Capítulo 2: Un reencuentro inesperado
Hay momentos en la vida que ponen a las personas en situaciones complicadas e, inclusive, lastimeras, incrementando el sufrimiento a tal grado, que el espíritu mismo llega a romperse en mil fragmentos, cual frágil cristal al ser arrojado al piso. El corazón de Kagome fue un claro ejemplo de ello, cuando al escuchar tan simple pregunta por parte del oji-dorado, se paralizó, amenazando con resquebrajarse. Definitivamente, tuvo que haber entendido mal...
—¡Te pregunté algo, mujer! ¿Quién eres? —volvió a cuestionar el hombre, escueto y sin el más mínimo toque de delicadeza—. ¿Qué haces aquí?
—InuYasha, yo... —balbuceó inicialmente, confundida, pero luego frunció el ceño y lo enfrentó—. ¡No digas no conocerme, que no es divertido! Si tus intenciones eran asustarme, pues bien, lo lograste, ¡pero ya es suficiente!
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! ¡Mejor lárgate por dónde viniste y ve a fastidiar a otro antes de que pierda la paciencia!
Kagome dio un paso hacia atrás, recibiendo aquellas duras palabras como un baldazo de agua fría. ¿Quién era esta persona? Por fuera era él, el hombre al que le había entregado su corazón; sin embargo, por dentro, parecía otro. La mirada fría e impasible que recibió de InuYasha la congeló por completo. La estaba observando con desprecio como a un vil ladrón o, en su caso, una desconocida invasora de habitaciones. ¡¿Qué estaba pasando?! ¿Es que acaso no la reconocía?
Y, como si los cielos hubiesen escuchado su silencioso clamor de auxilio, la puerta se abrió detrás de ella. Una conocida cabeza se asomó cautelosamente, buscando el permiso requerido para ingresar al cuarto.
—Hola, preciosa, ¿cómo va todo? —inquirió un hombre de tez morena y ojos celestes en un quedo susurro. Pero, cuando vio al paciente despierto y sentado en su cama, no dudó en abrir la puerta de par en par, entrando a saludar en voz alta—. ¡InuYasha, pero qué sorpresa! Oigan, ¡el perrucho despertó!
En cuanto aquella exclamación llegó al pasillo, dos figuras más hicieron rápidamente acto de presencia en el pequeño cuarto de hospital, mostrando sus rostros de asombro, pero sobre todo, de alegría.
—¡Bienvenido al mundo de los vivos, bello durmiente! —saludó otro hombre de ojos azul profundo y coleta baja, entre sonrisas, desordenando levemente el flequillo del oji-dorado, sin tocar el vendaje que envolvía su cabeza.
—Estábamos muy preocupados por ti. Qué bueno que despertaras —acotó una joven mujer de hermoso semblante y cabellos castaños.
—Muchachos… ¿cómo supieron? —Preguntó InuYasha ante la sorpresa de la visita de sus amigos, reconociendo a cada uno de ellos con agrado—. Pensé que estaba solo en esto. Empezaba a desesperarme aquí…
—¿Por qué? ¿Es que acaso, la señorita Kagome te estaba… torturando? —inquirió Miroku con picardía, codeándolo levemente. InuYasha se enfocó brevemente en la azabache, interrogativamente—. No me extrañaría, después de todo un mes de tenerla sufriendo con tu ausencia, era lógico que ella quisiera… ¡Autch! ¿Y eso por qué fue, Sanguito?
—Por hablar más de la cuenta —regañó la castaña, tras darle un pequeño coscorrón a su imprudente novio—. Es obvio que Kagome quisiera estar a solas con él después de todo este tiempo —indicó y la azabache se sonrojó ante el comentario.
Kôga rió entre dientes al observar a la joven Higurashi y, de la manera más casual, posó confianzudamente su brazo sobre el hombro femenino, atrayéndola hacia él. Estaba seguro de que InuYasha saltaría del disgusto por los puros celos, y es que, quería poner un poco de ambiente a la fiesta. Había pasado mucho tiempo desde que decidió rendirse en la eterna lucha por el corazón de Kagome, dándole el camino libre a su ahora amigo. No estaba demás molestarlo un poco como en aquellos tiempos, ¿verdad?
—De haberte tardado un poco más, te aseguro que no hubiese dudado en cortejar a esta preciosura por ti —insinuó Kôga a modo de broma. InuYasha abrió grandemente los ojos, ciertamente, confundido.
—¿De qué hablan todos? —vaciló—. Ah, ¿es por esta mujer? Me hubieses dicho desde un principio que se trataba de tu novia, Kôga.
Las miradas de estupefacción que pusieron los presentes, fue únicamente un indicador de que las cosas no estaban como deberían estar originalmente. En forma sincronizada y con una gran interrogante en la cabeza, el grupo de amigos se giró hacia la azabache, esperando por una respuesta. Sin embargo, ella al no saber qué decir, únicamente se limitó a agachar la cabeza y a desviar la mirada. Ni siquiera ella sabía lo que estaba ocurriendo.
—Oye, deja de jugar, idiota, que nos estás asustando —siseó Kôga, comenzando a preocuparse seriamente—. ¿Cómo que mi novia? —Titubeó—. Mírala bien. ¿De verdad no sabes quién es ella?
—¡Ya te dije que no sé! —espetó InuYasha lacónico—. Sabes que no me gustan los desconocidos, pero si ella es tu novia, deberías decirle que no se ande lanzando a los brazos de cualquiera, buscando consuelo por quién sabe qué motivo.
¡Definitivamente, algo no andaba bien! Y, estaban seguros de que no se trataba de una cruel broma, puesto que InuYasha no era de ese tipo de personas, mucho menos si era algo relacionado a Kagome. Pero, ¿cómo era posible que, aparentemente, los recordara a todos menos a ella?
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—Apresúrate, papá, ¡se nos hará tarde!
El entusiasmo del niño pelirrojo no tenía comparación. Tras recibir la promesa de su padre de ir a averiguar sobre aquel hombre, —cuyo accidente había causado involuntariamente hace un mes—, no dudó en alistarse para salir. De todas maneras, tenían que ir al hospital para que le revisaran la pierna y, con fortuna, le retiraran el yeso, pues su fractura ya debería estar completamente curada. Durante todo este tiempo, el infante había guardado en su interior un gran sentido de culpa, haciéndolo sentirse fatal, pese a los ánimos que le daba su progenitor. El no saber nada de ninguna de las personas involucradas en el incidente, lo había demacrado demasiado, razón por la que el hombre tuvo que tomar una decisión y llevar a su hijo con esa familia para hacerlo sentirse mejor. Tan sólo esperaba que nada grave hubiere sucedido y que el herido, ahora, estuviere estupendamente bien.
—Ya voy, Shippô, no desesperes que te caerás —dijo el hombre, colocándose la chaqueta y tomando las llaves del auto antes de salir—. ¿Estás seguro que no extrañarás ese yeso? Podrías ya no ser popular en la escuela —bromeó.
—Claro que no, papá. Con esta cosa no puedo jugar con mis amigos y me aburro mucho en los recreos —indicó, avanzando con la ayuda de sus muletas hacia la puerta. Luego se detuvo y agachó su mirada con cierta preocupación—. ¿Crees… crees que ese señor se encuentre bien?
—Ya verás que sí —lo animó, acariciando la cabeza pelirroja de su hijo.
Confiando en sus propias palabras, el hombre abrió la puerta para ir rumbo al hospital, sin embargo, nunca esperó encontrarse con dos indeseables visitantes en la entrada. Con sorpresa y horror abrió grandemente sus ojos verdes, quedando, inicialmente, inmovilizado. Y, una vez que pudo reaccionar, su ira estalló.
—¡¿Qué rayos hacen aquí?! —Cuestionó enfurecido, refugiando protectoramente a su hijo tras de él—. Ya les he pagado todo el dinero que les debía, ¿qué es lo que buscan?
Los dos individuos, —también conocidos como los hermanos Relámpago, por la velocidad en que engañaban, estafaban o asesinaban a sus víctimas—, rieron descaradamente. ¿Quién dijo que la vida fácil de un parásito chupa sangre no era satisfactoria?
—Señor Kitsu, ¿esos son los modales para recibir a un par de viejos amigos? —Dijo el hermano mayor de largos cabellos trenzados, enfocando sus marrones ojos en el tembloroso niño—. De acuerdo a nuestra agenda, su deuda no ha sido saldada aún.
Si ese hombre había creído que se la dejarían tan fácil tras saldar su diminuta deuda, estaba muy equivocado pues, una vez que alguien se involucraba con ellos, les serviría por siempre o, por el contrario, moriría. Así de simple.
—Malditos, ¡¿qué es lo que pretenden?!
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Atentos y en completo silencio, esperaron por el diagnóstico del médico que, para mayor comodidad y confianza, era un viejo amigo del pequeño grupo. Éste, por su parte, se veía algo pensativo mientras analizaba con detalle la imagen del electroencefalograma, puesta en la pantalla luminosa de la pared de su consultorio.
—¿Y bien? ¿Cómo está? —Irrumpió Kôga, empezando a impacientarse.
—Parece tener amnesia parcial —indicó finalmente el doctor de estatura muy alta—. Puede que InuYasha no recuerde algún periodo específico de su vida y eso incluye a las personas que conoció en él.
—¿Cómo es posible, Jinenji? Todos nosotros lo conocimos después de Kagome, pero... —interrumpió Sango, ladeando rápidamente su rostro hacia su amiga y, al verla cabizbaja, le tomó la mano para darle fuerzas—, pero ella es la única a la que olvidó.
—El cerebro humano es un órgano muy complejo y delicado —explicó el galeno, buscando las palabras más sencillas para exponer el caso—. La etapa de confusión es uno de los primeros síntomas que presenta la amnesia. Es probable que InuYasha haya perdido todo recuerdo relacionado con Kagome, porque ella es en lo que más piensa. Eso puede involucrar a los familiares Higurashi y cualquier actividad que ustedes mismos hayan realizado junto a ella también.
—De verdad, ¿algo así es posible? —Preguntó Miroku, incrédulo. Cuando el galeno asintió, se tomó la cabeza con ambas manos, impotente—. ¡Diablos! ¿Qué vamos a hacer?
—InuYasha… recordará pronto, ¿verdad?
El apenas audible susurró de Kagome provocó un incómodo silencio en los presentes. Al igual que ella, todos tenían la misma duda y esperaban que este problema se solucionara cuanto antes. Habían pasado por tanto en el pasado como para que el destino se ensañara con ellos ahora; además, debido al accidente, la boda había tenido que ser pospuesta por tiempo indefinido. ¿Qué más tenía que pasar?
—Imagino cómo debes sentirte, Kagome, pero no debes rendirte —trató de confortarla Jinenji, apretando suavemente sus hombros—. En muchos casos, la amnesia no llega a durar más que unos días. Estoy seguro que él te recordará pronto si te sigue viendo cerca continuamente. Él te ama demasiado como para olvidarte…
—Así es, todos te ayudaremos —animó Kôga con una sonrisa, alentando a todos—. Ese tonto no podrá estar mucho tiempo sin su joya más preciada.
Cuando la vida decidía poner a prueba la amistad y el amor, realmente se esmeraba por hacer sufrir a los involucrados. Sin embargo, acontecimientos inesperados como éste, de igual forma, logran fortalecer los lazos de aquellos que luchan por superar los problemas; en el caso de Kagome, recuperar lo que le pertenecía… Su hombre.
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Con la mirada fija en el frente y el uniforme blanco impecable, avanzó con elegancia y, a la vez, sencillez a lo largo del pasillo del segundo piso del hospital. En sus brazos, llevaba algunas historias clínicas, las cuales iba dejando junto a las camas de los pacientes. Con un amable saludo, fue pasando por cada una de las diferentes habitaciones que le correspondían, verificando el estado de los internados.
Ya no le faltaba mucho para terminar su sección, aunque eso no pareció importarle a una colega enfermera que se le acercó con cierta emergencia. En una breve charla, ésta le confirió un nuevo historial clínico, correspondiente a un paciente del tercer piso, que debía ser entregado. Desde que se habían inventado las excusas, cualquiera se daba una pequeña escapada para salir urgentemente de su turno del hospital para ir a ver a su novio.
Con un suspiro derrotado, la bella mujer de largos y lacios cabellos negros se encaminó al piso siguiente a cumplir con la misión encomendada. Quería terminar pronto hoy, así que, entre más pronto hiciera su entrega, más pronto concluiría. Vio el número de habitación en la carpeta y buscó la puerta correspondiente. Al encontrarla, tocó y simplemente entró, sin esperar por una respuesta.
—Buenas tardes, vengo a entregar… —Con ojos grandemente abiertos, la joven enfermera se paralizó ante la eminente sorpresa de tener dos muy conocidos e inconfundibles orbes dorados sobre ella. La carpeta que estaba sosteniendo, cayó al piso al perder sus manos, repentinamente, sus funciones motoras—. InuYasha…
Si bien decían que las coincidencias no existían, los sucesos inevitables, definitivamente, impactaban. En ocasiones extremas, el corazón, incluso, amenazaba con detener sus vitales latidos. Los reencuentros inesperados nunca resultaban buenos para la salud.
—¿Kikyô? —El hombre tuvo más o menos una reacción parecida a la enfermera, aunque en su caso, con menos conmoción, pues no sintió estar al borde del desmayo como ella—. ¿Qué… qué haces aquí?
La mujer se recompuso rápidamente de su estupor o, por lo menos, intentó ocultarlo lo mejor que le fuese posible, asumiendo nuevamente su postura serena. No quería demostrar que la cercanía de InuYasha aún la perturbaba después de todo el tiempo transcurrido. Había sido muy difícil renunciar a él en el pasado como para que, esa barrera que se había construido, se derrumbara con su sola presencia.
—Trabajo aquí —contestó estoicamente—, no sabía que fueses paciente de este hospital.
—Me dicen que he estado aquí por un mes… ¿aún así aseguras no haber sabido nada? —refutó, esbozando una sonrisa irónica al contemplarla.
—Fui transferida a este hospital hace una semana y nunca me asignaron el piso VIP —se excusó no diciendo más que la verdad, distrayéndose en revisar la bolsa del suero—. De haber sabido que te encontraría en este hospital, jamás hubiera aceptado venir.
Esto último lo dijo tan quedamente, que ni siquiera InuYasha estuvo totalmente seguro de que hablara o que fuese, únicamente, parte de su imaginación. Esa mujer, siempre lo inquietaba de manera incontrolable.
—Keh, como sea. De todos formas, fuiste tú quien terminó conmigo al irte lejos, así que el perjudicado, debería ser yo.
Kikyô se volteó a él con sorpresa, no creyendo lo que acababa de escuchar. ¿Qué ella lo había dejado? El tono ácido que el hombre había empleado para decirle aquello, estaba más que implícito en un reproche lleno de furia y resentimiento contenido, como si ella realmente hubiese tenido la culpa de lo sucedido en el pasado. ¿Cómo era posible? ¿Es que acaso InuYasha no recordaba nada?
Y, como un flash, a la joven enfermera se le cruzó por la mente que, ese peculiar olvido, podría ser el causante de su prolongada estancia en el hospital. El vendaje en su cabeza debía significar algo, ¿no? Con esa duda en mente, tomó rápidamente la carpeta metálica —con la historia clínica del paciente frente a ella dentro— y la leyó. Su delgada ceja se frunció levemente y sus manos temblaron al toparse con la palabra "amnesia parcial".
Así que de eso se trataba…
Su naturalmente blanquecino rostro empalideció aún mucho más y con una mirada llena de temor, alzó su vista a InuYasha. No. Aunque fuese una mujer fuerte y, mayormente, de aspecto tranquilo y calculador, no era algo que ella pudiera manejar, mucho menos, podría actuar como si nada hubiese pasado. El que InuYasha creyera que ella lo había abandonado, no le importaba tampoco, puesto que, en cualquier momento, él podría recuperar la memoria y recordar la verdad, cosa que no haría más que traerle dolor. No estaba dispuesta a pasar por aquello otra vez.
—Kikyô, yo… lo siento. Mi corazón, ahora, le pertenece a ella…
Con miles de pensamientos atormentando su cabeza, Kikyô volvió a poner el historial clínico en el pedestal de la cama y, en completo silencio, se dio media vuelta para salir de esa habitación, decidida a no volver más. No tenía nada que hacer allí.
Repentinamente, una fuerte mano sujetó su muñeca, deteniéndola antes que lograra llegar al umbral. Su corazón dio un vuelco en su pecho, reconociendo el tacto y la calidez de la rauda extremidad masculina; pues, en un arrebato, InuYasha se había levantado presurosamente de la cama, arrancándose todos los tubos y cables que estaban conectados a él, sin importarle lo que se podría lastimar en el acto.
—Por favor… —musitó el hombre, cerca del oído de la mujer, haciéndola estremecer irremediablemente—. No te vayas.
La voz de InuYasha era suplicante y dolida, cargada de un sentimiento que ella había creído muerto en él. Las imágenes del pasado, la invadieron inmediatamente, poniendo resistencia en cualquier reacción favorable que pudiera tener hacia él. No era justo que el destino se empeñara en hacerles tan cruel jugarreta.
—Lo siento... —murmuró Kikyô, continuando de espaldas a él y evitando mirarlo a toda costa.
No resistiendo más la presión, se soltó del agarre en su muñeca y salió corriendo del cuarto, dejando a un desconcertado y, ciertamente, entristecido InuYasha atrás. Tanta fue su prisa que ni siquiera se percató de la presencia de una recién llegada joven de azabaches cabellos en la escena.
—Kikyô... —masculló Kagome quedamente con sorpresa.
—¡Kikyô, espera!
La joven Higurashi regresó su mirada hacia el origen de aquella exclamación, reconociéndola al instante. Grande fue su susto cuando vio a su novio, tirado en el suelo, en el umbral de la puerta y luchando por movilizarse sin mayor éxito.
—¡InuYasha! —se apresuró Kagome en ayudarlo—. ¿Te encuentras bien? ¿Te lastimaste?
—¡No me toques! —la rechazó el oji-dorado en un fastidiado gruñido, rechazando cualquier tacto de la joven.
Se sentía frustrado. Sus piernas no le respondían como deberían y es que, después de un mes en estado de coma, era lógico que sus extremidades estuviesen rígidas, pero eso no era algo que él aceptara tan fácilmente. Estaba demasiado empecinado por levantarse por su propia cuenta e ir tras Kikyô. Simplemente, no estaba dispuesto a perderla de nuevo. ¡No después que ella lo dejara sin ninguna explicación! Al menos eso era lo único que recordaba por ahora y la única persona que demandaba su corazón.
Muchas veces, la vida se empecina en poner pruebas muy difíciles a las personas, pero pocas de esas veces son superadas realmente. Y, Kagome, tendría que luchar por recuperar lo que era suyo; sin embargo, ¿cómo hacer recordar a alguien, todos aquellos maravillosos momentos compartidos, si el corazón de esa persona parecía haber reaccionado ante el inesperado reencuentro de un amor pasado?
Continuará…
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N/A: ¡Hola a todos!
Como habrán podido notar, he incluido a un par de personajes malos en este fic y, aunque no serán demasiado relevante, quise incluirlos para armar mejor la historia del pequeño Shippô :P. Oh, sí, Kikyô también apareció en escena y les aseguro que su presencia causará algunos revuelos por allí xD.
Espero que este segundo capítulo haya sido de su completo agrado y que me sigan acompañando y animando con sus comentarios que tanto me alegran la vida *-*. De momento, sólo puedo decir, muchísimas gracias por leerme una vez más, sobre todo a: Agatha Miller, Marlene Vasquez, Lis-Sama, Hanato04Kobato. IK, Gata de la Luna, Whitemiko05, serena87, Miss smiled, KaterineC, lindakagome, Faby Sama, Ahome23, AllySan y SaKuRaKu.
Por supuesto, sin olvidarme de todas aquellas personas que aún me tienen miedo y que prefieren mantenerse en el anonimato xDD.
¡Hasta la próxima!
Con cariño,
Peach n_n
