El universo Potterhead fue creado por una maravillosa mujer llamada J.K. Rowling, yo escribo esto por diversión y por no dejar que la magia muera ;)
Capitulo 2. El lugar al que pertenecemos.
¿Cómo era posible vivir con tanto dolor en el pecho? ¿Cómo?
El suelo polvoso que le dio la bienvenida a su cuerpo fue la única cosa que le impidió seguir sintiendo que había caído en un abismo sin final. Su padre muerto. Su madre y él prófugos y Harry…
El corazón pareció estallar en mil pedazos aunque no fuera posible ya. Harry, estúpido Harry, estúpido y amado Harry. Sus ojos no lloraron más lágrimas, ya no podía. Él sabía que Harry lo había hecho por el bien de los dos aunque parecía que había echado todo a perder. Una parte de él quería matarlo y la otra parte quería salir y buscarlo en el cuartel de Voldemort – su propia casa- y morir de una vez, morir para que también Harry fuera libre.
Su madre se había levantado ya del suelo y caminaba por la habitación oscura donde habían aterrizado, mientras el pequeño elfo, se afanaba en encender las luces y repetirles constantemente que no tenían nada de que preocuparse, que ese era el lugar donde el amo Harry quería que los llevara, que ahí estarían a salvo, que todo estaría bien, que ya pensarían en cómo rescatar al amo Harry de las garras del señor oscuro y miles de otras afirmaciones que solo el pequeño elfo podía creer con la inquebrantable fe en los magos que ellos consideraban sus amos , propia de su raza.
-Dobby…- dijo de pronto la suave voz de la señora Malfoy con una nota de terror que no le gustó nada a Draco- ¿por qué nos trajiste a la antigua mansión de los Black?
-Es el cuartel de la Orden del Fenix, mi señora- dijo el elfo un tanto nervioso- el amo Harry quería que…
Nunca llegaron a saber lo que el amo Harry quería. Draco se puso de pie cuando un ruido en el vestíbulo lo alertó de que ya no estaban solos. Ruidos de pisadas y gente entrando atropelladamente lo pusieron en guardia. Harry le había contado que su padrino le había heredado esa casa al morir, también le había contado que los miembros de la orden lo habían tomado como lugar de reunión desde que ellos estudiaban el quinto año. Así que, por lo que Draco podía deducir, aquella gente que entraba en medio de tan poco silencio era…
-¡Tú!- gruñó Ron Weasley y Draco extrañó en seguida su varita de espino y fibra de corazón de dragón que quemaba por su ausencia en la mano derecha.
Sin embargo, Ronald Weasley no era el único que lo miraba con rabia. La Orden del Fénix en pleno- o mejor dicho, lo que quedaba de ella- desfilaba hasta la sala en que él y su madre se encontraban y se quedaban mirándolos a los dos en silencio, como si se tratara de una aparición de otro mundo. Remus Lupin, quien cargaba en sus brazos el retrato de un viejo mago durmiendo, estuvo a punto de tropezar con su esposa, quien, a su vez, se quedó contemplando a Narcisa Malfoy con una sonrisa que quedaba fuera de lugar en aquella escena.
-Draco…- gritó Hermione Granger cuando llegó a la sala y lo miró a él de pie, con su madre custodiando sus espaldas.
El grito de Hermione pareció sacar a todo el mundo de su estupor y sin decir nada más, Ronald Weasley levantó la varita y empezó a gritar:
-¡Avada…
Pero Hermione, Ginny y Luna se lanzaron al frente antes de que el chico pudiera pronunciar el encantamiento. Las tres chicas se quedaron de pie delante de Draco y su madre, y lanzaron un hechizo protector con tanta fuerza y al mismo tiempo, que el pelirrojo salió volando por los aires, estrellándose en la pared, donde los nobles ancestros de los Black, siendo despertados de aquel modo nada cortés, empezaban a proferir sendas palabrotas que en vida jamás se habrían atrevido a decir en público.
-¡Aléjense de él!- gritó Ron cuando se levantó del suelo y pudo coger la varita de nuevo- ¡Aléjense, o también…
-¿También vas a intentar matarnos, Ronald?- dijo Hermione con voz crispada, la misma voz con la que a veces decía que le había ido mal en los exámenes de Howgarts- ¿es eso lo que quieres? ¿Vas a matar a Draco?
-¡ES LO QUE HARRY DEBIÓ HACER!- gritó el pelirrojo fuera de sí y Draco se preguntaba por qué nadie más que las tres jóvenes brujas que lo custodiaban hacia algo más por detenerlo.
Y la respuesta le heló la sangre. Claro, claro, la actuación del pelirrojo era lo que todos aquellos magos mayores querían hacer sin atreverse a hacerlo. Dobby definitivamente estaba en un error. Aquel lugar no era el adecuado para él, ni para su madre. Si Harry había pensado que en la vieja mansión de Grinmauld Place sería bien recibido, se había equivocado rotundamente, tan rotundamente como cuando, hace algunas horas, se había entregado a Voldemort por causa suya.
Un ramalazo de dolor le atenazó el pecho cuando el recuerdo claro del último beso de Harry acudió a su mente. No podía, no podía vivir así, pensando a cada segundo que Harry se había condenado en vano, que todo el mundo lo odiaría, los odiaría a los dos. Su amor por Draco lo había llevado a perder la guerra y ahora, el odio de sus amigos, era apenas el castigo justo que el rubio merecía.
Si tan solo pudiera desaparecer de ahí, si tan solo pudiera… ¿pudiera qué? ¿Rogarle piedad a Voldemort y unirse también él al bando ganador? Nadie se sorprendería, él y Harry estarían juntos al menos, podrían ser mortifagos juntos ¿acaso no la marca tenebrosa también escocía en su piel? Draco había estado dispuesto a ser bueno, a merecer a Harry más allá de lo que todos decían que él era. Es más ¿qué seguía haciendo ahí, de pie, indefenso como un muggle sin varita, contemplando la rabia de Ron Weasley y el elegante odio de los demás miembros de la Orden ahí reunidos?
Un Malfoy no ruega, un Malfoy siempre tiene un plan B, una opción. Y como un Malfoy iba a enfrentar aquello. Si la Orden del Fénix no iba ayudarle, si todos se limitarían a mirarlo entre asqueados y furiosos, él pensaría en qué hacer, en cómo salvar a Harry, en cómo salvar al mundo mágico. Eso era lo que Harry quería hacer. Eso es lo que Draco haría, no morir ahí, no moriría a manos de un estúpido pelirrojo corto de luces que solo tenía la buena suerte de ser el mejor amigo del gran Harry Potter.
-Lo que debes hacer es calmarte, Weasley- dijo el rubio con voz helada- ni mi madre, ni yo estamos felices de verte tampoco.
-¡Tú no me vas a decir qué hacer pedazo de mortifago!- dijo el chico y avanzó con furia hacia donde las tres chicas, con la varita en alto, seguían protegiendo a Draco.- por tu culpa, por tu maldita culpa Harry nos traicionó… ¿cuánto te pagó Voldemort? ¿Cuánto te pagó por esta farsa? ¿Te dijo que te devolvería tu mansión, que perdonaría a tus padres? ¿Desde cuándo embrujaste a Harry para que creyera que te amaba? ¿Qué le hiciste a mi mejor amigo, Malfoy? Y no me digas que fue sólo por tu alucinante manera de follar, yo preferiría mil veces follar con un cerdo que contigo y…
-¡Ronald!- gritó Molly Weasley un tanto sonrojada, Draco no sabía si era por la presencia de él y su madre ahí o por los nada agradables insultos de su hijo menor.- ¡Ya basta!
-Draco y yo nos iremos de aquí- dijo Narcisa a las espaldas del muchacho- Dobby debió traernos aquí por error.
-¿Y a dónde van a ir?- saltó Nymphadora Tonks con voz preocupada- este es el lugar donde deben estar, Cissy… Narcisa- se corrigió la joven tratado de sonreír.- no debes irte, Harry no nos lo perdonaría.
-¿Es que acaso soy el único que puede ver esto como realmente es?- gritó Ron a la bruja, con la cara roja por la furia- ¿cómo puedes decir eso, Tonks? ¿Cómo puedes…?
-Esto es lo que Harry quería, Ron- dijo un demacrado y herido Remus Lupin que dejó el cuadro sobre un sillón y se dejó caer en el que estaba al lado de ese- aún si no podemos entenderlo, debemos preocuparnos por otras cuestiones…
-Eso es cierto- dijo una digna profesora McGonagall. La bruja tenía el cabello desordenado y las gafas torcidas pero seguía teniendo tal aire de autoridad, que nadie en la habitación se hubiera atrevido a contradecirla- lo que el señor Potter hizo esta noche, a pesar de no parecer más que un acto estúpido, fue su elección y a ella debemos de ceñirnos. Hay que reconstruir lo que podamos, empezando por la Orden misma. Sé que perdimos a muchos de los nuestros hoy pero…
-Pero podremos empezar de nuevo- dijo Neville con voz profunda. Su abuela había muerto en la batalla de Howgarts, y aunque el muchacho estaba sereno, todos sabían que era cuestión de tiempo para que se desmoronara algo dentro de él.- eso es lo que debemos hacer, es lo que Harry habría querido.
-¡PERO HARRY NOS ABANDONÓ, IDIOTA!- gritó Ron y Draco tuvo ganas de lanzarle una maldición de inmovilidad total- ¡SE LARGÓ CON VOLDEMORT POR SI NO LO NOTASTE, NOs TRAICIONÓ!
-Ya sé que lo hizo- dijo el joven Longbottom con voz sepulcral- pero ponerme a gritarlo y a reclamarlo no va a cambiar nada. Yo sé por qué Harry hizo lo que hizo y lo comprendo… no voy a culpar a nadie por eso.
Draco sintió de pronto un destello de afecto por aquel chico. Neville había adelgazado mucho aquellos últimos dos años y en su mirada se podía ver una decisión brillante que en sus primeros días en Howgarts habría sido inaudita en sus ojos de chico asustado. Claro que Neville lo entendía, él también entendía lo que era amar, y por cierto, amar a la misma persona que lo amaba a él, a Draco.
-Neville…- dijo Ron con voz contenida- Neville…
-Neville tiene razón- contestó Arthur Weasley detrás de su esposa- no hay que buscar culpables, simplemente hay que ver lo que es posible hacer y eso, sea lo que sea, lo haremos. Así que, dejen el asunto de Harry en paz y….- agregó el señor Weasley con un poco de vergüenza- Draco, señora Malfoy… los dos son bienvenidos aquí, creo que ahora podemos considerarnos aliados.
Ron miró a su padre sin poder creerlo. Él había imaginado que la Orden del Fénix pondría orden en todo aquello que se había puesto de cabeza en su vida, que ellos acabarían con Draco Malfoy y después irían a decirle a Harry que el obstáculo que le impedía matar al señor tenebroso de una vez había desaparecido, eso es lo que había planeado él. Pero ahora, contemplar como todo mundo apoyaba al que por años había sido su enemigo mortal, ver a la chica que amaba y a su hermana acercándose a aquel maldito hijo de mortifagos, era algo con lo que él no podía. Ver a Hermione asegurándole a Draco que todo estaría bien, ver a Ginny reconfortando al chico que le había arrebatado a Harry, verlos a todos pues, siendo condescendientes con los que creía la causa de todos los males de su vida, y la vida del mundo mágico era como una bofetada, como un golpe en el estomago.
Ron no podía con tanto odio. Odiaba a Harry por haberlo engañado, por haberle hecho creer que se casaría con su hermana y que los dos ganarían la guerra pasando a los anales de la historia del mundo mágico para siempre. Odiaba a Harry por haberse enamorado de un mortifago, aunque cuando los dos empezaron a amarse, ni Draco, ni Harry habían tomado su lugar en la guerra que estaba escrita en su destino. Odiaba a Harry por haber amado más a esa basura sangre limpia que a otra persona en el mundo. Los odiaba a todos, a todos y a su madurez para aceptar las cosas.
-¿Por qué no dejan de fingir?- gritó el muchacho con gruesas lagrimas de rabia cayendo por sus mejillas- ¡Dejen de fingir que lo que hizo Harry no importa! ¡Dejen de fingir que les gusta que esta escoria esté aquí! ¡Dejen de fingir que aún podemos hacer algo, no podemos! ¡Harry Potter es nuestro enemigo ahora y ustedes están ahí tan… tan…!
Su voz se apagó. Draco miró al chico Weasley y no se atrevió a decir algo, pero sabía, muy en el fondo, que él tenía razón. Aquel no era su lugar, no lo era aunque las amigas de Harry y todos esos hombres y mujeres – la mayoría de los cuales no tenían ni idea de su relación hasta hace algunas horas- que estaban conteniendo su odio hacia él y su madre, estuvieran haciendo un soberano esfuerzo por defender lo que ya no tenía remedio.
-Yo…- dijo Draco con la voz rota, incapaz de poder calmarse al darse cuenta de lo real que parecía todo ahora- yo… mi madre y yo nos iremos mañana, tengo algunos parientes en Francia que…
-¡No!- gritó Hermione con decisión mientras todos los demás seguían desperdigados por la habitación tratando de ponerle orden al desastre que había resultado de aquella batalla en Howgarts- Harry no lo quería así, Draco, no te vayas, no estarás seguro en ninguna otra parte. Piénsalo, Voldemort te dejó ir hoy porque sabía que de no haberlo hecho, Harry de verdad lo habría matado pero… lo que pasó hoy no se repetirá, Draco, si caes en las manos de Voldemort él no dejará que te vayas, te matará y…
-Y tú sabes muy bien, que como están las cosas- soltó Luna Lovegood sin guardarse ni una sola palabra como acostumbraba a hacer- Voldemort lo obligará a matarte ¿es eso lo que quieres? Todo lo que hizo en Harry habría sido en vano, y lo sabes.
-Draco…- dijo Lupin desde el sillón- debemos protegerte. Sé que vas a decirme que no lo necesitas y no estoy subestimándote, sé que tú más que ninguno de nosotros ha sido víctima de la furia de Voldemort pero… hazlo por Harry ¿quieres?
-Pero yo… yo no quería que esto pasara, yo no quería que Harry lo hiciera, yo… yo hubiera preferido morir, no tenía miedo, yo…
-Harry te ama de verdad- dijo Ginny con una sonrisa cálida y extrañamente llena de resignación- él no hubiera podido vivir sabiendo que habías muerto por su culpa.
-Señor Malfoy- dijo Minerva McGonagall, que en todo aquel tiempo había permanecido silenciosa tratando de arreglar un poco su persona- no sea estúpido y quédese aquí. Narcisa, me concederás que tú y tu hijo están mejor aquí que en cualquier parte ¿no es cierto?
-No queremos piedad- dijo la señora Malfoy- no quiero sentirme bienvenida a medias en esta casa porque esta también fue mi casa hace tiempo. Si van a tratarnos como a sus iguales, Minerva, no veo por qué no quedarme aquí pero, si seremos blanco de rabietas como la que nos ha dirigido el señor Weasley, preferiría irme. Los Malfoy hemos sobrevivido a cosas peores.
-Eso no lo dudo, Cissy- dijo Tonks acercándose a su prima- pero creo que es tiempo de que te des la oportunidad de ver la buena voluntad como un acto libre de toda piedad y lástima ¿no crees?
-¿Dónde está tu hijo?- dijo Draco, contemplando a la joven bruja que había hecho que su madre bajara la mirada al suelo.
-El pequeño Teddy y mi madre están en Bulgaria- dijo la chica con una enorme sonrisa ilusionada- llegarán mañana, por traslador ¿querrás conocerlo, Draco? Harry es su padrino así que supongo que tú…
La chica se detuvo en medio de la frase al ver a Draco palidecer al mencionar aquel nombre. Todo mundo miró al heredero de los Malfoy, derrotado por la sola mención de aquel que había renunciado a todo por mantenerlo con vida. Harry… los ojos verdes se hicieron presentes en su memoria otra vez, la cicatriz en forma de rayo apareció delante de sus ojos. Todo pasó como una película en frente de sus ojos. Harry mirándolo con enojo al burlarse de sus amigos "el asqueroso y pobre Weasley" y "la sabelotodo sangre sucia". Harry mirándolo consternado al mencionarle aquello de que los dos estaban atrapados por su destino. Harry, con la mirada avergonzada y las mejillas arreboladas después de haberle dado su primer beso, debajo de la rama de acebo de la sala de menesteres que él había usado como salón de clase del ejército de Dumbledore.
Harry, mil veces Harry… sus ojos lagrimearon un poco al recordarlo, pero todo era tan nítido. La piel suave de su amado, los ojos brillantes, sus labios con sabor a jugo de calabaza y pastel de moras del desayuno. Draco cerró los ojos y ahí estaban otra vez. Sólo él y Harry, solo él y el calor de la sala de menesteres en la víspera de las vacaciones de navidad…
No había nadie en la sala. Draco usaba su mejor túnica negra sobre la que lucía orgullosa la insignia de la Brigada Inquisitorial, la misma que la asquerosa Umbridge le había colocado hacia meses para castigar a los bravucones y guerrilleros en contra del ministerio como ella los había llamado. Hacía días que él sabía que Harry y sus amigos se reunían en aquel lugar, pero no le había dicho a nadie, en primera, porque en realidad quería que Umbridge sufriera un poco más y en segunda, porque de verdad le gustaba esconderse en aquella sala para observar lo que Harry hacia con aquella bola de estudiantes ineptos que habían optado por llamarse pomposamente "El Ejercito de Dumbledore" a ellos mismos.
Le gustaba ver a Harry en aquella actitud autoritaria, le parecía sumamente encantador que todo el mundo se rindiera ante él y que siguieran las ordenes que él les daba con fe ciega, como si vieran en él más que a un muchacho flacucho y despeinado, a un héroe de guerra al que todos querían parecerse. Era esa aureola de poder la que encantaba al joven Malfoy, la que lo mantenía despierto por las noches, pensando en una forma mejor de estar cerca de Harry Potter que no incluyera insultos y malas jugadas en el torneo de quidditch. Draco aún recordaba con fingida satisfacción que por culpa suya habían quitado a Harry la oportunidad de volver a jugar en el torneo, Umbridge vigilaba a capa y escudo la saeta de fuego del muchacho.
Y sin embargo, aquellas payasadas que antes le resultaban tan placenteras de pronto habían dejado de ser suficientes. Y es que algo había cambiado en él pero aún no se atrevía a darle nombre.
Habían pasado algunos meses desde que Potter ganara el torneo de los tres magos en circunstancias francamente espeluznantes, y desde aquel momento, cuando él lo vio llorando desconsoladamente abrazado al cuerpo de Cedric Diggory que yacía sin vida en medio de la hierba, gritando que Voldemort había regresado, que Voldemort lo había matado, algo había cambiado en el corazón del joven Malfoy.
Ver llorar a Harry de aquel modo, verlo sufrir como si le estuvieran echando encima la cruciatus más fuerte del universo, tuvo un efecto revelador en él. Se dio cuenta de que en contra de toda lógica, él quería consolar aquella tristeza. De pronto se encontró deseando estar allá abajo, abrazando a Harry, jurándole que todo estaría bien, prometiéndole que ya llegaría el momento de vengar la muerte del primer amor de su vida, diciéndole que no era cierto, que Lord Voldemort no había regresado, que no podía regresar; eso era lo que el muchacho quería hacer, sólo eso, no estar ahí, en las gradas, abrazando a una Pansy Parkinson que no dejaba de burlarse de la situación predicando que si el señor tenebroso hubiera regresado de verdad, aquel imbécil, maricón, llorón de Potter habría muerto también con el que todos sabían, era su sueño húmedo andante.
Draco tuvo ganas de soltarle un insulto a su compañera, pero se contuvo porque en realidad no sabía qué era lo que estaba pasándole. Porque en aquel momento también se había encontrado deseando que alguien lo amara con toda esa fuerza, que Potter lo sostuviera de aquel modo entre sus brazos, que le dijera a él que no era cierto, que no estaba muerto, que se levantara, que por favor se levantara o él moriría también.
Aquella imagen volvía con insistencia a su memoria desde aquel día. El último día de clases, después de la ceremonia de luto en el gran comedor, donde Dumbledore había pronunciado aquel discurso en el que declaraba que lord Voldemort había vuelto y pedía recordar a Cedric, el chico se había quedado contemplando el paisaje soleado de los primeros días de verano del año que bañaban de oro puro las colinas que se dejaban ver más allá del castillo.
Sí, él también sabía que el señor oscuro había retornado e intuía que no iba a ser nada sencillo darle batalla. Su padre estaba ya a las órdenes de Lord Voldemort, él mismo tenía que empezar a involucrarse en la causa una vez que regresara a casa. Sí, él sabía que había estado alardeando todo el tiempo con eso de ser un mortifago pero ahora que todo era real, ahora que presentía el mal que se cerniría ante ellos, estaba preocupado. No, no tenía miedo de servir al señor tenebroso, su padre le había inculcado de más el fervor por aquel mago infinitamente poderoso. Pero ahora se descubría teniendo miedo de dañar a aquellos que se pondrían en su contra, Draco tenía miedo de dañar más a Harry Potter…
El chico dio un salto cuando el pensamiento se formó en su mente ¿No era eso lo que había estado haciendo todos esos años, intentando dañar a Potter? Pero ahora la idea de agregarle más pesar a la vida de aquel muchacho le resultaba inconcebible, chocante. En realidad no quería volver a verlo retorciéndose de dolor como en la noche de la muerte de Cedric, sencillamente no podía.
-Cuando la gente contempla por primera vez el amor, el amor verdadero y llameante como el fuego que consume al Fénix, nada vuelve a ser igual, señor Malfoy- dijo un sonriente Albus Dumbledore a sus espaldas.
-¿Qué…?- dijo el chico con el corazón latiendo a prisa por la sorpresa- es decir, ¿sucede algo, profesor Dumbledore?
-Creo que sucederá muchas cosas, Draco- dijo el viejo mago sin borrar de sus labios la sonrisa, sus ojos azules conteniendo una chispa traviesa como la de un niño que se divierte contemplando a los animales del zoológico- y espero, que el amor sea una de ellas. Nunca subestimes el poder de una llama, y si has visto arder al fénix, estarás listo entonces para escuchar su canción y perderte en ella en los labios de alguien más…
-¿Qué trata de decirme, señor?- dijo el chico realmente confundido.
-¡Oh, nada de importancia!- dijo el viejo, subiendo los lentes de media luna que bajaban ya por su nariz torcida- creo que el verano siempre me pone algo cursi, discúlpeme señor Malfoy. Felices vacaciones.
Dumbledore se alejó de él con una sonrisa brillante, cantando una canción que le sonó a Draco como "un caldero de amor hirviente". Draco puso los ojos en blanco y se regaló la mirada con la vista del atardecer dorado de Howgarts una vez más. Estaba claro que el anciano director chocheaba si ahora le estaba dando por recitar poesía incomprensible acerca de llamas y canciones de Fénix.
Pero ahora podía entender aquello. Una llama había ardido en su interior desde el primer momento, Draco sospechaba que había visto a arder al fénix del que le había hablado Dumbldore desde la primera vez que había hablado con aquel niño de ropas viejas y aire desgarbado que lo había encontrado en la tienda de madame Malkin. Draco sospechaba que la llama había seguido alimentándose todos esos años, con las bobas discusiones en el colegio, con la absurda competitividad que había entre Harry y él. Draco sospechaba que aquella llama se había salido de control precisamente aquel día, cuando miró al joven Potter llorando por haber perdido a la persona que había amado estúpidamente desde tercer año.
Y ahora, ahí estaba de nuevo. Mirando a aquel imbécil de gafas redondas y reparadas una y mil veces. Contemplando absorto cómo todos los demás idiotas que lo alababan y no lo odiaba lo suficiente como para creerle que Voldemort había vuelto, parecían mejorar en serio con encantamientos que jamás habrían aprendido en la mierda de clase que impartía Umbridge.
Sí, Harry Potter le gustaba, le gustaba mirarlo caminar en los pasillos, le gustaban sus ojos verdes mirándolo con furia cada que se lo encontraba en la clase de pociones o en alguno de los pasillos donde Draco se aseguraba de estar tan solo para tener el placer de molestarlo y… de mirarlo. Sí, ya había tenido también la angustiante conversación consigo mismo acerca de lo estúpido que resultaba aquello y la vergüenza infinita que nacía al pensar que cada vez que Harry entraba al gran comedor o a las mazmorras del profesor Snape, incluso al ridículo salón de Umbridge, todo su cuerpo temblaba y sus ojos terminaban posados en la cabeza coronada por aquella indomable selva de color azabache.
En aquellos momentos Draco entendía a la perfección las palabras de Dumbledore, porque lo cierto era que también había empezado a escuchar la canción, la canción del fénix o tal vez sólo la voz de Harry diciendo "Malfoy" con odio, que de algún modo resultaba reconfortante porque al menos sabía que el chico Potter también pensaba en él. Draco era muy orgullos para ponerle nombre a lo que le pasaba pero si hubiera sido un poco más justo con él mismo, le habría gritado a todo aquel que hubiera querido escucharlo, que estaba alarmantemente enamorado del gran imbécil llamado Harry Potter.
Draco suspiró con la idea que acabada de aparecer en su mente y se limitó a ver cómo los animados alumnos del "Profesor Potter" salían de uno en uno de la sala de menesteres, esperando que nadie de los miembros de la Brigada Inquisitorial pudiera verlos salir. Draco observó que todos se detenían a desearle felices fiestas a Harry, algunos lo abrazaban y otros, como Cho Chang, perdían el tiempo arreglando su mochila, lo que Draco interpretó como un pobre y patético intento de quedarse a solas con él. Los puños de Draco se cerraron con fiereza cuando el chico observó que la buscadora de Ravenclaw se acercaba a Harry una vez que Hermione Granger arrastrará al pelirrojo Weasley hacia la puerta.
Draco escuchó las palabras de Cho Chang en silencio. La muy estúpida hablaba de Cedric como si tal cosa, haciendo que el verde de la mirada de Harry se tornara opaco y que en ella volviera a aparecer la misma tristeza que Harry se cuidaba de no mostrar más que en los momentos en los que creía que nadie podía observarlo. Y en efecto, nadie, salvo Draco, parecía darse cuenta de que no estaba superando muy bien lo del chico Diggory. Y después, la sangre de Draco hirvió como lava caliente al observar a la joven posando sus labios en los labios de Harry. Draco estuvo a punto de gritar, a punto de ponerse a lanzar maldiciones imperdonables a diestra y siniestra en contra de esa estúpida que quería aprovecharse de la fragilidad de Harry, atraída como siempre como una mosca al azúcar por la fama del mago que legía como presa y…
El corazón de Draco se calmó cuando Harry apartó a la señorita Chang de él, de forma suave pero a la vez firme.
-Lo siento, Harry- dijo la joven ridículamente ruborizada, tratando de parecer inocente.
-No, fue mi culpa- contestó el muchacho y Draco estuvo tentado a salir de su escondite y patearle los testículos a Harry por estar siendo un maldito caballero con aquella ramera asquerosa, ofrecida, maldita señorita Chang.
-Felices fiestas- dijo ella con un revoloteo de pestañas y un cuidado movimiento de su larga cabellera oscura.
Y se marchó. Draco la vio alejándose y miró que Harry se quedaba ahí, de pie, observando la rama de acebo que colgaba sobre su cabeza, negando después con la cabeza y limpiando sus labios, al parecer, algo asqueado, con lo que Draco reconsideró la parte de la patada en las partes nobles de la nueva presa de Cho Chang.
-Sé que estás ahí- dijo Harry y el corazón de Draco dio un vuelco infame al verse desabierto- hace semanas que te observó estar ahí de pie.
-Potter…- dijo Draco, saliendo de detrás del armario en el que había creído estaría totalmente encubierto, imposible de ser visto.- no creí que fueras tan buen observador.
-Lo soy, Malfoy- dijo él con tono divertido- y créeme que entre las muchas de tus fallas como ser humano, no creí que tuvieras la de ser un pervertido voyeur.
-¿De qué hablas, Potter?- dijo el rubio con arrogancia- estaba vigilándote, solo cumplo las ordenes de Umbridge.
-Sí, claro- dijo Harry con una extraña alegría que disparó el pulso de Draco- ¿Y por qué no le has dicho nada? Hace semanas que te escondes detrás de ese armario, si Umbridge te ordenó que le contaras todo ¿por qué no lo has hecho?
-Eso no te incumbe, Potter- dijo él, bastante nervioso al darse cuenta de que no tenía una respuesta para esos ojos verdes que se divertían como nunca al tenerlo atrapado.
-Eres un pésimo mentiroso, Malfoy- dijo Harry con una sonrisa cansada.
-Y tú un pésimo maestro, Potter- dijo él tratando de no sonreír idiotamente a la sonrisa de Harry- mira que enseñarle el protego a esos perdedores, es una vergüenza. Yo lo domino desde primer año, si este es el ejercito que Dumbledore desea, creo que el señor tenebroso ganará la guerra sin mover apenas un dedo y…
Draco se calló al darse cuenta de que Harry ya no estaba sonriendo. Los ojos verdes se oscurecieron, tomando el tono de los bosques al anochecer. Draco sabía que había dicho una tontería, una broma cualquiera que en otro tiempo habría hecho que Harry le contestara alguna otra estupidez peor. Pero el dolor de los ojos de Harry le caló hasta los huesos. Se sintió desarmado, con el corazón doliéndole en su pecho sin tener clara una razón, o al menos hasta darse cuenta de que le dolía el dolor de Harry. Él, el muchacho confiado, el favorito de Dumbledore, él también parecía haber cambiado después de todo lo que había tenido que vivir.
-Ya sé que lo soy- dijo el joven pelinegro- de hecho, me pregunto por qué sigo haciendo esto si yo también sé que es una pérdida de tiempo.
-Potter…- dijo él casi en un susurro.
-Siempre eres el único que es sincero conmigo, Malfoy- dijo el chico, haciendo que el corazón de Draco saltara alocadamente en su pecho- debería de agradecértelo ¿no crees?
-¿Agradecerme qué?- dijo él con la respiración entrecortada- creo que recordarte lo idiota que eres es mi deber…
-Gracias de todos modos- dijo Harry, recuperando la sonrisa- y también por no decirle nada Umbridge.
-Eso no es un favor, Potter- dijo Draco con ganas de ponerse a saltar al ver la sonrisa que Harry le dedicaba- de hecho, creo que deberé pedirte algo a cambio de mi silencio.
-¿Qué cosa?- dijo Harry divertido- dime lo que quieres y te lo daré.
Los ojos de Draco se desviaron hacia la boca de Harry, pequeña, roja y suave, y el deseo de sus ojos era tan fuerte, que Harry no tuvo problemas en saber qué era lo que Draco quería pedirle, podía adivinarlo. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, tuvo ganas de salir de la sala y desaparecer de los terrenos del colegio de una buena vez. Lejos de Harry Potter y su sonrisa brillante, aún más grande por la mirada que él le había regalado a aquellos labios. Lejos de Harry Potter y su voz que escondía detrás de ella la canción de todas las ave fénix del universo. Lejos de Harry Potter y de esos sentimientos contradictorios que ardían en su pecho y lo condenaban al desprecio eterno de su familia, a la deshonra del apellido Malfoy y a aquella extraña felicidad que lo rodeaba ahora que Harry miraba sus labios, ahora que Harry elevaba los ojos hacia la rama de acebo y sonreía con decisión antes de acercarse a él, tomarlo por la cintura, acercarlo a su piel con calma, clavando sus pupilas verdes en el gris de las suyas. Draco no sabía que estaba pasando, no sabía si aquel era otro de sus sueños, pero las manos de Harry delineando su mentón, los dedos de Harry acariciando sus labios haciéndole sentir escalofríos y chispas electrizando su piel y todo su cuerpo, se sentían como uno de los mejores que había tenido en su vida.
Y se encontró deseando que el sueño no se terminara cuando los labios de Harry tocaron los suyos, cuando su boca se fundió con la de él, primero suave, inexperta y cadenciosa, y luego, salvaje, violenta, reclamándolo como suyo y de nadie más. Draco apenas podía respirar en medio de aquel beso, el primer beso que había deseado sin atreverse a ir por él en toda su vida. Los labios de Harry sabían a la fruta prohibida, a la más deseada. La boca de Harry lo exploraba con furia, con una pasión desenfrenada que Draco nunca habría imaginado en él. Era el mejor beso de su vida, y sus dedos se enredaron en el desordenado cabello oscuro del otro mago, suave al tacto, enredaderas que lo ataban un poco más a la vida de aquel imbécil que en contra de toda lógica, seguía alimentando aquel sentimiento que todo Malfoy tenía prohibido sentir.
Draco sentía que su vida por fin tenía sentido en medio del beso de Harry, y de algún modo, sintió que la vida se le iba cuando el chico paró. Las mejillas rojas, el pelo rubio desordenado y los labios hinchados por la fuerza de aquel beso, lo hacían lucir endemoniadamente hermoso a los ojos del chico Potter quien sonreía con la misma sonrisa embelesada que le había visto usar cada vez que Cedric Diggory le decía hola en alguno de los pasillos del colegio. Sí, era la misma, pero a la vez… aquella luz en los ojos de Harry, se parecía tanto a la luz que él descubría cada mañana en sus ojos al despertarse pensando en él.
-Potter…- se encontró diciendo Draco, pestañeando lentamente como si acabara de despertarse del más jodidamente sensual sueño de toda su vida.
-Shhh…- dijo Harry sin separarlo de él, acariciando su cabello platinado sin prisa- no digas nada…
Y Draco le obedeció. Jamás en su vida habría imaginado obedecer una orden de aquel granuja, pero lo hizo. Se quedó quieto, observando el rostro de Harry, calmo, satisfecho, feliz… Draco deseó que aquel momento jamás se terminara, deseó quedarse ahí toda la vida de ser posible, la vida en la sala de menesteres no resultaba tan mala después de todo.
-Tengo que irme, Draco- dijo Harry y el chico sintió que su nombre, pronunciado por esos labios, era más poderoso que cualquier otro encantamiento que hubiera pronunciado jamás.
-Lo sé- dijo él carraspeando un poco, pues su voz había salido dulce al dirigirse a él y a pesar de lo que había pasado, no quería parecer una colegiala enamorada que se derrite al darse cuenta de que su sueño de amor está convirtiéndose en realidad.
Los labios de Harry volvieron a posarse en los suyos, con calma, solo superficialmente pero volviendo a provocarle la misma agitación y el mismo calor de mil infiernos en todo su cuerpo.
-Espero que mi pago haya sido suficiente- dijo él guiñándole un ojo- felices fiestas, Malfoy.
-Nadie dijo que esto era suficiente, Potter- dijo él, negándose a pronunciar su nombre- ya veré la forma de cobrármelas de verdad.
-Te estaré esperando entonces- le dijo él riendo sin vergüenza alguna- y gracias de nuevo…
-¿Y ahora por qué?- dijo el joven, con la arrogancia de su voz por fin recuperada.
-Por darme un primer beso de verdad- dijo con total sinceridad - quizá me arrepienta un poco más tarde pero… no, la verdad es que no. Pensé en hacer esto desde la primera vez que te vi escondido en el armario. Nos vemos después de navidad, Draco.
El joven Malfoy se quedó de pie en medio de la sala de menesteres, el silencio rodeándole y el beso de Harry quemando aún en sus labios ¿Qué había pasado? ¿Era verdad todo aquello, o alguien le había lanzado una confundus a Harry Potter para actuar de esa manera? Sí, lo había observado todo ese tiempo pero ¿en qué momento Potter había estado observándolo a él? El chico empezó a caminar hacia la salida también, tratando de ordenar su cabello, tratando de ocultar la agitación que aún lo llenaba de pies a cabeza, tratando de que el estúpido sonrojo de sus mejillas desapareciera sin lograrlo. Su cuerpo estaba en llamas y la luz de esa fogata ardía en sus ojos, brillante y pura. Y sí, vaya que era cierto que desde aquel momento, la canción del Fénix parecía nacer justamente en su interior.
-Harry…- pronunció quedamente, y con la fuerza del recuerdo salió a los pasillos del colegio que estaba a punto de vaciarse, sin sentir siquiera frio al recordar la boca de Harry en la suya y lo bien que se sentía aceptar para uno mismo, lo que antes, ni bajo tortura, habría podido aceptar: estaba enamorado de su enemigo mortal.
-¿Draco?- gritó Tonks cuando el muchacho se derrumbó en medio de la sala, acosado por la lejana felicidad del recuerdo que había estado evocando.
El chico se quedó ahí, en el suelo. Había perdido muchas cosas, tantas, que sentía que la pena no podía seguir siendo contenida en su cuerpo, quería huir de él, huir de todo, porque lo había perdido, había perdido a Harry, a su padre, la seguridad, la libertad. Lo había perdido todo y no se sentía capaz de soportarlo, sin importar lo patético que sonaba pensar aquello. No, ya no podía, no más por favor, ¿qué más querían de él?
-La llama sigue viva, Draco- dijo una voz conocida con un tono adormilado.
La vocecilla venía del cuadro que Lupin había dejado sobre el sillón. Todos voltearon a mirarlo y se encontraron en él a la figura delgada de Albus Dumbledore, bostezando y limpiando sus gafas de media luna como si aquella fuera una alegre tertulia y no la reunión de un montón de hombres masacrados en cuerpo y alma, como lo era en realidad.
-No lo entiendo, profesor- dijo Draco, levantando la vista hacia el hombrecillo que le sonrió con indulgencia.
-Claro que me entiendes- dijo el hombre bostezando sin disimulo- siempre lo has entendido bien. La llama de los dos es poderosa, Draco. Yo que ustedes no lanzaría las campanas al vuelo, esto aún no se ha terminado.
-¿No?- gritaron todos al unísono, provocando la risa del profesor Dumbledore.
-No…- dijo el hombre con naturalidad- Harry les dio la oportunidad de mover sus traseros para poder ayudarlo. Piénsenlo así: ahora está más cerca de Lord Voldemort, sabe lo que hace, sabe lo que planea…
-Es un mortifago- dijo Ron con enojo- es un asqueroso mortifago y…
-Pensé que era tu mejor amigo, Ronald- sentenció el profesor- pensé que todos aquí confiaban en él.
-Albus- dijo Molly Weasley con voz quebrada- lo hacemos pero… lo que hizo fue tan…
-Despreciable…- sentenció Ron antes que nadie.
-Desconcertante- dijeron Lupin y Tonks a la vez.
-Yo lo llamaría admirable- contestó Dumbledore sin darle tanta importancia- fue un acto de amor y…
-Ahórrate la cantaleta del amor, Albus- dijo la profesora McGonagall un tanto desesperada- la realidad es que nos guste o no, Potter es la nueva mascota del señor tenebroso, no podemos hacer nada por él.
-¿Ah no?- dijo el viejo con la mirada brillando con un mudo desafío.
-No, no podemos…- dijo Narcisa Malfoy, acercándose más a su hijo, rodeándolo con sus brazos.
-Narcisa, qué alegría verte en el lugar correcto- dijo el viejo con sinceridad- para ser todos ustedes magos experimentados y no me estoy refiriendo a la magia, sino a la experiencia de amar y ser amados, resultan francamente decepcionantes…
Nadie dijo nada. En primer lugar porque todos bajaron la mirada al piso, un tanto avergonzados por las palabras del mago y en segundo lugar, porque la puerta se abrió de par en par y una figura encapuchada entró a la sala, cubierta de lodo y chorreando agua de pies a cabeza. Todos se quedaron inmóviles, algo pálidos con la abrupta aparición de Severus Snape.
-Severus- dijo Dumbledore como si hubiera llegado la persona que había estado esperando la vida entera en el momento adecuado- qué bueno que llegas ¿cómo están las cosas con nuestro querido Tom?
-Está torturando al muchacho- dijo Snape sin preámbulos, sin expresar emoción alguna al pronunciar las palabras y actuando estoicamente ante la actitud de todos los ahí reunidos- parece estar divirtiéndose con él antes de usarlo.
-¿Usarlo?- preguntó Hermione con la voz temblorosa.
-Sí, señorita Granger- contestó el hombre con desdén- va a hacer que Potter sea su nueva arma. Lo obligará a matar ya destruir, muggles y magos, no le importa. El señor tenebroso está ebrio de victoria, en realidad nada podrá detenerlo.
-¿Nada?- dijo Dumbledore con la mirada pensativa y los brazos cruzados en su regazo- ¿estás seguro, Severus?
-Potter es el mortifago más vigilado de la corte- dijo Snape- a nadie le agrada la idea de tenerlo como un lugarteniente, pero eso es lo que el señor oscuro desea. Quiere que él sea la nueva cara de la oscuridad, y así será… quizá deberíamos rendirnos, en realidad, el señor tenebroso me confió que… va a matarlo de todos modos, en uno o dos meses, no le importa. Lo cierto es que debajo de toda la gloria que ha obtenido aún teme, teme que Potter sea más poderoso que él, teme que algo pueda pasar aunque el elegido esté lamiendo ahora el lodo de sus zapatos…
-Vaya, vaya…- dijo Dumbledore con gesto apesumbrado- ¿Y Harry, crees que él pueda…
-¿Hacer algo?- dijo Snape con una risa fría- no, claro que no. Si el chico levanta su varita, será solo ´para pronunciar la maldición asesina, sólo eso.
-Quiero salvarlo- dijo Draco de pronto, levantándose del suelo. Oír que Harry sufría, oír que Harry estaba atrapado de aquel modo le había renovado las fuerzas que había creído perder.
-No podrás salvarlo- dijo Snape mirando al chico con algo de lástima- aunque quieras, no podrás. Harry Potter es un mago oscuro ahora, o lo será después de que el señor oscuro termine de jugar con él. La magia oscura consume, Draco, no vas a poder salvarlo, no podrás…
-Severus- dijo Dumbledore con algo de decepción- tú… yo pensé que de todos los presentes, tú serías el único mago que no subestimaría el poder del amor, es decir, el hombre que una vez me respondió "siempre" cuando le pregunté acerca de sus sentimientos por la persona que amaba, no puede estar diciéndome esto…
-Solo digo la verdad- dijo Snape, un poco incomodo por las palabras de Dumbledore- Potter ahora es un mago oscuro, no hay nada que hacer en contra de eso.
-Bueno, bueno…- dijo el anciano volviendo a recuperar la sonrisa- Draco no es el primero que se enamora de un mago oscuro ¿sabes? Yo sé muy bien lo que eso significa pero… la diferencia aquí es que Harry no es un mago oscuro por decisión, sino por coacción y me concederán entonces que eso ofrece ciertas ventajas que yo no tuve…
-Albus- dijo Snape con voz glaciar- no debes darle falsas esperanzas al chico, si te digo que no es posible salvar a Potter y acabar con el señor tenebroso, es porque hemos llegado al punto en el que…
-En el que cambiamos de plan y dejamos de discutir cosas sin sentido- respondió Dumbledore- dime algo, Draco, ¿amas a Harry lo suficiente como para luchar contra la oscuridad?
-Sí- respondió el chico con decisión.
-Entonces ya está…- dijo el anciano como si aquello resolviera todo lo demás- regresa al lado de Voldemort, Severus. Trata de cuidar al chico, te necesita, te necesitamos allá así que no lo abandones.
-Eso nunca- dijo el hombre subiendo su capucha oscura una vez más- no mientras viva.
-Gracias Severus…- dijo Dumbledore y dejó que Sanpe se fuera tan intempestivamente como había llegado- y en cuanto a ustedes- agregó mirando a todos los ahí reunidos- creo que es hora de que se den la mano los unos a los otros y dejen de llamarse inocentes o culpables , no existe tal cosa. Todos aquí queremos salvar a Harry y al mundo mágico y eso haremos, así que déjense de chapucerías, perdónense, descansen y hablaremos por la noche.
Y sin decir más, el hombrecillo del cuadro se sentó sobre el sillón de su despacho dibujado en el retrato y se quedó profundamente dormido. Nadie dijo nada por un largo rato, solo los ronquidos provenientes de la figura dormida en el cuadro se escuchaban, eso y el trajinar sin descanso de las ollas en la cocina, causados por Dobby, imaginaron todos.
-Este es el lugar al que perteneces ahora Draco, y tú también Narcisa- dijo Molly Weasley cuando se sacudió la modorra y se dio cuenta de que era verdad, si querían tener esperanza de nuevo, tendrían que luchar juntas.
-Claro que lo es- dijo Hermione acercándose al joven Malfoy y poniendo una mano sobre su hombro de forma tímida- vamos a liberarlo, Draco, lo haremos.
-Hermione…- dijo el joven Malfoy y cuando miró los ojos de la chica, no pudo entender cómo antes la había podido odiar tan desmedidamente.
-Le daremos su merecido a Voldemort, Draco- dijo Neville después- traeremos a Harry de regreso y tú y él podrán estar juntos de nuevo.
Draco asintió a sus palabras con renovada fe. Uno a uno, los miembros de la Orden del Fénix que quedaban en pie se acercaron a él y a su madre, enemigos irreconciliables se dieron una tregua, entendiendo, que esa era la única forma de seguir adelante, de lograr aquel objetivo en común que los había unido en un camino que jamás creyeron transitar.
-Iré al refugio, veré si Fred y George pudieron llegar a casa de Bill- dijo Ron sin acercarse a los Malfoy, causando que todos lo miraran con una rabia callada que nadie se atrevió a reprochar.
-Ron…- dijo Hermione un tanto contrariada.
-No puedo quedarme aquí- dijo el pelirrojo- yo no puedo fingir que puedo trabajar con un mortifago, ni concebir la idea de que rescataré a otro. Esta guerra ya no es mía.
-¡Ronald!- exclamó Arthur Weasley, enojado de verdad.
-Les avisaré cuando llegue- dijo el chico tercamente- y buena suerte, espero que no se arrepientan de esto después.
Y sin decir más, el pelirrojo desapareció en un pestañeo sin agregar más. Hermione estalló en lágrimas y Ginny se acercó a abrazarla de forma rápida. Todos los demás movieron la cabeza negativamente, pero todas las palabras pronunciadas y escuchadas habían sido suficientes aquella mañana. La señora Weasley anunció que buscaría una cama, necesitaba dormir y pensar, al igual que todos los demás que siguieron su ejemplo y la siguieron escaleras arriba. Todos se fueron, menos Draco y Narcisa, quienes se desplomaron en el sillón más grande de la sala, abrazados y temerosos, sabiendo que estaban en el lugar correcto pero aún así, lamentando que no se tratara de otro lugar.
-Si tu padre nos viera- dijo Narcisa mientras acariciaba el platinado rubio de los cabellos de su hijo- volvería a morir.
- Lo sé- dijo Draco, recordando el horror de ver a su padre desplomándose en el suelo, a los pies de Narcisa, muerto por la mano de Harry.
-No lo lamentes, Draco- dijo la mujer en tono suave- él quiso que fuera así, apuesto a que también lo hizo por ti…
-¿De verdad podré salvarlo?- dijo el chico con un repentino ataque de terror y tratando de ahuyentar el dolor sordo que le atenazaba el alma al recordar a su padre muerto- ¿lo crees de verdad?
-Claro que lo harás- contestó Narcisa con más seguridad de la que sentía- Harry y tú se salvaron el uno al otro hace mucho tiempo, no hay razón por la que eso no vaya a volver a ocurrir.
Draco cerró los ojos y dejó que las palabras de su madre, al compás de sus manos, siguieran calmándolo. Él sabía que no podría dormir, pero al menos repondría algo de fuerza, tenía que trazar un plan, ponerlo en marcha, sentir que estaba haciendo algo para evitar enloquecer.
-Harry…- susurró una y otra vez, sin que su madre o alguien más pudiera impedírselo- voy a ir por ti Harry, la vida que me regalaste no será en vano, lo juro.
El día siguió su curso mientras todos trataban de creer en las palabras pronunciadas por el profesor Dumbledore, todos buscaban un rayo de luz al cual aferrarse, al cual anclarse para no caer indefinidamente en la oscuridad.
La misma oscuridad que rodeaba a Harry Potter en aquellos momentos, la oscuridad que se sentía más bien como un eterno dolor. Dolor en el alma y en el cuerpo. El dolor de las tinieblas a las cuales se había entregado voluntariamente.
-Prepárate para el ataque de mañana, Potter- siseó el señor tenebroso, antes de dejarlo encerrado en la habitación que había preparado para él, una lujosa celda adornada con motivos verdes y plateados: la habitación de Draco Malfoy.- este es el lugar al que perteneces ahora, a mi cuartel, me perteneces, Potter…
Harry no respondió. Se quedo echado en la cama, sin moverse, sintiendo que cada célula de su cuerpo ardía en carne viva.
-Draco, Draco- decía él una y otra vez- te amo Draco, no dejaré de hacerlo.
-Lo sé, Harry- dijo la voz del chico al que amaba desde algún lugar de la habitación- yo tampoco voy a dejarte, Harry, no lo haré.
El muchacho cerró los ojos, sintiendo como una calma lo invadía de pronto al escuchar aquella voz. La misma voz que lo había acompañado a dónde quiera que iba como el canto del Fénix que siempre había escuchado en Howgarts. Y así como la canción le hacía sentirse tranquilo, la voz de Draco dándole fuerzas era como las lagrimas del animal derramándose en las heridas de su alma, liberándolo del terror y de la culpa, del asco por sí mismo. Y en medio del sopor y el cansancio infinito que lo iban envolviendo, tuvo ganas de contestarle a Voldemort que se equivocaba, que el único lugar al que él pertenecía, era aquel donde Draco estuviera seguro y eso, era lo único que tenía ahora, la certeza de que Draco estaría bien. Y eso era lo único, que el señor tenebroso, ni con todas las maldiciones imperdonables de la historia, jamás le podría quitar…
NdA: Gracias por tan linda bienvenida al mundo del dulce Drarry¡ ;) Espero podamos seguir leyendonos¡ :D
