En la luna

—No es que me sienta encarcelada, pero a veces siento que todo a mi alrededor son puertas cerradas, me hacen sentir que no pertenezco —Anna soltó una risa ahogada antes de proseguir—Es una locura, ¿verdad?

—¡No!— él contestó sin dejar de mirarla, sus ojos verdes, fijos en los de ella, parecían comunicar la voz silenciosa de un alma igual a la de ella — Lo entiendo, yo también, he estado buscando un lugar para mí...Es extraño, pero siento que ya lo encontré.

Ella lo miró con cautela. Era como ver a un espejo.

Un segundo después, hubo otro mensaje, está vez sin palabras. Ambos sonrieron y se acercaron uno al otro. La música del salón llegaba a sus oídos, y quizá era el alcohol que habían tomado o que ambos eran cantantes por naturaleza, pero de alguna forma decidieron darle una letra a la pieza. Sus pensamientos en forma de versos dichos al compás de la música del salón.

La tonada los siguió incluso después de salir del castillo.

Bailaron, cantaron, subieron a techos, faros y montañas. Anna jamás había conocido a alguien que tuviera tantas similitudes con ella, desde los sándwiches sin las orillas a la misma opinión de la magia.

—Es cierto que la bruja Maléfica hechizó a una bebé, pero las siete hadas hicieron todo en su poder para proteger al reino y a la princesa, las personas mágicas son exactamente como el resto, unas son capaces de las mayores bondades y otras de las más horribles maldades. No tiene nada que ver si vienen de una cuna de oro o del bosque o si su piel es blanca o negra, son sus acciones las que deciden que clase de persona son.

—Exacto —Anna accedió con la cabeza. No era extraño tener reinos que florecían alrededor de la magia, pero la mayoría de la servidumbre y sus tutores habían hablado mal de las criaturas con dotes mágicos, excepto por aquellos de familias nobles. Entonces no era "magia" sino "don".

Anna y Hans caminaban cerca de una cascada mientras discutían la moralidad de las criaturas mágicas y ella se quedó mirando a la luna, casi le parecía que podía atraparla con sus manos.

—Hablando de magia —Anna continuó —Una vez mi hermana me contó que existía una princesa en la luna, pero estaba encerrada por el hechizo de una malvada bruja y la única forma de liberarla es capturar a la luna. Sé que Elsa solo estaba jugando conmigo, pero aún así, me da lastima pensar en la princesa que vive sola en la luna.

—Yo recuerdo algo similar, acerca de un príncipe que encerró a un monstruo en la luna para salvar a todos. El problema es que el príncipe se encerró junto al monstruo. Aunque, creo que mi hermano la inventó para zafarse de mí —Hans carcajeó un poco ante su historia y después observó a Anna.

Anna alzó un poco sus manos y las junto para formar un arco en forma de "V", como si así pudiera capturar a la luna y salvar a la princesa, algo infantil ya que al igual que Hans, la posibilidad de que la historia fuera un inventó hecho por un hermano mayor era del cien por ciento.

Hans colocó sus manos encima de ella para formar un corazón.

—¿Tal vez la princesa y el príncipe se conocieron y se están haciendo compañía? Así ya no están solos.

Anna miró a Hans y sonrió, eso sería lindo. Que los dos príncipes vivieran juntos sin temor a la soledad a pesar de estar encerrados.

—¡Sí! Seguro que sí. Los dos seguramente bailan y cantan y hablan...

Sin saber cómo los dos estaban de nuevo bailando, imitando a su loco sueño de los príncipes en la luna. Al terminar, los ojos de Hans se clavaron en los de ella, sus facciones eran visibles a pesar de ser de noche y él parecía haber salido de un cuento de hadas no escrito aún..

—¿Te puedo preguntar algo loco?— Hans preguntó mientras se inclinaba en una rodilla con una elegancia digna de ser retratada.

Ella sabía su propuesta antes que él terminará de hablar. Y su respuesta era la que él quería escuchar. Ya ninguno de los dos estaría solo.


—Capturada la luna, la princesa podra escapar de su cárcel para volver con su familia —contó la hermana de Anna.

—El príncipe jamás se dió cuenta que el mismo era el monstruo —finalizó el hermano de Hans, pero el más pequeño ya había salido del cuarto.


Incluso después de que sus cabellos se volvieron blancos, Anna aún podía sentir la cara de Hans en los nudillos.

Mucho de él se había perdido en los años, el recuerdo de aquel golpe permanecía presente en su piel. Anna más de una vez se preguntó cómo era posible que la sensación existiría incluso después de que ella lo perdonó.

¿Podría ser culpa por haberlo tirado al agua helada? O quizás, una parte de su mente soñadora e infantil preguntó ¿por qué fue la última vez que se tocaron? Por breve y agresivo que fue, ese fue su adiós con el traidor.

Algunas noches, cuando la luna estaba llena, brillando en el cielo para los enamorados, ella soñaba con dos príncipes bailando en una enorme cárcel blanca junto una promesa no dicha.

Por las mañanas, incluso tras noches oscuras, todos los días, acariciaba su propia cara con una mano cerrada. Trás el ritual, miraba hacía el mundo fuera del castillo y se alegraba aún más.

Era libre.


Fin