Las clases iniciaron. El pensamiento de Bakugou no iba más allá de Uraraka.
Le dedicó la atención desde el otro lado del salón, mirando cómo los labios le parecían secos. ¿Hablaría ella en algún momento dentro de la escuela?
Según Tsuyu, ni siquiera hablaba con otras chicas. Entonces, ¿cómo haría para iniciar conversación?
Cuando la campana timbró para el receso, su novia subió a la mesa—: Bakugou, ¿me compras un pastelillo? Quiero uno y no tengo dinero.
En otro momento no hubiera dudado hacerlo: se lo merecía por lo de ayer. Pero ahora tenía otras cosas en mente—: ten el dinero—, se lo di—. Cómpralo.
La chica lo miró con confusión—. Pero quiero que vayamos los dos—, y es que no era sólo capricho: ser novia de Bakugou, aunque varias ya lo habían sido, era como un premio en la escuela. Que el chico más popular y atractivo te eligiera como su novia significaba que estabas a su nivel. En otras palabras, que eras la reina de un rey de secundaria.
A sus quince años, Bakugou se había dedicado desde pequeño a los deportes. Aunque ya no practicaba ninguno, la constancia le valió en el gimnasio y tanto los músculos de los brazos, espalda y cuello, abdomen, se marcaban sin mucha dificultad.
Era envidiada aquello que gozara de él aunque fuera una simple sesión de sexo oral, como el día anterior. Por eso es que era importante para sus novias aparecer en público siempre a su lado, marcando territorio, dejando en claro que aquel semental era suyo por lo menos un mes.
Y que él le dijera que no la acompañaría… era la primera señal de que estaba interesado en otra persona.
Más la novia en turno que fuera no podía hacer nada: conociendo el carácter de Katsuki, sería peor si ella se quejaba de su actitud, apresurando su rompimiento.
Tomó el dinero, y se alejó, sola a pasar la humillación que significaba ser novia de Bakugou y que él pasara de ti.
Por su parte, él se levantó cuando su novia se hubo ido, encaminando a Uraraka y alcanzó su mirada que desvió del libro que ahora decía Geografía Universal.
—Ey—, ella no respondió, dejando en el aire la oportunidad de que Bakugou hablara. Él se sintió cohibido por su estoicismo—. Yo sólo quería pedirte perdón por lo que viste ayer—, tampoco respondió—. Mi novia y yo siempre usamos ese lugar para… nuestras cosas, pero ahora entendemos que sí hay personas que gustan de estudiar.
Le sostuvo la vista. Si ella se mantenía callada un segundo más, Bakugou no sabría qué agregar.
Entonces pestañeó, soltó un suspiro y cerró el libro—: no tienes qué disculparte. Pero te aconsejo a ti y a tu novia que busquen otro sitio para sus cosas.
¿Y ese timbre de voz? ¿Era realmente de ella? ¿Existía una mujer con esa voz tan cerca de sí?
Y no lo dudaba: el rostro, el cabello, los ojos, los labios, el cuerpo… Esa voz era sólo el sello de un todo.
Bakugou tragó saliva: otra vez era el perdedor.
Creyendo que podría enamorarla con todas sus técnicas de seducción, él se enamoró con veinte palabras suyas.
No lo resistió más y dio media vuelta hacia su asiento.
Miró la pared del frente el resto del receso, conjeturando acerca de lo que acaba de pasar y no terminaba de creerlo.
¿De dónde había salido esa chica?
Al día siguiente, en el receso, rechazó a su novia una vez y se sentó a leer un libro aleatorio que tenía en su habitación. Ella estaba allí, tan apacible como de costumbre.
El ambiente alrededor no le permitía volver a hablar con ella, pero sí observarla. No lo había notado, pero debajo del brazo que sostenía el libro había una libreta. La abrió en una de las páginas del final, y comenzó hacer anotaciones dentro. Copió del libro, borró, tachó, y volvió a escribir. Incluso la vio tomar un lápiz y comenzar a dibujar.
Iba trazando una línea cuando su lápiz se rompió y pudo notar lo diminuto que era. ¿Cabía en su mano? ¿O es que no tenía más?
La vio intentar sacar punta, pero no pudo. Tomó el lapicero otra vez, comenzando a escribir, y cuando dio la vuelta a la hoja para continuar, Katsuki vio cómo se encontraba con la pasta dura de la libreta. Era el fin: no había más libreta.
Frunció el ceño, pensando que nadie la miraba. Cerró el libro de Geografía y la libreta con disgusto, levantando de su asiento y saliendo del salón.
Contó hasta cinco, se levantó y por el marco de la puerta, vio hacia dónde se dirigía: salió por un pasillo hacia las escaleras, suponiendo que iría a la cafetería. La siguió y en efecto no se equivocó. Se acercó a la tienda y formó parte del conglomerado de estudiantes, esperando que la atendieran.
Bakugou se paró a su lado, listo para escuchar lo que pediría, más una de las señoras que trabajaba allí lo vio y llamó su atención antes que cualquier otro estudiante.
—Bakugou, ¿qué será esta vez?—, le habló la dependiente—. ¿Las misma frituras con picante que te gustan y un jugo de cereza?
Le subió el trago a la garganta. ¿No se había dado cuenta que Ochako llegó antes que él a la tienda? Era turno de ella de todas maneras.
Sintió la mirada de la más baja, tal vez algo incómoda por el hecho de ser ignorada.
—Eh, no—, habló él, titubeando—. No—, ahora sonó seguro de sí—, porque no es mi turno—, ella le sostuvo la vista sin que él se la devolviera—: es turno de Uraraka.
Entonces se atrevió a mirarla en los orbes que denotaba la sorpresa—: sí: sé tu nombre—, aseveró Bakugou. Vio un sonrojo en sus mejillas y le apartó la vista, intentando perder la concentración en él y ponerla en la dependienta.
—Quiero unos mochis—, ordenó y la mujer se giró para buscarlos, mientras Bakugou volvió a llamar a la mujer:
—Que sean dos, por favor.
Esperaron en silencio unos cortos minutos. Él con la conciencia tranquila y esperando que ella estuviera por lo menos algo tocada por lo que había pasado.
Cuando notó que la mujer se acercaba, apresuró a extender el billete para pagarlo—: cobre los dos, por favor.
Pero entonces fue cuando Ochako reaccionó—: no lo haga; yo tengo el dinero para pagar.
Y sin esperar reacción de alguno de los dos, dejó las monedas en el mostrador para darse vuelta y correr por el mismo camino por el que había llegado. Ni siquiera había tomado la caja de mochis.
Bakugou tuvo un arranque de enojo. Tomó las dos bolsas de comida y dejó su billete allí, tomando las monedas en su bolsillos—. Si esa Cara Redonda quiere hacerme perder el tiempo, yo le haré perder el dinero—, sentenció—. No pagaré yo por el suyo, ni se lo daré.
Dejó a la señora con el dinero y se fue sin más dónde ir que a su salón, comiendo con rapidez los diez mochis que llevaba. Podía notar la cara enojada de Ochako, pero poco le importó: se lo ganó por no aceptar la poca amabilidad que se podía dar el lujo de ofrecer a otros.
Comía uno tras otro, casi sin respirar, hasta que sólo quedaron dos panecillos de arroz en el empaque. Esos últimos se los comería de un bocado los dos, para que ella viera que su desaire no significaba para él.
Iba hacerlo, más un gruñido resonó en el silencio del salón vacío de clases: viró a ella, y con pena esta se cubrió el vientre.
Tenía hambre.
No hablaba, no sonreía, ¿acaso tampoco comía?
Tomó los dos mochis en sus manos, sopesando: ¿la hacía sufrir por no querer su buena voluntad comiéndose los mochis de todos modos, o se arriesgaba a interactuar con ella?
Lanzó un suspiro.
Ser el perdedor sí que era difícil.
Se fajó los pantalones en su hombría y levantó, tomando los mochis para ir directo a ella.
—Toma—, dijo escueto. Ella no levantó la mirada. Eso enfureció aún más a Bakugou—. No sé y no quiero saber qué clase de idea tienes de la gente a tu alrededor o de ti misma, pero deberías aceptar la amabilidad de las personas—, dejó caer los mochis frente a ella—. Por lo menos cuando lo necesitas de verdad.
Quiso sentarse de nuevo, pero sabía que si él estaba presente, ella no comería, así que fue a la cafetería por segunda vez, buscando algo de beber. Sin embargo, aquello le surgió en un pensamiento nuevo: ¿ella tendría sed?
Compró dos tés verdes, que era lo más común en su escuela, y enfiló de nuevo al salón. El asiento de Ochako estaba tan sólo entrar al aula, así que sin verla, dejó la lata de té y anduvo sin detenerse hasta su asiento, sentando sin dirigirse a nadie hasta cuando la clase comenzó y terminó de nuevo, siendo hora de irse a casa.
