2.- Así que... esto es el amor

Con los ojos arrasados en lágrimas, Lapis arrojó el libro contra el techo del silo.

- ¡Pobre ruiseñor! - pensó triste y enfurecida-. ¡Mira que haber sacrificado su vida por ayudar a esa pareja de idiotas!

Estuvo sollozando unos minutos hasta que se tranquilizó. Había pasado la última semana leyendo y releyendo ávidamente los libros. Las hermosas y tristes historias la habían hecho reír y llorar innumerables veces. Pero lo más importante, estaban ayudándola a aclarar sus propios sentimientos.

Se secó las lágrimas y recogió el pequeño librito. Lo había dejado para el final, porque creyó que al ser tan pequeño y delgado tendría muy poco que enseñarle. ¡Qué equivocada estaba!

Ya tranquila, pudo pensar con mayor claridad.

- La verdad es que el ruiseñor eligió morir por amor al amor mismo- reflexionó Lapis-. Se sacrificó por lo que él sentía, y porque estaba seguro de que, ayudar a que el amor surgiera, era más valioso que su propia vida.

De pronto, se hizo la luz en su mente; y los sentimientos la golpearon con la fuerza de una marejada.

- ¡Claro! Es como... ¡Como yo lo hice con Steven!

¿Cómo no pudo verlo antes? ¡Ella era como el ruiseñor! Por eso había soportado su ordalía con Malaquita. Por eso había librado la terrible batalla con Jasper, y se había arriesgado a mandar aquel mensaje, aún a sabiendas que podía ser descubierta y castigada por traición.

La conclusión era muy clara: ella estaba enamorada. Pero no del amor, sino de una persona concreta por la cual lo había sacrificado todo.

¡Ella amaba a Steven!

Pero, ¿desde cuándo?

- ¿Fue desde que lo conocí? ¿Desde que me liberó de mi prisión y me curó? ¿O desde que intentó ayudarme de nuevo en aquella maldita nave?

En realidad, eso importaba muy poco. Volteó a ver el libro, admirando la portada bellamente decorada.

- La diferencia de esta historia con la mía, es que Steven no es como ellos – pensó, mientras miraba la portada del libro-. No es como esta estúpida muchacha y el imbécil estudiante. Él ya me ha ayudado y rescatado tantas veces...

- ¡Lapis!

La gema azul escuchó el grito y reconoció al punto la voz.

- ¡Steven! –contestó ella. Descendió rápidamente del silo para ir a encontrarse él. Al llegar a su lado se fundieron en un cálido abrazo, reteniéndose el uno contra el otro por unos instantes.

Lapis hubiera querido estrecharlo un poco más. Ahora que conocía sus verdaderos sentimientos, notaba tantas cosas que antes se le escapaban. El calor de los brazos de Steven, su suavidad, su aroma... Todas aquellas sensaciones penetraron en tropel a su consciencia.

- ¡Hola, Lapis! –saludó una tercera voz.

- Connie... -contestó Lapis, y tuvo que forzar una sonrisa.

Correspondió al saludo, pero sin mucho entusiasmo. Los libros y la música le habían hecho ver que, por muy bien que le cayera, Connie era algo así como su rival. Y aunque no tuviera nada contra ella, seguía siendo la "amiga especial" de Steven.

- Lapis. Connie y yo planeamos ir a la playa. ¿Será que tú y Peridot quieran venir?

- Mmm... No lo sé. Quizá Peridot quiera ir, yo no lo creo. Ya sabes lo que me ocurre con el mar, Steven.

- ¡Vamos Lapis! Sera...

En ese momento, escucharon el ruido del pasto al moverse. Se volvieron para ver a un mapache que asomó la cabeza entre los tallos de hierba.

- ¡Ahhh! –gritó Steven cuando lo reconoció.

- ¿Qué pasa, Steven? –dijo Connie, desconcertada.

Iba a responder, pero en ese momento el mapache se asomó del todo y comenzó a caminar. Cojeaba y dejaba un rastro de sangre en el pasto. Steven se dio cuenta inmediatamente, y su temor se convirtió en compasión. Intentó acercarse a animal, mostrando ambas manos frente a su cuerpo.

- ¿Qué te pasó, amiguito? ¿Cómo te lastimaste?

El animal se irguió sobre sus patas traseras, enseñando las garras y los dientes. Steven solamente se detuvo un instante, pero comenzó a acercarse de nuevo.

- ¡Steven, ten cuidado! – dijo Connie, casi aprestándose a intervenir. Había recordado cuando Steven le contó sobre su "fuga" con Amatista, y estaba segura de que ese era el mismo mapache que lo atacó aquella vez.

- Déjame ayudarte, amiguito –Dijo él, al tiempo que se llenaba de saliva la palma de la mano.

El animalito pareció entender la intención del chico, y dejó que lo tocara. La sangre dejó de fluir y la herida de su pata se cerró.

- Ya estás bien, ¿lo ves? – dijo Steven mientras sonreía -. Espero verte por aquí otra vez, amiguito. ¡Ten cuidado!

El mapache extendió brevemente su pata para tocar la mano de Steven, y luego se ocultó entre la maleza.

Steven se levantó, y fue nuevamente al lado de las chicas.

- ¿Ese era el mapache que te atacó hace tiempo, Steven? –dijo Connie.

- Sí –respondió, encogiendo los hombros-. Pero estaba lastimado y yo podía ayudarlo. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Lapis sonrió levemente. "Ese es el Steven al que amo", pensó.

En ese momento llegaron Perla, Garnet y Amatista. Steven las saludó muy animado.

- Chicas, ¿ya nos vamos a la playa?

- Ven un momento, Steven –dijo Perla por toda respuesta.

- Claro. Esperen aquí, por favor. ¿Sí?

Steven se alejó. Lapis estaba un poco desconcertada por toda la situación, pero Connie sonreía.

- ¿No es maravilloso mi Steven? –dijo.

A Lapis no se le escapó el "mi Steven".

- ¿A qué te refieres? –respondió, arrastrando la voz.

- Ese animalejo lo atacó dos veces en el pasado. Lo araño. ¡Lo lastimó! ¿Y qué es lo que piensa él cuando lo ve de nuevo y se le pasa el miedo? "¿Qué te pasó, amiguito? ¿Cómo te lastimaste?" –dijo Connie, imitando a la perfección la manera de hablar del muchacho.

- Sí... Steven es verdaderamente extraordinario –dijo la gema conteniendo un suspiro.

Estuvieron un momento en silencio. Ambas miraban al chico mientras platicaba con sus mentoras.

- Yo lo quiero tanto, Lapis... Le debo tantas cosas. Le debo mi vida, incluso. Aunque él sea tan noble que jamás piense en ello.

Al escuchar esto, la gema volteo a verla. Las alertas de su mente se encendieron al máximo.

- Ajá...

- La verdad, me encantaría estar a su lado y, tal vez... hacer con él las cosas que los novios hacen juntos.

Lapis apartó la vista. Sus puños se crisparon y sus mejillas se tiñeron de un color azul intenso.

- El problema es que... No sé si él me quiere así –dijo Connie con tristeza -. Ni siquiera estoy segura de que él piense en esas cosas. O si piensa en hacerlas con otra persona que no sea yo.

Se hizo un silencio incómodo. Lapis había transitado del asombro al enojo, y comentó secamente:

- ¿Y por qué no le preguntas tú? ¿Por qué sigues con la duda?

- Porque tengo miedo, Lapis. –dijo, cruzando las manos sobre su pecho -. Siento que, si Steven no me quiere de la misma manera que yo a él, nuestra amistad se terminará. Estoy segura. Y creo que... Prefiero esperar; al menos un poco más.

Al escuchar esto, Lapis se animó. Pensó que quizá aún había alguna esperanza para ella.

- Tienes razón, Connie. Y si perdieras la amistad de Steven, se rompería tu corazón. Debes esperar un poco más, hasta estar segura de lo que él siente por ti.

- Sí. Eso pienso yo también. Pero... será mejor que él se apresure, Lapis. No estoy segura de que mi corazón pueda soportar una espera larga.

La gema azul reprimió una sonrisa. Tenía un poco de tiempo, y estaba decidida a aprovecharlo. Tenía que planear una estrategia de ataque, y sabía dónde podía encontrar la información necesaria para hacerlo.

Se disculparía con Steven para no ir a la playa. Era urgente que visitara nuevamente la biblioteca.

Pero los acontecimientos le ahorraron la necesidad de hacerlo. Steven regresó, y sus ojos reflejaban a la vez pena y determinación.

- Lo siento, chicas. No podremos ir a la playa. Garnet me dijo que hay dos gemas corruptas que están causando muchos problemas lejos de aquí. Ellas irán tras la más grande y peligrosa.

Volvió la vista hacia Connie para hablarle:

- Connie, ¿me acompañarías a cazar la otra gema? Parece que la misión no será tan difícil.

- ¡Oh, claro que sí, Steven! –dijo la chica entusiasmada.

- ¿Vienes tú también, Lapis? Seguro que con tu ayuda terminaremos en un instante.

- Estoy segura de que ambos podrán manejar perfectamente la situación –contestó ella –Tengo algunos pendientes que hacer, como devolver esos libros a la biblioteca.

- Está bien –dijo Steven, sin parecer muy decepcionado -. ¿Nos vamos, Connie?

-¡Claro! Solo necesito pasar por mi espada al templo.

Lapis los observó alejarse y desaparecer por el portal. Sonrió ligeramente, y luego entró al granero para recoger los libros.

- Lo siento, Connie –pensó, mientras invocaba sus alas -. No tengo nada contra ti. Pero si se trata del amor de Steven, voy a luchar hasta el final.


Esta vez, las cosas fueron mucho más difíciles de lo que Lapis había esperado.

Sacó otros libros de la biblioteca con la esperanza de encontrar maneras para ganar el amor de Steven. Pero las nuevas novelas no eran cortas, y aunque eran tan hermosas y emotivas como las que ya había leído, no le daban más información. O al menos, no tan clara como ella hubiera querido.

Ya había descartado "La vida es bella", porque el carácter del protagonista era demasiado diferente al suyo. No creía que pudiera hacer frente a Steven las mismas bufonadas con las que Guido había conquistado a su esposa. "Cumbres borrascosas" fue otra decepción, porque parecía estar más teñida de sentimientos de odio que de amor.

Empezó a perder la paciencia. Ya había consumido casi un día y medio, y todavía no tenía respuestas. La misión de Steven duraría dos días, a lo sumo. Y por alguna razón, presentía que debía ponerse en acción de inmediato. ¿Qué pasaría si Connie o Steven lograban vencer sus miedos e inhibiciones?

No podía correr ese riesgo. Steven era la verdadera y única razón de que ella siguiera en la Tierra, y de que se hubiera unido a las Gemas de Cristal.

Miró los libros que aún seguían en la repisa y comenzó a sentirse angustiada. Había vuelto a leer sus viejas revistas, pero los consejos que venían en ellas eran también demasiado vagos y confusos. "Sé tú misma", "Hazle ver cuanto lo quieres", "Llénalo de detalles", "Sé seductora y coqueta...

¿Qué rayos quería decir todo eso?

Y lo más importante: aun cuando lograra encontrar la forma de ser "seductora y coqueta", ¿eso funcionaría con Steven?

No podía estar segura, pero tenía el presentimiento de que no.

En su desesperación, se le ocurrió la idea de pedirle ayuda a Peridot.

- ¿Tú crees que tu... Tableta, pueda ayudarnos a encontrar algo de información sobre el amor humano?

- ¡Seguro que sí! –contestó ella entusiasmada. Pero su expresión de entusiasmo cambió de inmediato a una de suspicacia -. Espera, ¿para qué quieres saber?

- ¿Qué no te dije que estaba investigando sobre el amor? Y al final, ¿a ti qué te importa?

- ¡Bueno, bueno! No te enojes. ¿Qué es lo que estás buscando exactamente?

- No lo sé bien... Creo que la manera en que los seres humanos hacen que suceda el amor. Lo que tienen que hacer para... Hacer el amor.

- Hacer el amor... -dijo y escribió Peridot -. ¡Mira! Hay un montón de páginas y videos en Internet.

- ¡Pon uno! ¡El primero que veas!

Peridot puso el video. Apareció una pareja mientras se besaba apasionadamente en una cama. Las dos empezaron a observar, cada vez más sorprendidas a medida que avanzaba el video.

- ¿Por qué no tienen ropa?

- No lo sé.

- ¿Y qué es eso que tiene él entre las piernas?

- No lo sé. Pero es una parte de él que ella no tiene.

- Espera... ¿Lo está mordiendo en esa parte? ¡Parece que a él le duele!

- No. Parece que lo está... Besando, o algo así.

- ...

- ¡Uy! ¿Se lo metió entre las piernas? Eso debe doler...

- Por su cara, parece que sí le duele...

- ¿Y entonces, porque ella lo jala y le pide más, y más, y más?

Se quedaron calladas por unos momentos. Ambas veían la pantalla como si no pudieran ver hacia otro lado.

- Cambió el lugar donde se lo puso, ¿verdad? ¡Ah! ¡Parece que esta vez sí le dolió!

- No lo creo... Le está diciendo que sí, y que le dé más duro.

- ...

- ¿Qué es ese líquido que le echó en la cara?

- Es como... ¡Puaj! –dijo Peridot con una mueca de repugnancia-. Ya vi una vez a Steven hacer una cosa así en el baño.

- ¡¿Qué?!¡¿Con quién?! –gritó Lapis, tomándola por los hombros.

- ¡Con nadie! Estaba eliminando los productos de desecho de su última comida. Pero espera... Aquel líquido era de color amarillo, y no blanco.

- Y no parece que ella crea que es un producto de desecho... ¿Ya viste lo que está haciendo con eso?

Ambas miraron a la pantalla, sin poder dar crédito a sus ojos. El video terminó, y permanecieron unos segundos anonadadas, intentando asimilar lo que habían visto.

- ¿Hay más? -Preguntó Lapis.

- Como 50 millones –respondió Peridot, a la vez que ponía un nuevo video en la pantalla.


Un rato después, Lapis volvía hacia su hamaca. Al final había comprendido que, por muy interesantes que fueran los videos, no contribuirían en nada a resolver su problema. Todas las parejas que habían visto hacer el amor ya parecían tener mucho tiempo de estar enamoradas y juntas.

Pero ella no había dado ni siquiera el primer paso. No le había confesado sus sentimientos a Steven. Y aunque él la aceptara, seguramente tardarían algún tiempo en llegar a una situación como... Esa.

El problema era que había perdido mucho tiempo. Ya había anochecido, y seguramente Steven estaría de vuelta la mañana siguiente, cuando mucho. No tenía más recurso que ver en los últimos libros que le quedaban. Esta vez, tomó el que estaba más debajo de la pila y leyó el título: "Rojo y negro", de Sthendal; y comenzó a leer.

Era muy hermoso, pero no comenzaba directamente con el romance y seguía sin darle respuestas. Volvió a ponerse nerviosa y empezó a pasar las páginas rápidamente, sin ver un asomo de lo que necesitaba. Hasta que sus ojos se encontraron con una frase que captó toda su atención.

"El amor es una flor esplendorosa. Pero debes tener el valor de ir a recogerla al borde de un horrible precipicio".

La frase llenaba su consciencia. Pero, ¿por qué? No tenía ninguna indicación sobre lo que tenía que hacer con Steven...

¿No? ¿De verdad?

Y entonces, ¿Por qué...

- ¡Claro! –gritó en voz alta -. En todos estos libros habla de lo increíble que se la pasan estas parejas cuando están y hacen cosas juntos. ¡Todo va surgiendo de allí! Es como... ¡como cuando Steven me enseñaba las maravillas de la tierra mientras volábamos! ¡Cuando navegamos junto con su padre, e incluso cuando curó mi gema!

Tenía que arriesgarse a pasar tiempo con él. ¡Convivir juntos! Todo surgiría desde ahí... O no surgiría. Pero necesitaba hacerlo, porque si no lo hacía, era seguro que nunca pasaría nada entre ellos.

Se sentía frenética. ¡No podía dejar pasar un instante! Quizá Steven ya había regresado de la misión. En todo caso, no perdía nada por ir a ver.

- ¡Peridot, voy a salir! –gritó, a la vez que invocaba sus alas.

- Oye, Lapis... - comenzó a decir Peridot, pero Lapis ya se perdía en el cielo nocturno.

Y en ese momento, sin saberlo por qué, Peridot tuvo un escalofrío. Como si intuyera que todo lo que conocía estaba a punto de cambiar para siempre.


Lapis voló resueltamente hacia el templo. Se proponía a invitar a Steven a salir y recorrer el cielo nocturno como aquella vez. Sabía que no sería suficiente, pero era un buen comienzo. Si Steven lo disfrutaba tanto como aquella vez, sería la puerta de entrada para que volvieran a hacerlo en otras ocasiones. Podrían platicar, contarse muchas cosas. Llegar a conocerse de verdad, y quizá después...

Llegó al templo. Había luces encendidas, y distinguió a Garnet sentada en el sillón de la sala. No había nadie más a la vista. Estuvo a punto de descender y tocar a la puerta, pero escuchó la voz de Perla que preguntaba precisamente por Steven.

- Salieron hace un rato. Fueron a caminar por la playa.

- ¿Salieron? –pensó Lapis-. Oh, claro... Connie.

Maldición. ¿Por qué siempre tiene que adelantarse esa... Esa humana?

Cerró lo puños de pura contrariedad. Estuvo a punto de regresar al granero; pero de pronto sintió la necesidad de ver a Steven aunque sea desde lejos. Y se dirigió a recorrer la costa para localizarlos desde el aire.

No tardó en divisar a dos chicos abrazados al pie de una escollera de rocas, besándose apasionadamente. Un chica delgada y morena, y un chico un poco más alto que ella, con el cabello rizado y apenas un poco rellenito.

Lapis se quedó paralizada cuando los reconoció. Eran Connie y... ¿Steven?

Sí. Su aspecto había cambiado un poco. Como si hubiera sufrido un estirón mágico, o algo parecido. Pero aquel cabello, esa cara... Incluso su camiseta. No había ninguna duda.

Era Steven. Y ahora... Era de Connie.

El shock fue tan intenso que ni siquiera pudo pensar. Antes de darse cuenta, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su vista se nubló, y tuvo la sensación de que una parte de su ser se quebraba en su interior.

Era claro que no se estaban dando su primer beso. Se acariciaban las espaldas con total liberalidad. Sus bocas parecían querer arrancarse los labios, y apenas se separaban para tomar un poco de aire.

Aquello era demasiado para Lapis. No podía soportar el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Solamente pensó en alejarse de ahí, mientras trataba de apartar de su mente la imagen de aquellos dos.

Nunca supo cómo llegó al silo. Se sentó en aquel techo, donde había conversado con Steven hace... ¿Mil años? El dolor distorsionaba su percepción del tiempo. Lloraba y lloraba, sin poder contenerse. Aquello era peor que el espejo. Peor que Jasper y Malaquita. Aquellas veces siempre hubo algo por qué luchar, pero ahora...

- Debo irme –pensó-. Alejarme para siempre de este lugar. De la Tierra... De Steven.

Sí. De Steven y su sonrisa encantadora. De Steven y su amabilidad. De Steven y su eterna preocupación por los demás.

De Steven y su amor... porque ahora, ese amor le pertenecía a alguien más.

En su desesperación, llegó a pensar que debería ir Homeworld para recibir el castigo que le correspondía por traicionar a Jasper y a la Gran Autoridad del Diamante. Al menos, si su gema era destruida, podría dejar de sentir dolor... Para siempre.

Pero no tuvo tiempo de hacer eso o cualquier otra cosa, pues en ese instante sintió que alguien había subido al techo del silo. Entre sus lágrimas alcanzó a reconocerla.

- Garnet –dijo al tiempo que limpiaba sus ojos y se esforzaba por hablar con voz firme -. ¡Vete! En este momento no quiero ver a nadie.

Garnet se quitó los lentes. Jamás había hecho eso ante nadie que no fuera una Gema de Cristal.

- Lapis. Sé lo que te ha pasado, y también sé cómo te sientes...

- ¡No, no lo sabes! –gritó Lapis desesperada-. ¡Tú tienes tu amor! ¡Eres amor! ¿Cómo rayos podrías saber lo que siento?

Garnet no dijo nada. Era evidente que Lapis necesitaba desahogarse.

- ¡Lárgate de aquí! -dijo al tiempo que le lanzaba un ataque de agua-. ¡No quiero hablar con nadie!

Pero Garnet estaba preparada y evitó su ataque con facilidad.

- Me encantaría dejarte sola, Lapis. Pero no puedo.

Muy a su pesar, Lapis se desconcertó. La mirada de Garnet reflejaba pesar y... ¿terror?

- He visto algo extremadamente grave. Tenemos que movilizarnos. Está en juego el futuro de este planeta.

- ¡¿Y a mí qué rayos me importa?! ¡Que se mueran todos los humanos junto con su asqueroso planeta!

Garnet la tomó de los hombros y la obligó a mirarla de frente.

- ¿Y Steven? ¿Te preocupa la vida de Steven?

- ¿Qué?

- Si la Tierra está en peligro, ¿quién crees que será el primero en ir a defenderla? ¿Quién crees que será el primero en morir?

Lapis abrió mucho los ojos. ¿Steven iba a morir?

- ¡Sí, estúpida! –gritó Garnet, acercándose a unos centímetros de su cara-. Si no nos ayudas, no sólo será el final de la Tierra... ¡También será el final para Steven!