el aire

-Por favor sólo… sólo no me mientas

-No lo hago, déjame demostrártelo

-Está bien, no tienes que hacerlo- sacudió suavemente la cabeza- Te amo Robín… y también la amo a ella. Los amo a los dos

Robín se perdió en ese par de ojos, cuando quiso darse cuenta sus mejillas estaban empapadas, terminó por enterrar su cabeza en el estómago de Regina, lloro hasta que ojos estaban secos, respirar era doloroso y a pesar de que no lo merecía dejo que ella lo consolara.

XV

Robín estaba sentado al lado de la chimenea, en su pequeño apartamento en el que vivía desde hace tantos años, era lo que consideraba un hogar. Desde su regreso había pasado la mayor parte del tiempo encerrado en esas cuatro paredes, buscando la comodidad que tanto necesita pero parecía evadirlo. Así que prácticamente llevaba dos semanas en el mismo sillón, en la misma posición lamentando su situación. Ya se había acostumbrado al sonido constante de la lluvia, era adecuado, casi un consuelo, como si el cielo derramara las gotas que él ya no podía. Su corazón se sentía entumecido, se sentía peor que perdido, porque sabía lo que quería y aquello que anhelaba era la única cosa que sin importar lo que hiciese no tendría nunca.

Los golpes en su puerta lo sacaron de su ensoñación, se levantó despacio, sentía que cualquier movimiento brusco rompería su cuerpo en pedazos.

-Por un momento pensé que no estabas- Marian se presentó en su puerta aun vestía el luto

-No sabía que ibas a venir

-¿Cuándo regresaste?- lo aparto de la puerta para entrar

-Hace casi dos semanas

-¿Por qué no fuiste a verme?

-Contrario a lo que puedas pensar, no podía correr a tu puerta apenas regresar- recogió del escritorio la carta con la delicada letra de Regina- escribió esto para ti

-No la quiero

-Deberías tenerla- la coloco en la palma de su mano- Se lo debes

-Sé lo que dice, no necesito leerla- la dejó descuidadamente en el escritorio

-Ella quería que estuviéramos juntos

-Robín… Te extraño- le dio un beso suave en los labios que él apenas respondió

-Yo a ti Marian-ella lo arrastro hasta la habitación, se sentó en la cama y comenzó a desvestirse

-Robín- extendió su mano y lo miro con ojos suplicantes- Quédate conmigo

Marian lo sentó a su lado, le quito el suéter, deshizo los botones de su camisa, lo libero de los pantalones y la ropa interior, cuando ambos estaban desnudos se sentó a horcadas sobre él. Tomo sus manos fuertes y las deslizo por su propio cuerpo, luego acercó rostro para besarlo depositando todos los sentimientos que se arremolinaban en su interior, empujo suavemente de sus hombros para que se recostara sobre las sabanas, empezó a mover su cadera contra la de él hasta que consiguió la reacción que buscaba. Acarició su pecho con la punta de sus dedos antes de tomarlo dentro de ella, se movió un par de veces arriba y abajo, pero él ni siquiera la miraba, lágrimas quemaron sus mejillas antes de que ella apartara la vista, continuo con movimientos suaves por unos minutos al final coloco su cabeza a la altura del corazón de Robín para escuchar sus latidos.

-Me quiero casar contigo- dijo Robín rompiendo el pesado silencio que los envolvía

-Sí, eso estaría bien- dejo que sus lágrimas fluyeran

-Ella quería que estuviéramos juntos

-Me casare contigo- hizo lo posible porque su voz no se quebrara- Pero debes prometer que no se interpondrá entre nosotros

-Fue nuestra amiga, pudo habernos ayudado- respondió en un susurro

-Eso no lo sabes

-Sí lo sé, estoy seguro. Ella te amaba

-Y también te amaba a ti

-Lo hizo. Realmente nos hubiera ayudado… Marian ¿Qué hicimos?

-No importa lo que hicimos de cualquier manera hubiera muerto, eso no fue nuestra culpa. Estaba enferma y desahuciada, no podíamos cambiar eso. Mírame Robín ya no está aquí, nunca volverá a sentir dolor de nuevo, es libre por fin

-¿La quisiste en algún momento o desde el principio fue sólo un plan?- en la habitación solo se escuchaba un par de respiraciones irregulares, Marian se acostó de espaldas a él, un fuerte brazo sujeto a su cintura

-¿Podrás olvidarla? ¿Puedes prometer que su recuerdo no empañara nuestra relación?- por toda respuesta obtuvo silencio

Se quedaron enredados juntos por varios minutos, con el corazón roto fue Marian quien se levantó primero, se vistió y salió de la habitación.