Resaca, la peor sensación del mundo. Otro fin de semana más de mareos, dolores de cabeza y puede que hasta vómitos, eso según haya acontecido la noche. Me giré en mi cama, de un lado para otro, entre sudores fríos y un tembleque en el cuerpo a causa del frío viento de anoche. Intento arroparme mejor pero algo me lo impide.
- ¿Qué narices?
Miro al otro lado de mi cama. Un hombre duerme plácidamente entre mis sábanas. Empecé a recordar todo en ese momento, el alcohol, la música, la adrenalina y el calentón del momento, como no, aquello fue el detonante para que aquel hombre de cabellos castaños acabara en mi cama. Estiré mi cuerpo cual gato y me senté en la cama sin quitarle la vista a aquel hombre. Odiaba estas situaciones. Ese momento era el momento en el que despertaba de malas maneras al hombre, le entregaba su ropa hecha una bola y lo dejaba en el rellano en boxers, mientras la puerta se cerraba en su cara.
Pum.
Un portazo y un hombre en la calle, otra noche acababa. Quizá parezca borde, o quizá lo sea, pero aquellas reacciones no eran más que un vacío interno que sentía yo al verles en la cama. Vacío. Sí, eso era. Antes solía disfrutar más del sexo nocturno, puede que a veces me ilusionara con algún hombre y alguna que otra vez las relaciones duraron, pero no todo lo que me gustaría. Aquel muchacho dejó un vacío en mi cuando se fue y ese era mi mayor problema sentimental, el haber perdido de la noche a la mañana una relación sin ni siquiera haber acabado con ella.
Aún recuerdo el último día, su última mirada, su último beso. No era cariñoso, ni tampoco un hombre llamativo. Simplemente era el. Con sus manías y rarezas las cuales caracterizaban su personalidad, su mirada pérdida y sus contestaciones de "listillo"y aquella imagen física, que aunque fuera desaliñada a mi siempre me volvió loca. Pero el no parecía entenderlo, creo que nunca lo entendió.
¿O si?
Eran las nueve de la noche del 30 de Octubre. Su cumpleaños era en tres horas y quería prepararle algo especial. Desde que nos conocimos tuvimos una relación amor-odio, pero aquel día era su día y no solo eso, por fin sería mayor de edad. Yo era dos años más joven que el, pero a penas se podía apreciar aquel detalle pues sus pintas desalilñadas le hacían parecer más joven.
Caminaba por los pasillos de la Wammy´s House en su búsqueda. Sabía que estaría en la biblioteca leyendo algún libro o investigando con su PC. Seguramente estaría sentado de aquella manera tan extraña encima de alguna de las sillas, con cualquier tipo de comestible dulce a su alcance y con su dedo pulgar derecho en la boca. Había pasado toda la tarde cocinando una tarta de fresas y nata por su cumpleaños y a modo de reconciliación, ya que como siempre, habíamos discutido unas horas antes.
Llegué a la biblioteca, pero todo parecía tranquilo. Salí y me dirigí a su cuarto. Toqué la puerta, sin respuesta. Me decidí por entrar y dejar la tarta en su escritorio. La puerta se cerró y un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
-¿Que haces aquí? -dijo secamente con su mirada clavada en mi espalda.
-Te he hecho una tarta. -contesté tan fría como el hielo mientras giraba para poder verle. -Aunque seas gilipollas, en unas horas es tu cumpleaños.
No dijo nada. Se quedó junto a la puerta, con su espalda encorvada, las manos en los bolsillos y una mirada de indiferencia. Indiferencia, otra vez. Opté por caminar hacía la puerta y dejarle solo. Cuando llegué a la altura del pomo de la puerta algo me impidió agarrarlo. Me giré y lo vi, cara a cara, tan cerca de mi que podía sentir su dulce aliento.
-Gracias. -dijo mirándome a los ojos.
-De nada... -dije en un susurro casi inaudible.
Volví a girarme para salir, pero seguía impidiéndomelo.
-Oye, ¿Que narices te pa... -silencio.
El silencio más hermoso del mundo. Mis labios sellados por los suyos, sintiendo su suavidad, su dulzor. Poco a poco su lengua pidió permiso para adentrarse y no pude decir que no. Entrelazabamos nuestras lenguas como si no hubiera mañana, como si esa misma noche se acabara el mundo. Yo me encontraba contra la puerta, aprisionada por su cuerpo. Sus manos recorriendo mi cuerpo con pasión. Lentamente recorrió mi espalda de arriba abajo, hasta llegar a mi trasero, donde posó sus manos y apretó mis nalgas para acabar con el mínimo espacio que quedaba entre nosotros, para poder sentirnos totalmente. La ropa empezó a sobrar. Primero nuestras camisetas, luego los pantalones y por último, nuestra ropa interior. Por primera vez podíamos observarnos como eramos realmente y... Fue fantástico. Ambos empezamos a desplazarnos hasta su escritorio, donde yo me senté para poder enredarme con mis piernas a su cuerpo. Aquello fue el climax del amor que sentía por el. Ahí me di cuenta de que jamás iba a encontrar a nadie como el.
Y como antes he mencionado, me hizo sentir como si no hubiera mañana, como si esa misma noche se acabará el mundo.
Y así fue. Por lo menos para mi.
El mismo día de su cumpleaños desperté en su cama, sola. Supuse que no había dormido mucho. Nunca lo hacía, por eso era un joven tan ojeroso. Me desperecé y salí en su búsqueda, pero no lo encontré en ningún rincón del orfanato.
Al cabo de dos horas Rogers me informó sobre su ausencia. Era su cumpleaños, era mayor de edad... y se había ido de Wammy's. Se había ido de Wammy's para ser el mejor detective del mundo. En ese momento comprendí que lo que ocurrió la noche anterior no había sido nuestra primera vez, el prefirió interpretarla como nuestra última vez. Se había ido de Wammy's sin decir ni una palabra, ni siquiera dejó una explicación escrita. Se fue para cumplir su objetivo, ser el mejor detective del mundo.
Dos años después yo cumplí la mayoría de edad y al igual que el, yo también salí para cumplir un objetivo. Ser la mejor detective del mundo, para poder encontrarle a el.
Hoy, después de esta resaca, a mis 22 años recuerdo esto para no olvidar lo que hoy he vuelto a recordar.
-Yo, Isabella D'Angelo juro encontrarte, Elle Lawliet.
