Encuentro

Las piernas de Elizabeth temblaban como gelatina, en cualquier momento se caería... Otra vez. Al llegar al castillo, sus piernas le habían fallado y cayó frente a algunos demonios. Fue Gelda quien le ayudó a levantarse y limpiarse el vestido que sus hermanas le habían ayudado a elegir.

— Elizabeth, tranquila. — Le susurró Gelda con preocupación al ver a Elizabeth temblar, pero no era por el miedo, bueno sí, pero principalmente era por la temperatura baja que se sentía dentro de los pasillos del castillo.

Sorprendentemente, Gelda se sentía cálida a diferencia del entorno, por lo que Elizabeth se mantenía abrazada a su brazo. — ¿Cómo puedes estar así, si hace un frío?

Gelda se mantuvo seria unos momentos hasta contestarle con una sonrisa. — ¿Eso crees?

Ambas princesas eran escoltadas por dos demonios de apariencia humanoide, uno alto con largos bigotes y otro anciano y rechoncho, este último miraba con molestia a Elizabeth, haciéndola estremecerse ante sus casuales miradas. Después de estar caminado por unos minutos, se detuvieron frente a una gran puerta. Habían llegado al trono.

(I)

Meliodas estaba aburrido de esperar. No quería casarse pero no se podía evitar, observando a su hermano menor, se sintió algo más tranquilo. Él siempre estaría a su lado y eso le traía cierta paz.

A pesar de su tierna apariencia, era más poderoso que todo el clan de humanos juntos. Incluso, los gobernantes de cada clan le tenían miedo y respeto desde hace 3000 años. Zeldris, su hermano pequeño, era el verdugo y actual comandante de los 10 mandamientos, además se encargaba de socializar con los demás clanes.

Los demás clanes lo respetaban, lo obedecían. Después de todo ellos se deshicieron de las diosas en la guerra de hace 3000 años, ganándose el temor y respeto de todos. A pesar de eso, Meliodas era un buen gobernante, no solo del clan demoníaco, sino de todos las tierras.

Una humana y una vampiro no eran problema para él, ya había estado muy familiarizado con las primeras. Sin embargo, tenía molestia con la vampiro. Todos los de ese clan eran más mezquinos, crueles e impertinentes que los mismos demonios, pero más débiles que uno. Meliodas sonrió crudamente.

— Debería dejar de hacer esto. — Comentó Meliodas con molestia para sí mismo.

Zeldris se mantuvo callado, pero asintió con concordancia. Meliodas lo miró con seriedad pero agradeció internamente su consideración. Algo que pensaban en común es que estar vivo por más de 3000 años era estresante y aburrido, pero la convivencia con su hermano lo aligeraba.

— Están aquí. — Dijo Zeldris con cierta curiosidad.

Las puertas se abrieron y dejaron pasar a cuatro seres. Meliodas quedó sorprendido ante la belleza que la humana irradiaba, pero luego fruncio el ceño al intentar mantener un semblante serio. Era demasiado pronto.

— Joven Meliodas, joven Zeldris. Les presento a la princesa Elizabeth del reino Lionés. — Comentó el demonio de largos bigotes. Elizabeth avanzó e hizo una reverencia, desde que había entrado al salón no había levantado la mirada.

Cuando terminó de realizar la reverencia, sus piernas traicioneras se debilitaron ante las presencias de los demonios. Elizabeth cayó al suelo toscamente, provocando una pequeña risa entre los demonios, a excepción del bigotudo, Zeldris y Meliodas. Este último reprimió sus ganas de ir ayudarla, verla tan indefensa le estremecía sus corazones.

Nadie dijo nada por unos segundos, que para Elizabeth fueron horas. Quería llorar, correr y alejarse de este reino, de su destino. Sus piernas le dolía por lo que solo levantó sus rostro, observando a aquel chico rubio de oscura mirada.

Su corazón palpitó repentinamente al ser observaba por aquel rubio. Luego sintió tristeza al ver que sus ojos. Éstos demostraban temor y rudeza, pero también vio soledad, tristeza y cansancio. Elizabeth se dio lo cuenta que lo jóvenes que eran los dos demonios pero al ver la marcas demoníacas en su frente, se dio cuenta de lo tonta que se debe estar viendo.

¡Tu primer encuentro con tu futuro esposo y haces una tontería! ¡Bien hecho, Elizabeth! — Pensó para sí misma con molestia y vergüenza.

Fue cuando sintió un suave, pero firme agarre en su brazo, que Elizabeth olvidó de su vergüenza. Era Gelda, quien le sonreía tranquilamente, mientras le dedicaba una mirada llena de comprensión. La ayudó a levantarse y sostuvo su brazo para mantener el equilibrio, sus piernas aun le dolían.

— Soy Elizabeth, tercera princesa del reino de Lionés. Estoy a sus órdenes, su majestad. — Habló Elizabeth firme, sostener el brazo de Gelda la relajaba y le daba fuerzas.

— De la familia real vampírica, Gelda de las mil tentaciones. — Continuó el demonio bigotudo.

— Es un gusto estar frente a ustedes, sus excelencias. — Dijo Gelda sin titubear, haciendo una reverencia aun con Elizabeth a su lado.

Meliodas vio con curiosidad al par, era raro que una vampiro fuera tan amigable con los humanos. Sintió la necesidad de mirar a su pequeño hermano, Zeldris, y así lo hizo, llevándose una pequeña sorpresa, él estaba ligeramente sonrojado. El rubio se vio sorprendido por su hermano, éste jamás se había mostrado de esa manera. Decidió ignorarlo por el momento y se dirigió a la vampiro. — Gelda, como tributo que me fue entregado. — Elizabeth vio con temor a Gelda, pero ella se mostraba serena. — Serás mi vinculación a los vampiros. Cualquier cosa que necesite sobre ellos, me dirás y manejarás dicha relación con el clan. ¿Entendido? — Su voz fue tan seria, que está vez si logró estremecer a Gelda.

– Claro, su majestad. – Dijo Gelda con tranquilidad, recuperando su compostura mientras realizaba un gesto afirmativo.

— Bien. Ahora me gustaría hablar con mi prometida a solas. — Elizabeth se estremeció ante la mención de su nuevo estado civil. Gelda soltó a la humana y le sonrió levemente, pero la otra princesa le pedía con la mirada que se quedara. — Cusack, guía a la princesa a su nueva habitación. Chandler, revisa si no hay pendientes con el clan de los humanos y vampiro.

— ¡Como ordene su majestad! — Exclamaron firmemente los demonios que habían escoltado a las princesas.

– Todo estará bien. – Susurró Gelda antes de realizar un gesto de despedida a Meliodas y retirarse junto a todos los demás demonios.

La habitación quedó en un silencio ante la retirada de todos, a excepción de Elizabeth y Meliodas. Éste la miraba con curiosidad y ella simplemente lo observaba atentamente, notó que era muy bajo a comparación de ella y no solo eso, podía sentir una especie de seguridad y vulnerabilidad ante su presencia, lo cual le era raro. Él era el ser más temido de todo los reinos.

Se levantó y caminó hacia ella. Elizabeth hizo una reverencia, no por respeto sino para evitar verlo directamente. Siendo sincera, sentía que si lo miraba a los ojos, se perdería en sus oscura y atrayente mirada. Ya frente a la princesa, estiró su mano a su mejilla. Sus dedos rozaron suavemente la carne tierna de la chica.

Ella era cálida a comparación de él y eso le indujo a que la tocara con la palma de la mano. Elizabeth se sonrojó por la manera tan suave que la tocaba, como si tuviera miedo de lastimarla. Pero rápidamente alejó su mano de ella, provocando una ligera decepción. Meliodas murmuró algo incomprensible para la humana.

— ¿Disculpe? — Dijo tímidamente la princesa humana.

— ¿Alguien te trató mal? — Su voz estremeció a Elizabeth con sorpresa, a pesar de sonar ruda y sin sentimientos, podía sentir una ligera preocupación.

— No… — Contestó algo pensativa, los demonios que la habían acompañado no habían sido unos santos pero la trataron con "normalidad". — Yo quiero saber…

— Mientras vamos a nuestra habitación, puedes contarme. — Elizabeth se sonrojó ante su declaración, y estaba segura haber visto una pequeña sonrisa maliciosa en Meliodas pero decidió avanzar disimulando sus inquietud. Ella sabía que como pareja debían dormir juntos y todo eso, pero no pudo evitar sentirse cohibida y nerviosa.

Debía ser sumisa, por el bien de su reino y esta alianza. El rubio notó la incomodidad de la humana, que le pareció gracioso. – No haré nada que no quieras, soy un demonio no un monstruo.

Elizabeth se sorprendió por sus palabras. Jamás pensó recibir esa clase de comentario. – Gracias...

Meliodas se detuvo al ver la tímida y tierna sonrisa que Elizabeth le regaló, evitó su mirada. Aunque su rostro fuera estoico, la chica vio un ligero sonrojo. — ¿Qué te gustaría saber?

— ¿Eh? — Dijo confundida, entonces recordó lo que le iba preguntar. – ¡Ah, sí! ¿Hay alguno problema que conviva con Gelda?

— No, ninguno. — Respondió algo curioso. La observó unos minutos para luego seguir avanzando con su mirada imponente. — Es una vampiro. No deberías confiar mucho.

— Pero... Ella fue muy amable conmigo. — Murmuró algo confundida, recordando lo que pasó durante el viaje. — Incluso...

— ¿Incluso? — Cuestionó serio, pero al ver la sonrisa tranquila de Elizabeth se relajó. — Como sea. Solo debes saber una cosa.

¿Solo una? — Pensó Elizabeth confundida.

— Nunca me desobedezca. — La voz profunda estremeció a Elizabeth, dejándola asustada. — Si lo digo es por una razón. ¿Entendido?

— S-sí… — Tartamudeó nerviosa, deteniéndose al ver que Meliodas se paró frente a una gran puerta tallada de madera. — ¿Ya llegamos?

— Así es. — Dijo Meliodas antes de abrir la puerta, permitiendo a Elizabeth entrar primero. Se sorprendió al ver poseía una gran cama matrimonial, las cajas de sus cosas estaban apartadas y se veían vacías. — Tus cosas ya están en el closet y muebles.

La habitación era simple pero elegante, sonrió ligeramente al darse cuenta de la gran vista por la ventana. — ¿Qué habrá más allá?

— Elizabeth. — Habló Meliodas pero esta vez se oía más relajada, llamando la atención de la mencionada. — Cualquier cosa que quieras o desees, eres libre de ordenarlo a los sirvientes. Y si alguien te trata mal, me lo dices. ¿Entendido?

A pesar de provenir de un demonio, sus palabras sonaron tan atentas que logró provocarle un sonrojo a la princesa humana. — Sí, su majestad…

— Meliodas, ese es mi nombre. Soy tu pareja. — Comentó serio, como si estuviera indignado.

Elizabeth pensó unos momentos, llamarlo por su nombre le daba cierta alegría pero era demasiado informal para su estatus. — ¿Señor Meliodas…?

— Mejor, ¿qué ocurre? — Dijo mientras la miraba fijamente, provocando un sonrojo a la humana.

¿Por qué me pongo nerviosa, pero no me siento asustada ante su mirada? — Pensó Elizabeth sorprendida de la reacción de su cuerpo. — Muchas gracias… Lamento si puedo ser un estorbo.

— No digas eso, tú… — Susurró suavemente Meliodas, que Elizabeth fue incapaz de escucharlo. — Como sea, hay que dormir.

Elizabeth asintió nerviosa, es la primera vez que dormiría con alguien que no era de la familia. Se acercó al mueble y sacó un camisón. Apenada, se giró a ver a Meliodas, quien la miraba fijamente. – ¿Puedo cambiarme en el baño?

No sabía si era su imaginación, pero ella había oído un bufido de molestia proveniente del rey demonio. — Claro, no tardes.

Elizabeth hizo una reverencia y entró al baño. Mientras esperaba, Meliodas comenzó a quitarse las botas pero en eso, sonó la puerta. Era un sirviente, lo podía sentir con solo su presencia. Sus noches eran sagradas, por lo que nadie en su sano juicio vendría a despertarlo. O era una urgencia o este demonio quería morir.

— ¿Qué ocurre? — Habló fuerte, sonriendo maliciosamente al escuchar un chillido de miedo del sirviente.

— Ha-hay problemas con el clan de las hadas… — Tartamudeó aquel ser. Meliodas suspiró cansado y molesto, su primera noche con su prometida y es arruinada por la tontas hadas. — Hay demonios atacándolos.

Error, era culpa de los estúpidos y ambiciosos seres débiles de su clan. Se puso las botas y se levantó dispuesto a irse, cuando Elizabeth sale del bañó. Sus ojos se perdieron en la piel cremosa expuesta de la chica, quien se cohíbe con su penetrante mirada. — ¿Pa-pasó algo?

— Nada importante. Duerme y no me esperes, posiblemente llegué en la mañana. — Dijo Meliodas abriendo la puerta, dejando ver a un demonio arrodillado frente a él. – Ve y dile a Zeldris que me acompañe.

— ¡Como ordene, su majestad! — Exclamó asustado aquel demonio, antes de desaparecer de su vista.

Elizabeth se acercó a Meliodas, quien la miraba curioso. Él había sido muy amable, le dio su lugar y no la obligó a hacer algo que no quería, estaba agradecida por conocer un poco al rey demonio. Sonrió ligeramente avergonzada, pero sin verlo a los ojos. — ¡Qu-que tenga una buen viaje, señor Meliodas! ¡No se esfuerce!

Su rostro estaba ardiendo de vergüenza por decirle esas palabras al ser más temido y poderoso del país. Levantó su mirada para ver si le había molestado sus palabras pero se sorprendió al ver una diminuta sonrisa en sus labios. Meliodas se giró rápidamente, abandonando su habitación. Y antes de cerrar la puerta, susurró. — Descansa, Elizabeth…

Y ahí estaba la princesa de Lionés, roja de la vergüenza y nervios que le causó las única palabras del rey demonio que les dedicó. Mientras se acercaba a la cama a descansar, no podía dejar de sentir a su corazón latir rápidamente. Cuando se acostó, pudo percibir un aroma tan hipnótico.

— Rayos… ¿Qué me está pasando? — Se dijo a sí misma, mientras intentaba conciliar el sueño.

Pero no pudo, el frío de la habitación le impedía dormir, aunque también culpaba a sus nervios de estar sola en un castillo lleno de demonios. Al menos no dormiría con Meliodas, pues estaba segura de que no pegaría un ojo en toda la noche por su cercanía.

Pasó tan solo 30 minutos y seguía sin dormir, sus párpados peleaban por cerrarse pero su mente se negaba a descasar. Buscó por toda la habitación y no había una cobija.

Si el señor Meliodas estuviera aquí, posiblemente no tuviera frío... ¡¿Pero en qué estoy pensando?! — Eliminó ese pensamiento extraño de su mente y buscó un par de zapatos ligeros para salir de la habitación en busca de una cobija.

Antes de abrir la puerta pensó en lo que le podrían hacer los demonios, pero recordó las palabras de Meliodas. Nadie le puede hacer daño y con eso, ella abrió la puerta decidida en busca de calor. Apenas salió y escuchó un gruñido, era un demonio.

— ¡Ah! — Gritó asustada ante la idea de que la atacara, pero al ver que se le quedó viendo pensó que estaba esperando una orden. — ¿Puedo pedirle un favor?

— ¿Qué desea, su gracia? — Avergonzada porque la llamara así, pensó en que era lo que quería. Tenía frío, pero no quería estar sola en esa habitación. Necesitaba compañía y dudaba que este demonio se lo diera, hasta que recordó a Gelda.

— ¿Me puedes llevar a la habitación de la señorita Gelda? — Dijo algo nerviosa.

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N/A: Hola a todos. He aquí un nuevo capítulo, el próximo estará listo muy pronto. Lamento los errores de ortografía y gramática.

¡Muchas gracias por leer y que tengan buen día!