Tu cabello

Cabello largo hasta la cintura, tejido en una trenza y teñido ligeramente en un tono rojizo muy oscuro. Apenas visible bajo los rayos dorados del sol. Una oreja perforada de la cual colgaba un dije de flor de cerezo. Sus anteojos habían sido remplazados por unos más sofisticados que se adaptaban mejor a su rostro un poco más alargado; aunque en ese momento no los llevaba con ella. Y esos eran los cambios más notorios que él observaba.

Se encontraban los tres sentados en la mesa desayunando, algo que Sarada había añorado tanto tiempo y por fin se cumplía. Ella en medio y sus padres a ambos costados.

– Tu cabello –mencionó su padre con simpleza y serenidad, sin quitar la vista de ella, llevándose un bocado a la boca.

– ¿Te gusta? –preguntó Sarada alegre, con una sonrisa y un gesto de nerviosismo en su cara que le daba a su plato.

– Ha crecido bastante –fue lo único que respondió para continuar comiendo. No sabía que más responder. No sabía si le agradaba o no. Simplemente era algo que había notado y su cerebro se había encargado de sacar sus pensamientos a flote sin darle la oportunidad de analizarlo primero. A pesar de que había hecho ese comentario sin ninguna maldad ni intensiones denigrantes, era algo simple y obvio que había lastimado un poco a su hija.

Sarada conocía poco de su padre, sin embargo, empezaba a preguntarse si siempre era así de seco y monótono. No dejaría que eso le apagara el animo y continuó comiendo sin decir nada el resto del almuerzo.

Sakura, quien había notado el rostro serio de su hija trató de cambiar el tema de conversación, preguntándole que le gustaría comer en la tarde. Sin duda alguna Sarada se parecía demasiado a Sasuke con esa expresión. Sakura conocía a su esposo, pero estaba consiente de que para su hija era una persona que admiraba, pero a la cual no conocía a fondo. Despues hablaría con Sasuke, tenía que aprender a convivir con su hija.

Sarada no se sentía de lo mejor para seguir en la mesa, terminó su comida más rápido que sus padres y se despidió de ambos saliendo como rayo de la cocina, con la escusa de que había quedado en verse con su equipo.

Y aunque su madre sabía que era una mentira, no hizo nada para detenerla, y si lo hubiese intentado la muchacha ni siquiera la hubiera escuchado con la prisa con la que se había marchado. Le daría su espacio a Sarada, ella mejor que nadie sabía lo que era escuchar un comentario de algún rasgo físico y tomarlo muy a pecho. Por supuesto que no había sido cualquier persona la dueña de tal comentario, pero ambos tenían que conocerse más.