2.- La confusión de los sentimientos

Como ya se imaginarán, en la noche de ayer no pude dormir. Y tampoco ahora, aunque me caigo de sueño.

Tengo tantas cosas en que pensar...

Todo lo que mi hermana me dijo sobre la familia me impresionó mucho. De verdad.

Aunque hay algo que no entendí: ¿qué significará eso de swinger? Voy a tener que buscar en Internet.

Pero eso no es importante. Puede esperar. Hasta lo de papá, mamá y Connie puedo pensarlo después. Lo que me tiene fascinado, es el beso de mi hermana Peri.

De verdad... ¡Qué rico y qué bonito! Qué suaves labios tiene mi Peri. ¡Y es tan dulce!

Esperen un momento. ¿MI Peri? Será que... ¿Estoy empezando a hacerme a la idea de que somos una especie de novios?

Caray. Hace solo dos días, esa idea me hubiera dado asco. Pero ahora, aunque sí me siento mal, una parte de mi mente empieza a sentirse a gusto. Y es que a mi hermanita de verdad la quiero. La quiero mucho.

Lo que nos pasó... Lo que hicimos, de verdad lo cambio todo. Antes de ayer, mi hermana se había convertido desde hacía tiempo en una niña latosa y empalagosa; que ya no tenía casi nada que ver con las cosas que estaba viviendo. Pero ahora...

Me hizo recordar tantas cosas buenas.

Nunca tuve una aliada mejor que mi hermanita. Siempre se preocupaba tanto por mí... Me consolaba cuando me pasaba algo, me daba de sus dulces; cubrió muchas de mis travesuras.

Ahora que me pongo a recordar, ni siquiera mi madre ha estado tan presente en mi vida como Peridot. Y ahora que recuerdo todo esto y el beso que nos dimos, siento que la quiero todavía más. Ha vuelto a dejar de ser aquella niña latosa. Esta niña mujercita que es mi hermana querida. Una de las mujeres a las que verdaderamente he amado en mi vida.

Pero me siento culpable, porque estoy viendo a mi Peri como una mujercita. Después de todo, lo que haga mi familia es cosa de ellos. Lo que hagan mi papá y Connie es cosa de ellos. Yo siempre había visto a Peri como una hermanita a la que había que amar y respetar. Sobre todo porque en la casa, todos la respetan. Pero ahora...

¡No, no, no!

Ya no puedo verla de la misma manera. Lo digo de nuevo: otra vez dejó de ser la mocosa latosa, para volver a convertirse en mi hermanita querida.

¿Qué voy a hacer?

¿Qué puedo hacer?

Estoy en mi cuarto, intentando descansar un poco. MI mamá llevó a Peridot para hacer un trabajo con unas amigas. Y mi papá y Connie están... Quién sabe dónde.

Pero no importa. La que me importa es Peri. Imagínense: me encantaría que estuviera aquí conmigo. ¡Y que tratara de besarme de nuevo!

Sé que no es correcto, pero eso es lo que yo deseo. Y estoy seguro de que otra vez me sería imposible oponerme.

Pero también tengo miedo. Toda la mañana, ella me ha estado sonriendo y me toca cada vez que puede. Toques discretos, ¿eh? No vayan a pensar en cosas pervertidas. Me toca el brazo o los hombros, o me hace cosquillas en la espalda. Solo una vez me pellizco un cachete y me dio un beso muy cerca de los labios.

¿Qué irá a pasar después, dios mío?

¿Y saben que es lo peor? Que ya me siento ansioso por averiguarlo.

Mi hermanita es una verdadera joya. Mucho más valiosa que cualquier peridoto o diamante que exista en el mundo. Es increíble. ¡Diablos! Me imagino que ya los estoy cansando, pero es que no puedo dejar de pensar en ese beso.

Fue tan diferente a los que me dio Lapis...

Pero, ahora que lo pienso... ¿no será que Lapis tuvo parte de la culpa de todo esto? Despertó en mí instintos que ni siquiera sospeché que tenía.


Verán, lo de Lapis fue un acto de voluntad. Pero ella empezó.

Lapis pertenece a la familia de mis primos más cercanos. Es hija de mis tíos Jasper y Topacio, junto con mis primas Aquamarine, Agatha y mi primo Zircón. Siempre nos hemos llevado muy bien, pero Peridot no los quiere mucho; porque dice que son los más pervertidos de todos. A mí no me consta... o no me constaba hasta lo de Lapis.

Lapis... ¿qué nombre tan raro, verdad? Se llama en realidad Lapislázuli. Échenle la culpa de esos nombres a mis padres, sus hermanos, y su obsesión fanática con las gemas. Ni siquiera yo me salvé. Mi segundo nombre es Cuarzo, y a Connie la querían rebautizar como Connie Tourmaline.

Bueno, pues resulta que Lapis es una muchacha que tiene un par de años más que yo. Es una preciosidad, casi tan bonita como mi Peri, aunque su cuerpo es muy diferente. Es bastante delgada, pero muy acuerpadita. Su cara es hermosa, tiene los ojos azules y tuvo la idea de teñirse el pelo del mismo color que sus ojos. Podrán pensar que se ve rara así; pero la verdad es que le queda muy bien.

Confieso que siempre estuve enamoriscado de ella. Pero ella no me prestaba mucha atención, hasta que cumplí los 13 años. A esa edad, como por arte de magia, di "el estirón". Aumenté casi 40 centímetros de estatura y creí de todo a todo. Y entonces Lapis, y a decir verdad el resto de mis primas, comenzaron a prestarme atención. Mucha atención.

Pero Lapis fue la más osada. La que tomó más rápido la oportunidad. No nos habíamos visto en varios meses, y nos las arreglamos para quedarnos solos en el jardín de la casa de nosotros. Al principio, solamente platicábamos tonterías y nos reíamos. No teníamos mucho que compartir, ya que vamos en diferentes grados y en distintas escuelas.

Ella acababa de dejar a su novio, y me contó que se sentía liberada, más que triste. Que quería estar un tiempo solamente probando, sin comprometerse en una relación seria de ningún tipo.

Para ser sincero, yo me sentí un poco contento. El novio de Lapis nunca me cayó bien, y supongo que algún rincón perverso de mi mente imaginó que, ahora que Lapis estaba libre, quizá pudiera prestarme atención a mí. ¡En fin!

Fantasías de adolescente calenturiento, ¿o no? Después de todo, ella es mi prima.

Llegó un momento en nos quedamos sin nada más que decir. Entonces, Lapis me miró fijamente con esos preciosos ojos azules, y me dijo sin ningún tipo de pena.

- Te has puesto muy guapo, primito. ¡Y cómo has crecido! Seguramente debes tener muchas admiradoras.

Su mirada tan especial hacia que yo me pusiera nervioso. Me costó trabajo encontrar palabras para contestarle.

- La verdad, no. Ya sabes, como no soy deportista, ni me comporto como un idiota...

- Lo sé. Mis tíos los han criado a ustedes tres super sanos. Pero, ¡oye! Seguramente hará alguna chica interesada, no me vas a decir que no... O tú eres el que no está interesado.

A mí se me subieron todos los colores a la cara. Me daba pena confesar que era bastante tonto con las mujeres.

- ¡No!, claro que sí lo estoy. Hay una chica que se llama Garnet, pero...

- Espera. ¡Espera un minuto! -dijo Lapis-. ¿Te refieres a Garnet? ¿La hermanita menor de Rubí?

- Ahh... Si estamos hablando de la misma Rubí, entonces sí.

- ¡Uy, Steven! ¡Esa chavita es un desmadre! Aparenta que no rompe un plato, pero se lleva la vajilla completa. No sabes en la que te estás metiendo.

Yo la miraba, incrédulo. ¿De verdad Garnet era así? Nosotros la veíamos tan modosita y bien portada.

- ¿En serio? La verdad, no parece que hablemos de la misma persona, Lapis.

- ¡Claro que es ella! ¿Cuántas Garnet crees que puede haber por ahí? No, Steven. Ni caso te va a hacer. A esa chamaca le gustan los hombres bien corriditos. Y tú apenas estarás dando tus primeros besos, ¿no?

- Ehh...

Lapis me miró sorprendida. Se llevó una mano a la boca. Y yo me puse bien colorado.

- Ay, Steven. ¿De verdad, no has besado a ninguna chica?

- N-noo...

- Mmm. Como que no lo puedo creer, Steven. Eres muy guapo. Seguramente eres demasiado tímido.

- Creo que... la cosa va por ahí.

- ¡Pero no tienes por qué ser tan tímido, Steven! Estoy segura de que a muchas les pareces atractivo. A mí, por ejemplo.

Yo me quedé de una pieza cuando dijo eso. Y sobre todo, porque acarició una de mis mejillas cuando lo hizo, pero no se detuvo ahí. Acercó su bellísima cara a la mía, y pasó la punta de sus dedos por mis labios.

- Mira nada más, este labiecito tan gordito y sabroso. ¿Cómo puede una chica dejar pasar la oportunidad de besarlo?

Ay dios... de verdad, sentí una sensación muy rara. Como si se me estuvieran cayendo los calzones. Supongo que un corderito sentiría lo mismo frente a una cobra venenosa que se balancea justo frente a él.

- Tus labios me gustan mucho, Steven. ¿Me dejas probar?

Se me escapó un suspiro. Un jadeo, más bien. Y mi experta primita supo inmediatamente lo que eso significaba. Su sonrisa incitadora no le pedía nada a las de las actrices de las series que me gustaba ver. Y yo me quedé ahí, hecho todo un idiota mientras ella acercaba sus labios a los míos...

¿Les gustan las caricaturas de los Looney Tunes? ¿Alguna vez vieron el episodio en el que una espía hermosísima besa en la boca al pato Daffy?

Bueno, pues lo que le pasó al pato Daffy fue exactamente lo que yo sentí. Una explosión de todos mis sentidos. Por un momento, no supe dónde estaba. Y solo me recuperé hasta que Lapis se separó de mí.

Mi hermosa prima soltó una risita cuando vio mi cara.

- Me encantas, Steven. Tus labios son tan suavecitos. Y tú eres tan inocente... ¿Te molesta que tu prima te esté pervirtiendo?

- N-no. Para nada -suspiré-. ¡Ay Lapis!... Qué bonito fue.

Lapis sonrió. ¡Qué hermosa sonrisa tiene mi prima! Casi tanto como la de mi Peri.

- ¿De verdad te gustó? Entonces, ¿no te molestaría que lo vuelva a hacer?

No podía creerlo. ¡La más bonita de mis primas quería besarse conmigo! Sé que soy torpe y tímido, pero no soy un estúpido. Recuerdo que ahora fui yo quien acarició su lindo rostro, y ella tomó mis manos con las suyas.

Aquella tarde, mi hermosa prima me dio un curso extraintensivo de toda clase de besos. Sin duda alguna que dejé para siempre mi niñez atrás.


Ahora lo saben todo. ¿Verdad que me porté como un idiota con Peri?

Será que la quiero tanto, que me da tanta ternura...

Los besos de Lapis fueron deliciosos. Pero ahora, solo puedo pensar en el beso de mi querida hermanita.

Si tuviera que elegir quién quisiera que estuviera conmigo en este momento, en mi habitación solitaria, mi cabeza y mi corazón se dividirían.

Mi cabeza me pediría a Lapis. Belleza y placer casi sin riesgos. Lo mejor del mundo, ¿no?

Pero mi corazón... Mi corazón me pediría a mi querida hermanita. Al pequeño lucero que ha iluminado mi vida desde hace doce años. Y que solo ayer descubrí cuánto la quiero y la deseo.